El Mito de Hayek

Por Hans-Hermann Hoppe
Tomado de Mises Hispano

Como la mayoría de ustedes sabe, yo era de la izquierda durante los últimos años de secundaria y los primeros años en la universidad; y cuando gradualmente fui descubriendo los errores de la izquierda, fui buscando alternativas. Y encontré, por su frecuente presencia en la prensa, a Milton Friedman y Friedrich Hayek, como los antagonistas de principios y alternativas a todo lo socialista. Y de hecho encontré muchos buenos argumentos en sus escritos para combatir la izquierda predominante en ese tiempo.

Y fue a través de Friedman y Hayek que eventualmente descubrí a Mises, y finalmente a Rothbard. Entonces tengo que decir que debo, intelectualmente, algo a Friedman y Hayek. Pero ese no es mi tópico. En vez de eso, quiero analizar por qué ambos, Friedman y Hayek, eran presentados en ese tiempo, hace casi 40 años, e incluso más en estos días—especialmente en Europa, pero también en los EE.UU.—como los opositores más radicales contra la izquierda, mientras, como luego me di cuenta rápidamente y mostraré en breve, Friedman y Hayek son en realidad parte de la izquierda, por supuesto, no de la versión fuerte tradicional marxista de la izquierda, sino de la versión suave, social-demócrata, redistribucionista del socialismo. Y por eso, desde mi punto de vista, ellos ofrecen cualquier cosa menos una alternativa de principios contra el socialismo y la izquierda. A esto se le puede llamar “el Mito de Friedman y Hayek.” Aquí me dedicaré sólo a la mitad del mito, al Mito de Hayek.

Friedman, de hecho, es más conocido que Hayek. Si uno busca en Google, Friedman tiene casi 30 millones menciones, mientras Hayek tiene 7 millones de menciones. Creo que Friedman es en parte más conocido que Hayek porque es un escritor más claro, y en parte porque es norteamericano, algo que siempre ayuda en estos tiempos, pero me quiero concentrar en Hayek.

Y ¿por qué me quiero concentrar en Hayek? Porque según yo lo veo, Hayek es un pensador más importante, y su fama durará más que la de Friedman. Por un lado, Hayek era mejor economista. Mientras Friedman hasta su muerte en el 2006 seguía cantando loas a Greenspan y Bernanke, mucha gente inspirada por Hayek y por la teoría de Mises-Hayek sobre el ciclo económico había previsto ya la gran recesión que venía—y que aún continúa. Pero aún más importante, porque Hayek, como europeo del mundo viejo, claramente tenía mejor y más amplia educación. Mientras Friedman era un economista-economista, Hayek era un verdadero intelectual, bien leído no sólo en economía sino en historia intelectual, psicología, filosofía, sociología y leyes. Pero no es su economía técnica lo que los hizo famosos, sino sus excursiones en el campo de la teoría política. Por eso me concentraré en Hayek como teórico político, y específicamente en su Constitución de la Libertad y en sus tres volúmenes de Ley, Legislación y Libertad que generalmente son consideradas las contribuciones más importantes de Hayek al campo de la teoría política.

Primero quiero mostrar que a pesar de varias cosas interesantes que pueda decir, Hayek es un pensador fundamentalmente confundido y desordenado. Esto se hace claro cuando revisamos sus definiciones y elaboraciones sobre el concepto de libertad y coerción.[1]

Hayek define libertad como la ausencia de coerción, hasta allí todo bien; sin embargo, contrariamente a una gran tradición de pensamiento liberal clásico, él no define coerción como la amenaza o iniciación de violencia física contra la propiedad o persona. Él no la define como un ataque contra la propiedad legítimamente adquirida mediante apropiación originaria, produc­ción o intercambio voluntario. En vez de eso, él da una definición cuyo único mérito es su ambigüedad y poca claridad.

Por coerción “queremos decir el control del ambiente o circunstancias de una persona por parte de otra que, para evitar un mal mayor, es forzada a actuar no siguiendo sus propios planes, sino para servir los fines de otro.” O “coerción ocurre cuando las acciones de un hombre son hechas para satisfacer la voluntad de otro hombre, no para él mismo sino para los propósitos del otro.”[2] Y Libertad es “un estado en el que cada persona puede usar su propio conocimiento para sus propósitos.”[3] Ahora, lo que uno inmediatamente nota en esta definición de libertad y coerción es que no dicen nada respecto a “acciones,” “escasez,” “bienes” y propiedad; en vez de eso, coerción se refiere a configuraciones específicas de deseos subjetivos, o planes, o planes que entran en conflicto, o pensamientos, o pensamientos que entran en conflicto, y expectativas; luego—con estas descripciones subjetivas, términos subjetivos—tal definición es inútil por las siguientes razones.

Primero, es completamente inútil como guía para la acción, esto es, es inútil para responder a la pregunta “¿qué estoy permitido a hacer aquí y ahora si no quiero cometer un acto coercitivo?” Porque en general no conozco la voluntad o los planes de otros, y en cualquier caso, conocer los planes de otros sería absolutamente imposible; incluso si quisiera, nunca podría saber, en el punto de partida de mi acción, si lo que estoy planeando hacer implica un acto coercitivo contra alguien. Pero, los individuos, obviamente, deben estar permitidos de actuar de forma correcta antes de conocer los planes de los demás. Y para que esto sea posible, el criterio para distinguir libertad por un lado, y coerción por otro lado, debe ser un criterio objetivo; debe hacer referencia a un evento que posee una descripción física y sobre cuyo resultado el actor debe poseer control físico.

Segundo, la definición de Hayek también es inútil como criterio retrospectivo de justicia, esto es, no puede responder a la pregunta ¿es justificada la acusación de A contra B? o ¿quién es culpable y quién es inocente? o ¿qué tipo de compensación o castigo es adecuado? Dado que la definición de Hayek no contiene ningún criterio físico intersubjetivamente comprensible, sus juicios son completamente arbitrarios. Los criterios de Hayek sobre liberad y coerción son compatibles con prácticamente toda situación física real. No pueden, sin embargo, hacer distinciones reales en el mudo real.

Correspondientemente confusos y contradictorios son, entonces, los intentos de Hayek de aplicar sus definiciones. Al aplicar sus definiciones, Hayek, por un lado llega a la conclusión que el inicio o la amenaza de violencia física constituye coerción, bien. “Coerción ocurre cuando bandas armadas de conquistadores hacen que los súbditos trabajen para ellos, cuando mafiosos organizados imponen cupos a cambio de ‘protección,’ ”[4] y así por el estilo; bien. Por el otro lado, él clasifica actos de amenaza o iniciación de violencia física, tales como el servicio militar obligatorio, o impuestos, como no-coercitivos, siempre y cuando la víctima de tales agresiones hubiese esperado el resultado y se hubiese ajustado a la situación. Decir eso es una atrocidad. Mencionaré esos pasajes más adelante.

Además, por un lado, Hayek identifica violencia física con coerción; y por otro lado, no acepta la ausencia de violencia física o daños como criterio de no-coerción: “la amenaza de fuerza física no es la única forma en que la coerción puede ser ejercida,”[5] incluso si A no ha cometido agresión física contra B o su propiedad, puede ser culpable de coerción. Según Hayek ese es el caso cuando A es culpable de ayuda omitida respecto a B, esto es, cuando no ha dado a B los bienes y servicios que B esperaba de él y que consideraba como “crucial para mi existencia o preservación de lo que yo más valoro.”[6]

Ahora, Hayek dice que sólo hay un pequeño número de casos que se ajustan a ese criterio. Él da dos ejemplos: el dueño de una mina en un pueblo minero, que decide despedir un trabajador, supuestamente comete un acto de coerción;[7] y de igual forma es supuestamente coercitivo que el dueño de la única fuente de agua en un desierto no quiere vender su agua, o si rechaza venderla al precio que los otros consideran justo.[8]

Ahora, debe ser obvio, se requiere poca imaginación para entender que el criterio de Hayek incluye todos los casos. Cualquier acción pacífica que una persona pueda hacer puede ser interpretada por otros como coerción, porque toda actividad es al mismo tiempo, siempre, la omisión de innumerables actividades alternativas que él podría haber hecho, y toda omisión se convierte en coerción cuando al menos una persona reclama que la ejecución de lo que él no ha hecho, la ejecución de la omisión, era “crucial para la preservación de lo que yo más valoro.” En cualquier caso, ambas, ayuda omitida y violencia física, son categóricamente definidas como coerción, sin embargo, entonces obviamente, contradicción inescapables se presentan. Si la omisión de A constituye coerción hacia B, entonces obviamente B debe poseer el derecho de defenderse contra la coerción de A. Pero la única defensa de B es que pueda usar violencia física contra A, que ha omitido hacer ciertas cosas. Pero entonces, actos de violencia física ya no serían clasificados como coerción. En vez de eso, la violencia física sería defensa. Y en este caso, coerción sería la negación pacífica de entrar en intercambio; y también sería coerción si alguien trata de defenderse contra un intercambio forzoso impuesto sobre él. Por otro lado, si la violencia física fuese definida como coerción, entonces B no estaría permitido a defenderse de las omisiones de A. Y si B de todas formas trata de hacerlo, entonces el derecho a defenderse recaería en A. Pero en este caso, por supuesto, las omisiones no constituirían coerción. Contradicciones terribles.

Ahora, de esas contradicciones conceptuales emerge la absurda tesis de Hayek sobre la inevitabilidad de la coerción, y su correspondiente, igualmente absurda justificación del gobierno. “La coerción, sin embargo, no puede ser evitada totalmente porque la única forma de prevenirla es con la amenaza de coerción. La sociedad libre ha resuelto este problema otorgando el monopolio de violencia al Estado, y tratando de limitar el poder del Estado a casos donde se requiere limitar la coerción en manos de agentes privados.”[9] Ahora, de acuerdo a ambas definiciones de coerción de Hayek, esa tesis no tiene sentido. Si ayuda omitida representa coerción, entonces coerción en forma de violencia física, se vuelve necesaria y no sólo inevitable. Pero, si la iniciación y amenaza de violencia física se define como coerción, entonces sí puede ser evitada. Primero, porque cada persona posee control sobre si atacará, o no, físicamente a otra persona. Y segundo, porque cada persona tiene derecho a defenderse con todos sus medios contra el ataque físico de otro. Es sólo inevitable que, siempre y cuando exista agresión física, también habrá necesidad de defensa física. Pero la inevitabilidad de violencia defensiva no tiene nada que ver con la supuesta inevitabilidad de la coerción, a menos que uno confunda la diferencia categórica entre ataque y defensa, y afirme que la amenaza de defenderse uno mismo en el evento de un ataque sea lo mismo que una amenaza de ataque. Ahora, si la violencia física es prohibida, entonces, de eso sigue que uno está permitido a defenderse contra ella. Es absurdo clasificar ataque y defensa bajo la misma rúbrica de coerción. Defensa es a coerción, lo que el día es a la noche.

De la inevitabilidad de la defensa no se desprende ninguna justificación para el monopolio gubernamental de la coerción. Al contrario, un gobierno no es de ninguna manera simplemente un monopolio de defensa que ayuda a los individuos privados a evitar gastos en defensa de otra forma inevitables, porque el gobierno tiene obviamente que cobrar impuestos a la gente para tener los medios para defender a otra gente; y el monopolio de coerción del gobierno incluye, en particular, el derecho del Estado a usar violencia contra ciudadanos privados, y la obligación complementaria, por parte de los ciudadanos, a no defenderse de los ataques del gobierno. Pero ¿qué tipo de justificación para un gobierno es eso de que si una persona se rinde incondicional­mente a un atacante, puede ahorrar gastos de defensa de otra forma inevitables?

Ahora, sobre el tema de las funciones del gobierno. Según Hayek, el gobierno es necesario no simplemente hacer cumplir las leyes y organizar la defensa contra enemigos externos, sino que en una sociedad avanzada el gobierno debe usar su poder de recaudar fondos mediante el cobro de impuestos para proveer un número de servicios que por diferentes razones no puede ser proveídos, o no pueden ser proveídos adecuadamente, por el mercado.

Ahora, como en todo momento hay un número infinito de bienes y servicios que el mercado no puede proveer, Hayek da al gobierno prácticamente un cheque en blanco. Entre tales funciones están: protección contra la violencia, epidemias, desastres naturales como inundaciones y avalanchas; pero también varias de las amenidades que hacen tolerable la vida en una sociedad moderna: carreteras, medidas estandarizadas de medición, y varios tipos de información que van desde registros de tierras, mapas, estadísticas, hasta la certificación de calidad de ciertos bienes y servicios ofrecidos en el mercado.

Funciones adicionales del gobierno son: asegurar un ingreso mínimo para todos; el gobierno debe distribuir sus ingresos de tal forma que pueda gastar cuando la inversión privada es lenta; financiar las escuelas y la investigación; hacer cumplir la regulaciones de los edificios y viviendas, y las regulaciones alimentarias; debe encargarse de la certificación de ciertas profesio­nes; regular la restricción de la venta de ciertos bienes peligrosos, como armas, explosivos, venenos y drogas; así como regulaciones sanitarias y de salud en el proceso productivo; y el aprovisiona­miento de teatros, parques de deportes, y así por el estilo—prácticamente no se le escapa nada; y debe hacer uso de su poder de dominio eminente, esto es, de expropiación, para mejorar el bienestar común. También considera que hay ciertas razones para creer que con el incremento general en riqueza, y de la densidad de la población, la parte de todos los bienes que pueden ser satisfechos sólo por la acción colectiva seguirá aumentando. Aún más, el gobierno debe implementar un sistema extensivo de seguro obligatorio, supuestamente coerción para evitar mayor coerción; viviendas subsidiadas es una posible tarea para el gobierno; y también, el planeamiento y la regulación de zonas en la ciudad son consideradas funciones apropiadas del go­bierno, siempre y cuando la suma de las ganancias sea mayor que la suma de las pérdidas—sólo Hayek sabe cómo calcular eso. Y finalmente, el aprovi­siona­miento de las oportunidades para la recreación, la preservación de la belleza natural, o sitios históricos, o el interés científico, parques naturales, reservas naturales, etc. son también legítimas tareas del gobierno.[10]

En adición a eso, Hayek insiste que reconozcamos que es irrelevante qué tan grande es el gobierno, o si crece y qué tan rápido crece; lo único que importa es que las acciones del gobierno satisfagan ciertos requerimientos formales. “Es el carácter, en vez del volumen, de la actividad del gobierno, lo que es importante.”[11] El cobro de impuestos, y el porcentaje de impuestos, para Hayek no es un problema. Los impuestos, y de igual forma el servicio militar obligatorio, pierden su carácter de medidas coercitivas si son, “cuando menos, predecibles, y se hacen cumplir sin tener en cuenta de cómo el individuo, de otra forma, hubiera empleado su energía. Esto les quita la naturaleza maligna de coerción. Si la necesidad conocida de pagar cierto monto de impuestos se vuelve la base de todos mis planes, si un periodo de servicio militar es una parte predecible de mi carrera, entonces puedo seguir un plan general de vida que yo mismo he elaborado y ser tan independiente de la voluntad de otra persona como los hombres han aprendido a ser en la sociedad.”[12] Así, si tú sabes que serás esclavizado por veinte años, te puedes ajustar a eso; si sabes que los impuestos son el 90% y te puedes ajustar a eso, entonces eso no es coerción. ¿Qué tan ridículo se puede ser?!

Ahora debe ser claro en este punto que la afirmación de que Hayek es un libertario radical, un liberal radical, y un oponente de principios contra la izquierda, es plenamente ridículo. Luego, la pregunta que surge es, ¿cómo es que este mito existe? Voy a especular.

La respuesta más obvia es que los periodistas y los medios de comunicación que propagan esos mitos simplemente no saben de lo que están hablando, y que unos copian lo que otros dijeron antes. Pero eso, a pesar de que hay cierta verdad en ello, no explica cómo ese mito puede aparecer en un primero momento, y por qué es tan persistente; alguien debe estar interesado en ese mito y su persistencia. Permítanme sugerir otra posible explicación.

Pónganse en el lugar de la izquierda igualitaria dominante de todos los partidos políticos—y no hay partidos que no sean de izquierda en estos días. ¿Qué harían para mantener, o incluso mejorar, su posición dominante, en vista del hecho de que no pueden lograr uniformidad completa y total en la opinión pública?

Yo haría algo así: primero, identificaría los oponentes más peligrosos que tiene la izquierda, y los excluiría tanto como pueda del discurso público ignorándolos, no mencionándolos, y haciendo que no puedan alcanzar ninguna posición de influencia. Antes de la internet, eso era comparativamente fácil de lograr. Mises y Rothbard, por ejemplo, que son tales peligrosos individuos eran raramente mencionados y era extremadamente difícil encontrar sus libros en las bibliotecas, o incluso saber de su misma existencia. Segundo, trataría de delimitar el rango del discurso legítimo, educado y civilizado, identificando ciertos individuos prominentes que yo pueda presentar como enemigos peligrosos, pero que en realidad tienen ideas confusas y que carecen de principios suficientes, que puedo fácilmente debatir y atraparlos en contradicciones constantes y concesiones a mi propias metas programadas de izquierda. Esto me hace parecer tolerante, y de “mente abierta,” por supuesto. Y siempre puedo ganar un debate, señalando que incluso esos enemigos están de acuerdo con mis premisas fundamentales. Todos ustedes conocen esas estrategias. Típicamente toman la forma de: “pero incluso Hayek y Friedman admiten esto, y no niegan eso; ¿qué más se puede decir?! ellos son ya los enemigos peligrosos; decir más, es absolutamente imposible!”

Y respecto a esos tales llamados enemigos—elegidos por la izquierda como los oponentes oficialmente aprobados, los enemigos que la izquierda ama odiar. Ellos ganan prominencia, respeto, y se vuelven ellos mismos parte del establishment, con acceso no sólo a los medios de comunicación, sino a los más altos rango del poder estatal. Así tenemos a Hayek y Friedman, y Margaret Thatcher y Ronald Reagan. Y otra clave: Helmut Schmidt, el canciller social-demócrata de Alemania en esos tiempos, en el cumpleaños número 80 de Hayek le escribió un telegrama diciendo “ahora todos somos hayekianos,” y eso era lo que realmente sentía, así era! Luego, esa gente se convierte en los invitados favoritos en todo tipo de reuniones oficiales y conferencias; y de hecho si ustedes observan las conferencias de los hayekianos y friedmanianos en estos días, verán que son regularmente auspiciados o co-auspicia­dos por diferentes organismos gubernamentales y funcionarios. Y ellos y sus seguidores devuelven los favores a la izquierda participando en las prácticas exclusionarias contra los enemigos reales, genuinos y peligrosos de la opinión pública dominante de izquierda.

Ciertamente Hayek y Friedman, pero también muchos de sus seguidores, conocen a gente como Mises y Rothbard, pero si es que acaso los mencionan en algo, típicamente dicen unas cuantas cosas buenas seguidas rápidamente de muchos comentarios negativos. Hayek, por ejemplo, menciona a Rothbard en un par de pies de página, en total, en todas sus obras. Y en el prefacio del libro de Mises, Socialismo, y en las Memorias de Mises, Hayek dice que Mises había cambiado sus forma de pensar y que había renunciado a su racionalismo excesivo, aunque absolutamente no hay nada que muestre ese cambio en Mises. Y Friedman, siempre ignoraba y trataba de burlarse de Mises, quien se había referido a él y a su gente, en la Sociedad Mont Pelerin, como nada sino “un manojo de socialistas.” El mismo tipo de calificaciones ustedes pueden encontrar en los líderes de la Fundación Hayek de Alemania. Hayek es alabado como el más grande filósofo y economista de la libertad en el siglo veinte, y tal vez de toda la historia humana; y Murray Rothbard: unos pocos comentarios halagadores, buen economista… pero todo lo que dice termina en absurdo. Sin dar ninguna explicación de cuál es ese absurdo. El estilo siempre es el mismo: lo reconoces, dices una palabra bonita, pero en la siguiente línea dices “pero básicamente son unos pobres locos.”

En cualquier caso, lo que los friedmanianos y los haye­kia­nos, e incluso más sus actuales seguidores, estos días, en vez de juntarse con extremistas maleducados y ana­r­quis­tas, como Mises y Rothbard y sus asociados, prefieren asociarse con políticos de alto rango, con banqueros centrales y con proselitistas de la guerra; miren simplemente las reuniones de la Sociedad Mont Pelerin, y verán esos grupos de gente. Hubo otra conferencia sobre Hayek en Obergurgl, Austria, el conferencista principal fue Václav Klaus, que estuvo a favor de los Decretos de Benes, que expropiaron a los alemanes en la entonces Checoslovaquia, y los otros dos conferencistas principales son gente que trabajan para el Banco de Inversiones Europeo y la cabeza de un banco austriaco bien conectado al gobierno. Ese es el tipo de conferencias que los hayekianos organizan.

Ahora, ¿qué hacer entonces? Debemos decir las cosas como son. Y en la era de la internet, no es posible ignorarnos completamente. Así romperemos esta alianza dañina entre la izquierda dominante y su oposición radical de libre mercado oficialmente designada y aprobada. Sin duda, esto nos traerá la animadversión de los líderes del movimiento hayekiano y friedmaniano, pero también hace posible ganar los espíritus confundidos de esos movimientos, que encontraron a Hayek y Friedman primero, pero que también ven que hay problemas con ellos, y que buscan una salida.

¿Y qué debemos decir? Aquí utilizaré las palabras de Rothbard. Antes de que La Constitución de la Libertad fuese publicada, el manuscrito fue enviado a Rothbard. Y Rothbard escribió dos memos sobre el manuscrito. Uno fue una crítica página a página, que fue enviado al mismo Hayek—no creo que Hayek adoptara algo de eso. El segundo fue un memo interno enviado a Volker Fund, que pagaba el salario de Hayek en esa época, y básicamente pedía que cortaran los fondos a Hayek. Mencionaré la primera oración y luego el último párrafo del memo interno que Rothbard envió. “La Constitución de la Libertad de F.A. Hayek, es sorprendente y angustiosamente un libro extremada malo, y yo diría hasta maligno.” Esa es la primera oración. Ahora el último párrafo:

“Esa, entonces, es la fachada que F.A. Hayek presentará al mundo en su Constitución de la Libertad. Una fachada que si yo fuese un joven interesado por primera vez en asuntos políticos, y leyera esto como el mejor producto de la “extrema derecha” [Murray se refiere aquí al movimiento libertario como la extrema derecha] yo me convertiría en un ferviente seguidor de la izquierda inmediatamente, y creo que así harían todos. Por eso considero que es un libro peligroso y por eso creo que los de la derecha deben atacar este libro con mucha vigorosidad cuando aparezca, en lugar de lo que estoy seguro ellos harán: aplaudirlo como muchos otras focas amaestradas. Porque (1) Hayek ataca el laissez-faire, y ataca o ignora a los verdaderos libertarios. Por tanto, creando la línea “incluso Hayek admite…” y (2), su argumento está basado en un menoscabo o relego de ambos razón y justicia, de tal forma que cualquiera interesado en razón o justicia tenderá a oponerse al libro completo. Y debido a la gran prominencia de Hayek en el mundo intelectual, cualquier falla de los de extrema derecha en atacar el libro, con el vigor implacable que merece, sin duda perjudicará la causa de la derecha que todos nosotros consideramos querida.”[13]

Y lo mismo se aplica a Friedman; el caso de Friedman es incluso peor que el de Hayek. Muchas gracias.

[1]Consultar Murray Rothbard. “F.A. Hayek and the Concept of Coercion,” en The Ethics of Liberty (New York: New York University Press, 1998) pp. 219. http://mises. org/rothbard/ethics.pdf

[2]F.A. Hayek, The Constitution of Liberty, The Definite Edition. En The Collected Works of F.A. Hayek. Vol. 17. Hamowy Ronald, Ed. (London: Routledge, 2011) pg. 199.

[3]F.A. Hayek, Law, Legislation and Liberty, Vol. 1 (Chicago: University of Chicago Press, 1973), pp. 55-56.

[4]F.A. Hayek, The Constitution of Liberty, The Definite Edition. En The Collected Works of F.A. Hayek. Vol. 17. Hamowy Ronald, Ed. (London: Routledge, 2011) pg. 204.

[5]Ibid, pg. 202.

[6]Ibid, pg. 203.

[7]Ibid, pg. 204.

[8]Ibid. pg. 203.

[9]Ibid, pg. 71.

[10]Ver, Part III “Freedom in the Welfare State.” F.A. Hayek, The Constitution of Liberty, The Definite Edition. En The Collected Works of F.A. Hayek. Vol. 17. Hamowy Ronald, editor. (London: Routledge, 2011).

[11]Ibid, pg. 331.

[12]Ibid, pg. 210.

[13]Rothbard, Murray. “Confidential Memo on F.A. Hayek’s Constitution of Liber­ty.” En Murray N. Rothbard Vs The Philosophers, Unpublished Writings on Hayek, Mises, Strauss and Polanyi. Modugno, Roberta, Ed. (Auburn, Al.: Ludwig von Mises Institute, 2009) Pg. 61. http://mises.org/document/4983/

Traducido del inglés por Dante Bayona.

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La ciencia económica y el método austriaco: Parte II

Por Hans-Hermann Hoppe
Tomado de Mises Hispano

Sobre praxeología y el fundamento praxeológico de la epistemología
Al igual que los economistas más grandes e innovadores, Ludwig von Mises intensa y repetidamente analizó el problema del estado lógico de las proposiciones económicas, esto es, cómo llegamos a conocerlas y cómo las validamos. De hecho, Mises ocupa un lugar muy alto entre los que sostienen que tal asunto es indispensable para lograr un progreso sistemático en economía. Porque cualquier malentendido respecto a la respuesta de tales fundamentales preguntas naturalmente conducirá a un desastre intelectual, esto es, a falsas doctrinas económicas. Así pues, Mises dedica tres de sus libros a clarificar los fundamentos lógicos de la economía: su temprano Problemas Epistemológicos de Economía, publicado en alemán en 1933; Teoría e Historia, de 1957; y Fundamentos Últimos de la Ciencia Económica, de 1962, el último libro de Mises, que apareció cuando él ya había pasado su octogésimo aniversario. Y sus trabajos en el campo de la economía también muestran invariablemente la importancia que Mises daba al análisis de los problemas epistemológicos. En particular, La Acción Humana, su obra maestra, ocupa sus primeras cien páginas exclusivamente en tales problemas, y las otras casi 800 páginas del libro están impregnadas con consideraciones epistemológicas.

Entonces, muy en línea con la tradición de Mises, los fundamentos de la economía son también el tema de este capítulo. Me he propuesto un doble objetivo. En primer lugar, quiero explicar la solución que Mises avanza respecto al problema del fundamento último de la ciencia económica, esto es, su idea de una teoría pura de la acción, o praxeología, como él la llamó. Y en segundo lugar, quiero demostrar por qué la solución de Mises es mucho más que una idea indiscutible sobre la naturaleza de la economía y las proposiciones económicas.

La solución de Mises nos proporciona una visión que nos permite también comprender el fundamento sobre el que descansa en última instancia la epistemología. De hecho, como el título del capítulo sugiere, quiero mostrar que praxeología es lo que debe ser considerado el fundamento mismo de la epistemología, y que Mises, además de sus grandes logros como economista, contribuyó también con ideas pioneras a la justificación de toda la empresa de la filosofía racionalista.[1]

II
Regresemos a la solución de Mises. ¿Cuál es el status lógico de las proposiciones económicas típicas, tales como la ley de la utilidad marginal (que siempre que la oferta de un bien, cuyas unidades son consideradas como capaces de proveer la misma utilidad por una persona, se incrementa en una unidad adicional, el valor que se asigna a esta unidad tiene que disminuir ya que sólo puede ser empleada como medio para la consecución de un objetivo que se considera menos valioso, por lo menos, que el objetivo previamente satisfecho con una unidad de ese bien); o la teoría cuantitativa del dinero (que cada vez que la cantidad de dinero se incrementa, mientras la demanda de dinero en efectivo que se mantiene en mano como reserva no ha cambiado, el poder adquisitivo del dinero disminuye)?

En la formulación de su respuesta, Mises enfrentó un doble desafío. Por un lado estaba la respuesta ofrecida por el empirismo moderno. La Viena que Ludwig von Mises conoció fue de hecho uno de los primeros centros del movimiento empiricista, movimiento que estaba entonces a punto de consolidarse como la filosofía dominante en el mundo académico occidental por décadas, y que hasta estos días forma la imagen que la mayoría de los economistas tienen de su propia disciplina.[2]

El empiricismo considera a la naturaleza y las ciencias naturales como su modelo. Según el empiricismo, los ejemplos de proposiciones económicas anteriormente mencionados tienen el mismo status lógico que las leyes de la naturaleza: Al igual que las leyes de la naturaleza se refieren a relaciones hipotéticas entre dos o más eventos, esencialmente en forma de proposiciones si-entonces. Y al igual que las hipótesis de las ciencias naturales, las proposiciones de la economía requieren pruebas continuas, con experimentación. Una proposición sobre la relación de eventos económicos nunca puede ser validada con certeza en un solo momento. En lugar de eso, está por siempre supeditada a los resultados de futuros experimentos contingentes. Tal experiencia podría confirmar la hipótesis. Pero eso no prueba que la hipótesis sea verdad, dado que la proposición económica ha utilizado términos generales (en la terminología filosófica: universales) en su descripción de los eventos relacionados, y por lo tanto, se aplica a un número indefinido de casos o instancias, con lo que siempre deja espacio para una posible falsación con experiencias futuras. Todo lo que una confirmación prueba es que la hipótesis aún no ha resultado equivocada. Por otro lado, la experiencia puede falsar la hipótesis. Esto sin duda probaría que algo andaba mal con la hipótesis en su forma original. Pero no probaría que la relación hipotetizada entre los eventos especificados nunca podría ser observada. Simplemente mostraría que considerando y controlando en las observaciones solamente lo que hasta ahora se había considerado y controlado, la relación aún no se ha presentado. No puede excluirse, sin embargo, que la relación pueda presentarse tan pronto como algunas otras circunstancias hayan sido controladas.

La actitud que esta filosofía promueve y que de hecho se ha vuelto característica de la mayoría de los economistas contemporáneos es un escepticismo: su lema es “en el campo de los fenómenos económicos, no se puede saber con certeza que algo sea imposible.” Con mayor precisión, dado que el empiricismo concibe los fenómenos económicos como datos objetivos, que se extienden en el espacio y sujetos a medición cuantificable—en estricta analogía con los fenómenos de las ciencias naturales—el escepticismo peculiar de los economistas empiricistas puede ser descrito como el de un ingeniero social que no garantiza nada.[3]

El otro desafío que Mises enfrentó vino por el lado de la escuela historicista. De hecho, durante la vida de Mises en Austria y Suiza, la filosofía historicista era la ideología prevaleciente en las universidades de habla alemana y su establishment. Con el surgimiento del empiricismo esa prominencia se redujo considerablemente. Pero, durante más o menos la última década el historicismo ha ganado momento entre los académicos del mundo occidental. Hoy está con nosotros en todos lados bajo los nombres de hermenéutica, retórica, deconstruccionismo, y anarquismo epistemológico.[4]

Para el historicismo, y sobre todo para sus versiones contemporáneas, el modelo no es la naturaleza, sino un texto literario. Según la doctrina historicista, los fenómenos económicos no son magnitudes objetivas que se puedan medir. En lugar de eso, son expresiones subjetivas e interpretaciones que ocurren en la historia que deben ser comprendidas e interpretadas por el economista al igual que un texto literario se desarrolla y es interpretado por el lector. Como las creaciones subjetivas, la secuencia de sus eventos no sigue ley objetiva. Nada en el texto literario, y nada en la secuencia de expresiones históricas e interpretaciones se rige por relaciones constantes. Por supuesto, textos literarios de hecho existen, y también ciertas secuencias de acontecimientos históricos. Pero eso de ninguna forma implica que algo tenía que pasar en el orden en que lo hizo. Simplemente ocurrió. Pero, de la misma manera que uno siempre puede inventar diferentes historias literarias, la historia y la secuencia de acontecimientos históricos, también podrían haber sucedido de una manera totalmente diferente. Además, según el historicismo, y particularmente visible en su versión moderna hermenéutica, la formación de estas expresiones humanas siempre contingentemente relacionadas y sus interpretaciones tampoco está restringida por ninguna ley objetiva. En producción literaria cualquier cosa puede ser expresada o interpreta en torno a algo; y, en la misma línea, los eventos históricos y económicos son cualquier cosa que alguien exprese o interprete de ellos, y entonces su descripción por el historiador y el economista es cualquier cosa que éste exprese o interprete que esos hechos subjetivos del pasado hayan sido.

La actitud que la filosofía historicista genera es un relativismo. Su lema es “todo es posible.” Para el historicista-hermeneuticista, sin restricciones de ninguna ley objetiva, la historia y la economía, junto a la crítica literaria, son asuntos de estética. Y, en consecuencia, su trabajo toma la forma de disquisiciones sobre lo que alguien siente acerca de lo que él siente fue sentido por otra persona—una forma literaria con la que estamos muy familiarizados, en particular en campos como la sociología y ciencia política.[5]

Confío en que uno siente intuitivamente que algo está seriamente mal con las filosofías empiricista e historicista. Sus declaraciones epistemológicas ni siquiera parecen encajar en sus propios modelos auto-elegidos: la naturaleza por un lado y los textos literarios, por el otro. Y en cualquier caso, en relación con las proposiciones económicas, tales como la ley de utilidad marginal o la teoría cuantitativa del dinero, sus declaraciones parecen ser simplemente erróneas. La ley de la utilidad marginal ciertamente no parece una ley hipotética sujeta por siempre para su validación a experimentos de confirmación o des-confirmación aquí o allá. Y concebir los fenómenos de los que se habla en la ley como magnitudes cuantificables parece ser simplemente ridículo. La interpretación historicista tampoco se ve mejor. Pensar que la relación entre los eventos mencionados en la teoría cuantitativa del dinero puede deshacerse si uno simplemente lo quiere hacer parece absurdo. Y la idea de que conceptos tales como dinero, demanda de dinero, y poder adquisitivo se forman sin ningún tipo de restricciones objetivas y se refieren sólo a caprichosas creaciones subjetivas no parece menos absurda. En lugar de eso, contrariamente a la doctrina empiricista, ambos ejemplos de proposiciones económicas parecen ser lógicamente verdaderos y referirse a eventos que son subjetivos en naturaleza. Y contrario al historicismo, parece que lo que afirman no puede deshacerse en toda la historia y contiene distinciones conceptuales que, refiriéndose a hechos subjetivos, están sin embargo, objetivamente restringidas, e incorporan conocimiento universalmente válido.

Como la mayoría de los economistas más conocidos antes que él, Mises comparte estas intuiciones.[6] Sin embargo, en la búsqueda de los fundamentos de la economía, Mises va más allá de la intuición. Él asume el reto del empiricismo y el historicismo para reconstruir sistemáticamente la base sobre la que estas intuiciones pueden ser entendidas como correctas y justificadas. Él no quería crear una nueva disciplina de economía. Pero explicando lo que antes sólo había sido intuitivamente entendido, Mises va más allá de todo lo que se había hecho antes. En la reconstrucción de los fundamentos racionales de las intuiciones de los economistas, él nos garantiza el camino correcto para cualquier desarrollo futuro en economía y nos salvaguarda contra errores intelectuales sistemáticos.

El empiricismo y el historicismo, señala Mises al inicio de su reconstrucción, son doctrinas auto-contradictorias.[7] La noción empiricista de que todos los eventos, naturales o económicos, están sólo hipotéticamente relacionados es contradicha por el mensaje de la proposición básica empiricista misma: Porque si esa proposición fuese considerada simplemente hipotéticamente verdadera, esto es, una proposición hipotéticamente verdadera respecto a proposiciones hipotéticamente verdaderas, ni siquiera calificaría como un pronunciamiento epistemológico. Porque no proporcionaría entonces ninguna justificación para la afirmación de que las proposiciones económicas no son, ni pueden ser, categóricamente verdaderas, o a priori, como nuestra intuición nos dice que son. Sin embargo, si la premisa empiricista básica se asume como categóricamente verdadera, es decir, si asumimos que uno puede decir algo verdadero a priori sobre la forma en que los eventos están relacionados, entonces esto entraría en contradicción con su propia tesis de que el conocimiento empírico tiene invariablemente que ser conocimiento hipotético, por tanto daría espacio para una disciplina como la economía que dice producir conocimiento empírico válido a priori. Además, la tesis empiricista de que los fenómenos económicos tienen que ser concebidos como de magnitudes observables y mensurables—análogos a los de las ciencias naturales—se vuelve no concluyente, también, por su propia cuenta: Porque, obviamente, el empiricismo nos quiere dar conocimiento empírico significativo cuando nos informa que nuestros conceptos económicos se basan en observaciones. Y sin embargo, los conceptos de observación y medición mismos, que el empiricismo tiene que emplear para afirmar lo que dice, son ambos obviamente no derivados de la experimentación observacional en el sentido de que los conceptos como gallinas y huevos, o manzanas y peras son. No se puede observar a alguien hacer una observación o medición. En lugar de eso, uno debe primero entender lo que las observaciones y mediciones son para luego ser capaz de interpretar ciertos fenómenos observables como la realización de una observación o la toma de una medición. Por tanto, contrario a su propia doctrina, el empiricismo se ve obligado a admitir que existe conocimiento empírico que se basa en entendimiento—así como de acuerdo a nuestras intuiciones las proposiciones económicas dicen basarse en entendimiento—en vez de observaciones.[8]

Y en cuanto al historicismo, sus auto-contradicciones también son claras. Porque si, como pretende el historicismo, los eventos históricos y económicos—que concibe como una sucesión de eventos subjetivamente entendidos en lugar de observados—no están gobernados por ninguna relación invariante en el tiempo, entonces esta proposición misma tampoco puede pretender que dice algo constantemente verdadero sobre la historia y la economía. En lugar de eso, sería una proposición con, por así decirlo, un valor de verdad efímero: puede ser cierto ahora, si así lo queremos, pero posiblemente falsa un momento después, en caso ya no queramos, sin que nadie nunca sepa nada acerca de si queremos o no. Pero, si ese fuese el status de la premisa historicista básica, obviamente tampoco calificaría como epistemología. El historicismo no nos ha dado ninguna razón para creer lo que dice. Sin embargo, si la proposición básica del historicismo fuese asumida como invariablemente verdadera, entonces tal proposición acerca de la naturaleza constante de los fenómenos históricos y económicos estaría en contradicción con su propia doctrina que niega tales constantes. Además, la pretensión historicista—y más aún su heredera moderna, la hermenéutica—de que los eventos históricos y económicos son simples creaciones subjetivas, sin restricciones de factores objetivos, se demuestra falsa por la misma declaración en sí misma. Dado que evidentemente, un historicista tiene que asumir esa declaración misma como significativa y verdadera; él tiene que asumir que dice algo específico respecto a algo, en lugar de limitarse a emitir sonidos sin sentido como abracadabra. Sin embargo, si este es el caso, entonces, claramente, su declaración se debe asumir como limitada por algo fuera del ámbito de creaciones subjetivas arbitrarias. Por supuesto, yo puedo repetir lo que dice el historicista en inglés, alemán o chino, o en cualquier idioma que yo desee, mientras las expresiones e interpretaciones históricas y económicas bien pueden ser consideradas como simples creaciones subjetivas. Pero cualquier cosa que yo diga, en el idioma que yo elija, tiene que ser asumida como restringida por algún significado proposicional subyacente de mi declaración, que es el mismo en cualquier idioma, y existe completamente independiente de cualquier forma lingüística peculiar en la que esté expresada. Y contrariamente a la creencia historicista, la existencia de tal restricción no es tal que uno podría disponer de ella a voluntad. En lugar de eso, es objetiva en el sentido que podemos entenderla como un presupuesto lógico necesario para decir algo significativo, a diferencia de solamente producir sonidos sin sentido. El historicista no puede pretender decir algo si no fuese por el hecho de que sus expresiones e interpretaciones están realmente limitadas por las leyes de la lógica como presuposición misma de declaraciones significativas como tales.[9]

Con tal refutación del empiricismo y el historicismo, Mises nota, los reclamos de la filosofía racionalista son exitosamente restablecidos, y se establece un caso para la posibilidad de enunciados verdaderos a priori, como los de la economía parecen ser. De hecho, Mises se refiere de forma explícita a sus investigaciones epistemológicas como una continuación en el trabajo de la filosofía racionalista occidental. Con Leibniz y Kant, él se opone a la tradición de Locke y Hume.[10] Él está al costado de Leibniz cuando responde a la famosa frase de Locke “no hay nada en el intelecto que no haya estado previamente en los sentidos”, con su igualmente famoso “excepto el intelecto mismo.” Y él reconoce su labor como filósofo de la economía como estrictamente análoga a la de Kant como filósofo de la razón pura, es decir, de epistemología. Al igual que Kant, Mises quiere demostrar la existencia de proposiciones sintéticas verdaderas a priori, o proposiciones cuya veracidad puede ser definitivamente establecida, aunque para hacerlo los medios de la lógica formal sean no suficientes y las observaciones innecesarias.

Mi crítica del empiricismo y del historicismo ha probado la afirmación general racionalista. Se ha demostrado que de hecho nosotros poseemos conocimiento que no se deriva de la observación y aún así se ve restringido por leyes objetivas. De hecho, nuestra refutación del empiricismo y el historicismo contiene tal conocimiento sintético a priori. Pero, ¿qué pasa con la tarea constructiva de mostrar que las proposiciones de la economía—tales como la ley de utilidad marginal y la teoría cuantitativa del dinero—califican como este tipo de conocimiento? Para hacerlo, Mises nota de acuerdo a las restricciones tradicionalmente formuladas por los filósofos racionalistas, las proposiciones económicas deben cumplir dos requisitos: Primero, debe ser posible demostrar que no se derivan de evidencia observada, porque la evidencia observacional sólo puede revelar las cosas como pasan; no hay nada en eso que indique por qué las cosas tienen que ser de la forma que son. En lugar de eso, las proposiciones económicas deben mostrar estar basadas en conocimiento reflexivo, en nuestra comprensión de nosotros mismos como sujetos cognoscentes. Y segundo, esta comprensión reflexiva tiene que producir proposiciones de axiomas materiales auto-evidentes. No en el sentido de que tales axiomas tienen que ser auto-evidentes en un sentido psicológico, es decir, que uno tiene que ser consciente de ellos inmediatamente o que su verdad depende de una sensación psicológica de convicción. Al contrario, como Kant antes que él, Mises enfatiza mucho el hecho de que usualmente es mucho más dificultoso descubrir tales axiomas de lo que es descubrir verdades observacionales, como que las hojas de los árboles son verdes o que mido 6 pies 2 pulgadas.[11] En lugar de eso, lo que las hace axiomas materiales auto-evidentes es el hecho de que nadie puede negar su validez sin auto-contradicción, porque en el intento de negarlos uno ya presupone su validez.

Mises señala que ambos requisitos se cumplen en lo que él llama el axioma de la acción, esto es, la proposición de que los seres humanos actúan, que muestran un comportamiento intencional.[12] Obviamente, este axioma no se deriva de la observación—sólo hay movimientos corporales a ser observados, pero no hay tal cosa como acciones—sino que deriva más bien de la comprensión reflexiva. Y este entendimiento es en efecto una proposición auto-evidente. Porque su verdad no puede ser negada, ya que la negación en sí tendría que ser categorizada como una acción. Pero ¿no es esto simplemente trivial? ¿Y qué tiene la economía que ver con esto? Por supuesto, ha sido reconocido previamente que conceptos económicos tales como precios, costos, producción, dinero, crédito, etc. tienen algo que ver con el hecho de que somos gente que actúa. Pero que toda la economía pueda ser fundada y reconstruida sobre la base de una proposición tan trivial y cómo, es ciertamente no muy claro. Uno de los mayores logros de Mises es haber demostrado precisamente esto: que hay ideas implicadas en este, psicológicamente hablando trivial, axioma de acción que no eran psicológicamente auto-evidentes; y que son esas ideas las que proveen de fundamento a los teoremas de la economía como proposiciones sintéticas verdaderas a priori.

Ciertamente no es psicológicamente evidente que con cada acción un actor persiga un objetivo; y que cualquiera que sea el objetivo, el hecho de que era perseguido por el actor revela que el actor tuvo que haber colocado un valor relativamente más alto sobre él que el que puso sobre cualquier otro objetivo que se le ocurrió al comienzo de su acción. No es evidente que para lograr su objetivo más preciado el actor tenga que interferir o decidir no intervenir—que por supuesto, también es una interferencia intencional—en un momento anterior a fin de producir un resultado más adelante; ni es obvio que tales interferencias invariablemente impliquen el empleo de unos medios escasos—por lo menos el cuerpo del actor, el lugar que ocupa, y el tiempo absorbido por la acción. No es auto-evidente que esos medios, entonces, tengan también que tener un valor para el actor—un valor derivado del objetivo—porque el actor tiene que considerar su empleo como necesario para eficazmente lograr el objetivo; ni que las acciones sólo puedan llevarse a cabo de forma secuencial, siempre envolviendo una elección, esto es, tomando el curso de acción que en un momento dado promete los resultados más valorados para el actor, y la exclusión al mismo tiempo de la búsqueda de otros objetivos, menos valorados. No es automáticamente claro que como consecuencia de tener que elegir y dar preferencia a un objetivo sobre otro—de no ser capaz de alcanzar todos los objetivos al mismo tiempo—cada una las acciones implique incurrir en costos, esto es, abandonar el valor que se asigna a la meta alternativa más alta que no puede ser alcanzada o cuya realización debe ser diferida, porque los medios necesarios para alcanzarla están siendo utilizados en la producción del otro objetivo más valorado. Y, por último, no es evidente que en el punto de partida cada objetivo de acción tenga que ser considerado por el actor como más valioso que su costo y capaz de producir un beneficio, es decir, un resultado cuyo valor está en un puesto más alto que el de la oportunidad abandonada, y sin embargo esa misma acción también está invariablemente amenazada por la posibilidad de una pérdida si el actor se da cuenta, en retrospectiva, que contrariamente a sus expectativas el resultado alcanzado, de hecho, tiene un valor inferior que el de la alternativa a la que se renunció hubiese tenido.

Todas estas categorías que sabemos están en el corazón mismo de la economía—valores, fines, medios, elección, preferencia, costos, pérdidas y ganancias—están implicadas en el axioma de la acción. Como el axioma mismo, ellas no se derivan de la observación. En lugar de eso, que uno sea capaz de interpretar las observaciones en términos de tales categorías requiere que uno sepa ya lo que significa actuar. Nadie que no fuese un actor podría entenderlas ya que no vienen “dadas”, listas para ser observadas, sino que la experimentación observacional está enmarcada en esos términos cuando es interpretada por un actor. Y mientras ellas y sus interrelaciones no están obviamente implicadas en el axioma de la acción, una vez que se ha hecho explícito que están implicadas, y cómo, nadie tiene ya ninguna dificultad reconociéndolas como verdaderas a priori en el mismo sentido que el axioma mismo. Porque cualquier intento de refutar la validez de lo que Mises reconstruyó como implicado en el concepto mismo de acción tendría que estar dirigido hacia un objetivo, requerir unos medios, excluir otros cursos de acción, incurrir en costos, someter al actor a la posibilidad de alcanzar o no la meta deseada y así llevar a una ganancia o una pérdida. Por tanto, es manifiestamente imposible disputar o falsar la validez de las ideas de Mises. De hecho, una situación en la que las categorías de acción cesarían de tener existencia real nunca podría ser observada o nunca se podría habla de ella, ya que hacer una observación y hablar son acciones en sí mismas.

Todas las proposiciones económicas verdaderas—y de eso se trata la praxeología y en eso consiste la gran idea de Mises—se pueden deducir por medio de la lógica formal de ese indiscutible conocimiento material verdadero sobre el significado de la acción y sus categorías. De forma más precisa, todos los teoremas económicos verdaderos consisten en (a) la comprensión del significado de la acción, (b) una situación, o cambio de situación—que se asume como dada, o identificada como siendo dada, y descrita en términos de las categorías de acción—y (c) una deducción lógica de las consecuencias—de nuevo, en términos de las categorías—que resultan para el actor de esa situación o cambio de situación. La ley de la utilidad marginal, por ejemplo,[13] se desprende de nuestro conocimiento indiscutible del hecho de que el actor siempre prefiere lo que le satisface más a lo que le satisface menos, más el supuesto de que se enfrenta al aumento en la oferta de un bien (un medio escaso), cuyas unidades él considera como capaces de proporcionar el mismo servicio, en una unidad adicional. De esto se desprende con necesidad lógica que esa unidad adicional solamente puede ser empleada como medio para remover un malestar que se considera menos urgente que el objetivo menos valioso previamente satisfecho con una unidad de ese bien. Mientras no haya error en el proceso de deducción, las conclusiones que la teorización económica produce—no diferentes para cualquier otra proposición económica que el caso de la ley de utilidad marginal—deben ser válidas a priori. La validez de estas proposiciones se remonta en última instancia al indiscutible axioma de la acción. Pensar, como hace el empiricismo, que estas proposiciones requieren pruebas empíricas de continuas para su validación es absurdo, y un signo de confusión intelectual plena. Y no es menos absurdo y confuso creer, como hace el historicismo, que la economía no tiene nada que decir sobre relaciones constantes e invariables, sino que simplemente se ocupa de eventos históricamente accidentales. Decir tal cosa en forma significativa es probar tal afirmación errónea, porque decir algo significativo ya presupone actuar y tener conocimiento del significado de las categorías de acción.

III
Hasta aquí será suficiente como explicación de la respuesta de Mises sobre la búsqueda de los fundamentos de la economía. Ahora pasaré a mi segunda meta: la explicación de por qué y cómo la praxeología también proporciona la base para la epistemología. Mises era consciente de ello y estaba convencido de la gran importancia de esta idea para la filosofía racionalista. Pero Mises no trató el asunto de una forma sistemática. No hay más que unas breves observaciones respecto a este problema, dispersas a lo largo de su gran cantidad de escritos.[14] Así que, a continuación trataré de abrir nuevos caminos.

Empezaré mi explicación con la introducción de un segundo axioma a priori y clarificaré su relación con el axioma de la acción. Tal comprensión es la clave para resolver nuestro problema. El segundo axioma es el llamado “a priori de argumentación,” que establece que los seres humanos son capaces de argumentación, y por lo tanto conocen lo significa verdad y validez.[15] Al igual que en el caso del axioma de la acción, este conocimiento no se deriva de la observación: sólo hay conducta verbal a ser observada y previa cognición reflexiva es requerida para interpretar tal conducta como argumentos significativos. Y la validez del axioma, como la del axioma de la acción, es indiscutible. Es imposible negar que uno puede argumentar, porque la negación sería en sí misma un argumento. De hecho, uno ni siquiera puede decirse a sí mismo en silencio “No puedo discutir” sin contradecirse a sí mismo. No se puede argumentar que no se puede argumentar. Tampoco se puede disputar que uno entiende lo que significa llegar a una proposición verdadera o válida sin implícitamente mostrar como verdadera la negación de esta proposición.

No es difícil detectar que ambos axiomas a priori—de acción y de argumentación—están íntimamente relacionados. Por un lado, las acciones son más fundamentales que las argumentaciones con cuya existencia emerge la idea de validez, siendo la argumentación sólo una subclase de la acción. Por otro lado, reconocer lo que acaba de ser reconocido respecto a la acción y la argumentación y la relación entre ellos requiere argumentación; y por lo tanto, en este sentido, la argumentación debe ser considerada más fundamental que la acción: sin argumentación nada podría decirse que se conoce acerca de la acción. Pero entonces, dado que es en argumentación que tal idea se descubre—mientras que podría ser desconocido antes de cualquier argumentación—de hecho la posibilidad de argumentación presupone acción en que las proposiciones de verdad sólo pueden ser explícitamente discutidas en el curso de una argumentación si los individuos que la realizan saben ya lo que significa actuar y tener conocimiento implicado en la acción—tanto el significado de la acción en general y el de la argumentación en particular deben ser entendidos como hilos entrelazados lógicamente necesarios de conocimiento a priori.

Lo que esta idea sobre la interrelación entre el a priori de acción y el a priori de argumentación sugiere es lo siguiente: Tradicionalmente, la tarea de la epistemología ha sido formular lo que puede ser conocido como verdadero a priori, y también lo que puede ser conocido a priori no ser objeto de conocimiento a priori. Reconociendo, como acabamos de hacer, que las afirmaciones de conocimiento se plantean y deciden en el curso de una argumentación y que esto es innegable, ahora uno puede reconstruir la tarea de la epistemología con mayor precisión: formular las proposiciones que son argumentativamente indiscutibles dado que su verdad está ya implícita en el hecho mismo de dar un argumento y por tanto no se puede negar argumentativamente; y delimitar el rango de tal conocimiento a priori del campo de proposiciones cuya validez no puede ser establecida de esta manera, sino que requiere información adicional y contingente para su validación, o que no pueden ser validadas de ninguna forma y por tanto son simples enunciados metafísicos en el sentido peyorativo del término metafísico.

Pero ¿Qué es lo que está implicado en el acto de argumentar? Es a esta pregunta que nuestra idea sobre la inseparable interconexión entre el a priori de argumentación y el de acción ofrece una respuesta: A un nivel muy general, no se puede negar argumentativamente que la argumentación presupone acción, y que los argumentos y el conocimiento contenido en ellos, son de actores. Y más específicamente, que no puede negarse, entonces, que el conocimiento mismo es una categoría de acción; que la estructura del conocimiento tiene que ser restringida por la función peculiar que el conocimiento tiene dentro del marco de las categorías de acción; y que la existencia de tales restricciones estructurales nunca puede ser refutada en absoluto por ningún conocimiento.

Es en este sentido que debe considerarse que las ideas contenidas en la praxeología proveen los fundamentos de la epistemología. El conocimiento es una categoría muy distinta a las que he explicado antes—de fines y medios. Los fines que nos esforzamos por alcanzar a través de nuestras acciones, y los medios que empleamos para hacerlo, son ambos valores escasos. Los valores ligados a nuestras metas están sujetos al consumo y son exterminados y destruidos en el consumo, y por tanto siempre deben ser producidos de nuevo. Y los medios empleados tienen que ser economizados, también. No es así, sin embargo, con el conocimiento—independientemente de si uno lo considera un medio o un fin en sí mismo. Por supuesto, la adquisición de conocimiento requiere medios escasos—por lo menos el cuerpo y el tiempo de uno. Sin embargo, una vez que el conocimiento se adquiere, ya no es escaso. No desaparece después de ser consumido, tampoco los servicios que puede brindar, a diferencia de los otros medios sujetos a agotamiento. Una vez allí, es un recurso inagotable e incorpora un valor que dura a la eternidad, siempre y cuando no sea simplemente olvidado.[16] Sin embargo, el conocimiento no es un bien libre en el mismo sentido que el aire en circunstancias normales. En lugar de eso, es una categoría de acción. No es solamente un ingrediente mental de toda acción, muy a diferencia del aire, sino de forma más importante, el conocimiento, y no el aire, está sujeto a validación, es decir, tiene que demostrar que cumple una función positiva para el actor dentro de las restricciones invariantes del marco categórico de las acciones. Es tarea de la epistemología aclarar cuáles son esas restricciones y lo que uno puede entonces saber acerca de la estructura del conocimiento.

Si bien tal reconocimiento de las restricciones praxeológicas sobre la estructura del conocimiento podrían no impresionar a uno inmediatamente por su importancia, sí tiene implicaciones muy importantes. Por un lado, a la luz de esta idea una dificultad recurrente de la filosofía racionalista encuentra su respuesta. Ha sido una problema común con el racionalismo en la tradición Leibniz-Kant que parece implicar una especie de idealismo. Al darse cuenta que las proposiciones verdaderas a priori no podían derivarse de las observaciones, el racionalismo respondía a la pregunta sobre cómo el conocimiento a priori podía entonces ser posible adoptando el modelo de mente activa, como opuesto al modelo empiricista de mente pasiva, como espejo que refleja, en la tradición de Locke y Hume. Según la filosofía racionalista, las proposiciones verdaderas a priori tenían su fundamento en la operación de los principios del pensamiento que uno no podía concebir como operando de otra manera; estaban basadas en las categorías de una mente activa. Ahora, como los empiricistas estaban siempre muy dispuestos a señalar, la crítica obvia a tal posición es, que si ese fuese el caso, no se podría explicar por qué esas categorías mentales deberían ajustarse a la realidad. En vez de eso, uno se vería obligado a aceptar el absurdo supuesto idealista de que la realidad tendría que ser concebida como una creación de la mente, para poder afirmar que el conocimiento a priori podía incorporar alguna información acerca de la estructura de la realidad. Y claramente, tal afirmación parecía estar justificada cuando se encontraban con las declaraciones programáticas de filósofos racionalistas como ésta de Kant a continuación: “Hasta ahora se ha supuesto que nuestro conocimiento tiene que estar conforme a la realidad,” en vez de eso se debería asumir “que realidad observacional debería estar conforme a nuestra mente.”[17]

Reconocer al conocimiento como estructuralmente restringido por su rol en el marco de las categorías de acción proporciona la solución a tal queja. Pues tan pronto esto se entiende, todas las sugerencias idealistas de la filosofía racionalista desaparecen, y en lugar de eso una epistemología que propone que las proposiciones verdaderas a priori existen se convierte en una epistemología realista. Entendido como restringido por las categorías de acción, el abismo aparentemente insalvable, entre lo mental por un lado y el mundo real físico exterior por el otro, se supera. De tal forma restringido, el conocimiento a priori tiene que ser tanto un asunto mental y un reflejo de la estructura de la realidad, puesto que es sólo a través de acciones que la mente entra en contacto con la realidad, por así decirlo. Actuar es un ajuste guiado cognitivamente de un cuerpo físico en una realidad física. Y así, no puede haber ninguna duda de que el conocimiento a priori, concebido como un entendimiento acerca las restricciones estructurales impuestas sobre el conocimiento como conocimiento de los actores, tiene de hecho que corresponder a la naturaleza de las cosas. El carácter realista de tal conocimiento se manifiesta no sólo en el hecho de que uno no puede pensar que sea de otro modo, sino en el hecho de que uno no puede deshacer esa verdad.

Pero hay más implicancias específicas envueltas en el reconocimiento de los fundamentos praxeológicos de la epistemología—aparte de la implicancia general que sustituyendo el modelo de mente de un actor que actúa usando como medio un cuerpo físico por el modelo racionalista tradicional de mente activa, el conocimiento a priori se convierte inmediatamente en conocimiento realista (de hecho tan realista que puede entenderse como literalmente imposible de deshacer). Más específicamente, a la luz de esta idea se proporciona decisivo apoyo a los lamentablemente pocos filósofos racionalistas que—contra el Zeitgeist empiricista—obstinadamente sostienen en varios frentes filosóficos que las proposiciones a priori verdaderas acerca del mundo real son posibles.[18] Además, a la luz del reconocimiento de las restricciones praxeológicas sobre la estructura del conocimiento esas diversas empresas racionalistas se integran sistemáticamente en una sola, el cuerpo unificado de filosofía racionalista.

Entendiendo el conocimiento de forma explícita, como se muestra en argumentación, como una categoría peculiar de la acción, se hace evidente de inmediato por qué la perenne insistencia racionalista de que las leyes de la lógica—comenzando con las más fundamentales, esto es, de lógica proposicional y de conectores (“y,” “o,” “si-entonces,” “no”) y cuantificadores (“hay,” “todos,” “algunos”)—son proposiciones a priori verdaderas acerca de la realidad y no meras estipulaciones verbales respecto a las reglas de transformación de signos arbitrariamente elegidos, como los formalistas-empiricistas creen, es correcta. Son tanto leyes del pensamiento como de la realidad, porque son leyes que tienen su fundamento último en la acción y no pueden ser deshechas por ningún actor. En toda acción, un actor identifica una situación específica y la categoriza de una manera en vez de otra para ser capaz de hacer una elección. Es esto lo que en última instancia explica la estructura de incluso las más elementales proposiciones (como “Sócrates es un hombre”) que consisten de un nombre propio, o alguna expresión de identificación para nombrar o identificar algo, y un predicado, para afirmar o negar alguna propiedad específica del objeto nombrado o identificado; y que explica la piedra angular de la lógica: las leyes de identidad y de contradicción. Y es esta característica universal de la acción y la elección que también explica nuestra comprensión de las categorías “hay,” “todos” y, por implicancia, “algunos,” así como “y,” “o,” “si-entonces” y “no.”[19] Uno puede decir, por supuesto, que algo puede ser “a” y “no-a,” al mismo tiempo, o que “y” significa otra cosa. Pero uno no puede deshacer la ley de la contradicción; y uno no puede deshacer la definición real de “y.” Por el simple hecho de actuar con un cuerpo físico en un espacio físico nosotros invariablemente afirmamos la ley de contradicción e invariablemente mostramos nuestro conocimiento constructivo verdadero del significado de “y” y “o.”

Del mismo modo, la razón última para que la aritmética sea una disciplina a priori pero empírica, como los racionalistas siempre han entendido, ahora también se vuelve discernible. La prevaleciente ortodoxia empiricista-formalista concibe la aritmética como la manipulación de signos arbitrariamente definidos de acuerdo a reglas de transformación arbitrariamente establecidas, y por tanto enteramente carente de cualquier significado empírico. Para este punto de vista, que evidentemente convierte a la aritmética en nada más que juego, sin importar qué tan útil pueda ser, la aplicación exitosa de la aritmética en la física es una vergüenza intelectual. De hecho, los empiricistas-formalistas tienen que explicar este hecho simplemente como un evento milagroso. Eso no es ningún milagro, sin embargo, se hace aparente una vez que el carácter praxeológico u operativo—usando aquí la terminología del filósofo-matemático racionalista más notable Paul Lorenzen y su escuela—o constructivista de la aritmética es entendido. La aritmética y su carácter como disciplina intelectual sintética a priori está fundamentada en nuestra comprensión de repetición, repetición de acción. Más precisamente, descansa sobre nuestra comprensión del significado de “haz eso—y hazlo de nuevo, comenzando del resultado presente.” Y la aritmética entonces se refiere a cosas reales: unidades construidas o constructivamente identificadas de algo. Demuestra qué relaciones pueden sostenerse entre dichas unidades por el hecho de que están construidas de acuerdo a la regla de la repetición. Como Paul Lorenzen ha demostrado en detalle, no, todo lo que actualmente se hace pasar por matemáticas puede ser constructivamente fundamentado—y esas partes, entonces, por supuesto, deben ser reconocidas como lo que son: juegos simbólicos epistemológicamente sin valor. Pero todas las herramientas matemáticas que son empleadas en la física, esto es, las herramientas del análisis clásico, pueden derivarse constructivamente. No son simbolismos empíricamente vacíos, sino proposiciones verdaderas acerca de la realidad. Se aplican a todo en la medida en que consisten de una o más unidades distintas, y en la medida en que esas unidades son construidas o identificadas como unidades mediante el procedimiento de “hazlo de nuevo, construye o identifica a otra unidad mediante la repetición de la operación anterior”.[20] De nuevo, uno puede decir, por supuesto, que 2 más 2 es 4 a veces, pero a veces 2 ó 5 unidades, y en la realidad observacional, para los leones, los corderos o los conejos, eso incluso puede ser verdad,[21] pero en la realidad de la acción, en la identificación o la construcción de esas unidades en operaciones repetitivas, la verdad de que 2 más 2 no es nunca otra cosa que 4 no puede ser deshecha.

Además, las viejas aspiraciones racionalistas de que la geometría, esto es, la geometría euclidiana es a priori y sin embargo incorpora conocimiento empírico sobre el espacio encuentra apoyo, también, en vista de nuestra comprensión sobre las restricciones praxeológicas sobre el conocimiento. Desde el descubrimiento de las geometrías no euclidianas y en particular desde la teoría relativista de la gravitación de Einstein, la posición predominante respecto a la geometría es una vez más empiricista y formalista. Se concibe a la geometría como parte de la física empírica a posteriori, o como formalismos empíricamente sin importancia. Pero que la geometría sea bien o un simple juego, o que esté siempre sujeta a la comprobación empírica parece ser incompatible con el hecho de que la geometría euclidiana es la base de la ingeniería y la construcción, y que nadie piensa allí que tales proposiciones son verdaderas sólo hipotéticamente.[22] Reconocer al conocimiento como praxeológicamente restringido explica por qué el punto de vista empírico-formalista es incorrecto y por qué el éxito empírico de la geometría euclidiana no es un mero accidente. El conocimiento espacial está también incluido en el significado de la acción. La acción es el empleo de un cuerpo físico en el espacio. Sin acción no podría haber conocimiento de relaciones espaciales ni mediciones. Medir es relacionar algo a un estándar. Sin estándares no hay medición; y no hay medida, entonces, que pueda falsar alguna vez el estándar. Evidentemente, el último estándar tiene que ser proporcionado por las normas que subyacen la construcción de los movimientos corporales en el espacio y la construcción de instrumentos de medición por medio del cuerpo de uno y de conformidad con los principios de construcciones espaciales contenidos en él. La geometría euclidiana, como nuevamente Paul Lorenzen, en particular, ha explicado, no es más ni menos que la reconstrucción de las normas ideales subyacentes a nuestra construcción de tales formas básicas homogéneas como puntos, líneas, planos y distancias, que están de manera más o menos perfecta, pero siempre perfectible, incorporados o realizados incluso en nuestros instrumentos más primitivos de mediciones espaciales, tales como una vara para medir. Naturalmente, estas normas e implicancias normativas no pueden ser falsadas por el resultado de cualquier medición empírica. Por el contrario, su validez cognitiva se fundamenta en el hecho de que son ellas las que hacen posible las mediciones físicas en el espacio. Cualquier medición real debe presuponer ya la validez de las normas que conducen a la construcción del estándar de medición de uno. Es en este sentido que la geometría es una ciencia a priori; y que tiene que ser simultáneamente considerada como una disciplina empíricamente significativa, ya que no sólo es la pre-condición para cualquier descripción espacial empírica, es también la pre-condición para cualquier orientación activa en el espacio.[23]

En vista del reconocimiento del carácter praxeológico del conocimiento, estas ideas sobre la naturaleza de la lógica, la aritmética y la geometría se integran en un sistema de dualismo epistemológico.[24] La justificación última de esta posición dualista, esto es, la afirmación de que hay dos ámbitos de investigación intelectual que pueden ser entendidos a priori que requieren métodos categóricamente diferentes de tratamiento y análisis, también recae en la naturaleza praxeológica del conocimiento. Eso explica por qué tenemos que diferenciar entre un campo de objetos que es categorizado causalmente y un campo que es categorizado teleológicamente.

Ya he indicado brevemente en mi discusión sobre praxeología que la causalidad es una categoría de la acción. La idea de causalidad de que hay causas que operan de forma invariable en el tiempo que permiten a uno proyectar las observaciones del pasado respecto a la relación de eventos en el futuro es algo (como el empiricismo desde Hume ha notado) que no tiene ninguna base observacional. Uno no puede observar el nexo conector entre las observaciones. Incluso si uno pudiera, tal observación no probaría ser una conexión invariante en el tiempo. En lugar de eso, el principio de causalidad debe ser entendido como implicado en nuestra comprensión de la acción como una interferencia en el mundo que se observa, hecha con la intención de desviar el curso “natural” de los acontecimientos con el fin de producir un estado diferente preferido, esto es, de hacer que sucedan cosas que de otro modo no iban a ocurrir, y por lo tanto presupone la noción de eventos que se relacionan uno con otro a través de causas operativas invariables en el tiempo. Un actor puede equivocarse respecto a sus supuestos particulares acerca de cuál interferencia anterior produjo cuál resultado posterior. Pero exitosa o no, cualquier acción, modificada o no a la luz de su éxito o fracaso anterior, presupone que hay eventos constantemente conectados, incluso si ninguna causa particular para un evento particular puede algún día ser pre-conocida por el actor. Sin tal suposición sería imposible clasificar dos o más experiencias de observación, como falsando o confirmando una a la otra en lugar de interpretarlas como eventos lógicamente inconmensurables. Sólo porque la existencia de causas que operan de forma invariable en el tiempo se asume de antemano puede uno encontrar casos particulares de evidencia observacional confirmando algo o no; o puede existir un actor que pueda aprender algo de la experiencia pasada mediante la clasificación de sus acciones como exitosas, confirmando un conocimiento previo, o no exitosas, no confirmando el conocimiento previo. Es simplemente por virtud de actuar y distinguir entre éxitos y fracasos que la validez a priori del principio de causalidad es establecida; incluso si uno tratara, uno no podía refutar con éxito su validez.[25]

Y así, entender la causalidad como un presupuesto necesario de la acción, implica también que su rango de aplicabilidad tiene entonces que ser delimitado a priori del de la categoría de teleología. De hecho, ambas categorías son estrictamente excluyentes y complementarias. La acción presupone una realidad observacional causalmente estructurada, pero la realidad de la acción que podemos entender como requiriendo dicha estructura, no es en sí misma causalmente estructurada. En lugar de eso, es una realidad que tiene que ser categorizada teleológicamente, como una conducta significativa dirigida-con-propósito. De hecho, uno no puede negar ni deshacer la idea de que hay dos campos de fenómenos categóricamente diferentes, ya que tales intentos, como acciones que tienen lugar dentro de la realidad que ser observa, tendrían que presuponer eventos causalmente relacionados, así como la existencia de intencionalidad en lugar de fenómenos causalmente relacionados para interpretar tales eventos de observación como queriendo negar algo. Ni el monismo causal ni el teleológico podría justificarse sin caer en una abierta contradicción: físicamente declarando una u otra posición, y afirmando decir algo significativo al hacerlo, se establece de hecho un caso para una complementariedad indiscutible de ambos, un campo de fenómenos causales y teleológicos.[26]

Todo lo que no es una acción tiene necesariamente que ser categorizado causalmente. No hay nada que se conozca a priori acerca de este rango de fenómenos excepto que está estructurado causalmente—y que está estructurado de acuerdo a las categorías de la lógica proposicional, la aritmética y la geometría.[27] Todo lo demás que hay que saber acerca de este rango de fenómenos tiene que ser derivado de observaciones contingentes y por lo tanto representa conocimiento a posteriori. En particular, todo conocimiento sobre dos o más eventos específicos observacionales causalmente relacionados o no es conocimiento a posteriori. Obviamente, el rango de fenómenos descritos en esta forma coincide (más o menos) con lo que usualmente se considera como el campo de las ciencias naturales empíricas.

Por el contrario, todo lo que es una acción tiene que ser categorizado teleológicamente. Este campo de fenómenos está restringido por las leyes de la lógica y la aritmética, también. Pero no está restringido por las leyes de la geometría, como incorporadas en nuestros instrumentos para medir objetos que se extienden espacialmente, ya que las acciones no existen aparte de las interpretaciones subjetivas de las cosas observables; y por lo tanto tienen que ser identificadas por la comprensión reflexiva en lugar de con mediciones espaciales. Las acciones tampoco son eventos causalmente conectados, sino eventos que están conectados de manera significativa dentro de un marco de categorías de medios y fines.

Uno no puede conocer a priori cuáles son o serán los valores, las opciones y los costos específicos de un actor. Eso cae enteramente en la provincia del conocimiento empírico a posteriori. De hecho, la acción particular que un actor que va a realizar dependerá de su conocimiento sobre la realidad observacional y/o la realidad de las acciones de otros actores. Y sería imposible concebir tales estados del conocimiento como predecibles sobre la base de causas que operan de forma invariable en el tiempo. Un actor con capacidad de aprender no puede predecir su conocimiento futuro antes de que realmente lo haya adquirido, y él demuestra—simplemente por virtud de distinguir entre las predicciones exitosas y no exitosas—que tiene que concebirse a sí mismo como capaz de aprender de experiencias desconocidas en formas aún desconocidas. Así, el conocimiento sobre el curso particular de acción es sólo posteriori. Y puesto que tal conocimiento tendría que incluir el conocimiento del mismo actor—como ingrediente necesario de toda acción, cuyo cambio puede tener influencia en la acción particular elegida—el conocimiento teleológico también tiene que ser necesariamente reconstructivo, o conocimiento histórico. Sólo proporcionará explicaciones ex-post que no tendrían ninguna relación sistemática sobre la predicción de acciones futuras, porque, en principio, los futuros estados del conocimiento nunca pueden predecirse sobre la base de causas empíricas que operan de forma constante. Obviamente, tal delimitación de una rama de ciencia a posteriori y reconstructiva de la acción se ajusta a la descripción usual de disciplinas como la historia y la sociología.[28]

Lo que es sabido ser verdadero a priori, en el campo de la acción, y lo que tendría entonces que restringir cualquier explicación histórica o sociológica es lo siguiente: Por un lado, tal explicación, que esencialmente tendría que reconstruir el conocimiento del actor, invariablemente tendría que ser una reconstrucción en términos del conocimiento de fines y medios, de elecciones y costos, de ganancias y pérdidas, y así por el estilo. Y en segundo lugar, dado que esas son evidentemente categorías de praxeología como concebidas por Mises, tal explicación también tiene que ser restringida por las leyes de la praxeología. Y puesto que estas leyes son, como ya he explicado, leyes a priori, tienen también que operar como restricciones lógicas sobre cualquier curso futuro de acción. Son válidas independientemente de cualquier estado específico de conocimiento que el actor posea, simplemente por el hecho de que cualquiera que sea ese estado, tiene que ser descrito en términos de categorías de acción. Y en lo que se refiere a las acciones, las leyes de la praxeología tienen entonces que coextenderse a todo el conocimiento predictivo que puede haber en el campo de la ciencia de la acción. De hecho, ignorando por el momento que el status de la geometría como ciencia a priori estaba basado últimamente en la comprensión de la acción por lo que la praxeología tendría que ser considerada como una disciplina cognitiva más fundamental, el rol peculiar adecuado de la praxeología dentro de todo el sistema de epistemología puede ser entendido análogo al de la geometría. La praxeología es al campo de acción lo que la geometría euclidiana es al campo de observaciones (no acciones). Así como la geometría incorporada en nuestros instrumentos de medición restringe la estructura espacial de realidad observacional, igual la praxeología restringe el rango de cosas que posiblemente pueden ser experimentadas en el campo de las acciones.[29]

IV
Estableciendo el lugar propio de la praxeología, he cerrado el círculo delineando al sistema de filosofía racionalista como basado en última instancia en el axioma de la acción. Ha sido mi meta aquí reafirmar la posición de Mises de que la economía es la praxeología; de que el caso de la praxeología es indiscutible; y que las interpretaciones empiricistas o historicistas-hermeneuticista de la economía son doctrinas auto-contradictorias. Y ha sido mi objetivo indicar que la idea de Mises sobre la naturaleza de la praxeología también proporciona el fundamento mismo sobre el que filosofía racionalista tradicional puede ser reconstruida con éxito, y sistemáticamente integrada.

Para el filósofo racionalista, esto implica que debe tomar en cuenta la praxeología. Porque es precisamente la idea de las restricciones praxeológicas sobre la estructura del conocimiento lo que proporciona el eslabón perdido en su defensa intelectual contra el escepticismo y el relativismo. Para el economista en la tradición de Mises esto significa, yo afirmo, que debe explícitamente reconocer su lugar dentro de la tradición más amplia del racionalismo occidental; y que debe aprender a incorporar las ideas proporcionadas por esta tradición para construir un caso aún más impresionante y profundo para la praxeología y la economía austriaca que la hecha por el gran Mises mismo.

[1]Véase sobre lo siguiente también mi Kritik der kausalwissenschaftlichen Sozialforschung. Untersuchungen zur Grundlegung von Soziologic und Ökonomie; idem, “¿Es Posible la Investigación Basada en Principios Científicos Causales en las Ciencias Sociales?,” (capítulo 7); idem, “En Defensa del Racionalismo Extremo,” Review of Austrian Economics 3 (1988).

[2]Sobre el Círculo de Viena ver V. Kraft, Der Wiener Kreis (Vienna: Springer, 1968); para interpretaciones empiricistas-positivistas de la economía ver las obras representativas de Terence Hutchison W, La Significancia y los Postulados Básicos de la Teoría Económica [Hutchison, un partidario de la variante popperiana del empiricismo, se ha vuelto mucho menos entusiasta sobre las perspectivas de una economía popperianizada—véase, por ejemplo, su Conocimiento e Ignorancia en Economía—sin embargo, aún no encuentra alternativa al falsacionismo de Popper]; Milton Friedman, “La metodología de Economía Positiva,” en idem, Ensayos Sobre Economía Positiva; Mark Blaug, La Metodología de la Economía; una versión positivista de uno de los participantes del Privat Seminar de Mises en Viena es la de E. Kaufmann, Metodología de las Ciencias Sociales; el dominio del empiricismo en la economía está documentado por el hecho de que probablemente no hay un solo libro texto, que no clasifique de forma explícita a la economía como—¿qué más?—una ciencia empírica (a posteriori).

[3]Sobre las consecuencias relativistas del empiricismo-positivismo véase también Hoppe, Una Teoría del Socialismo y el Capitalismo (Boston: Kluwer Academic Publishers, 1989), capítulo 6; idem, “La Fachada Intelectual Para el Socialismo”.

[4]Véase Ludwig von Mises, El Marco Histórico de la Escuela Austriaca de Economía (Auburn, Alabama: Ludwig von Mises Institute, 1984); idem, Erinnerungen (Stuttgart: Gustav Fischer, 1978); idem, Teoría e Historia, capítulo 10; Murray N. Rothbard, Ludwig von Mises: Estudioso, Creador, Héroe (Auburn, Alabama: Ludwig von Mises Institute, 1988); para un crítico recuento de las ideas historicistas véase también Karl Popper, La Miseria del Historicismo; para una versión antigua, representativa de la interpretación historicista de la economía ver Werner Sombart, Die drei Nationalökonomien (Munich: Duncker & Humblot, 1930); para el giro moderno, hermenéutico, Donald McCloskey, La Retórica de la Economía (Madison: University of Wisconsin Press, 1985); Ludwig Lachmann, “De Mises al Grillete: Un Ensayo Sobre la Economía Austriaca y la Sociedad Caleidoscópica,” Journal of Economic Literature (1976).

[5]Sobre el relativismo extremo del historicismo-hermenéutico ver Hoppe “En Defensa de Racionalismo Extremo”; Murray N. Rothbard, “La Invasión Hermenéutica de la Filosofía y la Economía,” Review of Austrian Economics (1988); Henry Veatch, “La Deconstrucción en Filosofía: ¿Ha Hecho Rorty de ella el Desenlace de la Filosofía Analítica Contemporánea,” Review of Metaphysics (1985); Jonathan Barnes, “Un Tipo de Integridad,” Austrian Economics Newsletter (verano 1987); David Gordon, Hermenéutica versus Economía Austriaca (Auburn, Alabama: Ludwig von Mises Institute, Occasional Paper Series, 1987); para una crítica brillante de la sociología contemporánea, ver St. Andreski, Ciencia Social como Brujería (New York: St. Martin Press, 1973).

[6]En cuanto a los puntos de vista epistemológicos de predecesores tales como J. B. Say, Nassau W. Senior, J. E. Cairnes, John Stuart Mill, Carl Menger, y Friedrich von Wieser, véase Ludwig von Mises, Problemas Epistemológicos de la Economía, pp. 17-23, también Murray N. Rothbard, “Praxeología: La Metodología de la Economía Austriaca,” en Edwin Dolan, ed, Los Fundamentos de la Economía Austriaca Moderna (Kansas City: Sheed and Ward, 1976).

[7]Además de las obras de Mises citadas al comienzo de este capítulo y de la literatura mencionada en la nota 40, véase Murray N. Rothbard, Individualismo y la Filosofía de las Ciencias Sociales (San Francisco: Cato Institute, 1979); para un espléndida crítica filosófica de la economía empiricista ver Hollis y Nell, Hombre Económico Racional; como defensas generales particularmente valiosas del racionalismo contra el empiricismo y el relativismo—sin referencia a la economía, sin embargo—ver Blanshard, Razón y Análisis; Kambartel, Erfahrung und Struktur.

[8]Para una defensa elaborada del dualismo epistemológico ver también Apel, Transformation der Philosophie, 2 vols. y Habermas, Zur Logik der Sozialwissenschaften.

[9]Véase sobre este tema en particular, Hoppe, “En defensa de racionalismo extremo.”

[10]Véase Mises, El Fundamento Último de la Ciencia Económica, p. 12.

[11]Véase Kant, Crítica de la Razón Pura, p. 45; Mises, La Acción Humana, p. 38.

[12]Sobre lo siguiente véase en particular Mises, La Acción Humana, capítulo 4; Murray N. Rothbard, Hombre, Economía y Estado (Los Ángeles: Nash, 1962), capítulo 1.

[13]Sobre la ley de la utilidad marginal ver Mises, La Acción Humana, pp. 119-27 y Rothbard, Hombre, Economía y Estado, pp. 268-71.

[14]Mises escribe: “El conocimiento es una herramienta de la acción. Su función es aconsejar al hombre sobre cómo proceder en su empeño de eliminar dificultades. … La categoría de la acción es la categoría fundamental del conocimiento humano. Implica todas las categorías de lógica y las categorías de regularidad y causalidad. Implica la categoría de tiempo y la de valor. … Al actuar, la mente del individuo se ve a sí misma como diferente de su medio ambiente, del mundo externo, y trata de estudiar el medio ambiente para influenciar el curso de acontecimientos que suceden en este.” (El Fundamento Último de la Ciencia Económica, pp. 35-36). O: “Ambos, el pensamiento y el razonamiento a priori por un lado y la acción humana por el otro, son manifestaciones de la mente. … La razón y la acción son congenéricas y homogéneas, dos aspectos del mismo fenómeno” (ibid., p. 42). Pero, él deja el asunto más o menos aquí, y concluye que “no es asunto de la praxeología investigar la relación del pensamiento y la acción” (La Acción Humana, p. 25).

[15]Sobre el a priori de la argumentación véase también K. O. Apel, Transformation der Philosophie, vol. 2.

[16]Sobre esta diferencia fundamental entre medios económicos, esto es, escasos, y el conocimiento, véase también Mises, La Acción Humana, pp. 128, 661.

[17]Immanuel Kant, La Crítica de la Razón Pura, p. 25. Sea o no tal interpretación de la epistemología de Kant correcta es, por supuesto, un asunto muy diferente. Aclarar tal problema, sin embargo, aquí no es importante. Para una interpretación activista o constructivista de la filosofía kantiana véase E. Kambartel, Erfahrung und Struktur, capítulo 3; también Hoppe, Handeln und Erkennen (Bern: Lang, 1976).

[18]Además de las obras mencionadas en la nota 46 ver Brand Blanshard, La Naturaleza del Pensamiento (Londres, Allen and Unwin, 1921); M. Cohen, Razón y Naturaleza (Nueva York, Harcourt, Brace, 1931); idem, Prefacio a la Lógica (Nueva York: Holt, 1944); A. Pap, Semántica y Verdad Necesaria (New Haven: Yale University Press, 1958); S. Kripke, “Nombramiento y Necesidad”, en D. Davidson y G. Harman, eds., Semántica del Lenguaje Natural (Nueva York: Reidel, 1972);. H. Dingler, Die Ergreifung des Wirklichen (Frankfurt/M.: Suhrkamp, 1969); idem, Aufbau der exakten Fundamentalwissenschaft (Munich: Eidos, 1964); W Kamlah y P. Lorenzen, Logische Propädeutik (Mannheim: Bibliographisches Institut, 1968), P. Lorenzen, Methodisches Denken (Frankfurt/M.: Suhrkamp, 1968); idem, Lógica Normativa y Ética (Mannheim: Bibliographisches Institut, 1969); K. O. Apel, Transformation der Philosophie.

[19]Sobre las interpretaciones racionalistas de la lógica véase Blanshard, Razón y Análisis, capítulos 6, 10; P. Lorenzen, Einführung in die operativo Logik und Mathematik (Frankfurt/M.: Akademische Verlagsgesellschaft, 1970); K. Lorenz, Elemente der Sprachkritik (Frankfurt/M.: Suhrkamp, 1970); idem, “Die dialogische Rechtfertigung der Logik effektiven”, en: F. Kambartel y J. Mittelstrass, eds., Zum normativen Fundament der Wissenschaft (Frankfurt / M.: Athenäum, 1973).

Sobre el carácter proposicional del lenguaje y la experiencia, en particular, ver W. Kamlah y P. Lorenzen, Logische Propädeutik, capítulo 1, P. Lorenzen, Lógica Normativa y Ética, en el capítulo 1. Lorenzen escribe: “Yo llamo a un uso una convención si sé de otro uso que se pudiera aceptar en su lugar. . . . Sin embargo, yo no sé de otra conducta que pueda reemplazar el uso de frases elementales. Si yo no aceptara nombres propios y predicadores, no sabría cómo hablar para nada. . . . Cada nombre propio es una convención . . . pero utilizar nombres propios no es una convención en absoluto: es un patrón único de conducta lingüística. Por tanto, voy a llamarlo “lógico”. Lo mismo es cierto de los predicadores. Cada predicador es una convención. Esto se muestra por la existencia de más de un lenguaje natural. Pero todos los lenguajes que utilizan predicadores” ibid., p. 16). Véase también J. Mittelstrass,” Die Wiederkehr des Gleichen,” Ratio (1966).

Sobre la ley de la identidad y la contradicción, en particular, véase B. Blanshard, Razón y Análisis, pp. 276ff, 423ff.

Sobre una evaluación crítica de las lógicas trivalentes—o más—como formalismo simbólicos sin sentido o como lógicamente presuponiendo la comprensión de la lógica tradicional de dos valores ver W. Stegmüler, Hauptströmungen der Gegenwartsphilosophie vol. 2 (Stuttgart: Corona, 1975), pp. 182-91; B. Blanshard, Razón y Análisis, pp. 269-75. En cuanto a, por ejemplo, la lógica multivaluada o de textura abierta, propuesta por F. Waismann, Blanshard señala: “Nosotros sólo podemos estar de acuerdo con el Dr. Waismann—y con Hegel—que las distinciones blanco-y-negro de la lógica formal son muy inadecuadas para el pensamiento vivo. Pero ¿por qué uno debería decir, como Dr. Waismann dice, que adoptando una lógica más diferenciada uno está adoptando un sistema alternativo que es incompatible con la lógica de blanco-y-negro? Lo que él realmente ha hecho es reconocer una serie de gradaciones dentro del antiguo significado de la palabra ‘no’. Nosotros no dudamos que tales gradaciones están ahí, y de hecho tantas más como él quiera distinguir. Pero un refinamiento de la lógica más antigua no es abandonar la misma. Sigue siendo cierto que el color que vi ayer era un determinado tono del color amarillo o no, aunque el ‘no’ puede abarcar una multitud de aproximaciones, y aunque nunca conozca cual era la sombra que vi” (ibid., pp. 273-74).

[20]Sobre una interpretación racionalista de la aritmética véase Blanshard, Razón y Análisis, pp. 427-31; sobre la base constructivista de la aritmética, en particular, ver Lorenzen, Einführung in die operative Logik und Mathematik; idem, Methodisches Denken, capítulos 6, 7; idem, Lógica Normativa y la Ética, capítulo 4; sobre la base constructivista del análisis clásico véase P. Lorenzen, Differential und Integral: Eine konstruktive Einführung in die klassische Analysis (Frankfurt/M.: Akademische Verlagsgesellschaft, 1965); para una crítica general brillante del formalismo matemático ver Kambartel, Erfahrung und Struktur, capítulo 6, esp. pp. 236-42; sobre la irrelevancia del famoso teorema de Gödel para una aritmética constructivamente fundada véase P. Lorenzen, Metamathematik (Mannheim: Bibliographisches Institut, 1962); también Ch. Thiel, “Das Begründungsproblem der Mathematik und die Philosophie”, en F. Kambartel y J. Mittelstrass, eds., Zum normativen Fundament der Wissenschaft, esp. pp. 99-101. La prueba de K. Gödel—que, como prueba, incidentalmente apoya en vez de socavar la pretensión racionalista de la posibilidad de un conocimiento a priori—sólo demuestra que el programa formalista del joven Hilbert no puede ser realizado con éxito, porque para demostrar la consistencia de ciertas teorías axiomáticas uno tiene que poseer una metateoría con medios incluso más fuertes que los formalizados en el objeto de la teoría misma. Curiosamente, las dificultades del programa formalista habían llevado al viejo Hilbert ya varios años antes de la prueba de Gödel de 1931 a reconocer la necesidad de reintroducir una interpretación sustantiva de las matemáticas à la Kant, lo que daría a los axiomas un fundamento y justificación que era totalmente independiente de cualquier prueba formal de consistencia. Ver Kambartel, Erfahrung und Struktur, pp. 185-87.

[21]Ejemplos de este tipo son utilizados por Karl Popper con el fin de “refutar” la idea racionalista de reglas de aritmética como leyes de la realidad. Ver Karl Popper, Conjeturas y Refutaciones (Londres: Routledge and Kegan Paul, 1969), p 211.

[22]Véase sobre esto también a Mises, El Fundamento Último de la Ciencia Económica, pp. 12-14.

[23]Sobre el carácter apriorístico de la geometría euclidiana, véase Lorenzen, Methodisches Denken, capítulos 8 y 9; idem, Lógica Normativa y Ética, capítulo 5; H. Dingler, Die Grundlagen der Geometrie (Stuttgart: Enke, 1933); sobre la geometría euclidiana como una presuposición necesaria de la medición objetiva, es decir, intersubjetivamente comunicable, y en particular, de cualquiera verificación empírica de geometrías no euclidianas (después de todo, los lentes de los telescopios que se utiliza para confirman la teoría de Einstein sobre la estructura no-euclidiana del espacio físico deben ser construidos de acuerdo a los principios de Euclides) ver Karnbartel, Erfahrung und Struktur, pp. 132-33; P. Janich, Die Protophysik der Zeit (Mannheim: Bibliographisches Institut, 1969), pp 45-50; idem “Eindeutigkeit, Konsistenz und methodische Ordnung “, en F. Karnbartel y J. Mittelstrass, eds., Zum normativen Fundament der Wissenschaft.

Siguiendo el camino de Hugo Dingler, Paul Lorenzen y otros miembros de la llamada escuela de Erlangen han trabajado un sistema de protophysics, que contiene todos los presuposiciones apriorísticas de la física empírica, incluyendo, además de la geometría, también cronometría e hilometría (es decir, la mecánica clásica sin gravedad, o la mecánica “racional”). “La geometría, la cronometría y la hilometría son teorías a priori que hacen ‘posible’ las mediciones empíricas de espacio, tiempo y materia. Tienen que ser establecidas antes que la física en el sentido moderno de una ciencia empírica, con hipotéticos campos de fuerzas, pueda comenzar. Por lo tanto, me gustaría llamar a estas disciplinas con un nombre común: Protofísica.” Lorenzen, Lógica Normativa y Ética, p. 60.

[24]Sobre la naturaleza fundamental del dualismo epistemológico ver también Mises, Teoría e Historia, pp. 1-2.

[25]Sobre el carácter apriorístico de la categoría de causalidad ver Mises, La Acción Humana, capítulo 1; Hoppe, Kritik der kausalwissenschaftlichen Sozialforschung; idem, “¿Es Posible la Investigación Basada en Principios Científicos Causales en las Ciencias Sociales”; sobre el principio de causalidad como una presuposición necesaria en particular también del principio de indeterminación de la física cuántica y el error fundamental de la interpretación del principio de Heisenberg como invalidando el principio de causalidad ver Kambartel, Erfahrung und Struktur, pp. 138-40; también Hoppe, “En Defensa del Racionalismo Extremo,” nota 36. De hecho, es precisamente el hecho praxeológico indiscutible de que actos separados de medición sólo pueden realizarse de forma secuencial, lo que explica la posibilidad misma de predicciones irreductiblemente probabilísticas—en lugar de determinísticas—como son características en la física cuántica; y sin embargo, para realizar cualquier experimento en el campo de la mecánica cuántica, y en particular para repetir dos o más experimentos y afirmar que este es el caso, la validez del principio de causalidad tiene evidentemente que estar ya presupuesta.

[26]Sobre la complementariedad necesaria de las categorías de causalidad y la teleología véase Mises, La Acción Humana, p. 25; idem, El Fundamento Último de la Ciencia Económica, pp. 6-8; Hoppe, Kritik der kausalwissenschaftlichen Sozialforschung; idem “¿Es Posible hacer Investigación Basada en Principios Científicos Causales en las Ciencias Sociales?”, también G. v. Wright, Norma y Acción (Londres: Routledgeand Kegan Paul, 1963); idem, Explicación y Comprensión (Ithaca, NY: Cornell University Press, 1971); K. O. Apel, Die Erklären: Verstehen Kontroverse in transzendental-pragmatischer Sicht, (Frankfurt/M.: Suhrkamp, 1979).

[27]Más precisamente aún: está estructurado de acuerdo a las categorías de la lógica, la aritmética y la protofísica (incluyendo geometría). Véase la nota 62.

[28]Sobre la lógica de la historia y la sociología como disciplinas reconstructivas, además de las obras de Mises que se mencionan al comienzo de este capítulo ver Hoppe, Kritik der kausalwissenschaftlichen Sozialforschung, capítulo 2.

[29]Sobre el carácter distintivo categórico de la teoría praxeológica y la historia, y la sociología y las restricciones lógicas que la praxeología impone sobre la investigación histórica y sociológica, así como en las predicciones sociales y económicas véase Mises, La Acción Humana, pp. 51-59, 117-18; Hoppe, “En Defensa del Racionalismo Extremo.”

Traducido del Ingles por Dante Bayona

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La ciencia económica y el método austriaco: Parte I

Tomado de Mises Hispano

Es bien sabido que los austriacos están en fuerte desacuerdo con otras escuelas de pensamiento económico como los keynesianos, los monetaristas, Public Choicers, historicistas, institucionalistas y los marxistas.[1] El desacuerdo es mucho más evidente, por supuesto, cuando se habla de política económica y de propuestas de política económica. A veces también existen alianzas entre los austriacos y, en particular, los de Chicago y los Public Choicers. Ludwig von Mises, Murray N. Rothbard, Milton Friedman, y James Buchanan, por citar algunos nombres, a menudo se unieron en esfuerzos para defender la economía de libre mercado de sus detractores social-demócratas y socialistas.

Sin embargo, por muy importantes que tales acuerdos ocasionales por razones tácticas o estratégicas sean, sólo son superficiales, porque esconden unas diferencias fundamentales entre la escuela austriaca, como representada por Mises y Rothbard, y todas las demás. La diferencia fundamental de la que todos los desacuerdos a nivel de teoría y política económica—desacuerdos, por ejemplo, en cuanto a los méritos del patrón oro versus el dinero fiduciario, banca libre versus banca central, las implicancias de los mercados versus la acción del Estado sobre el bienestar, capitalismo versus socialismo, la teoría del interés y el ciclo económico, etc.—se refiere a la respuesta de la pregunta primera que todo economista tiene que plantearse: ¿Cuál es el objeto de la economía, y qué tipo de proposiciones son los teoremas económicos?

La respuesta de Mises es que la economía es la ciencia de la acción humana. En sí mismo esto no suena muy controversial. Pero luego Mises dice sobre la ciencia económica:

Sus enunciados y proposiciones no se derivan de la experiencia. Son a priori, como los de la lógica y la matemática. No están sujetos a verificación y falsación en base a experimentación y hechos. Son, a la vez, lógica y temporalmente anteriores a toda comprensión de hechos históricos. Son un requisito necesario para cualquier entendimiento intelectual de acontecimientos históricos.[2]

Para enfatizar el estatus de la economía como ciencia pura—ciencia que tiene más en común con una disciplina como la lógica aplicada que, por ejemplo, con las ciencias naturales empíricas—Mises propone el término “praxeología” (la lógica de la acción) para la rama del conocimiento ejemplificado por la economía.[3]

Es este entendimiento de la economía como ciencia a priori—ciencia cuyas proposiciones pueden tener una rigurosa justificación lógica—lo que distingue a los austriacos, o más precisamente a los misesianos, de todas las otras escuelas de economía actuales. Todas las otras conciben la economía como una ciencia empírica, como la física, que desarrolla hipótesis que requieren comprobación empírica continua. Y todos ven la idea de Mises como dogmática y no-científica, de que los teoremas económicos—como la ley de la utilidad marginal, o la ley de los retornos, o la teoría de interés por preferencia intertemporal y la teoría de los ciclos económicos—tienen prueba definitiva al demostrarse que tratar de negarlos es una contradicción plena.

El punto de vista de Mark Blaug, muy alto representante del pensamiento metodológico del mainstream, ilustra esta oposición casi universal al Austrianismo. Blaug dice de Mises, “Sus escritos sobre los fundamentos de la ciencia económica son tan enredados e idiosincráticos que uno sólo puede preguntarse si alguien los ha tomado en serio.”[4]

Blaug no proporciona argumento alguno para justificar su indignación. Su capítulo sobre Austrianismo simplemente termina con esa declaración. ¿Podría ser que el rechazo de Blaug y otros al apriorismo de Mises tiene más que ver con el hecho de los altos estándares de rigor argumentativo, que la metodología apriorista implica, demostraron ser demasiado para ellos?[5]

¿Qué llevó a Mises a su caracterización de la economía como una ciencia a priori? Desde la perspectiva actual podría ser sorprendente escuchar que Mises no veía su concepción como fuera de la visión mayoritaria que prevalecía a principios del siglo XX. Mises no quería prescribir lo que los economistas debían hacer en lugar de lo que realmente estaban haciendo. Por el contrario, él vio a su logro como filósofo de la economía en sistematizar y hacer explícito lo que la economía realmente era, y como era implícitamente concebida por casi todo aquel que se hacía llamar economista.

Y este es de hecho el caso. Al dar una explicación sistemática de lo que antes era sólo conocimiento implícito y tácito, Mises introdujo algunas distinciones conceptuales y terminológicas que anteriormente eran poco claras y desconocidas, al menos en el mundo de habla inglesa. Pero su posición sobre el status de la economía estaba esencialmente en completo acuerdo con el entonces punto de vista ortodoxo en la materia. Ellos no empleaban el término “a priori,” pero la corriente principal de economistas como Jean Baptiste Say, Nassau Senior y John E. Cairnes, por ejemplo, describían la economía de forma similar.

Say escribió: “Un tratado de economía política . . . estará confinado a la enunciación de algunos principios generales, no requiriendo si quiera pruebas o ilustraciones; porque ellos no serán sino la expresión de lo que cada uno sabe, arreglados de forma conveniente para comprenderlos, así como en su totalidad y en su relación de uno con otro.” Y “la economía política . . . mientras los principios que constituyen su base sean deducciones rigurosas de hechos generales innegables, descansa sobre una base inmovible.”[6]

Según Nassau Senior, “las premisas [económicas] consisten en unas pocas proposiciones generales, resultado de observaciones, o consciencia, y apenas requiriendo prueba, o incluso declaración formal, que casi todo hombre, tan pronto como las escucha, las admite como familiares a su pensamiento, o por lo menos como incluidas en su conocimiento previo; y sus inferencias son casi tan generales, y, si él ha razonado correctamente, tan ciertas como sus premisas.” Y los economistas deberían ser “conscientes de que la ciencia depende más del razonamiento que de la observación, y que su principal dificultad consiste no en la certificación de los hechos, sino en el uso de sus términos.”[7]

Y John E. Cairnes remarcó que mientras “la humanidad no tiene conocimiento directo de los principios físicos últimos” . . . “el economista comienza con el conocimiento de las causas últimas.” . . . “El economista entonces debe ser considerado desde el principio de sus investigaciones como en posesión ya de esos principios últimos que rigen los fenómenos que constituyen el objeto de su estudio, descubrimiento que en el caso de la investigación física constituye para el investigador su tarea más ardua.” “Conjetura [en economía] estaría manifiestamente fuera de lugar, en la medida en que poseemos en nuestra conciencia y en el testimonio de nuestros sentidos . . . prueba directa y fácil de eso que deseamos conocer. En economía política, en consecuencia, la hipótesis nunca se utiliza como ayuda para el descubrimiento de las últimas causas y leyes.”[8]

La opinión de los predecesores de Mises, Menger, Böhm-Bawerk y Wieser, es la misma: Ellos, también, describen la economía como una disciplina a cuyas proposiciones pueden—en contraste con las de las ciencias naturales—se les puede dar una justificación última. Una vez más, sin embargo, ellos lo hacen sin utilizar la terminología empleada por Mises.[9]

Y por último, la caracterización epistemológica de Mises sobre la economía era también considerada muy ortodoxa—y, ciertamente no idiosincrática, como Blaug pensaba—después de haber sido explícitamente formulada por Mises. El libro de Lionel Robbins, La Naturaleza y Significado de la Ciencia Económica, que apareció por primera vez en 1932, no es más que una versión ligera de la descripción de Mises de la economía como la praxeología. Sin embargo, fue respetada por la profesión de economía como la guía metodológica por casi veinte años.

De hecho, Robbins, en su prefacio, explícitamente señala a Mises como la fuente más importante de su propia posición metodología. Y Mises y Richard von Strigl—cuya posición es esencialmente indistinguible de la de Mises[10]—son citados con aprobación en el texto con más frecuencia que cualquier otra persona.[11]

Sin embargo, interesante como puede ser todo esto para una evaluación de la situación actual, es sólo historia. ¿Cuál es, entonces, la razón de los economistas clásicos para ver su ciencia como diferente a las ciencias naturales? ¿Y qué hay detrás de la reconstrucción explícita de Mises de tal diferencia como una entre una ciencia a priori y una posteriori? Fue el reconocimiento de que el proceso de validación—el proceso de descubrir si una proposición es verdadera o no—es diferente ambos campos de estudio.

Revisemos brevemente primero a las ciencias naturales. ¿Cómo sabemos las consecuencias de someter un material de la naturaleza a pruebas específicas, digamos, si lo mezclamos con otro tipo de material? Obviamente no lo sabemos antes de realmente experimentarlo y observar lo que sucede. Podemos hacer una predicción, por supuesto, pero nuestra predicción es sólo hipotética, y se necesitan observaciones para saber si estamos en lo correcto o no.

Además, aunque hayamos observado algún resultado específico, digamos que la mezcla de los dos materiales produjo una explosión, ¿podemos estar seguros de que ese resultado se producirá invariablemente siempre que mezclemos esos materiales? De nuevo, el respuesta es no. Nuestras predicciones aún serán, y de forma permanente, hipotéticas. Es posible que una explosión sólo se produzca si ciertas condiciones—A, B y C—se cumplen. Sólo podemos saber si es o no es el caso, y cuáles son esas condiciones, si nos embarcamos en experimentos de prueba y error al infinito. Eso permite mejorar progresivamente nuestro conocimiento sobre el rango de aplicación de nuestra predicción hipotética original.

Ahora pasemos a algunas proposiciones económicas típicas. Consideremos el proceso de validación de una proposición tal como la siguiente: Cuando dos personas A y B, participan en un intercambio voluntario, ambas tienen que esperar beneficiarse de ella. Y tienen que tener ordenamientos de preferencias inversos en los bienes y servicios que intercambian, de manera que A valora más lo que recibe de B que lo que da a B, y B tiene que valorar al revés las mismas cosas.

O considere esto: Toda vez que un cambio no es voluntario, sino forzado, una parte se beneficia a expensas de la otra.

O la ley de utilidad marginal: Siempre que la oferta de un bien aumenta en una unidad adicional, dado que cada unidad sea considerada por una persona como capaz de proveer el mismo servicio, el valor asignado a esa unidad tiene que disminuir. Porque esta unidad adicional puede sólo ser empleada como medio para la consecución de un objetivo que se considera menos valioso que el objetivo menos valorado satisfecho por una unidad de tal bien si la oferta tuviese una unidad menos.

O la ley ricardiana de asociación: De dos productores, si A es más productivo que B en la producción de dos tipos de bienes, aún pueden ellos participar en una división del trabajo mutuamente beneficiosa. Esto es así porque la productividad física total es mayor si A se especializa en la producción del bien que puede producir con mayor eficiencia, en lugar que A y B produzcan ambos bienes por separado y de forma autónoma.

U otro ejemplo: Cuando se implementan leyes de salario mínimo que requieren salarios más altos que los salarios de mercado existentes, se produce desempleo involuntario.

O, como último ejemplo: Toda vez que la cantidad de dinero se incrementa, mientras no cambia la demanda de dinero que se mantiene como reserva de efectivo en mano, el poder adquisitivo del dinero cae.

Teniendo en cuenta tales proposiciones, ¿es el proceso de validación utilizado para determinar la veracidad o falsedad de ellas del mismo tipo que el utilizado para las proposiciones en las ciencias naturales? ¿Son hipotéticas tales proposiciones en el mismo sentido que la proposición respecto a los efectos de mezclar dos tipos de materiales naturales? ¿Tenemos que probar continuamente las proposiciones económicas con observaciones? Y ¿se requiere un proceso de prueba y error al infinito para conocer el rango de aplicación de estas proposiciones y mejorar nuestro conocimiento gradualmente, como en el caso de las ciencias naturales?

Parece bastante evidente—excepto para la mayoría de economistas durante los últimos cuarenta años—que la respuesta a estas preguntas es un claro e inequívoco No. Que A y B tienen que esperar obtener ganancias y tener ordenamientos de preferencias inversos se desprende de nuestra comprensión de lo que es un intercambio. Y lo mismo respecto al caso de las consecuencias de un intercambio coercitivo. Es inconcebible que las cosas pudiesen ser diferentes: Así era hace un millón de años atrás, y así será un millón de años más adelante. Y el rango de aplicación de tales proposiciones es claro y se entiende en un solo momento, de una vez por todas: Son verdaderas cada vez que algo es intercambio voluntario o intercambio coercitivo, y no hay nada más que decir.

No hay diferencia respecto a los otros ejemplos dados. Que la utilidad marginal de las unidades adicionales de la oferta de bienes homogéneos tiene que disminuir se desprende de la indiscutible afirmación que cada persona que actúa prefiere siempre lo que le satisface más a lo que le satisface menos. Es simplemente absurdo pensar que se requieren experimentos continuos para establecer tal proposición.

La ley ricardiana de asociación, al mismo tiempo que la delineación de su ámbito de aplicación establecida de una sola vez, también se deduce lógicamente de la existencia misma de la situación descrita. Si A y B son diferentes como se ha descrito y de acuerdo a eso existe un ratio de sustitución tecnológica de los bienes producidos (una tasa para A y una para B), entonces si se embarcan en una división del trabajo como la caracterizada por la ley, la producción física tiene que ser mayor de lo que hubiese sido en otro caso. Cualquier otra conclusión es lógicamente defectuosa.

Lo mismo es cierto respecto a las consecuencias de las leyes del salario mínimo o del aumento de la cantidad de dinero. Un aumento del desempleo y una disminución en el poder adquisitivo del dinero son las consecuencias lógicamente implicadas en la descripción misma de la condición inicial, como indicado en las proposiciones usadas. De hecho, es absurdo considerar estas predicciones como hipotéticas y pensar que su validez no puede ser establecida independientemente de las observaciones, es decir, imponiendo leyes de salario mínimo o imprimiendo más dinero, y observando lo que sucede.

Para usar una analogía, es como si alguien quisiera establecer el teorema de Pitágoras midiendo los lados y los ángulos de los triángulos. De la misma forma que uno comentaría sobre tal asunto, ¿no tendríamos que decir que pensar que las proposiciones económicas tienen que ser probadas empíricamente es un signo de confusión intelectual?

Pero Mises no simplemente se da cuenta de esta diferencia obvia entre la economía y las ciencias empíricas. Él nos hace entender la naturaleza de esta diferencia y nos explica cómo y por qué una disciplina única como la economía, que nos enseña algo sobre la realidad sin requerir observaciones, puede existir. Ése es el logro de Mises que difícilmente puede pasarse por alto.

Para entender mejor su explicación, debemos hacer una excursión al campo de la filosofía, más precisamente al campo de la filosofía del conocimiento o epistemología. En particular, debemos examinar la epistemología de Immanuel Kant como desarrollada más completamente en su Crítica de la Razón Pura. La idea de Mises sobre praxeología está claramente influenciada por Kant. Esto no quiere decir que Mises sea un simple kantiano. De hecho, como señalaré más adelante, Mises lleva la epistemología kantiana más allá de donde el mismo Kant la dejó. Mises mejora la filosofía kantiana de una forma que hasta este mismo día ha sido completamente ignorada y poco apreciada por los filósofos kantianos ortodoxos. Sin embargo, Mises toma de Kant sus distinciones conceptuales centrales y terminológicas, así como algunas ideas kantianas fundamentales sobre la naturaleza del conocimiento humano. Por lo tanto debemos revisar a Kant.

Kant, en el curso de su crítica al empiricismo clásico, en particular al de David Hume, desarrolló la idea de que todas nuestras proposiciones pueden clasificarse de dos formas: Por un lado son analíticas o sintéticas, y por el otro lado son a priori o a posteriori. El significado de estas distinciones, de forma corta, es el siguiente. Las proposiciones son analíticas cada vez que los medios de la lógica formal son suficiente para averiguar si son verdaderas o no, de lo contrario son proposiciones sintéticas. Y las proposiciones son a posteriori cuando se necesitan observaciones para establecer su verdad, o por lo menos para confirmarlas. Si no se necesitan observaciones entonces las proposiciones son a priori.

La marca característica de la filosofía kantiana es la afirmación de que existen proposiciones sintéticas a priori verdaderas—y es porque Mises se adhiere a esta afirmación de que se le puede llamar kantiano. Proposiciones sintéticas a priori son aquellas cuya veracidad puede ser establecida de forma definitiva, aunque para hacerlo los medios de la lógica formal no sean suficientes (aunque, por supuesto, necesarios) y las observaciones no sean necesarias.

De acuerdo a Kant, la matemática y la geometría son ejemplos de proposiciones sintéticas a priori verdaderas. Pero él también pensaba que una proposición como el principio general de causalidad—esto es, la afirmación de que hay causas que operan de forma invariable en el tiempo, y que cada evento está integrado en una red tales causas—es una proposición sintética a priori verdadera.

No puedo entrar aquí a explicar en detalle cómo Kant justifica esa idea.[12] Unas pocas consideraciones tendrán que ser suficiente. En primer lugar, ¿cómo se deriva la verdad de tales proposiciones, si la lógica formal no es suficiente y las observaciones no son necesarias? La respuesta de Kant es que la verdad se deriva de axiomas materiales auto-evidentes.

¿Qué hace a estos axiomas auto-evidentes? Kant responde, no es porque sean evidentes en un sentido psicológico, en cuyo caso seríamos conscientes de ellos de forma inmediata. Por el contrario, Kant insiste, es usualmente mucho más laborioso descubrir tales axiomas que descubrir una verdad empírica como que las hojas de los árboles son verdes. Son auto-evidentes porque uno no puede negar su verdad sin auto-contradecirse; esto es, al intentar negarlos uno de hecho admite, de forma implícita, que son verdaderos.

¿Cómo encontramos tales axiomas? Kant responde, reflexionando sobre nosotros mismos, entendiéndonos a nosotros mismos como sujetos pensantes. Y ese hecho—que la verdad de las proposiciones sintéticas a priori se deriva en última instancia de experiencias internas producidas mediante reflexiones—también explica porqué es posible que tales proposiciones puedan tener status de ser entendidas como necesariamente ciertas. La experiencia que se basa en observación sólo puede revelar las cosas como son; no hay nada en ella que indique porqué las cosas tienen que ser de la forma que son. Contrario a esto, sin embargo, Kant escribe, nuestra razón puede entender tales cosas como siendo necesariamente de la forma que son, “que ella misma ha producido de acuerdo a su propio diseño.”[13]

En todo esto, Mises sigue a Kant. Sin embargo, como dije antes, Mises añade una idea extremadamente importante que Kant había sólo vagamente abordado. Ha sido una queja común contra el kantismo que tal filosofía parece implicar algún tipo de idealismo. Porque si, como Kant dice, las proposiciones sintéticas a priori verdaderas son proposiciones acerca de cómo nuestra mente funciona, y tiene necesariamente que funcionar, ¿cómo puede explicarse que tales categorías mentales se ajusten a la realidad? ¿Cómo puede explicarse, por ejemplo, que la realidad esté en conformidad con el principio de causalidad si este principio debe ser entendido como uno con el que el funcionamiento de nuestra mente tiene que estar en conformidad? ¿No tenemos que hacer la absurda suposición idealista de que esto es solamente posible porque la realidad es creada por la mente? No me malentiendan, no creo que tal acusación contra el kantismo sea justificada.[14] Y, sin embargo, en parte de sus formulaciones, no hay duda que Kant dio margen de posibilidad a esas acusaciones.

Consideremos, por ejemplo, esta declaración programática de Kant: “Hasta ahora se ha supuesto que nuestro conocimiento tiene que estar conforme a la realidad,” en vez de eso se debería asumir “que realidad observacional debería estar conforme a nuestra mente.”[15]

Mises ofrece la solución a este desafío. Es cierto, como dice Kant, que las proposiciones sintéticas a priori verdaderas están basadas en axiomas auto-evidentes y que estos axiomas tienen que ser entendidos por reflexión sobre nosotros mismos en vez de ser “observables” en algún sentido significativo. Sin embargo, tenemos que ir un paso más allá. Debemos reconocer que tales verdades necesarias no son simplemente categorías de nuestra mente, sino que nuestra mente es una de personas que actúan. Nuestras categorías mentales tienen que ser entendidas como basadas últimamente en categorías de acción. Y tan pronto como esto se reconoce, toda sugerencia idealista desaparece inmediatamente. En lugar de eso, la epistemología que propone la existencia de proposiciones sintéticas a priori verdaderas se convierte en una epistemología realista. Puesto que se entiende como basada en última instancia en categorías de acción, el abismo entre lo mental y el mundo real, exterior y físico es superado. Como categorías de acción, tienen que ser cosas mentales tanto como características de la realidad. Porque es a través de acciones que la mente y la realidad entran en contacto.

Kant dio pistas para la solución del problema. Él pensaba que las matemáticas, por ejemplo, tenían que estar basadas en el conocimiento del significado de repetición, de operaciones repetitivas. Y también se dio cuenta, aunque sólo vagamente, que el principio de causalidad está implícito en nuestra comprensión de lo que es y lo que significa actuar.[16]

Sin embargo, es Mises quien trae esta idea al primer plano: la Causalidad, él se da cuenta, es una categoría de acción. Actuar significa interferir en algún punto más temprano en el tiempo con el fin de producir un cierto resultado más tarde, y por tanto cada actor debe presuponer la existencia de causas que operan constantemente. La Causalidad es un pre-requisito de la acción, en palabras de Mises.

Pero Mises no está, como Kant, interesado en epistemología como tal. Con su reconocimiento de la acción como el puente entre la mente y la realidad exterior, él ha encontrado una solución al problema kantiano de cómo pueden ser posibles las proposiciones sintéticas a priori verdaderas. Y él ha ofrecido algunas ideas muy valiosas sobre el fundamento último de otras propuestas epistemológicas centrales además del principio de causalidad, como la ley de la contradicción como la piedra angular de la lógica. Y así ha abierto un camino para investigación filosófica futura que, a mi entender, apenas ha sido explorado. Sin embargo, el objeto de estudio de Mises es la economía, por lo que voy a dejar aquí el problema de explicar con más detalle el principio de causalidad como una proposición a priori verdadera.[17]

Mises no sólo reconoce que la epistemología indirectamente se basa en nuestro conocimiento reflexivo de la acción y que puede por lo tanto decir algo verdadero a priori acerca de la realidad, sino que la economía también lo hace y lo hace de una manera mucho más directa. Las proposiciones económicas se derivan directamente de nuestro conocimiento de acción, adquirido de forma reflexiva; y el estado de estas proposiciones como afirmaciones a priori verdaderas acerca de algo real se deriva de nuestra comprensión de lo que Mises denominó “El axioma de la acción.”

Este axioma, la proposición de que los seres humanos actúan, precisamente, cumple con los requisitos para una proposición sintética a priori verdadera. No se puede negar que esta proposición es verdadera, ya que tal negación tendría que ser clasificada como una acción—y así la verdad de la afirmación literalmente no se puede deshacer. Y el axioma no se deriva de observación tampoco—sólo hay movimientos corporales que pueden ser observados, pero no tales cosas como acciones—sino que se deriva de conocimiento reflexivo.

Además, como algo que debe ser entendido en lugar de ser observado, aún es conocimiento acerca de la realidad. Esto se debe a que las distinciones conceptuales que intervienen en este entendimiento son nada menos que las categorías empleadas en la interacción de la mente con el mundo físico por medio de su propio cuerpo físico. Y el axioma de acción en todas sus implicancias no es ciertamente auto-evidente en un sentido psicológico, aunque una vez hecho explícito puede ser entendido como una proposición innegablemente verdadera sobre algo real y existente.[18]

Ciertamente, no es psicológicamente evidente ni es observable que con cada acción de un actor persiga un objetivo; y que cualquiera sea el objetivo, el hecho de que es perseguido por un actor revela que él coloca un valor relativamente más alto sobre el objetivo que en cualquier otro objetivo de acción que pudiera concebir al inicio de su acción.

No es ni evidente ni observable que a fin de lograr su objetivo más preciado un actor tenga que interferir o decidir no interferir (que, por supuesto, es también una interferencia) en un punto anterior en el tiempo para producir algún resultado futuro; ni que esas interferencias invariablemente impliquen el empleo de medios escasos (por lo menos el cuerpo del actor, el lugar donde se encuentra parado, y el tiempo absorbido por la interferencia).

No es auto-evidente ni se puede observar que estos medios deben también tener un valor para el actor—un valor derivado del objetivo—porque el actor debe considerar su uso como necesario para eficazmente alcanzar el objetivo; y que esas acciones sólo se puede realizar de forma secuencial, siempre implicando una elección, es decir, siguiendo el curso de acción que en algún momento dado en el tiempo promete el resultado más valorado para el actor, y excluyendo al mismo tiempo el logro de otros objetivos menos valorados.

No es automáticamente claro u observable que como consecuencia de tener que elegir y dar preferencia a una meta sobre otra—de no ser capaz de alcanzar todas las metas al mismo tiempo—toda acción implique incurrir en costos. Por ejemplo, renunciar al valor asignado a la meta alternativa más valorada que no puede ser alcanzada o cuya realización debe ser diferida porque los medios necesarios para alcanzarla están siendo usados de forma conjunta en la producción de otra meta incluso más valorada.

Y, por último, no es claramente evidente u observable que en el punto de partida todo objetivo de acción tenga que ser considerado más valioso, para el actor, que su costo, y capaz de producir un beneficio, es decir, un resultado cuyo valor es más alto que el de las oportunidades a las que renunció. Y, aún así, toda acción también está invariablemente amenazada por la posibilidad de una pérdida si el actor se da cuenta, en retrospectiva, que el resultado logrado—contrariamente a las expectativas anteriores—tiene un valor inferior que el que hubiese tenido la alternativa a la que renunció.

Todas estas categorías—valor, fines, medios, elección, preferencias, costo, ganancias y pérdidas, así como tiempo y causalidad—están implicadas en el axioma de acción. Pero, que uno sea capaz de interpretar las observaciones en tales categorías requiere que uno sepa ya lo que significa actuar. Nadie que no es un actor podría entenderlas. No vienen “dadas”, listas para ser observadas, sino que la experiencia observada toma forma en estos términos a medida que es interpretada por un actor. Su reconstrucción reflexiva tampoco es una simple tarea intelectual psicológicamente auto-evidente, como ha sido demostrado por una larga lista de intentos fallidos contra las ideas que acabamos de delinear sobre la naturaleza de la acción.

Fue necesario un arduo esfuerzo intelectual para reconocer de forma explícita lo que, una vez hecho explícito, todos reconocen inmediatamente como verdadero y pueden entender como proposiciones sintéticas a priori verdaderas, esto es, proposiciones que pueden ser validadas independientemente de observaciones y consecuentemente no pueden ser falsadas por ninguna observación.

El intento de refutar el axioma de acción sería en sí mismo una acción que busca alcanzar una meta, que requiere unos medios, que excluye otros cursos de acción, que incurre en costos, que somete al actor a la posibilidad de alcanzar o no alcanzar la meta deseada y por tanto a una ganancia o a una pérdida.

Y la posesión misma de tal conocimiento entonces no puede nunca ser disputada, y la validez de estos conceptos no puede nunca ser falsada por ninguna experiencia contingente, porque disputar o falsar algo habría ya presupuesto su misma existencia. De hecho, una situación en la que estas categorías de acción dejasen de tener existencia real nunca podría ser observada, porque hacer una observación, también, es una acción.

La gran visión de Mises fue percibir que el razonamiento económico tiene su fundamento precisamente en esta comprensión de la acción; y que el status de la economía como una especie de lógica aplicada se deriva del status del axioma de acción como proposición a priori sintética verdadera. Las leyes de intercambio, la ley de utilidad marginal decreciente, la ley ricardiana de asociación, la ley de control de precios, y la teoría cuantitativa del dinero—todos los ejemplos de proposiciones económicas que he mencionado—se pueden deducir lógicamente de este axioma. Y esta es la razón por la que resulta ridículo pensar que tales proposiciones son del mismo tipo epistemológico que las de las ciencias naturales. Pensar que lo son, y de acuerdo a eso requerir experimentos para su validación, es como suponer que tenemos que llevar a cabo algún proceso de encontrar hechos sin conocer el resultado posible a fin de establecer el hecho que uno es un actor. En una palabra: es absurdo.

La praxeología dice que todas las proposiciones económicas que pretenden ser reconocidas como verdaderas tienen que demostrar ser deducibles por medio de lógica formal a partir del conocimiento material indiscutiblemente verdadero respecto al significado de la acción.

Específicamente, todo razonamiento económico consiste en lo siguiente:

(1) una comprensión de las categorías de acción y el significado de un cambio en cosas tales como los valores, las preferencias, el conocimiento, los medios, los costos, etc.;

(2) una descripción de un mundo en el que las categorías de acción asumen un significado concreto, donde personas específicas son identificadas como actores con objetos específicos identificados como sus medios de acción, con unas metas específicas identificadas como valores y cosas específicas identificadas como costos. Tal descripción podría ser la de un mundo de Robinson Crusoe, o un mundo con más de un actor en la que las relaciones interpersonales son posibles; de un mundo de intercambio por trueque, o de dinero e intercambios que hacen uso del dinero como medio común de intercambio; de un mundo donde sólo hay tierra, mano de obra, y tiempo como factores de producción, o un mundo con productos de capital; de un mundo con factores de producción perfectamente divisibles o indivisibles, específicos o no específicos de la producción; o de un mundo con diversas instituciones sociales, tratando diversas acciones como agresión y amenazándolas con castigo físico, etc. y;

(3) una deducción lógica de las consecuencias que se derivan de la realización de una acción específica dentro de este mundo, o de las consecuencias para un actor específico que resultan si esta situación es modificada de una forma específica.

Si no hay error en el proceso de deducción, las conclusiones que tal razonamiento produce deben ser válidas a priori, porque su validez en última instancia reside en el indiscutible axioma de acción. Si la situación y los cambios introducidos en ella son ficticios o asumidos (un mundo de Robinson Crusoe, o un mundo con factores de producción sólo indivisibles o sólo completamente específicos), entonces las conclusiones son, por supuesto, verdaderas a priori sólo en ese “mundo posible.” Si, por otro lado, la situación y los cambios pueden ser identificados como reales, percibidos y conceptualizados como tal por actores reales, entonces las conclusiones son proposiciones a priori verdaderas acerca del mundo como realmente es.[19]

Tal es la idea de la economía como praxeología. Y tal es, pues, el desacuerdo último que los austriacos tienen con sus colegas: Sus comentarios no pueden ser deducidos del axioma de la acción o incluso están en clara contradicción con proposiciones que pueden ser deducidas del axioma de la acción.

E incluso si hay acuerdo sobre la identificación de hechos y la apreciación de ciertos eventos como relacionados entre sí como causas y consecuencias, este acuerdo es superficial. Porque tales economistas falsamente creen que sus declaraciones son proposiciones empíricamente bien probadas cuando son, de hecho, proposiciones que son verdaderas a priori.

II
Las escuelas de pensamiento no-praxeológicas erróneamente creen que las relaciones entre ciertos eventos son leyes empíricas bien establecidas cuando realmente son leyes praxeológicas necesarias y lógicas. Y luego se comportan como si la proposición “una bola no puede ser toda roja y no roja al mismo tiempo,” requiriera experimentación en Europa, América, África, Asia y Australia (por supuesto pidiendo una gran cantidad de dinero para pagar por tal temeraria y absurda investigación). Además, los no-praxeólogos también creen que las relaciones entre ciertos eventos son leyes empíricas bien establecidas (con implicancias predictivas) cuando el razonamiento a priori puede mostrar que no son más que información respecto a conexiones históricas contingentes entre eventos, que no nos proporciona ningún conocimiento en absoluto sobre el curso futuro de eventos.

Esto ilustra otra confusión fundamental que las escuelas no-austríacas tienen: una confusión sobre la diferencia categórica entre teoría e historia, y la implicancia que esa diferencia tiene para el problema de la predicción social y económica.

Tengo que comenzar de nuevo con una descripción del empiricismo, la filosofía que piensa que la economía y las ciencias sociales en general siguen la misma lógica de investigación que, por ejemplo, la física. Voy a explicar por qué. Según el empiricismo—la visión más extendida hoy en día en economía—no hay una diferencia categórica entre investigación teórica e histórica. Y voy a explicar lo que esto implica para la idea de predicción social. La muy diferente visión austriaca se desarrollará entonces a partir de una crítica y refutación de la posición empiricista.

El empiricismo se caracteriza por el hecho de que acepta dos proposiciones básicas íntimamente relacionadas.[20] La primera y más central es: El conocimiento sobre la realidad, que es llamado conocimiento empírico, tiene que ser verificable o por lo menos falsable por experimentos basados en observación. El experimento, la experiencia, basado en observación sólo puede conducir a conocimiento contingente (en oposición a conocimiento necesario), porque siempre es de tal tipo que, en principio, podría haber sido diferente de lo que realmente fue. Esto significa que nadie puede saber antes del experimento—esto es, antes de realmente haber realizado un experimento de observación particular—si la consecuencia de un evento real será de una manera u otra. Si, por otro lado, el conocimiento no es verificable o falsable por experimentos de observación, entonces no es conocimiento sobre algo real. Es simplemente conocimiento sobre palabras, sobre el uso de términos, sobre signos y las reglas de transformación de los signos. Es decir, es conocimiento analítico, pero no conocimiento empírico. Y es muy dudoso, según este punto de vista, que el conocimiento analítico deba ser considerado como conocimiento.

El segundo supuesto del empiricismo formula la extensión y aplicación del primer supuesto a los problemas de causalidad, explicación causal y predicción. Según el empiricismo, explicar causalmente o predecir un fenómeno real es formular un enunciado del tipo “si A, entonces B” o, en caso que las variables permitan medición cuantitativa, “si un aumento (disminución) en A, entonces un aumento (disminución) en B.”

Como proposición que se refiere a la realidad (con A y B siendo fenómenos reales), su validez nunca puede ser establecida con certeza, esto es, examinando la proposición sola, o cualquier otra proposición de la que la proposición en cuestión pudo haber sido lógicamente derivada. La proposición siempre será y permanecerá hipotética, dependiendo su veracidad de los resultados de futuros experimentos observacionales que no pueden ser conocidos de antemano. Si el experimento confirma la explicación causal hipotética, esto no prueba que la hipótesis sea cierta. Si uno observa un caso donde B sigue a A como se había predicho, esto no verifica nada. A y B son términos generales y abstractos, o como se dice en terminología filosófica, universales, que se refieren a eventos y procesos de los que hay (o podría haber, en principio) un número indefinido de casos. Experimentos futuros podrían aún falsarla.

Y si un experimento falsa una hipótesis, esto tampoco es decisivo. Porque si se observara que A no fue seguido por B, todavía podría ser posible que los fenómenos relacionados hipotéticamente estuviesen vinculados causalmente. Puede ser que alguna otra circunstancia o variable, hasta ahora no tomada en cuenta y no controlada, haya simplemente impedido que la relación hipotetizada fuese observada. Como máximo, la falsación sólo prueba que la hipótesis particular bajo investigación no estaba completamente correcta en su forma actual. Necesita refinamiento, alguna especificación o variables adicionales que tienen que ser tomadas en cuenta y controladas para que podamos observar la relación hipotetizada entre A y B. Pero, una falsación nunca probaría de una sola vez que la relación entre unos fenómenos dados no exista, así como una confirmación nunca probaría definitivamente que tal relación exista.[21]

Cuando consideramos esta posición, notamos una vez más que implica la negación del conocimiento a priori como conocimiento acerca de algo real. Según el empiricismo, cualquier proposición que dice ser a priori, es nada más que signos sobre papel, relacionados entre sí por definición o por una estipulación arbitraria, y es entonces completamente vacía: sin conexión con el mundo de las cosas reales. Tal sistema de signos sólo se convierte en teoría empírica significativa una vez que se da una interpretación empírica a sus símbolos. Sin embargo, tan pronto como se da tal interpretación a sus símbolos, la teoría deja de ser verdadera a priori y se convierte en hipotética, y permanece así para siempre.

Según el empiricismo, además, no podemos saber con certeza si algo es una causa posible de algo más. Si queremos explicar un fenómeno, nuestra hipotetización sobre las posibles causas no está de ninguna manera restringida por consideraciones a priori. Todo puede tener alguna influencia sobre todo. Tenemos que descubrirlo con experimentos; pero el experimento no nos dará respuesta definitiva a esta pregunta tampoco.

El siguiente punto nos lleva al tema central de esta sección: la relación entre historia y teoría. Según el empiricismo no hay diferencia fundamental entre explicaciones históricas y teóricas. Toda explicación es del mismo tipo. Para explicar un fenómeno hipotetizamos otro fenómeno como su causa y luego vemos si la causa hipotetizada precedió al efecto en el tiempo. Existe una distinción entre la explicación histórica y la explicación teórica sólo en la medida en que la explicación histórica se refiere a hechos que ya sucedieron, algo que está en el pasado, mientras que la explicación teórica es la explicación, o más bien la predicción, de un efecto que todavía no ha ocurrido. Pero estructuralmente, no hay diferencia entre explicaciones históricas y predicciones teóricas. Hay, sin embargo, una diferencia pragmática que explica porqué los empiricistas en particular resaltan la importancia del poder predictivo de una teoría y no se contentan sólo con probarla frente a datos históricos.[22] La razón de esto es bastante evidente para cualquiera que alguna vez participó en los juegos tontos del análisis de datos. Si el fenómeno a ser explicado ya ha ocurrido, es muy fácil encontrar todo tipo de acontecimientos que le precedieron y que posiblemente podrían ser considerados como su causa. Además, si no queremos alargar nuestra lista de posibles causas encontrando más variables precedentes, podemos hacer lo siguiente (y en la era de las computadoras, es aún más fácil): Podemos tomar cualquiera de las variables precedentes y probar diferentes relaciones funcionales entre ella y la variable a ser explicada—lineales o curvilíneas, funciones recursivas o no-recursivas, relaciones aditivas o multiplicativas, etc. Luego uno, dos, tres, encontramos lo que estábamos buscando: una relación funcional que se ajusta a los datos. Y uno puede encontrar no sólo una, sino cualquier cantidad que uno desee.

Pero, ¿cuál de todos esos eventos precedentes, o cuál de los tipos de relaciones, es la causa o relación causal correcta? Según el empiricismo, no hay consideraciones a priori que nos puedan ayudar aquí. Y esa, entonces, es la razón por la que los empiricistas enfatizan la importancia de las predicciones. Para averiguar cuál de estas explicaciones históricas es correcta—o por los menos no falsa—se nos pide probarlas usándolas en la predicción de eventos que no han ocurrido aún, ver qué tan buenas son, y así ir eliminando las explicaciones equivocadas.

Suficiente con el empiricismo y sus ideas sobre teoría, historia, y predicción. No entraré al análisis detallado de si el énfasis en el éxito predictivo cambia mucho, si es que acaso cambia, respecto a las evidentes implicancias relativistas del empiricismo. Basta con recordar que, de acuerdo a su doctrina propia, ni una confirmación predictiva ni una falsación predictiva nos ayuda a decidir si una relación causal entre un par de variables existe o no. Esto hace ver que es un tanto cuestionable si se gana algo haciendo de la predicción la piedra angular de filosofía de uno.

Quiero desafiar el punto mismo de partida de la filosofía de los empiricistas. Hay varias refutaciones definitivas del empiricismo. Mostraré que la distinción empiricista entre conocimiento empírico y analítico es simplemente falsa y auto-contradictoria.[23] Eso nos conducirá luego a desarrollar la posición austriaca sobre teoría, historia, y predicción.

La afirmación central del empiricismo es: el conocimiento empírico tiene que ser verificable o falsable por experimentación; y el conocimiento analítico, que no es verificable o falsable, por tanto no puede contener ningún conocimiento empírico. Si eso es cierto, entonces es justo preguntar: ¿Cuál es entonces el status de esta declaración fundamental del empiricismo? Evidentemente tiene que ser analítica o empírica.

Supongamos primero que es analítica. De acuerdo con la doctrina empiricista, sin embargo, una proposición analítica no es nada más que garabatos sobre papel, aire caliente, totalmente vacía de contenido significativo; que no dice nada sobre algo real. Y por tanto, uno tendría que concluir que el empiricismo no puede ni siquiera decir y significar lo que parece decir y significar. Pero si, por otra parte, dice y significa lo que pensábamos que decía, entonces sí nos informa acerca de algo real. De hecho, nos informa sobre la estructura fundamental de la realidad. Dice que no hay nada en la realidad que pueda conocerse ser de una forma u otra antes que experimentos futuros confirmen o no nuestra hipótesis.

Y si esta proposición significativa se considera analítica, es decir, como una declaración de que no permite falsación y cuya verdad puede ser establecida por un análisis de sus términos por sí solos, uno no tiene nada menos que una flagrante contradicción en mano. El empiricismo resultaría ser nada más que palabras sin sentido que se destruyen a sí mismas.[24]

Así que tal vez deberíamos elegir la otra opción disponible y declarar la distinción fundamental empiricista entre conocimiento empírico y analítico una proposición empírica. Pero entonces la posición empiricista ya no tendría ningún valor. Porque si hacemos eso, tendría que admitirse que la proposición—como empírica—bien podría estar equivocada, y uno podría preguntar entonces en base a qué criterio uno decidió si la proposición estaba errada o no. Más específicamente, como proposición empírica, correcta o incorrecta, sólo podría describir un hecho histórico, algo así como “todas las proposiciones hasta ahora examinadas caen en dos categorías, analíticas y empíricas”. La proposición sería completamente irrelevante para determinar si es posible producir proposiciones a priori verdaderas que sean empíricas. De hecho, si la afirmación central del empiricismo fuese declarada proposición empírica, el empiricismo dejaría por completo de ser una epistemología, una lógica de la ciencia, y no sería más que una convención verbal completamente arbitraria de llamar con ciertos nombres arbitrarios a ciertas formas arbitrarias de lidiar con ciertas proposiciones. El empiricismo sería una posición carente de cualquier justificación.

¿Qué demuestra este primer paso de nuestra crítica al empiricismo? Esto demuestra evidentemente que la idea empiricista sobre el conocimiento es errada, y lo demuestra por medio de un argumento a priori significativo. Y al hacerlo, demuestra que la idea kantiana y misesiana de proposiciones a priori sintéticas verdaderas es correcta. Más específicamente, demuestra que la relación entre teoría e historia no puede ser como dice el empiricismo. Tiene que haber también un campo de teoría—teoría de que es empíricamente significativa—que es categóricamente diferente a la idea de teoría que el empiricismo admite. También tiene que haber teorías a priori, y la relación entre teoría e historia entonces tiene que ser diferente y más complicada que la que el empiricismo nos quiere hacer creer. Cuán diferente se hará evidente cuando presente otro argumento contra el empiricismo, otro argumento a priori, y un argumento a priori contra la tesis implicada en el empiricismo de que la relación entre la teoría y la investigación empírica es la misma en todos los campo del conocimiento.

Sin importar que tan apropiadas sean las ideas empiricistas en las ciencias naturales (y creo que son inadecuadas incluso allí, pero no puedo ir a eso aquí)[25], es imposible pensar que los métodos del empiricismo pueden ser aplicables en las ciencias sociales.

Las acciones son el campo de los fenómenos que constituyen lo que consideramos las ciencias sociales. El empiricismo dice que las acciones pueden y tienen que ser explicadas, al igual que cualquier otro fenómeno, por medio de hipótesis de causalidad que pueden ser confirmadas o falsadas con experimentos.[26]

Ahora bien, si ese fuera el caso, entonces el empiricismo sería el primero en ser obligado a asumir—contrario a su propia doctrina de que no existe conocimiento a priori sobre nada real—que existen causas que operan de forma invariable en el tiempo para las acciones.

Uno no puede saber a priori qué evento particular podría ser la causa de una acción particular. Pero el empiricismo quiere que relacionemos experiencias diferentes respecto a secuencias de eventos, ya sea confirmando o falsando unas con otras. Y si se falsan entre sí, entonces respondemos con una reformulación de la hipótesis original. Sin embargo, para hacerlo, debemos asumir constancia en el tiempo de las causas que operan—y saber que sí existen causas para las acciones es, por supuesto, conocimiento sobre la realidad de las acciones. Sin tal supuesto sobre la existencia de causas así, las experiencias diferentes nunca podrían ser relacionadas entre sí como confirmaciones o falsaciones unas de otras. Serían simplemente observaciones inconmensurables no relacionadas. Una aquí, otra allá; las mismas o similares; o son diferentes. De eso no se desprende nada.[27]

Además, aún hay otra contradicción, y hacerla evidente nos lleva de inmediato a la idea central de Mises de que la relación entre teoría e historia en el campo de las ciencias sociales es de una naturaleza totalmente diferente a la que hay en las ciencias naturales.

¿Cuál es la contradicción? Si las acciones pudieran de hecho ser concebidas como regidas por causas que operan de forma invariable en el tiempo, entonces ciertamente uno podría preguntar: ¿Y qué se puede decir de los que dan las explicaciones? ¿Qué se puede decir de predecir causalmente las acciones de ellos? Son, después de todo, las personas que llevan a cabo el proceso mismo de creación de hipótesis y de verificación y falsación.

Para asimilar los experimentos de confirmación falsación—para reemplazar hipótesis viejas con otras nuevas—uno tiene supuestamente que ser capaz de aprender de la experiencia. Todo empiricista está, por supuesto, obligado a admitir eso. De lo contrario ¿para qué hacer investigación empírica?

Pero si uno puede aprender de la experimentación en formas aún desconocidas, entonces es cierto que uno no puede saber en un determinado momento lo que sabrá en un tiempo futuro y, en consecuencia, no puede saber cómo actuará sobre la base de ese conocimiento. Uno sólo puede reconstruir las causas de sus acciones después del evento, igual que uno puede explicar su conocimiento sólo después que ya lo posee. De hecho, ningún avance científico podría jamás alterar el hecho de que uno debe considerar su conocimiento y acciones como impredecibles sobre la base de las causas que operan de forma constante. Uno puede creer que esta concepción de libertad es ilusoria. Y uno bien podría estar en lo correcto si se considera el punto de vista de un científico con poderes cognitivos considerablemente superiores a cualquier inteligencia humana, o desde el punto de vista de dios. Pero no somos dios, e incluso si nuestra libertad fuese ilusoria desde su punto de vista y nuestras acciones siguieran una trayectoria predecible, para nosotros esa es una ilusión necesaria e inevitable. No podemos predecir de antemano, sobre la base de estados anteriores, el estado futuro de nuestro conocimiento o las acciones que resulten de ese conocimiento. Sólo podemos reconstruirlos después del evento.[28]

Por lo tanto, la metodología empiricista es simplemente contradictoria cuando se aplica al campo del conocimiento y de la acción—que contiene conocimiento como ingrediente necesario. Los científicos sociales empiricistas que formulan ecuaciones predictivas respecto a fenómenos sociales están simplemente haciendo cosas sin sentido. La actividad de embarcarse en una empresa cuyo resultados ellos tienen que admitir no saben todavía, demuestra que lo que pretenden hacer no se puede hacer. Como Mises lo expresa y ha enfatizado en repetidas ocasiones: No hay constantes empíricas causales en el campo de la acción humana.[29]

Usando razonamiento a priori entonces, se ha establecido esta idea: La historia social, en contraposición a la historia natural, no produce ningún conocimiento que pueda ser empleado con fines predictivos. En vez de eso, la historia social y económica se refiere exclusivamente al pasado. El resultado de investigar cómo y por qué la gente actuó en el pasado no tiene ninguna implicancia sistemática sobre si actuarán o no de la misma manera en el futuro. Las personas pueden aprender. Es absurdo asumir que se puede predecir en el presente lo que uno sabrá mañana y de qué manera el conocimiento de mañana será diferente o no al de hoy.

Una persona no puede predecir hoy su demanda de azúcar del próximo año más de lo que Einstein pudo haber predicho la teoría de la relatividad antes que la desarrollara. Una persona no puede saber hoy lo que sabrá sobre el azúcar dentro de un año. Y no puede conocer todos los productos que estarán compitiendo con el azúcar por su dinero dentro un año. Puede tratar de adivinar, por supuesto. Pero dado que se tiene que admitir que los futuros estados de conocimiento no se pueden predecir sobre la base de causas que operan de forma constante, una persona no puede pretender hacer una predicción del mismo tipo epistemológico, por ejemplo, que uno hace sobre el comportamiento futuro de la luna, el clima, o las mareas. Esas son predicciones que podrían legítimamente asumir causas que operan de forma invariable en el tiempo. Pero, una predicción sobre la demanda futura de azúcar es una cosa totalmente diferente.

De que la historia social y económica sólo pueda proveer explicaciones reconstructivas y nunca explicaciones que tengan alguna relevancia predictiva sistemática, otra idea muy importante respecto a la lógica de la investigación social empírica se desprende. Y esto es otra crítica decisiva contra el empiricismo, por lo menos en cuanto a su pretensión de ser la metodología adecuada para la investigación en las ciencias sociales.

Recuérdese lo que dije antes acerca de por qué el empiricismo enfatiza la función predictiva de las teorías explicativas. Para cada fenómeno a ser explicado hay una multitud de eventos precedentes, y una multitud de relaciones funcionales con dichos eventos precedentes con los que el fenómeno en cuestión podría ser explicado. Pero, ¿cuál de estas explicaciones rivales es correcta y cuáles no? La respuesta empiricista es: Trate de predecir, y el éxito o fracaso en la predicción de acontecimientos futuros le dirá cual explicación es correcta. Evidentemente, este consejo no va a servir si no hay causas que operan de forma invariable en el tiempo respecto a las acciones. ¿Entonces qué hacemos? El empiricismo, por supuesto, no tiene respuesta a esta pregunta.

Pero incluso si las acciones no se pueden predecir de forma científica, esto no implica que todas las explicaciones históricas reconstructivas sean igual de buenas. Sería absurdo que alguien explicara el hecho de que me mudé de Alemania a los Estados Unidos, señalando, por ejemplo, que el maíz en Michigan, antes de mi decisión, estaba experimentando un crecimiento acelerado y que eso causó mi decisión. Pero ¿por qué no, asumiendo que el evento sobre el maíz de Michigan de hecho sucedió antes de mi decisión? La razón es, por supuesto, que yo les diré que el maíz de Michigan no tuvo ninguna relevancia para mi decisión. Y en la medida en que se sepa algo de mí, se sabe que de hecho ése es el caso.

Pero, ¿cómo se puede reconocer esto? La respuesta es: mediante la comprensión de mis motivos e intereses, mis convicciones y aspiraciones, mis orientaciones normativas, y mis percepciones concretas que resultan en esta acción. ¿Cómo entendemos a alguien y, además, cómo podemos verificar que nuestra comprensión es realmente correcta? En cuanto a la primera parte de la pregunta—uno entiende a alguien entablando una pseudo-comunicación e interacción con esa persona. Digo pseudo porque, evidentemente, no podemos entrar en comunicación real con César para averiguar por qué cruzó el Rubicón. Pero podríamos estudiar sus escritos y comparar sus convicciones expresadas en ellos con sus decisiones reales; podríamos estudiar los escritos y las acciones de sus contemporáneos y así tratar de entender la personalidad de César, su tiempo, su rol particular y posición en el tiempo.[30]

En cuanto a la segunda parte de la pregunta—el problema de verificar las explicaciones históricas—uno debe admitir desde el principio que no existe un criterio absolutamente claro que permita a uno decidir cuál de las dos explicaciones rivales, ambas igualmente basadas en comprensión, es definitivamente correcta y cuál no. La historia no es una ciencia exacta en el mismo sentido que las ciencias naturales son ciencias exactas o en el sentido muy diferente en que la economía es una ciencia exacta.

Incluso si dos historiadores están de acuerdo en la descripción de los hechos y los factores que influenciaron la determinada acción que se trata de explicar, aún podrían estar en desacuerdo sobre el peso que debe asignarse a esos factores que provocaron la acción. Y no hay forma de decidir el asunto de forma completamente no ambigua.[31]

Pero no me malentiendan. A pesar de todo, hay cierto tipo de criterio de verdad para las explicaciones históricas. Es un criterio que no elimina todos los posibles desacuerdos entre historiadores, pero que excluye y descalifica a un amplio rango de explicaciones. El criterio es que cualquier explicación histórica verdadera debe ser de tal tipo que el actor cuyas acciones se tratan de explicar tiene, en principio, que ser capaz de verificar la explicación y los factores explicativos como aquellos que contribuyeron a su actuar en la forma que lo hizo.[32] La frase clave aquí es: en principio. Naturalmente, César no puede verificar nuestra explicación de su paso por el Rubicón. Además, de hecho él podría tener razones para no verificar la explicación incluso si pudiese, dado que tal verificación podría entrar en conflicto con algún otro objetivo que podría tener.

También, decir que una explicación verdadera tiene ser verificable por el actor en cuestión no quiere decir que cada actor sea siempre el más calificado para ser juez de su explicación. Puede ser que Einstein pueda explicar mejor que nadie por qué y cómo se le ocurrió la teoría de la relatividad cuando lo hizo. Pero eso podría no ser así. De hecho, podría muy bien ser posible que un historiador de la ciencia pueda entender a Einstein y las influencias que condujeron a su descubrimiento mejor que el mismo Einstein. Y eso puede ser posible porque los factores que influyen o las reglas que determinan las acciones de uno podrían ser sólo subconscientes.[33] O podrían ser tan obvias que uno no las nota simplemente por eso mismo.

La siguiente analogía puede ser muy útil para comprender el hecho curioso de que otros puedan entender a una persona mejor que la persona misma. Tomemos, por ejemplo, un discurso público. Por supuesto, en gran medida la persona que da el discurso, puede probablemente dar razones para decir lo que dice y enumerar las influencias que le llevaron a ver las cosas como las ve. Es probable que pueda hacerlo mejor que todo el resto de gente. Y sin embargo, al decir lo que dice, la persona sigue reglas habituales e inconscientes que apenas podría, o sólo con grandes dificultades, hacer explícitas. También sigue ciertas reglas de gramática cuando dice lo que dice. Pero muy a menudo sería completamente incapaz de formular estas reglas, a pesar de que claramente influyen en sus acciones. El historiador que comprende las acciones de alguien mejor que la persona en sí misma es bastante análogo al estudioso de gramática analizando la estructura de las frases de un orador público. Ambos reconstruyen y explícitamente formulan las reglas que de hecho se siguen, pero que no pueden, o sólo con grandes dificultades, ser formuladas por el orador mismo.[34]

El orador puede no ser capaz de formular todas las reglas que sigue y puede necesitar ayuda del historiador profesional o del estudioso de gramática. Pero, es de gran importancia darse cuenta que el criterio de verdad de la explicación del estudioso de gramática sin embargo sería que el orador tiene que ser capaz—en principio—de verificar si la explicación es correcta después de hacer explícito lo que antes se conocía de forma implícita. Para que la explicación del estudioso de gramática o del historiador sea correcta, el actor tendría que ser capaz de reconocer estas reglas como las que de hecho influyeron en sus acciones. Hasta aquí es suficiente sobre la lógica de la investigación histórica como investigación necesariamente reconstructiva basada en comprensión.[35]

El argumento que establece la imposibilidad de predicciones causales en el campo del conocimiento humano y las acciones podría haber dado la impresión de que si eso es así, entonces las predicciones podrían ser nada más que adivinanzas exitosas o fallidas. Esta impresión, sin embargo, sería tan errónea como sería pensar que se puede predecir la acción humana en el mismo modo que se puede predecir las etapas de crecimiento de las manzanas. Es aquí donde la genuina visión de Mises sobre la interacción de la teoría económica y la historia entra en escena.[36]

De hecho, la razón por la cual el futuro social y económico no puede ser considerado completa y absolutamente incierto no debería ser demasiado difícil de entender: La imposibilidad de predicciones causales en el campo de la acción se probó por medio de un argumento a priori. Y ese argumento incorporó conocimiento a priori verdadero acerca de las acciones: que no pueden ser concebidas como gobernadas por causas que operan de forma invariable en el tiempo.

Así, mientras que la predicción económica siempre será un arte sistemáticamente imposible de enseñar, es cierto al mismo tiempo que todas las predicciones económicas deben ser vistas como restringidas por la existencia de conocimiento a priori sobre las acciones.[37]

Tomemos, por ejemplo, la teoría cuantitativa del dinero, la proposición praxeológica de que si aumenta la cantidad de dinero, y la demanda de dinero se mantiene constante, entonces el poder adquisitivo de la moneda disminuye. Nuestro conocimiento a priori acerca de las acciones nos informa que es imposible predecir científicamente si la cantidad de dinero será incrementada, disminuida o no será alterada. Tampoco es posible predecir científicamente si, independientemente de lo que ocurra con la cantidad de dinero, la demanda de dinero que se mantiene en efectivo subirá, bajará o permanecerá igual. No podemos pretender ser capaces de predecir esas cosas porque no podemos predecir el estado futuro del conocimiento de las personas. Y sin embargo esos estados evidentemente influyen en lo que sucede con la cantidad de dinero y la demanda de dinero. Entonces, nuestra teoría, nuestro conocimiento praxeológico integrado en la teoría cuantitativa, tiene límites al momento de predecir el futuro económico.

La teoría no permitiría predecir eventos económicos futuros aunque, por ejemplo, fuese un hecho establecido que la cantidad de dinero fue expandida. Uno aún sería incapaz de predecir lo que pasaría con la demanda de dinero. Y aunque, por supuesto, eventos concurrentes a la demanda de dinero afectan el resultado (y cancelan, aumentan, disminuyen, aceleran o desaceleran los efectos provenientes del incremento de la oferta de dinero), esos cambios concurrentes no pueden en principio ser predichos o mantenidos constantes experimentalmente. Es un absurdo completo concebir al conocimiento subjetivo, cuyo cambio impacta las acciones, como predecible en base a variables anteriores y como posible de ser mantenido constante. El experimentador mismo que quiere mantener constante el conocimiento tiene, de hecho, que presuponer que su conocimiento, específicamente su conocimiento sobre el resultado del experimento, no puede ser asumido constante a lo largo del tiempo.

La teoría cuantitativa de dinero entonces no puede presentar ningún evento económico específico, cierto o probable, sobre la base de una fórmula que emplea constantes de predicción. La teoría, sin embargo, de todas formas restringiría el rango de predicciones correctas posibles. Y haría esto no como una teoría empírica, sino más bien como una teoría praxeológica, actuando como una restricción lógica en nuestra construcción de predicciones.[38] Las predicciones que no están en línea con ese conocimiento (en nuestro caso: la teoría cuantitativa) son sistemáticamente erróneas y hacerlas lleva a un número sistemáticamente cada vez más grande de errores de predicción. Esto no significa que alguien que basa sus predicciones en razonamiento praxeológico correcto necesariamente tendría que hacer mejores predicciones de eventos económicos futuros que alguien que llegó a sus predicciones a través de deliberaciones y cadenas de razonamiento lógicamente defectuosas. Significa que en el largo plazo el pronosticador praxeológico obtendría un mejor promedio que los no praxeólogos.

Es posible hacer una predicción errónea a pesar de haber identificado correctamente el evento “incremento de oferta de dinero” y a pesar tener el razonamiento praxeológicamente correcto de que tal evento está por necesidad lógica relacionado con el evento “disminución del poder adquisitivo del dinero.” Porque uno pudo equivocarse pronosticando lo que ocurriría con la “demanda de dinero.” Uno podría haber pronosticado una demanda de dinero constante, pero la demanda podría en realidad haberse incrementado. Entonces, la inflación pronosticada podría no presentarse como se esperaba. Y por otro lado, es igualmente posible que alguien haga la predicción correcta, que no caería el poder adquisitivo, a pesar de estar erróneamente convencido que un aumento en la cantidad de dinero no tiene nada que ver con el poder adquisitivo del dinero. Porque pudo ser que un cambio concurrente sucedió (la demanda por dinero aumentó) y contrarrestó su entendimiento erróneo de las causas y consecuencias, y accidentalmente convirtió su predicción en correcta.

Sin embargo, y esto me trae de vuelta al punto de que la praxeología restringe lógicamente nuestras predicciones de eventos económicos: ¿Qué pasa si asumimos que todos aquellos que hacen predicciones, incluyendo aquellos con y sin conocimiento praxeológico, están en promedio igualmente bien equipados para anticipar los otros cambios concurrentes? ¿Qué pasa si tienen en promedio igual suerte adivinando el futuro social y económico? Evidentemente, tenemos entonces que concluir que los que hacen predicciones reconociendo y en concordancia con las leyes praxeológicas, como la teoría cuantitativa del dinero, serán más exitosos que el grupo que es ignorante de la praxeología.

Es imposible construir una fórmula de predicción que emplee el supuesto de causas que operan de forma invariable en el tiempo que nos permita predecir científicamente los cambios en la demanda de dinero. La demanda de dinero depende necesariamente del estado futuro de conocimiento de la gente, y el conocimiento futuro es impredecible. Por eso el conocimiento praxeológico tiene una utilidad predictiva muy limitada.[39]

Pero de todos los que correctamente pronostican un aumento en la demanda de dinero y perciben de forma correcta que un aumento en la cantidad de dinero ha ocurrido, sólo aquellos que conocen la teoría cuantitativa del dinero harán una predicción correcta. Y aquellos cuyas convicciones están en desacuerdo con la praxeología necesariamente se equivocarán.

Entender la lógica de la predicción económica y la función práctica del razonamiento praxeológico es, entonces, ver a los teoremas a priori de la economía como restricciones lógicas sobre las predicciones empíricas y como límites lógicos sobre lo que puede, o no, suceder en el futuro.

[1]Los dos primeros ensayos están basados en dos lecturas dictadas en la “Conferencia de Instrucción Avanzada sobre Economía Austriaca,” en el Ludwig von Mises Institute, Junio ​​21-27, 1987. El tercer ensayo es una reimpresión de La Economía y Ética de la Propiedad Privada (Kluwer Academic Publishers en 1993), pp. 141-64.

[2]Ludwig von Mises, La Acción Humana (Chicago: Henry Regnery, 1966), p.32

[3]El trabajo metodológico de Mises está contenido principalmente en sus Problemas Epistemológicos de la Economía (New York: New York University Press, 1981); Teoría e Historia (Washington, DC: Ludwig von Mises Institute, 1985); El Fundamento Último de la Ciencia Económica (Kansas City, Kansas. Sheed Andrews y McMeel, 1978); La Acción Humana, Parte I.

[4]Mark Blaug, La Metodología de la Economía (Cambridge: Cambridge University Press, 1980), p. 93; para una declaración de indignación similar véase Paul Samuelson, Collected Scientific Papers, vol. 3 (Cambridge, Mass.: Harvard University Press, 1972), p 761.

[5]Otro prominente crítico de la praxeología es Terence W. Hutchison, La Significancia y los Postulados Básicos de la Teoría Económica (Londres: Macmillan, 1938). Hutchison, igual que Blaug, un partidario de la variante popperiana del empiricismo, se ha vuelto mucho menos entusiasta sobre las perspectivas de avanzar la economía sobre las líneas empiricistas (véase, por ejemplo, su Conocimiento e Ignorancia en Economía [Chicago: University of Chicago Press, 1977]; y La Política y La Filosofía de la Economía [Nueva York: New York University Press 1981]), sin embargo, él aún no ve alternativa al falsacionismo de Popper. Una posición y desarrollo muy similar a Hutchison se encuentra en H. Albert (véase su temprana Marktsoziologie und Entscheidungslogik (Neuwied: 1967). Para una crítica a la posición empiricista, véase Hans-Hermann Hoppe, Kritik der kausalwissenschaftlichen Sozialforschung. Unterschungen zur Grundlegung von Soziologie und Ökonomie (Opladen: 1983), “¿Es Posible la Investigación Basada en Principios Científicos Causales en las Ciencias Sociales?” Ratio 25, no. 1 (1983); “En Defensa del Racionalismo Extremo,” Review of Austrian Economics 3 (1988); “Sobre la Praxeología y los Fundamentos Praxeológicos de la Epistemología y la Ética,” en El Significado de Ludwig von Mises, editado por Llewellyn H. Rockwell, Jr., (Auburn, Ala.: Ludwig von Mises Institute, 1989).

[6]Jean-Baptiste Say, Tratado de Economía Política (New York: Augustus Kelley, [1880] 1964, p. xx, xxvi.

[7]Nassau Senior, Un Esbozo de la Ciencia de la Economía Política (New York: Augustus Kelley, [1836] 1965), pp. 2-3,5.

[8]John E. Cairnes, El Carácter y el Método lógico de la Economía Política (Nueva York: Augustus Kelley, 1965), p. 83,87,89 -90,95-96.

[9]Véase Carl Menger, Untersuchungen über die der Methoden Sozialwissenschaften (Leipzig: 1883); Idem, Die Irrtümer des Historismus in der Deutschen Nationalökonomie (Viena: 1884); Eugen von Böhm-Bawerk, Schriften, F. X. Weiss, ed. (Viena 1924); Friedrich von Wieser, Theorie der Wirtschaft gesellschaftlichen (Tübingen: 1914); idem, Gesammelte Abhandlungen (Tübingen: 1929). Para una evaluación de Mises a sus predecesores, ver sus Problemas Epistemológicos de la Economía, pp. 17-22. El término “a priori” en relación con los teoremas económicos también es utilizado por Frank H. Knight; sus escritos metodológicos, sin embargo, carecen de rigor sistemático. Véase su “¿Qué Es Verdad en Economía”, en Sobre la Historia y el Método de la Economía, de Knight (Chicago: University of Chicago Press, 1956); y “Las Limitaciones del Método Científico en Economía”, en La Ética de la Competencia, de Knight (Chicago: University of Chicago Press, 1935).

[10]Richard von Strigl, Die ökonomischen Kategorien und die Organisation der Wirtschaft (Jena: 1923).

[11]Vale la pena mencionar que la posición metodológica de Robbins, al igual que la de Friedrich A. Hayek, se hizo cada vez menos misesiana con el tiempo debido principalmente a la influencia de Karl R. Popper, su colega en el London School of Economics. Véase de Lionel Robbins, Una Autobiografía de un Economista (London: Macmillan, 1976); el desacuerdo de Hayek con la praxeología de Mises ha sido recientemente reafirmada en su “Einleitung” en Erinnerungen de Ludwig von Mises (Stuttgart: 1978). El veredicto completamente negativo de Mises a Popper puede encontrarse en su El Fundamento Último de la Ciencia Económica, p. 70. En apoyo a este veredicto véase también Hans H. Hoppe Kritik der kausalwissenschaftlichen Sozialforschung (Opladen: Westdeutscher Verlag, 1983), pp. 48-49.

[12]Una brillante interpretación y justificación de la epistemología apriorística de Kant se encuentra en F. Kambartel, Erfahrungund Struktur. Bausteine ​​zu einer Kritik des Empirismus und Formalismus (Frankfurt/M.: 1968), especialmente el capítulo 3, véase también Hans-Hermann Hoppe, Handeln und Erkennen (Bern: 1976).

[13]Immanuel Kant, La Crítica de la Razón Pura, en Kant, Werke, vol. 2, W. Weischedel, ed. (Wiesbaden: 1956), p. 23.

[14]Véase en particular el trabajo de F. Kambartel citado en la nota 12; instructiva también es la interpretación de Kant dada por el biólogo-etólogo D. Lorenz, Vom Weltbild des Verhaltensforschers (Munich: 1964); Idem, Die Spiegel des Rückseite, Versuch einer Naturgeschite menschlichen Erkennens (Munich: 1973). Entre algunos seguidores del Austrianismo, la interpretación de Kant por Ayn Rand (véase, por ejemplo, su Introducción a la Epistemología Objetivista (Nueva York: New American Library, 1979); o Para el Nuevo Intelectual (Nueva York: Random House, 1961) goza de gran popularidad. Su interpretación, repleta de acusaciones denunciatorias, sin embargo, se caracteriza por una ausencia completa de documentación interpretativa alguna. Véase, respecto a la ignorancia arrogante de Rand sobre Kant, B. Goldberg, “‘Para el Nuevo Intelectual’ de Ayn Rand,” New Individualist Review 1, n. 3 (1961).

[15]Véase Kant, La Crítica de la Razón Pura, p. 25. Sea o no tal interpretación de la epistemología de Kant correcta es, por supuesto, un asunto muy diferente. Aclarar tal problema, sin embargo, aquí no es importante. Para una interpretación activista o constructivista de la filosofía kantiana véase E. Kambartel, Erfahrung und Struktur, capítulo 3; también Hoppe, Handeln und Erkennen (Bern: Lang, 1976).

[16]Para interpretaciones kantianas de las matemáticas véase H. Dingler, Philosophie der Logik und Mathematik (Munich: 1931); Paul Lorenzen, Einführungin in die operative Logik und Mathematik (Frankfurt/M.: 1970); Ludwig Wittgenstein, Observaciones sobre los Fundamentos de las Matemáticas (Cambridge, Mass.: MIT Press, 1978); también Kambartel, Erfahrung und Struktur, pp. 118-22; para una interpretación inusualmente cuidadosa y cautelosa del kantismo desde el punto de vista de la física moderna, ver P. Mittelstaedt, Philosophische Probleme der modernen Physik (Nannheim: 1967).

[17]Para algunas consideraciones más profundas sobre estos asuntos, véase Hoppe “En defensa de Racionalismo Extremo.”

[18]Sobre esto y lo siguiente ver Mises, La Acción Humana, capítulos IV y V.

[19]Véase también Hoppe, Kritik der kausalwissenschaftlichen Sozialforschung, capítulo 3.

[20]Para varias cuentas representativas del empiricismo—unidas en su oposición a cualquier forma de apriorismo—véase R. Carnap, Der Logische Aufbau der Welt (Hamburg: 1966); idem, Testability and Meaning (New Haven, Connecticut: Yale University Press, 1950); Alfred J. Ayer, Lógica, Verdad y Lenguaje (New York: Dover, 1952), Karl R. Popper, La lógica del Descubrimiento Científico (New York: Harper and Row, 1959); idem, Conjeturas y refutaciones (Londres: Routledge and Kegan Paul, 1969); C. G. Hempel, Aspectos de la Explicación Científica (Nueva York: Free Press, 1970); para cuentas que también prestan cierta atención a la economía, ver en particular, Ernest Nagel, La Estructura de la Ciencia (New York, Harcourt, Brace and World, 1961); Felix Kaufmann, Metodología de las Ciencias Sociales (Atlantic Highlands, New Jersey, Humanities Press, 1944).

[21]Sobre las implicancias relativistas y—a nivel de política—las implicancias intervencionistas del empiricismo, véase Hans-Hermann Hoppe, “La Fachada Intelectual Para el Socialismo,” The Free Market (febrero, 1988).

[22]Para el énfasis en predicción de los empiricistas-positivistas, ver en particular Milton Friedman, “La Metodología de la Economía Positiva,” en Ensayos sobre Economía Positiva, de Friedman (Chicago: University of Chicago Press, 1953).

[23]Sobre las críticas racionalistas al empiricismo, ver Kambartel, Erfahrung und Struktur; Brand Blanshard, Razón y Análisis (LaSalle, Illinois, Open Court, 1964); A. Pap, Semántica y Verdad Necesaria (New Haven, Connecticut: Yale University Press, 1958); Martin Hollis y Edward Nell, El Hombre Económico Racional (Cambridge: Cambridge University Press, 1975).

[24]Mises escribe en El Fundamento Último de la Ciencia Económica:

La esencia del positivismo lógico es negar el valor cognitivo del conocimiento a priori señalando que todas las proposiciones a priori son meramente analíticas. Ellas no proporcionan información nueva, sino que son simplemente verbales o tautológicas, afirmando lo que ya estaba implicado en las definiciones y premisas. Sólo la experiencia puede producir proposiciones sintéticas. Hay una objeción obvia contra de esta doctrina, a saber, que esta proposición que no hay proposiciones sintéticas a priori es en sí misma una—según este escritor piensa, falsa—proposición sintética a priori, ya que no puede ser establecida, con claridad y evidencia, por la experiencia . (p. 5)

[25]Al respecto véase, además de las obras citadas en la nota 23, en particular H. Dingler, Die Ergreifung des Wirklichen (Munich: 1955); idem, Aufbau der exakten Fundamentalwissenschaft (Munich: 1964); Paul Lorenzen, Methodisches Denken (Frankfurt/M.: 1968); F. Kambartel y J. Mittelstrass, eds., Zum normativen Fundament der Wissenschaft (Frankfurt/M.: 1973); También mi “En Defensa de Racionalismo Extremo.”

[26]Además de la bibliografía citada en la nota 20 véase, por ejemplo, productos empiricistas típicos como Arthur Goldberger y Otis D. Duncan, editores, Modelos de Ecuaciones Estructurales en las Ciencias Sociales (San Diego, California: Academic Press, 1973);. H. B. Blalock, ed, Inferencias Causales en Investigación No Experimentales (Chapel Hill: University of North Carolina Press, 1964); Arthur L. Stinchcombe, Construyendo Teorías Social (Nueva York, Harcourt, Brace & World, 1968).

[27]Sobre esto y lo siguiente, véase Hoppe, Kritik der kausalwissenschaftlichen Sozialforschung, capítulo 2, y “¿Es Posible Hacer Investigación Basada en Principios Científicos Causales en las Ciencias Sociales? ”

[28]Curiosamente, este argumento fue primero expuesto por Karl R. Popper en el prefacio de su libro La Pobreza del Historicismo (London: Routledge & Kegan Paul, 1957). Sin embargo, Popper falló por completo en darse cuenta de que tal argumento, en realidad invalida su propia idea de un monismo metodológico (Einheitswissenschaft) y demuestra la inaplicabilidad de su falsacionismo en el campo de la acción humana y el conocimiento. Véase sobre esto mi Kritik der kausalwissenschaftlichen Sozialforschung, pp. 44-49; K. O. Apel, Die Erklären: Verstchen Kontroverse in transzendental-pragmatischer Sicht (Frankfurt/M.: 1979), pp. 44-46, nota 19.

[29]Mises, La Acción Humana, pp. 55-56.

[30]Sobre la lógica de la historia, véase Mises, Teoría e Historia, capítulo 14; El Fundamento Último de la Ciencia Económica, pp. 45-51; La Acción Humana, pp. 47-51, 59-64.

[31] Mises, La Acción Humana, pp. 57-58.

[32]Sobre la lógica de la reconstrucción y verificación histórica y sociológica, véase también Hoppe, Kritik der kausalwissenschaftlichen Sozialforschung, pp. 33-38.

[33]Sobre la lógica de la explicación y la verificación psicoanalítica, véase A. MacIntyre, El Inconsciente (Londres: Duckworth, 1958); Jürgen Habermas, Erkenntnis und interesse (Frankfurt/M.: 1968), capítulo 2, sobre la relevancia del psicoanálisis también Mises, La Acción Humana, p. 12.

[34]Sobre la lógica de las explicaciones lingüísticas como envolviendo la reconstrucción de las reglas que requieren confirmación a través del “conocimiento intuitivo” de “hablantes competentes,” ver Noam Chomsky, Aspectos de la Teoría de la Sintaxis (Cambridge: MIT Press, 1965); también K. O. Apel, “Noam Chomsky Sprachtheorie und die Philosophie der Gegenwart” de Apel, Transformation der Philosophie, vol. 2 (Frankfurt/M.: 1973).

[35]Para críticas importantes de la filosofía empiricista-positivista de las ciencias sociales empíricas, y explicaciones de la investigación social como basada en comprensión reconstructiva, véase también K. O. Apel, Transformation der Philosophie; idem, Die Erklären: Verstehen Kontroverse in transzendental-pragmatischer Sicht; Peter Winch, La Idea de una Ciencia Social y Su relación con la Filosofía (Atlantic Highlands, New Jersey, Humanities Press, 1970); idem, Ética y Acción (Londres: Routledge and Kegan Paul, 1972), Jürgen Habermas, Zur Logik der Sozialwissenschaften (Frankfurt/M.: 1970); G. H. von Wright, Explicación y Comprensión (Ithaca, NY: Cornell University Press, 1971).

[36]Sobre la relación entre la teoría y la historia, ver en particular, Mises, La Acción Humana, pp. 51-59; y Problemas Epistemológicos de la Economía, capítulos 2-3.

[37]El ex-austriaco y neo-historicista-hermeneuta-nihilista Ludwig Lachmann, que repite ad nauseam la imprevisibilidad de los estados futuros de conocimiento—ver su “De Mises al Grillete: Un Ensayo sobre Economía Austriaca y la Sociedad Caleidoscópica,” Journal of Economic Literature 54 (1976); El Mercado Como un Proceso Económico (New York: Basil Blackwell, 1986)—completamente pierde de vista este último punto. De hecho, sus argumentos simplemente se auto-destruyen. Porque evidentemente él afirma saber con certeza la ‘desconocibilidad’ del conocimiento futuro y, por extensión lógica, de las acciones. Pero, entonces él sí sabe algo sobre el conocimiento futuro y la acción futura. Él tiene que saber algo sobre el conocimiento y la acción como tales. Y esto es, precisamente, lo que la praxeología dice ser: conocimiento respecto a las acciones como tales, y (como he explicado en mi “Sobre Praxeología y los Fundamentos Praxeológicos de la Epistemología y la Ética”, pág. 49 abajo) conocimiento sobre la estructura que todo conocimiento futuro tiene que tener en virtud del hecho de que invariablemente debe ser el conocimiento de actores.

[38]Sobre la lógica de la predicción social y económica, véase también Hoppe “En defensa de Racionalismo Extremo,” Review of Austrian Economics 3 (1988), secciones 3, 4.

[39]Véase también Murray N. Rothbard, Poder y Mercado (Kansas City, Kansas. Sheed Andrews y McMeel, 1977), pp. 256-58, sobre la función diferente de la teorización económica en un entorno de libre mercado versus un entorno obstaculizado por la intervención del gobierno.

Traducido del inglés por Dante Bayona.

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Socialismo: ¿Un problema de propiedad o conocimiento?

por Hans-Hermann Hoppe
Tomado de Mises Hispano

En una serie de recientes artículos en el Review of Austrian Economics, Joseph Salerno empezó a des-homogeneizar las frecuentemente mezcladas teorías económicas y sociales de Ludwig von Mises y Friedrich A. Hayek. En particular, él ha mostrado que los puntos de vista de ellos respecto al socialismo son diferentes, y ha sostenido que el argumento original de Mises en el tal llamado debate sobre el cálculo socialista estuvo correcto todo el tiempo y fue finalmente la última palabra, mientras que la contribución distintiva de Hayek al debate fue falaciosa desde el comienzo, y sólo agregó confusión. La nota siguiente proveerá apoyo adicional a la tesis de Salerno.

El argumento bien conocido de Mises es como sigue: si no hay propiedad privada sobre la tierra y los otros factores de producción, entonces no puede haber precios de mercado para ellos. Por tanto, el cálculo económico, es decir, la comparación a la luz de los precios corrientes, del ingreso anticipado, y el costo esperado expresado en términos de un medio de intercambio común—dinero—(permitiendo así operaciones cardinales de contabilidad), es literalmente imposible. Así, el error fatal del socialismo es la ausencia de propiedad privada sobre la tierra y los factores de producción, y por implicación, la ausencia de cálculo económico.

Para Hayek, el problema del socialismo no es la falta de propiedad sino una falta de conocimiento. Su distintiva tesis es completamente diferente a la de Mises.[1] Para Hayek, la falla última del socialismo es el hecho que el conocimiento, en particular “el conocimiento de las circunstancias particulares de tiempo y lugar,” existe sólo en una forma muy dispersa como posesión personal de varios individuos; por esta razón, es prácticamente imposible reunir y procesar todo el conocimiento existente en la mente un solo planificador central socialista. La solución de Hayek no es propiedad privada, sino la descentralización del uso de conocimiento.

Pero ciertamente tal tesis es absurda. Primero, si el uso centralizado de conocimiento es el problema, entonces es difícil explicar por qué existen familias, clubs, y empresas, o por qué ellas no presentan los mismos problemas del socialismo. Las familias y las empresas también tienen planificación central. El jefe de familia y el dueño de la empresa también hacen planes que restringen el uso que otra gente puede hacer de su propio conocimiento privado, sin embargo las familias y las empresas no son conocidas por compartir los problemas del socialismo. Para Mises esta observación no presenta ninguna dificultad: en socialismo la propiedad privada está ausente, mientras que en las familias individuales y las empresas privadas están basadas en la institución misma de la propiedad privada. Pero para Hayek la forma armoniosa en que operan las familias y las empresas es un misterio, porque su idea de una sociedad completamente descentralizada es una en la que cada persona toma sus propias decisiones basándose en su conocimiento único de las circunstancias, sin restricciones de un plan central o una norma (social) supra-individual (como la institución de la propiedad privada).

Segundo, si el desideratum es simplemente el uso descentralizado de conocimiento en la sociedad, entonces es difícil entender por qué los problemas del socialismo son fundamentalmente diferentes de los que enfrentan las otras formas de organización social. Toda organización humana, compuesta, como es, por distintos individuos, constante e inevitablemente hace uso de conocimiento descentralizado. En socialismo, el conocimiento descentralizado es utilizado no menos que en las empresas privadas o en las familias. Como en una empresa, en el socialismo existe un plan central; y dentro de las restricciones de ese plan, los obreros socialistas y los empleados de la empresa utilizan su propio conocimiento descentralizado de circunstan­cias de tiempo y lugar para implementar y ejecutar el plan. Para Mises, todo eso está completa­mente fuera del punto. Pero dentro de la estructura analítica de Hayek no hay diferencia entre socialismo y una corporación privada. Así, no puede haber más problemas con la primera que con la segunda.

Claramente, la tesis de Hayek sobre el problema central del socialismo no tiene sentido. Lo que categóricamente distingue al socialismo de las empresas y las familias no es la existencia de conocimiento centralizado o la falta de uso de conocimiento descentralizado, sino la ausencia de propiedad privada, y, por tanto, de precios. De hecho, en ocasionales referencias a Mises y su argumento original sobre el cálculo, Hayek a veces parece darse cuenta de eso también. Pero su intento de integrar su tesis con la de Mises y por tanto proveer una síntesis teórica superior falla.

La síntesis hayekiana consiste de la siguiente conjunción proposicional: “fundamentalmente, en un sistema en el que el conocimiento de hechos relevantes está disperso entre mucha gente, los precios pueden actuar para coordinar las acciones separadas de gente diferente” y “el sistema de precios” puede servir como “un mecanismo para comunicar información.”[2] Mientras la segunda parte de esta proposición impacta a uno como vagamente misesiana, no es claro en absoluto cómo está lógicamente relacionada a la primera, excepto a través de la asociación elusiva de Hayek sobre “precios” con “información” y “conocimiento.” Sin embargo, esta asociación es más un truco semántico que una argumentación rigurosa. Por un lado, es inofensivo hablar de precios transportando información. Ellos informan sobre ratios de intercambio del pasado. Pero es un non-sequitur concluir que el problema central del socialismo es la falta de conocimiento. Esto sólo sería así si los precios de hecho fueran información. Sin embargo ese no es el caso. Los precios proporcionan información, pero son ratios de intercambio de bienes diferentes, que resultan de las interacciones voluntarias de distintos individuos basados en la institución de la propiedad privada. Sin la institución de la propiedad privada, la información transportada por los precios simplemente no existe. La propiedad privada es la condición necesaria—die Bedingung der Möglichkeit—del conocimiento comunicado a través de los precios. Pero luego es correcto sólo concluir, como hace Mises, que es la ausencia de la institución de la propiedad privada lo que constituye el problema del socialismo. Sostener que el problema del socialismo es falta de conocimiento, como hace Hayek, es confundir causa y efecto, o premisa y consecuencia.

Por otro lado, la identificación que hace Hayek de “precios” y “conocimiento” envuelve una equivocación engañosa. Hayek no sólo falla en distinguir entre lo que podría ser llamado conocimiento institucional—información que requiere para su existencia una institución (tal como el conocimiento de precios requiere propiedad privada)—y conocimiento extra-institucional—como: esto es un árbol de cedro, me gustan la nueces, o las aves pueden volar. Además, Hayek también falla en darse cuenta que el conocimiento de precios no es para nada el mismo tipo de conocimiento cuya existencia él cree ser responsable por la “imposibilidad práctica” del socialismo y la planificación central. Lo que hace imposible la planificación central, según Hayek, es el hecho que parte del conocimiento humano existe sólo como esencialmente información privada:

prácticamente cada individuo tiene una ventaja sobre todos los otros porque posee información única de la cual puede hacerse uso beneficioso, pero de la cual puede hacerse uso sólo si las decisiones que dependen de ella son dejadas a él o son hechas con su cooperación activa.[3]

Si bien es cierto que tal conocimiento existe, y si bien también es cierto que conocimiento únicamente privado por supuesto nunca puede ser centralizado (sin pérdida de información), ciertamente no es verdad que el conocimiento de precios esté en esa categoría de información únicamente privada. Aclaremos, los precios son “precios pagados en tiempos y lugares específicos,” pero eso no los hace información privada en el sentido hayekiano. Al contrario, la información transportada por los precios es información pública, porque los precios—qua ratios objetivos de intercambio—son eventos reales. Puede ser difícil conocer todos los precios pagados en fechas y lugares específicos, como puede ser difícil conocer la ubicación de cada persona en un tiempo específico. Pero difícilmente es imposible conocer alguno de ellos, y con la tecnología actual de las computadoras es probablemente fácil. En cualquier caso, si bien yo no puedo nunca conocer todo lo que tú conoces, y viceversa, no es más problemático asumir que ambos de nosotros podemos simultáneamente poseer la misma información de precios de lo que nosotros podemos simultáneamente conocer los mismo resultados del baseball. Por esta razón, la información transportada por los precios de hecho sí puede ser centralizada. Pero si la información de precios es información pública y puede ser centralizada, entonces, de acuerdo a la tesis de Hayek de que el problema del socialismo surge de la ineficiencia en tratar de centralizar conocimiento privado genuinamente incentralizable, se desprende que la ausencia de precios, y por tanto de propiedad privada, no tiene nada que ver con el problema de socialismo. De otra forma, si uno insiste, con Mises, en que la ausencia de propiedad privada y precios sí tiene algo que ver con los problemas del socialismo, la contribución de Hayek al debate del socialismo tiene que ser abandonada como falsa, confusa e irrelevante.

El error de Hayek sobre la naturaleza del socialismo es un síntoma de una falla fundamental en su pensamiento, que se expande no sólo en su teoría económica sino en particular también en su filosofía política: su ultra-subjetivismo. Hayek, como han notado y citado ad nauseam sus numerosos seguidores, estaba convencido que “probablemente no es exageración decir que cada avance importante en teoría económica durante los cien últimos años era un paso adelante en la aplicación consistente del subjetivismo.”[4] Si bien eso puede ser cierto, de eso no sigue lógicamente que cada paso adelante hacia el subjetivismo tiene que llevar hacia un avance en teoría económica. Sin embargo, Hayek parece haber trazado esa conclusión, convirtiéndose luego en un gran ejemplo ilustrando esa falsedad.

Mises, y siguiendo sus pasos incluso de forma más clara Murray N. Rothbard, concibió la economía como la ciencia de la acción humana. La acción tiene dos inseparables aspectos: un aspecto subjetivo (la acción es racional, acción inteligible) y un aspecto objetivo (la acción es siempre acción con cosas reales y físicas). De acuerdo a esto, la economía y la filosofía política de Mises y Rothbard es siempre robusta, y sus categorías y teorías invariablemente poseen significado real operacional: propiedad privada, división de trabajo basada en propiedad privada, producción, intercambio directo e indirecto, y también la interferencia obligatoria contra la propiedad privada, la producción y el intercambio tal como los impuestos, falsificación, legislación y regulación.

En contraste distinto, Hayek—y guiados mal por él en diferentes grados también Israel Kirzner y Ludwig Lachmann—ve a la economía como cierto tipo de ciencia del conocimiento humano. De acuerdo a eso, las categorías de Hayek y sus teorías se refieren a fenómenos puramente subjetivos y son invariablemente evasivos e incluso ilusorios. Él no se preocupa de la acción con cosas, sino del conocimiento y la ignorancia, la división, dispersión y difusión de conocimiento, del estado de alerta, descubrimiento, aprendizaje, y la coordinación y divergencia de planes y expectativas. Los eventos del mundo externo—físico—y real—material—han desaparecido casi completamente de su vista. Las categorías de Hayek hacen referencia a estados mentales de situaciones y relaciones, completamente alejados de, y compatibles con, cualquier estado físico real de situaciones y eventos.

Lo más notable e inquietante es que el ultra-subjetivismo se convierte en la filosofía política de Hayek. De acuerdo a una larga tradición de filosofía política compartida por Mises y Rothbard, la libertad se define como libertad para poseer—y controlar—propiedad real, y coerción es la iniciación de daño físico sobre la propiedad privada de otros. En contraste distinto, Hayek define libertad como “un estado en el que cada uno puede usar su propio conocimiento y para sus propios propósitos,”[5] y coerción significa “tal control del medio ambiente o las circunstancias de una persona por otra que para evitar un daño más grande, él es forzado a actuar no de acuerdo a su propio plan sino para servir los fines de otro,”[6] o alternativamente, “coerción ocurre cuando las acciones de un hombre se hacen para servir la voluntad de otro hombre, no para sus propios propósitos sino para los propósitos del otro”[7] (todos los énfasis son míos). Claramente, la definición de Hayek no contiene nada sobre bienes escasos y propiedad real tangible, y no provee criterio físico o indicador para la existencia o no existencia de alguno de los dos. En lugar de eso, coerción y libertad hacen referencia a configuraciones específicas de voluntades, planes, pensamientos o expectativas subjetivos. Como predicados mentales, las definiciones de Hayek de libertad y coerción son compatibles con toda situación real y física. No poseen ningún poder para hacer alguna distinción real.[8]

Está fuera de las intenciones de esta nota ofrecer una crítica detallada y refutación al ultra-subjetivismo de Hayek. Sin embargo, aparte de la cuestión fundamental sobre si una ciencia del conocimiento como la imaginada por Hayek es incluso posible, es decir, si puede haber otra ciencia del conocimiento aparte de la lógica y la epistemología por un lado, y la historia de la ideas por el otro lado,[9] dos conclusiones son dolorosamente claras. Incluso si la ciencia del conocimiento de Hayek es posible, parece ser en el mejor de los irrelevante porque praxiológicamente—operacionalmente—no tiene significado. Y en el peor de los casos, intelectualmente perniciosa al promover el relativismo.

Respecto al mundo real de la acción sobre propiedad física, de producción e intercambio, dinero y mercados, ganancias y pérdidas, acumulación de capital y bancarrota, no puede haber duda de la existencia de leyes y la operación sin cesar de una tendencia hacia un equilibrio general—acción-coordinación. De igual forma, no puede haber duda sobre la existencia de leyes y la operación constante de tendencias des-equilibradoras dentro del mundo de los impuestos, falsificación, legislación, y regulación reales. De hecho, sería extremada­mente costoso—prohibitivo—no reconocer tales leyes y adoptar puntos de vista relativistas. En contraste, al mover la atención subrepticiamente del mundo tangible de acción y propiedad hacia el mundo etéreo de conocimiento, ideas, planes y expectativas, los puntos de vista relativistas se vuelven atractivos (y baratos). No hay aparentes regularidades y tendencias en el mundo del conocimiento de Hayek. De hecho, es difícil incluso imaginar el significado de “ley” y “equilibrio” en el contexto de fenómenos puramente subjetivos. En lugar de eso existe aparentemente nada más que cambio caleidoscópico constante.

Difícilmente sorprende entonces que Hayek y sus seguidores proclamen slogans relativistas tales como que no podemos hacer nada para mejorar nuestra condición excepto apoyarnos en evolución espontánea, que nuestro futuro es completamente no-conocible, o que no podemos hacer nada sino participar en una conversación abierta y sin fin. En lo que al campo de los fenómenos puramente subjetivos concierne, y como dirigido a un ser puramente espiritual—sin cuerpo, eso puede ser bien un buen consejo. Los que de hecho poseen existencia física—corpórea, sin embargo ¿por qué estarían siquiera interesados en eso? Aplicado al mundo de la acción corpórea y la propiedad, tal consejo es una tontería auto-destructiva.

Nota:
El trabajo de Joseph Salerno al que Hoppe se refiere es: Postscript: Why a Socialist Economy is “Impossible” by Joseph T. Salerno. (pág. 34)

Socialism: A Property or Knowledge Problem?
The Review of Austrian Economics Vol. 9,No. 1 (1996): 143-49

[1]Ver en particular el ampliamente aclamado artículo de 1945 sobre “El Uso del Conocimiento en la Sociedad,” reimpreso en F.A. Hayek, Individualismo y Orden Económico (Chicago: University of Chicago Press, 1948).

[2]Ibid., pp. 85-86.

[3]Ibid., p. 80.

[4]La Contrarrevolución de la Ciencia (New York: Free Press, 1955.) p. 31.

[5]Ley, Legislación y Libertad, Vol. 1 (Chicago: University of Chicago Press, 1973), pp. 55-56.

[6]La Constitución de la Libertad (Chicago: University of Chicago Press, 1960), pp. 20-21.

[7]Ibid., p. 133

[8]Ver también Hans-Hermann Hoppe, “Hayek sobre el Gobierno y la Evolución Social,” Review of Austrian Economics 7, no. 1 (1994): esp. 70f.

[9]Para unas dudas muy serias sobre esto, ver Hans-Hermann Hoppe, Kritik der Kausalwissenschaftlichen Sozialforschung (Opladen: Westdeutscher Verlag, 1983).

Traducido del inglés por Dante Bayona.

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El Banco Central de Venezuela, la Gran Estafa

Por Willians Ruiz
Tomado de Mises Hispano

“Sobre la difícil cuestión de hasta qué punto los bancos centrales pueden llevar a cabo esta difícil tarea, hay muchas contestaciones posibles. Los optimistas pensarán que ellos serán capaces de compensar con creces los peligros que su existencia crea. Los pesimistas se mostraran escépticos y pensarán que a la postre terminaran haciendo más mal que bien.”

Friedrich A. Hayek

Quizás para muchos venezolanos resulte necesaria e imperiosa la existencia del banco central, aun en el desconocimiento exacto de ¿Cuál es su función? y ¿Para qué ha sido creado?, se les ha enseñado a amar y obedecer a pesar de los males que este pueda causar, curiosamente en la misma línea de lo que se les enseña a los ciudadanos sobre el Estado.

Se le ha obligado a pensar que la existencia misma del Banco Central debe ser algo así como la existencia de la constitución, algo imborrable, incuestionable. Pero la verdad es que Venezuela y gran parte del mundo ha sobrevivido perfectamente el mayor tiempo de la historia sin bancos centrales, de hecho la banca central surge como una iniciativa privada para poner fin a la inestabilidad causada por la irresponsabilidad de algunos bancos que abusaban de la fe de los depositarios y prestaban el dinero que estos depositaban bajo resguardo y con la intención clara de que el mismo se les devolviera en igual cantidad y condición a como se le era entregado al banco. En plena acción irresponsable y además ilegal los bancos hacían uso de este dinero depositado como sí los depositantes los autorizaran a prestarlo a otros clientes, tal acción conllevaba primero, a una confusión de la intención de los depositantes al creer que estos querían ahorrar su dinero, desprendiéndose entonces de sus riqueza para que el banco hiciera uso y lo otorgara como función de un préstamo a otros particulares interesados en recibirlos.

Esta acción trajo consigo la manipulación de una señal importante para la economía, generando una indicación errónea que sirvió de semilla para crecimientos económicos insostenibles, los bancos tomaban el dinero como si los agentes decidieran ahorrar hoy para consumir bienes futuros, al prestar este dinero e insertarlo en el mercado de crédito se expande la inversión en bienes de capital que realmente no serán demandados en un futuro, pues lo agentes no están actuando de tal manera, esta expansión del crédito solo responde a una manipulación del mercado de préstamo por parte de los bancos.

Cuando los depositantes acudían a los bancos en búsqueda de su dinero y estos eran incapaces de responder por el dinero confiado a los bancos se producía un escenario de pánico ante la imposibilidad de poder cumplir con el reintegro de los depósitos que habían anteriormente prestado a inversionistas a cambio de una tasa de interés y una garantía de devolución del mismo al final del periodo acordado. Amparados en la ley estadística de los grandes números los bancos cometían una acción irresponsable y fraudulenta, prestando el dinero de los depositarios como si estos efectivamente estuvieran dispuestos a desprenderse de el por un tiempo determinado para que otros agentes lo usen como soporte de la inversión. Hacían uso de lo que se conoce como reserva fraccionaria; el banco se queda solo con un porcentaje pequeño del dinero depositado y usa el resto para insertarlo en el mercado de crédito a largo plazo. Suponiendo que todos los depositantes no acudirán en el mismo momento a reclamar sus depósitos, así cuando se presentaba uno a solicitar su dinero le entregaban el dinero de otro, y tal acción bajo la creencia de que no acudirían todos al mismo tiempo. Además de involucrar un riesgo moral este comportamiento de los bancos trae consigo el riesgo de que las inversiones que sean financiadas con este dinero terminen siendo no rentables, bien porque no exista demanda futura para tal inversión ya que nadie esta efectivamente ahorrando hoy para demandar bienes futuros o porque se cometan errores de inversión lo que hace que los prestatarios no puedan retornar el crédito a los bancos.

Como fruto de la distorsión sembrada por los bancos mediante la operación de la reserva fraccionaria se causaban daños y se otorgaban señales erróneas en el mercado de préstamo que comprometían la estabilidad del mismo. Es así como un día un depositante acudía al banco y si este se encontraba incapacitado para reintegrar inmediatamente la totalidad del dinero el depositante podría asumir inmediatamente que el banco estaba insolvente y correr el rumor de que el banco no podía cumplir con sus compromisos, así todos y cada uno de los depositantes se apresurara en correr al banco para rescatar su dinero de esta mala acción, causando lo que conocemos como corrida bancaria, finalmente los bancos quebrarían y se vería afectada también la credibilidad de los otros bancos, ante la duda y temor de que efectivamente los depósitos este a salvo.

Con el fin de mitigar estos riesgos y garantizar la estabilidad del sistema financiero se crea el primer banco central que tuvo como intención fungir de prestamista de última instancia ante el fallo de cualquier banco insolvente y también como garantía de estabilidad para el resto del sistema bancario evitando la quiebra masiva por desconfianza. La banca central después de tanto interés por velar por la “estabilidad de la economía y los derechos de los ciudadanos” paso a ser una organización estatal, tal como hoy en día.

En Venezuela la banca central no llego sino hasta finales de 1939 con el decreto de creación del Banco Central de Venezuela, antes de ello existía la emisión privada de dinero por los bancos y además el patrón oro que obligaba a respaldar cada emisión de dinero con su contravalor en oro, es decir no se podía crear dinero de la nada sin antes tener nueva acumulación de oro. Hasta ese entonces cada bolívar que circulaba y que se creaba por la banca privada tenia obligatoriamente su respaldo en oro y era plenamente convertible, si algún tenedor particular de bolívares quería convertir toda su riqueza en oro solo bastaba con que se presentara en las oficinas del banco y demandara la conversión de los billetes por oro.

Efectivamente esto ataba de manos a los políticos ya que no tenían el control sobre la emisión monetaria y además debían ser disciplinados materia presupuestaria. Es por eso que se crea el Banco Central de Venezuela, primero con la intención de hacerse con el buen negocio de la emisión monetaria y segundo para luego poder hacer trucos y mañas para apoderarse del dinero de los particulares.

La primera gran devaluación de la historia monetaria venezolana tuvo lugar inmediatamente con la creación del Banco Central de Venezuela (BCV), vía decreto se ejecutó la creación del BCV y al mismo momento se redujo el respaldo en oro de los bolívares a solo un 50% de lo que antes existía. Es decir se creó con el fin inmediato de apoderarse primeramente del 50% de la riqueza de los particulares, eliminando el respaldo en oro de los bolívares. Con esto se produjo la primera gran estafa, se confisco inmediatamente y se expolio la riqueza de los particulares hasta solo la mitad de lo que antes poseían, del otro 50% se apodero el Estado venezolano. Este también es el punto de partida para los episodios inflacionario de hoy en día, una perdida inmediata del poder adquisitivo del dinero y la institucionalización de la expoliación de la riqueza de los ciudadanos como política de Estado bajo la figura del BCV.

Luego en 1960 se reduce nuevamente el respaldo en oro de los bolívares llevándolo a solo un 33% del valor de cada bolívar en oro, en 26 años el Estado había logrado confiscarles a los venezolanos el 77% de su dinero, garantizándole tan solo un 33% de respaldo en oro.

Un factor importante de resaltar es que para esos años el mundo entero actuó siguiendo la política irresponsable de los Estados Unidos, primeramente con el presidente Franklin D. Roosvelt en 1963 con la Orden Ejecutiva 6102 prohibió la tenencia de oro de los particulares, confiscando todo el oro posible para así emitir nuevos dólares y financiar el gasto estatal. Posteriormente seria emulado con mayor intensidad por el presidente Richard Nixon quien en 1970 decreto el fin de la convertibilidad al oro de los dólares americanos y el surgimiento de un nuevo sistema monetario mundial, conocido y usado actualmente como sistema de Dinero FIAT, donde no se garantizaría ningún respaldo monetario, solo estaría sostenido en la confianza de los ciudadanos en el “buen manejos que hagan los gobiernos de la economía” y la fortaleza monetaria.

En Venezuela el fin de la convertibilidad definitiva al oro llego más tarde en 1974, cuando se eliminó cualquier posibilidad de respaldo en oro del bolívar. Siguiendo el patrón mundial y el nuevo sistema fiduciario, se dio mayor sustento político al delicado negocio de la emisión monetaria, esta vez ejercido sin ningún descuido y bajo ningún perjuicio por el Banco Central de Venezuela, no existía temor alguno a equivocarse, las consecuencias al final solo serían cubiertas por los ciudadanos.

Cuando en 1974 se pone fin a la convertibilidad absoluta o parcial en oro se asume un sistema de Tipo de Cambio Fijo, bajo el cual el sistema monetario domestico estaría fijado en función al dólar estadounidense ($), esta vez bajo lo que parecía ser una especie de Patrón dólar. Se asumió una tasa de cambio de 4,30 bolívares por cada dólar. Este sistema logro permanecer estable por un tiempo y hasta logro apreciarse un poco producto de los incrementos que se experimentaron en los ingresos petroleros, pero, con ello también llego la irresistible tentación de poder emitir nuevos bolívares sin tener que antes generar nuevas entradas de oro a cambio, en este caso de dólares.

Con la irresponsable idea de que en el futuro los precios del petróleo podrían mejorar y lograr traer mayores dólares para cubrir el déficit que iban dejando los nuevos bolívares, se inauguró la fiesta del déficit y la inflación. Año tras año los episodios críticos de ingresos provenientes del petróleo amenazaban y comprometían aún más la relación de cambio de 4,30 bolívares por dólar. La actuación desenfrenada de los gobernantes y sus alborotados patrones de gasto público no tuvieron respeto alguno por el peligro que podrían causar y el Banco Central de Venezuela actuó inerte y fue cómplice, actuando de acuerdo a los fines para los que habían sido creados.

Mucho duro la fiesta y el alboroto hasta que la relación de cambio comprometía profundamente los recursos de las Reservas Internacionales, que actuaron como fuente de financiamiento para mantener el tipo de cambio fijo. La relación de 4,30 Bs/$ se había roto hace largo rato y lo que estaba financiando era una quemada masiva de las reservas internacionales para tapar el agujero cambiario.

En Febrero de 1983 cuando la fuga de capitales era incontenible y el deterioro de las reservas internacionales las llevo a estar en mínimos históricos operativos, el gobierno tomó la decisión de poner fin al régimen de tipo de cambio fijo y convertibilidad del bolívar frente al dólar. A partir de esa fecha se instauro un control de cambio, se realizó una gran devaluación que llevo a un nuevo Régimen de Cambio Diferencial, conocido popularmente como RECADI donde se mantuvo la tasa de 4,30 Bs/$ para importaciones esenciales y se creó otra de 6,00 Bs/$ para otras importaciones.

Este fue el inicio de una nueva era para la política monetaria del país, y la profundización de un camino sin retorno hacia la pérdida de poder adquisitivo del bolívar, en adelante y hasta la fecha se han ensayado un distinto número de políticas monetarias, de todo tipo y para cualquier gusto, todas y cada una de ella han sido consecuentes en alcanzar un solo fin; lograr destruir, deteriorar, erosionar, o pulverizar el poder de compra del bolívar, en todas y cada una de ellas el BCV ha tenido inmensa responsabilidad. Es así como hemos pasado de comprar un dólar por 4,30 bolívares en 1983 a tener que dar hoy 800.000 Bs/$ (devolviendo la reconversión monetaria de 2005) en el mercado paralelo, tomando en cuenta que es una tarea altamente difícil acceder a las tasas de cambio controladas: 6,30 Bs/$ Importaciones esenciales, 12 Bs/$ SICAD, 50 Bs/$ SICAD II, 198 Bs/$ SIMADI.

No solo la fortaleza monetaria externa se ha visto altamente comprometida con la aparición y funcionamiento del BCV en colaboración a los gobiernos de turnos, sino también el poder de compra domestico del bolívar, en este proceso además de contribuir al deterioro y la erosión en el valor del bolívar el BCV ha sido cómplice del financiamiento del déficit fiscal vía emisión monetaria, lo que ha generado inmediatamente pérdida de poder adquisitivo de la moneda, representada en forma de inflación.

El financiamiento del déficit fiscal vía impresión de moneda fue una práctica recurrente en muchos países hasta que entendieron que este proceso originaba peligrosos episodios inflacionarios, luego de tropezar una y otra vez con la misma piedra lograron aprender la lección y hoy en día no acuden a tal herramienta, excepto el Banco Central de Venezuela quien ha tenido un papel protagónico en el financiamiento del déficit fiscal con la emisión de nuevos bolívares sin respaldo alguno, causando por supuesto episodios inflacionarios que han colocado consecutivamente a Venezuela año tras año como el país con mayor inflación del mundo, con una diferencia enorme entre los resultados del país y la inflación promedio en el mundo. Hoy en día el promedio de inflación global está entre 3% y 4%, incluso Europa atraviesa por procesos deflacionarios, Venezuela ha tenido inflación de 27,6% 2011; 20,01% 2012; 56,2% 2013; 68,5% 2014. Mientras que la inflación promedio global es de un 3%, en el mejor año se obtuvo un resulto de 6 veces el promedio global, y en el peor año 2014 el resultado fue de 22 veces el promedio global. Evidentemente los niveles de inflación alcanzan niveles alarmantes y que en el entorno inflacionario global sobresalen por mucho a la media.

El Banco Central de Venezuela ha tenido gran participación y responsabilidad en la destrucción monetaria por acción o por omisión. Además ha tomado un comportamiento bastante irrespetuoso e irresponsable al decidir ocultar resultados e información económica clave para conocer el funcionamiento de la economía y para soportar la planeación y toma de decisiones de los agentes, en el año 2014 comenzó a rezagar la publicación de cifras y abandonar la actualización de datos en su sitio web. Al día de hoy el BCV aún debe la información correspondiente al IV Trimestre del PIB y el balance anual de la economía en 2014. Tampoco ha presentado los informes trimestrales I, II, III del año en curso, y mucho menos el informe mensual sobre inflación. En medio de un oscurantismo y temor de los resultados, evitan presentarlos al país y a los críticos pensando que así se aliviaran los males que han causado, desconociendo que el ocultamiento de información solo agrava el asunto.

10 meses después el BCV sigue en deuda de cada uno de los informes mensuales de inflación, el deterioro del poder adquisitivo del bolívar ha tomado un ritmo supremamente acelerado y la gente cada vez confía menos en la moneda. Sin siquiera una señal de responsabilidad que seguir, los ciudadanos alimentan sus miedos con más temor. Cuando un organismo que debería supuestamente velar por la fortaleza monetaria y la estabilidad de precios es incapaz de al menos producir información estadística, sino que se ocupa al contrario de destruir la fortaleza de la moneda y garantizar la inestabilidad de precios, vale la pena preguntarse: ¿para que necesitamos un Banco Central de Venezuela?

Si este es incapaz de cumplir al menos una labor informativa entonces debería cerrarse,

debemos recordar que se creó con el principal fin de confiscar el oro de los venezolanos y con el…
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Willians Ruiz

Director Ejecutivo Instituto Ludwig von Mises Venezuela.

Director Liberty & Capital – FreeMarket Consulting.

Twitter: @williansruiz

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Por qué Gobiernan los Malvados

Por Hans-Hermann Hoppe
Tomado Mises Hispano

Una de las tesis más extensamente aceptadas entre los economistas políticos es la siguiente: Todos los monopolios son malos desde el punto de vista de los consumidores. Por monopolio se entiende, en su sentido clásico, como un privilegio exclusivo otorgado a un productor único de un bien o servicio, o sea, como la ausencia de entradas libres en una línea particular de producción. Es decir, sólo una agencia, A, puede producir un bien dado, X. Cualquier monopolio es malo para los consumidores porque, protegido de nuevos participantes potenciales en su área de producción, el precio del producto X será más alto y la calidad más baja que si fuera de otro modo.

Esta verdad elemental ha sido invocada con frecuencia como un argumento a favor del gobierno democrático como opuesto al gobierno clásico, monárquico o señorial. Porque bajo la democracia la entrada al aparato gubernamental es libre –cualquiera puede llegar a ser primer ministro o presidente– mientras que bajo la monarquía está restringido al rey y su heredero.

Sin embargo, este argumento en favor de la democracia adolece de fallas fatales. La entrada libre no siempre es buena. Libertad de entrada y competencia en la producción de bienes son buenas, pero en la producción de algo malo no lo son. Libertad de entrada en el negocio de torturar y matar inocentes, o la libre competencia de falsificar o estafar, por ejemplo no son buenas; es peor que malo.

¿Así que qué tipo de “negocio” es gobernar? La respuesta: no es un productor usual de bienes en venta a consumidores voluntarios. Por lo tanto es un “negocio” dedicado a robar y a expropiar –por medio de impuestos y falsificación– y a guardar para sí los bienes robados. De ahí que, la libertad de entrar en el gobierno no mejora algo bueno. En realidad, hace las cosas peores, es decir, agrava lo malo.

Desde que el hombre es como es, en toda sociedad existen personas que codician la propiedad de los demás. Algunas personas están más inclinadas a este sentimiento que otras, los individuos aprenden generalmente a no actuar bajo tales pasiones y aún más, se sienten avergonzados de tenerlas. Ordinariamente pocos individuos son incapaces de suprimir exitosamente sus apetitos por la propiedad de otros, y son tratados como criminales por sus congéneres y reprimidos bajo la amenaza del castigo físico. Bajo el gobierno señorial, sólo una sola persona –el príncipe– puede actuar legalmente bajo el deseo por la propiedad de otra persona, y esto es lo que lo convierte en un peligro potencial y en un “malo”.

Sin embargo, un príncipe es restringido en sus deseos de redistribución porque todos los miembros de la sociedad han aprendido a considerar el tomar y redistribuir la propiedad de otras personas, como vergonzoso e inmoral. Por consiguiente miran cada acción del príncipe con sospecha suprema. En claro contraste, al abrir la entrada en el gobierno, a cualquiera le es permitido expresar libremente su deseo por la propiedad de otros. Lo que era considerado anteriormente como inmoral y por consiguiente suprimido, es ahora considerado como un sentimiento legítimo. Todos pueden codiciar abiertamente la propiedad de otros en nombre de la democracia; y todos pueden actuar bajo este deseo por la propiedad de otros, siempre y cuando logren entrar en el gobierno. De ahí que bajo la democracia cualquiera pueda llegar a ser una amenaza. En consecuencia, bajo condiciones democráticas, el popular deseo por la propiedad de otra persona, aunque inmoral y antisocial, es sistemáticamente reforzado. Toda demanda es legítima si es proclamada públicamente bajo la protección especial de la “libertad de expresión”. Todo puede ser dicho y reclamado, y todo está a disposición de cualquiera. Ni siquiera el aparentemente seguro derecho de propiedad privada está exento de alguna solicitud de redistribución. Peor aún, mediante elecciones populares, aquellos miembros de la sociedad con poca o ninguna inhibición para hacerse con la propiedad de otras personas, esto es los amorales habituales, y con gran talento para obtener las mayorías populares para una multitud de demandas moralmente irreprimidas y mutuamente incompatibles (demagogos eficientes), tenderán a ganar entrada y ascenso a la cima del gobierno. De ahí que, una situación mala llega a ser todavía peor.

Históricamente, la selección de un príncipe fue por el accidente de su nacimiento noble, y típicamente el único requisito personal fue su educación como futuro príncipe y custodio de la dinastía, su posición, y sus posesiones. Esto no aseguraba que un príncipe no fuera malo y peligroso, por supuesto. Sin embargo, vale recordar que todo príncipe que fallaba en su deber primario de preservar la dinastía – que arruinaba al país, que causaba inestabilidad, confusión y disensión civil, o que de cualquiera forma pusiera en peligro la posición de la dinastía – encaraba el riesgo inmediato o bien de ser neutralizado o de ser asesinado por otro miembro de su propia familia. En todo caso, sin embargo, incluso si el accidente del nacimiento y la educación no impidiera que un príncipe quizás fuera malo y peligroso, el accidente de un nacimiento noble y una educación magnífica tampoco impedía que fuera un diletante inocuo o aún una persona buena y moral.

Por lo contrario, la selección de gobernantes por medio de elecciones populares hace casi imposible que una persona buena o inocua pueda jamás subir a la cúspide. Primeros ministros y presidentes son escogidos por su eficiencia probada como demagogos moralmente laxos. Por lo tanto la democracia asegura virtualmente que sólo personas malas y peligrosas suban al más alto gobierno. Efectivamente, a consecuencia de la libre competencia y selección políticas, los que suben llegan a ser individuos cada vez más malos y peligrosos, pero como vigilantes transitorios e intercambiables sólo en pocas ocasiones son asesinados. No puede haber mejor cita que la de H.L. Mencken en este contexto.

“Los políticos,” dice con su agudeza típica, “nunca o rara vez logran [el cargo público] por mérito solamente, por lo menos en estados democráticos. A veces, claro está, sucede, pero sólo por un milagro especial. Normalmente son escogidos por razones bastante diferentes, la principal de las cuales es simplemente su poder de impresionar y hechizar a los marginados intelectuales…. ¿Acaso alguno de ellos se aventura a decir la verdad simple, toda la verdad y nada más que la verdad acerca de la situación del país, sea éste extranjero o doméstico?

¿Se abstendrá de hacer promesas que sabe que no puede cumplir –que ningún humano podría cumplir? ¿Pronunciará una palabra, por obvia que sea, que alarme o enajene a cualquiera de la inmensa mayoría de imbéciles que se arracimen en la coyuntura pública, revolcándose en la papilla cada vez más y más delgada, esperando que llegue lo que no ha de llegar? Respuesta: puede ser cierto, pero sólo por unas pocas semanas al comienzo….

Pero nunca después de que el asunto se haya debatido suficientemente, y la lucha esté en su punto álgido…. Prometerán a cada hombre, mujer y niño en el país, cualquier cosa que quieran oír. Recorrerán los campos en busca de oportunidades de hacer rico al pobre, de remediar lo irremediable, de asistir al que ya ni siquiera necesita socorro, de descifrar lo indescifrable, de desinflamar lo ininflamable. Todos estarán curando verrugas con palabras mágicas y saldando la deuda pública con dinero que nadie tendrá que ganar. Cuándo uno de ellos demuestra que dos veces dos son cinco, otro demostrará que son seis, seis y una mitad, diez, veinte, N. Para abreviar, se despojarán de su carácter de hombres sensatos, sinceros y veraces, y se convertirán simplemente en candidatos para el oficio, centrados solamente en arrinconar votos. Todos sabrán en ese entonces, suponiendo que algunos aún no lo sepan, que los votos se obtienen en la democracia, no con palabras coherentes y juiciosas sino diciendo tonterías, y se aplicarán al trabajo con entusiasmo, cantando y bailando. La mayoría, antes que el alboroto termine, ya estarán realmente convencidos. El ganador será quien haga la mayor cantidad de promesas con la menor posibilidad de cumplir”.

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Orden natural, Estado y el problema de la inmigración

Por Hans-Hermann Hoppe
Tomado de Mises Hispano
I
La cooperación humana es el resultado de tres factores: las diferencias entre los hombres y/o la distribución geográfica de los factores de producción proporcionados por la naturaleza; la mayor productividad alcanzada bajo una división del trabajo basada en el reconocimiento mutuo de la propiedad privada (el control exclusivo de cada persona sobre su propio cuerpo y sus apropiaciones y posesiones físicas) en comparación a, bien sea el aislamiento auto-suficiente o a, la agresión, el saqueo y la dominación; y la capacidad humana de reconocer este último hecho. Si no fuera por la mayor productividad a consecuencia de la división del trabajo y la capacidad humana de reconocer este hecho, nos explica Ludwig von Mises,
los hombres perdurarían como enemigos mortales unos de otros, rivales irreconciliables en su esfuerzo por asegurarse una porción de las fuentes escasas de medios de sustento proporcionados por la naturaleza. Toda persona, forzosamente, vería a los demás como a sus enemigos; su anhelo por la satisfacción de sus propios apetitos lo llevaría a un conflicto implacable con sus vecinos. Bajo tales circunstancias no sería posible desarrollar sentimientos de piedad o compasión.[1]

La mayor productividad que se alcanza con la división del trabajo, y la capacidad del hombre de reconocer este hecho, explican el origen de las dos más elementales y fundamentales instituciones humanas: la familia y el hogar familiar.[2] En segundo lugar, explican la existencia de vecindarios (comunidades) de gente homogénea (familias, clanes, tribus): de vecindarios bajo la forma de propiedades adyacentes poseídas por propietarios diferentes y de “igual” nivel, y de la forma de relación “desigual” característica entre padre e hijo, entre propietario y arrendatario, o entre el fundador de una comunidad y sus seguidores residentes.[3] El tercero, y el más importante para nuestros propósitos, explica la posibilidad de la coexistencia pacífica en comunidades heterogéneas y foráneas. Aún cuando los miembros de diferentes comunidades se encuentren dispares entre sí, en lo físico y/o en el comportamiento, irritantes o molestos, y no deseen asociarse como vecinos, pueden aún enfrascarse en un comercio de mutuo beneficio si residen espacialmente separados uno de otro.[4]

Ampliemos este cuadro e imaginemos la existencia de diversas razas, etnias, idiomas, religiones, y culturas (las cuales llamaremos desde ahora y para resumir: etno-culturas). Basados en la idea de que personas “símiles” se asocian con otras similares y viven separadas espacialmente de otras “disímiles”, surge el siguiente cuadro: Los individuos de una etno-cultura tienden a vivir en gran proximidad unos de otros y separados espacialmente, distanciados, de los integrantes de otras etno-culturas.

Los blancos viven entre blancos y aparte de los asiáticos y de los negros. Quienes hablan italiano viven entre italianos y aparte de gentes de habla inglesa. Los cristianos viven entre cristianos y separados de los musulmanes. Los católicos viven entre católicos y aislados de los protestantes, etc. Naturalmente, en varios “territorios fronterizos” algunos “se traslapan” y aparece la “mezcla” de diferentes etno-culturas. Desde luego las ciudades, como centros de comercio interregional, naturalmente exhiben un grado más alto de heterogeneidad etno-cultural.

A pesar de esto, sin embargo, las comunidades y vecindarios son internamente homogéneos (uni-culturales). De hecho, incluso en ciudades y en territorios fronterizos encontramos la misma asociación y separación espacial de “símiles” y “disímiles”. Donde miembros de diversas etno-culturas (según lo propagado por algunos multi-culturalistas americanos), vivan como vecinos y en proximidad física cercana el uno del otro, no surge una sociedad. En vez de eso, el multiculturalismo emergente es aquel en el cual muchas etno-culturas claramente diferentes, coexisten separadas física y espacialmente, distantes unas de otras, y comercian entre sí desde la lejanía.[5]

Demos un paso más y supongamos que toda propiedad es poseída privadamente y que el globo entero tiene propietario. Cada trozo de tierra, cada casa y edificio, cada camino, río, y lago, cada bosque y montaña, y todas las costas están en posesión privada de personas naturales o jurídicas. No existe propiedad “pública” ni “frontera abierta”. Demos una ojeada al problema de la migración bajo este escenario de un “orden natural.”

Primero y muy importante, en un orden natural no existe la “libertad de migración.” La gente no puede moverse por los alrededores como le plazca. Dondequiera que una persona se mueva, se mueve entre propiedad privada; y la propiedad privada implica el derecho del propietario a incluir y también a excluir a otros de su propiedad. Esencialmente, una persona puede moverse solamente si es invitada por el propietario que lo recibe, y el propietario puede revocar su invitación y despedir a sus invitados cuando juzgue que la prolongación de su presencia en la propiedad es indeseable (viola su código de visitas).

Bajo este escenario habrá bastante ajetreo porque hay razones poderosas para dar acceso abierto a la propiedad, pero también hay razones para restringir o cerrar el ingreso. Quienes son más inclusivos son los propietarios de caminos, ferrocarriles, puertos, y aeropuertos, por ejemplo. La circulación interregional es su negocio. Por consiguiente, se puede esperar que sus estándares de admisión sean bajos, no requiriendo típicamente más que el pago de un honorario de usuario. Sin embargo, aún así no tendrían una política de admisión totalmente indiscriminada. Por ejemplo, excluirían a gente intoxicada o ingobernable y expulsarían a todos los delincuentes, mendigos, y vagos de su propiedad, y puede ser que filmen, o de alguna manera vigilen o seleccionen, a sus clientes mientras permanezcan en su propiedad.

La situación es similar para los propietarios de establecimientos comerciales al detal, hoteles, y restaurantes. Están en el negocio de las ventas y los alquileres y por lo tanto permiten el acceso fácil a su propiedad. Tienen toda clase de incentivos económicos para no discriminar injustamente a “desconocidos” o “extranjeros”, porque esto conllevaría pérdidas o reducción de beneficios. Sin embargo, deben ser más circunspectos y restrictivos, en su política de admisión, que los propietarios de carreteras o de aeropuertos. Deben tener en cuenta las repercusiones locales, domésticas, que puede tener la presencia de extranjeros. Se justifica económicamente la discriminación si las ventas locales, domésticas de un establecimiento comercial al detal o de un hotel sufren debido a la política de admisión con relación a los extranjeros. Para superar este posible problema, se puede esperar que los establecimientos comerciales requieran de sus visitantes “extranjeros” una adherencia mínima a los estándares locales de conducta y de aspecto físico.[6]

La situación es similar para los empleadores locales, quienes prefieren más bien pagar salarios bajos que altos y por lo tanto no están predispuestos contra los extranjeros. Sin embargo, deben ser sensibles a las repercusiones que puedan resultar del empleo de extranjeros sobre la mano de obra local; es decir, deben temer la posibilidad de utilizar una fuerza de trabajo etno-cultural heterogénea que conduzca a una productividad más baja. Por otra parte, el empleo requiere alojamiento, y es en el alojamiento y en el mercado inmobiliario residenciales donde tenderá a ser más pronunciada la discriminación contra, y la exclusión de, etno-culturas extranjeras.

Porque es en el área de la propiedad residencial, en contraste con la comercial, donde es más pronunciado el deseo humano de mantener la privacidad, el aislamiento, la protección, sin perturbaciones debidas a intrusiones y acontecimientos externos. Para el propietario el valor de la propiedad residencial, depende esencialmente de su exclusividad casi total. Se admiten miembros de la familia y ocasionalmente amigos. Y si la propiedad residencial está situada en un vecindario, este deseo de posesión imperturbable – paz y privacidad – es óptimo dentro de un nivel alto de homogeneidad etno-cultural (los costos de transacción bajan mientras simultáneamente aumentan los de la protección contra disturbios, intrusiones y perturbaciones externas). Se introduce heterogeneidad al vecindario al alquilar o vender propiedad residencial a desconocidos y extraños (y especialmente a extraños de rincones etno-culturalmente distantes). Los costos asociados a la transacción tienden a aumentar, y tienden a bajar la libertad, la peculiar seguridad de paz y privacidad – sin intrusiones externas, extrañas – buscadas y esperadas de la propiedad residencial, dando por resultado una propiedad residencial de más bajo valor.[7]

Bajo el escenario de un orden natural se puede esperar entonces, que habrá mucho tráfico y comercio interregional. Sin embargo, habrá poca inmigración real, es decir, con establecimiento permanente, debido a la discriminación natural contra etno-culturas desconocidas en las áreas residencial y de propiedad inmobiliaria. Y sin importar que tan poca sea la inmigración que allí llegue, será de individuos que han asimilado casi por completo la recientemente adoptada comunidad y su etno-cultura.[8]

II
Ahora introduzcamos la institución del Estado. La definición de Estado que aquí suponemos es más bien poco controvertible: El Estado es una agencia que detenta el monopolio exclusivo de la toma final de decisiones y de arbitraje de conflictos dentro de un territorio dado. Particularmente, el Estado puede insistir en que todo conflicto en el que él mismo esté implicado sea resuelto por sí mismo o por sus agentes. Como segundo elemento en la definición de Estado, – incluído tácitamente en el poder de excluir a los demás de actuar como jueces de última instancia – está su poder impositivo (de gravar con impuestos), para determinar unilateralmente el precio que debe pagar al Estado quien busque los servicios de la justicia.[9]

Ciertamente, basados en esta definición, es fácil entender porqué podría existir el deseo de establecer un Estado. No es, como nos dicen en el Jardín Infantil, para lograr el “bien común” o porque no habría orden sin Estado, sino por una razón bastante más egoísta y baja. Porque aquel que tiene el monopolio del arbitraje final dentro de un territorio dado puede dictar y crear leyes en su propio beneficio en vez de reconocer y aplicar la ley existente; y aquel que puede legislar puede también imponer tributos y así enriquecerse a expensas de otros.

Aquí es imposible examinar todos los aspectos de la fascinante pregunta de cómo logró surgir una institución tan extraordinaria como es el Estado con el poder de legislar e imponer tributos, con la excepción quizás de observar que las ideologías y los intelectuales jugaron un papel decisivo. [10] Vamos más bien a considerar el Estado como “un hecho”, y veamos los cambios que resultan de su existencia en lo concerniente a la inmigración.

Primero, con la instauración de un Estado y fronteras territoriales estatales definidas, la “inmigración” adquiere un significado enteramente nuevo. En un orden natural, la inmigración es el traslado de una persona de un vecindario-comunidad a otro diferente (micro-migración). En cambio, bajo condiciones estatistas la inmigración es inmigración de “extranjeros” del otro lado de la frontera del Estado, y la decisión de a quien excluir o incluir, y bajo qué condiciones, descansa, no en una multiplicidad de propietarios privados independientes o de comunidades de propietarios, sino en un solo Estado o gobierno central (y centralizante) como soberano máximo de sus habitantes y propiedades (macro-migración). Si un propietario doméstico invita y hace los arreglos necesarios para el ingreso de una persona a su propiedad, pero el Gobierno excluye a esta persona del territorio del Estado, estamos ante un caso de exclusión forzada (un fenómeno que no existe en el orden natural). Por otra parte, si el Gobierno admite a una persona a pesar de que no hay propietario doméstico que la haya invitado a su propiedad, se trata de un caso de integración forzada (también inexistente en el orden natural, donde todo movimiento requiere invitación).

III
Para comprender el significado de este cambio entre, admisión descentralizada por una multiplicidad de propietarios y asociaciones de propietarios (micro-migración) y admisión centralizada por cuenta de un estado (macro-migración), y entender en particular las potencialidades de la integración forzada bajo condiciones estatistas, es necesario considerar brevemente la política de migración doméstica del Estado. De acuerdo con la definición de Estado como monopolio territorial de legislación e impuestos, y la suposición del “interés propio”, se pueden predecir las características básicas de tal política.

Fundamentalmente, se puede predecir que los agentes del Estado estarían interesados en aumentar (maximizar) los ingresos fiscales y/o en extender el rango de interferencia legislativa sobre las derechos establecidos de propiedad privada, pero tendrían poco o ningún interés en hacer realmente lo que el Estado se supone que hace: proteger los propietarios privados y su propiedad de la invasión doméstica o extranjera. Más específicamente, como los impuestos y la interferencia legislativa sobre los derechos de propiedad privada no se aceptan voluntariamente sino que encuentran resistencia, el Estado, para asegurar su propio poder de gravar y legislar, debe tener un interés imprescindible de proveer acceso a sus agentes a todas y cada una de las propiedades dentro del territorio estatal. Para lograr esto, el Estado debe tomar control sobre todas las vías privadas existentes (expropiar) y luego utilizar sus ingresos fiscales para construir más y más vías “públicas”, sitios, parques y terrenos, hasta que la propiedad privada esté delimitada o encerrada por terrenos y vías públicas. Muchos economistas han sostenido que la existencia de vías públicas indica una imperfección -del orden natural- del mercado libre. Según ellos, el mercado libre “produce en forma deficiente” el llamado “bien público” de las carreteras; y las carreteras públicas financiadas con impuestos rectifican esta deficiencia y elevan la eficiencia económica total (al facilitar el tráfico y el comercio interregional y bajar los costos de transacción). Obviamente, ésta es una visión ingenua de la situación.[11]

Los mercados libres producen carreteras, aunque más bien podrían producir más pocas y diferentes carreteras que bajo condiciones estatistas. Y visto desde la perspectiva de un orden natural, la producción creciente de carreteras bajo condiciones estatistas representa, no una mejora sino, una “sobre-producción” o mejor aún, una “mal-producción” de carreteras. Las carreteras públicas no son simplemente inofensivas facilitadoras del intercambio inter-regional. Lo primero, y más importante, es que son facilitadoras del gravamen de impuestos y del control estatal, porque a través de las carreteras y las vías públicas los recaudadores de impuestos, la policía, y los militares del Gobierno pueden llegar directamente hasta el umbral de entrada de todos sus súbditos.[12]

Además, las tierras y caminos públicos conducen a una distorsión y a una desintegración artificial de la asociación y separación espaciales características de un orden natural. Según lo explicado, hay razones para estar cercano y disponible, pero también hay razones para estar físicamente distante y separado de otros. La sobreproducción de caminos que tiene lugar bajo condiciones estatistas significa, por una parte que, diferentes comunidades quedan colocadas a mayor proximidad entre si de lo que para ellas hubiera sido preferible (por razones de preferencia demostrada). Por otra parte significa que las vías públicas desintegran y dividen una comunidad coherente.[13]

Por otra parte, bajo la suposición específica de un Estado democrático se pueden hacer predicciones aún más precisas. Casi por definición, el territorio de un Estado se extiende sobre varias comunidades etno-culturalmente heterogéneas, y dependiendo de elecciones populares repetitivas, un gobierno – estado- confiable se ocuparía de generar políticas redistributivas.[14] En un territorio con una mezcla etno-cultural esto significa enfrentar una raza, una tribu, un grupo lingüístico o religioso contra otro; una clase dentro cualquiera de estos grupos contra otra (ricos contra pobres, capitalistas contra trabajadores, etc.); y finalmente, madres contra padres e hijos contra padres y madres. La resultante redistribución de la renta y de la riqueza es compleja y variada. Hay simples transferencias de pago de un grupo a otro, por ejemplo. Sin embargo, la redistribución también tiene un aspecto espacial. En el ámbito de las relaciones espaciales encuentra expresión en una red cada vez más difundida de políticas anti-discriminatorias de “acción afirmativa” impuestas a los propietarios privados.

El derecho de un propietario de excluir a otros de su propiedad es el medio por el cual puede evitar que le sucedan “males”: acontecimientos que disminuirán el valor de su propiedad. Por medio de una inundación incesante de legislación redistributiva, el Estado democrático ha trabajado implacablemente no sólo para despojar a los ciudadanos de todas sus armas sino también para despojar a los propietarios domésticos de su derecho a la exclusión, robándoles de tal modo gran parte de su protección personal y física. Los propietarios comerciales de almacenes, hoteles y restaurantes ya no tienen libertad de excluir o de restringir el ingreso a sus establecimientos como mejor les parezca. Los patrones ya no pueden emplear o despedir a quienes deseen. En el mercado inmobiliario, los propietarios ya no tienen libertad de excluir a los arrendatarios indeseables. Además, mediante convenios restrictivos los propietarios son obligados a aceptar miembros y acciones que violan sus propias reglas y políticas. En resumen, la integración forzada es ubicua (omnipresente), y hace cada vez más vulgares y desagradables todos los aspectos de la vida.[15]

IV
Con las políticas domésticas del Estado como telón de fondo podemos volver al problema de la inmigración bajo las condiciones estatistas. Es claro ahora qué implica la admisión migratoria estatal. No implica simplemente la admisión centralizada. Al admitir a alguien en su territorio, el Estado permite también a esta persona proseguir por caminos y terrenos públicos hasta llegar al umbral de cada residente doméstico, hacer uso de todas las instalaciones y servicios públicos (tales como hospitales y escuelas), y tener acceso a todo establecimiento comercial, a empleo, y a vivienda residencial, protegido por una multiplicidad de leyes antidiscriminatorias.[16]

Sólo falta un elemento adicional en esta reconstrucción. ¿Por qué la inmigración podría llegar a ser un problema para el Estado? ¿Quién querría emigrar de un orden natural a un área estatista? El área estatista tendería a perder sus residentes, especialmente los sujetos más productivos. Sería atractivo solamente para los potenciales recipientes del Estado-Bienestar (cuya sola admisión consolidaría aún más la tendencia a la emigración). La emigración de ninguna manera es un problema para el Estado. De hecho, la institución de un Estado es causa de emigración; realmente, es la causa más importante o aún más, la única causa de migraciones masivas modernas (más potente y devastadora en sus efectos que cualquier huracán, terremoto o inundación y comparable solamente a los efectos migratorios de algunas edades de hielo).

Lo que está faltado en esta reconstrucción es la suposición de una multiplicidad de Estados que se reparten el globo entero (ausencia total de órdenes naturales). Entonces, mientras un Estado causa emigración masiva, otro Estado se enfrentará al problema de la inmigración masiva; y la dirección general de los movimientos masivos de migración será desde aquellos territorios en donde los Estados más explotan (expropian y gravan con impuestos mediante legislación) a sus súbditos (y por consiguiente donde la riqueza tiende a ser más baja) hacia aquellos otros territorios donde los Estados explotan menos (y donde la riqueza es mayor). Finalmente hemos llegado al momento, cuando el Mundo Occidental – Europa Occidental, Norteamérica, y Australia – hacen frente al espectro de la inmigración masiva causada por todos los Estados restantes del mundo. ¿Qué se puede hacer y qué se está haciendo en relación a esta situación?

Por el más puro “interés propio” los Estados no adoptan la política de “fronteras abiertas”. Si lo hicieran, la afluencia de inmigrantes llegaría rápidamente a tales proporciones que se derrumbaría el sistema doméstico de Bienestar Social Estatal. Por otra parte, el Estado-Bienestar de Occidente no evita que cada año ingresen y se asienten en sus territorios decenas, o aún centenas de millares (y en el caso de los Estados Unidos bastante superior a millones) de extranjeros no invitados. Por otra parte, mientras de inmigración legal se trata (algo de ilegal se tolera), los Estados-Bienestar de Occidente han adoptado una política de admisión anti-discriminatoria, “la Acción Afirmativa”. Es decir, fijan una número máximo de inmigrantes y después asignan cuotas de inmigrantes a los varios países o regiones, independientemente de qué tan símiles, o disímiles, etno-culturalmente sean tales países y regiones de origen, agravando así el problema de la integración forzada. También permiten obtener “Asilo Político” a un número abierto (no especificado) de “víctimas” entre grupos aprobados por el gobierno (con exclusión de otras víctimas “políticamente incorrectas”).[17]

En vista de la impopularidad de esta política, uno podría preguntarse cual pudo haber sido el motivo para establecerla. Pero dada la naturaleza del Estado no es difícil encontrar el raciocinio. Los Estados, como se recuerda, son también promotores de la integración doméstica forzada. La integración forzada es una manera de destrozar todas las instituciones sociales y jerarquías intermedias (entre el Estado y el individuo) por ejemplo la familia, el clan, la tribu, la comunidad, la iglesia y sus niveles y rangos internos de autoridad. Con la integración forzada se aísla a los individuos (atomización) y se debilita su poder de resistencia frente el Estado.[18] En la “lógica” del Estado, una dosis fuerte de invasión extranjera, especialmente si viene de lugares extraños y lejanos, cuenta para consolidar aún más esta tendencia. Y la situación actual ofrece un momento particularmente oportuno de hacerlo así, porque de acuerdo con la tendencia intrínsecamente centralizadora de los Estados, y del estatismo en general, y promovido particularmente, aquí y ahora, por los E.E.U.U. como única superpotencia que queda en el mundo (occidental), o más exactamente por las élites neoconservadoras y socialdemócratas que controlan los gobiernos estatales en los E.E.U.U. y en Europa Occidental, que están dedicadas al establecimiento de Estados supra-nacionales (tales como la Unión Europea) y en última instancia un Estado Único Mundial. Los apéndices nacionales, regionales o comunales son graves escollos en el camino para llegar a esta meta. El Gobierno calcula e impone una cuota adecuada de extranjeros multiculturales, sin invitación, para debilitar aún más, y finalmente destruir, las identidades nacionales, regionales, y comunales y promover así las metas de un Orden Único Mundial y de un nuevo “hombre universal”, cuyo líder es, por supuesto, los Estados Unidos de América.[19]

V
¿Qué se puede hacer, si es que hay algo, para estropear estos esquemas estatistas y para recuperar la seguridad y la protección contra la invasión, bien sea doméstica o extranjera? Comencemos con analizar una propuesta hecha por los editores del Wall Street Journal, el Instituto Cato, la Fundación para la Educación Económica, y varios escritores libertarios de izquierda, y relacionada con la política de “frontera abierta” o “sin frontera”, no porque esta oferta tenga algún mérito, sino porque ayuda a dilucidar cuál es el problema y qué sería necesario hacer para solucionarlo.

No es difícil predecir las consecuencias de una política de frontera “abierta” en el mundo actual. Si Suiza, Austria, Alemania o Italia, por ejemplo, admitieran libremente a cada uno de los que atraviesan sus fronteras exigiendo entrada, serían arrollados rápidamente por millones de inmigrantes del tercer mundo, de Albania, de Bangladesh, de la India, y de Nigeria, por ejemplo. Como lo entienden los más perspicaces defensores de la frontera abierta, las provisiones y programas domésticos del Estado-Bienestar se derrumbarían como consecuencia.[20] Esto no sería motivo de preocupación, porque seguramente, para recuperar la eficaz protección de personas y propiedades, el Estado-Bienestar tendría que ser suprimido. Pero entonces viene el gran salto, o el enorme hueco, en la discusión de la frontera abierta: desde las ruinas de los Estados-Bienestar democráticos, nos empujan a creer, que de alguna manera surgirá un nuevo orden natural.

El primer error en esta línea de razonamiento puede ser identificado fácilmente. Una vez que el Estado-Bienestar se ha derrumbado bajo su propio peso, las masas de inmigrantes causantes del problema todavía subsistirán allí. No se han transformado milagrosamente en suizos, austriacos, bávaros o lombardos, sino que siguen siendo lo que son: zulús, hindús, ibos, albaneses, o bangladeshis. La asimilación puede funcionar cuando el número de inmigrantes es pequeño. Es enteramente imposible, sin embargo, si la inmigración ocurre en gran escala. En ese caso, los inmigrantes simplemente transportarán su propia etno-cultura al nuevo territorio. Por consiguiente, cuando el Estado-Bienestar haga implosión habrá una multiplicidad de “pequeñas” (o no tan pequeñas) Calcutas, Dacas, Lagoses, y Tiranas derramadas por toda Suiza, Austria, e Italia. Quien crea que un orden natural pueda surgir de esta adición demuestra una impresionante ingenuidad sociológica. De acuerdo a la experiencia histórica acumulada con tales formas de multiculturalismo, se puede predecir con seguridad que el resultado será la guerra civil. Se generalizarán el pillaje y la invasión ilegal, lo cual conllevaría a un consumo masivo de capital, y la civilización, tal como la conocemos, desaparecería de Suiza, de Austria y de Italia. Además, la población del país anfitrión sería rápidamente superada y físicamente desplazada en última instancia, por la mayor tasa de crecimiento de sus “huéspedes”. Todavía habrá montañas en Suiza y Austria, pero ningún suizo o austriaco. [21]

Sin embargo, el error en la propuesta de la frontera “abierta” va más allá de sus graves consecuencias. El error fundamental de la propuesta es moral o ético en naturaleza y su postulado es mentira. La hipótesis subyacente es que los extranjeros tienen “derecho” a inmigrar. En realidad, no tienen de ninguna manera tal derecho.

Los extranjeros tendrían derecho de entrar a Suiza, Austria o Italia solamente si estos lugares fueran territorios deshabitados (sin propietario). Sin embargo, lo tienen, y nadie tiene derecho de entrar en territorios que otros poseen a menos que sea invitado por el propietario. Ni es permitido argumentar, como lo han hecho algunos autores partidarios de la frontera “abierta”, que mientras los extranjeros no pueden ingresar a la propiedad privada sin permiso del propietario, pueden hacer tal cosa en la propiedad pública. A sus ojos, la propiedad pública tiene relación con la propiedad “sin propietario” y “abierta” para todo sujeto doméstico o extranjero.[22] Sin embargo, esta analogía entre propiedad pública y recursos sin propietario es incorrecta. Hay una diferencia categórica entre los recursos sin propietario (frontera abierta) y la propiedad pública. La propiedad pública es el resultado de incautaciones del Estado-gobierno mediante expropiaciones legislativas y tributos impuestos a la propiedad privada original. Mientras que el Estado no reconoce a persona alguna como su propietario privado, toda propiedad pública controlada por el gobierno, de hecho, ha sido originada por contribuciones de sus habitantes domésticos. La propiedad pública austriaca, suiza, e italiana ha sido financiada por austriacos, suizos, e italianos, de acuerdo con la cantidad de impuestos pagados por cada ciudadano. Por lo tanto, deben ser considerados como sus legítimos propietarios. Los extranjeros no han pagado impuestos, ni sus propiedades domésticas han sido expropiadas por el Estado; por lo tanto, no pueden exigir ningún derecho sobre la propiedad pública de los austriacos, suizos o italianos.

El reconocimiento del status moral de la propiedad pública como propiedad privada expropiada no es sólo un argumento suficiente para rechazar la propuesta de la frontera “abierta” como un ultraje moral. Es igualmente suficiente para combatir las actuales políticas en materia de inmigración semi-abierta de “acción afirmativa” de los Estados-Bienestar Occidentales.

Hasta ahora se ha hecho demasiado énfasis en argumentos consecuencialistas (utilitarios) en el debate sobre la política de inmigración. Los defensores del status quo han sostenido que la mayoría de los inmigrantes trabajan y llegan a ser productivos, así que la inmigración contribuye a un mejoramiento del nivel de vida doméstico. Los críticos han sostenido que las instituciones y provisiones existentes del Estado-Bienestar invitan cada vez más a la inmigración que trata de obtener los beneficios del Bienestar, y han advertido que la única ventaja de las políticas actuales sobre la alternativa de frontera “abierta” es que la primera tardará décadas hasta que, en última instancia, conducirá a efectos similarmente graves, mientras que la última producirá tales efectos en pocos años. La solución de estos problemas es importante pero no es decisiva. La oposición contra las actuales políticas en materia de inmigración es, en última instancia, independiente de si la inmigración hace que suba o baje el producto per cápita o GDP (o mediciones estadísticas similares). Es cuestión de justicia: de correcto e incorrecto. Es comprensible el intento del Estado-Bienestar democrático de encubrir la fuente de la propiedad pública (es decir, los actos de expropiación). Sin embargo, reconocen que la propiedad pública es “de alguna manera” propiedad de sus ciudadanos y que fueron delegados como administradores de la propiedad pública por los mismos ciudadanos. De hecho, la legitimidad del Estado moderno se deriva de su afirmación de proteger a los ciudadanos y su propiedad contra invasores, intrusos e impostores, domésticos y extranjeros. Con respecto a los extranjeros, la anterior protección requiere que el Estado actúe como lo hacen los porteros en las comunidades privadas cerradas. El Estado tendría que comprobar que cada recién llegado tenga una invitación y vigilar sus movimientos mientras esté en camino a su destino final. Una vez quede claro que el gobierno tolera, o más aún, promueve realmente la intrusión y la invasión masiva de extranjeros, que de ninguna forma pueden ser considerados bienvenidos o invitados por los residentes domésticos, éste hecho es, o puede convertirse en, una amenaza a la legitimidad del gobierno y debe ejercer suficiente presión sobre el mismo para que adopte una política de admisión más restrictiva y discriminatoria.[23]

Pero esto solamente puede ser el principio; incluso si la opinión pública indujera al Estado a adoptar una postura sobre inmigración más acorde con los sentimientos populares y con la justicia, no cambiaría el hecho que los intereses de los propietarios privados y los del Estado, como monopolio territorial de legislación e impuestos, son incompatibles y en conflicto permanente el uno con el otro. Un Estado es una contradicción en términos: es un protector de la propiedad, que puede expropiar la propiedad del protegido mediante legislación e impuestos. Se puede predecir que el Estado está más interesado en la maximización de los ingresos fiscales y del poder (su gama de interferencia legislativa a los derechos de la propiedad privada) y no tiene más propósito que la protección de sí mismo. Lo qué experimentamos en el área de inmigración es solamente un aspecto del problema general. Se supone también que los Estados protegen a los ciudadanos contra intrusiones e invasiones domésticas, sin embargo como hemos visto, los desarman, los rodean, los gravan con impuestos, y luego los privan de su derecho a la exclusión, dejándolos de ese modo desamparados.

Por consiguiente, la solución al problema de la inmigración es al mismo tiempo la solución al problema general inherente a la institución del Estado y la propiedad pública. Implica el retorno a un orden natural por medio de secesión. Para recuperar la protección contra la intrusión y las invasiones domésticas y extranjeras, los Estados nacionales centrales tendrán que fragmentarse en sus componentes. Los Estados centrales austriaco e italiano no poseen la propiedad pública austriaca e italiana; son sus administradores por encargo de los ciudadanos. Con todo no protegen a los ciudadanos ni sus propiedades. Por lo tanto, sólo los austriacos y los italianos (y no los extranjeros) son los propietarios de Austria y de Italia; así, por extensión del mismo principio son los carintianos y lombardos (de acuerdo con el pago individual de impuestos) quienes poseen Carintia y Lombardía, y los bergameses a Bérgamo (y no los gobiernos de Viena o Roma).

En un primer paso decisivo, las provincias individuales, regiones, ciudades, pueblos y aldeas deben declarar su independencia de Roma, Viena, Berlín, París, y proclamar su status de “territorios libres.” A pesar de los grandes esfuerzos de los Estados centrales en su contra, todavía existen fuertes ataduras y afiliaciones provinciales en muchas regiones, ciudades y aldeas a través de toda Europa. Es vital consultar estos sentimientos provinciales y locales al dar el primer paso. Con cada acto sucesivo de secesión regional disminuirá el poder del Estado central. En cada ocasión se le despojará de más y más propiedades públicas, el rango de acceso de sus agentes será cada vez más restringido, y sus leyes se aplicarán en territorios cada vez más y más pequeños, hasta que en última instancia se marchite definitivamente.

Sin embargo, es esencial ir más allá de la “secesión política” hasta llegar a la privatización de la propiedad. Después de todo, las corporaciones políticas provinciales y locales (gobiernos) tienen más derecho a la propiedad provincial o local que el que el gobierno central tiene con la propiedad nacional. El proceso de secesión debe progresar. La propiedad pública provincial o comunal: caminos, parques, edificios de gobierno, escuelas, palacios de justicia, etc., se deben devolver a los genuinos propietarios privados o asociaciones de propietarios. ¿Quién posee, y en qué proporción, la propiedad provincial o comunal? ¡En principio, cada uno posee según su contribución (obligatoria) a esta propiedad! En el caso en que la propiedad privada hubiese sido expropiada por el gobierno local con objeto de “extinguir el dominio por interés general” la propiedad simplemente se devuelve a su propietario original.

En cuanto a las restantes (que son la mayoría) propiedades públicas, la parte que es propiedad enajenable se debe distribuir por “acciones” entre los miembros de la comunidad de acuerdo con los pagos individuales de impuestos. Cada camino, parque, escuela, terreno público, etc., fue financiado con impuestos de los contribuyentes; por lo tanto, los contribuyentes locales, de acuerdo con los impuestos pagados, deben ser los beneficiarios de la adjudicación de la propiedad pública local.[24] Esto tiene una doble implicación. Primero, algunos residentes han pagado más impuestos que otros, así que es justo y natural que a los primeros se les debe conceder un mayor número de “cuotas o acciones” que a los últimos. En segundo lugar y más específicamente, se excluirán totalmente de recibir “cuotas o acciones” de la propiedad pública a algunos residentes. Por un lado, los recipientes del Bienestar deben ser excluidos. Probablemente, no han pagado ningún impuesto sino que en lugar de esto han vivido de los impuestos pagados por otros. Por lo tanto, no pueden solicitar “cuotas o acciones” de la propiedad pública. Asimismo, todos los oficiales y funcionarios del gobierno deben ser excluidos de recibir “cuotas o acciones” de la propiedad pública, porque su sueldo neto (después de impuestos) fue pagado de los impuestos pagados por otros. Además como recipientes del Bienestar, los funcionarios no han pagado impuestos sino que han consumido impuestos. Por lo tanto, tampoco tienen ningún derecho a la propiedad comunal.[25]

Con el Estado central en proceso final de marchitamiento y ya completa la privatización de la propiedad pública, el derecho a la exclusión inherente a la propiedad privada y esencial para la seguridad y protección personales se devuelve a manos de una multiplicidad de unidades de toma de decisión privadas independientes. La inmigración se convierte de nuevo en un micro-fenómeno y desaparece como “problema” social.

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[1] Ludwig von Mises, La Acción Humana: Un tratado sobre economía (Auburn, Ala.: Instituto Ludwig von Mises, 1998), P. 144. “Dentro del marco de la cooperación social,” Mises explica, “pueden surgir entre los miembros de la sociedad sensaciones de empatía y amistad junto con sentimientos de pertenencia conjunta. Estas sensaciones son fuente de las más encantadoras y sublimes experiencias del hombre. Sin embargo, no son, como algunos han afirmado, los agentes que han forjado las relaciones sociales. Son frutos de la cooperación social, prosperan solamente dentro de su marco; no precedieron el establecimiento de las relaciones sociales y no son la semilla de la cual brotarán.”

[2] En relación a la familia, Mises explica, “la atracción sexual mutua entre el varón y la hembra es inherente en la naturaleza animal del hombre e independiente de cualquier pensamiento y teoría. Es permitido llamarla original, vegetativa, instintiva, o misteriosa. …. Sin embargo, ni la cohabitación, ni lo qué la precede ni lo que la sigue, generan cooperación social ni modos de vida en sociedad. Los animales también se juntan en el acoplamiento, pero no han desarrollado relaciones sociales. La vida familiar no es simplemente un producto de la cópula sexual. No es de ninguna manera natural ni necesario que los padres y los niños vivan juntos de la manera como lo hacen en la familia. La relación de acoplamiento no necesariamente resulta en una organización familiar. La familia humana es resultado del pensamiento, de la planificación, y de la actuación.” Acción Humana, P. 167.

[3] Ver también a Spencer H. MacCallum, El Arte de la Comunidad (Menlo Park, California: Instituto para los Estudios Humanos, 1970).

[4] Mises observa a este respecto que “aún si existiese tal cosa como el odio natural e innato entre varias razas, no haría la cooperación social vana. … la cooperación social no tiene nada que ver con el amor personal o con un mandamiento general de amarse los unos a los otros. Cooperan porque sirve a sus propios intereses. Ni el amor ni la caridad ni cualquier otro sentimiento de empatía, sino un egoísmo correctamente entendido es lo que ha impulsado al hombre a ajustarse a los requisitos de la sociedad, a respetar los derechos y las libertades del prójimo y a sustituir con cooperación pacífica la enemistad y el conflicto.” Acción Humana, P. 168.

[5] Ver también Hans-Hermann Hoppe, La Democracia- el Dios que falló: La economía y la política de la monarquía, de la democracia, y del orden natural (Nuevo Brunswick, New Jersey: Transaction Publishers, 2001), esp. cap. 9. Sobre el significado de raza y etnicidad, y especialmente sobre “similitud y disimilitud genéticas” como fuentes de atracción y de repulsión, ver J. Phillippe Rushton, Raza, Evolución y Comportamiento (New Brunswick, New Jersey: Transacción Publishers, 1995); idem, “Gene-Cultura, Co-evolución, y teoría de la similitud genética: Implicaciones en ideología, nepotismo étnico, y geopolítica,” Política y las Ciencias de la Vida 4 (1986); y Michael Levin, Porqué es Importante la Raza (Westport, Conn.: Praeger, 1997).

[6] Sobre el derecho y la economía de la “acción afirmativa” y de la discriminación, ver a Richard A. Epstein, Terrenos Prohibidos (Chicago: Prensa de la Universidad de Chicago, 1992); Bloque de Walter Block y Michael Walker, eds., Discriminación, Acción Afirmativa, e Igualdad de Oportunidades (Vancouver, B.C.: Frazer Institute, 1982).

[7] Empíricamente, la exigencia del hombre por homogeneidad etno-cultural en áreas residenciales encuentra su expresión en el desarrollo de dos institucionales importantes. Por un lado, la exigencia se acomoda al desarrollo de las comunidades “cerradas” de propietarios o alianzas “restringidas” – como posesión de un fundador-desarrollador y arrendadas a seguidores-arrendatarios. Aquí, desde el principio, el propietario impone sus propios estándares de admisión a la comunidad y de conducta de los miembros. Los seguidores-arrendatarios, al asociarse al propietario, acuerdan seguir este código. Por supuesto, cualquier código restringe el rango de opciones permitidas a una persona (con respecto al rango disponible fuera de la comunidad propietaria). De la misma manera, sin embargo, el código protege a cada miembro de la Comunidad contra varias formas de disturbios externos. Probablemente, cuando se hacen miembros residentes de la Comunidad demuestran que prefieren la “protección” adicional, ofrecida por el código, a pesar de las “restricciones” adicionales. Por otra parte, en comunidades de múltiples propietarios independientes, la demanda por homogeneidad etno-cultural encuentra expresión en la institución del seguro (mutuo o de capital base). La esencia del seguro es agrupar riesgos individuales en un reservorio (o clase) de riesgos. Sin embargo, para ser agrupados así, cada riesgo individual debe ser “homogéneo” en lo concerniente al riesgo considerado frente a otros riesgos individuales dentro de la misma clase. Los riesgos “heterogéneos” no se pueden asegurar ni deben ser asegurados por separado (en diferentes reservorios, en común con otros riesgos homogéneos, y a diferente precio). La homogeneidad etno-cultural de vecindades, entonces, es simplemente un dispositivo para tomar un seguro contra amenazas exteriores e interferencias posibles y así bajar el costo de protección residencial de la propiedad. La homogeneidad facilita el aseguramiento mutuo de la propiedad. Los aseguradores basados en capital cobrarán primas más bajas por los grupos de territorios homogéneos (mientras que al mismo tiempo revelan los diferentes rangos de desarrollo cultural de varias ethno-culturas, según lo reflejado en el rango de variación de los precios de las primas cobradas en diversas localidades.)

[8] La migración masiva, en contraste con la migración individual de trabajadores expertos en reducida escala en búsqueda de un ambiente más productivo, es enteramente un fenómeno de hechura del Estado (véase también la sección IV abajo). Más típicamente, la migración masiva es el resultado de guerras inter-estatales, de programas estatales de re-asentamiento, de expulsiones en grupo, o del destruccionismo general de la economía.

[9] ver Murray N. Rothbard, Por una Nueva Libertad (Nueva York; Macmillan, 1978), esp. Cap 3; Murray N. Rothbard, La Ética de la Libertad (Nueva York: Prensa de la universidad de Nueva York, 1998), esp. parte III, Hans-Hermann Hoppe, Una Teoría sobre el Socialismo y el Capitalismo (Boston: Kluwer 1989); también Franz Oppenheimer, El Estado (Nueva York: Vanguard Press, 1914).

[10] Ver Hoppe, La Democracia – el Dios que Falló; idem, “Las élites naturales, los intelectuales, y el Estado,” (Auburn, Ala.: Folleto del Ludwig von Mises Institute, 1995); Murray N. Rothbard, Por una Nueva Libertad, esp. Cap. 7; idem, Educación: Libre y Obligatoria (Auburn, Ala.: Ludwig von Mises Institute, 1999).

[11] Sobre las falacias de la teoría de los bienes públicos ver Murray N. Rothbard, Hombre, Economía, y Estado (Auburn, Ala.: Luis von Mises Institute, 1993), págs. 883-90; Hoppe, Una Teoría sobre el Socialismo y el Capitalismo, cap. 10; sobre las vías, en particular, ver Walter Block, “Los Bienes Públicos y Externalidades: El Caso de las Vías,” Journal de Estudios Libertarios 7, No. 1 (1983).

[12] Inclusive los famosos caminos de la Roma antigua fueron típicamente mirados como una plaga (más bien que como una ventaja) porque eran esencialmente militares en vez de rutas comerciales. Ver a Max Weber, Soziologie, Weltgeschichtliche Analysen, Politik (Stuttgart: Kroener, 1964), P. 4.

[13] ver también a Edward Banfield, La Ciudad en Discusión Nuevamente Visitada (Boston: Little, Brown, 1974).

[14] Sobre la imposibilidad práctica de la democracia (gobierno de la mayoría) en Estados multiétnicos, ver a Ludwig von Mises, Nación, Estado y Economía (Nueva York: Prensa de la universidad de Nueva York, 1983).

[15] Ver también Murray N. Rothbard, “Marshall, los Derechos Civiles y las Cortes,” en Llewellyn H. Rockwell, Jr., ed., El Rothbard Incontenible (Burlingame, California: Centro para los estudios libertarios, 2000), págs. 370-77; Michael Levin, “El Presidente como Ingeniero Social,” en John V. Denson, ed., Valorando de Nuevo la Presidencia (Auburn, Ala.: Ludwig von Mises Institute, 2001), págs. 651-66.

[16] “Si todo trozo de tierra de un país fuera poseído por alguna persona, grupo o corporación,” elabora Murray N. Rothbard, “ésto significaría que ningún inmigrante podría entrar, a menos que fuera invitado y le fuera permitido alquilar o comprar propiedad. Un país totalmente privatizado sería tan cerrado como deseen los habitantes y propietarios particulares. Parece claro, entonces, que el régimen de fronteras abiertas que existe de hecho en los E.E.U.U. es realmente a una apertura obligatoria del Estado central, el Estado tiene a cargo de todas las calles y áreas de terreno público, y no refleja los deseos genuinos de los propietarios.” “Naciones por consentimiento: Descomponiendo la nación Estado”, Journal de Estudios Libertarios 11, No. 2 (1994), P. 7. Sobre la inmigración a los E.E.U.U., ver a Peter Brimelow, Nación Extranjera: Sentido Común sobre el Desastre de la Inmigración en América (Nueva York: Random House, 1995); George J. Borjas, Amigos o Extraños: El impacto de los Inmigrantes en la Economía de los E.E.U.U. (Nueva York: Libros básicos, 1990); idem, Puerta del Cielo: Política en Materia de Inmigración y la Economía Americana (Princeton, New Jersey: Prensa de la Universidad de Princeton, 1999).

[17] Tipicamente, es más fácil para un asesino “político” certificado, tal como un dictador socialista, por ejemplo, que ha sido derrocado por otro, ganar entrada a países occidentales que para (el suyo) las víctimas “verdaderas”. Mientras que la calificación de víctima cambia con los vientos políticos, una constante relativa en la política occidental del asilo es la preferencia por la inmigración judía (con la exclusión del no judío). En los E.E.U.U., por ejemplo, se ha tenido una tradición de muchos años por la cual los judíos de la antigua Unión Soviética califican como “víctimas,” mientras que los rusos o los ucranianos regulares no lo hacen. Para no quedar en desventaja, Alemania acepta actualmente a todo judío ruso que desee la entrada, pero excluye como no-víctimas al resto de los rusos. Por lo tanto, la solicitud de asilo en Alemania entre los “judíos rusos,” dos tercios de los cuales son mantenidos totalmente por el sistema “público” de seguridad social, ha llegado a tal nivel que el comité central de judíos en Alemania exigió del gobierno alemán (con éxito) que los aspirantes “pasen una prueba” de que son judíos. Esencialmente, la prueba es igual a la empleada por los nacional-socialistas en las infames Leyes de la Raza de Nuremberg de 1934 (que ahora se utilizan para el efecto opuesto), las cuales a su vez se basaron en las restricciones religiosas oficiales del judaísmo ortodoxo (reconocidas por ellos mismos). Incidentemente, Israel, quien se define como un “Estado judío,” prohíbe prácticamente toda inmigración de no judíos (mientras que permite que cualquier judío, de cualquier lugar, bajo la ley del retorno, entre en Israel con derechos de ciudadanía completa). El noventa y dos por ciento de la tierra de Israel es de propiedad del gobierno y es regulada por el Fondo Nacional Judío. Según sus regulaciones, el derecho a residir, a abrir un negocio, y también con frecuencia a trabajar en esta tierra, está prohíbida a toda persona con excepción de los judíos. Mientras que los judíos pueden alquilar de no-judíos, se prohíbe a los no-judíos alquilar de judíos. Ver Israel Shahak, Historia Judía, Religión Judía (Londres: Pluto Press, 1994), esp. cap. 1

[18] ver también a Robert A. Nisbet, Comunidad y Poder (Nueva York: Prensa de la Universidad de Oxford, 1962; idem, Conservatismo (Minneapolis: Prensa de la Universidad de Minnesota, 1986).

[19] Para una presentación resumida del visión neoconservadora del mundo, ver a Francis Fukuyama, El Fin de la Historia y del Último Hombre (New York: Avon Books, 1993); para una revisión crítica de los neoconservadores y su agenda, ver a Paul Gottfried, El Movimiento Conservador (New York: Twayne Publishers, 1993); idem, Después del Liberalismo (Princeton, New Jersey: Prensa de la Universidad de Princeton, 1999). Para un tratamiento literario brillante del tema de la inmigración masiva y del Estado-Bienestar occidental, ver a Jean Raspail, El Campo de los Santos (New York: Charles Scribner’s Sons, 1975).

[20] Ver, por ejemplo, Walter Block, “Un Caso Libertario por la Libre Inmigración”, Journal de Estudios Libertarios 13, No. 2 (1998).

[21] Peter Brimelow, en Nación Extranjera, págs. 124-27, ha proporcionado recientemente evidencia cierta sobre la tesis de que nunca, ningún Estado multicultural, y especialmente ninguno democrático, ha trabajado pacíficamente durante largo tiempo. Haciendo el recuento hacia atrás desde el presente, aquí está la evidencia: Eritrea, gobernada por Etiopía desde 1952, se separa en 1993; Checoslovaquia, fundada en 1918, se parte en sus componentes étnicos Checos y Eslovacos en 1993; la Unión Soviética de 1917 se fractura en múltiples componentes étnicos en 1991, y muchos de estos componentes amenazan con una fragmentación étnica adicional; Yugoslavia, fundada en 1918, se parte en varios componentes étnicos en 1991, y todavía está en curso una desintegración adicional; Líbano, fundado en 1920, ha separado efectivamente a Cristianos y Musulmanes (bajo la dominación de Siria) desde 1975; Chipre, independiente desde 1960, se ha partido efectivamente en territorios Griegos y Turcos desde 1974; en Paquistán, independiente desde 1947, Bangladesh, una étnia definida, se separa en 1971; en Malasia, independiente desde 1963, Singapur, dominado por China, es expelido en 1965. La lista sigue con los casos pendientes, sin resolver: en La India, los Sikhs y los Kashmires; en Sri Lanka, los Tamiles; en Turquía, Iraq e Irán, los Curdos; en Sudán y Chad, los Árabes contra los Negros; en Nigeria, los Ibos; en Ulster, los Protestantes contra los Católicos; en Bélgica, los Flamencos contra los Valones; en Italia, los Tiroleses del Sur de habla alemana; en Canadá, los Franceses contra los Ingleses; en Zimbabwe y Sudáfrica, Negros contra Blancos. ¿Con todo, no es Suiza, con su ensamblaje de Alemanes, Franceses, Italianos, y Románicos una excepción? Apenas escasamente. Todos los poderes esenciales en Suiza, particularmente aquellos que determinan materias educativas y culturales (escuelas), se concentran en manos de los Cantones más bien que en las del gobierno central. Y casi todos los veintiséis cantones y semicantones son etno-culturalmente homogéneos. Diecisiete cantones son alemanes casi exclusivamente; cuatro cantones son casi exclusivamente franceses; y un cantón es predominantemente italiano. Solamente tres cantones son bilingües, el equilibrio etno-cultural suizo ha sido esencialmente estable, y solamente hay alguna migración intercultural-cantonal limitada. Pero aún dadas estas circunstancias favorables, Suiza experimentó una guerra de secesión fracasada, violentamente suprimida, el Sonderbundskrieg de 1847. Además, la creación del nuevo cantón francófono, disidente, de Jura, salido del cantón predominantemente alemán de Berna en 1979, fue precedida por varios años de actividad terrorista.

[22] Ver, por ejemplo, Block, “Un Caso Libertario por la Libre Inmigración”.

[23] En contra de la opinión de muchos entusiastas de la frontera “abierta” del izquierdismo-libertario, es incorrecto deducir del hecho que un inmigrante ha encontrado a alguien que quiere emplearlo, que su presencia en un territorio dado se debe en adelante considerar como “invitada”. En realidad, esta conclusión es verdadera solamente si el empleador asume, además, los costos completos asociados a la importación de su empleado inmigrante. Éste sería el caso de un arreglo hecho bajo la muy calumniada figura de la “ciudad fábrica” poseída y operada por su propietario. Aquí, el costo completo de empleo, el costo de la vivienda, los cuidados médicos, y el resto de amenidades asociadas a la presencia de un inmigrante, son pagados por el propietario. Ninguna otra propiedad está implicada en el establecimiento del inmigrante-trabajador. Menos perfectamente (y cada vez menos aún), este principio de inmigración a todo costo se observa en la política suiza en materia de inmigración. En la inmigración Suiza las materias son decididas localmente, más bien que a nivel del gobierno federal, por la comunidad local del propietario-residente donde el inmigrante quiere residir. Los propietarios están interesados en que la presencia del inmigrante aumente, en vez de que disminuya, los valores de las propiedades de la comunidad. En lugares tan atractivos como Suiza, esto significa típicamente que se espera que el inmigrante (o su empleador) compre su entrada en la comunidad, lo cual requiere a menudo donaciones multimillonarias en dólares. Desafortunadamente, los Estados-Bienestar no funcionan como ciudades fábrica ni aún como comunidades suizas. Bajo las condiciones del Estado-Bienestar el empleador del inmigrante debe pagar solamente una pequeña fracción de los costos totales asociados a la presencia del inmigrante. Sin embargo le permiten socializar (externalizar) una parte substancial de tales costos entre otros propietarios. Equipado con permiso de trabajo, se permite al inmigrante hacer uso gratuito de toda facilidad pública: caminos, parques, hospitales, escuelas, y ningún arrendador o propietario, hombre de negocios, o asociado privado, tiene permiso para discriminar contra él en lo concerniente a vivienda, empleo, alojamiento, o asociación. Es decir, el inmigrante viene invitado con un paquete substancial de beneficios complementarios no pagados (o solo parcialmente) por el empleador del inmigrante (quién aparentemente extendió la invitación), sino por otros propietarios domésticos quienes pagan impuestos aunque no tuvieran intervención alguna en la invitación. Esto no es una “invitación,” según lo entendido normalmente. Es una imposición. Es como invitar trabajadores inmigrantes a que renueven su casa mientras que se les alimenta de los refrigeradores de casas vecinas. Por lo tanto, como el costo de importar trabajadores inmigrantes baja, entonces habrá más inmigrantes patrocinados por empleadores. Por otra parte, el carácter de los inmigrantes también cambia. Mientras que las comunidades suizas eligen inmigrantes versátiles, de alta productividad, cuya presencia aumenta el valor de las propiedades comunales, a los empleadores bajo las condiciones democráticas del Estado-Bienestar, se les permite externalizar los costos de empleo con otros y tienden a importar inmigrantes cada vez más baratos, poco calificados y de baja productividad, sin importarles el efecto sobre los valores de las propiedades comunales cercanas. Teóricamente en bancarrota, la postura del izquierdismo libertario sobre las fronteras abiertas puede entenderse sólo desde el punto de vista psicológico. La fuente se puede encontrar en la formación al estilo Randiano de muchos libertarios de izquierda. A los hombres de negocios y grandes empresarios se les retrata como a “héroes” y, según Ayn Rand, en una de sus más ridículas declaraciones, se les trata como a “la minoría más seriamente perseguida del Estado-Bienestar”. ¿En esta visión (nunca teñida siquiera por conocimientos o experiencias históricos), en que podría haber incorrección si un hombre de negocios contrata a un trabajador inmigrante? De hecho, como cada historiador sabe, los grandes hombres de negocios están entre los más grandes pecadores contra los derechos de la propiedad privada y las leyes del mercado. Entre otras cosas, en una alianza non sancta con el Estado central han adquirido el privilegio de importar trabajadores inmigrantes a costa de otra gente (mientras que también han adquirido el privilegio de exportar capitales a otros países y han sido rescatados por los contribuyentes y los militares cuando tales inversiones se han vuelto agrias). Un segundo motivo de entusiasmo con la frontera abierta entre los libertarios izquierdistas contemporáneos es su igualitarismo. Inicialmente los atrajeron al libertarismo cuando jóvenes debido a su postura “anti-autoridad” (no confiar en ninguna autoridad) y “aparente tolerancia”, hacia formas “alternativas” de vida -no burguesas -. Como adultos, se han quedado estancados en esta fase de desarrollo mental. Expresan una “sensibilidad” especial por toda forma de discriminación y no se inhiben al usar el poder del Estado central para imponer a la sociedad estatutos especiales de no-discriminación o de “derechos civiles”. Por lo tanto, prohibiendo a otros propietarios la discriminación como les viene en gana, les es permitido vivir a expensas de otros. Pueden disfrutar de su forma de vida “alternativa” sin tener que pagar el precio “normal” tal conducta, es decir, discriminación y exclusión. Para legitimar esta línea de conducta, insisten en que una forma de vida es tan buena y aceptable como otra. Esto nos lleva primero al multiculturalismo, después al relativismo cultural, y finalmente a las “fronteras abiertas.” Ver más adelante Hoppe, La Democracia- El Dios que falló, esp. cap. 10.

[24] Se debe hacer énfasis en que las “acciones” de propiedad distribuidas deben ser negociables para que de verdad constituyan propiedad privada. Por una parte, la posibilidad de negociar las “acciones” hace que la gente pueda convertir en dinero efectivo (vender) la propiedad. No todos tienen la paciencia ni están dispuestos a asumir el riesgo asociado a la propiedad de bienes de capital. Por otra parte, y de la misma forma, la posibilidad de negociar las “acciones” hace que las propiedades puedan ser compradas y puestas en uso productivo por los empresarios capitalistas que tienen la paciencia requerida y la disposición a asumir el riesgo asociado (de pérdidas y ganancias).

[25] Con toda seguridad, se van a presentar un número de complicaciones con esta estrategia de la privatización. Para determinar la cuota parte de propiedad concedida a los cada uno de los individuos en edificios y estructuras actualmente en posesión de los gobiernos federal, regional y local, cada uno de estos individuos tendría que proporcionar la documentación que demuestre los pagos de impuestos federales, regionales y locales respectivamente, y en cada caso, además, los pagos recibidos del Bienestar que se deben deducir de los impuestos pagados para llegar a una cifra neta de impuestos pagados. En una sociedad completamente privatizada de mercado, la tarea de encontrar una solución detallada a este problema debe ser asumida normalmente por contadores, abogados, y agencias del arbitraje, financiadas directa o indirectamente, pagados con honorarios contingentes, por los demandantes individuales.

Traducido del inglés por Rodrigo Betancur. El artículo original se encuentra aquí.

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Reflexiones sobre el estado y la guerra

Por Hans-Hermann Hoppe
Tomado de MMises Hispano

Convencionalmente el estado se define como una agencia con dos características únicas. La primera, que es un monopolio territorial compulsivo de última instancia en la toma de decisiones (jurisdicción).

Es decir, es el árbitro último en todos los casos de conflicto, incluyendo aquellos conflictos en los cuales se ve envuelto el mismo estado. La segunda, el estado es un monopolio territorial de impuestos. Es decir, es una agencia que fija unilateralmente el precio que los ciudadanos deben pagar por los servicios de justicia y orden.

Previsiblemente, si alguien puede apelar por justicia solamente ante el estado, tal justicia se pervierte a favor del estado. El monopolio, de última instancia en la toma de decisiones, en vez de resolver conflictos los provoca con el fin de decidirlos a su favor. Peor aún, mientras disminuye la calidad de la justicia, su precio irá en aumento. Motivado, como cualquiera, por interés propio, pero armado del poder de gravar con impuestos, la meta de los agentes estatales es siempre la misma: maximizar el ingreso y minimizar el esfuerzo productivo.

Estado, Guerra, e Imperialismo
En vez de concentrarme en las consecuencias internas de la institución del estado, me enfocaré más bien en sus consecuencias externas, es decir, en su política externa más bien que en su política doméstica.

Por un lado, al ser una agencia que pervierte la justicia y grava con impuestos, todo estado sufre la amenaza de la “emigración”.

Especialmente sus ciudadanos más productivos podrían emigrar para escapar de los impuestos y de la perversión de la ley. Y esto a ningún estado le gusta. En vez de ver encoger su base tributaria y su rango de control, los agentes preferirían que se ampliase. Pero entonces entrarían en conflicto con otros estados. A diferencia de la competencia entre personas e instituciones “naturales”, la competencia entre estados es eliminatoria. Es decir, en un área dada, sólo puede existir un monopolio de toma última de decisiones y de impuestos. En consecuencia entre los diferentes estados se promueve la tendencia hacia la centralización política y finalmente hacia un estado único mundial.

Más aún, como monopolios de toma última de decisiones, financiados por impuestos, los estados son instituciones inherentemente agresivas. Mientras las personas e instituciones “naturales” tienen que soportar por sí mismas el costo de su comportamiento agresivo (lo que les induce a abstenerse de tal conducta), los estados pueden externalizar este costo sobre los contribuyentes.

Esta es la razón por la cual los agentes estatales se inclinan a ser provocadores y agresores y se puede esperar que el proceso de centralización proceda mediante choques violentos, es decir, guerras interestatales.

Más aún, dado que los estados tienen que comenzar siendo pequeños y asumiendo como punto de partida un mundo compuesto de una multitud de unidades territoriales independientes, podríamos decir algo más bien específico acerca de lo requerido para el éxito. La victoria o la derrota en la guerra interestatal depende de muchos factores, claro, pero si otros factores tal como el tamaño de la población permanecieran iguales, a largo plazo, el factor decisivo sería la cantidad de recursos a disposición del estado. Con impuestos y regulaciones los estados no contribuyen a la creación de riqueza económica. Más bien, al estilo de parásitos, los estados se lucran de la riqueza existente. Los gobiernos estatales pueden influenciar negativamente la riqueza existente. Pero si suponemos que otras cosas permanecen constantes, mientras más bajas sean las cargas impositivas y las regulaciones impuestas a la economía doméstica, más tenderá a crecer la población y mayor el monto de la riqueza producida domésticamente de la cual el estado puede echar mano en sus conflictos con los competidores vecinos. Es decir, los estados que gravan y regulan sus economías relativamente poco – los estados liberales – tienden a expandir sus territorios o su rango de control hegemónico a expensas de, y a derrotar a, otros estados menos liberales.

Esto explica por ejemplo, porqué Europa Occidental llegó a dominar el resto del mundo y no todo lo contrario. Más específicamente, explica porqué primero los holandeses, luego los británicos y finalmente, en el siglo 20, los Estados Unidos, llegaron a ser la potencia imperial dominante, y porqué los Estados Unidos, internamente uno de los estados más liberales, ha tenido la política externa más agresiva, mientras que la Unión Soviética, por ejemplo, con sus políticas domésticas totalmente iliberales (represivas) ha mantenido una política externa comparativamente mas pacífica y cauta. Los Estados Unidos sabían que podían derrotar militarmente a cualquier otro estado y por tanto han sido agresivos. En contraste, la Unión Soviética sabía que estaba destinada a perder una confrontación con cualquier estado de tamaño sustancial a menos que pudiera vencer en unos pocos días o semanas.

Desde la Monarquía con Guerras de Ejércitos hasta la Democracia con Guerras Totales
Históricamente, la mayoría de los estados han sido monarquías, encabezadas por monarcas o príncipes absolutos o constitucionales. Es interesante preguntar porqué es esto así, pero ahora debemos hacer a un lado la pregunta. Es suficiente decir que los estados democráticos (incluyendo las llamadas monarquías parlamentarias), encabezadas por presidentes o primeros ministros, eran escasas hasta la Revolución Francesa y sólo hasta después de la Primera Guerra Mundial llegaron a tener importancia histórica mundial.

Mientras que se deben esperar inclinaciones agresivas de todos los estados, la estructura incentiva encarada por los monarcas tradicionales por un lado y por los presidentes modernos por el otro, es suficientemente diferente para registrar diferentes clases de guerras.

Mientras que los reyes se veían como propietarios privados del territorio bajo su control, los presidentes se consideran a sí mismos como custodios temporales. El propietario de un recurso se preocupa por el ingreso corriente derivado del recurso y del valor del capital representado por el mismo (como un reflejo del ingreso futuro esperado). Sus intereses son a largo plazo, con preocupación por la preservación y el acrecentamiento de los valores de capital representados en “su” país. En contraste, el custodio temporal de un recurso (visto como propiedad pública más que como propiedad privada) se preocupa primariamente por el ingreso corriente y presta poca o ninguna atención a los valores de capital.

La secuela empírica de estas estructuras con estos diferentes incentivos es que las guerras monárquicas tendieron a ser “moderadas” y “conservadoras” al compararlas con las guerras democráticas.

Las guerras monárquicas se iniciaban en disputas por herencias generadas por una complicada red de matrimonios inter-dinásticos. Se caracterizaban por tener objetivos territoriales tangibles. No eran peleas motivadas ideológicamente. El público consideraba la guerra como un negocio privado del rey, que se financiaba y ejecutaba con el dinero y las fuerzas militares propias del rey. Más aún, como eran conflictos entre familias gobernantes, los reyes se sentían compelidos a reconocer una clara distinción entre combatientes y no combatientes y dirigían sus esfuerzos de guerra exclusivamente contra los territorios de cada uno de ellos y de sus familias. El historiador Michael Howard anotaba acerca de las guerras monárquicas del siglo 18:

En el continente (europeo) el comercio, los viajes, el intercambio científico y cultural continuó casi sin estorbos durante la guerra. Las guerras eran guerras de los reyes. El papel del buen ciudadano era pagar sus impuestos y la sana economía política dictaba que debía dejársele solo para que hiciera el dinero del cual se pagarían esos impuestos. No se le exigía que participara ni en la decisión por la cual se inició la guerra, ni tomaba parte en ellas una vez que empezaban, a no ser que lo empujara el espíritu de aventura juvenil. Estos temas eran arcane regni, preocupación del soberano solamente.

Similarmente Ludwig von Mises observaba acerca de las guerras de ejércitos:

En las guerras de ejércitos, el ejército combate y los ciudadanos que no son miembros del ejército, continúan con sus vidas normales. Los ciudadanos pagaban los costos de la guerra, pagaban por el mantenimiento y el equipo del ejército, pero de otra manera permanecían fuera de los eventos de la guerra. Podía pasar que por acciones de guerra demolieran sus casas, devastaran sus tierras, y destruyeran sus demás propiedades; pero esto también era parte de los costos de la guerra que tenían que sufragar. También podía suceder que fueran víctimas del saqueo, o de la muerte, por parte de los guerreros, aún de aquellos de su “propio” ejército. Pero estos eventos no son inherentes como tales a la guerra; estorban más que ayudan a las operaciones de los líderes del ejército y no son tolerados si quienes tienen el mando, tienen completo control sobre sus tropas. El estado en guerra que ha formado, equipado y mantenido el ejército considera el saqueo por parte de sus soldados como una ofensa; eran empleados para combatir, no para saquear por su propia cuenta. El estado quiere mantener la cotidianidad de la vida civil, porque quiere preservar la capacidad de pagar impuestos de sus ciudadanos; los territorios conquistados son considerados como su propio dominio. El sistema de economía de mercado se debe mantener durante la guerra para atender los requerimientos de la guerra.

En contraste con la guerra limitada del antiguo régimen, la era de las guerras democráticas, – que se iniciaron con la Revolución Francesa y las Guerras Napoleónicas, continuaron durante el siglo 19 con la Guerra de Independencia del Sur Americano, y que alcanzaron su cúspide durante el siglo 20 con la Primera y Segunda Guerras Mundiales – ha sido la era de la guerra total.

Al desdibujarse la distinción entre gobernados y gobernantes (“nosotros mismos nos gobernamos”), la democracia reforzó la identificación del público con el estado en particular. Más bien que disputas dinásticas por propiedades que podían resolverse mediante conquista y ocupación, las guerras democráticas se convirtieron en batallas ideológicas: choques de civilizaciones, que solamente se resolvían mediante dominación, subyugación y si fuera necesario, exterminio cultural, lingüístico y religioso. Fue cada vez más difícil para los miembros del público sustraerse ellos mismos de inmiscuirse personalmente en la guerra. La resistencia contra mayores impuestos para financiar la guerra fue considerada como traición. Porque el estado democrático, a diferencia con la monarquía, era propiedad de todos, la conscripción pasó de ser la excepción a ser la regla general. Con ejércitos masivos de conscriptos baratos y fácilmente disponibles, el pelear por metas e ideales nacionales, con el respaldo de los recursos económicos de la nación entera, cayó por la borda la distinción entre combatientes y nocombatientes. El daño colateral ya dejo de ser un efecto secundario indeliberado y se convirtió en parte integral de la guerra. “Una vez el estado cesó de ser considerado como propiedad de los príncipes dinásticos”, anota Michael Howard,

y en vez de eso se convirtió en el instrumento de fuerzas poderosas dedicadas a conceptos tan abstractos como Libertad, o Nacionalidad, o Revolución, que permitió a un número mayor de la población ver en ese estado la encarnación de un bien absoluto, por el que ningún precio a pagar es demasiado alto, ningún sacrificio es demasiado grande, y por lo tanto las ‘contiendas temperadas e indecisivas’ de la edad rococó parecen mas bien anacronismos absurdos.

El historiador militar y Mayor General J. F. C. Fuller hace similares observaciones:

La influencia del espíritu de nacionalidad, es decir de democracia, sobre la guerra fue profunda, le impartió calidad emocional a la guerra y en consecuencia la brutalizó, ejércitos nacionales peleaban contra naciones, ejércitos reales peleaban contra sus similares, los primeros obedecían a una turba – siempre enloquecida, los últimos a un rey generalmente cuerdo. Todo esto se desprendió de la Revolución Francesa, la cual también dio al mundo la conscripción – guerra de rebaños, y el rebaño acoplado a la financiación y al comercio, han engendrado nuevos ámbitos a la guerra. Porque una vez que la nación entera pelea, el crédito nacional entero está disponible para propósitos de la guerra.

Y William A. Orton resume el tema así:

Las guerras del siglo 19 se mantuvieron dentro de límites por la tradición bien reconocida en la ley internacional, que la propiedad y los negocios civiles estaban por fuera del ámbito del combate. Los bienes civiles no estaban expuestos a secuestro o a expropiación arbitrarios, y aparte de ciertas estipulaciones territoriales y financieras como las que un estado podría imponer a otro, generalmente era permitida la continuación de la vida económica y cultural de los beligerantes casi como venía siendo. La práctica del siglo 20 ha cambiado todo esto. Durante ambas Guerras Mundiales un número ilimitado de listas de contrabando apareadas a declaraciones unilaterales de leyes marítimas pusieron toda suerte de comercios en peligro, y convirtieron en papel usado toda clase de precedentes. El final de la Primera Guerra fue marcado por un esfuerzo resuelto, y exitoso, para impedir la recuperación económica de los principales perdedores, y para retener ciertas propiedades civiles. La Segunda Guerra vio la extensión de esa política llegar a tal punto que la ley internacional en guerra, en efecto, dejó de existir. Por años el Gobierno de Alemania, hasta donde sus armas podían alcanzar, había basado la política de confiscación en una teoría racial que no tenía postura en la ley civil, ni en la ley internacional, ni en la ética cristiana; y cuando la guerra empezó, esa violación de la cortesía entre naciones demostró ser contagiosa. La dirigencia Anglo-americana, de palabra y obra, lanzó una cruzada que no admitía límites legales ni territoriales al ejercicio de la coacción. El concepto de neutralidad fue condenado tanto en la teoría como en la práctica. No sólo los activos e intereses del enemigo, sino también los activos e intereses de cualesquiera otras partes, aún en países neutrales, estuvieron expuestos a toda clase de coacción que los países beligerantes pudieran hacer efectiva; y los activos e intereses de estados neutrales y sus civiles, alojados en territorios beligerantes o bajo control beligerante, fueron sujetos prácticamente a la misma clase de coacción a que estaban sujetos los enemigos nacionales. Así que la “guerra total” vino a ser el tipo de guerra de la que no había esperanza de escapar para ningún tipo de comunidad; y los países amantes de la paz debían sacar la conclusión obvia.

Excursus: La Doctrina Democrática de la Paz
He explicado cómo la institución de un estado conduce a la guerra, porqué, aunque aparentemente paradójico, estados internamente liberales tienden a ser potencias imperialistas, y cómo el espíritu de la democracia ha contribuido a la de-civilización en la conducción de la guerra.

Más específicamente, he explicado el ascenso de los Estados Unidos al rango del más alto poder imperial, y, como consecuencia de su sucesiva transformación, desde sus más tempranos principios como una república aristocrática, a una irrestricta democracia masiva que empezó con la Guerra Sureña de Independencia, el papel de los Estados Unidos es, cada vez más, el de un agitador arrogante, autosuficiente y fanático.

Los que parecen ser los mayores obstáculos en el camino a la paz y a la civilización, son entonces, el estado y la democracia, y específicamente el modelo mundial de democracia: los Estados Unidos de América.

Irónicamente, si no es sorprendente, son precisamente los Estados Unidos los que reclaman que la democracia es la solución en la búsqueda de la paz.

La razón de esta manifestación es la doctrina de la paz democrática, que viene de tiempos antiguos, desde los días de Woodrow Wilson y la Primera Guerra Mundial y que ha sido revivida por George W. Bush y sus consejeros neo-conservadores, y que ahora se ha convertido en folklore intelectual aún para los círculos liberal-libertarios. La teoría sostiene:
• Las democracias no van a la guerra entre ellas.
• Por tanto, para lograr una paz duradera, el mundo entero debe convertirse a la democracia.

Y como corolario, en gran parte no declarado:
• Hoy, muchos estados que no son democráticos y se resisten a una reforma (democrática) interna.
• Por tanto debemos emprender la guerra contra esos estados para convertirlos a la democracia y lograr una paz duradera.

No tengo paciencia para hacer una crítica formal de esta teoría. Haré meramente una crítica breve a la premisa inicial y a su conclusión final.

Primero: ¿No van las democracias a la guerra entre si? Ya que casi no existían democracias antes del siglo 20 se supone que la respuesta debe encontrarse en los últimos cien años o algo así. De hecho el mayor volumen de evidencia ofrecida a favor de la tesis es la observación de que los países de Europa Occidental no han emprendido la guerra entre ellos con posterioridad a la Segunda Guerra Mundial.

Igualmente, en la región del Pacífico, Japón y Corea del Sur no ha estallado la guerra entre ellos durante el mismo período. ¿Es esta evidencia prueba del caso? Los teóricos de la paz democrática así lo creen. Como científicos están interesados en pruebas estadísticas, y tal como ellos lo ven hay abundantes “casos” sobre los cuales construir la prueba: Alemania no ha ido a la guerra contra Francia, Italia, Inglaterra, etc.; Francia no ha ido a la guerra contra España, Italia, Bélgica, etc. Más aún, y estas son sólo permutaciones: Alemania no atacó a Francia, ni Francia atacó a Alemania. Así que aparentemente tenemos docenas de confirmaciones – y esto durante casi 60 años – y ni un solo contraejemplo. ¿Pero es cierto que tenemos tantos casos de confirmación? La respuesta es no: tenemos más de un caso singular a la mano. Con la finalización de la Segunda Guerra Mundial, esencialmente toda (la que hoy es democrática) Europa Occidental, (y en la región del Pacífico las democracias de Japón y Corea del Sur) han venido a ser parte del Imperio de los Estados Unidos, tal como lo indica la presencia de tropas en prácticamente todos estos países. Lo que prueba el período posterior a la Segunda Guerra Mundial no es que las democracias no vayan a la guerra entre ellas sino que la potencia imperial y hegemónica que son los Estados Unidos no deja que sus colonias vayan a la guerra entre ellas (y claro, la hegemonía no ve necesario ir a la guerra contra sus satélites – porque han obedecido – y no ven la necesidad de, o no se atreven a, desobedecer al amo).

Es más, si el asunto se percibe así – basados en un entendimiento de la historia mas que en la ingenua creencia de que porque una entidad tiene un nombre diferente de otra, el comportamiento de una y otra debe ser independiente – se ve claro que la evidencia presentada nada tiene que ver con democracia y si mucho con hegemonía. Por ejemplo, no ha estallado la guerra después de la Segunda Guerra Mundial y hasta el final de los años 1980, es decir, durante el reinado hegemónico de Rusia, entre Alemania Oriental, Polonia, Checoslovaquia, Rumania, Bulgaria, Lituania, Estonia, Hungría, etc.

¿Que son dictaduras comunistas y las dictaduras comunistas no van a la guerra entre si? ¡Esta tendría que ser la conclusión de científicos del calibre de los teóricos de la paz democrática! Pero con seguridad la conclusión está errada. No estalló guerra alguna porque la Unión Soviética no permitió que así sucediera; en igual forma no hubo guerra entre las democracias occidentales porque los Estados Unidos no permitieron que esto sucediera en sus dominios. Para más claridad, la Unión Soviética intervino Hungría y Checoslovaquia, pero también los Estados Unidos intervinieron varias ocasiones en América Central, como Guatemala, por ejemplo. (Incidentalmente: ¿que tal las guerras entre Israel, Palestina y Líbano? ¿No son todas ellas democracias? ¿O por definición se excluyen los países árabes como no-democráticos? Segundo: La democracia no es solución de cosa alguna, mucho menos de la paz. Ahí el caso de los teóricos de la paz democrática parece ser aún peor. Sin duda la falta de entendimiento histórico que demuestran es aterradora. Estas son sólo algunas de sus fallas fundamentales:

Primero, la teoría implica la (cual sólo podemos calificar como escandalosa) fusión conceptual de los términos democracia y libertad, especialmente viniendo de personajes autoproclamados libertarios. La base fundamental de la libertad es la propiedad privada y la propiedad privada (exclusiva) es lógicamente incompatible con la democracia – el gobierno de la mayoría. Democracia no tiene nada que ver con libertad. Democracia es una variante suave del comunismo, y sólo en raras ocasiones se le ha tomado por otra cosa en la historia de las ideas.

Incidentalmente, antes de la irrupción de la era de la democracia, es decir, a principios del siglo 20, los gastos del gobierno (del estado) financiados con impuestos (combinando toda clase de gobiernos) en los países de Europa Occidental constituían entre el 7 y 15% del producto nacional y en los jóvenes Estados Unidos eran aún más bajos. A menos de cien años del pleno gobierno de las mayorías este porcentaje ha aumentado al 50% en Europa y al 40% en los Estados Unidos.

Segundo, la teoría de la paz democrática distingue esencialmente sólo entre democracia y no-democracia, esta última llamada dictadura para abreviar. En esta forma no solamente desaparecen de vista los regimenes aristocrático-republicanos, sino también todas las monarquías tradicionales, que son muy importantes para nuestros propósitos. Se les equipara con dictaduras tipo Lenin, Mussolini, Hitler, Stalin y Mao. Es indudable que las monarquías tradicionales tienen poco en común con las dictaduras, mientras que la democracia y las dictaduras están íntimamente relacionadas.

Las monarquías son una rama semi-orgánica de un orden social natural jerárquicamente estructurado (no estatal). Los reyes son las cabezas de familias extendidas, clanes, tribus, y naciones. Ejercen una gran autoridad, reconocida voluntariamente, heredada y acumulada durante muchas generaciones. Es dentro de la estructura de tal orden natural (y de las repúblicas aristocráticas) que se desarrolló y floreció el liberalismo. Por contraste, las democracias desde este punto de vista son igualitarias y redistribucionistas en perspectiva; como consecuencia, el antes mencionado crecimiento del poder estatal en el siglo 20.

Característicamente, la transición de la era monárquica a la democrática, la cual principió en la segunda mitad del siglo 19, ha visto el continuo decaimiento en la fuerza de los partidos liberales y el correspondiente reforzamiento de partidos socialistas de todo calibre. Tercero, de ahí que debe ser considerada como grotesca la visión, de los teóricos de la paz democrática, de conflagraciones como la Primera Guerra Mundial, por lo menos desde la panorámica de alguien que alega valorar la libertad. Para ellos esta guerra fue esencialmente una guerra entre democracia y dictadura, una guerra en última instancia justificada porque al aumentar progresivamente el número de democracias, en igual forma se expandía la paz.

En realidad las cosas fueron muy diferentes. Con certeza, ni Alemania antes de la guerra, ni Austria, se pueden calificar de ser tan democráticas como Inglaterra, Francia o Estados Unidos en ese mismo período. Pero Alemania y Austria definitivamente no eran dictaduras.

Ellas eran monarquías (cada vez más debilitadas) y como tales teóricamente tan liberales, sino más, que sus contrapartes. Por ejemplo, en los Estados Unidos los pacifistas fueron encarcelados, la lengua alemana esencialmente proscrita, los ciudadanos de origen alemán fueron amenazados abiertamente y con frecuencia obligados a cambiar sus nombres. Y sin embargo, nada comparable ocurrió en esa época en Austria y Alemania.

De todas maneras el resultado de la cruzada para lograr un mundo mas apropiado para la democracia fue menos liberal del que existía anteriormente (y el Tratado de Paz de Versalles precipitó la Segunda Guerra Mundial). No sólo el poder del estado creció más después de la guerra que antes, el tratamiento a las minorías se deterioró en el democratizado período posterior a la Primera Guerra Mundial. En la recién fundada Checoslovaquia los ciudadanos de origen alemán fueron maltratados sistemáticamente por la mayoría checa, (hasta que fueron finalmente expulsados por millones y asesinados por decenas de miles después de la Segunda Guerra Mundial). Nada de esto, ni siquiera remotamente parecido, sucedió a los checos durante el previo reinado de los Ausburgos. Antes de la guerra, la situación de las relaciones entre alemanes y eslavos sureños en Austria fue similar en ese aspecto a la situación en Yugoslavia después de la guerra.

No fue coincidencia. En Austria, bajo la monarquía, las minorías habían sido relativamente tan bien tratadas, tanto como bajo los Otomanos.

Sin embargo después del multicultural Imperio Otomano, que se desintegró durante el siglo 19 y fue reemplazado por naciones-estados semi-democráticos tales como Grecia, Bulgaria, etc., los musulmanes otomanos fueron expulsados y exterminados; en forma similar, después del triunfo de la democracia en los Estados Unidos, con la conquista militar de la Confederación Sureña, el gobierno de la Unión procedió a exterminar a los Indios de las praderas. Como Mises lo ha reconocido, la democracia no funciona en sociedades multi-étnicas. No sólo no propicia la paz sino que promueve conflictos y tendencias potencialmente genocidas.

Cuarto, e íntimamente relacionado con el tema que tratamos, los teóricos de la paz democrática manifiestan que la democracia representa un “equilibrio” estable. Así ha sido expresado con la mayor claridad por Francis Fukuyama quien ha llamado el nuevo orden democrático mundial como el “fin de la historia”. Sin embargo existe evidencia abrumadora de que esta expresión es rotundamente errónea.

En terrenos teóricos: ¿como puede la democracia estar en equilibrio estable si es posible que ella misma se transforme democráticamente en una dictadura, es decir, en un sistema que es considerado como no estable? Respuesta: No tiene sentido.

Más aún, empíricamente las democracias son cualquier cosa menos estables. Como antes lo hemos indicado, en las sociedades multiculturales la democracia regularmente conduce a discriminación, opresión, y aún a expulsión y a exterminio de minorías – difícilmente es un equilibrio pacífico. Y en sociedades étnicamente homogéneas, la democracia conduce regularmente a la guerra de clases, la cual las lleva a crisis económicas, que conducen a la dictadura. Piénsese por ejemplo en la Rusia post-zarista, en Italia, Alemania Weimar, España, Portugal, después de la Primera Guerra Mundial y en tiempos más recientes Grecia, Turquía, Guatemala, Argentina, Chile y Pakistán. Y hoy Venezuela.

Esta relación estrecha entre democracia y dictadura no sólo es problemática para los teóricos de la paz democrática, peor aún, tienen que enfrentar la realidad de las dictaduras que surgen de las crisis democráticas, las cuales son cada vez peores, desde el punto de vista liberal clásico o libertario, de lo que hubieran sido de otra manera. Se pueden citar casos en los cuales las dictaduras eran preferibles y aún más, un mejoramiento sustancial. Piénsese en la Italia de Mussolini o en la España de Franco. Adicionalmente, ¿como puede uno aceptar la visión ingenua de abogar por la democracia ante el hecho de que los dictadores, bien diferente a lo que ocurre con los reyes quienes deben su rango a un accidente de nacimiento, sean con frecuencia favoritos de las masas y en este sentido altamente democráticos? Piense no más en Lenin o en Stalin, quienes realmente fueron bastante más democráticos que el Zar Nicolás II, o piense en Hitler quien definitivamente era más democrático y “hombre del pueblo” que el Káiser Guillermo II y que el Káiser Francisco José.

De acuerdo a los teóricos de la paz democrática se supone que debemos combatir contra las dictaduras extranjeras, bien sean reyes o demagogos, para poder instalar democracias que a su vez se conviertan en dictaduras (modernas), hasta que finalmente, supone uno, los Estados Unidos se hayan transformado en una dictadura, debido al crecimiento del poder estatal interno resultante de las innumerables “emergencias” engendradas por guerras foráneas.

Mejor, diría yo, pongamos atención al consejo de Erik von Kuehnelt Leddihn y en vez de buscar proteger a la democracia, debemos apuntar a protegernos de la democracia, en todas partes, pero sobretodo en los Estados Unidos.

Traducido del inglés por Rodrigo Betancur. El artículo original se encuentra aquí.

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Argumentación y Autoposesion

Por Hans-Hermann Hoppe
Tomado de Mises Hispano

Primero quiero establecer esta teoría general de la propiedad como un conjunto de normas aplicables a todos los bienes, con el objetivo de ayudar a evitar todos los conflictos posibles por medio de los principios uniformes, y luego demostraré cómo esta teoría general está implícita en el principio de no-agresión. De acuerdo con el principio de no-agresión, una persona puede hacer con su cuerpo lo que quiera siempre y cuando no agreda al cuerpo de otra persona. Por lo tanto, esta persona también podría hacer uso de otros medios escasos, al igual que hace uso de su propio cuerpo, siempre que estas otras cosas no se las haya apropiado otra persona antes y que aún se encuentren en un estado natural sin dueño.

Tan pronto como los recursos escasos se apropian -tan pronto como alguien “mezcla su trabajo” con ellos, como John Locke lo expresó, y haya pruebas objetivas de esto-, entonces la propiedad (el derecho de control exclusivo), sólo puede ser adquirida por una transferencia contractual de títulos de propiedad a partir de un anterior a un posterior propietario, y cualquier intento de delimitar unilateralmente este control exclusivo de los anteriores propietarios o cualquier transformación no solicitada en las características físicas de los medios escasos tratados es, en estricta analogía con las agresiones contra el cuerpo de otras personas, una acción injustificable.

La compatibilidad de este principio con el de no-agresión puede ser demostrado por medio de un argumentum a contrario. En primer lugar, cabe señalar que si nadie tuviera el derecho a adquirir y controlar cualquier cosa excepto su propio cuerpo (regla que cumpliría la prueba formal de la universalidad), entonces todos dejaríamos de existir, y el problema de la justificación de las reglas normativas simplemente no existiría. La existencia de este problema es solo posible porque estamos vivos, y nuestra existencia se debe al hecho de que no, de hecho no podemos, aceptar una norma que prohíba la propiedad de otros bienes escasos que no sean nuestro propio cuerpo. Por lo tanto, el derecho a adquirir dichos bienes se debe asumir como cierto.

Ahora bien, si asumimos esto, pero no aceptamos que un individuo tiene el derecho a adquirir tales derechos de control exclusivo, a través de su propio trabajo, sobre objetos naturales y no utilizados (haciendo algo con estos bienes que nadie más había hecho antes), y aceptamos que los demás tienen el derecho de no respetar la propiedad de los bienes individuales en los que nunca trabajó o dio un uso en particular, entonces se está diciendo que es correcto adquirir títulos de propiedad, no a través del trabajo (es decir, el establecimiento de un vínculo objetivo entre una persona y un recurso escaso en particular), sino simplemente a través de una declaración verbal, por decreto.

Sin embargo, la posición de títulos de propiedad que son adquiridos a través de esta declaración verbal es incompatible con el principio de no agresión anteriormente justificado en relación con el cuerpo. Por un lado, si alguien pudiera apropiarse de algo por decreto, esto implicaría que también sería posible que alguien se adueñara del cuerpo de otra persona simplemente declarándolo. Es evidente, pues, que entraría en conflicto con el principio de no agresión, principio que hace una clara distinción entre el propio cuerpo y el cuerpo de otra persona.

Por otra parte, esta distinción sólo puede hacerse de manera clara y sin ambigüedades porque para los cuerpos, como para cualquier otra cosa, la separación entre “mío y tuyo” no se basa en declaraciones verbales, sino en acciones. La observación se basa en un determinado recurso escaso que se transformó en una expresión o materialización de la propia voluntad del individuo -de modo que cualquier persona pueda verlo y verificarlo, pues existen indicadores objetivos.

Más importante aún, al decir que la propiedad puede ser adquirida, no a través de la acción sino a través de una declaración, implicaría una obvia contradicción práctica, porque nadie podría decir ni declarar nada a menos que su derecho de control exclusivo sobre su cuerpo y sus órganos vocales fueran, de hecho, presupuestos antes.

Como ya he insinuado anteriormente, esta defensa de la propiedad privada es esencialmente también la de Murray Rothbard. A pesar de su lealtad a la tradición de los Derechos Naturales, Rothbard, en lo que considero el argumento más importante en la defensa de una ética de la propiedad privada, no sólo elige esencialmente el mismo punto de partida -argumentación- sino que también da una justificación por medio de un razonamiento a priori casi idéntica a la que acabo de desarrollar. Para probar este punto no puedo hacer nada mejor que simplemente citarlo:

Ahora, cualquier persona que participe en cualquier tipo de discusión, incluyendo una sobre valores, está, a causa de su participación, vivo y justificando la vida. Si estuviera negando la vida, entonces no tendría sentido que siguiera viviendo. Por lo tanto, quien se opone a la vida está realmente afirmándola durante la discusión, y por lo tanto, la preservación y la justificación de la vida adquiere el nivel de un axioma indiscutible.

Hasta el momento se ha demostrado que el derecho de apropiación originaria a través de acciones es compatible e implica el principio de no-agresión como el presupuesto lógico necesario de la argumentación. Indirectamente, por supuesto, también se ha demostrado que cualquier regla que especifique diferentes derechos no puede justificarse. Antes de entrar en un análisis más detallado, sin embargo, de por qué cualquier otra alternativa ética es indefendible, un debate debería arrojar algo de luz sobre la importancia de algunas de las estipulaciones de la teoría libertaria de la propiedad -unaspocas observaciones sobre lo que está y lo que no está implicado en la clasificación de estas últimas normas justificadas.

Decir que esto es justo tampoco excluye la posibilidad que haya personas proponiendo o haciendo cumplir normas que sean incompatibles con este principio. De hecho, en cuestión, la situación con respecto a las normas es muy similar a la de otras disciplinas de la investigación científica. El hecho, por ejemplo, que ciertos enunciados empíricos sean justificados o justificables y que otros no lo sean, no implica que todo el mundo defienda solamente declaraciones objetivas y válidas.

Por el contrario, la gente puede estar equivocada, incluso intencionadamente. Pero la distinción entre objetivo y subjetivo, entre verdadero y falso, no pierde significado debido a esto. En cambio, la gente que hiciera esto tendría que ser clasificada como personas desinformadas o que mienten deliberadamente.

El caso es similar con respecto a las normas. Por supuesto que hay muchas personas que no propagan o hacen cumplir normas que puedan ser clasificadas como válidas de acuerdo con el significado de justificación que he dado anteriormente. Sin embargo, la distinción entre normas justificables y no-justifiables no se disuelve debido a esto, al igual que entre la declaración de objetivo y subjetivo no se desmorona debido a la existencia de personas desinformadas o mentirosas.

Por el contrario y, en consecuencia, aquellas personas que propagan y hacen cumplir estas normas diferentes e inválidas, una vez más tendrían que ser clasificadas como desinformadas o deshonestas, siempre que uno les haya dejado claro que sus propuestas de normas alternativas no pueden y nunca serán justificables con la argumentación.

Habría más justificación haciendo esto en el caso moral que en el empírico, ya que la validez del principio de no agresión y el principio de apropiación originaria a través de acciones como corolario lógico necesario, se deben considerar más básicos que cualquier otro tipo de declaraciones válidas o verdaderas. Para lo que es válido o verdadero tiene que ser definido como algo donde todos – actuando de acuerdo a este principio – pueden posiblemente estar de acuerdo. Como acabo de demostrar, al menos la aceptación tácita de estas reglas es el requisito previo necesario para poder estar vivo y argumentarlo.

¿Por qué, entonces, las otras teorías libertarias de la propiedad fracasan al ser justificadas? En primer lugar, hay que señalar que, como se verá más adelante, todas las alternativas al libertarismo que ya se probaron, así como la mayoría de los principios no-libertarios ya propuestos teóricamente, incluso no pasarían la primera prueba formal de universalización, y sólo por esto ya fracasarían!

Todas las demás versiones contienen normas dentro de sus estructuras de reglas y principios que tienen la forma de “algunas personas pueden y otros no pueden”. Sin embargo, esas normas que especifican derechos y obligaciones diferentes para las diferentes clases de personas no tienen ninguna posibilidad de ser aceptadas como justas por todos los posibles participantes en una discusión por motivos puramente formales.

A menos que la distinción entre diferentes clases de personas sea aceptada por ambos lados de la argumentación como siendo algo basado en la naturaleza de las cosas, dichas normas no serían aceptadas, ya que implicaría que un grupo se beneficiara de los privilegios legales a expensas de la discriminación complementaria a otro grupo. Algunas personas, tanto los que tienen permiso para hacer algo como aquellas que no lo tienen, no podrían aceptar que estas normas fueran justas.

Teniendo en cuenta que la mayoría de propuestas éticas alternativas, practicadas o defendidas, dependen de la aplicación o el cumplimiento de normas como “algunas personas tienen la obligación de pagar impuestos, y otros tienen el derecho de usarlos”, o “algunas personas saben lo que es bueno para ti y tienen el derecho a ayudarte a obtener estas supuestas bondades incluso si no lo quieres, pero tú no tienes el derecho a saber lo que es bueno para ellos y ayudarlos apropiadamente”, o “algunas personas tienen el derecho a determinar quién tiene demasiadas cosas y quién las necesita, y los otros tienen la obligación de aceptar esto” o, aún más directamente, “la industria de la informática debe pagar subsidios a agricultores, los trabajadores a los desempleados, los que no tienen hijos a los que sí tienen”, o viceversa -todas ellas deben ser descartadas y rechazadas como candidatas serias a convertirse en una teoría válida de normas tales como normas de propiedad, ya que todo indica, por su propia formulación, que no son universalizables.

Hay dos especificaciones relacionadas con la teoría libertaria de la propiedad siendo que, por lo menos para una de ellas, cualquier teoría alternativa estaría en conflicto directo. De acuerdo con la ética libertaria, la primera de estas especificaciones es que la agresión se define como un asalto a la integridad física de la propiedad de otro. Hay intentos populares para definir esto como una agresión al valor o a la integridad mental de la propiedad de otra persona. El conservadurismo, por ejemplo, tiene como objetivo preservar una determinada distribución de riqueza y valor, y tratar de controlar las amenazas que podrían cambiar el statu quo mediante la imposición de control de precios, regulaciones y control de comportamiento. Es evidente que, con el fin de hacer esto, el derecho de propiedad sobre el valor de las cosas -algo que no existe- se supone que se justifica, y un asalto a los valores, mutatis mutandis, se clasificaría como una agresión injustificable.

No sólo es el conservadurismo que utiliza esta idea de la propiedad y la agresión; el socialismo redistributivo también. El derecho de propiedad del valor debe ser aceptado como legítimo cuando el socialismo redistributivo me lo permite, por ejemplo, exigir una indemnización de las personas cuyos fines y metas afectan negativamente a los míos. Lo mismo ocurre cuando exijo algún tipo de compensación por el uso de “violencia psicológica” i “estructural”. Para poder solicitar dicha compensación, lo que esa persona me debería haber hecho -es decir, alterar mis oportunidades, mi integridad psíquica o mi sentimiento sobre lo que me pertenece- se tendría que clasificar como un acto agresivo.

¿Por qué esta idea de proteger el valor de la propiedad es injustificable? En primer lugar, mientras que cada individuo, al menos en principio, puede tener un control total sobre si sus acciones van a cambiar o no las características físicas de algo, y por lo tanto puede tener un completo control sobre si tales acciones son justificadas o no, el control sobre si sus acciones irán o no a afectar el valor de la propiedad de otra persona no depende de esa persona, pero sí de la evaluación subjetiva de los demás. Por lo tanto, nadie puede determinar a priori si sus acciones serán clasificadas como justificables o injustificables.

Tal individuo primero tendría que preguntar a toda la población para asegurarse de que las acciones que planea hacer no van a cambiar las evaluaciones de los demás en relación a su propiedad. Sin embargo,nadie podría actuar hasta que no hubiera un acuerdo universal firmado sobre quién debe hacer el qué, con qué y en qué momento.

Es evidente que, debido a todos los problemas prácticos, antes de que se alcanzara un acuerdo todo el mundo ya estaría muerto y nadie podría argumentar nada. Aún más decisivo, esa posición en relación a la propiedad y la agresión no podría ser efectivamente sostenida, pues argumentar a favor de cualquier regla significa que hay un conflicto sobre el uso de algunos escasos recursos; después de todo, si no fuera así, simplemente no habría necesidad de discutir.

Sin embargo, para que se pueda argumentar que hay una manera para resolver estos conflictos, debe ser presupuesto el permiso de actuar antes de que se haga cualquier acuerdo, porque si las acciones no se permitieran antes del acuerdo, entonces nadie podría argumentar -dado que esto es una acción. Sin embargo, si alguien puede actuar (y, en la medida en que la acción existe como una postura intelectual, la posición que se examina debe asumir que alguien puede actuar), entonces tal acto sólo es posible debido a la existencia de límites objetivos de propiedad -límites que cualquier persona puede reconocer como tal, por su propia cuenta, sin tener antes que estar de acuerdo con otra persona en relación con el sistema de valores y evaluaciones de la misma.

Y esta ética protectora de valores debe también, a pesar de todo lo que dice, presuponer la existencia de límites objetivos de propiedad en lugar de límites determinados por evaluaciones subjetivas, aunque sólo sea para permitir que cualquier persona viva haga sus propuestas morales.

La idea de proteger el valor en lugar de la integridad física también falla por un segundo motivo correlacionado. Evidentemente, el valor de una persona -por ejemplo, para el mercado de trabajo o incluso para un matrimonio- puede verse, y de hecho se ve, afectado por la integridad física de los demás. Por lo tanto, si el valor de la propiedad tuviera que ser mantenido, entonces la agresión física a los demás se tendría que permitir -sólo entonces un lisiado o una mujer fea mejorarían su situación en el mercado laboral y en el mercado del matrimonio, respectivamente.

Sin embargo, es sólo por el hecho de que los límites de una persona -es decir, los límites de propiedad de una persona sobre su propio cuerpo como su área de control exclusivo, el cual ninguna otra persona puede cruzar sin volverse un agresor- son los límites físicos (límites objetivamente determinables, y no sólo subjetivamente imaginarios), que todos estén de acuerdo en alguna cosa independientemente (y estar de acuerdo significa un acuerdo entre las dos unidades de decisión independientes!).

Es sólo debido a que los límites de una propiedad protegida son objetivos (es decir, fijadas y reconocidas por haber sido establecidas antes de cualquier acuerdo convencional) que puede haber argumentación y, posiblemente, un acuerdo entre dos unidades independientes de decisión. Nadie puede argumentar a favor de un sistema de propiedad que defina los límites de propiedad en términos subjetivos, por el simple hecho de ser capaz de decir tal cosa implica que, contrariamente a lo que dice la teoría, esa persona debe ser necesariamente una unidad físicamente independiente -de lo contrario no tendría la autonomía de decirlo.

La situación no mejora en absoluto por estas propuestas éticas alternativas cuando se analiza la segunda especificación esencial de la teoría libertaria de la propiedad. Las reglas básicas del liberalismo se caracterizan no sólo por el hecho de que la propiedad y la agresión se definen en términos físicos, también es igualmente importante entender que la propiedad es privada e individual, y que el significado de apropiación originaria -que por supuesto implica una distinción entre antes y después- se ha especificado a priori.

Es con esta especificación adicional que las propuestas éticas alternativas y no-libertarias entran en conflicto. En vez de reconocer la importancia vital de la distinción entre antes-después al arbitrar conflictivos de propiedad, ellas proponen normas que en la realidad establecen que la prioridad es irrelevante para esta decisión, lo que significa que los que llegaron en última instancia tienen el mismo derecho a la propiedad de algo que los que llegaron primero y se establecieron allí antes.

Claramente, esta idea está presente cuando el socialismo redistributivo obliga a los propietarios de riqueza y sus herederos naturales a pagar un tributo determinado, por lo que los desaventurados que llegaron en última instancia pueden tomar parte en el consumo de dicha riqueza. También está presente cuando el propietario de un recurso natural se ve obligado a reducir (o aumentar) su participación actual en vista del interés de la posteridad. En ambos casos, sólo tiene sentido hacer tal cosa, cuando se supone que la persona que amasó riqueza primero, o utilizó por primera vez los recursos naturales, cometió por medio de esto un acto de agresión contra los que llegaron en última instancia. Si no hicieron hecho nada malo, entonces los que llegaron últimos no pueden hacer ningún reclamo en contra de ellos.

Ni nosotros ni nuestros padres ni nuestros hijos podrían o hubiésemos sobrevivido, dicho o argumentado cualquier cosa si alguien en el pasado hubiera seguido esa regla. Para que cualquier persona -en el pasado, presente o futuro- pueda argumentar cualquier cosa, ella debe estar viva en el momento de la acción. Nadie puede esperar y suspender sus acciones a la esperar de que todos aquellos que pertenecen a la indeterminada clase de rezagados que irán llegando autorice sus acciones.

Por el contrario, en la medida en que un individuo está solo en un lugar sin dueño, debe ser capaz de actuar, usar, producir y consumir bienes inmediatamente antes de hacer cualquier trato con la gente que simplemente no están allí (y probablemente nunca estarán). Por otro lado, si la persona está en compañía de otros y existe un conflicto acerca de cómo utilizar un recurso escaso en particular, debe ser capaz de resolver el problema en un punto definido en el tiempo y con un número determinado de personas, en lugar de tener que esperar un período de tiempo indefinido con un número indeterminado de personas.

Por lo tanto, simplemente para sobrevivir -un requisito previo para argumentar a favor o en contra de algo- los derechos de propiedad no pueden ser concebidos como algo atemporal y no específico en cuanto al número de personas involucradas. Por el contrario, deben ser considerados como originarios de acciones de individuos específicos ocurrido en puntos definidos del tiempo.

Además, la idea de abandonar la distinción entre antes-después sería simplemente incompatible con el principio de no-agresión como el fundamento práctico de la argumentación. Argumentar y, posiblemente, estar de acuerdo con alguien (incluso si no hay acuerdo) es reconocer el derecho de prioridad sobre el control exclusivo de su cuerpo. De lo contrario, sería imposible que alguien pueda decir algo en un determinado punto del tiempo y, del mismo modo, sería imposible que cualquier otra persona respondiera, ya que ellos ya habrían dejado de ser, de forma individual, una unidad de toma de decisiones físicamente independiente.

Eliminar la distinción de antes-después es por tanto equivalente a eliminar la posibilidad de argumentar y llegar a un acuerdo.

Sin embargo, una vez que es innegable que no hay posibilidad de que una persona argumente sin que su derecho a controlar su propio cuerpo sea reconocido y aceptado como justo antes, entonces una ética que defendiera los derechos iguales para los que llegan últimos que no haga esta distinción jamás podría ser aceptada por nadie. Sólo por el hecho que alguien diga que puede ser aceptada ya implica una contradicción, ya que la capacidad de decir algo ya presupone la existencia, en un punto definido de tiempo, de una unidad de decisión independiente.

Por lo tanto, nos vemos obligados a concluir que la ética libertaria no sólo puede ser justificada por un razonamiento a priori, sino que nos vemos obligados a reconocer que ninguna alternativa ética se puede defender argumentativamente.

Traducido por Josep Purroy (para Enemigos del Estado). Este artículo ha sido extraido de aquí. Artículo de Hans-Hermann Hoppe titulado Argumentation and Self-Ownership y que puede encontrarse aquí.

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Élites naturales, los intelectuales y el estado

Por Hans-Hermann Hoppe
Tomado de Mises Hispano

El estado es un monopolio territorial por compulsión, una agencia que puede infringir continua e institucionalmente los derechos de propiedad y explotar a los dueños de la propiedad privada por medio de expropiación, con impuestos y por regulación.

¿Pero cómo nacieron los estados? Hay dos teorías en el origen de los estados. Una visión está asociada con nombres tales como Franz Oppenheimer, Alexander Rüstow, y Albert J. Nock, y afirma que los estados se originaron como resultado de la conquista militar de un grupo sobre otro. Esta es la teoría del origen exógeno del estado.

Pero esta visión ha sido criticada severamente, por motivos históricos y teóricos, por etnógrafos y antropólogos tales como Wilhelm Mühlmann. Estos críticos indican que no todos los estados se originaron por conquista exterior. Realmente, los críticos sostienen como cronológicamente falsa la teoría que los primeros estados fueron el resultado de la invasión de pastores nómadas sobre asentamientos granjeros.

Además, la teoría tiene el problema que esa conquista en sí misma debería presuponer una organización estatal por parte de los conquistadores. De ahí que el origen exógeno de los estados requiere una teoría más fundamental del origen endógeno del estado.

Tal teoría ha sido presentada por Bertrand de Jouvenel. Según su punto de vista, los estados son la consecuencia del desarrollo de élites naturales: el resultado de transacciones voluntarias entre dueños de propiedad privada es no-igualitario, jerárquico, y elitista. En cada sociedad, unos pocos individuos adquieren la posición de una élite por su talento. Debido a logros superiores de riqueza, de sabiduría, y de valentía, estos individuos vienen a poseer una autoridad natural, y sus opiniones y juicios gozan del respeto general. Además, a causa del apareamiento selectivo, el casamiento, y las leyes de herencia civil y de la genética, es probable que las posiciones de autoridad natural fueran traspasadas dentro de unas pocas familias nobles. Es hacia estas cabezas de familia con antecedentes de logros superiores largamente establecidos, de visión de futuro, y de conducta personal ejemplar, a quienes las gentes llegaban con sus conflictos y quejas del uno contra el otro. Estos líderes, ó élites, actuaban a menudo como jueces naturales y pacificadores, casi siempre sin ningún cargo, por sentido del deber esperado de una persona de autoridad o independencia para quien la justicia civil era la producción privada de un “bien público”Un pequeño pero decisivo paso en la transición hacia la creación de un estado consiste precisamente en la monopolización de la función de juez y pacificador. Esto ocurre una vez que un miembro de la élite natural voluntariamente reconocido puede lograr, a pesar de la oposición de otros miembros de la élite, que todos los conflictos dentro de un territorio especificado sean traídos ante él. Los partes en conflicto ya no pueden desde ese momento escoger cualquier otro juez o pacificador.

LOS ORIGENES DE LA MONARQUIA

Una vez que el origen del estado es visto como el crecimiento de un ordenamiento anterior, jerárquicamente estructurado, de élites naturales, se aclara por qué la humanidad, en la medida en que fue susceptible de gobierno en todo, ha estado bajo la férula monárquica (más bien que democrática) durante la mayor parte de su historia. Hay excepciones por supuesto: La democracia ateniense, Roma hasta 31 AC, las repúblicas de Venecia, de Florencia, y de Génova durante el Renacimiento, los Distritos suizos desde 1291, las Provincias Unidas (los Países Bajos) de 1648 hasta 1673, e Inglaterra bajo Cromwell. Pero éstos fueron ocurrencias raras, y ninguno de ellos se pareció ni remotamente al sistema democrático moderno de un voto por persona. Además, también fueron sumamente elitistas. En Atenas, por ejemplo no más del 5 por ciento de la población votaba y tenía derecho a posiciones de gobierno. No fue hasta después del fin de la primera Guerra mundial que la humanidad dejó verdaderamente la era monárquica.

El PODER MONOPOLIZADO

En el momento que un sólo miembro de la élite natural logró monopolizar exitosamente la función de juez y pacificador, la ley y la aplicación de la ley se volvieron más costosas.

En vez de ser ofrecida libre de cargo o a cambio de un pago voluntario, la administración de justicia fue financiada mediante un impuesto obligatorio. Al mismo tiempo, la calidad de la ley empeoró. Antes que mantener la vigencia de las leyes antiguas de propiedad privada y la aplicación de principios universales e inmutables de justicia, un juez monopolístico, que ya no tenía que temer perder sus clientes como resultado de ser menos que imparcial, podía pervertir la ley existente en su propia ventaja.

¿Cómo fue posible que un rey diera este pequeño pero decisivo paso de monopolizar la ley y el orden público, que previsiblemente encareció los precios y bajó la calidad de la justicia? Ciertamente, otros miembros de la élite natural debieron resistir tal tentativa. Esta fue la razón por la cual los reyes eventualmente se dignaron alinearse con la “gente” o el “hombre del común”. Apelando al sentimiento siempre popular de la envidia, los reyes prometieron a estas personas mejor justicia, más barata y a cambio de y a costa de rebajar el costo de la competencia, la de la justicia de las élites. Además, los reyes reclutaron la ayuda de la clase intelectual.

El PAPEL DE INTELECTUALES

La demanda por servicios intelectuales se podría esperar que creciera con las mejoras en los niveles de vida. Sin embargo, la mayoría de las personas se preocupaban de asuntos bastante terrenales y mundanos, y tenían poco uso de empresas intelectuales. Aparte de la Iglesia, las únicas personas con una demanda por servicios intelectuales fueron los mismos miembros de las élites naturales que buscaban maestros para sus niños, consejeros personales, secretarios y bibliotecarios. El empleo para los intelectuales era precario y el pago típicamente bajo. Además, mientras los miembros de la élite natural eran sólo raramente intelectuales en sí mismos (es decir, personas que gastan todo su tiempo en proyectos eruditos) más bien eran personas interesadas en la conducción de sus empresas terrenales, típicamente por lo menos, tan brillantes como sus empleados intelectuales, de modo que la estima por los logros de “sus” intelectuales era más bien modesta.

Apenas sorprende, entonces, que los intelectuales, quienes tenían una imagen de sí mismos muy inflada, se resintieran con este hecho. Cuán injusto que la élite natural que recibían las enseñanzas de los intelectuales cuando eran sus superiores, mantenía una vida cómoda mientras ellos – los intelectuales – permanecían relativamente pobres y dependientes. No es de extrañar entonces que los intelectuales pudieran ser convencidos fácilmente por el rey que se disponía a establecer su monopolio de la justicia. A cambio de una justificación ideológica de la monarquía, el rey no sólo les podría ofrecer mejor empleo y más alta posición, sino que además, leales a la Corte, los intelectuales finalmente podrían cobrar a la élite natural su falta del respeto.

Sin embargo, la mejora de la posición de la clase intelectual fue sólo moderada. Bajo la regla monárquica, había una bien definida distinción entre el gobernante (el rey) y el gobernado, y como gobernados sabían que nunca podrían llegar a ser gobernantes. Por consiguiente, había resistencia considerable, no sólo por las élites naturales, sino también por parte de la gente corriente en contra de cualquier aumento en el poder de rey. Fue así muy difícil para el rey aumentar los impuestos, y las oportunidades de empleo para los intelectuales quedaron por tanto sumamente limitadas. Además, una vez bien atrincherado, el rey no trató a sus intelectuales mejor que las élites naturales. Y dado que el rey controlaba territorios más grandes que los de las élites naturales jamás podrían controlar, perder el favor del rey fue aún más peligroso e hizo que la posición de los intelectuales de alguna manera fuera más inestable.

Una inspección de las biografías de intelectuales de avanzada, de Shakespeare a Goethe, de Descartes a Locke, de Marx a Spencer, muestra aproximadamente la misma pauta: hasta bien entrado el siglo XIX, su trabajo fue patrocinado por donantes privados, los miembros de la élite natural, de los príncipes, o de los reyes. Obtener o perder el favor de sus patrocinadores, significaba el cambio frecuente de empleo y por esa razón se mantuvieron sumamente móviles geográficamente.

Mientras esto a menudo significó inseguridad financiera, por otro lado contribuyó no sólo a un cosmopolitanismo extraordinario de los intelectuales (como lo indica su dominio de numerosos idiomas) sino también a una independencia intelectual excepcional. Si un donante o patrocinador los abandonaba, existían muchos otros que llenarían felizmente el espacio. Sin duda, la vida intelectual y cultural prosperó y la independencia de los intelectuales fue mayor; donde la posición del rey o del gobierno central era relativamente débil, las élites naturales eran relativamente fuertes.

EL ASCENSO DE LA DEMOCRACIA

Un cambio fundamental en la relación entre el estado, las élites naturales, y los intelectuales sólo ocurrió con la transición de gobiernos monárquicos a democráticos. Fue el aumento en el precio de la justicia y la introducción de perversiones de la ley ancestral, por parte de los reyes como jueces monopolísticos y pacificadores, lo que motivó la oposición histórica contra la monarquía. Pero prevaleció la confusión en cuanto a las causas de este fenómeno. Algunos reconocieron correctamente que la causa del problema era el monopolio y no las élites o la nobleza. Sin embargo fueron superados en número por aquellos que erróneamente culparon del problema al carácter elitista del gobernante, y por quienes abogaban por mantener el monopolio y la aplicación de la ley y simplemente sustituir rey y su visible pompa, por la sencillez del “pueblo” y la supuesta decencia “del hombre común.” De ahí el éxito histórico de la democracia.

Cuán irónico que la monarquía fuese destruida por las mismas fuerzas sociales que los reyes inicialmente estimularon y alistaron cuando comenzaron a excluir autoridades naturales competidoras en su actuación como jueces: la envidia de los hombres comunes contra los más destacados, y el deseo de los intelectuales por encontrar su supuestamente merecido lugar en la sociedad. Cuando resultaron ser vacías las promesas del rey de una justicia mejor y más barata, los intelectuales voltearon aquellos sentimientos igualitarios, que los reyes tanto habían cortejado, contra los mismos monarcas. En consecuencia, pareció lógico que los reyes también deberían ser rebajados y que las políticas igualitarias, que algunos monarcas habían iniciado, deberían ser llevadas a su conclusión última: el control monopolístico de la judicatura por el hombre común. Es decir, por los intelectuales, como portavoces del pueblo.

Como la teoría económica elemental podría predecir, con la transición del gobierno monárquico al democrático, una persona por un voto, y la substitución del rey por el pueblo, las cosas se hicieron peores. El precio de la justicia se elevó astronómicamente mientras la calidad de la ley se deterioraba cada vez más. Ya que la transición se redujo a la conversión de un sistema de gobierno de propiedad privada – un monopolio privado -, a un sistema de gobierno de propiedad pública – un monopolio de propiedad pública-.

“Una tragedia de los comunes” fue creada. Todos tenían derecho ahora, no sólo el rey, de tratar de echar mano a la propiedad privada de los demás. Las consecuencias fueron más explotación por parte del gobierno (impuestos); el deterioro de la ley hasta el punto de que la idea de un conjunto de principios universales e inmutables de justicia desapareció y fue sustituida por la idea de ley como legislación (ley hecha a la medida, más bien que encontrada ó ley eternamente “dada”); y un aumento de la tasa social de preferencia del tiempo (aumento en la orientación hacia el presente).

Un rey que poseía el territorio y podría transmitirlo a su hijo, trataba de conservar su valor. Un gobernante democrático es una autoridad temporal y trata de maximizar los ingresos corrientes del gobierno a costa de su capital, y como consecuencia malgasta. Estos son algunos resultados: durante la época de las monarquías, antes de la Primera guerra mundial, el gasto del gobierno como porcentaje del PNB era raramente superior al 5 por ciento. Desde entonces se ha elevado, típicamente, a cerca del 50 por ciento. Antes de la Primera guerra mundial, el empleo en el gobierno era menor al 3 por ciento del empleo total. Desde entonces ha aumentado a entre un 15 y 20 por ciento. La época de la monarquía se caracterizaba por el dinero-materia prima (oro) y cuyo poder adquisitivo aumentaba gradualmente. En contraste, la época democrática es la época de papel moneda cuyo poder adquisitivo disminuye permanentemente.

Los reyes se endeudaban cada vez más profundamente, pero al menos durante los tiempos de paz característicamente reducían su carga de deudas. Durante la época democrática la deuda pública ha aumentado, en guerra o en paz, a alturas increíbles. Las verdaderas tasas de interés durante la edad monárquica habían caído gradualmente a cerca del 2.5 por ciento. Desde entonces, las verdaderas tasas de interés (tasas nominales ajustadas contra la inflación) se han elevado a cerca del 5 por ciento, iguales a las tasas del siglo quince. Legislación prácticamente no existió hasta finales del siglo diecinueve. Hoy pasan, en un solo año, decenas de millares de leyes y regulaciones. Las tasas de ahorro disminuyen en vez de aumentar con los ingresos crecientes, y los indicadores de desintegración de la familia, y de criminalidad, aumentan constantemente.

EL DESTINO DE LAS ÉLITES NATURALES

Mientras al estado le ha ido mucho mejor con el gobierno democrático, y mientras “al pueblo” le ha ido mucho peor desde que empezaron a gobernarse a si mismos, que ha pasado con las élites naturales y con los intelectuales? En cuanto a las primeras, la democratización ha tenido éxito donde comenzaron modestamente los reyes: la destrucción final de la élite natural y de la nobleza. Las fortunas de las grandes familias se han disipado por impuestos confiscatorios, en vida y al momento de la muerte. La tradición de estas familias de independencia económica, visión de futuro intelectual, y mando moral y espiritual se ha perdido y olvidado.

Ricos existen hoy pero, con más frecuencia que no, deben sus fortunas directamente o indirectamente al estado. De ahí que a menudo son más dependientes de los favores continuados del estado que muchas personas de riqueza bastante menor. No son ya las típicas cabezas principales de familia establecidas durante mucho tiempo, sino que son “les nouveaux riches.” Su conducta no se caracteriza por la virtud, la sabiduría, la dignidad, o el buen gusto, sino que es un reflejo de la orientación actual de la misma cultura masiva proletaria, del oportunismo, y del hedonismo que los ricos y famosos comparten ahora con todos los demás. Por consiguiente – y gracias a Dios- sus opiniones no tienen más peso en la opinión pública que el de la mayoría de la gente. La democracia ha conseguido lo que Keynes soñó: “la eutanasia de la clase adinerada.” La declaración de Keynes que “en carrera larga todos estaremos muertos” exactamente expresa el espíritu democrático de nuestros tiempos: hedonismo orientado sólo al tiempo presente. Aunque sea perverso no pensar más allá de la propia vida de alguien, tal pensamiento se ha hecho típico. En vez de ennoblecer a los proletarios, la democracia tiene proletarizadas las élites y ha pervertido sistemáticamente el pensamiento y el juicio de las masas.

EL DESTINO DE INTELECTUALES

Por otra parte, mientras las élites naturales estaban siendo destruidas, los intelectuales asumieron una posición más prominente y poderosa en la sociedad. En efecto, en gran medida han conseguido su objetivo y se han hecho la clase dirigente, controlando el estado y funcionando como jueces monopolísticos. Este no quiere decir que los políticos democráticamente elegidos sean todos intelectuales (aunque seguramente haya más intelectuales hoy en día que se hacen presidentes que intelectuales que se hicieron reyes en algún momento). Después de todo, se requieren habilidades y talentos algo diferentes para ser intelectual que las requeridas para liderar acertadamente las masas y recaudar fondos electorales. Hasta los no intelectuales son producto del adoctrinamiento en escuelas y universidades financiadas con impuestos, y por intelectuales empleados públicamente, y casi todos los consejeros estatales salen de estos sectores.

No hay casi economistas, filósofos, historiadores, o teóricos sociales, de talla, empleados privadamente por miembros de la élite natural. Y aquellos pocos de la vieja élite que subsisten y quienes podrían necesitar sus servicios ya no pueden darse el lujo de emplear intelectuales. En cambio, los intelectuales son ahora típicamente empleados públicos, aunque trabajen para instituciones ó fundaciones nominalmente privadas. Casi completamente protegidos de los caprichos de la demanda del consumidor (“tenured”), su número ha aumentado dramáticamente y su compensación está, por término medio, muy por encima de su valor genuino en el mercado. Al mismo tiempo ha caído constantemente la calidad de la producción intelectual.

Lo que descubriremos es, sobre todo, irrelevancia e incomprensibilidad. Peor, mientras que la producción intelectual de hoy es en absoluto relevante y comprensible, es viciosamente estatista. Hay excepciones pero, si prácticamente todos los intelectuales son empleados en las diferentes ramas del estado, no debería ser sorprendente que la mayor parte de su más voluminosa producción, por comisión u omisión, sea propaganda estatista?. Hay más propagandistas del gobierno democrático hoy que propagandistas de la monarquía en toda la historia humana.

Este movimiento aparentemente imparable hacia el estatismo es ilustrado por el destino de la llamada Escuela de Chicago: Milton Friedman, sus precursores, y sus seguidores. En los años 1930 y años 1940, la Escuela de Chicago todavía era considerada de izquierda, y era precisamente tanto que, Friedman, por ejemplo, abogó por un banco central y por papel moneda en vez del patrón oro. Incondicionalmente respaldó el principio del estado benefactor con su oferta de unos ingresos mínimos garantizados (impuesto sobre la renta negativo) al no se podía poner un límite. Abogó por un impuesto a la renta progresivo para conseguir sus objetivos explícitamente igualitarios (y él personalmente ayudó a poner en práctica el impuesto de retención). Friedman respaldó la idea que el estado podría imponer impuestos para financiar la producción de todos los bienes que tenían un efecto positivo en el vecindario o aquellos que pensó que tendrían tal efecto. ¡Este implica, por supuesto, que no hay casi nada que el estado no pueda financiar con impuestos! Además, Friedman y sus seguidores fueron defensores de la más trivial de todas las superficiales filosofías: el relativismo ético y epistemológico. No hay ninguna verdad moral última y todo nuestro conocimiento factual o empírico es, cuando más, hipotéticamente verdadero.

Más aún, nunca dudaron que debiera haber un estado, y que el estado debía ser democrático. Hoy, medio siglo más tarde, la Escuela de Chicago-Friedman, sin haber cambiado esencialmente ninguna de sus posiciones, es considerada como de libre mercado y derechista. En efecto, la escuela define la línea de demarcación de la opinión respetable en el derecho político, que sólo los extremistas cruzan. Tal es la magnitud del cambio en la opinión pública que los empleados públicos han conseguido.

Consideremos otros indicadores de la deformación estatista causada por los intelectuales. Si uno mira las estadística electorales encontrará, en términos generales el siguiente cuadro: mientras más tiempo gasta una persona en instituciones educativas, alguien con un Doctorado en Filosofía (PhD), por ejemplo, comparando con alguien con sólo un B.A., lo más probable es que aquella persona sea ideológicamente estatista y vote por el partido demócrata. Además, mientras más impuestos se usan en financiar la educación, más bajos son los resultados del SAT y/o de mediciones similares del nivel de conocimiento intelectual, y sospecho que los estándares de comportamiento moral y de decadencia de la conducta ciudadana llegan aún más bajo.

O consideremos el siguiente indicador: en 1994 fue “una revolución” que el Presidente de la Cámara de Representantes (Speaker of the House), Newt Gingrich, respaldara el New Deal y la Seguridad Social, y elogiara la legislación de derechos civiles, es decir, la acción afirmativa y la integración forzada que es responsable de la destrucción casi completa de los derechos a la propiedad privada, y de la erosión de la libertad de contratación, asociación, y desasociación. ¿Qué tipo de revolución es ésta donde los revolucionarios han aceptado incondicionalmente las premisas estatistas y las causas del desastre presente? Obviamente, sólo puede ser etiquetada como “revolución” en un ambiente intelectual que sea estatista hasta la médula.

HISTORIA E IDEAS

La situación parece desesperada, pero no es tanto. Primero, se debe reconocer que la situación no puede continuar para siempre. A la época democrática le cuesta ser “el final de historia” como los neoconservadores quieren que creamos, porque también hay un lado económico del proceso.

Las intervenciones de mercado causarán inevitablemente más problemas de los que se supone que curan, lo que nos llevará a más y más controles y regulaciones hasta que lleguemos al socialismo auténtico. Si la tendencia actual continúa, se puede predecir sin peligro que, el estado benefactor democrático occidental sufrirá un colapso final como sucedió a las “repúblicas populares” orientales a finales de los años 1980. Durante décadas, los verdaderos ingresos en occidente han estado estancados o hasta han caído.

La deuda pública del gobierno y el costo de los esquemas de seguros sociales han provocado la perspectiva de una crisis económica. Al mismo tiempo, el conflicto social ha llegado a alturas peligrosas.

Quizás tendremos que esperar un colapso económico antes que la actual tendencia estatista cambie. Pero aún en el caso de un colapso, es necesario algo más. Una crisis económica no causaría automáticamente un retroceso del estado. El asunto podría ser peor.

De hecho, en la historia occidental reciente, hay sólo dos casos claros donde los poderes del gobierno central realmente fueron reducidos, aunque sólo temporalmente, como resultado de una catástrofe: en Alemania Occidental después de Segunda Guerra Mundial bajo Ludwig Erhard, y en Chile bajo el General Pinochet. Son necesarias ideas y además de una crisis, pero ideas correctas, y hombres capaces de entenderlas y llevarlas a cabo una vez que la oportunidad se presente.Pero si el curso de la historia no es inevitable, y no lo es, entonces una catástrofe tampoco lo es, ni necesaria, ni inevitable. Por último, el curso de historia está determinado por ideas, sean éstas verdaderas o falsas, y por hombres que actúan inspirados por ideas, verdaderas o falsas. Pero mientras las falsas gobiernen la catástrofe es inevitable. Por otra parte, una vez que las ideas correctas sean adoptadas y prevalezcan en la opinión pública – y las ideas pueden ser, en principio, cambiadas casi al instante – la catástrofe no tendrá que ocurrir.

EL PAPEL DE INTELECTUALES

Esto me trae al papel que los intelectuales deben jugar en el cambio necesario, radical y fundamental, en la opinión pública y el papel que tendrán que jugar también los miembros de las élites naturales, o lo que quede de ellas. Las cargas en ambos lados son pesadas, tan pesadas como lo son el prevenir una catástrofe o surgir con éxito de ella; estas cargas tendrán que ser aceptadas por las élites naturales e intelectuales como su deber natural.

Incluso si la mayor parte de los intelectuales están corrompidos y son en gran parte responsables de la perversión actual, es imposible conseguir una revolución ideológica sin su ayuda. La tiranía de los intelectuales públicos sólo la pueden romper intelectuales anti-intelectuales. Por suerte, las ideas de libertad individual, propiedad privada, libertad de contratación y asociación, responsabilidad personal, y que el poder del gobierno es el enemigo primordial de la libertad y de la propiedad, no morirán mientras haya raza humana, simplemente porque son verdaderas y la verdad triunfa por si misma. Además, los libros de anteriores pensadores, quienes expresaron estas ideas no desaparecerán. Sin embargo, es también necesario que haya pensadores vivientes que lean tales libros y que puedan recordar, repetir, volver a aplicar, afilar, y hacer avanzar estas ideas, y que sean capaces y tengan la voluntad de darles expresión personal y abiertamente oponerse, atacar y refutar a los intelectuales antagónicos.

De estas dos capacidades, competencia intelectual y carácter- el segundo es el más importante, sobretodo en estos tiempos. Desde un punto de vista puramente intelectual, el asunto es comparativamente fácil. La mayor parte de los argumentos estatistas, morales o económicos que oímos un día sí y un día no, son refutados fácilmente como tonterías sin ningún sentido. Tampoco es raro encontrar intelectuales que, en privado, no creen lo que proclaman, con gran fanfarria, en público. No es una simple equivocación. Deliberadamente dicen y escriben cosas que saben que son falsas. No carecen de intelecto; carecen de moral. Esto por una parte implica que hay que estar listo no sólo para luchar contra la falsedad sino también contra la maldad – y esta es una tarea mucho más difícil y audaz. Además de buenos conocimientos, se requiere de coraje.

Como intelectual anti-intelectual, uno puede esperar que le ofrezcan sobornos- y es asombroso cuan fácilmente pueden ser corrompidas algunas personas: unos cientos de dólares, un viaje agradable, una fotografía con el fuerte y poderoso son demasiado a menudo suficientes para comprar a la gente. Tales tentaciones deben ser rechazadas como desdeñables. Además, en enfrentamientos contra el mal, hay que aceptar que nunca se será infaliblemente “acertado”. No hay ninguna riqueza aguardando, ni promociones magníficas, ni prestigio profesional. De hecho, “la buena fama intelectual” debe considerarse con suma sospecha.

En efecto, no sólo tiene uno que aceptar que será marginado por el establecimiento académico, sino que debe esperar que sus colegas intentarán alguna forma de arruinarlo. Demos sólo una mirada a Ludwig von Mises y Murray N. Rothbard. Los dos más grandes economistas y filósofos sociales del siglo veinte, fueron considerados no sólo esencialmente inaceptables sino además ineptos para trabajar en establecimientos académicos. Sin embargo nunca cedieron ni una pulgada a lo largo de sus carreras. Nunca perdieron la dignidad ni sucumbieron al pesimismo. Al contrario, ante la adversidad constante, permanecieron impávidos y hasta alegres, y trabajaron con un nivel alucinante de productividad. Estuvieron satisfechos de estar dedicados predicar la verdad y solamente la verdad.

EL PAPEL DE LAS ÉLITES NATURALES

Precisamente aquí entra en juego lo que queda de las élites naturales. Los intelectuales verdaderos, como Mises y Rothbard, no pueden hacer lo que tienen que hacer sin ayuda de las élites naturales. A pesar de todos los obstáculos, para Mises y Rothbard fue posible hacerse oír. No fueron condenados al silencio.

Pudieron enseñar y publicar. Se dirigieron a audiencias e inspiraron gente con su perspicacia e ideas. Esto no hubiera sido posible sin el apoyo de otros. Mises tuvo a Lawrence Fertig y los fondos de Guillermo Volker, quien pagó su sueldo en NYU, y Rothbard tuvo el Ludwig von Mises Institute, que lo apoyó, le ayudó en la publicación y promoción de sus libros, y le proporcionó el marco institucional que permitió que dijera y escribiera lo que tenía que decir y escribir, y que no podría ser dicho ni escrito dentro de la academia ni dentro de la prensa estatista del Establecimiento.

En alguna época, en la edad predemocrática, cuando el espíritu de igualitarismo no había destruido aún la mayoría de los ricos con mente y juicio independientes, esta tarea de apoyar a intelectuales impopulares fue llevada cabo por estos individuos. ¿Pero quién puede permitirse hoy en día, sin ayuda, emplear a un intelectual en privado, como su secretario o consejero personal, o como profesor de sus hijos? Y aquellos que todavía lo pueden hacer están a menudo profundamente implicados con el gran gobierno, eternamente corrupto – o con la gran alianza comercial, y promueven los mismos cretinos intelectuales que dominan la academia estatista. Piense solamente en Rockefeller ó en Kissinger, por ejemplo.

De ahí que la tarea de apoyar y mantener vivos los principios de propiedad privada, libertades de contratación, asociación y desasociación y de responsabilidad personal, de enfrentar las falsedades, las mentiras, y la maldad del estatismo, el relativismo, la corrupción moral, y la irresponsabilidad hoy en día sólo puede ser acometida colectivamente reuniendo recursos y apoyando organizaciones, tales como el Instituto von Mises, una organización independiente dedicada a los valores que son la base de la civilización Occidental, intransigente y lejana, hasta físicamente, de los pasillos del poder. Su programa de becas, enseñanza, publicaciones, conferencias, y su programa educativo y sitio web siempre crecientes, no son nada menos que islas de decencia moral e intelectual en un mar de perversión.

Desde luego la primera obligación de cualquier persona decente es consigo mismo y su familia. Debería – en el mercado libre- hacer todo el dinero que pueda, porque mientras más dinero tenga, más beneficioso será para su prójimo. Pero no es suficiente. Un intelectual debe estar dedicado a la verdad, dé o no dé resultado a corto plazo. Del mismo modo, la élite natural tiene obligaciones que se extienden mucho más allá de ellos y sus familias.

Mientras más acertados son como hombres de negocios y profesionales, y mientras más personas los reconozcan como tales, más importante es que ellos den ejemplo: que se esfuercen por cumplir con los estándares más altos de conducta ética. Esto significa la aceptación como su deber, como su más noble deber, el apoyar abierta, orgullosa, y tan generosamente como puedan, los valores que hayan reconocido como correctos y verdaderos.

Reciben en inspiración de intelectual en retorno, alimento y fuerza, así como la certeza que su nombre vivirá para siempre como individuos excepcionales que se elevaron encima de las masas e hicieron una contribución durable a la humanidad.

El Ludwig von Mises Institute puede ser una institución fuerte, un modelo para la restauración del aprendizaje genuino, y una universidad de enseñanza y escolaridad.

Incluso si no vemos el triunfo de nuestras ideas durante la existencia, estaremos eternamente orgullosos de saber que lo dimos todo, y que hicimos lo que toda persona honesta y noble tenía que hacer.

Traducido del inglés por Rodrigo Betancur. El artículo original se encuentra aquí.

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