La ética del emprendimiento y el beneficio

Tomado de MisesHispano, 19 Septiembre, 2014

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I

En su sentido más fundamental, todos somos, en cada una de nuestras acciones, siempre invariablemente emprendedores con ánimo de lucro.

Cada vez que actuamos, empleamos algunos medios físicos (cosas valoradas como bienes), como mínimo nuestro cuerpo y el espacio que ocupa, pero en la mayoría de los casos también diversas otras cosas “externas”, para cambiar el curso “natural” de los acontecimientos (el curso de los acontecimientos que esperamos que ocurran su actuáramos de manera distinta) para lograr en su lugar algún futuro estado de cosas anticipado más altamente valorado. Con toda acción buscamos sustituir con un futuro estado de cosas más favorable a uno menos favorable que resultaría si fuéramos a actuar de otra forma distinta. En este sentido, con cada acción buscamos aumentar nuestra satisfacción y conseguir un beneficio psíquico. “Tener beneficios es invariablemente el objetivo buscado por cada acción”, como decía Ludwig von Mises (Mises, 1966, p. 289).

Pero toda acción está amenazada asimismo por la posibilidad de pérdida. Pues toda acción se refiere al futuro y el futuro es incierto o en el mejor de los casos se conoce solo parcialmente. Todo actor, al decidir un curso de acción, compara el valor de dos estados de cosas anticipados: el estado que quiere conseguir con su acción, pero aún no se ha apreciado y otro estado que resultaría si actuara de forma distinta pero no puede llegar a existir, porque actúa como lo hace. Esto hace de toda acción una empresa arriesgada. Un actor puede siempre fracasar y sufrir una pérdida. Puede no ser capaz de conseguir el futuro estado de cosas anticipado, es decir, el conocimiento técnico del actor, su “know how” puede ser deficiente o puede verse “superado”, debido a algunas contingencias externas imprevistas. O también, incluso si ha conseguido con éxito el estado deseado de asuntos físicos, puede seguir considerando su acción un fracaso y sufrir una pérdida, si este estado de cosas le produce menos satisfacción de la que habría obtenido si hubiera elegido otra cosa (algún curso de acción anterior alternativo rechazado antes), es decir, el conocimiento especulativo del actor, su conocimiento del cambio temporal y de la fluctuación de valore sy valoraciones, puede ser deficiente.

Como todas nuestras acciones muestran emprendimiento y buscan tener éxito y generar un beneficio al actor, no puede haber nado malo con el emprendimiento y el beneficio. Malos, en el sentido correcto del término, son solo el fracaso y la pérdida y por tanto, en todas nuestras acciones, siempre tratamos de evitarlos.

La cuestión de la justicia, es decir, si una acción concreta y el beneficio o pérdida resultante de ella es éticamente bueno o malo, aparece solo en relación con los conflictos.

Como cada acción requiere el empleo de medio físicos concretos (un cuerpo, espacio, objetos externos), debe aparecer un conflicto entre diversos actores siempre que dos actores traten de usar los mismos medios físicos para alcanzar fines distintos. La fuente del conflicto es siempre invariablemente la misma: la escasez de medios físicos. Dos actores no pueden al mismo tiempo usar los mismos medios físicos (los mismos cuerpos, espacios y objetos) para fines alternativos. Si tratan de hacerlo, deben chocar. Por tanto, para evitar el conflicto o resolverlo si se produce, hace falta un principio y criterio de justica factible, es decir, un principio que regule el uso y control (propiedad) de los medios físicos escasos que sea justo o “adecuado” frente al injusto o “inadecuado”.

Lógicamente, lo que hace falta para evitar todo conflicto está claro: Solo hace falta que todo bien sea siempre y en todo momento de propiedad privada, es decir, esté controlado exclusivamente por un individuo concreto (o una sociedad o asociación individual) y así será siempre reconocible qué bien tiene dueño y de quién es y cuál no. Los planes y propósitos de diversos actores-emprendedores con ánimo de lucro pueden por tanto ser tan distintos como sea posible y aun así no aparecerá ningún conflicto mientras sus acciones respectivas impliquen solo y exclusivamente el uso de su propia propiedad privada.

¿Pero cómo puede lograrse en la práctica este estado de cosas: la completa y clara privatización sin ambages de todos los bienes? ¿Cómo pueden en primer lugar las cosas físicas convertirse en propiedad privada y cómo puede evitarse el conflicto desde el principio de la humanidad?

Exista una sola solución (praxeológica) a este problema y ha sido conocida esencialmente por la humanidad desde su inicio, aunque solo se haya desarrollado y reconstruido lógicamente lenta y gradualmente. Para evitar el conflicto desde el principio, es necesario que la propiedad privada se funde en actos de apropiación original. La propiedad debe establecerse mediante actos (en lugar de meras palabras o declaraciones), porque solo mediante acciones, que tengan lugar en el tiempo y el espacio, puede establecerse una relación objetiva (discernible intersubjetivamente) entre una persona concreta y una cosa concreta. Y solo quien se apropie por primera vez de una cosa previamente no apropiada puede adquirir esa cosa como su propiedad sin conflicto. Pues, por definición, como el primer propietario no puede haber entrado en conflicto con nadie a la hora de apropiarse del bien en cuestión, ya que todos aparecieron en escena más tarde.

Esto tiene la implicación importante de que mientras que cada persona es la propietaria exclusiva de su propio cuerpo físico como medio primario de acción, ninguna persona puede ser nunca el propietario del cuerpo de otra persona. Pues solo podemos usar el cuerpo de otra persona indirectamente, es decir, usando primero nuestro propio cuerpo directamente apropiado y controlado. Así, la apropiación directa precede temporal y lógicamente a la apropiación indirecta y por tanto cualquier uso no consensuado del cuerpo de otra persona es una apropiación injusta de algo que ya es propiedad directa de otro.

Así que toda propiedad justa se remonta, directa o indirectamente, mediante una cadena de trasferencias de títulos de propiedad mutuamente beneficiosa (y por tanto libre de conflictos) a los que se apropiaron originalmente y a los actos de apropiación original. Mutatis mutandis, son injustos todos los derechos y usos sobre la cosas por una persona que o no se haya apropiado o la haya producido ni adquirido mediante un intercambio libre de conflicto al propietario anterior.

Y por deducción: Todos los beneficios ganados o pérdidas sufridas por un actor-empresario con medios adquiridos justamente son beneficios (o pérdidas) justos y todas las pérdidas y ganancias que le produzca el uso de medios injustamente adquiridos son injustos.

II

Este análisis se aplica en su totalidad también al caso del empresario en la definición más estrecha del término, como capitalista-emprendedor.

El capitalista emprendedor actúa con un objetivo concreto en mente: obtener un beneficio monetario. Ahorra o toma prestado dinero ahorrado, contrata mano de obra y compra y alquila materias primas, bienes de capital y tierra. Luego procede a producir su producto o servicio, sea el que sea, y espera vender esta producto con un beneficio monetario. Para el capitalista, “el beneficio parece un dinero extraordinario recibido por dinero gastado y una pérdida un gasto extraordinario de dinero sobre dinero recibido. Ganancia y pérdida pueden expresarse en cantidades concretas de dinero” (Mises 1966, p. 289).

Como toda acción, la empresa capitalista tiene un riesgo. El coste de producción (el dinero gastado) no determina el ingreso recibido. De hecho, si el coste de producción determinara el precio y el ingreso ningún capitalista quebraría nunca. Más bien son los precios e ingresos previstos los que determinan qué costes de producción puede afrontar el capitalista.

Aun así, el capitalista no conoce qué precios futuros se pagarán o qué cantidad de su producto se comprará a esos precios. Esto depende exclusivamente de los compradores de su producto y el capitalista no tienen ningún control sobre ellos. El capitalista debe especular cuál será la demanda futura. Si tiene razón y los precios futuros esperados se corresponden con los precios fijados posteriormente por el mercado, ganará un beneficio. Por otro lado, aunque ningún capitalista busca tener pérdidas (porque las pérdidas implican que al final renunciará a su función como capitalista y se convertirá o en un empleado contratado por otro capitalista o en un productor-consumidor autosuficiente) todo capitalista puede errar en su especulación y los precio que aparecen en la realidad caigan por debajo de sus expectativas y su coste de producción consecuentemente asumido, en cuyo caso no gana un beneficio, sino que incurre en una pérdida.

Aunque es imposible determinar exactamente cuánto dinero ha ganado o perdido un capitalista a lo largo del tiempo, no ganancia o pérdida monetaria no implica mucho, si es que implica algo, en el estado de felicidad del capitalista, es decir, en su beneficios o pérdida psíquica. Para el capitalista, el dinero es pocas veces o ninguna el objetivo final (salvo, quizá el tío Gilito y solo bajo un patrón oro). En prácticamente todos los casos, el dinero es un medio para acciones posteriores, motivadas por objetivos más distantes y últimos. El capitalista puede querer usarlo para continuar o expandir su papel como capitalista con ánimo de lucro. Puede usarlo como efectivo a guardar para usos aún indeterminados. Puede querer gastarlo en bienes de consumo y consumo personal. O puede querer usarlo para causas filantrópicas, etc.

Lo que puede decirse sin duda acerca del beneficio o pérdida del capitalista es esto: Sus pérdidas y ganancias son la expresión cualitativa del tamaño de sus contribuciones al bienestar de sus congéneres, es decir, los compradores y consumidores de sus productos, que han entregado su dinero a cambio de su producto más altamente valorado (por los compradores). El beneficio del capitalista indica que ha transformado con éxito medios de acción socialmente menos valorados en otros más socialmente valorados e incrementado y mejorado así el bienestar social. Mutatis mutandis, la pérdida del capitalista indica que ha usado algunas entradas valiosas para la producción de una salida menos valiosa y por tanto ha desperdiciado medios físicos escasos y empobrecido a la sociedad.

Así que los beneficios monetarios no son solo buenos para el capitalista, también son buenos para sus congéneres. Cuanto mayor es el beneficio de un capitalista, mayor ha sido su contribución al bienestar social. Igualmente, las pérdidas monetarias son malas, no solo para el capitalista, sino también para sus congéneres, cuyo bienestar se ha visto perjudicado por su error.

La cuestión de la justicia: de la “bondad” o “maldad” ética de la las acciones de un capitalista-emprendedor, aparece, como en todas las acciones, de nuevo una sola relación con los conflictos, es decir, con diversas reclamaciones y disputas rivales de propiedad respecto de medios físicos concretos de acción. Y la respuesta para el capitalista es aquí la misma que para todos, en cualquiera de sus acciones.

Las acciones y beneficios del capitalista son justos, si se ha apropiado originalmente o producido sus factores de producción o los ha adquirido (comprados o alquilados) en un intercambio mutuamente beneficioso a un propietario anterior, si todos sus empleados son contratados libremente en términos acordados mutuamente y si no daña físicamente la propiedad de otros en el proceso de producción. En caso contrario, si algunos o todos los factores de producción del capitalista no son apropiados o producidor por él, ni comprados o alquilados por él a un propietario anterior (sino derivados por el contrario de la expropiación de la propiedad previa de otra persona), si emplea mano de obra “forzada”, sin acuerdo, en su producción o si causa daño físico a la propiedad de otros durante la producción, sus acciones y beneficios resultantes son injustos.

En ese caso, la persona injustamente dañada, el esclavo o cualquier persona en posesión de prueba de su propio título más antiguo no entregado de parte o todos los medios de producción del capitalista, tiene justo derecho contra él y puede instar su restitución, exactamente como se juzgaría y manejaría el asunto fuera del mundo empresarial, en todos los asuntos civiles.

III

Las complicaciones en este `paisaje fundamentalmente claro solo aparecen ante la presencia de un Estado.

El estado se define convencionalmente como una agencia que ejercita un monopolio territorial de toma de decisiones últimas en todos los casos de conflicto, incluyendo conflictos que le impliquen a sí mismo y a sus agentes. Es decir, el estado puede legislar, puede crear e incumplir la ley unilateralmente y, en consecuencia, el estado tiene el privilegio exclusivo de gravar con impuestos, es decir, de determinar unilateralmente el precio que sus súbditos deben pagar por realizar la tarea de la toma de decisiones últimas.

Lógicamente, la institución del estado tiene una doble implicación. Primero, con un estado en existencia, toda la propiedad privada se convierte esencialmente en propiedad fiduciaria, es decir, propiedad concedida por el estado y, por la misma razón, también propiedad de la que se puede desposeer vía legislación o impuestos. En último término, toda la propiedad privada se convierte en propiedad del estado. Segundo, nada de las tierras y propiedades “propias” del estado (lo que se llama equívocamente propiedad pública) y nada de su renta monetaria deriva de apropiación original, producción o intercambio voluntario. Por el contrario, toda la propiedad y rentas del estado es resultado de previas expropiaciones de dueños de propiedad privada.

Por tanto, el estado, al contrario de sus interesas proclamaciones, no es el origen ni garantía de la propiedad privada. Más bien es el conquistador de la propiedad privada. Tampoco el estado es el origen ni garantía de la justicia. Por el contrario, es el destructor de la justicia y la encarnación de la injusticia.

¿Cómo va un empresario-capitalista (o cualquiera, en este sentido) a actuar justamente en un mundo fundamentalmente injusto y estatista, es decir, enfrentado y rodeado por una institución éticamente indefendible (el estado), cuyos agentes viven y se sustentan no con la producción y el intercambio, sino con las expropiaciones: tomando, redistribuyendo y regulando la propiedad privada del capitalista y de otros?

Como la propiedad privada es justa, toda acción en defensa de la propiedad privada también es justa (siempre que en su defensa el defensor no viole los derechos de propiedad de otros). El capitalista tiene éticamente derecho a usar todos los medios a su disposición para defenderse contra cualquier ataque o expropiación de su propiedad por el estado, exactamente igual que tiene derecho en el caso de cualquier delincuente común. Por otro lado, y de nuevo exactamente igual que en el caso de cualquier delincuente común, las acciones defensivas del capitalista son injustas si implican un ataque a la propiedad de cualquier tercero, es decir, tan pronto como el capitalista use sus medios para desempeñar un papel participativo en las expropiaciones del estado.

Más en concreto: Para el capitalista (o cualquiera), en defensa o a favor de su propiedad, puede no ser prudente o incluso ser peligroso evitar o eludir todas y cada una de las restricciones impuestas por el estado lo mejor que pueda. Así que es justo que el capitalista engañe y mienta a los agentes del estado acerca de sus propiedades y rentas. Es justo para él, evadir pagos de impuestos sobre su propiedad y renta e ignorar o sortear todas las restricciones legislativas o regulatorias impuestos sobre los usos que pueda hacer de sus factores de producción (tierra, trabajo y capital). Consecuentemente, un capitalista también actúa justamente si soborna o cabildea de otra manera a los agentes del estado para ayudar a que ignorar, eliminar o eludir esos impuestos y regulaciones que le imponen. Actúa justamente y se convierte en realidad en un defensor de la justicia si cabildea activamente para prohibir, por injustas, todas y cada una de las expropiaciones y por tanto todos los impuestos a la propiedad y las rentas y todas las restricciones legislativas sobre el uso de la propiedad (más allá del requisito de no causar daño físico a la propiedad de otro durante la producción).

También es justo que el capitalista compre propiedad estatal al precio más bajo posible, siempre que la propiedad en cuestión no puede retrotraerse a la expropiación de un tercero concreto que siga teniendo derecho a ella. E igualmente es justo que el capitalista venda su producción al estado al precio más alto posible, siempre que este producto no puede relacionarse directa y causalmente con un futuro acto de agresión contra algún tercero concreto (como puede ser el caso de ciertas ventas de armas).

Por otro lado, aparte de cualquier violación a las dos condiciones que acabo de mencionar, un capitalista actúa injustamente y se convierte en promotor de injusticia, si y en la medida en que emplee sus medios para el fin de mantener o incrementar cualquier nivel actual de confiscación o expropiación legal de la propiedad o renta de otros por el estado.

Así, por ejemplo, la compra de bonos públicos y en beneficio monetario derivado de ello resultan injustos, porque esa compra representa un esfuerzo de cabildeo a favor de continuar con el estado y de una constante injusticia, ya que los pagos de intereses y la devolución final del bono requieren impuestos futuros. Igualmente y aún más importante, cualquier medio empleado por un capitalista en trabajos de cabildeo para mantener o aumentar el nivel actual de impuestos (y por tanto de renta y gasto estatal) o de restricciones regulatorias a la propiedad, es injusto, y cualquier beneficio derivado de dichos esfuerzos está corrompido.

Enfrentado a una institución injusta, la tentación para un capitalista por actuar también injustamente aumenta sistemáticamente. Si se convierte en un cómplice del negocio del estado de gravar, redistribuir y legislar, pueden aparecer nuevas oportunidades de beneficio. La corrupción se convierte en atractiva, porque puede ofrecer grandes recompensas económicas.

Al gastar dinero y otros medios en partidos políticos, políticos y otros agentes del estado, el capitalista puede cabildear al estado para subvencionar su empresa con pérdidas o rescatarla de la insolvencia o la quiebra y así enriquecerse o salvarse a costa de otros. Mediante actividades y gastos de cabildeo, a un capitalista se le puede conceder un privilegio legal o monopolio respecto de la producción, la venta o la compra de ciertos productos o servicios y gana así beneficios de monopolio a costa de otros capitalistas en busca de lucro. O puede hacer que el estado aprueba legislación que aumente los costes de producción e sus competidores con respecto a él y conseguir así una ventaja competitiva a costa de otros.

Aunque sean tentadoras, todas estas actividades de cabildeo y sus beneficios resultantes son injustos. Todos implican que un capitalista pague a agentes del estado para que expropien a otros, terceros, esperando un mayor beneficio personal. El capitalista no emplea sus medios de producción exclusivamente para la producción de bienes a vender a consumidores que paguen voluntariamente. Por el contrario, el capitalista emplea una parte de sus medios para la producción de males: la expropiación involuntaria de otros. Y consiguientemente el beneficio ganado en su empresa, sea el que sea, ya no es una medición correcta del tamaño de su contribución al bienestar social. Sus beneficios están corrompidos y manchados moralmente. Habría terceros que tendrían un derecho justo contra su empresa y su beneficio, un derecho que puede que no sea aplicable contra el estado, pero que sería un derecho justo en todo caso.


Publicado el 13 de septiembre de 2014. Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.

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Falacias de la teoría de los bienes públicos y la producción de seguridad

28 Abril, 2014
Autor: Hans-Hermann Hoppe en MisesHispano

En 1849, cuando el liberalismo clásico era todavía la ideología predominante y los términos “economista” y “socialista” se consideraban (con razón) antónimos, Gustave de Molinari, prestigioso economista belga, escribió: “Si existe en economía política una verdad bien fundamentada, es ésta: En todos los casos, sean cuales fueren los bienes que satisfacen las necesidades materiales e inmateriales del consumidor, lo que más le conviene a este es que el trabajo y el comercio se desarrollen en libertad, porque esto tiene como consecuencia necesaria y permanente la máxima disminución del precio. Y ésta: Sea cual fuere el bien de que se trate, el interés del consumidor debe prevalecer siempre por sobre los intereses del productor. La observación de estos principios lleva a esta rigurosa conclusión: Que la producción de seguridad debe someterse a la ley de la libre competencia, en interés de los consumidores de este bien intangible. Por consiguiente: Ningún gobierno tiene el derecho de evitar que otro gobierno entre en competencia con él o de exigir a los consumidores de seguridad que acudan exclusivamente a él en procura de este bien”[1]. Y, con respecto a la totalidad de la argumentación, agrega: “Si esto no es lógico y verdadero, los principios sobre los cuales se basa la ciencia económica carecen de validez.”
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¿Una sociedad de leyes estatales o privadas?

Tomado de MisesHispano
21 Abril, 2014

Sólo en su isla, Robinson Crusoe puede hacer lo que se le antoje. Para él, la pregunta relativa a las reglas que conforman la conducta humana-la cooperación social-carece de sentido. Esta pregunta sólo puede surgir si aparece en escena otro ser humano, Viernes. Y sin embargo, incluso en este caso esta pregunta resulta del todo irrelevante siempre y cuando no exista escasez. Supongamos que la isla es el Jardín del Edén. Aquí todos los bienes externos se dan en superabundancia. Se trata de “bienes gratuitos,” tal y como también lo es el aire que respiramos. Sea lo que sea que Crusoe haga con estos bienes, sus acciones carecen de toda repercusión-con respecto a su futuro o presente suministro, tanto para Viernes como para él mismo (y vice versa). De ahí que sea del todo imposible que surja el conflicto entre Crusoe y Viernes en relación al uso de estas cosas. El conflicto sólo se hace posible cuando los bienes comienzan a escasear; y sólo entonces es que se hace necesario establecer reglas que garanticen el orden y permitan la cooperación en una sociedad exenta de problemas.
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Un Mundo sin Robo

Tomado de MisesHispano

• Abril 10, 2014

En el Jardín del Edén hay superabundancia de bienes. En ese mundo los seres humanos no tienen razón para discutir entre ellos, ¿sobre qué van a discutir? Sólo hay dos cosas sobre las que pueden discutir. El uso de sus cuerpos, que son escasos, y el lugar sobre el que pueden ubicar sus cuerpos. Respecto a esos dos asuntos sí puede haber conflictos. Entonces, incluso en el Jardín del Edén tendrían que darse ciertas reglas para evitar los conflictos. Las reglas tienen que ser sobre el control exclusivo de los recursos escasos (el cuerpo y el lugar que ocupa).

¿Qué reglas serían probablemente aceptadas?

1.- Cada uno es dueño de su propio cuerpo. Cada uno puede hacer con su cuerpo lo que se le antoje. Y si alguien quiere hacer algo más sobre ese cuerpo, necesita primero permiso del dueño.

2.- Uno se puede mover donde quiera, pero no puede ocupar un lugar que ya ha sido ocupado por alguien más.

Ahora, fuera del Jardín del Edén, donde casi todo es escaso, y donde todo tipo de conflictos pueden surgir, también necesitaríamos reglas que eviten los conflictos. Las reglas serían similares: 1.- cada uno es dueño de su cuerpo; 2.- adquirimos control exclusivo sobre los recursos escasos, que previamente no eran poseídos por nadie, al ser los primeros que los ponen en uso; 3.- Una tercera regla sería: si uno produce algo con la ayuda de su propio cuerpo y un recurso previamente no poseído por nadie, es dueño del producto. 4.- Una cuarta, y final, regla, sería que el control exclusivo de los recursos también puede ser adquirido por transferencia voluntaria del antiguo dueño a alguien más. Estas reglas elementales son reglas muy antiguas, han sido reconocidas en todos lados; tienen sentido intuitivo, y las alternativas a estas reglas son absurdas.

La primera alternativa a que cada uno sea dueño de uno mismo es esclavitud, que es moralmente objetable y económicamente ineficiente. Si la persona que llega en segundo lugar fuese declarada dueña del recurso, esa misma persona se convertiría en primera frente a una tercera persona que llegase, que ahora sería segunda en llegar. Si el primer dueño fuese forzado a compartir la propiedad con otra gente, entonces los conflictos no serían evitados. Eso además sería económicamente no productivo porque el incentivo para ser el primero se reduciría, dado que tendría que compartirse la propiedad con aquellos que no han producido.

El siguiente problema que surge fuera del Jardín del Edén es que incluso si reconocemos la verdad, la moralidad, la eficiencia económica de este tipo de principios ¿qué hacemos con las personas que no respetan las reglas? Siempre hay gente que no respeta las reglas, entonces necesitamos una institución que haga cumplir las reglas y que amenace a los posibles violadores de las reglas con castigos. La respuesta tradicional es: esa es la tarea del Estado, la única tarea del Estado. Ahora, si esa respuesta es correcta o no depende de cuál es la definición de Estado.

El Estado es definido tradicionalmente como un monopolio territorial que toma las decisiones finales; es como el árbitro último en casos de conflicto. El Estado además de ser monopolio, es un monopolio forzoso, es decir todo el mundo está obligado a comprar el servicio del Estado. Y el Estado tiene la capacidad de fijar unilateralmente el precio que cobra por sus servicios. Tiene “derecho” a decidir cuánto cobra de impuestos. Así, el Estado también un monopolio territorial de cobro de impuestos.

Con esta definición de Estado no es difícil darse cuenta que hay algo equivocado con la respuesta anterior sobre quién debe hacer cumplir las reglas que mencionamos al comienzo.

Primero, tenemos una objeción clásica a todo tipo de monopolio, y como dije, el Estado es un monopolio. El argumento clásico contra el monopolio es: si no hay libre entrada a una línea de producción, en este caso la línea de producción de arbitraje, protección policial, etc. entonces los productores ya no se ven forzados a producir al menor costo posible. Siempre que hay libre entrada, el productor tiene que producir al menor costo posible porque si no atraería competencia contra él. Y los monopolistas por eso, tienden a, desde el punto de vista del consumidor, a cobrar más caro, y la calidad de sus productos tiende a ser más baja de lo que sería si existiese competencia en la producción. Pero en lo que se refiere al Estado, los problemas son incluso peores que los por ejemplo se darían con un monopolio sobre la leche—que produciría a un costo superior al costo mínimo, el precio sería más caro, la calidad sería más baja. En el caso del gobierno el problema es que los gobiernos no producen tal vez sólo “bienes” mediocres, sino que en realidad puede producir “males”, en el siguiente sentido: dado que los gobiernos son el árbitro último en todo tipo de conflictos, los gobiernos pueden causar conflictos y luego decidir a su favor. Y dado que son seres humanos como todo el resto, y se dan cuenta de esa posibilidad, por supuesto causarán conflictos y decidirán a su favor, y luego encima de eso determinan el precio que las víctimas de su mala justicia, que favorece al gobierno, tienen que pagar por el mal servicio. Así que esto es un problema fundamental de tener al Estado a cargo de esa tarea particular. Y luego ese problema se incrementa aún más si tenemos un Estado democrático.

Los liberales clásicos que propusieron al Estado como solución a los conflictos sociales tenían como oponentes típicamente gobiernos monárquicos, reyes y reinas; y rechazaron el mandato de los reyes por la simple razón de que ellos pensaban que los reyes tenían privilegios, de que eran tratados de forma diferente por la ley que el resto de la gente. Y en vez de eso, defendían que el Estado debía estar organizado democráticamente, creyendo que si todos eran capaces de entrar en el Estado, no sólo los reyes y las reinas, entonces todos tendrían, por así decirlo, igualdad ante la ley. Sin embargo, resulta que eso es un error fundamental, es un error creer que una vez que se tiene entrada abierta a toda posición en el gobierno se tiene igualdad ante la ley. Lo que realmente pasa cuando se cambia la monarquía por la democracia es que reemplazamos privilegios personales, privilegios restringidos para el rey y la reina, por privilegios de funcionarios, privilegios que son dados a los oficiales públicos. Pero de hecho, la distinción entre una ley para los de arriba y una ley para los de abajo existe en una democracia tanto como existe en una monarquía. Hay dos tipos de ley, una que llamamos ley pública, que cubre las acciones de los oficiales públicos; y ley privada, que cubre las actividades de los ciudadanos privados. Como ciudadano privado uno no puede robar; como oficial público, sin embargo, cubierto por la ley pública, uno puede robar. Como ciudadano privado uno no puede esclavizar a nadie; pero si haces lo mismo como oficial público, en el servicio militar obligatorio por ejemplo, todo está bien y no pasa nada. Como ciudadano privado si alguien roba y entrega lo robado a otro, eso es considerado un crimen, si lo haces como oficial público eso se llama redistribución del ingreso. Así bajo ley pública se pueden hacer ciertas cosas que bajo ley privada serían consideradas ilegales. Entonces, la distinción entre dos tipos de ley existe tanto en democracia como en monarquía.

Así, hemos llegado al asunto de ¿cuál es la respuesta correcta a la pregunta sobre quién debe hacer cumplir las leyes que inicialmente mencionamos—propiedad sobre uno mismo, el principio de-primero-que-usa-es-el-dueño, principio de productor posee lo que ha producido, y el principio de que puedes obtener propiedad privada a través de intercambios voluntarios?

Y la respuesta correcta es:

Los que deben hacer cumplir las leyes deben ser individuos y agencias que están sujetos a las mismas reglas que los demás. Es decir, necesitamos una sociedad donde el único tipo de ley que existe es ley privada, no ese tipo de institución que está cubierta por ley pública—que como he explicado es algo que realmente no existe, no existe ley pública, lo que existe el actividad criminal con máscara de ley.

Ahora, si los que hacen cumplir las reglas están sujetos a las mismas reglas, esto tiene implicaciones:

El derecho ilimitado a la auto-defensa debe ser permitido. La implicación inmediata de esto es que la propiedad privada de armas debe ser permitida en cualquier sociedad privada. A pesar de lo que escuchamos por parte del gobierno, hay una regla intuitiva que dice que a más armas menos crimen; el lejano oeste, contrario a lo que insinúan las películas, es un claro ejemplo de que de hecho ése es el caso: si la gente posee armas, si la propiedad de armas no es restringida, entonces habrá menos crimen. Pero en sociedades complejas, por supuesto, no vamos a querer producir nuestra propia seguridad con nuestros propios medios, así como nosotros mismos no hacemos nuestra propia ropa o zapatos, nosotros nos apoyamos en la división del trabajo, en agencias especializadas. Y así nos apoyaríamos en agencias especializadas para proteger nuestros derechos de propiedad privada. Un rol muy importante en una sociedad libre, en lo concerniente a la protección de las reglas que mencioné anteriormente, estaría en manos de agencias aseguradoras, y asociados a las agencias aseguradoras, directa o indirectamente, agencias de policía, de detectives y de arbitraje.

Ahora, ¿cuál sería el resultado sería el resultado de eso? Aquí una breve comparación entre la provisión estatal de seguridad y el aprovisionamiento de seguridad de agencias aseguradoras libre y privadamente establecidas. Lo primero sería que habría una caída drástica en el precio que tenemos que pagar por seguridad. Como expliqué, la tendencia, bajo el aprovisionamiento monopólico, es que el precio de la seguridad siempre sube, siempre tenemos que pagar más y más, y la calidad siempre es más y más baja. Precisamente lo opuesto ocurriría si hubiese competencia en esa área.

Las agencias privadas te indemnizarían en caso de que fallasen en su tarea, por eso les pagas una prima. Los gobiernos por otro lado, los monopolistas, no te indemnizan si fallan. Si alguien te roba, te asalta, los gobiernos no te dicen “mira fallamos en lo que te prometimos, y como fallamos te ofrecemos una compensación”. Yo por lo menos nunca he escuchado de un gobierno, en ningún lado haciendo algo como eso. Y estoy seguro que ustedes nunca han escuchado algo así tampoco.

¿Por qué harían las agencias privadas un buen trabajo? Harían un buen trabajo previniendo el crimen, porque por cualquier crimen que ellas puedan prevenir no tendrán que pagar indemnización. Por el contrario si un policía público falla en prevenir un crimen, no deja de recibir su salario; y le conviene más darse vueltas por centros comerciales antes de prevenir lo que se supone debe de prevenir.

Además, si es que hemos sido víctimas de robo, nosotros queremos recuperar nuestras cosas robadas si es posible. ¿Cuál es el incentivo de la policía pública para recuperar nuestra propiedad robada? Cualquiera que ha tenido experiencia con esto sabe que la policía le hará llenar un reporte; y simplemente lo archivarán. Y allí acaba la historia. Por accidente las cosas pueden ser encontradas, sólo por accidente.

Por otro lado ¿cuál es el incentivo de las compañías privadas aseguradoras? Dado que ellas no te tienen que indemnizarte si recuperan las cosas que te robaron, por supuesto que tienen el incentivo financiero para recuperar todo lo que puedan a un costo razonable. Tengo un amigo cuyo BMW fue robado en Italia, fue a la policía italiana y les preguntó qué iban a hacer, le respondieron “nada”. Y luego él reportó esto a su compañía aseguradora, y una semana después el detective de la aseguradora descubrió dónde estaba su auto.

Uno también quiere que los que cometieron el crimen sean encontrados, atrapados y que restituyan a las víctimas. ¿Cuál es la probabilidad de que el gobierno capture a los que cometieron el crimen? Sí, en casos de crímenes capitales, ocasionalmente lo atrapan porque la presión pública es muy fuerte. En crímenes no tan vistosos, muy rara vez, por no decir nunca, atrapan a los criminales. Y si atrapan a un criminal ¿Qué hacen con el criminal? ¿Obligarán al criminal a compensar a la víctima? Yo nunca he escuchado de eso. Al contrario, posiblemente lo pondrán en la cárcel, y la víctima y otros pagadores de impuestos son obligados a pagar por el encarcelamiento de la persona que los victimizó en primer lugar. Si recuerdo bien, el encarcelamiento por persona en EEUU cuesta $70’000 al año, y allí pueden pasar el tiempo en el gimnasio, tienen TV, se quejan si no les dan un buen desayuno; pueden estudiar derecho para que en la siguiente ocasión sepan cómo defenderse mejor. ¿Y recibe  la víctima un centavo? Y la respuesta es, por supuesto: nunca. Imaginen que la empresa aseguradora te hace la siguiente proposición: esta es la condición bajo la que te voy a asegurar, apenas capturemos al ladrón tú vas a tener que pagar por el encarcelamiento. No creo que esa empresa aseguradora pueda llegar muy lejos con esa forma de tratar a sus clientes.

Traducido del inglés por Dante Bayona.

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Cómo tener Ley sin Legislación

Publicado en Mises Hispano el 10 de Julio, 2014

[Adaptado de la reseña de Rothbard del libro La libertad y la ley, de Bruno Leoni. Esta reseña apareció originalmente en New Individualist Review, ediatada por Ralph Raico]

[En su libro La libertad y la ley,] la principal tesis del profesor [Bruno] Leoni es que incluso los economistas más radicalmente de libre mercado han admitido insensatamente que las leyes deben crearse mediante legislación gubernamental; esta concesión, demuestra Leoni, proporciona una puerta inevitable para la tiranía del Estado sobre el individuo. La otra cara de la moneda para aumentar al intervención por el gobierno en el mercado libre ha sido la expansión de legislación, con su coacción propia por una mayoría (o, más a menudo, por una oligarquía de pseudo-“representantes” de una mayoría) sobre el resto de la población. A este respecto, Leoni presente una brillante crítica de los escritos recientes de F.A. Hayek sobre el “estado de derecho”. A contrario que Hayek, que reclama normas legislativas generales frente a los antojos de una burocracia arbitraria o del “derecho administrativo”, Leoni apunta que la amenaza real y subyacente para la libertad individual no es el administrador, sino el estatuto legislativo que hace posible el gobierno administrativo.[1] No basta, demuestra Leoni, con tener reglas generales aplicables a todos y escritas por adelantado, pues estas mismas reglas pueden invadir la libertad (y generalmente lo hacen).

La gran contribución de Leoni es apuntar hasta a nuestros más radicales teóricos del laissez faire una alternativa a la tiranía de la legislación. En lugar de aceptar ley administrativa o legislación, Leoni reclama una vuelta a tradiciones antiguas y principios de “ley hecha por el juez” como método de limitar al Estado y asegurar la libertad. En el derecho privado romano, en los códigos civiles continentales, en el derecho común anglosajón, “ley” no significa lo que pensamos hoy: interminables aprobaciones por un legislativo o ejecutivo. La “ley” no se aprobaba sino que se descubría: era un cuerpo de reglas consuetudinarias que, como los idiomas o las modas, había crecido espontáneamente y de forma puramente voluntaria entre el pueblo. Estas reglas espontáneas constituían “la ley” y eran las obras de los expertos en derecho (ancianos de la tribu, jueces o juristas) los que determinaban qué era ley y cómo se aplicaría a los numerosos casos en disputa que aparecen constantemente.

Si la legislación se reemplaza por esa ley hecha por el juez, dice Leoni, fijeza y certidumbre (uno de los requisitos básicos del “estado de derecho”) reemplazarán los edictos caprichosamente cambiantes de la legislación estatutaria. El cuerpo de leyes hechas por el juez cambia muy lentamente; además, como las decisiones judiciales solo pueden realizarse cuando las partes llevan casos ante los tribunales, y como las sentencias se aplican adecuadamente solo al caso concreto, la ley hecha por el juez (frente a la legislación) permite un amplio campo de reglas y negociaciones voluntarias libremente adoptadas, que expresen realmente la “voluntad común” de todos los afectados y las negociaciones e intercambios voluntarios del libre mercado.[2] Por tanto, el gemelo de la economía de libre mercado no es un legislativo democrático ideando constantemente nuevos decretos para la sociedad, sino una proliferación de reglas voluntarias interpretadas y aplicadas por expertos en derecho.

Aunque Leoni es vago e indeciso sobre la estructura que tendrían sus tribunales, al menos indica la posibilidad de jueces y tribunales compitiendo privadamente. A la pregunta: ¿quién nombraría a los jueces?, Leoni responde con la pregunta ¿quién “nombra” ahora a los principales doctores o científicos en la sociedad? No se los nombra, sino que obtienen aceptación general y voluntaria por sus méritos. Igualmente, aunque en algunos pasajes Leoni acepta la idea de un tribunal supremo público, que admite que se convierte en un cuasi-legislativo,[3] sí reclama la restauración de la antigua práctica de separación del gobierno de la función judicial. Aunque no haya otra razón, la obra del profesor Leoni es extremadamente valiosa como para plantear, en nuestro tiempo de Estado perplejo, la posibilidad de una separación funcional de la función judicial del aparato del Estado.

Un gran defecto en la tesis de Leoni es la ausencia de cualquier criterio para el contenido de la ley hecha por el juez. Es una feliz coincidencia de la historia que una buena parte del derecho privado y común sea libertario (que desarrolle los medios para preservar la propia persona y propiedad contra la “invasión”), pero una buena parte de la ley antigua era antilibertaria e indudablemente no puede confiarse siempre en que la costumbre sea coherente con la libertad. Las antiguas costumbres, después de todo, pueden ser un baluarte realmente frágil; si las costumbres son opresoras de la libertad ¿deben seguir sirviendo como marco legal permanentemente o al menos durante siglos? Supongamos que una antigua costumbre decrete que las vírgenes sean sacrificadas a los dioses a la luz de la luna llena o que los pelirrojos sean muertos por ser demonios. ¿Qué pasa entonces? ¿No pueden las costumbres estar sujetas a una prueba superior: la razón?

El derecho común contiene elementos tan antilibertarios como la ley de “conspiración” y la ley del “libelo sedicioso” (que prohibía la crítica al gobierno), En buena parte introducidos en el derecho por los reyes y sus cortesanos. Y tal vez el aspecto más débil del libre es la veneración de Leoni por el derecho romano; si el derecho romano proporcionó un paraíso de libertad, ¿cómo explica los aplastantes impuestos, la inflación periódica y el envilecimiento de la moneda, la red represiva de controles y medidas “sociales”, la autoridad imperial ilimitada del Imperio Romano?

Leoni ofrece varios criterios diferentes para la conformidad de la ley, pero ninguno es demasiado exitoso. Uno es la unanimidad. Pero aunque superficialmente viable, ni siquiera la unanimidad explícita es necesariamente libertaria: pues supongamos que no haya musulmanes en un país y todos deciden unánimemente (y se convierte en costumbre) que todos los musulmanes sean condenados a muerte. ¿Qué pasa si, posteriormente, aparecen unos pocos musulmanes en ese territorio? Además, como reconoce Leoni, está el problema del delincuente: indudablemente no se unirá a favor de su propio castigo. Aquí Leoni se refugia en una fórmula tortuosa de unanimidad implícita, es decir, que, en casos como asesinato o robo, el delincuente estaría de acuerdo en el castigo si otro fuera el delincuente, así que realmente está de acuerdo con la justicia de la ley. Pero supongamos que este delincuente, u otros en la comunidad, tiene la creencia filosófica de que ciertos grupos de personas (ya sean los pelirrojos, los musulmanes, los terratenientes, los capitalistas, los generales o los que sean) merecen la muerte. Si la víctima es un miembro de estos grupos aborrecidos, entonces ni el criminal ni otros que tengan esta creencia estarían de acuerdo en la justicia ya sea de la ley general contra el asesinato o de castigo de este asesino concreto. Solo con este supuesto, la teoría de la unanimidad implícita debe venirse abajo.

Un segundo criterio proferido para la conformidad de la ley es la Regla de Oro negativa: “No hagas con otros lo que no quieras que hagan contigo”. Pero esto tampoco es satisfactorio. Para empezar, algunos actos generalmente considerados delictivos seguirían pasando la prueba de la Regla de Oro: así un sadomasoquista puede torturar a otra persona, pero como él estaría encantado de ser torturado, su acción, bajo la Regla de Oro negativa, no podría considerarse delictiva. Por otro lado, la Regla de Oro es un criterio demasiado amplio: se condenarían muchos actos como delictivos que indudablemente no lo deberían serlo. Así, la Regla decreta que los hombres no deberían mentirse (un hombre no querría que le mintieran) y aun así pocos reclamarían que se prohibieran todas las mentiras. Asimismo, la Regla de Oro decretaría que ningún hombre debería dar la espalda a un mendigo, porque el primero no querría que el mendigo le diera la espalda a él si intercambiaran lugares, y aun así es poco libertario prohibir el rechazo de limosnas para un mendigo.[4]

Leoni apunta un criterio mucho más prometedor: que la libertad se defina como ausencia de limitación o coacción (excepto para los limitadores). En este caso, la iniciación de coacción está prohibida y la función “gubernamental” queda estrictamente limitada a coaccionar a los coaccionadores. Pero, por desgracia, Leoni cae en la misma trampa en que cayó Hayek en suConstitution of Liberty: “coacción” o “limitación” no se definen de una forma apropiada o convincente.[5] Al principio, Leoni promete una comprensión correcta de la coacción cuando dice que no puede decirse que un hombre “limite” a otro cuando rechace comprar bienes o servicios a este último o cuando rechace salvara un hombre que se ahoga. Pero luego, en su desafortunado capítulo 8, Leoni concede que puede producirse limitación cuando una persona religiosa devota sesienta “limitado” porque otro hombre no observe las prácticas religiosas del primero. Y este sentimiento de limitación puede parecer que justifica invasiones de la libertad como las leyes de cierre dominical de comercios. Aquí, de nuevo, Leoni se equivoca en centrar su prueba de limitación o coacción no en los actos objetivos del acusado sino en los sentimientos subjetivos del acusador. ¡Sin duda es una vía extremadamente amplia para la tiranía!

Además, Leoni aparentemente no ve que los impuestos son un ejemplo básico de coacción y eso es poco compatible con su propio retrato de la sociedad libre. Pues la la coacción ha de limitarse a los coaccionadores, indudablemente los impuestos son la extracción coactiva injusta de propiedad de un enorme cuerpo de ciudadanos no coaccionadores. ¿Cómo puede entonces justificarse esto? Leoni, también en el capítulo 8, concede asimismo la existencia de cierta legislación en su sociedad ideal, incluyendo, mirabile dictu, ¡algunos sectores nacionalizados![6] Una nacionalización concreta aceptada por Leoni es el sector de los faros. Su argumento es que un faro no puede cobrar a los consumidores individuales por su servicio y por tanto debería proporcionarlo el gobierno.

Las respuestas básicas a este argumento son tres:

  1. Los impuestos para faros imponen coacción y por tanto son una invasión de la libertad.
  2. Incluso si el faro no puede cobrar a individuos, ¿qué impide a las líneas de navegación construir o subvencionar sus propios faros? La réplica habitual es que entonces diversos “aprovechados” se beneficiarían del servicio sin pagarlo. Pero esto es universalmente cierto en cualquier sociedad. Si hago de mí una persona mejor o mantengo mejor mi jardín, estoy aumentando los beneficios disfrutados por otra gente. ¿Tengo derecho a recaudar tributos sobre ellos debido a este feliz hecho?
  3. De hecho, los faros podrían fácilmente cobrar a los barcos por sus servicios si se les permitieraposeer estas superficies del mar que transforman mediante su iluminación. Un hombre que tomatierra sin dueño y la transforma para uso productivo recibe inmediatamente la propiedad de esa tierra, que puede a partir de entonces usarse económicamente; ¿por qué no debería aplicarse la misma regla a otro recurso natural, el mar? Si al propietario del faro se le concediera la propiedad de la superficie del mar que ilumina, podría entonces cobrar a cada barco que la atraviese. El defecto aquí no es del mercado libre, sino del gobierno y la sociedad al no conceder un derecho de propiedad al legítimo propietario de un recurso.

Sobre la necesidad de gravar para faros públicos y otros servicios, Leoni añade el asombroso comentario de que “en estos casos el principio de libre elección en actividades económicas no se abandona o siquiera se pone en duda” (p. 171). ¿Por qué? Porque “se admite” que la gente está dispuesta a pagar de todas formas por estos servicios si estuvieran disponibles en el mercado.  ¿Peroquién lo admite y en qué grado? ¿Y qué gente pagaría?

Sin embargo, nuestro problema puede resolverse:  existe un criterio convincente para la conformidad de la ley libertaria: Ese criterio define la coacción o limitación, simplemente, como la iniciación de violencia, o su amenaza, contra otra persona. Así queda claro que el uso de coacción (violencia) debe limitarse a coaccionar a los iniciadores de violencia contra sus congéneres. Una razón para limitar nuestra atención a la violencia es que la única arma empleada por el gobierno (o por cualquier otro agencia contra el delito) es precisamente la amenaza de violencia. “Prohibir” cualquier acción es precisamente amenazar con violencia contra cualquiera que lo haga. ¿Por qué no usar la violencia solo para inhibir a quienes están iniciando violencia y no contra cualquier otra acción o  inacción que alguien pueda elegir definir como “coacción” o “limitación”?

Y aun así lo trágico es que tantos pensadores cuasi-libertarios, a lo largo de los años, no hayan adoptado esta definición de limitación o no hayan limitado a la violencia a contraponerla a violencia y por el contrario hayan abierto la puerta al estatismo utilizando conceptos tan vagos y confusos como “daño”, “interferencia”, “sensaciones de limitación”, etc. Decretad que no puede iniciarse ninguna violencia contra otro hombre y desaparecerán todos los resquicios para la tiranía que conceden incluso hombres como Leoni (leyes de descanso dominical, faros públicos, impuestos, etc.).

En resumen, existe otra alternativa para la ley en la sociedad, una alternativa no solo para el decreto administrativo o la legislación estatutaria, sino incluso para la ley hecha por el juez. Esa alternativa es la ley libertaria, basada en el criterio de que la violencia solo puede usarse contra los que inicien violencia y basada por tanto en la inviolabilidad de la persona y propiedad de cada individuo ante la “invasión” por violencia. En la práctica esto significa tomar el derecho común, en buena parte libertario, y corregirlo por el uso de la razón humana, antes de consagrarlo como una constitución o código libertario fijado permanentemente. Y eso significa la interpretación y aplicación continua de este código legal libertario por expertos y jueces en tribunales privadamente competitivos.

El profesor Leoni concluye su libro altamente estimulante e importante diciendo que “hacer leyes es mucho más un proceso teórico que un acto de voluntad” (p. 189). Pero sin duda un “proceso teórico” implica el uso de la razón humana para establecer un código legal que sea una fortaleza inexpugnable y sin defectos para la libertad humana.


[1] Leoni presenta también una crítica efectiva de la defensa de Hayek de “tribunales administrativos” especiales. Si ha de haber una ley para funcionarios y otra para ciudadanos ordinarios, no hay igualdad ante la ley para todos y por tanto no hay un genuino “estado de derecho”. Aquí, como en otros lugares, Leoni rehabilita el estado de derecho restringido defendido por el gran jurista inglés del siglo XIX, A.V. Dicey, frente a las versiones modernas más débiles de Hayek y C.K. Allen.

[2] Esto contrasta con la burlona afirmación de los legislativos “democráticos” (que imponen coactivamente sus reglas a los disidentes) de ser expresiones de la “voluntad común”. Para ser “común”, apunta Leoni, la voluntad común deberá ser unánime.

[3] En un punto, Leoni parece creer que el requisito de unanimidad en el Tribunal Supremo para cualquier cambio sobre sentencias anteriores establecería aproximadamente el “modelo Leoni” en el escenario estadounidense. Pero aquí todo depende del “punto cero” en el que se introduce el requisito de unanimidad. En el actual mundo tan lleno de Estado, un requisito de unanimidad para un cambio tendería a reforzar nuestras regulaciones estatistas permanentemente en la sociedad.

[4] Un error crítico (en este y otros lugares) es la tendencia de Leoni a realizar la prueba de criminalidad a los sentimientos subjetivos de los afectados, en lugar de a sus acciones objetivas.

[5] Para una crítica excelente de la concepción de la coacción de Hayek, ver Ronald Hamowy, “Hayek’s Concept of Freedom: A Critique”, New Individualist Review, (Abril de 1961), pp. 28-31.

[6] Así, Leoni afirma que, en esos casos dudosos en que la delincuencia o limitación no pueden determinarse objetivamente, existe espacio para legislación coactiva sobre el tema. Pero indudablemente la regla apropiada (y libertaria) es que en casos dudosos se decida a favor del “laissez faire”, de dejar que la actividad continúe.


Publicado el 5 de julio de 2014. Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.

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Entrevista de Diego Sánchez de la Cruz a Hans-Hermann Hoppe para Libre Mercado

Diego Sánchez de la Cruz (@diegodelacruz) ha realizado recientemente una de las entrevistas a un autor anarcocapitalista que mayor divulgación haya tenido en los últimos años. Gentilmente nos ha autorizado para que la reproduzcamos en nuestro blog. Esperamos que la disfrutéis:

Siempre polémico y provocador, el filósofo Hans-Herman Hoppe ha visitado España para promocionar el libro “Economía y Ética de la Propiedad Privada”, disponible en versión física y electrónica y publicado por la Editorial Innisfree. Hoppe visitó la Fundación Rafael del Pino para impartir una conferencia y hablar en exclusiva con Libre Mercado sobre diversos asuntos.

Discutiendo sobre la política monetaria de EEUU, Vd. ha dicho que la mejor manera de debatir con economistas como Paul Krugman es hablar con ellos como si fueran niños pequeños.

¿Cómo se puede decir que imprimiendo dinero se conseguirá que una sociedad sea más rica? Si esto fuese cierto, ¿no podríamos acabar con la pobreza de la noche a la mañana? ¡Cualquier país del Tercer Mundo podría imprimir el dinero necesario para dar a cada recién nacido un montón de dinero y así acabar con la miseria! El debate es tan absurdo que quizá hablando con estos economistas como si fuesen niños podemos llegar a alguna parte. Lo que hay que entender es que imprimiendo dinero no abrimos más fábricas ni producimos más bienes.

Hablando de política monetaria, Vd. también ha advertido de que la discrecionalidad de los bancos centrales daña el emprendimiento.

Si tenemos un dinero respaldado por el oro o la plata, podemos anticipar en gran medida el panorama monetario al que nos enfrentaremos de un año para otro. Sin embargo, si el dinero es fiduciario y un banco central como la Reserva Federal puede duplicar la masa monetaria en menos de un año, entonces las actividades del sector privado se vuelven mucho más complejas.

Ese daño al emprendimiento contrasta con el beneficio obtenido por empresas financieras, que en un sistema monetario como el actual tienen un rol privilegiado y pueden enriquecerse mientras el resto del sector privado vive en la incertidumbre.

Háblenos de “Economía y Ética de la Propiedad Privada”, que acaba de salir publicado en la Editorial Innisfree.

El libro es una colección de artículos en la que enarbolo esta defensa desde dos puntos de vista. La primera parte hace una defensa utilitaria de la propiedad privada, explicando por qué esta institución genera mejores incentivos para la creación de riqueza y la mejora de la productividad. Esto contrasta con la propiedad pública, que plantea el conflicto continuo entre las personas, ya que cada uno tendrá una idea diferente de lo que debe hacerse con ella.

En la segunda parte del libro hago una defensa ética de la propiedad privada, justificándola frente a la injustificable propiedad pública. La propiedad privada es el fundamento de la vida humana. Necesitamos tener propiedad sobre nosotros mismos para poder debatir sobre este y cualquier otro tema, y eso demuestra que hasta quien intenta justificar la propiedad pública está, en realidad, cayendo en una contradicción, pues su propia argumentación la hará desde la propiedad privada que tiene sobre sí mismo.

En su conferencia en la Fundación Rafael del Pino habló de otro tema recurrente en su trabajo: los incentivos de la democracia y de las antiguas monarquías. Desde la óptica económica, Vd. defiende que el primer sistema es peor aún que el segundo.

Empezaré definiendo el Estado como una institución que tiene máximo poder de decisión y gestiona un territorio de forma monopólica. Las monarquías y la democracia son formas de gestionar ese Estado. Ambas son instituciones peligrosas, y por lo tanto no hablo de encontrar una buena solución sino de encontrar la menos mala. En ese sentido, detecto una cierta superioridad de las antiguas monarquías en la medida en que el Rey considera el Estado como su propiedad privada. Esto le llevará a pensar más en el largo plazo y a intentar preservar el valor de su capital, de ese Estado que, en cierta medida, es suyo.

En la democracia, el cuidado de esa propiedad por parte de un gobierno es de una legislatura, quizá dos o tres… pero no hablamos de una propiedad que permanece en las manos de los gestores durante toda la vida. Por eso, mientras que el monarca tiende a conservar su capital, el gobernante en democracia se orienta a consumir ese capital mientras ostenta el poder.

Hay otra ventaja de la antigua monarquía sobre la democracia, y es que en el primero de estos dos sistemas se llega al poder “por accidente” pero en el segundo se llega mediante la competencia electoral. La competencia en sí es un mecanismo de eficiencia, no es buena ni mala en sí misma. Si se compite para producir bienes y servicios, esa eficiencia es buena… pero si se compite por hacer algo malo, esa eficiencia es peligrosa. En la democracia, la competencia por el poder de fijar impuestos y de ordenar leyes consigue que lleguen al poder quienes son más eficientes haciendo algo que, en esencia, es malo.

¿Mantiene su teoría en el caso de Medio Oriente?

Si comparamos países de Medio Oriente entre sí, vemos que Jordania o Marruecos son más civilizados que Egipto, Libia, Siria y esos lugares en los que se cambió la vieja monarquía por formas diferentes de autoritarismo.

Lleva algunos años viviendo en Turquía. ¿Qué opina de lo ocurrido en los últimos tiempos?

La principal razón por la que vivo allí es que es el país de mi esposa. Dicho esto, he visto con mis propios ojos que el país ha tenido un crecimiento económico notable, muy por encima de Europa. No obstante, desde las últimas elecciones, el Presidente Erdogan se ha empezado a comportar de forma cada vez más intolerante y polémica.

La mecha se prendió con la pretensión de construir un centro comercial en un parque, pero también hay descontento por leyes como las que limitan la venta de alcohol, por el intento de prohibir el pintalabios entre las azafatas de aerolíneas, etc. Todo se ha acumulado y ha terminado llevando a mucha gente a la calle. Las protestas no nacieron de la oposición política, de hecho la oposición es aún peor que el partido de Erdogan…

Por si no fuese suficiente, el gobierno se excedió reprimiendo las protestas, lo que generó más descontento. La actuación de Erdogan ha sido estúpida, porque todo se podría haber evitado actuando con un poco más de moderación y tacto.

La reciente polémica que ha rodeado a Niall Ferguson recuerda mucho al escándalo que Vd. protagonizó en la Universidad de Nevada. Tanto Ferguson como Vd. plantearon que, como las personas homosexuales no tienen descendencia, es posible que sus planes económicos sean más cortoplacistas.

Mi contrato con la Universidad de Nevada decía claramente que yo podía decir cualquier cosa que quisiese en mis clases. La gente puede criticarme si cree que estoy equivocado, faltaría más. De hecho, el debate académico se nutre de la polémica, es bueno que haya gente que se equivoque, lo que no es bueno es que se reprima la libertad en las aulas.

La Universidad intentó tomar acciones disciplinarias en mi contra, algo que era totalmente ilegítimo, con independencia de mis palabras. Por eso luché contra aquel proceso, consiguiendo una victoria rotunda que además supuso el despido del número dos de la Universidad. Dicho esto, aquello me costó un año de mi vida. Es una lástima, pero en Estados Unidos hay una enorme corrección política que impide un debate abierto.

En cuanto a Niall Ferguson, me parece triste que alguien con su fama y prestigio internacional se arrastre en vez de defender la libertad de cátedra.

¿Qué opina de los “indignados”? Este tipo de protestas, ocurridas en España con el movimiento 15-M o en EEUU con la plataforma “Ocupa Wall Street”, han cuestionado el sistema capitalista que Vd. defiende.

Son protestas de ignorantes económicos que no entienden que esos escándalos financieros que tanto les disgustan tienen todo que ver con el socialismo monetario en el que vivimos. Sus críticas deberían ser contra el estatalismo, contra el intervencionismo, no contra el capitalismo… pero mucha gente en estas protestas son meros izquierdistas que no tienen el más mínimo entendimiento de la economía.

Por último, quisiera preguntarle por el futuro de Europa.

A día de hoy, como los alemanes hacen alguna que otra cosa bien, esto les permite tener la capacidad de rescatar a países como España. El problema es que esto hace que España siga cometiendo estupideces económicas. En cualquier caso, la montaña de deuda que es el Estado del Bienestar es insostenible, por lo que veremos su colapso, como vimos el del comunismo hace apenas veinte años.

 

Pueden comprar “Economía y Ética de la Propiedad Privada” (Editorial Innisfreeen versión física y electrónica.

Publicado el 2 de Julio de 2013 por Editorial Innisfree

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Libertarios y Anarquistas

Libertarios y anarquistas, de Albert Libertad

Lo mejor que he leído en mucho tiempo:

“Muchos piensan que se trata de una simple disputa sobre las palabras lo que hace que algunos se declaran libertarios y otros anarquistas. Tengo una opinión completamente diferente. Yo soy un anarquista y tengo a la etiqueta no por adorno vano de palabras, sino porque significa una filosofía, un método diferente que el de los libertarios.

El libertario, como la palabra lo indica, es un adorador de la libertad. Para él, es el principio y fin de todas las cosas. Convertir en un culto a la libertad, escribir su nombre en todas las paredes, erigir estatuas que iluminan el mundo, para hablar de ello a tiempo y a destiempo, para declararse libre del determinismo hereditario cuando sus movimientos atávicos y abarcantes te hace un esclavo. .. este es el logro de los libertarios.

El anarquista, refiriéndose simplemente a la etimología, está contra la autoridad. Eso es exacto. Él no tiene la libertad como causalidad, sino más bien el carácter definitivo de la evolución de sí. No dice, aun cuando se trate del más mínimo de sus actos: “Yo soy libre” sino “quiero ser libre”. Para él, la libertad no es una entidad, una calidad, algo que uno tiene o no tiene, sino un resultado que se obtiene en la medida en que se obtiene poder.

Él no tiene la libertad como un derecho que existía antes de él, antes que los seres humanos, sino una ciencia que se adquiere, que los humanos adquieren, día tras día, para liberarse de la ignorancia, la supresión de los grilletes de la tiranía y la propiedad.

El hombre no es libre de actuar o no actuar, por su sola voluntad. Aprende a hacer o no hacer cuando ha ejercido su juicio, iluminada su ignorancia, o destruido los obstáculos que se interponen en su camino. Así que si tomamos la posición de un libertario, sin conocimientos musicales al frente de su piano,¿es libre para jugar? ¡NO! No tendrán esta libertad hasta que haya aprendido la música y a tocar el instrumento. Esto es lo que dicen los anarquistas. También la lucha contra la autoridad que le impide desarrollar sus aptitudes musicales – cuando las tiene – o el que retiene los pianos. Para tener la libertad de tocar el piano, tiene que tener el poder de saber y el poder tener un piano a su disposición. La libertad es una fuerza que hay que saber como desarrollar en el individuo, nadie puede otorgarlo.

Cuando la República toma su famoso eslogan: “Liberté, Egalité, Fraternité”, ¿nos hace libres, iguales o hermanos? Ella nos dice: “Usted es libre” pero son palabras vanas ya que no tenemos el poder para ser libre. ¿Y por qué no tenemos ese poder? Principalmente porque no sabemos cómo adquirir los conocimientos adecuados. Tomamos el espejismo en vez de la realidad.

Siempre esperamos la libertad de un Estado, de un Redentor, de una Revolución, nunca trabajamos para desarrollarla dentro de cada individuo. ¿Cuál es la varita mágica que transforma la actual generación nacida de siglos de servidumbre y renuncia en una generación de seres humanos que merecen la libertad, porque son lo suficientemente fuertes como para conquistarla?

Esta transformación vendrá de la conciencia de que los hombres tendrán o no libertad de conciencia, que la libertad no está en ellos, que no tienen derecho a ser libres, que no todos nacemos libres e iguales … y que es sin embargo imposible tener la felicidad sin libertad. El día que tengan esta conciencia no se detendrán ante nada para obtener la libertad. Esta es la razón por la lucha de los anarquistas con tanta fuerza contra la corriente libertaria que hace que uno tome la sombra en vez de la sustancia.

Para obtener esta energía, es necesario que la lucha en contra de dos corrientes que amenazan a la conquista de nuestra libertad: es necesario defenderse contra otros y contra sí mismo, contra las fuerzas externas e internas. Para ir hacia la libertad, se hace necesario el desarrollo de nuestra individualidad. Cuando digo: ir hacia la libertad, me refiero a que cada uno de nosotros vaya hacia el desarrollo más completo de nuestro Yo. No somos por lo tanto libres de tomar cualquier camino, es necesario esforzarnos por tomar el camino correcto. No somos libres para ceder a los deseos excesivos y fuera de la ley, estamos obligados a satisfacerlas. No somos libres de ponernos en estado de ebriedad para que nuestra personalidad pierda el uso de su voluntad, lo cual nos coloca a merced de cualquier cosa, digamos más bien que soportamos la tiranía de una pasión que la miseria del lujo nos ha dado. La verdadera libertad consistiría en un acto de autoridad sobre este hábito, para liberarse de su tiranía y sus corolarios.

Yo digo, un acto de autoridad, porque no tengo la pasión de la libertad considerada a priori. Yo no soy un libertario. Si deseo adquirir la libertad, yo no la adoro. No me divierto rechazando el acto de la autoridad que me hará superar al adversario que me ataca, ni me niego el acto de autoridad que me hará atacar al adversario. Sé que todo acto de fuerza es un acto de autoridad. Me gustaría no tener que usar la fuerza, la autoridad contra otros hombres, pero yo vivo en el siglo 20 y no estoy libre de la dirección de mis movimientos para adquirir la libertad.

Por lo tanto, considero la Revolución como un acto de autoridad de unos contra otros, rebelión individual como un acto de autoridad de unos contra otros. Y por lo tanto me parecen lógicos estos medios, pero quiero determinar con exactitud la intención. Me parecen lógicos y estoy dispuesto a cooperar, si estos actos de la autoridad temporal tienen la remoción de una autoridad estable y dar más libertad como meta, me parecen ilógicas y me frustro si su objetivo no es la eliminación de una autoridad. Por estos hechos, la autoridad gana poder: ella no ha hecho otra cosa que cambiar de nombre, aun el que uno ha elegido con ocasión de su modificación.

Los libertarios hacen un dogma de la libertad; los anarquistas la hacen un fin. Los libertarios creen que el hombre nace libre y que la sociedad lo convierte en un esclavo. Los anarquistas se dan cuenta que el hombre nace en la más completa de las subordinaciones, la más grande de las servidumbres y que la civilización lo lleva al camino de la libertad.

Lo que reprochan los anarquistas es la asociación de los hombres y la sociedad -que está obstruyendo el camino después de haber guiado nuestros primeros pasos. La Sociedad ofrece hambre, la fiebre maligna, bestias feroces – evidentemente no en todos los casos, pero en general – pero ella hace presa a la humanidad de miseria, exceso de trabajo, y los gobiernos. Pone a la humanidad entre la espada y la pared. Ella hace que el niño se olvide de la autoridad de la naturaleza para ponerlo bajo la autoridad de los hombres.

El anarquista interviene. Él no pide la libertad como un bien que se ha tomado de él, sino como un bien que se le impide su adquisición. Observa la sociedad actual y declara que es un mal instrumento, una mala manera de llamar a las personas a su completo desarrollo.

El anarquista ve a la sociedad envolver a los hombres con un entramado de leyes, una red de normas, y una atmósfera de moralidad y prejuicios sin hacer nada para sacarlos de la noche de la ignorancia. Él no tiene la religión del liberal, un liberal podría decir, cada vez más que quiere la libertad para sí mismo como él quiere aire puro para sus pulmones. Decide entonces trabajar por todos los medios para destrozar los hilos de la red, los nudos de la red y se esfuerza por abrir el libre pensamiento.

El deseo del anarquista es ser capaz de ejercer sus facultades con la mayor intensidad posible. cuanto más se mejora, más experiencia él tiene, cuanto más se destruyen obstáculos, tanto intelectuales y morales como materiales, más toma un campo abierto, más se permite que su individualidad se amplíe, más se vuelve libre de evolucionar y tanto más procede a la realización de su deseo.

Pero no voy a permitir que me deje llevar y voy a volver más precisamente al tema.

El libertario que no tiene el poder para llevar a cabo una explicación, una crítica que reconoce como bien fundamentada o que no quiere discutir, dice ” Yo soy libre de actuar así”. El anarquista dice: “Creo que tengo razón para actuar así, pero vamos.” Y si la crítica se trata de una pasión que no tiene la fuerza para liberarse de ella, añadirá: “Estoy bajo la esclavitud de este atavismo y el hábito de esto”. Esta simple declaración no será gratis. Se llevará a su propia fuerza, tal vez para el individuo atacado, pero seguro que para el individuo que la hizo, y para aquellos que son menos atacados por la pasión en cuestión.

El anarquista no actúa así debido a la modestia, o el espíritu de contradicción, sino porque tiene una concepción que es completamente diferente de la de los libertarios. Él no cree en la libertad innata, sino en la libertad que se adquiere. Y porque sabe que no posee todas las libertades, tiene una mayor voluntad de adquirir el poder de la libertad.

Las palabras no tienen un poder en sí mismas. Tienen un sentido que uno debe saber bien, indicar con precisión a fin de dejarse tomar por la magia. La gran Revolución nos ha puesto en ridículo a nosotros con su lema: “Liberté, Egalité, Fraternité”, los liberales nos han cantado, sobre todo, la melodía de su “laissez-faire” con el estribillo de la libertad de trabajo, los libertarios se engañan a sí mismos con la creencia en una libertad pre-establecida y hacen críticas en su honor … Los anarquistas no quieren la palabra, sino la cosa. Ellos están en contra de la autoridad, el gobierno, el poder económico, religioso y moral, a sabiendas que mientras más se reduce la autoridad, la libertad más se incrementa.

Es una relación entre la potencia del grupo y el poder del individuo. Cuanto más el primer término de esta relación es menor, la autoridad es más reducida, la libertad es más mayor.

¿Qué quieren los anarquistas? Para llegar a un estado en el que estos dos poderes están en equilibrio, donde el individuo tiene la libertad real de movimiento sin obstaculizar la libertad de circulación de otro. El anarquista no quiere invertir la relación para que su libertad provenga de la esclavitud de los demás, porque sabe que la autoridad es mala en sí misma, tanto para el que se somete a ella como para quien la ejerza.

Para realmente conocer la libertad, hay que desarrollar al ser humano hasta que uno se asegura de que ninguna autoridad tiene la posibilidad de existir.”

Tomado de Editorial Innis Free

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Hoppe en una lección

Publicado el 17 Junio, 2013 en Mises Hispano

Hoppe en una lección

Todo escolar aprende que, para llegar a una conclusión verdadera, debe empezar con premisas verdaderas y usar una lógica válida. Por desgracia, esta lección se olvida bastante en la vida posterior. A la mayoría le falta la inteligencia, el interés o el coraje para aplicar rigurosamente la lección. Muchos rompen o retuercen las reglas para avanzar en sus planes o carreras. Otros sólo pueden esbozar la voluntad de seguir las reglas en algunos lugares y casos. Rara es la persona que aprende la lección.

Hans-Hermann Hoppe ha demostrado la altura intelectual que puede alcanzarse empleando la lección con una mente brillante, una ferviente devoción por la verdad y un irredento coraje moral. Lo que sigue es una breve explicación de cómo pone las cosas claras en el campo de la economía del bienestar.

La antigua economía del bienestar trataba de dar la vuelta a las conclusiones de laissez faire de la Escuela Clásica basándose en la teoría de la utilidad marginal aportada por la revolución marginalista. Si la utilidad podía compararse interpersonalmente, con varias suposiciones como la utilidad cardinal, los planes de utilidad idénticos o la utilidad del dinero entre la gente, los antiguos economistas del bienestar argumentaban que la utilidad marginal decreciente implicaba una ganancia en el bienestar social, entre otras intervenciones del estado, al redistribuir la riqueza de los ricos a los pobres. Esta línea de argumentación se vino abajo por la demostración de que la subjetividad del valor impide comparaciones de utilidad interpersonal. Por tanto, sólo puede decirse que el bienestar social se mejora sin ambages como consecuencia de un cambio si hace que al menos una persona mejore y ninguna empeore. La regla de Pareto impide a los economistas reclamar mejoras en el bienestar social mediante intervenciones del estado, ya que hacen que algunos mejoren y otros empeoren.

La nueva economía del bienestar trataba de elaborar una defensa de la intervención del estado dentro de las limitaciones de la regla de Pareto. Las conclusiones de la nueva economía del bienestar pueden derivarse de sus principales teoremas. El primer teorema del bienestar dice que un equilibrio general perfectamente competitivo es el óptimo de Pareto. A partir de este teorema, los nuevos economistas del bienestar concluyen que una divergencia de la economía real respecto de esta condición hipotética justifica la intervención del estado para mejorar el bienestar social. Las revistas económicas están repletas de casos que demuestran cómo la economía de mercado no consigue lograr un equilibrio general perfectamente competitivo y qué intervencionismo del estado debería utilizarse para eliminar la ineficiencia del mercado.

El segundo teorema del bienestar dice que la cualquier solución del óptimo de Pareto puede alcanzarse por medio de un equilibrio general perfectamente competitivo: para cada patrón de dotación de renta entre personas, la economía de mercado que funcione perfectamente llegará a un resultado óptimo de Pareto distinto de producción e intercambio. A partir de este teorema, los nuevos economistas del bienestar concluyen que el estado puede distribuir rentas, de cualquier forma que quiera, por ejemplo, para alcanzar una concepción concreta de la igualdad, sin perjudicar la propiedad de maximización del bienestar social de la economía de mercado de funcionamiento perfecto.

En su artículo sobre la utilidad y la economía del bienestar de 1956, Murray Rothbard demostraba que los nuevos economistas del bienestar se equivocaban al pensar que podría construirse una defensa del laissez faire basándose en la subjetividad del valor. Argumentaba que los nuevos economistas del bienestar tenían razón en inferir la imposibilidad de comparaciones de utilidad interpersonal a partir de la subjetividad del valor. El valor es un estado mental sin una propiedad extensiva que pueda ser analizada objetivamente. Como tal, no existe ninguna unidad común entre personas en la que los estados mentales pudieran medirse y, por tanto, compararse.

Una vez aceptada la subjetividad del valor como razón para la imposibilidad de las comparaciones interpersonales de la utilidad, a las que hicieron un pilar de la economía del bienestar, los nuevos economistas del bienestar se comprometen con otros corolarios del valor subjetivo. En particular, indicaba Rothbard, deben adoptar el concepto de la preferencia demostrada. Como las preferencias sólo existen en la mente de una persona, otra persona no puede adquirir conocimiento objetivo acerca de ellas salvo infiriéndolo de sus acciones. Como no existe ningún otro conocimiento objetivo de las preferencias de una persona, sólo la preferencia demostrada puede utilizarse en el análisis de la economía del bienestar.

Tanto la imposibilidad de las comparaciones interpersonales de utilidad como la preferencia demostrada se deducen directamente de la subjetividad del valor y por tanto los nuevos economistas del bienestar no pueden aceptar válidamente una o rechazar la otra. La imposibilidad de las comparaciones interpersonales de utilidad limita a la economía del bienestar por la regla de Pareto, haciendo más difícil justificar la intervención estatal que en caso contrario, pero la preferencia demostrada sube mucho más las exigencias para justificar la intervención del estado. De acuerdo con los nuevos economistas del bienestar, el nivel establecido por la regla de Pareto está determinado por la desviación del mercado del resultado óptimo de un modelo de equilibrio general perfectamente competitivo, pero la preferencia demostrada elimina cualquier uso de valores hipotéticos, incluyendo las funciones de utilidad de los agentes económicos que subyacen a dichos modelos. Para ser científica, la economía del bienestar debe confinarse a declaraciones acerca de las preferencias que las personas reales demuestran en sus acciones. Rothbard escribía:

La preferencia demostrada, como recordamos, elimina las imaginaciones hipotéticas acerca de las escalas de valores individuales. La economía del bienestar ha considera hasta ahora los valores como valoraciones hipotéticas de “estados sociales” hipotéticos. Pero la preferencia demostrada sólo trata a los valores como revelados a través de la acción elegida.

El primer teorema del bienestar, reconstruido siguiendo la línea de Rothbard, no se refiere al estado de equilibrio general de modelos inventados por economistas. Se refiere a la economía real, para la cual es más difícil demostrar mejoras en el bienestar social por intervención del estado. Si se comparan los resultados del mercado con otras condiciones perceptibles alcanzadas en los sistemas económicos reales actuales, en lugar de en los resultados imperceptibles de modelos ficticios que funcionen perfectamente, entonces el fracaso del mercado parece improbable. Y, como demostró Rothbard, el mercado sí sobrepasa los niveles de bienestar social alcanzados en otros sistemas económicos reales.

Sin embargo el segundo teorema del bienestar para indemne a la crítica de Rothbard. Los nuevos economistas del bienestar podrían seguir defendiendo una intervención del estado. Sin afectar a la eficiencia del mercado en producir un punto óptimo de Pareto, el estado aún podría distribuir rentas para alcanzar su idea de equidad. Rothbard respondía que la propiedad privada era la distribución inicial de la riqueza apropiada de la cual la actividad de mercado produce un resultado óptimo de Pareto. Y como las distribución inicial de la propiedad privada no es arbitraria, sino que sigue las líneas de la autopropiedad del trabajo, la propiedad de la tierra por ocupación y la propiedad de los bienes producidos, la intervención del estado en la propiedad no podría producir un resultado comparable en el bienestar social con el resultado del óptimo de Pareto del laissez faire.

Sin embargo, los nuevos economistas del bienestar, al no seguir la teoría de los derechos naturales de Rothbard, negaron que la distribución de la propiedad por parte del estado llevaría a un resultado de mercado inferior en bienestar social a la del mercado no intervenido. Incluso algunos economistas que favorecían el laissez faire estaban de acuerdo en que el patrón de propiedad en la sociedad es arbitrario respecto del mercado que consiga un resultado óptimo de Pareto y, por tanto, el estado puede reordenarlo sin consecuencias perjudiciales sobre el bienestar social.

Quedó para Hoppe el desarrollo de la lógica del argumento de Rothbard y alcanzar una conclusión definitiva acerca del efecto en el bienestar social de la distribución de la propiedad por parte del estado. Al hacerlo, redirige la economía del bienestar hacia su verdadero rumbo. Aunque latente en el análisis de Rothbard, Hoppe fue el que demostró que la aproximación de la regla de Pareto a la economía del bienestar lleva, no a un punto final de optimización, sino a un proceso superior paso a paso de Pareto con un punto de partida objetivo.

Como había hecho Rothbard antes, Hoppe presenta a los nuevos economistas del bienestar una inconsistencia lógica en su argumento. Habían aceptado un principio básico, esta vez la autopropiedad, de la cual inferían consecuencias del intercambio voluntario en el bienestar social, es decir, proclamaban sobre el bienestar social consecuencias del intercambio voluntario desde el punto de vista de los propios intercambiadores. Pero al aceptar la autopropiedad también deben aceptar su corolario lógico, que es la adquisición lockeana de propiedad. Hoppe apuntaba que la autopropiedad es una precondición necesaria para toda adquisición de propiedad y no sólo para el intercambio voluntario. Por tanto, es el punto de partida para cada paso con éxito de la interacción social.

Al criticar la opinión de Kirzner de la economía del bienestar, Hoppe escribe:

Sin embargo, si el criterio de Pareto está firmemente ligado con la noción de preferencia demostrada, de hecho puede emplearse para producir dicho punto de partida y servir, entonces, como un criterio de bienestar perfectamente inobjetable: la apropiación original de una persona de recursos sin dueño, como se demuestra por esta misma acción, aumenta su utilidad (al menos ex ante). Al mismo tiempo, no perjudica a nadie, porque al apropiárselos no toma nada de otros. Pues es evidente que otros se habrían apropiado también de esos recursos si los hubieran percibido como escasos. Pero en la realidad no lo hicieron, lo que demuestra que no les dieron ningún valor y por tanto no puede decirse que hayan perdido ninguna utilidad por este acto. Por tanto, partiendo de esta base de óptimo de Pareto, cualquier posterior acto de producción, utilizando recursos apropiados, es igualmente un óptimo de Pareto sobre bases de la preferencia demostrada, siempre que no perjudique inadvertidamente la integridad de los recursos apropiados o producidos con medios apropiados por otros. Y finalmente, todo intercambio voluntario que empiece por esta base debe asimismo considerarse como un óptimo de Pareto, porque sólo puede tener lugar si ambas partes esperan beneficiarse de él. Así que, contra lo que dice Kirzner, el óptimo de Pareto no sólo es compatible con el individualismo metodológico: junto con la noción de la preferencia demostrada, también ofrece la clave de la economía (austriaca) del bienestar y su prueba de que el mercado libre, operando de acuerdo con la reglas recién descritas, siempre, e invariablemente, aumenta la utilidad social, mientras que cualquier desviación la disminuye.

Hoppe demostró que la regla de Pareto tenía que aplicarse a las consecuencias que en el bienestar social tiene la adquisición de la propiedad y no sólo a su uso. La autopropiedad es el punto de partida inmutable para el proceso de adquirir y luego usar la propiedad. La distribución de la renta del estado para alcanzar una dotación “inicial” ostensible más equilibrada entre personas no satisface la regla de Pareto. En otras palabras, el segundo teorema del bienestar, reconstruido siguiendo las líneas de Hoppe, es falso. Sólo la dotación inicial, la lockeana, es capaz de producir un resultado óptimo de Pareto.

Además, el argumento de Hoppe acaba completamente con la idea de optimalidad de Pareto como un estado final de maximización del bienestar social. La economía del bienestar comienza con el hecho objetivo de la autopropiedad y luego demuestra que cada caso de adquisición voluntaria y uso de la propiedad satisface la regla de Pareto y de esa manera mejora el bienestar social. Además, cada caso de intervención estatal en la adquisición voluntaria o uso de la propiedad beneficia a algunos y daña a otros y por tanto no mejora el bienestar social. Por tanto, el mercado real no se compara con algún punto final que pueda acabar alcanzando pero aún no se ha logrado. Si fuera el caso, podría decirse que algunas intervenciones del estado podrían facilitar que el mercado real alcanzase los niveles más altos de bienestar social en este punto final. Por el contrario, la economía del bienestar está limitada a comparar el mercado real con la intervención real del estado. No se deja espacio para la afirmación de que el mercado fracasa en alcanzar algún ideal que podría usarse para justificar la intervención del estado. Hoppe estableció definitivamente que el mercado no intervenido es superior en mejorar el bienestar social.

Es verdad que la economía del bienestar es el menor de los logros de Hoppe al emplear la lección. En todos los campos a los que ha dirigido su atención, como Ludwig von Mises y Murray Rothbard antes que él, ha ejemplificado el razonamiento sólido en el análisis social. Mejoró el edificio que éstos construyeron aclarando principios básicos y llegando incansablemente y sin miedo a las implicaciones lógicas desde estas premisas hasta sus conclusiones. Es un ejemplo para todos los que aman las verdad.

Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.

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El mito de Hayek

Publicado el 5 Julio, 2013 en Mises Hispano

El mito de Hayek

Hans-Hermann Hoppe

Como la mayoría de ustedes sabe, yo era de la izquierda durante los últimos años de secundaria y los primeros años en la universidad; y cuando gradualmente fui descubriendo los errores de la izquierda, fui buscando alternativas. Y encontré, por su frecuente presencia en la prensa, a Milton Friedman y Friedrich Hayek, como los antagonistas de principios y alternativas a todo lo socialista. Y de hecho encontré muchos buenos argumentos en sus escritos para combatir la izquierda predominante en ese tiempo.

Y fue a través de Friedman y Hayek que eventualmente descubrí a Mises, y finalmente a Rothbard. Entonces tengo que decir que debo, intelectualmente, algo a Friedman y Hayek. Pero ese no es mi tópico. En vez de eso, quiero analizar por qué ambos, Friedman y Hayek, eran presentados en ese tiempo, hace casi 40 años, e incluso más en estos días—especialmente en Europa, pero también en los EE.UU.—como los opositores más radicales contra la izquierda, mientras, como luego me di cuenta rápidamente y mostraré en breve, Friedman y Hayek son en realidad parte de la izquierda, por supuesto, no de la versión fuerte tradicional marxista de la izquierda, sino de la versión suave, social-demócrata, redistribucionista del socialismo. Y por eso,  desde mi punto de vista, ellos ofrecen cualquier cosa menos una alternativa de principios contra el socialismo y la izquierda. A esto se le puede llamar “el Mito de Friedman y Hayek.” Aquí me dedicaré sólo a la mitad del mito, al Mito de Hayek.

Friedman, de hecho, es más conocido que Hayek. Si uno busca en Google, Friedman tiene casi 30 millones menciones, mientras Hayek tiene 7 millones de menciones. Creo que Friedman es en parte más conocido que Hayek porque es un escritor más claro, y en parte porque es norteamericano, algo que siempre ayuda en estos tiempos, pero me quiero concentrar en Hayek.

Y ¿por qué me quiero concentrar en Hayek? Porque según yo lo veo, Hayek es un pensador más importante, y su fama durará más que la de Friedman. Por un lado, Hayek era mejor economista. Mientras Friedman hasta su muerte en el 2006 seguía cantando loas a Greenspan y Bernanke, mucha gente inspirada por Hayek y por la teoría de Mises-Hayek sobre el ciclo económico había previsto ya la gran recesión que venía—y que aún continúa. Pero aún más importante, porque Hayek, como europeo del mundo viejo, claramente tenía mejor y más amplia educación. Mientras Friedman era un economista-economista, Hayek era un verdadero intelectual, bien leído no sólo en economía sino en historia intelectual, psicología, filosofía, sociología y leyes. Pero no es su economía técnica lo que los hizo famosos, sino sus excursiones en el campo de la teoría política. Por eso me concentraré en Hayek como teórico político, y específicamente en su Constitución de la Libertad y en sus tres volúmenes de Ley, Legislación y Libertad que generalmente son consideradas las contribuciones más importantes de Hayek al campo de la teoría política.

Primero quiero mostrar que a pesar de varias cosas interesantes que pueda decir, Hayek es un pensador fundamentalmente confundido y desordenado. Esto se hace claro cuando revisamos sus definiciones y elaboraciones sobre el concepto de libertad y coerción.[1]

Hayek define libertad como la ausencia de coerción, hasta allí todo bien; sin embargo, contrariamente a una gran tradición de pensamiento liberal clásico, él no define coerción como la amenaza o iniciación de violencia física contra la propiedad o persona. Él no la define como un ataque contra la propiedad legítimamente adquirida mediante apropiación originaria, produc­ción o intercambio voluntario. En vez de eso, él da una definición cuyo único mérito es su ambigüedad y poca claridad.

Por coerción “queremos decir el control del ambiente o circunstancias de una persona por parte de otra que, para evitar un mal mayor, es forzada a actuar no siguiendo sus propios planes, sino para servir los fines de otro.” O “coerción ocurre cuando las acciones de un hombre son hechas para satisfacer la voluntad de otro hombre, no para él mismo sino para los propósitos del otro.”[2] Y Libertad es “un estado en el que cada persona puede usar su propio conocimiento para sus propósitos.”[3] Ahora, lo que uno inmediatamente nota en esta definición de libertad y coerción es que no dicen nada respecto a “acciones,” “escasez,” “bienes” y propiedad; en vez de eso, coerción se refiere a configuraciones específicas de deseos subjetivos, o planes, o planes que entran en conflicto, o pensamientos, o pensamientos que entran en conflicto, y expectativas; luego—con estas descripciones subjetivas, términos subjetivos—tal definición es inútil por las siguientes razones.

Primero, es completamente inútil como guía para la acción, esto es, es inútil para responder a la pregunta “¿qué estoy permitido a hacer aquí y ahora si no quiero cometer un acto coercitivo?” Porque en general no conozco la voluntad o los planes de otros, y en cualquier caso, conocer los planes de otros sería absolutamente imposible; incluso si quisiera, nunca podría saber, en el punto de partida de mi acción, si lo que estoy planeando hacer implica un acto coercitivo contra alguien. Pero, los individuos, obviamente, deben estar permitidos de actuar de forma correcta antes de conocer los planes de los demás. Y para que esto sea posible, el criterio para distinguir libertad por un lado, y coerción por otro lado, debe ser un criterio objetivo; debe hacer referencia a un evento que posee una descripción física y sobre cuyo resultado el actor debe poseer control físico.

Segundo, la definición de Hayek también es inútil como criterio retrospectivo de justicia, esto es, no puede responder a la pregunta ¿es justificada la acusación de A contra B? o ¿quién es culpable y quién es inocente? o ¿qué tipo de compensación o castigo es adecuado? Dado que la definición de Hayek no contiene ningún criterio físico intersubjetivamente comprensible, sus juicios son completamente arbitrarios. Los criterios de Hayek sobre liberad y coerción son compatibles con prácticamente toda situación física real. No pueden, sin embargo, hacer distinciones reales en el mudo real.

Correspondientemente confusos y contradictorios son, entonces, los intentos de Hayek de aplicar sus definiciones. Al aplicar sus definiciones, Hayek, por un lado llega a la conclusión que el inicio o la amenaza de violencia física constituye coerción, bien. “Coerción ocurre cuando bandas armadas de conquistadores hacen que los súbditos trabajen para ellos, cuando mafiosos organizados imponen cupos a cambio de ‘protección,’ ”[4] y así por el estilo; bien. Por el otro lado, él clasifica actos de amenaza o iniciación de violencia física, tales como el servicio militar obligatorio, o impuestos, como no-coercitivos, siempre y cuando la víctima de tales agresiones hubiese esperado el resultado y se hubiese ajustado a la situación. Decir eso es una atrocidad. Mencionaré esos pasajes más adelante.

Además, por un lado, Hayek identifica violencia física con coerción; y por otro lado, no acepta la ausencia de violencia física o daños como criterio de no-coerción: “la amenaza de fuerza física no es la única forma en que la coerción puede ser ejercida,”[5] incluso si A no ha cometido agresión física contra B o su propiedad, puede ser culpable de coerción. Según Hayek ese es el caso cuando A es culpable de ayuda omitida respecto a B, esto es, cuando no ha dado a B los bienes y servicios que B esperaba de él y que consideraba como “crucial para mi existencia o preservación de lo que yo más valoro.”[6]

Ahora, Hayek dice que sólo hay un pequeño número de casos que se ajustan a ese criterio. Él da dos ejemplos: el dueño de una mina en un pueblo minero, que decide despedir un trabajador, supuestamente comete un acto de coerción;[7] y de igual forma es supuestamente coercitivo que el dueño de la única fuente de agua en un desierto no quiere vender su agua, o si rechaza venderla al precio que los otros consideran justo.[8]

Ahora, debe ser obvio, se requiere poca imaginación para entender que el criterio de Hayek incluye todos los casos. Cualquier acción pacífica que una persona pueda hacer puede ser interpretada por otros como coerción, porque toda actividad es al mismo tiempo, siempre, la omisión de innumerables actividades alternativas que él podría haber hecho, y toda omisión se convierte en coerción cuando al menos una persona reclama que la ejecución de lo que él no ha hecho, la ejecución de la omisión, era “crucial para la preservación de lo que yo más valoro.” En cualquier caso, ambas, ayuda omitida y violencia física, son categóricamente definidas como coerción, sin embargo, entonces obviamente, contradicción inescapables se presentan. Si la omisión de A constituye coerción hacia B, entonces obviamente B debe poseer el derecho de defenderse contra la coerción de A. Pero la única defensa de B es que pueda usar violencia física contra A, que ha omitido hacer ciertas cosas. Pero entonces, actos de violencia física ya no serían clasificados como coerción. En vez de eso, la violencia física sería defensa. Y en este caso, coerción sería la negación pacífica de entrar en intercambio; y también sería coerción si alguien trata de defenderse contra un intercambio forzoso impuesto sobre él. Por otro lado, si la violencia física fuese definida como coerción, entonces B no estaría permitido a defenderse de las omisiones de A. Y si B de todas formas trata de hacerlo, entonces el derecho a defenderse recaería en A. Pero en este caso, por supuesto, las omisiones no constituirían coerción. Contradicciones terribles.

Ahora, de esas contradicciones conceptuales emerge la absurda tesis de Hayek sobre la inevitabilidad de la coerción, y su correspondiente, igualmente absurda justificación del gobierno. “La coerción, sin embargo, no puede ser evitada totalmente porque la única forma de prevenirla es con la amenaza de coerción. La sociedad libre ha resuelto este problema otorgando el monopolio de violencia al Estado, y tratando de limitar el poder del Estado a casos donde se requiere limitar la coerción en manos de agentes privados.”[9] Ahora, de acuerdo a ambas definiciones de coerción de Hayek, esa tesis no tiene sentido. Si ayuda omitida representa coerción, entonces coerción en forma de violencia física, se vuelve necesaria y no sólo inevitable. Pero, si la iniciación y amenaza de violencia física se define como coerción, entonces sí puede ser evitada. Primero, porque cada persona posee control sobre si atacará, o no, físicamente a otra persona. Y segundo, porque cada persona tiene derecho a defenderse con todos sus medios contra el ataque físico de otro. Es sólo inevitable que, siempre y cuando exista agresión física, también habrá necesidad de defensa física. Pero la inevitabilidad de violencia defensiva no tiene nada que ver con la supuesta inevitabilidad de la coerción, a menos que uno confunda la diferencia categórica entre ataque y defensa, y afirme que la amenaza de defenderse uno mismo en el evento de un ataque sea lo mismo que una amenaza de ataque. Ahora, si la violencia física es prohibida, entonces, de eso sigue que uno está permitido a defenderse contra ella. Es absurdo clasificar ataque y defensa bajo la misma rúbrica de coerción. Defensa es a coerción, lo que el día es a la noche.

De la inevitabilidad de la defensa no se desprende ninguna justificación para el monopolio gubernamental de la coerción. Al contrario, un gobierno no es de ninguna manera simplemente un monopolio de defensa que ayuda a los individuos privados a evitar gastos en defensa de otra forma inevitables, porque el gobierno tiene obviamente que cobrar impuestos a la gente para tener los medios para defender a otra gente; y el monopolio de coerción del gobierno incluye, en particular, el derecho del Estado a usar violencia contra ciudadanos privados, y la obligación complementaria, por parte de los ciudadanos, a no defenderse de los ataques del gobierno. Pero ¿qué tipo de justificación para un gobierno es eso de que si una persona se rinde incondicional­mente a un atacante, puede ahorrar gastos de defensa de otra forma inevitables?

Ahora, sobre el tema de las funciones del gobierno. Según Hayek, el gobierno es necesario no simplemente hacer cumplir las leyes y organizar la defensa contra enemigos externos, sino que en una sociedad avanzada el gobierno debe usar su poder de recaudar fondos mediante el cobro de impuestos para proveer un número de servicios que por diferentes razones no puede ser proveídos, o no pueden ser proveídos adecuadamente, por el mercado.

Ahora, como en todo momento hay un número infinito de bienes y servicios que el mercado no puede proveer, Hayek da al gobierno prácticamente un cheque en blanco. Entre tales funciones están: protección contra la violencia, epidemias, desastres naturales como inundaciones y avalanchas; pero también varias de las amenidades  que hacen tolerable la vida en una sociedad moderna: carreteras, medidas estandarizadas de medición, y varios tipos de información  que van desde registros de tierras, mapas, estadísticas, hasta la certificación de calidad de ciertos bienes y servicios ofrecidos en el mercado.

Funciones adicionales del gobierno son: asegurar un ingreso mínimo para todos; el gobierno debe distribuir sus ingresos de tal forma que pueda gastar cuando la inversión privada es lenta; financiar las escuelas y la investigación; hacer cumplir la regulaciones de los edificios y viviendas, y las regulaciones alimentarias; debe encargarse de la certificación de ciertas profesio­nes; regular la restricción de la venta de ciertos bienes peligrosos, como armas, explosivos, venenos y drogas; así como regulaciones sanitarias y de salud en el proceso productivo; y el aprovisiona­miento de teatros, parques de deportes, y así por el estilo—prácticamente no se le escapa nada; y debe hacer uso de su poder de dominio eminente, esto es, de expropiación, para mejorar el bienestar común. También considera que hay ciertas razones para creer que con el incremento general en riqueza, y de la densidad de la población, la parte de todos los bienes que pueden ser satisfechos sólo por la acción colectiva seguirá aumentando. Aún más, el gobierno debe implementar un sistema extensivo de seguro obligatorio, supuestamente coerción para evitar mayor coerción; viviendas subsidiadas es una posible tarea para el gobierno; y también, el planeamiento y la regulación de zonas en la ciudad son consideradas funciones apropiadas del go­bierno, siempre y cuando la suma de las ganancias sea mayor que la suma de las pérdidas—sólo Hayek sabe cómo calcular eso. Y finalmente, el aprovi­siona­miento de las oportunidades para la recreación, la preservación de la belleza natural, o sitios históricos, o el interés científico, parques naturales, reservas naturales, etc. son también legítimas tareas del gobierno.[10]

En adición a eso, Hayek insiste que reconozcamos que es irrelevante qué tan grande es el gobierno, o si crece y qué tan rápido crece; lo único que importa es que las acciones del gobierno satisfagan ciertos requerimientos formales. “Es el carácter, en vez del volumen, de la actividad del gobierno, lo que es importante.”[11] El cobro de impuestos, y el porcentaje de impuestos, para Hayek no es un problema. Los impuestos, y de igual forma el servicio militar obligatorio, pierden su carácter de medidas coercitivas si son, “cuando menos, predecibles, y se hacen cumplir sin tener en cuenta de cómo el individuo, de otra forma, hubiera empleado su energía. Esto les quita la naturaleza maligna de coerción. Si la necesidad conocida de pagar cierto monto de impuestos se vuelve la base de todos mis planes, si un periodo de servicio militar es una parte predecible de mi carrera, entonces puedo seguir un plan general de vida que yo mismo he elaborado y ser tan independiente de la voluntad de otra persona como los hombres han aprendido a ser en la sociedad.”[12] Así, si tú sabes que serás esclavizado por veinte años, te puedes ajustar a eso; si sabes que los impuestos son el 90% y te puedes ajustar a eso, entonces eso no es coerción. ¿Qué tan ridículo se puede ser?!

Ahora debe ser claro en este punto que la afirmación de que Hayek es un libertario radical, un liberal radical, y un oponente de principios contra la izquierda, es plenamente ridículo. Luego, la pregunta que surge es, ¿cómo es que este mito existe? Voy a especular.

La respuesta más obvia es que los periodistas y los medios de comunicación que propagan esos mitos simplemente no saben de lo que están hablando, y que unos copian lo que otros dijeron antes. Pero eso, a pesar de que hay cierta verdad en ello, no explica cómo ese mito puede aparecer en un primero momento, y por qué es tan persistente; alguien debe estar interesado en ese mito y su persistencia. Permítanme sugerir otra posible explicación.

Pónganse en el lugar de la izquierda igualitaria dominante de todos los partidos políticos—y no hay partidos que no sean de izquierda en estos días. ¿Qué harían para mantener, o incluso mejorar, su posición dominante, en vista del hecho de que no pueden lograr uniformidad completa y total en la opinión pública?

Yo haría algo así: primero, identificaría los oponentes más peligrosos que tiene la izquierda, y los excluiría tanto como pueda del discurso público ignorándolos, no mencionándolos, y haciendo que no puedan alcanzar ninguna posición de influencia. Antes de la internet, eso era comparativamente fácil de lograr. Mises y Rothbard, por ejemplo, que son tales peligrosos individuos eran raramente mencionados y era extremadamente difícil encontrar sus libros en las bibliotecas, o incluso saber de su misma existencia. Segundo, trataría de delimitar el rango del discurso legítimo, educado y civilizado, identificando ciertos individuos prominentes que yo pueda presentar como enemigos peligrosos, pero que en realidad tienen ideas confusas y que carecen de principios suficientes, que puedo fácilmente debatir y atraparlos en contradicciones constantes y concesiones a mi propias metas programadas de izquierda. Esto me hace parecer tolerante, y de “mente abierta,” por supuesto. Y siempre puedo ganar un debate, señalando que incluso esos enemigos están de acuerdo con mis premisas fundamentales. Todos ustedes conocen esas estrategias. Típicamente toman la forma de: “pero incluso Hayek y Friedman admiten esto, y no niegan eso; ¿qué más se puede decir?! ellos son ya los enemigos peligrosos; decir más, es absolutamente imposible!”

Y respecto a esos tales llamados enemigos—elegidos por la izquierda como los oponentes oficialmente aprobados, los enemigos que la izquierda ama odiar. Ellos ganan prominencia, respeto, y se vuelven ellos mismos parte del establishment, con acceso no sólo a los medios de comunicación, sino a los más altos rango del poder estatal. Así tenemos a Hayek y Friedman, y Margaret Thatcher y Ronald Reagan. Y otra clave: Helmut Schmidt, el canciller social-demócrata de Alemania en esos tiempos, en el cumpleaños número 80 de Hayek le escribió un telegrama diciendo “ahora todos somos hayekianos,” y eso era lo que realmente sentía, así era! Luego, esa gente se convierte en los invitados favoritos en todo tipo de reuniones oficiales y conferencias; y de hecho si ustedes observan las conferencias de los hayekianos y friedmanianos en estos días, verán que son regularmente auspiciados o co-auspicia­dos por diferentes organismos gubernamentales y funcionarios. Y ellos y sus seguidores devuelven los favores a la izquierda participando en las prácticas exclusionarias contra los enemigos reales, genuinos y peligrosos de la opinión pública dominante de izquierda.

Ciertamente Hayek y Friedman, pero también muchos de sus seguidores, conocen a gente como Mises y Rothbard, pero si es que acaso los mencionan en algo, típicamente dicen unas cuantas cosas buenas seguidas rápidamente  de muchos comentarios negativos. Hayek, por ejemplo, menciona a Rothbard en un par de pies de página, en total, en todas sus obras. Y en el prefacio del libro de Mises, Socialismo, y en las Memorias de Mises, Hayek dice que Mises había cambiado sus forma de pensar y que había renunciado a su racionalismo excesivo, aunque absolutamente no hay nada que muestre ese cambio en Mises. Y Friedman, siempre ignoraba y trataba de burlarse de Mises, quien se había referido a él y a su gente, en la Sociedad Mont Pelerin, como nada sino “un manojo de socialistas.” El mismo tipo de calificaciones ustedes pueden encontrar en los líderes de la Fundación Hayek de Alemania. Hayek es alabado como el más grande filósofo y economista de la libertad en el siglo veinte, y tal vez de toda la historia humana; y Murray Rothbard: unos pocos comentarios halagadores, buen economista… pero todo lo que dice termina en absurdo. Sin dar ninguna explicación de cuál es ese absurdo. El estilo siempre es el mismo: lo reconoces, dices una palabra bonita, pero en la siguiente línea dices “pero básicamente son unos pobres locos.”

En cualquier caso, lo que los friedmanianos y los haye­kia­nos, e incluso más sus actuales seguidores, estos días, en vez de juntarse con extremistas maleducados y ana­r­quis­tas, como Mises y Rothbard y sus asociados, prefieren asociarse con políticos de alto rango, con banqueros centrales y con proselitistas de la guerra; miren simplemente las reuniones de la Sociedad Mont Pelerin, y verán esos grupos de gente. Hubo otra conferencia sobre Hayek en Obergurgl, Austria, el conferencista principal fue Václav Klaus, que estuvo a favor de los Decretos de Benes, que expropiaron a los alemanes en la entonces Checoslovaquia, y los otros dos conferencistas principales son gente que trabajan para el Banco de Inversiones Europeo y la cabeza de un banco austriaco bien conectado al gobierno. Ese es el tipo de conferencias que los hayekianos organizan.

Ahora, ¿qué hacer entonces? Debemos decir las cosas como son. Y en la era de la internet, no es posible ignorarnos completamente.  Así romperemos esta alianza dañina entre la izquierda dominante y su oposición radical de libre mercado oficialmente designada y aprobada. Sin duda, esto nos traerá la animadversión de los líderes del movimiento hayekiano y friedmaniano, pero también hace posible ganar los espíritus confundidos de esos movimientos, que encontraron a Hayek y Friedman primero, pero que también ven que hay problemas con ellos, y que buscan una salida.

¿Y qué debemos decir? Aquí utilizaré las palabras de Rothbard. Antes de que La Constitución de la Libertad fuese publicada, el manuscrito fue enviado a Rothbard. Y Rothbard escribió dos memos sobre el manuscrito. Uno fue una crítica página a página, que fue enviado al mismo Hayek—no creo que Hayek adoptara algo de eso. El segundo fue un memo interno enviado a Volker Fund, que pagaba el salario de Hayek en esa época, y básicamente pedía que cortaran los fondos a Hayek. Mencionaré la primera oración y luego el último párrafo del memo interno que Rothbard envió. “La Constitución de la Libertad de F.A. Hayek, es sorprendente y angustiosamente un libro extremada malo, y yo diría hasta maligno.” Esa es la primera oración. Ahora el último párrafo:

“Esa, entonces, es la fachada que F.A. Hayek presentará al mundo en su Constitución de la Libertad. Una fachada que si yo fuese un joven interesado por primera vez en asuntos políticos, y leyera esto como el mejor producto de la “extrema derecha” [Murray se refiere aquí al movimiento libertario como la extrema derecha] yo me convertiría en un ferviente seguidor de la izquierda inmediatamente, y creo que así harían todos. Por eso considero que es un libro peligroso y por eso creo que los de la derecha deben atacar este libro con mucha vigorosidad cuando aparezca, en lugar de lo que estoy seguro ellos harán: aplaudirlo como muchos otras focas amaestradas. Porque (1) Hayek ataca el laissez-faire, y ataca o ignora a los verdaderos libertarios. Por tanto, creando la línea “incluso Hayek admite…” y (2), su argumento está basado en un menoscabo o relego de ambos razón y justicia, de tal forma que cualquiera interesado en razón o justicia tenderá a oponerse al libro completo. Y debido a la gran prominencia de Hayek en el mundo intelectual, cualquier falla de los de extrema derecha en atacar el libro, con el vigor implacable que merece, sin duda perjudicará la causa de la derecha que todos nosotros consideramos querida.”[13]

Y lo mismo se aplica a Friedman; el caso de Friedman es incluso peor que el de Hayek. Muchas gracias.

[1]Consultar  Murray Rothbard. “F.A. Hayek and the Concept of Coercion,” en The Ethics of Liberty (New York: New York University Press, 1998) pp. 219.  http://mises. org/rothbard/ethics.pdf

[2]F.A. Hayek, The Constitution of Liberty, The Definite Edition. En The Collected Works of F.A. Hayek. Vol. 17Hamowy Ronald, Ed. (London: Routledge, 2011) pg. 199.

[3]F.A. Hayek, Law, Legislation and Liberty, Vol. 1 (Chicago: University of Chicago Press, 1973), pp. 55-56.

[4]F.A. Hayek, The Constitution of Liberty, The Definite Edition. En The Collected Works of F.A. Hayek. Vol. 17Hamowy Ronald, Ed. (London: Routledge, 2011) pg. 204.

[5]Ibid, pg. 202.

[6]Ibid, pg. 203.

[7]Ibid, pg. 204.

[8]Ibid. pg. 203.

[9]Ibid, pg. 71.

[10]Ver, Part III “Freedom in the Welfare State.” F.A. Hayek, The Constitution of Liberty, The Definite Edition. En The Collected Works of F.A. Hayek. Vol. 17Hamowy Ronald, editor.(London: Routledge, 2011).

[11]Ibid, pg. 331.

[12]Ibid, pg. 210.

[13]Rothbard, Murray. “Confidential Memo on F.A. Hayek’s Constitution of Liber­ty.” En Murray N. Rothbard Vs The Philosophers, Unpublished Writings on Hayek, Mises, Strauss and Polanyi. Modugno, Roberta, Ed. (Auburn, Al.: Ludwig von Mises Institute, 2009) Pg. 61. http://mises.org/document/4983/

Traducido del inglés por Dante Bayona.

Hans Hermann Hoppe, “The Hayek Myth”, PFS 2012 from Property & Freedom Society on Vimeo.

 

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El Infierno de la Inflación

Publicado en Mises Hispano

1 Mayo, 2013

A lo largo de la historia, los gobiernos han luchado contra el uso de moneda fuerte. En 1912, Ludwig von Mises identificaba la razón de esto:

El principio de la moneda fuerte tiene dos aspectos. Es afirmativo en aprobar la elección del mercado de un medio de intercambio comúnmente usado. Es negativo en obstaculizar la propensión del gobierno a entrometerse en el sistema monetario.[1]

Los gobiernos solo pueden estrujar una limitada cantidad de dinero a sus ciudadanos a través de los impuestos sin incitar a la desobediencia civil, así que se hacen amigos de los bancos, que tienen una forma de hacer que el dinero aparezca de la nada. El dinero que crean no es fuerte, pero esto no preocupa a casi nadie. Para los políticos es suficientemente fuerte: les proporciona billetes a la riqueza del mercado, que es todo lo que quieren. El dinero fuerte no cooperaría de esta manera. No deriva de decisiones políticas del banco central.

Se cita a menudo el patrón oro clásico como ejemplo de un sistema de moneda fuerte. Puede que haya sido el mejor sistema nunca diseñado, pero existía con aprobación del gobierno (era, en otras palabras, un patrón orofiduciario). Como ha escrito Guido Hulsmann, el patrón oro internacional fue un acuerdo de cártel entre gobiernos. Los cárteles protegen los intereses de sus miembros a costa de los que no lo son, incluyendo al público en general.

A principios de la década de 1880, los países de Occidente y sus colonias en todo el mundo adoptaron el modelo británico [bajo el que se hizo del oro un monopolio de curso legal]. Esto creaba la gran ilusión de una unidad económica profunda en el mundo occidental, cuando en realidad el movimiento únicamente homogeneizaba los sistemas monetarios nacionales. La homogeneidad duró hasta 1914, cuando los bancos centrales suspendieron pagos y se prepararon para financiar la Primera Guerra Mundial mediante la imprenta.[2]

Gobiernos y banqueros odian el oro porque su oferta no puede inflarse a voluntad. Trabajan duro para establecer y mantener un sistema monetario bajo su control que pueda responder rápidamente a sus demandas de inflación, o de lo que hoy se llama “acomodación”. La Primera Guerra Mundial ofrece un oportuno y trágico ejemplo.

Haciendo verdes dejando rojo al país

Los que se beneficiaron de la guerra tenían poco en común con los hombres que lucharon en ella. La lucha se dejó principalmente a los jóvenes reclutas, de los que muchos millones fueron muertos o heridos. Los que se beneficiaron sabían moverse por Washington.

Si la soberanía monetaria hubiera residido en el mercado en lugar de en el gobierno, no hubiera habido guerra. O si hubiera empezado, habría acabado mucho antes. La moneda fuerte tenía que morir antes de que los hombres pudieran morir en tan enormes cantidades.

Cuando empezó la guerra en agosto de 1914, los beligerantes europeos inmediatamente dejaron de redimir sus divisas en oro y empezaron a emitir deuda. Al necesitar un mercado lucrativo para sus bonos, Inglaterra y Francia eligieron la casa Morgan en EEUU para actuar como su agente de ventas. El dinero adquirido por las ventas de bonos volvía luego a Mr. J.P. Morgan cuando el gobierno compraba material de guerra, recompensándole con comisiones tanto en las ventas como en las adquisiciones. Además, muchas de las empresas con las que hacía negocios Morgan eran parte de sus propios enormes dominios.

El pacifista J.P. Morgan, que dijo: “Nadie podría odiar la guerra más que yo”, obtenía enormes beneficios manteniendo a la maquinaria bélica aliada produciendo muerte y destrucción en ultramar. Las compras totales durante la guerra llegaron a los 3.000 millones de dólares, produciendo a la casa Morgan 30 millones solo en comisiones. Como escribe G. Edward Griffin, refiriéndose a la obra de Ron Chernow sobre la cas Morgan:

Las oficinas de Morgan en el 23 de Wall Street se veían acosadas por intermediarios y fabricantes que buscaban un contrato. El banco tuvo que apostar guardias en todas las puertas y también el las casas de los socios. Cada mes, Morgan controlaba compras que sumaban el equivalente al producto nacional bruto de todo el mundo solo una generación antes.[3]

Ralph Raico escribe:

Estados Unidos se convirtió en el arsenal de la Entente. Unido ahora por lazos financieros y sentimentales a Inglaterra, muchas de las grandes empresas estadounidenses trabajaban de una manera u otra para la causa aliada. (…) El Wall Street Journal y otros órganos de la élite empresarial eran ostensiblemente pro-británicos en cada oportunidad, hasta que se nos metió finalmente en la refriega europea.[4]

Para la clase política, la guerra proporcionaba un enorme impulso para el crecimiento del estado y de su prestigio. El historiador Joseph Stromberg escribe:

A medida que las bajas crecían por millares (pronto serían millones), las potencias beligerantes eligen seguir peleando en lugar de volverse a pensar la guerra. Ambos bandos transmitían propaganda a su propio pueblo y a los neutrales. Los aliados eran mucho mejores. Los gobernantes en todas partes formulaban ambiciosos “objetivos bélicos”.

La guerra mostró un masivo aumento del estado a costa de la sociedad civil, la libertad individual y los mercados libres. Cada estado “planificaba” su economía. Para justificar los sacrificios, los gobiernos prometían nuevos programas sociales. (¿Ahora muerte, después igualdad?) El “socialismo de guerra” se convirtió en el plato del día. Los líderes sindicales trabajaban en los consejos de planificación económica. La inflación escondía los costes monetarios.

El historiador Howard Zinn informa de que “En los tres primeros meses de la guerra, casi todo el ejército británico original había desaparecido”. Al estancarse la guerra en el frente occidental, hombres de ambos bandos morían por decenas de miles por unos pocos metros de tierra quemada.

Para los generales al mando, los reclutas eran munición a sacrificar.

En julio de 1916, el general británico Douglas Haig ordenó  once divisiones de soldados ingleses salir de sus trincheras y dirigirse a las líneas alemanas. Las seis divisiones alemanas usaron sus ametralladoras. De los 110.000 que atacaron, murieron 20.000, 40.000 más resultaron heridos. (…) El 1 de enero de 1917, Haig fue ascendido a mariscal de campo.[5]

En el campo de batalla de trincheras de la Primera Guerra Mundial, los muertos nunca abandonaron el escenario.

La línea de trincheras que se extendía de Suiza al Canal de la Mancha estaba plagada de los restos de tal vez un millón de hombres. (…) Los enterrados reaparecerían durante los bombardeos y serían reenterrados, a veces para ayudar a soportar, bastante literalmente, las trincheras en las que habían luchado. Muchos soldados recordaban el hedor de la descomposición y los enjambres de moscas en los cadáveres, especialmente durante los meses de verano. Todos odiaban las ratas.[6]

Incluso con Gran Bretaña imponiendo un bloqueo de hambre contra Alemania que acabaría matando a 750.000 civiles alemanes, los aliados corrían el riesgo de perder la guerra. Utilizando una flota de submarinos recién construida, los alemanes estaban destruyendo barcos aliados a un ritmo de 300.000 toneladas semanales. Al final de la guerra, los U-boats habían hundido más de 5.700 barcos. A principios de 1917, los aliados afrontaban la perspectiva de pedir un acuerdo de paz a Alemania.[7]

Wilson rescata Wall Street

Para Wall Street, la paz no era una opción. Con la posibilidad de que los bonos aliados quedaran impagados, los invasores perderían 1.500 millones de dólares. Se perderían las comisiones, así como los beneficios de vender material bélico. El Tesoro podía subvencionar directamente a los aliados, pero solo si EEUU abandonaba su “neutralidad” y entraba en guerra.[8] Tras el discurso de Wilson en el Congreso, lo hizo oficialmente el 6 de abril de 1917.

Así se salvaron los flujos de caja de Morgan. Estados Unidos extendió los créditos a los aliados (que volvieron a Morgan para pagar los préstamos), aumentaron los impuestos de la renta (especialmente a los ricos) y la Fed hinchó.

Entre 1915 y 1920, la oferta monetaria y los precios se doblaron. Los déficits federales eran de mil millones de dólares al mes, superando el presupuesto federal anual antes de la guerra. El gobierno dirigía la economía, estableciendo precios y prioridades, teniendo a su disposición sectores enteros, como ferrocarriles, teléfonos y telégrafos. La expresión “libertades civiles” era sinónimo de traición, se animaba a la gente a espiar a sus vecinos y la censura estaba en todas partes. “El reinado de terror del gobierno contra los “pro-alemanes’ apuntaba a todos los que dudaran de la causa”, escribe Stromberg. “Tantos chivatos hicieron que H.L. Mencken sugiriera darles medallas”.

A la gente se la encarcelaba por pedir al gobierno que cumpliera la ley. Robert Higgs nos dice:

En California, la policía detuvo a Upton Sinclair por leer la Declaración de Derechos en una gira. En Nueva Jersey, la policía detuvo a Roger Baldwin por leer públicamente la Constitución.

La “campaña de propaganda masiva” del gobierno produjo

incontables incidentes de intimidación, abuso físico e incluso linchamiento de personas sospechosas de deslealtad o insuficiente entusiasmo por la guerra. La gente de ascendencia alemana sufrió de manera desproporcionada.[9]

Pero al principio hubo un gran problema. El presidente de EEUU estaba pidiendo a los muchachos estadounidenses que arriesgaran sus vidas para hacer al mundo “seguro para la democracia”, pero se alzaron pocas manos. Tal vez estuvieran más de acuerdo con el senador progresista de Wisconsin, Robert M. La Follette, que decía al Congreso que los pobres serían “los llamados a pudrirse en las trincheras”. En palabras de Ralph Raico:

En los diez primeros días después de la declaración del guerra, solo se alistaron 4.355 hombres; en las siguientes semanas, el Departamento de Guerra consiguió solo un sexto de los hombres requeridos. Aún así, el programa de Wilson reclamaba que enviáramos un gran ejército a Francia, de forma que las tropas estadounidenses estuvieran suficientemente “ensangrentadas”.[10]

Con la juventud del país sin mostrar ningún interés en morir o matar por políticos corruptos, Wilson decidió utilizar las bayonetas. El 18 de mayo de 1917 firmó la Ley del Servicio Selectivo para registrar más de 10 millones de hombres, de los cuales se seleccionó a más de 2,8 millones.[11] En un aparente intento de hacer de sí mismo y de su administración la inspiración para el Gran Hermano, Wilson añadió que el servicio militar no era “en ningún caso un reclutamiento forzoso de los no dispuestos: es más bien la selección de una nación que se ha presentada voluntaria en masa”.

Los “voluntarios” que no se registraban pasaban un año en prisión y a cualquiera que se le encontrara obstruyendo el proceso de reclutamiento debía pagar una multa de 10.000$ y 20 años en la cárcel.[12]

Según Wikipedia, en la Primera Guerra Mundial se mató a 16 millones de personas, contando tanto soldados como civiles. Fueron heridos otros 21 millones. Francia perdió a la mitad de sus hombres de entre 20 y 32 años. La guerra costó más de 117.000 vidas estadounidenses y dejó heridos a otros 205.000. La carga psicológica de los supervivientes va más allá de nuestra comprensión.

Un sistema de moneda fuerte hubiera convertido en ficción todo el relato anterior. Sin la cobertura de la financiación que proporciona la inflación, el conflicto habría sido poco más que una quimera belicista.

¿Qué trajo al mundo todo este sufrimiento y muerte? La Rusia soviética, Adolf Hitler, el keynesianismo, la Segunda Guerra Mundial, la Guerra Fría, el Telón de Acero y mucho más (incluyendo las instituciones financieras demasiado grandes como para quebrar). La guerra, sea fría o caliente, se convirtió en un negocio lucrativo.

Como repite T. Hunt Tooley en su ensayo “Merchants of Death Revisited: Armaments, Bankers, and the First World War”, tanto los fabricantes de armas como los banqueros, aquí y en Europa,

utilizaron a sus propios gobiernos para subvencionar sus operaciones y generar un enorme beneficio. Tanto fabricantes de armas como banqueros fueron activos en dar subvenciones a la prensa para moldear la opinión pública como se necesitaba. Tal vez sea más importante que los intereses de ambos grupos caían en un ciclo de conflicto. Los fabricantes de armas necesitaban conflictos para tener una enorme demanda [pero] también necesitaban periodos de paz armada o guerra fría para actualizar tecnologías y vender sus nuevos productos. Igualmente los banqueros necesitaban conflictos como forma de financiar los esfuerzos bélicos de los gobiernos en general, forjando todo tipo de relaciones con esos gobiernos y consiguiendo la ayuda del gobierno para aplastar a sus rivales empresariales o comprarlos. Aún así, los periodos de paz eran especialmente importantes para los banqueros, porque se obtenían beneficios aún mayores por los trabajos de reconstrucción después de que se acabara un conflicto, contándose entonces no en millones, sino en miles de millones.

 

Conclusión

Si los bancos beligerantes no hubieran estado protegidos por el privilegio público, la gente se habría llevado su oro. Con el riesgo excesivo de unos impuestos masivos, la guerra de cuatro años se habría acabado en cuatro meses.[13] Sin medios para pagarla, se hubiera denegado su guerra a la clase política. Los préstamos con reserva fraccionada y el abandono del oro abrieron las puertas al matadero.[14]

Durante los siglos XVII y XVIII, los piratas del mar frecuentemente izaban la Jolly Roger para asustar a sus víctimas y que se rindieran sin pelear. La calavera y las tibias sobre el fondo negro representaban muerte y saqueo. Cuando Nixon cerró la ventanilla del oro a los gobiernos extranjeros en 197, el dólar se convirtió en puro papel moneda fiduciario, ideal para la piratería legal.

Con un papel moneda fiduciario bajo el control de su banco central, el gobierno de EEUU y sus empresas relacionadas pueden asaltar la riqueza de los tenedores de dólares y financiar un imperio mundial mediante sobornos, intimidación y guerra, mientras que los grandes bancos comerciales pueden inflar en su provecho, sabiendo que la Fed puede crear y creará suficientes dólares como para rescatarlos ante problemas.

El propio dólar aún muestra un parecido cercano al medio de papel que una vez circuló como sustitutivo del dinero real. Cuánto más honrado sería que el dólar actual mostrara la imagen de la Jolly Roger.[15]


[1] Ludwig von Mises, The Theory of Money and Credit, The Foundation for Economic Education, Inc., Irvington-on-Hudson, Nueva York, 1971, p. 414. [Publicado en España como La teoría del dinero y el crédito (Madrid: Unión Editorial, 1997)]

[2] Jorg Guido Hulsmann, The Ethics of Money Production, Mises Institute, Auburn, AL, 2008, p. 211.

[3] G. Edward Griffin, The Creature from Jekyll Island: A Second Look at the Federal Reserve, Cuarta Edición, American Media, Westlake Village, CA, 2002, p. 236.

[4] Ralph Raico, Great Wars and Great Leaders: A Libertarian Rebuttal, Mises Institute, Auburn, AL, 2010, p. 25

[5] Howard Zinn, A People’s History of the United States, Capítulo 14: War is the Health of the State.

[6] J. M. Winter, The Experience of World War I, Oxford University Press, Nueva York, 1995, p. 146.

[7] Creature, p. 238.

[8] Creature, p. 239.

[9] Robert Higgs, Against Leviathan: Government Power and a Free Society, The Independent Institute, Oakland, CA, 2004, p. 166.

[10] Great Wars, p. 40.

[11] Against Leviathan, p. 165

[12] Robert Higgs, Crisis and Leviathan: Critical Episodes in the Growth of American Government, Oxford University Press, Nueva York, 1987, pp. 132-133.

[13] Garet Garrett, A Bubble That Broke The World, Fraser Publishing, Burlington, VT, 1996, p. 3.

[14] Gary North, The Gold Wars, 2009, p. 23.

[15] George Ford Smith, The Flight of the Barbarous Relic, CreateSpace, 2008.


Publicado el 28 de abril de 2011. Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original en Inglés se encuentra aquí.

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