La Paradoja del Imperialismo

Mises Diario: Apareció originalmente en Inglés el Lunes 20 de noviembre de 2006,

por Hans-Hermann Hoppe

[En la Cumbre de Benefactores del Instituto Mises de ese año, con “El imperialismo: Enemigo de la libertad“, Hermann Hoppe recibió el Premio Hans Schlarbaum por su trayectoria en el estudio de la Libertad. Este artículo es un extracto del discurso de aceptación del profesor Hoppe, “El origen y naturaleza de los Conflictos Internacionales“, el cual está disponible en audio en MP3 de Medios de comunicación del Instituto Mises.]

El Estado

Convencionalmente, el Estado se define como una agencia con dos características únicas. En primer lugar, se trata de un monopolio territorial compulsivo de última instancia en la toma de decisiones (jurisdicción). Es decir, es el árbitro de última instancia en todos los casos de conflicto, incluidos los conflictos que afectan al Estado mismo. En segundo lugar, el Estado es un monopolio territorial de los impuestos. Es decir, es una agencia que fija unilateralmente el precio que los ciudadanos deben pagar por los servicios de justicia y orden público.

Como es de esperarse, si uno solamente puede apelar ante el Estado por justicia, la justicia se pervierte a favor del Estado. En lugar de resolver los conflictos, un monopolio de la toma de decisiones en última instancia provocará conflictos con el fin de resolverlos a su favor. Peor aún, mientras la calidad de la justicia disminuye bajo los auspicios del monopolio, su precio subirá. Motivado, como todos los demás, por el interés propio, pero dotado de la potestad tributaria, el objetivo de los agentes del Estado “es siempre el mismo: maximizar ingresos y minimizar el esfuerzo productivo”.

Estado, Guerra, e Imperialismo

En lugar de concentrarme en las consecuencias internas de la institución del Estado, más bien, me centraré en sus consecuencias externas, es decir, en las políticas externas en lugar de las políticas internas.

Por un lado, como agencia que pervierte la justicia e impone impuestos, el Estado está amenazado con “la salida” (emigración).  Especialmente sus ciudadanos más productivos podrían emigrar para escapar de los impuestos y las perversiones de la ley.  A ningún Estado gusta esto.  Por el contrario, en lugar de ver reducidos su rango de control y la base de los impuestos, los agentes del Estado prefieren que éstos se amplíen.  Pero esto les trae conflicto con otros Estados.  Sin embargo, a diferencia de la competencia entre personas “naturales” e instituciones, la competencia entre Estados es eliminatoria.  Es decir, sólo puede haber un monopolio de toma de decisiones de última instancia y de tributación en un área determinada.  En consecuencia, la competencia entre Estados diferentes promueve una tendencia a la centralización política y, en definitiva hacia un Estado mundial único.

Aún más, como monopolistas de toma de decisiones de última instancia financiados con impuestos, los Estados son instituciones inherentemente agresivas.  Mientras que las personas “naturales” y las instituciones deben asumir por sí mismas el costo de una comportamiento agresivo (lo cual bien puede inducirlos a abstenerse de tal conducta), los Estados pueden externalizar este costo sobre los contribuyentes.  De aquí que los agentes del Estado tengan la propensión a convertirse en provocadores y en agresores y por lo tanto se puede esperar que el proceso de centralización derivará en enfrentamientos violentos, como por ejemplo, en guerras interestatales.

Además, dado que los Estados deben comenzar pequeños y asumiendo como punto de partida un mundo compuesto por una multitud de unidades territoriales independientes, se puede afirmar que el éxito es un requisito bastante específico. En la guerra, la victoria o la derrota de un Estado sobre otro, depende desde luego de muchos factores, pero manteniendo en igualdad otras condiciones, como el tamaño de la población, a la larga el factor decisivo es el tamaño relativo de los recursos económicos a disposición de cada uno de los Estados.  Ni con impuestos y ni con regulaciones, contribuyen los Estados a la creación de riqueza económica.  Más bien, como parásitos, recurren a la riqueza existente. Sin embargo, los gobiernos estatales pueden influenciar negativamente la cantidad de riqueza existente. En igualdad de condiciones, mientras menores sean la carga fiscal y la regulación impuestas a la economía nacional, mas tenderá a crecer la población y mayor la riqueza producida domésticamente de la cual el Estado podría echar mano en caso de conflicto con sus competidores vecinos.  Es decir, Estados que tienen cargas fiscales y regulatorias relativamente bajas en sus economías – Estados liberales – tienden a derrotar, y a ampliar su territorio o el rango de su control hegemónico, a expensas de Estados menos liberales.

Esto explica, por ejemplo, por qué Europa Occidental llegó a dominar el resto del mundo, y no al revés.  Más específicamente, esto explica por qué fueron primero los holandeses, a continuación los británicos y, por último, en el siglo 20, los Estados Unidos, quienes se convirtieron en la potencia imperial dominante, y por qué los Estados Unidos, internamente uno de los Estados más liberales, ha llevado a cabo la política exterior más agresiva, mientras que la antigua Unión Soviética, por ejemplo, con sus políticas domésticas totalmente anti-liberales (represivas) ha llevado a cabo una política exterior relativamente pacífica y prudente. Los Estados Unidos sabían que podían vencer militarmente a cualquier otro Estado, por lo tanto han sido agresivos. Por el contrario, la Unión Soviética sabía que estaba condenada a perder una confrontación militar con cualquier Estado de tamaño sustancial, a menos que pudiera ganar en unos pocos días o semanas.

Desde la Monarquía y sus Guerras entre Ejércitos, hasta la Democracia y las Guerras Totales

Históricamente, la mayoría de los Estados han sido monarquías, encabezadas por reyes o príncipes, ya sean absolutos o constitucionales. Es interesante preguntarse por qué es esto así, pero ahora y aquí tengo que hacer a un lado esta cuestión. Baste decir que los Estados democráticos (incluyendo las llamadas monarquías parlamentarias), encabezadas por Presidentes o Primeros Ministros, eran poco comunes hasta la Revolución Francesa y vinieron a adquirir una importancia histórica sólo después de la Primera Guerra Mundial

Si bien de todos los Estados se debe esperar que tengan inclinaciones agresivas, la estructura de incentivos que enfrentan los reyes tradicionales, por un lado y los presidentes modernos, por el otro, es lo suficientemente diferente como para tener en cuenta diferentes tipos de guerra.  Mientras que los Reyes se veían a sí mismos como propietarios privados del territorio bajo su control, en igual forma los Presidentes se consideran como curadores temporales.  El propietario de un recurso se preocupa por los ingresos corrientes que se derivan del recurso y del valor del capital dedicado a él (como un reflejo de los ingresos futuros esperados). Sus intereses son a largo plazo, con una preocupación por la preservación y el crecimiento de los valores de capital invertidos en “su” país. Por el contrario, el curador de un recurso (visto como bien público en lugar de propiedad privada) se ocupa principalmente de sus ingresos corrientes y presta poca o ninguna atención a los valores de capital.

El resultado empírico de esta estructura de incentivos diferentes es que las guerras monárquicas tendieron a ser “moderadas” y “conservadoras” en comparación con las guerras democráticas.

Las guerras monárquicas típicamente surgieron de disputas por herencias en una compleja red de matrimonios inter-dinásticos. Se caracterizaban por objetivos territoriales tangibles. No eran querellas por motivos ideológicos. Las guerras se consideraban asunto privado del rey, a ser financiadas y ejecutadas con sus propios dinero y fuerzas militares. Por otra parte, como los conflictos se daban entre diferentes familias gobernantes, los reyes se sintieron compelidos a reconocer una clara distinción entre combatientes y no combatientes y a dirigir sus esfuerzos de guerra exclusivamente unos contra otros y por sus propiedades familiares. Así, el historiador militar, Michael Howard, anota sobre la guerra monárquica del siglo 18:

En el continente [europeo] el comercio, los viajes, el intercambio cultural y de conocimientos transcurría, en tiempos de guerra, casi sin ningún obstáculo. Las guerras eran guerras del Rey. El papel del buen ciudadano era pagar sus impuestos, y la sana economía política dictaba que no debían ser perturbados para que hicieran dinero y pagaran impuestos. No estaba obligado a participar ni en la decisión por la cual surgía la guerra, ni a tomar parte en ella una vez estallaba, a no ser que se sintiera impulsado por un espíritu de aventura juvenil. Estos asuntos eran arcane regni, únicamente preocupación del soberano. [La Guerra en la Historia Europea, 73]

Del mismo modo Ludwig von Mises observaba sobre las guerras de ejércitos:

En las guerras de ejércitos, el ejército combate, mientras que los ciudadanos que no son miembros del Ejército prosiguen su vida normal. Los ciudadanos pagan los costos de la guerra, pagan por el mantenimiento y equipamiento del ejército, pero por lo demás, permanecen por fuera de los hechos de guerra. Puede suceder que las acciones de guerra arrasen sus casas, devasten sus tierras y destruyan otras propiedades suyas, pero esto también es parte de los costos de guerra que tienen que pagar. También puede suceder que sean saqueados, e incidentalmente muertos, por los guerreros – incluso por los de su “propio” ejército. Pero estos son eventos que no son inherentes a la guerra como tal, además estorban más que ayudan a las operaciones de los líderes del ejército y no son tolerados si los que mandan tienen pleno control sobre sus tropas. El Estado guerrero que ha formado, equipado y mantenido al ejército considera el saqueo por sus soldados como un delito, ya que fueron contratados para luchar, no para saquear por su propia cuenta. El Estado quiere conservar la vida civil, como de costumbre, ya que quiere mantener la posibilidad de que sus ciudadanos paguen impuestos; los territorios conquistados son considerados como su propio dominio. El sistema de economía de mercado se debe mantener durante la guerra para servir a las exigencias de la guerra. [Nationalökonomie, 725-26]

A diferencia de la guerra limitada del Antiguo Régimen, la época de la guerra democrática – que comenzó con la Revolución Francesa y las Guerras Napoleónicas, continuó durante el siglo 19 con la Guerra de la Independencia del Sur, y alcanzó su punto culminante durante el siglo 20 con la Primera y la Segunda Guerras Mundiales – ha sido la era de la guerra total.

Al desdibujarse la distinción entre gobernantes y gobernados (“todos nos gobernamos a nosotros mismos”), la democracia fortaleció la identificación del público con un Estado en particular. En lugar de disputas por la propiedad dinástica que podían resolverse mediante la conquista y la ocupación, las guerras democráticas se convirtieron en batallas ideológicas: en choque de civilizaciones, que sólo podía resolverse mediante la dominación cultural, lingüística, o religiosa, el sometimiento y, si fuese necesario, con el exterminio. Cada vez era más difícil para los miembros del público liberarse de la implicación personal en la guerra. La resistencia al aumento de los impuestos para financiar una guerra era considerada una traición. Debido a que el Estado democrático, a diferencia de la monarquía, era “propiedad de todos”, el servicio militar obligatorio se convirtió en la regla y no la excepción. Y con ejércitos de conscriptos, masivos y baratos, y por lo tanto fácilmente desechables, luchando por objetivos e ideales nacionales, respaldados por los recursos económicos de la nación entera, toda distinción entre combatientes y no combatientes cayó por la borda.

El daño colateral ya no era un hecho casual aislado, sino que se convirtió en parte integral de la guerra. “Una vez que el Estado dejó de ser considerado como ‘propiedad’ de los príncipes dinásticos”, señaló Michael Howard,  “y en vez de eso se convirtió en instrumento de fuerzas poderosas dedicadas a conceptos tan abstractos como Libertad, o Nacionalidad, o Revolución, lo que permitió que un gran número de personas viera en ese Estado, la encarnación de algún Bien absoluto en pago del cual ningún precio era demasiado alto, ningún sacrificio demasiado grande; y entonces las ‘tibias e indecisas escaramuzas’ de la época Rococó parecieron absurdos anacronismos”. [Ibid. 75-76]

Observaciones similares han sido hechas por el historiador militar, el Mayor General JFC Fuller:

La influencia del espíritu de nacionalidad, es decir de la democracia, sobre la guerra, fue profunda,.. [ya que] emocionalizó la guerra y, en consecuencia, la brutalizó; …. Los ejércitos nacionales luchan contra naciones, los ejércitos reales luchan contra ejércitos parecidos, los primeros obedecen a una turba siempre demente, los segundos a un rey, por lo general cuerdo. Todo esto se desarrolló a partir de la Revolución Francesa, la cual también dio al mundo la conscripción – la guerra de manadas, y el rebaño acoplado a las finanzas y al comercio ha engendrado nuevos dominios a la guerra… Porque una vez que la nación entera pelea, entonces el crédito nacional entero estará disponible para los propósitos de la guerra. [La Guerra y la Civilización Occidental, 26-27]

Y William A. Orton hace una síntesis del tema en la siguiente forma:

Las guerras del siglo XIX se mantuvieron dentro de límites por la tradición, bien reconocida en el derecho internacional, que bienes y empresas civiles estaban por fuera de la esfera de combate. Los bienes de carácter civil no estaban expuestos a embargo o incautación arbitraria permanente, y aparte de aquellas estipulaciones territoriales y financieras que un Estado puede imponer a otro, la vida económica y cultural de los beligerantes por lo general se permitía continuar más o menos como lo había venido siendo. La práctica del siglo XX ha cambiado todo esto. Durante las dos guerras mundiales listas ilimitadas de contrabando, apoyadas en declaraciones unilaterales de derecho marítimo, pusieron todo tipo de comercio en peligro, y convirtieron en papel de desecho todo precedente. El cierre de la primera guerra se caracterizó por un decidido y exitoso esfuerzo de entorpecer la recuperación económica de los principales perdedores, y a retener ciertas propiedades civiles. La segunda guerra ha sido testigo de la extensión de esta política a un punto tal que el derecho internacional en la guerra ha dejado de existir.  Durante años, el Gobierno de Alemania, hasta donde alcanzaba su brazo, había basado la política de confiscación en una teoría racial que no tenía asidero en el derecho civil, ni en el derecho internacional, ni en la ética cristiana, y cuando comenzó la guerra, esa violación a la cortesía entre las naciones resultó ser contagiosa. El liderazgo Anglo-Americano, de palabra y obra, se lanzó a la cruzada de no admitir límites legales ni territoriales al ejercicio de la coerción. El concepto de neutralidad fue denunciado tanto en la teoría como en la práctica. No sólo las propiedades e intereses del enemigo, sino los activos e intereses de cualesquiera de las partes, incluso en los países neutrales, fueron expuestos a todas las restricciones que las potencias beligerantes pudieron hacer efectivas; y los activos e intereses de los países neutrales y sus civiles, alojados en territorios beligerantes o bajo control de los beligerantes, fueron sometidos prácticamente al mismo tipo de coerción que los ciudadanos de países enemigos. Así la “guerra total” se convirtió en una especie de guerra de la que ninguna comunidad civil podía tener esperanza de escapar, y “las naciones amantes de la paz” sacarán la conclusión obvia. [La Tradición Liberal: Un Estudio de las Condiciones Sociales y Espirituales de la Libertad, 251-52]

Excurso: La Doctrina de la Paz Democrática

He explicado cómo la institución de un Estado conduce a la guerra; porqué, en aparente paradoja, Estados internamente liberales tienden a ser potencias imperialistas, y cómo el espíritu de la democracia ha contribuido a la des-civilización en la conducción de la guerra.

Más concretamente, he explicado el surgimiento de los Estados Unidos al rango de primera potencia imperial del mundo; y, el papel de los Estados Unidos como instigador de guerras, con ínfulas de superioridad moral, cada vez más arrogante y fanático, a consecuencia de transformaciones sucesivas desde sus inicios como república aristocrática hasta democracia de masas sin restricciones, en la época de la Guerra de Independencia del Sur.

Los que aparecen como obstáculos en el camino de la paz y la civilización son pues, por encima de todo, el Estado y la democracia, y específicamente la democracia modelo del mundo: los Estados Unidos de América. Irónicamente, si no sorprendente, sin embargo, son precisamente los Estados Unidos, quienes afirman que son la solución a la búsqueda de la paz.

La razón de esta afirmación es la doctrina de la paz democrática, que se remonta a la época de Woodrow Wilson y la Primera Guerra Mundial, y que se ha reavivado en los últimos años de George W.  Bush y sus asesores neo-conservadores, y por ahora se ha convertido en folclore intelectual, incluso en círculos liberales-libertarios.

La teoría sostiene:

Las democracias no van a la guerra las unas contra las otras.

Por lo tanto, con el fin de lograr una paz duradera, el mundo entero debe convertirse a la democracia.

Y como corolario – generalmente – no declarado:

Hoy en día, muchos Estados no son democráticos y se resisten a reformas -democráticas- internas.

Por lo tanto, debe librarse una guerra contra esos Estados con el fin de convertirlos a la democracia y lograr así una paz duradera.

No tengo paciencia para hacer una crítica completa de esta teoría. Me limitaré a ofrecer una breve crítica de la premisa inicial de la teoría y de su conclusión final.

Primera: No van a la guerra las democracias unas contra otras? Dado que casi no existían democracias antes del siglo 20, la respuesta supuestamente debe encontrarse dentro de un período cercano a los últimos cien años. De hecho, la mayor parte de las pruebas presentadas a favor de la tesis proviene de observar que los países de Europa Occidental no han ido a la guerra unos contra otros en la era posterior a la Segunda Guerra Mundial. Asimismo, en la región del Pacífico, Japón y Corea del Sur no han combatido el uno contra la otra durante el mismo período.¿Prueba el caso esta evidencia? Los teóricos de la paz democrática creen que sí. Como “científicos” están interesados en pruebas “estadísticas”, y como ellos lo ven hay un montón de “casos” sobre los cuales construir esta prueba: Alemania no ha ido a la guerra contra Francia, Italia, Inglaterra, etc.; Francia no ha ido la guerra contra España, Italia, Bélgica, etc. Por otra parte, hay permutaciones: Alemania no atacó a Francia, ni Francia atacó a Alemania, etc. Por lo tanto, tenemos aparentemente docenas de confirmaciones – y esto durante unos 60 años – y ni un solo contra-ejemplo. Pero, ¿realmente tenemos tantos casos de confirmación?

La respuesta es no: de hecho tenemos nada más que un solo caso a mano. Con el fin de la Segunda Guerra Mundial, prácticamente la totalidad de Europa occidental, hoy democrática (más Japón y Corea del Sur, democráticas y en la región del Pacífico) se han convertido en parte del Imperio Americano, según lo indicado por la presencia de tropas de EE.UU. en prácticamente todos estos países. Lo que el período de paz posterior a la II Guerra Mundial “prueba” entonces, no es que las democracias no van a la guerra las unas contra las otras, sino que una potencia hegemónica imperialista, como los Estados Unidos, no permite que sus diversas colonias vayan a la guerra las unas contra las otras (y, por supuesto, que la potencia hegemónica en sí misma no haya visto ninguna necesidad de ir a la guerra contra sus satélites – porque han obedecido – y no han visto la necesidad o no se han atrevido a desobedecer a su amo).

Por otra parte, si las cosas son así percibidas – basado en una comprensión de la historia en lugar de la creencia ingenua de que debido a que una entidad tiene un nombre diferente al de otra, su comportamiento debe ser independiente el uno del otro – se pone de manifiesto que las pruebas presentadas no tienen nada que ver con la democracia y sí totalmente con la hegemonía. Por ejemplo, no estalló la guerra desde el final de la Segunda Guerra Mundial y hasta el final de la década de 1980, es decir, durante el reinado hegemónico de la Unión Soviética, entre Alemania Oriental, Polonia, Checoslovaquia, Rumanía, Bulgaria, Lituania, Estonia, Hungría, etc. ¿Fue porque se trataba de dictaduras comunistas y las dictaduras comunistas no van a la guerra unas contra otras? Eso tendría que haber sido la conclusión de los “científicos” de la talla de los teóricos de la paz democrática! Pero sin duda esta conclusión es errónea. Ninguna guerra estalló debido a que la Unión Soviética no permitió que esto ocurriera – al igual que ninguna guerra entre democracias occidentales se desató porque Estados Unidos no permitió que esto sucediera en sus dominios. Sin duda, la Unión Soviética intervino en Hungría y Checoslovaquia, pero también lo hicieron los Estados Unidos en varias ocasiones en Centroamérica, en Guatemala por ejemplo. (Por cierto: ¿Qué pasa con las guerras entre Israel y Palestina y el Líbano? ¿No son todas estas democracias? ¿O los países árabes están excluidos por definición como no-democráticos?)

En segundo lugar: ¿Qué tal la democracia como solución a algo, haciendo a un lado la paz? Aquí el caso de los teóricos de la paz democrática, parece aún peor. De hecho, la falta de comprensión de la historia mostrada por ellos es verdaderamente aterradora. Éstos son sólo algunas fallas fundamentales:

En primer lugar, la teoría implica una fusión conceptual de democracia y libertad que sólo pueden calificarse de escandalosa, sobre todo viniendo de libertarios auto-proclamados. El fundamento y la piedra angular de la libertad es la institución de la propiedad privada, y la propiedad privada – exclusiva – es lógicamente incompatible con la democracia – el gobierno de la mayoría. La democracia no tiene nada que ver con la libertad. La democracia es una variante suave del comunismo, y rara vez en la historia de las ideas ha sido tomada para otra cosa. Por cierto, antes del estallido de la era democrática, es decir, hasta el comienzo del siglo 20, los presupuestos del gobierno (estatal) provenientes de impuestos (que combina todos los niveles de gobierno) en los países de Europa occidental constituían entre el 7 y el 15% del producto nacional, y en los Estados Unidos, todavía jóvenes, era incluso menor. En menos de cien años de gobierno de la mayoría ha aumentado este porcentaje aproximadamente al 50% en Europa y al 40% en los Estados Unidos.

En segundo lugar, la teoría de la paz democrática distingue esencialmente sólo entre democracia y no-democracia, ésta última sumariamente etiquetada como dictadura. Así, no sólo desaparecen todos los regímenes de repúblicas aristocráticas de la vista, sino además y muy importante para mis propósitos actuales, también todas las monarquías tradicionales. La equiparan a las dictaduras a la Lenín, Mussolini, Hitler, Stalin, Mao. De hecho, sin embargo, las monarquías tradicionales tienen poco en común con las dictaduras (mientras que la democracia y la dictadura están íntimamente relacionadas).

En tercer lugar, se sigue de esto que la visión de los teóricos de la paz democrática tienen de conflagraciones tales como la Primera Guerra Mundial, debe ser considerada grotesca, al menos desde el punto de vista de alguien que supuestamente valora la libertad. Para ellos, esta guerra era esencialmente una guerra de la democracia contra la dictadura, por lo que al aumentar el número de democracias, fue una guerra progresista, que engrandecía la paz, y en última instancia, y una guerra justificada.

De hecho, las cosas son muy diferentes. Para estar seguro, antes de la guerra Alemania y Austria no habrían calificado como tan democráticas como eran Inglaterra, Francia o los Estados Unidos en ese momento. Pero Alemania y Austria definitivamente no eran dictaduras. Eran monarquías (cada vez más castradas) y, como tal, podría decirse que tan liberales – si no más – que sus contrapartes. Por ejemplo, en los Estados Unidos, los manifestantes en contra de la guerra fueron encarcelados, el idioma alemán, en esencia, fue prohibido, y los ciudadanos de origen alemán fueron hostigados abiertamente y con frecuencia obligados a cambiar sus nombres. Nada comparable ocurrió en Austria y Alemania.

En cualquier caso, sin embargo, el resultado de la cruzada para hacer al mundo seguro para la democracia fue menos liberal que lo que existía antes (y Tratado de paz de Versalles precipitó la Segunda Guerra Mundial). No sólo creció más rápido el poder del Estado después de la guerra, que antes. En particular, el tratamiento a las minorías se deterioró en el democratizado período posterior a la Primera Guerra Mundial. En recién fundada Checoslovaquia, por ejemplo, los alemanes fueron maltratados sistemáticamente (hasta que fueron finalmente expulsados por millones y masacrados por las decenas de miles después de la Segunda Guerra Mundial) por la mayoría Checa. Nada ni remotamente comparable había ocurrido a los checos en el anterior reinado de los Habsburgo. Fue similar la situación con respecto a las relaciones entre los alemanes y los eslavos del sur, en Austria antes de la guerra, versus la de la Yugoslavia de la posguerra.

Tampoco se trató de una casualidad. Al igual que en la monarquía de los Habsburgo en Austria, por ejemplo, las minorías también habían sido bastante bien tratadas por los Otomanos. Sin embargo, cuando el multi-cultural Imperio Otomano se desintegró en el curso del siglo 19 y fue reemplazado por Estados-nación, semi-democráticos, como Grecia, Bulgaria, etc, los musulmanes otomanos fueron expulsados o exterminados.Del mismo modo, después que la democracia hubo triunfado en los Estados Unidos con la conquista militar de la Confederación del Sur, el gobierno de la Unión rápidamente procedió a exterminar a los Indios de las Praderas. Como Mises reconoció, la democracia no funciona en sociedades multi-étnicas. No solamente no propicia la paz, sino que promueve conflictos y tiene tendencias potencialmente genocidas.

En cuarto lugar, e íntimamente relacionado, los teóricos de la paz democrática sostienen que la democracia representa un “equilibrio” estable. Esto ha sido expresado con la mayor claridad por Francis Fukuyama, quien calificó el nuevo orden democrático mundial como el “fin de la historia”. Sin embargo, existe abrumadora evidencia de que esta afirmación es manifiestamente errónea.

En el terreno teórico: ¿Cómo puede la democracia estar en un equilibrio estable si es posible que se transforme democráticamente en una dictadura , es decir, un sistema que se considera que no es estable? Respuesta: que no tiene sentido!

Por otra parte, empíricamente las democracias son cualquier cosa menos estables. Como se ha indicado, en las democracias de sociedades multi-culturales regularmente se llega a la discriminación, a la opresión, o aún hasta la expulsión y el exterminio, de las minorías – dificilmente es un equilibrio pacífico. Y en sociedades étnicamente homogéneas, la democracia regularmente lleva a la lucha de clases, lo cual conduce a la crisis económica, lo cual conduce a la dictadura. Pensemos, por ejemplo, en la Rusia post-zarista, en Italia después de la Primera Guerra Mundial, en la Alemania de Weimar, en España, en Portugal y, en tiempos más recientes, en Grecia, Turquía, Guatemala, Argentina, Chile y Pakistán.

No sólo es esta estrecha correlación entre democracia y dictadura, problemática para los teóricos de la paz democrática, es peor, porque deben enfrentarse con el hecho de que las dictaduras que resultan de las crisis de la democracia no son siempre peores, desde un punto de vista clásico liberal o libertario, de lo que hubiera resultado de otra manera. Fácilmente se pueden citar casos en donde las dictaduras eran preferibles y más aún, una mejora. Piense en Italia y Mussolini o en España y Franco.Además, ¿cómo puede uno cuadrar una ingenua defensa de la democracia con el hecho de que los dictadores, muy diferente de los reyes que deben su puesto a un accidente de nacimiento, a menudo son los favoritos de las masas y en este sentido altamente democráticos? Basta pensar en Lenín o Stalin, que eran ciertamente más democráticos que el Zar Nicolás II, o pensar en Hitler, que era definitivamente más democrático y más un “hombre del pueblo” que el Káiser Guillermo II, o que el Káiser Franz Joseph.

De acuerdo con los teóricos de la paz democrática, entonces, parecería que estamos supuestos a declarar la guerra contra los dictadores extranjeros, ya sean reyes o demagogos, a fin de instalar democracias, que luego se conviertan en (modernas) dictaduras, hasta que finalmente, debe uno suponer, los Estados Unidos se hayan convertido en una dictadura, debido al crecimiento del poder del interior del Estado que resulta de las interminables “emergencias” generadas por las guerras extranjeras.

Mejor sería, me atrevo a decir, prestar atención al consejo de Erik von Kuehnelt-Leddihn y en vez del objetivo de hacer al mundo seguro para la democracia, intentemos mantenernos a salvo de la democracia – en todas partes, pero con mayor importancia en los Estados Unidos.

Hans-Hermann Hoppe es profesor de economía en la Universidad de Nevada en Las Vegas. Es el autor del libro Economía y ética de la propiedad privada.

TRADUCCIÓN DE RODRIGO BETANCUR

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Un Dólar Keynesiano sin Fuerzas

Gary North – Reality Check – Issue 948 March 30, 2010

Es posible que usted no haya visto mi conferencia en vídeo, “El Armagedon de las Jubilaciones”. La puede ver aquí:

http://www.garynorth.com/public/6059.cfm

Permítame explicarle por qué debería verla.

En el año fiscal 2010, la deuda federal se incrementará en $1,5 billones, $0.1 billones de más o de menos.

¿Ha estimado ya a cuanto asciende su cuota? Probablemente no.

Divida $1,5 billones por 300 millones de estadounidenses. La respuesta es $5.000 dólares.

Cada residente norteamericano, desde ancianos hasta infantes, acaban de ser golpeados con una cuenta extra de $5.000. Esto, además de lo que ya debe. ¿Qué es lo que ya debe? Algo así como $300.000: una deuda total de 90 billones de dólares dividida entre 300 millones.

Y lo mismo sucederá el año próximo. Y el siguiente. Se nos dice que el déficit en la próxima década estará en el rango de $0.9 billones anuales. Es decir $3.000 por persona y por año. Y es un estimado bajo.

Estamos hablando de la deuda en el presupuesto, que está en el rango de $12.7 billones de dólares este semana. ¿Qué opina de las deudas, no incluídas en el presupuesto, de estos dos fondos fiduciarios: el Seguro Social y Medicare? Esta deuda, sin provisión de fondos de pago, se estima en unos $75 billones de dólares este año. Alguien dice que es mayor. Seré conservador.

No proveerán fondos para el pago. El Congreso pateará la lata, como siempre.

En una hipoteca en la que el deudor no paga – ni intereses ni principal – las cuotas impagadas se agregan al capital adeudado. A veces se denomina como una hipoteca que camina hacia atrás. Las hipotecas con tasa ajustable son hipotecas que caminan hacia atrás. Los fondos fiduciarios son comparables a las hipotecas. Por lo tanto, también caminan hacia atrás.

Si asumimos que la tasa de interés de estas obligaciones se encuentra en el rango de 5% durante 75 años, y si el  reembolso a capital es de 1,33% (100% dividido por 75), entonces la tasa de amortización sería de aproximadamente 6,3%. Seamos conservadores. Digamos que sea 6%. Si  multiplica $75 billones de dólares por .06, obtiene $4,5 billones de dólares. Este es un pasivo sin provisión de pago en el ejercicio fiscal del 2010. Está clavado actualmente en $75 billones.

Así, la creciente deuda por persona sumando las dos formas de deuda federal totaliza $6.0 billones ($4.5 b + $1.5 b). Que al dividirla por 300 millones de estadounidenses, resulta en $20.000 dólares per capita. En un año. Y seguirá sucediendo hasta que se pague la deuda.

Volverá a suceder en el año fiscal 2011. Pero en el año fiscal 2011, la “hipoteca” ya será de $79,5 billones de dólares y no los $75 billones de dólares de este año.

Cuantos estadounidenses entienden esto? Los niños no lo entienden. A los viejos no les importa. Tampoco le importa a la gente de la mitad.

Como todos sabemos, la mayoría de los estadounidenses pagan relativamente pocos impuestos. La carga fiscal recae en otros. Así, su participación es muy superior a $20.000 dólares este año. El próximo año será también muy superior a los $20.000 dólares.

¿Se pagarán estas deudas algún día? No. Se incumplirá el pago? Por supuesto. ¿Incluyen los políticos este factor en sus planes? Por supuesto que no. Los economistas ¿hacen sonar la alarma? Sólo los de la Escuela Austríaca de Economía.

¿Cree usted que podamos llegar a este escenario? Quiero decir, sinceramente, de verdad lo cree? Siéntese con una copia de Quicken o su software financiero. ¿Cuánto dinero invirtió el año pasado en activos que no serán eliminados por la inevitable falta de pago? El siguiente ejercicio le dirá que tanto cree.

LA RELACIÓN PIB/DEUDA

Nos enfrentamos hoy a una monumental crisis de la deuda. Se nos advirtió. Desde la recesión de 2001 hasta su muerte en agosto de 2007, el Dr. Kurt Richebächer advirtió en su boletín mensual la existencia de un desarrollo ominoso en la economía de EE.UU. El nivel de aumento de la deuda necesaria para producir un dólar adicional en el PIB ha venido en aumento. En repetidas ocasiones dijo que esto eventualmente podría producir una grave crisis financiera. El aumento de la deuda requiriría aumentar la producción para atender a su financiación, trimestre por trimestre, y con mayor razón para pagarla. Si la producción económica por cada dólar de aumento de la deuda está disminuyendo, llegará un día en que un dólar de aumento de la deuda dará lugar a rendimientos negativos.

Estamos ahí. Llegamos a ese punto en el 2008. Continuó durante el 2009. El PIB se redujo, sin embargo, la deuda total se incrementó. Aquí hay una tabla que describe la relación de la caída del PIB contra la deuda, entre 1965 y el 2000.

http://www.garynorth.com/public/6284.cfm

El problema es la financiación de la deuda. Si los acreedores ven que sus préstamos no podrán ser atendidos por los prestatarios, trimestre a trimestre, dejarán de prestar dinero a tasas de interés bajas. Exigirán un mayor rendimiento con el fin de compensar el aumento del riesgo de impago. Los prestatarios tendrán que pagar mayores tasas de interés a fin de persuadir a los prestamistas que sigan prestando. El costo de capital se elevará. El retorno de la inversión caerá.

En ese momento, la refinanciación de la deuda existente se convertirá en una cuestión de supervivencia institucional paralos prestatarios. Los prestatarios corporativos utilizan los bancos como una manera de mantener las puertas abiertas. Los gobiernos dependen de los prestamistas no bancarios, como las compañías de seguros y los fondos de jubilación. Pero todos ellos están en el mismo barco de la deuda. No pueden permitirse el lujo de tener el flujo de fondos cortado. Si esto sucediera, tendrían que cerrar sus puertas y declararse en bancarrota.

Las pequeñas empresas se enfrentan ya a una crisis. Los bancos comerciales han dejado de hacer préstamos. Los bancos están en realidad contrayendo sus carteras de préstamos.

http://www.garynorth.com/public/6285.cfm

Los prestatarios son todavía capaces de lograr que los prestamistas les presten a tasas bajas. Esto es debido a la situación de la economía. Ya no se sufre la amenaza de la inmediata inflación de los precios. Las tasas de interés han caído. Los prestamistas han decidido que los Títulos del Tesoro son seguros. Están dejando que el Tesoro preste a tasas de menos de dos décimas del uno por ciento. Esto ha afectado a otras tasas. Ellas han bajado. Los prestamistas aún no están listos para considerar las consecuencias a largo plazo de tasas de retorno en la inversión increíblemente bajas en términos de producción económica – negativa en 2008 y 2009. La tasa de rendimiento puede haber sido ligeramente positiva desde mediados del 2009. Veremos el próximo trimestre, cuando se publique el informe.

EL DOLAR KEYNESIANO

La frase, “más potencia por dólar,” se hizo popular en Washington durante la guerra de Vietnam. Se refería al intento de Secretario de Defensa McNamara de aumentar la eficiencia de las fuerzas militares de Vietnam. Quería una mayor proporción de poder de muerte por unidad de presupuesto. Exigió que todas las evaluaciones fueran acompañadas de datos objetivos. Él utilizó esta frase para filtrar todas las evaluaciones no se basaran en datos objetivos: “No estoy interesado en su poesía.” Los comandantes recibieron el mensaje. Le suministraron información impresionante sobre las tasas de muertos por dólar. Los muertos fueron siempre de las fuerzas militares, no civiles, por definición. Pero los norvietnamitas ganaron la guerra. La tasa de muerte seguía subiendo, pero la guerra se estaba perdiendo. Los vietnamitas del Norte resultaron ser poetas excepcionalmente buenos. Ganaron la guerra en los medios de comunicación americanos y en el debilitamiento de la voluntad de resistir de las tropas de Vietnam del Sur.

Los keynesianos están igualmente comprometidos con los datos. Creen que una recesión económica se puede reversar aumentando la deuda, especialmente la deuda pública. Argumentan que la recesión es el resultado de una demanda agregada insuficiente. El gobierno federal debe intervenir y suplir esta demanda. ¿Cómo? Tomando dinero prestado. Pero no es cierto que dichos préstamos reduciriían la oferta de capital a los sectores privados? No, dicen los keynesianos. Entonces, ¿de dónde sale el dinero? De personas que hubieran convertido su dinero a efectivo y lo hubiesen escondido bajo el colchón.

La teoría keynesiana se basa en modelos de 1936 del comportamiento de las personas. La gente retiró el efectivo de los bancos, entre 1931 y 1934, antes de la FDIC. Por lo tanto, harán lo mismo si el gobierno federal no aumenta el gasto mediante el aumento de su deuda. Olvídese de la FDIC. Olvidese del hecho que el dinero ahorrado está invertido.

Podría pensar que estoy exagerando, para el efecto. Me gustaría estarlo. He discutido esta perspectiva keynesiana en otros lugares.

http://www.lewrockwell.com/north/north822.html

Los keynesianos consideran un aumento del gasto/de la deuda del gobierno como una forma de aumentar la demanda agregada, a pesar de que el dinero prestado al gobierno proviene de los ahorradores privados, con esta excepción: cuando se trata de los bancos centrales. En estos días, cerca de la mitad de la deuda del Tesoro es comprada por los bancos centrales extranjeros, quienes crean dinero fiduciario doméstico, compran dólares de los EE.UU., y con ellos compran deuda del Tesoro de los EE.UU..

En la medida en que los bancos centrales extranjeros hagan esto, y en alguna forma, no compraran los dólares de los EE.UU., los keynesianos tendrían un punto legítimo. Hay un aumento en la demanda. Pero este aumento mantendría los precios más altos en los EE.UU. de lo que hubieran sido. Sin esta mayor demanda por deuda del Tesoro, el gobierno federal no podía haber gastado el dinero recibido en préstamo. Entonces, los estadounidenses podrían haber comprado bienes de consumo o bienes de producción. Al poner el dinero en un banco, el banco lo presta. Históricamente, esto ha significado entregar en préstamo los depósitos a prestatarios.

Esta vez, sin embargo, ha habido un cambio. Los bancos comerciales han depositado más de $1 billón de dólares en sus cuentas de exceso de reservas en la Reserva Federal. Esto esteriliza el dinero. No puede ser gastado. Esto es culpa de las políticas anteriores de la Reserva Federal. Los banqueros comerciales tienen miedo de prestar dinero en esta economía.

Esta es la razón por la cual no cambiaron los precios de enero a febrero de este año. El IPC no cambió. Tampoco la media del IPC. En un mercado libre con una moneda estable, los precios, generalmente se reducen a medida que aumenta la producción. Los bancos centrales no han permitido que esto suceda en el mundo moderno. Pero ahora, a causa del exceso de reservas, está sucediendo.

EL AUMENTO DE LA DEUDA AUMENTA EL PIB, DICEN LOS KEYNESIANOS

La base de las políticas fiscales keynesianas en una crisis económica es una teoría según la cual el aumento en la deuda pública aumenta la demanda agregada, lo cual a su vez lleva a los productores a contratar más gente y a comprar más recursos a fin de satisfacer una creciente demanda futura. El aumento de la deuda da a la economía la inyección en el brazo (arm) que tanto necesita – o, en estos días, una inyección en el ARM (Hipoteca de Tasa Ajustable por su sigla en Inglés). El gobierno estabiliza la demanda, y esto aumenta la confianza de los productores.

Los banqueros comerciales todavía no están convencidos. Se niegan a prestar. Ven grandes problemas más delante: las pérdidas en los préstamos para bienes raíces comerciales. Quieren reservas líquidas disponibles para evitar tener que recurrir a exigir el pago anticipado de préstamos comerciales para cubrir las pérdidas esperadas en sus carteras.

Se nos ha dicho en repetidas ocasiones que la recuperación es débil. Bernanke sigue diciendo a todo el que quiera escuchar que la Fed mantendrá las tasas de interés – es decir, la tasa de interés de los fondos federales – en o por debajo de 0,25%. El mercado es quien está haciendo esto, no la FED. La FED sólo necesita no hacer nada para lograr este resultado. Los bancos no están prestando de un día para otro a los demás bancos, porque tienen tan grande exceso en sus reservas en la FED que no necesitan préstamos por una noche para evitar exceder su encaje legal.

A medida que el aumento de la producción por cada dólar de incremento de la deuda ha llegado a ser negativo, los keynesianos han pedido que la deuda aumente aún más. Ellos han dicho que el estímulo de $ 787,000 millones aprobado en octubre de 2008 no fue suficiente. Pero la tendencia de la relacion PIB/Deuda ha venido disminuyendo desde hace décadas. Esto, a finales del 2008, no fue problema de una noche. La relación se tornó fuertemente negativa. Esto fue una sorpresa para todos excepto para los economistas de la Escuela Austríaca. Pero esto fue sólo el resultado de la severidad de la recesión en relación con el masivo estímulo Federal. Las cifras empeoraron muy rápidamente. Pero esta fue una extensión a una tendencia de largo plazo.

Los keynesianos han tomado crédito por la recuperación, tal como es. Han argumentado que las cosas habrían sido mucho peor si el Congreso no hubiera hecho caso omiso a los votantes y hubiera aprobado el plan de rescate. Pero la debilidad de la recuperación y el tamaño del déficit federal indican que la receta keynesiana para la prosperidad está a punto de producir resultados indiscutiblemente negativos.

El tamaño del déficit Federal anual previsto es tan grande que la recuperación económica debe ser sin precedentes en su tasa de aumento y sostenida por una década, si la relación PIB/Deuda desciende a los niveles anteriores al 2008. Nadie con autoridad en Washington está prediciendo uno u otro resultado. Por el contrario, están prediciendo una débil recuperación.

Los keynesianos enfrentan una crisis de fe. Si la relación PIB/deuda sigue rondando el cero (0), la receta keynesiana no resolverá el problema: una escalada masiva de la deuda sin un porcentaje de aumento aún mayor en la producción. Eso significa que la economía de EE.UU. no puede salir con crecimiento de la crisis actual. Tal falla pondrá en cuestionamiento todas las escuelas del pensamiento económico. La excepción es la Escuela Austríaca.

CONCLUSIÓN

Estamos mucho más allá del punto de retorno económicamente. No hay ninguna posibilidad de que la economía encuentre, mediante crecimiento, su manera de salir de este nivel de deuda. No hay manera de que no vaya a incumplir. Los expertos siguen diciéndonos que la economía puede encontrar su salida mediante el crecimiento, pero no dicen cómo. Hablan como si el crecimiento fuera automático, como si la acumulación de capital fuera automática, como si el Tesoro no estuviera absorbiendo $1,5 billones en capital adicional en este año, como si las cifras realmente encajaran. Los números encajan: con el incumplimiento de las obligaciones.

¿Qué ha hecho hasta ahora para protegerse?

¿Qué cosa extraordinaria hará para protegerse?

TRADUCCIÓN DE RODRIGO BETANCUR

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Leyes del salario mínimo

Por Henry Hazlitt

Hemos examinado anteriormente algunos de los perniciosos resultados que producen los arbitrarios esfuerzos realizados por el Estado para elevar el precio de aquellas mercancías que desea favorecer. La misma especie de daños se derivan cuando se trata de incrementar los sueldos mediante las leyes del salario mínimo. Esto no debe sorprendernos, pues un salario es en realidad un precio. En nada favorece la claridad del pensamiento económico que el precio de los servicios laborales haya recibido un nombre enteramente diferente al de los otros precios. Esto ha impedido a mucha gente percatarse de que ambos son gobernados por los mismos principios.

Las opiniones acerca de los salarios se formulan con tal apasionamiento y quedan tan influidas por la política, que en la mayoría de las discusiones sobre el tema se olvidan los más elementales principios. Gentes que serían las primeras en negar que la prosperidad pueda ser producida mediante un alza artificial de los precios y no vacilarían en afirmar que las leyes del precio mínimo, en vez de proteger, perjudican las industrias que tratan de favorecer, abogarán, no obstante, por la promulgación de leyes de salario mínimo e increparán con la máxima acritud a sus oponentes.

No obstante, debería quedar bien sentado que una ley de salario mínimo, en el mejor de los casos, constituye arma poco eficaz para combatir el daño derivado de los bajos salarios y que el posible beneficio a conseguir, mediante tales leyes, sólo superará el posible mal en proporción a la modestia de los objetivos a alcanzar. Cuanto más ambiciosa sea la ley, cuantos más obreros pretenda proteger y en mayor proporción aspire al incremento de los salarios, tanto más probable será que el perjuicio supere los efectos beneficiosos.

Lo primero que ocurre cuando, por ejemplo, se promulga una ley en virtud de la cual no se pagará a nadie menos de treinta dólares por una semana laboral de cuarenta y ocho horas, es que nadie cuyo trabajo no sea valorado en esa cifra por un empresario volverá a encontrar empleo. No se puede sobrevalorar en una cantidad determinada el trabajo de un obrero en el mercado laboral por el mero hecho de haber convertido en ilegal su colocación por cantidad inferior. Lo único que se consigue es privarle del derecho a ganar lo que su capacidad y empleo le permitirían, mientras se impide a la comunidad beneficiarse de los modestos servicios que aquél es capaz de rendir. En una palabra, se sustituye el salario bajo por el desempleo. Se causa un mal general, sin compensación equivalente.

La única excepción se registra cuando un grupo de obreros recibe un salario efectivamente por debajo de su valor en el mercado. Esto puede ocurrir sólo en circunstancias o lugares especiales donde las fuerzas de la competencia no funcionen libre o adecuadamente; pero casi todos estos casos especiales podrían remediarse con igual efectividad, más flexiblemente y con menor daño potencial, a través del actuar de los sindicatos.

Cabe pensar que si la ley obliga a pagar mayores salarios en una industria dada, pueda ésta elevar sus precios de tal suerte que el incremento pase a gravitar sobre los consumidores. Sin embargo, tal desviación no es tan hacedera ni se escapa con tanta sencillez a las consecuencias de una artificiosa elevación de sueldos. Muchas veces no es posible aumentar el precio de sus productos, pues quizá se induzca al consumidor a la búsqueda de un sustitutivo. O bien, si continúan adquiriéndolo, los nuevos precios les obliguen a comprar menos cantidad. En su consecuencia, aunque algunos obreros de la industria en cuestión se han beneficiado del alza de salarios, otros por ello perderán sus empleos. Por otra parte, si no se aumenta el precio del producto, los fabricantes marginales son desplazados del negocio. En realidad se habrá provocado una reducción en la producción y el consiguiente paro, recorriendo camino distinto.

Cuando se mencionan estas consecuencias, siempre hay alguien que replica: «Perfectamente; si para conservar la industria X es ineludible pagar salarios ínfimos, justo es que los salarios mínimos obliguen a su cierre.» Ahora bien, tan audaz afirmación prescinde de ciertas realidades. En primer lugar, no advierte que los consumidores han de soportar la pérdida del producto. Olvida también que los obreros que trabajaban en la industria en cuestión quedan condenados al desempleo. Finalmente, ignora que por bajos que fueran los emolumentos abonados, eran los mejores entre todas las posibilidades que se ofrecían a los obreros de la tantas veces aludida industria X, pues de lo contrario habrían acudido a otra. Por lo tanto, si la industria X es suprimida por una ley de salarios mínimos, quienes en ella trabajaban se verán constreñidos a aceptar empleos que reputaron menos interesantes que los que por fuerza han de abandonar. Su demanda de trabajo hará descender todavía más los salarios de las ocupaciones alternativas que ahora les son ofrecidas. No cabe eludir la consecuencia: siempre que se imponen salarios mínimos se provoca un incremento del desempleo.

Además, los programas de asistencia destinados a aliviar el paro originado por la ley del salario mínimo crean un serio problema. Mediante un salario mínimo de $7,50 por hora, verbigracia, se prohíbe a cualquiera trabajar cuarenta horas semanales por menos de trecientos dólares. Supongamos ahora que se ofrece una asistencia de sólo ciento ochenta dólares semanales. Ello equivale a haber prohibido que una persona emplee su tiempo eficazmente ganando, por ejemplo, doscientos cincuenta dólares semanales, manteniéndole en cambio inactivo percibiendo un subsidio de ciento ochenta dólares a la semana. Hemos privado a la sociedad del valor de sus servicios; al hombre, de la independencia y dignidad que se derivan de la autosuficiencia económica, incluso a bajo nivel, separándole de la tarea más de su agrado, y, al propio tiempo, recibe una remuneración menor a la que podía haber ganado por su propio esfuerzo.

Estas consecuencias se producirán siempre que el socorro sea inferior en un centavo a los trescientos dólares. Sin embargo, cuanto más elevado sea el mismo, tanto peor será la situación en otros aspectos. Si se ofrece un subsidio de trescientos dólares, se facilita a muchos igual cantidad sin trabajar que trabajando. En fin, cualquiera que sea la cantidad a que ascienda el subsidio, provoca una situación en la que cada cual trabaja sólo por la diferencia entre su salario y el importe del socorro. Si éste, por ejemplo, es de trescientos dólares semanales, los obreros a quienes se ofrece un salario de un 10 dólares por hora o cuatrocientosa dólares a la semana, ven que de hecho se les pide que trabajen por cien dólares a la semana tan sólo, puesto que el resto pueden obtenerlo sin hacer nada.

Cabría pensar en la posibilidad de escapar a estas consecuencias ofreciendo ese socorro en forma de trabajo remunerado, en lugar de hacerlo a cambio de nada; pero esto es tan sólo cambiar la naturaleza de las repercusiones. La asistencia en forma de trabajo significa pagar a los beneficiarios más de lo que el mercado hubiera ofrecido libremente. Por tanto, sólo una parte del salario de ayuda proviene de su actividad (ejercida, por lo general, en trabajos de dudosa utilidad), mientras que el resto es una limosna disfrazada.

Probablemente hubiera sido mejor, en todo evento que el Estado, inicialmente, hubiera subvencionado francamente el sueldo percibido en las tareas privadas que ya venían realizando. No queremos alargar más este asunto, pues nos llevaría al examen de cuestiones que de momento no interesan. Ahora bien, conviene tener presentes las dificultades y consecuencias de los subsidios al considerar la promulgación de leyes del salario mínimo o el incremento de los mínimos ya fijados.

De cuanto antecede no se pretende deducir la imposibilidad de elevar los salarios. Lo único que se desea es señalar que el método aparentemente sencillo de incrementarlo mediante disposiciones del poder público es el camino peor y más equivocado.

Parece oportuno advertir ahora que lo que distingue a muchos reformadores de quienes rechazan sus sugerencias no es la mayor filantropía de los primeros, sino su mayor impaciencia. No se trata de si deseamos o no el mayor bienestar económico posible para todos. Entre hombres de buena voluntad tal objetivo ha de darse por descontado. La verdadera cuestión se refiere a los medios adecuados para conseguirlo, y al tratar de dar una respuesta a tal cuestión, no el lícito olvidar unas cuantas verdades elementales; no cabe distribuir más riqueza que la creada; no es posible, a la larga, pagar al conjunto de la mano de obra más de lo que produce.

La mejor manera de elevar, por lo tanto, los salarios es incrementando la productividad del trabajo. Tal finalidad puede alcanzarse acudiendo a distintos métodos: por una mayor acumulación de capital, es decir, mediante un aumento de las máquinas que ayudan al obrero en su tarea; por nuevos inventos y mejoras técnicas; por una dirección más eficaz por parte de los empresarios; por mayor aplicación y eficiencia por parte de los obreros; por una mejor formación y adiestramiento profesional. Cuanto más produce el individuo, tanto más acrecienta la riqueza de toda la comunidad. Cuanto más produce, tanto más valiosos son sus servicios para los consumidores y, por lo tanto, para los empresarios. Y cuanto mayor es su valor para el empresario, mejor le pagarán. Los salarios reales tienen su origen en la producción, no en los decretos y órdenes ministeriales.

Tomado del libro de Henry Hazlitt Economía en una Lección

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Oro y libertad económica

Artículo elaborado por Alan Greenspan en 1966

(tomado de Tribuna Libre en Libertad Digital )

El abandono del patrón oro hizo posible que los estatistas utilizaran el sistema bancario como instrumento para una expansión ilimitada del crédito. Sin patrón oro, no hay forma de proteger los ahorros contra la inflación.

Un antagonismo prácticamente histérico contra el patrón oro es un nexo que une a los estatistas de toda condición. Parecen apreciar -quizás más clara y profundamente que muchos defensores del laissez faire- que el oro y la libertad económica son inseparables, que el patrón oro es un instrumento del laissez faire, y que el uno implica y requiere al otro. Para entender la razón de este antagonismo, primero es necesario entender el papel específico que juega el oro en una sociedad libre.

El dinero es el común denominador de todas las transacciones económicas. Es ese bien que sirve como medio de intercambio, es universalmente aceptado por todos los participantes en una economía de intercambio como pago por los bienes y servicios, y por tanto, puede ser usado como referencia del valor de mercado y como depósito de valor, es decir, como medio de ahorro.

La existencia de tal bien es una precondición de una economía en la que existe división del trabajo. Si los hombres no dispusieran de algún bien de valor objetivo que fuera generalmente aceptado como dinero, tendrían que recurrir al primitivo trueque o ser forzados a vivir en granjas auto-suficientes y renunciar a las inestimables ventajas de la especialización. Si los hombres no tuvieran un medio para almacenar el valor, es decir, ahorrar, ni la planificación a largo plazo ni el intercambio serían posibles.

Qué medio de intercambio será aceptado por todos los participantes de una economía no es una cuestión que se determine arbitrariamente. Primero, el medio de intercambio debería ser duradero. En una sociedad primitiva de escasa riqueza, el trigo podría ser suficientemente duradero para servir como medio, debido a que todos los intercambios tendrían lugar solo durante e inmediatamente después de la cosecha, no dejando ningún excedente que almacenar.

Pero las consideraciones de depósito de valor son cada vez más importantes a medida que las sociedades son más ricas y civilizadas. En éstas, el medio de intercambio debe ser un bien duradero, normalmente un metal. Un metal es generalmente elegido porque es homogéneo y divisible: cada unidad es idéntica a la otra y puede ser mezclado o formado en cualquier cantidad. Las joyas preciosas, por ejemplo, no son ni homogéneas ni divisibles.

Más importante aún, el bien escogido como medio debe ser un bien de lujo. Los deseos humanos para los lujos son ilimitados y, por tanto, los bienes de lujo siempre son demandados y siempre serán aceptados. El trigo es un lujo en civilizaciones infra-alimentadas, pero no en una sociedad próspera. Los cigarrillos en condiciones normales no servirían como dinero, pero sí sirvieron en la Europa de después de la II Guerra Mundial donde eran considerados un lujo.

El término “bien de lujo” implica escasez y un alto valor unitario. El que tenga un alto valor unitario implica que ese bien es fácilmente transportable; por ejemplo, una onza de oro (alrededor de 28,35 gramos) vale como media tonelada de lingotes de hierro.

En las etapas iniciales de una economía monetaria en desarrollo, se podrían usar varios medios de intercambio, dado que una amplia variedad de bienes cumplirían las condiciones anteriores. Sin embargo, uno de los bienes desplazará gradualmente a los otros, siendo más ampliamente aceptado.

El concepto de dinero

Las preferencias acerca de qué mantener como depósito de valor, cambiarán hacia el bien más ampliamente aceptado, lo que a su vez, lo hará todavía más aceptado. El cambio es progresivo hasta que ese bien se convierta en el único medio de intercambio. El uso de un solo medio es altamente ventajoso, por las mismas razones por las que una economía monetaria es mejor que una economía de trueque: permite la posibilidad de intercambios a una escala incalculablemente superior.

Que el único dinero sea el oro, la plata, las conchas, el ganado o el tabaco es opcional, dependiendo del contexto y desarrollo de una economía determinada. De hecho, todos han sido empleados, en diferentes fechas, como medio de intercambio. Incluso en el presente siglo, dos bienes como el oro y la plata han sido usados como medio de intercambio a nivel internacional, convirtiéndose el oro en el predominante.

El oro, teniendo usos tanto artísticos como funcionales y siendo relativamente escaso, tiene ventajas significativas sobre todos los demás medios de intercambio. Desde principios de la Primera Guerra Mundial, ha sido prácticamente el único patrón de intercambio internacional. Si todos los bienes y servicios tuvieran que ser pagados en oro, grandes pagos serían difíciles de llevar a cabo y esto tendería a limitar el grado de división del trabajo y especialización de una sociedad.

Así, una extensión lógica de la creación de un medio de intercambio es el desarrollo de un sistema bancario y de instrumentos de crédito (billetes de banco y depósitos) que actúen como sustituto del oro, siendo convertibles al metal amarillo.

Un sistema bancario libre basado en el oro es capaz de conceder crédito y así crear billetes de banco (moneda) y depósitos, según las necesidades productivas de la economía. Los propietarios individuales de oro son inducidos, por los pagos de interés, a depositar su oro en un banco (contra el que pueden girar cheques).

Pero dado que es muy raro que se dé el caso de que todos los depositantes quieran sacar todo su oro al mismo tiempo, el banquero necesita guardar solo una fracción del total de los depósitos en oro como reservas. Esto permite al banquero prestar más de la cantidad de sus depósitos de oro (lo que significa que no tiene oro como garantía de sus depósitos, sino derechos de cobro de oro). Pero la cantidad de préstamos que el banquero se pueda permitir conceder no es arbitraria: tiene que evaluarla en relación a sus reservas y a la situación de sus inversiones.

El sistema crediticio

Cuando los bancos prestan dinero para financiar proyectos productivos y rentables, los préstamos son pagados rápidamente y el crédito bancario continúa estando disponible. Pero cuando estos negocios empresariales financiados por el crédito bancario son menos rentables y les cuesta saldar las deudas, los banqueros pronto se dan cuenta de que sus préstamos pendientes de pago son excesivos en relación a sus reservas de oro, y empiezan a reducir los nuevos préstamos, normalmente exigiendo tasas de interés más altas.

Esto tiende a restringir la financiación de nuevos proyectos y requiere que los prestatarios actuales mejoren su rentabilidad antes de que puedan obtener crédito para nuevas expansiones. Así, bajo el patrón oro, un sistema bancario libre se erige como el protector de la estabilidad de la economía y el crecimiento equilibrado.

Cuando el oro es aceptado como medio de intercambio por la mayoría o todas las naciones, un patrón oro internacional libre y sin restricciones sirve para impulsar una división del trabajo a escala mundial y promueve la máxima extensión del comercio internacional.

Aunque las unidades de intercambio (el dólar, la libra, el franco, etc.) difieran de país a país, cuando todas están definidas en términos de oro, las economías de diferentes países actúan como una -siempre y cuando no existan restricciones sobre el comercio o el movimiento de capitales-.

El crédito, los tipos de interés, y los precios tienden a seguir patrones similares en todos los países. Por ejemplo, si los bancos de un país conceden créditos demasiado alegremente, los tipos de interés en ese país tenderán a caer, induciendo a los depositantes a que cambien su oro a bancos de otros países que paguen mayor interés. Esto generará inmediatamente una escasez de reservas bancarias en el país del “dinero fácil”, provocando condiciones crediticias más estrictas y una vuelta a tasas de interés competitivas más altas.

Un sistema bancario totalmente libre y un patrón oro totalmente coherente no se han alcanzado todavía. Pero antes de la Primera Guerra Mundial, el sistema bancario en los Estados Unidos (y en la mayoría del mundo) estaba basado en el oro y aunque los gobiernos intervenían ocasionalmente, la banca estaba más libre que controlada.

Periódicamente, como resultado de expansiones de crédito demasiado rápidas, los bancos alcanzaban el límite de préstamos de sus reservas de oro, los tipos de interés subían abruptamente, el nuevo crédito se cortaba, y la economía entraba en una recesión brusca pero corta. (Comparadas con las depresiones de 1920 y 1932, las contracciones anteriores a la Primera Guerra Mundial fueron realmente suaves).

Expansión crediticia

La limitación de las reservas de oro era lo que ponía freno a las expansiones insostenibles en la actividad empresarial, antes de que pudieran convertirse en el tipo de desastre que suponen las posteriores a la Primera Guerra Mundial. Los periodos de reajuste eran cortos y las economías rápidamente reestablecían una base sólida para reanudar la expansión.

Pero el proceso de cura fue erróneamente diagnosticado como la enfermedad: si la escasez de reservas bancarias estaba causando una contracción económica -argüían los intervencionistas económicos- ¡por qué no encontrar una manera de proporcionar crecientes reservas a los bancos para que nunca se queden cortos! Si los bancos pueden continuar prestando dinero indefinidamente -se decía- nunca tendrá que haber recesiones en la actividad empresarial. Y así es como se creó el Sistema de la Reserva Federal en 1913.

El origen de la Reserva Federal de EEUU

Consistía en doce bancos regionales de la Reserva Federal, nominalmente poseídos por banqueros privados, pero en realidad patrocinados, controlados y apoyados por el gobierno. El crédito concedido por estos bancos es en la práctica (aunque no legalmente) respaldado por el poder impositivo del gobierno federal.

Técnicamente, permanecimos en el patrón oro; los individuos todavía eran libres de poseer oro, y éste seguía siendo usado como reservas bancarias. Pero ahora, además del oro, el crédito extendido por los bancos de la Reserva Federal (“reservas de papel moneda”) podía servir como curso legal para pagar a los depositantes.

Cuando la economía de Estados Unidos sufrió una suave contracción en 1927, la Reserva Federal creó más reservas de papel moneda, con la esperanza de prevenir cualquier posible escasez de reservas en los bancos. Más desastroso, sin embargo, fue el intento de la Reserva Federal de ayudar a Gran Bretaña, quien había estado perdiendo oro en favor de EE.UU. debido a que el Banco de Inglaterra se negó a permitir que los tipos de interés subieran cuando las fuerzas del mercado se lo dictaban (era políticamente difícil de digerir).

El razonamiento de las autoridades involucradas fue como sigue: si la Reserva Federal inyectara gran cantidad de reservas de papel en los bancos americanos, los tipos de interés en Estados Unidos caerían a un nivel comparable con los de Gran Bretaña; esto serviría para parar la pérdida de oro de Gran Bretaña y evitar el bochorno político de tener que subir los tipos de interés.

Los efectos de la intervención monetaria

Las acciones de la FED surtieron efecto; pararon la pérdida de oro, pero en el intento casi destruyeron las economías del mundo. El excesivo crédito que la Fed inyectó en la economía se desbordó en el mercado de valores -provocando un fantástico boom especulativo-.

Más tarde, los oficiales de la Reserva Federal intentaron absorber el exceso de reservas y finalmente tuvieron éxito en frenar el boom. Pero ya era demasiado tarde: antes de 1929 los desequilibrios especulativos habían llegado a ser tan extremos que el intento produjo una brusca reducción y consiguiente desaliento de la confianza empresarial.

Como resultado, la economía americana colapsó. A Gran Bretaña le fue incluso peor, y en vez de asimilar todas las consecuencias de su anterior locura, abandonó el patrón oro completamente en 1931, partiendo en dos lo que quedaba del tejido de confianza e induciendo una serie de quiebras a nivel mundial. Las economías del mundo se sumieron en la Gran Depresión de los años 30.

Con una lógica que recuerda a la generación anterior, los estatistas arguyeron que el patrón oro era el principal culpable de la debacle crediticia que llevó a la Gran Depresión. Si el patrón oro no hubiera existido, sostenían, el abandono de Gran Bretaña de los pagos en oro en 1931 no habría causado la quiebra de bancos por todo el mundo. (La ironía fue que desde 1913 no habíamos estado en un patrón oro, sino en lo que se podría llamar un “patrón oro mixto”; con todo es el oro el que se llevó la culpa).

La Gran Depresión

Pero la oposición al patrón oro en cualquier forma -por parte de un creciente número de defensores del estado del bienestar- era provocada por una idea mucho más sutil: la comprensión de que el patrón oro es incompatible con el gasto deficitario crónico (la nota distintiva del estado del bienestar).

Despojado de su jerga académica, el estado del bienestar no es nada más que un mecanismo por el que los gobiernos confiscan la riqueza de los miembros productivos de una sociedad para apoyar una amplia variedad de esquemas de prestaciones sociales. Una parte sustancial de esta confiscación se efectúa mediante los impuestos.

Pero los estatistas defensores de este sistema reconocieron rápidamente que si deseaban retener el poder político, la cantidad de impuestos tenía que estar limitada y que debían acudir a programas de gasto público deficitario masivos. Es decir, tenían que pedir prestado dinero, mediante la emisión de bonos del gobierno, para financiar los gastos en prestaciones sociales a gran escala.

Bajo el patrón oro, la cantidad de crédito que puede financiar una economía está determinada por los activos tangibles de la misma, ya que cada instrumento de crédito es en última instancia un derecho de cobro sobre un activo real. Sin embargo, la deuda pública no está respaldada con riqueza real, sino tan sólo con la promesa del gobierno de pagarla con lo obtenido de impuestos futuros y por tanto su absorción por los mercados financieros se hace problemática si su cantidad empieza a ser apreciable.

Un gran volumen de nuevos bonos solo se puede vender al público a tasas de interés crecientemente altas. Así, el déficit público bajo un patrón está estrictamente limitado. El abandono del patrón oro hizo posible que los estatistas utilizaran el sistema bancario como instrumento para una expansión ilimitada del crédito.

Ellos han creado reservas de papel moneda en forma de bonos gubernamentales que -a través de una serie de complejas etapas- los bancos aceptan en lugar de activos tangibles, y los tratan como si fueran un depósito real, es decir, como el equivalente a lo que antes era un depósito de oro.

Un límite al intervencionismo económico

El tenedor de un bono del gobierno o de un depósito de banco creado con reservas de papel, piensa que tiene un derecho válido sobre un activo real. Pero el hecho es que ahora hay más derechos de cobro pendientes de pago que activos reales. No se debe ir en contra de la ley de la oferta y la demanda.

A medida que la oferta de dinero (de derechos de cobro) aumenta en relación con la oferta de activos tangibles de la economía, los precios deben subir eventualmente. Así los ingresos de los miembros productivos de la sociedad pierden valor en términos de los bienes.

Cuando los balances de la economía son finalmente equilibrados, uno se encuentra con que esta pérdida de valor representa los bienes que han sido comprados por el gobierno para prestaciones sociales u otros propósitos, con el dinero recaudado de los bonos financiados por la expansión de crédito bancario.

En ausencia del patrón oro, no hay ninguna manera de proteger los ahorros de la confiscación que supone la inflación. No hay ningún depósito de valor seguro. Si lo hubiera, el gobierno tendría que hacer ilegal su posesión, como se hizo en el caso del oro. Si todo el mundo decidiera, por ejemplo, convertir todos sus depósitos bancarios en plata, cobre o cualquier otro bien, y a partir de entonces rechazara aceptar cheques como pago por los bienes, los depósitos bancarios perderían su poder de compra y el crédito bancario creado por el gobierno se quedaría sin valor como derecho de cobro sobre los bienes.

La política financiera del estado del bienestar requiere que no haya ninguna forma de que los propietarios de riqueza puedan protegerse a sí mismos. Este es el mezquino secreto de los ataques de los estatistas contra el oro. El déficit público es sencillamente un ardid para la oculta confiscación de la riqueza.

El oro se interpone en este insidioso proceso como protector de los derechos de propiedad. Si uno entiende esto, no debería tener dificultad en comprender la causa del antagonismo frente al oro de los estatistas.

Artículo escrito por Alan Greenspan en 1966.
Una de las muchas webs donde puede leerse el artículo en inglés:
http://www.usagold.com/gildedopinion/greenspan.html

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Seis conferencias dictadas por el Profesor Ludwig von Mises en Buenos Aires, Argentina, en 1959 – Políticas e Ideas

Estamos presentando el ciclo de 6 conferencias dictadas por el Profesor Ludwig von Mises en 1959 en Buenos Aires, Argentina. La sexta y última conferencia:

Políticas e ideas

En la Era de la Ilustración, cuando los Norte Americanos iniciaban su Independencia, y unos pocos años más tarde, cuando las colonias Españolas y Portuguesas se transformaban en naciones independientes el humor prevaleciente en la civilización Occidental era de optimismo. En esa época todos los filósofos y los estadistas estaban totalmente convencidos que estábamos viviendo una nueva época de prosperidad, de progreso y de libertad. En esos días la gente esperaba que las nuevas instituciones políticas – los gobiernos representativos constitucionales establecidos en las naciones libres de Europa y América – funcionaran de una forma muy beneficiosa y que la libertad económica mejoraría continuamente las condiciones materiales de la humanidad.

Bien sabemos que algunas de estas expectativas eran demasiado optimistas. Cierto es que hemos experimentado en los Siglos XIX y XX, un mejoramiento sin precedentes en las condiciones económicas, posibilitando a una mucho mayor población vivir en un mucho más alto nivel de vida. Pero también sabemos que muchas de esas expectativas de los filósofos del Siglo XVIII se han hecho añicos, como las expectativas de que no habría más guerras y que las revoluciones serían innecesarias. Estas expectativas no se hicieron realidad.

Durante el Siglo XIX hubo un período durante el cual las guerras se redujeron tanto en su cantidad como en su severidad. Pero el Siglo XX trajo un resurgimiento del espíritu guerrero y podemos bastante razonablemente decir que no hemos llegado todavía al final de las tribulaciones que la humanidad deberá sufrir.

El sistema constitucional que comenzó a finales del Siglo XVIII y principios del Siglo XIX ha desilusionado a la humanidad. La mayor parte de la gente – y la mayor parte de los autores – que se ocuparon de este tema, parecen pensar que no ha existido conexión alguna entre el lado económico y el lado político del problema. Así es que tienden a ocuparse mucho del deterioro del sistema parlamentario – el gobierno llevado a cabo por los representantes del pueblo – como si este fenómeno fuera completamente independiente de la situación económica y de las ideas económicas que condicionan las actividades de la gente. Pero tal independencia no existe. El hombre no es un ente que, por un lado, tiene una parte económica, y por el otro, una parte política, sin conexión alguna entre ambos. De hecho, lo que se denomina el deterioro de la libertad, del gobierno constitucional y de las instituciones representativas, es la consecuencia del cambio radical en las ideas económicas y políticas. Los acontecimientos políticos son la consecuencia inevitable del cambio en las políticas económicas.

Las ideas que guiaron a los estadistas, a los filósofos y a los hombres de leyes quienes, en el Siglo XVIII y al principio del Siglo XIX, desarrollaron los principios fundamentales del nuevo sistema político, comenzaron del supuesto que, dentro de una nación, todos los ciudadanos honestos tendrían el mismo objetivo final. Esta meta principal, a la cual se dedicarían todos los hombres decentes, es el bienestar de toda la nación, y también el bienestar de otras naciones, y estos líderes morales y políticos estarían absolutamente convencidos que una nación libre no debe estar interesada en conquistas. Deberían concebir los conflictos entre los partidos políticos como algo natural ya que sería perfectamente normal que hubiera diferencias de opinión sobre la mejor manera de conducir los asuntos de estado.

Aquella gente que sostuviera similares ideas sobre un problema cooperarían entre ellos, y esta forma de cooperación se denominaría un partido político. Pero la estructura de un partido no sería permanente. No dependería de la posición social de los individuos dentro de la estructura de la sociedad. Podría cambiar si la gente se diera cuenta que su posición original estaba basada sobre supuestos erróneos, sobre ideas erróneas. Desde este punto de vista, muchos consideraban las discusiones en una campaña electoral o, luego, las discusiones en las asambleas legislativas como un factor político importante. Los discursos de los miembros de una legislatura no eran considerados meros pronunciamientos que decían al mundo lo que deseaba un partido político. Eran considerados como intentos de convencer a los grupos adversarios que las ideas propias del orador eran correctas, más beneficiosas para el bien común que aquellas que habían escuchado antes.

Los discursos políticos, los editoriales en los diarios, los folletos y libros eran escritos con el objetivo de persuadir. Existían pocas razones para creer que no se podría convencer a la mayoría que la posición propia era absolutamente correcta y que las ideas propias eran sanas. Fue desde este punto de vista que se escribieron las reglas constitucionales en los cuerpos legislativos de principios del Siglo XIX.

Pero esto presuponía que el Gobierno no interferiría en las condiciones económicas del mercado. Implicaba que todos los ciudadanos tenían solamente un objetivo político: el bienestar de todo el país y de toda la nación. Y es precisamente esta filosofía social y económica la que ha sido reemplazada por el intervencionismo. Y es el intervencionismo el que ha generado una muy diferente filosofía.

Bajo las ideas intervencionistas, es la tarea del Gobierno soportar, subsidiar, dar privilegios a grupos especiales. La idea de los estadistas del Siglo XVIII era que los legisladores tenían ideas específicas (quizás diferentes) sobre el bien común. Pero lo que tenemos hoy en día, lo que vemos hoy en la realidad de la vida política, prácticamente sin excepción alguna, en todos los países del mundo – donde no existe directamente una dictadura comunista – es una situación en la que no existen más partidos políticos en el antiguo y clásico sentido del término, sino meramente grupos de presión.

Un grupo de presión es un grupo de gente que desea obtener para ellos un privilegio especial a expensas del resto de la nación. El privilegio puede consistir en una tarifa sobre la importación de productos que compitan con los propios, puede consistir en un subsidio, puede consistir en la sanción de leyes que impidan a otra gente competir con los miembros del grupo de presión. Sea lo que fuere, otorga a los miembros del grupo de presión una posición especial, de privilegio. Les da algo que es negado o que debería ser negado – de acuerdo con las ideas del grupo de presión – a otros grupos.

En los Estados Unidos, aparentemente, se preserva el antiguo sistema de dos partidos.

Pero esto es solamente un camuflaje de la situación real. De hecho, la vida política de los Estados Unidos – como la vida política de todos los demás países – está determinada por la lucha y las aspiraciones de los grupos de presión. En los Estados Unidos existe todavía un Partido Republicano y existe todavía un Partido Demócrata, pero en cada uno de estos dos partidos hay representantes de los grupos de presión. Estos representantes de los grupos de presión están más interesados en cooperar con los representantes del mismo grupo de presión en el partido adversario que con los miembros de su propio partido.

Para darles un ejemplo, si hablan con personas en Estados Unidos que realmente conocen los asuntos del Congreso, les dirán: “Esta persona, este miembro del Congreso, representa los intereses del grupo del metal plata” O les dirán este otro miembro del Congreso representa a los productores de trigo.

Por supuesto cada uno de estos grupos de presión necesariamente es una minoría. En un sistema basado sobre la división del trabajo, cada grupo especial que aspira a tener determinados privilegios, tiene que ser una minoría. Y las minorías nunca tienen la oportunidad de alcanzar el éxito si no cooperan con otras minorías similares, otros grupos de presión similares. En las asambleas legislativas, tratan de armar una coalición entre los diferentes grupos de presión, así pueden convertirse en una mayoría. Pero, después de un tiempo, esta coalición puede desintegrarse, porque existen problemas sobre los cuales es imposible alcanzar un acuerdo con otros grupos de presión, y se forman nuevas coaliciones de grupos de presión Esto es lo que ocurrió en Francia en 1871, una situación que los historiadores consideran “la descomposición de la Tercera República”. No fue una descomposición de la República, fue simplemente una demostración del hecho que el sistema de “grupos de presión” no es un sistema que pueda aplicarse exitosamente al gobierno de una gran nación.

Se tienen, en las legislaturas, representantes del trigo, de la carne, de la plata, del petróleo, pero antes que nada, representantes de los diferentes sindicatos. La única cosa que no está representada en la legislatura es la nación como un todo. Y todos los problemas, aún los de política exterior, se miran desde el punto de vista de los intereses de los grupos especiales de presión En los Estados Unidos, algunos de los estados menos populosos están interesados en el precio de la plata. Pero no todas las personas en esos estados están interesadas en ello.

Sin embargo, los Estados Unidos, por muchas décadas, han gastado una considerable suma de dinero, a expensas de los contribuyentes, para comprar plata a un precio por encima del valor de mercado. Otro ejemplo, en los Estados Unidos sólo una pequeña proporción de la población trabaja en la agricultura, el resto de la población consiste en consumidores – pero no productores – de los productos de la agricultura. Sin embargo, Los Estados Unidos tienen una política de gastar billones y billones de dólares para mantener los precios de los productos agrícolas por encima del eventual precio de mercado.

No podría decirse que ésta es una política a favor de una pequeña minoría, ya que estos intereses agrícolas no son uniformes. Un productor de leche no está interesado en un alto precio de los cereales o del forraje, preferiría un menor precio para estos productos. Un criador de pollos desea un precio más bajo para el alimento balanceado (compuesto principalmente por cereales). Existen muchos intereses especiales incompatibles dentro del mismo grupo. Aún así, la hábil diplomacia de la politiquería parlamentaria posibilita a los pequeños grupos minoritarios obtener privilegios a expensa de las mayorías.

Una situación, particularmente interesante en los Estados Unidos, concierne al azúcar.

Quizás 1 de cada 500 Norteamericanos está interesado es un mayor precio del azúcar.

Probablemente 499 de cada 500 Norteamericanos desea un precio más bajo para el azúcar. Sin embargo, la política de los Estados Unidos está comprometida, por medio de tarifas y otras medidas especiales, a mantener un más alto precio del azúcar. Esta política es no sólo perjudicial para estos 499 que son consumidores de azúcar, sino que también causa un serio problema en la política exterior de los Estados Unidos. El objetivo de la política exterior es la cooperación con todas las otras repúblicas americanas, algunas de las cuales están interesadas en vender azúcar a los Estados Unidos. Les gustaría vender un mayor volumen. Esto ilustra cómo los intereses de los grupos de presión pueden establecer la política exterior de una nación.

Por años, la gente en todo el mundo ha estado escribiendo sobre la democracia, sobre el gobierno popular, representativo. Han estado quejándose de sus deficiencias, pero la democracia que ellos critican es solamente aquella democracia bajo la cual el intervencionismo es la política que gobierna ese país.

Hoy se puede oír a la gente decir: “A principios del Siglo XIX, en los parlamentos de Francia, de Inglaterra, de los Estados Unidos, y de otras naciones, había discursos sobre los grandes problemas de la humanidad. Luchaban contra la tiranía, por la libertad, por la cooperación con otras naciones libres. Pero ahora somos más prácticos en los parlamentos” Es cierto, ahora somos más prácticos, la gente hoy no habla sobre la libertad: hablan sobre un mayor precio para el maní. Si esto es práctico, entonces – por cierto – los parlamentos han cambiado considerablemente, pero no han mejorado.

Estos cambios políticos, originados en el intervencionismo, han debilitado considerablemente el poder de las naciones, y de sus representantes populares, para resistir las aspiraciones de los dictadores y las operaciones de los tiranos. Los representantes legislativos, cuya única preocupación es satisfacer a los votantes que desean, por ejemplo, mejores precios para el azúcar, la leche y la manteca y un menor precio para el trigo (lógicamente subsidiado por el gobierno) pueden representar al pueblo solamente de una manera muy débil, nunca pueden representar a todos sus votantes.

Los votantes que favorecen dichos privilegios no se dan cuenta que también hay oponentes, que desean algo exactamente opuesto, e impiden a sus representantes obtener un éxito completo.

Este sistema, además, lleva por un lado a un constante incremento de los gastos públicos, y por el otro, hace más difícil establecer o cobrar impuestos. Estos representantes de grupos de presión aspiran a muchos privilegios especiales para su grupo de presión, pero no están dispuestos a impones a sus votantes una pesada carga impositiva.

No era la idea, en el Siglo XVIII, de los fundadores del moderno sistema constitucional de gobierno, que un legislador representara, no a toda la nación, sino los especiales intereses del distrito en el que fuera elegido, que fue una de las consecuencias del intervencionismo.

La idea original era que cada miembro del parlamento debería representar a toda la nación aunque fuera elegido en un distrito en especial solamente porque allí era conocido y la gente tenía confianza en él.

Pero no era la intención que fuera al gobierno a efectos de procurar algo en especial para sus votantes, que pidiera una nueva escuela o un nuevo hospital o un nuevo manicomio, causando así un considerable incremento de los gastos gubernamentales en su distrito.

Las políticas de “grupos de presión” explican por qué es casi imposible para todos los gobiernos detener la inflación. Tan pronto como los funcionarios electos tratan de restringir los gastos o limitar las inversiones, aquellos que respaldan intereses especiales, que obtienen ventajas de rubros específicos del presupuesto, se adelantan y declaran que este proyecto en particular no puede ser eliminado, o que este otro debe ser realizado.

La dictadura, desde ya, no es una solución a los problemas de la economía, tal como no es una respuesta a los problemas de la libertad. Un dictador puede comenzar haciendo promesas de cualquier naturaleza pero, siendo un dictador, no cumplirá sus promesas. En cambio, inmediatamente suprimirá la libertad de expresión, así la prensa o los oradores parlamentarios no podrán – algunos días, algunos meses o algunos años más tarde – remarcar que lo que dijo al principio de su dictadura era completamente diferente de lo que hizo después.

La terrible dictadura con la que un país tan grande como Alemania tuvo que vivir en un pasado reciente, cuando vemos hoy la declinación de la libertad en tantos países. Como consecuencia, la gente habla hoy sobre el deterioro de la libertad y la decadencia de nuestra civilización.

Dice la gente que toda civilización debe finalmente caer en la ruina y en la desintegración.

Hay eminentes defensores de esta idea. Uno fue el maestro alemán Spengler, y otro – mejor conocido – el historiador inglés Toynbee. Ellos dicen que ahora nuestra civilización es vieja. Spengler comparaba a las civilizaciones con plantas que crecen y crecen, pero cuya vida, en algún momento, llega a su fin. La metafórica comparación de una civilización con una planta es absolutamente arbitraria.

Primeramente, es muy difícil distinguir, dentro de la historia de la humanidad, civilizaciones diferentes, independientes. Las civilizaciones no son independientes, sino que son interdependientes, constantemente influyen unas a las otras. Por consiguiente, no puede hablarse de la declinación de una civilización en particular de la misma manera en que puede hablarse de la muerte de una planta en particular.

Pero, aún si se refutan las teorías de Spengler y Toynbee, todavía queda una comparación que es bastante popular: la comparación de civilizaciones declinantes. Ciertamente es verdad que en el segundo siglo de la era cristiana, el Imperio Romano mantenía una civilización muy floreciente, que en aquellas partes de Europa, Asia y África donde el Imperio Romano gobernaba había una civilización de alto nivel. Había también una muy alta civilización económica basada sobre cierto grado de división del trabajo. Aunque parezca primitiva, cuando se la compara con nuestras condiciones actuales, Ciertamente era destacable. Llegó al más alto grado de división del trabajo jamás obtenido antes del capitalismo moderno. No es menos cierto que esta civilización se desintegró, especialmente en el Siglo III. Esta desintegración interna del Imperio Romano imposibilitó a los Romanos resistir la agresión externa. Aunque la agresión no era peor que la que los Romanos habían resistido una y otra vez en los siglos precedentes, no pudieron soportarla por más tiempo luego de lo que había tenido lugar dentro del Imperio.

¿Qué había ocurrido? ¿Cuál fue el problema? ¿Qué era lo que causó la desintegración de un Imperio que había logrado la más alta civilización jamás obtenida antes del Siglo XVIII? La verdad es que lo que había destruido esta antigua civilización era algo similar, casi idéntico a los peligros que amenazan nuestra civilización hoy en día: por un lado fue el intervencionismo, y por el otro la inflación. El intervencionismo en el Imperio Romano consistió en el hecho que los Romanos, siguiendo el precedente de la política de los Griegos. No se abstuvieron de imponer controles de precios. Pero dicho control de precios era benigno, ya que por siglos no trató de reducir los precios por debajo del nivel de mercado. Pero cuando la inflación comenzó en el Siglo III, los pobres Romanos no disponían de los medios técnicos que hoy disponemos para la inflación. No podían imprimir dinero, tenían que alterar las monedas metálicas (reducción de su contenido metálico) y éste era un sistema de inflación muy inferior al sistema actual que – través del uso intensivo de la imprenta – puede destruir tan fácilmente el valor del dinero. Pero era bastante eficiente y produjo el mismo resultado que el control de precios, dado que los precios que las autoridades ahora toleraban estaban por debajo del precio potencial al cual la inflación había llevado los precios de los diversos productos.

El resultado, desde luego, fue que se redujo la provisión de alimentos en las ciudades. La gente en las ciudades se vio forzada a volver al campo y a retornar a la agricultura. Los Romanos nunca se dieron cuenta de lo que ocurría. No entendieron. Todavía no había desarrollado las herramientas mentales para interpretar los problemas de la división del trabajo y de las consecuencias de la inflación sobre los precios de mercado. Pero que esta inflación monetaria, esta alteración de las monedas metálicas estaba mal, lo entendían muy bien.

En consecuencia los emperadores hicieron leyes contra esta mudanza. Había leyes para impedir a los habitantes de las ciudades mudarse al campo, pero tales leyes resultaron ineficaces. Ya que la gente no tenía nada para comer en la ciudad y estaban hambrientos, no había ley que pudiera impedirles dejar las ciudades y volver a la agricultura. El habitante de la ciudad no pudo más trabajar en las industrias de procesamiento de las ciudades como un artesano. Y, con la pérdida de los mercados en las ciudades, nadie podía comprar algo allí.

Vemos así que, desde el Siglo III en adelante, las ciudades del Imperio Romano declinaban notoriamente y que la división del trabajo se volvió menos intensiva de lo que había sido antes. Finalmente emergió el sistema medieval del hogar autosuficiente, de la “villa” como se la llamó en leyes posteriores.

Por lo tanto, si se compara nuestras condiciones con las del Imperio Romano, algunos dirán “Vamos por el mismo camino” y tienen algunas razones para decirlo. Pueden encontrar algunos hechos que son similares. Pero hay también enormes diferencias. Estas diferencias no están en la estructura política que prevalecía en la segunda parte del Siglo III. En esa época, en promedio, un emperador era asesinado y el hombre que lo había matado o lo había mandado matar se convertía en el sucesor. Después de tres años, en promedio, lo mismo le sucedía al nuevo emperador. Cuando Diocleciano, en el 284, llegó a ser emperador, por algún tiempo trató de oponerse a la descomposición, pero sin éxito.

Existen enormes diferencias entre las condiciones de hoy en día y las que prevalecían en Roma, en que las medidas que causaron la desintegración del Imperio Romano no fueron premeditadas. No fueron, yo diría, el resultado de censurables doctrinas formuladas.

Sin embargo, en contraste, las ideas intervencionistas, las ideas socialistas, las ideas inflacionistas de nuestros días, han sido tramadas y formuladas por escritores y profesores. Y son enseñadas en las escuelas y en las universidades. Se puede decir “La situación de hoy es mucho peor” y yo contestaría “No, no es peor” En mi opinión es mejor porque las ideas pueden derrotarse con otras ideas. Nadie dudaba, en la época de los emperadores Romanos que el gobierno tenía el derecho y que era una buena política determinar los precios máximos. Y nadie lo discutía.

Pero ahora que tenemos escuelas y profesores y libros que recomiendan esto, sabemos muy bien que este es un problema para ser discutido. Todas estas malas ideas, por la cuales sufrimos hoy, que han hecho que nuestras políticas fueran tan dañinas, fueron desarrolladas por teóricos académicos.

Un famoso autor español 7 hablaba de la “rebelón de las masas”. Debemos ser muy cuidadosos al usar este término ya que la rebelión no fue hecha por las masas, fue hecha por los intelectuales. Y esos intelectuales que desarrollaron estas doctrinas no eran hombres de las masas. La doctrina marxista pretende que solamente los proletarios son los que tienen buenas ideas y que solamente el genio proletario creó el socialismo, pero todos los autores socialistas, sin excepción, eran burgueses, en el sentido en que los socialistas usan este término.

Kart Marx no era un hombre del proletariado. Era hijo de un abogado. Para ir a la universidad, no tuvo necesidad de trabajar. Estudió en la universidad al igual que hoy lo hacen los hijos de las familias acomodadas. Luego, y por el resto de su vida, fue mantenido por su amigo Friedrich Engels, quien – siendo un industrial – era el peor tipo de burgués, según las ideas socialistas. En el lenguaje del marxismo, era un explotador.

Todo lo que ocurre en el mundo social de nuestros días es el resultado de ideas. Las cosas buenas y las cosas malas. Lo que se necesita es combatir las malas ideas.

Debemos combatir todo lo que nos disgusta en la vida pública. Debemos sustituir las malas ideas por buenas ideas. Debemos refutas las doctrinas que promueven la violencia sindical. Debemos oponernos a a la confiscación de la propiedad, el control de precios, la inflación y todos los males que nos traen sufrimiento.

Las ideas, y solamente las ideas, pueden llevar luz a la oscuridad. Estas ideas deben hacerse públicas de una manera que persuadan a la gente. Debemos convencerlos que estas ideas son las ideas correctas y no son erróneas. La gran época del Siglo XIX, los grandes logros del capitalismo, fueron el resultado de las ideas de los economistas clásicos, de Adam Smith y David Ricardo, de Bastiat y de tantos otros.

Lo que necesitamos es nada más que sustituir las malas ideas por buenas ideas. Esto espero, y tengo confianza, será hecho por la naciente generación. Nuestra civilización no está condenada como nos dicen Spengler y Toynbee. Nuestra civilización no será conquistada por el espíritu de Moscú. Nuestra civilización sobrevivirá, y debe hacerlo. Y sobrevivirá a través de mejores ideas que serán desarrolladas por la nueva generación.

Considero que es un buen signo que, mientras hace cincuenta años prácticamente nadie en el mundo tenía el coraje de decir algo a favor de una economía libre, ahora tenemos, al menos en los más avanzados países del mundo, instituciones que son centros de propagación de las ideas de una economía libre, como por ejemplo el “Centro” en vuestro país que me invitó a venir a Buenos Aires a decir unas pocas palabras en esta gran ciudad.

No pude decir mucho sobre estos asuntos tan importantes. Seis conferencias pueden ser mucho para una audiencia pero no son suficientes para desarrollar la filosofía completa de un sistema de economía libre, y ciertamente no son suficientes para refutar todas las tonterías que se han escrito, en los últimos cincuenta años, sobre los problemas económicos que estamos tratando.

Estoy muy agradecido a este centro por darme la oportunidad de dirigirme a tan distinguida audiencia y tengo la esperanza que en unos pocos años, el número de aquellos que respaldan las ideas de libertad en este y en otros países, se incrementará considerablemente. Yo por mi parte tengo una total confianza en el futuro de la libertad política y de la libertad económica.

 

 7 José Ortega y Gasset  

 

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Seis conferencias dictadas por el Profesor Ludwig von Mises en Buenos Aires, Argentina, en 1959 – Inversión Extranjera

Estamos presentando el ciclo de 6 conferencias dictadas por el Profesor Ludwig von Mises en 1959 en Buenos Aires, Argentina. La quinta conferencia:

Inversiones Extranjeras

Alguna gente llama a los programas de libertad económica un ‘programa negativo’. Dicen: ‘¿Qué es lo que Uds. los liberales desean realmente? Están en contra del socialismo, del intervencionismo gubernamental, de la inflación, de la violencia sindical, de las tarifas de protección… Uds. dicen ‘no’ a todo’.

Yo llamaría a esta declaración una poco profunda y prejuiciada formulación del problema.

Por que es posible formular un programa liberal en una forma positiva. Si una persona dice: ‘Yo estoy en contra de la censura’, no es negativa; está a favor que los autores tengan el derecho de determinar lo que desean publicar, sin interferencia del gobierno.

Esto no es negativismo, es precisamente libertad. (Desde ya, cuando uso el término ‘liberal’ con respecto a las condiciones del sistema económico, quiero significar liberal en el antiguo sentido clásico de la palabra) Actualmente, la mayor parte de la gente considera las notables diferencias en el nivel de vida de diferentes países como insatisfactoria. Hace doscientos años atrás, las condiciones en Gran Bretaña eran mucho peores que lo que hoy son en la India. Pero en 1750 los Británicos no se llamaban a sí mismos ‘subdesarrollados’ o ‘atrasados’ porque no estaban en situación de comparar las condiciones de su país con las de países en los cuales las condiciones económicas eran más satisfactorias. En la actualidad, todos los pueblos que no han alcanzado el nivel de vida promedio de los EEUU creen que hay algo que no está bien en su propia situación económica. Muchos de estos países se llaman a sí mismos “países en desarrollo” y – como tales – piden ayuda de los así llamados países desarrollados o súper-desarrollados.

Permítanme explicar la realidad de esta situación. El nivel de vida es más bajo en los denominados ‘países en desarrollo’ porque la utilidad promedio proveniente del mismo tipo de trabajo es más bajo en esos países que en algunos países de Europa Occidental, Canadá, Japón y – especialmente – los EEUU. Si tratamos de averiguar las razones de esta diferencia, debemos entender que no se debe a la inferioridad de los trabajadores u otros empleados. Prevalece en algunos grupos de trabajadores Norte Americanos una tendencia a creer que ellos son mejores que otra gente – que es a raíz de su propio mérito que están obteniendo salarios más altos que otra gente.

Solamente sería necesario que un trabajador Norteamericano visitara otro país – digamos Italia, de donde provienen muchos trabajadores Norteamericanos o sus antepasados – que no son sus cualidades personales sino las condiciones prevalecientes en el país las que hacen posible que el gane salarios más altos. Si un Siciliano emigra a los EEUU, muy rápidamente estará ganado un salario de un nivel habitual en los EEUU. Y si el mismo hombre vuelve a Sicilia, descubrirá que su visita a los EEUU no le ha dado cualidades que le permitan ganar, en Sicilia, salarios más altos que sus paisanos.

Ni tampoco puede explicarse esta situación económica dando por sentado algún tipo de inferioridad en los empresarios que actúan fuera de los EEUU. Es un hecho que fuera de los EEUU, Canadá, Europa Occidental y ciertas partes de Asia, el equipamiento de las fábricas y los métodos tecnológicos empleados son considerablemente inferiores a los que se encuentran dentro de los EEUU. Pero esto no se debe a la ignorancia de los empresarios en esos países subdesarrollados. Ellos saben muy bien que las fábricas en los EEUU y Canadá están mejor equipadas. Ellos saben todo lo que es necesario saber sobre tecnología, y si no lo saben, tiene la oportunidad de aprender lo que necesitan conocer a través de libros de texto y de revistas técnicas que diseminan este conocimiento.

Nuevamente: la diferencia no es la inferioridad personal o la ignorancia. La diferencia es la disponibilidad de capital, la cantidad de bienes de capital disponibles. En otras palabras, el monto de capital invertido por unidad de población es mayor en los así llamados ‘países desarrollados’ que en los llamados ‘países subdesarrollados’.

Un empresario no puede pagar a un trabajador por encima del valor agregado por el trabajo de este empleado al valor del producto. No puede pagarle más que lo que los clientes están dispuestos a pagar por el trabajo adicional de este trabajador individual. Si le paga más, no lo recuperará de sus clientes. Incurrirá en pérdidas y, como he indicado una y otra vez y todo el mundo sabe, un empresario que sufre pérdidas debe cambiar sus métodos de hacer negocio o irá a la quiebra.

Los economistas describen este estado de cosas diciendo que ‘los salarios son determinados por la productividad marginal del trabajo’ Esto es solamente otra forma de expresar lo que ya he dicho antes. Es un hecho que la escala de salarios es determinada por el monto por el cual el trabajo del asalariado incrementa el valor del producto. Si una persona trabaja con herramientas mejores y más eficientes puede rendir en una hora mucho más que una persona que trabaja una hora con instrumental menos eficiente. Es obvio que 100 personas trabajando en una fábrica Norteamericana de zapatos, equipada con las más modernas herramientas y máquinas, producen mucho más, en el mismo período de tiempo, que 100 obreros del calzado en la India, que deben trabajar de una forma menos sofisticada, con herramientas anticuadas.

Los empleadores de todos estos países ‘en desarrollo’ saben muy bien que mejores herramientas permitirán que sus empresas sean más rentables. Les gustaría construir más y mejores fábricas. La única cosa que les impide hacerlo es la escasez de capital. La diferencia entre los países ‘en desarrollo’ y los países ‘desarrollados’ es una función de tiempo. Los Británicos comenzaron a ahorrar antes que todas las otras naciones. También comenzaron antes a acumular capital y a invertirlo en negocios. Dado que comenzaron antes, existía un más alto nivel de vida en Gran Bretaña cuando, en todos los demás países europeos, existía todavía un más bajo nivel de vida. Gradualmente, todas las otras naciones, comenzaron a estudiar las condiciones Británicas y no les fue difícil descubrir la razón de la riqueza de Gran Bretaña. Así comenzaron a imitar los métodos Británicos de negocio. Dado que las otras naciones comenzaron más tarde y que los Británicos no se detuvieron en su inversión de capitales, quedaba todavía una gran diferencia entre las condiciones de Inglaterra y las condiciones de esos otros países. Pero algo ocurrió que hizo desaparecer la ventaja de Gran Bretaña. Lo que sucedió fue el mayor evento en la historia del S. XIX, no solamente en la historia individual de algún país. Este gran evento fue el desarrollo, en el S. XIX de la inversión extranjera. En 1817, Ricardo, el gran economista Británico, daba por sentado que el capital podía ser invertido solamente dentro de las fronteras de un país. Daba por hecho que los capitalistas no tratarían de invertir en el extranjero. Pero unas pocas décadas más tarde, las inversiones de capital en el exterior comenzaron a jugar un importantísimo rol en los asuntos mundiales.

Sin inversión de capital, habría sido necesario para las naciones menos desarrolladas que Gran Bretaña, comenzar con los métodos y la tecnología con que los Británicos habían comenzado al principio y la mitad del S. XVIII, y lentamente, paso a paso – siempre muy por debajo del nivel tecnológico de la economía Británica – tratar de imitar lo que los Británicos habían hecho.

Les habría tomado – a estos países – muchas, muchas décadas para alcanzar el nivel de desarrollo tecnológico que Gran Bretaña habría alcanzado cien o más años antes que ellos. Pero el gran evento que ayudó a estos países fue la inversión extranjera.

Inversión extranjera significaba que los capitalistas Británicos invirtieron capital Británico en otras partes del mundo. Primero invirtieron en aquellos países Europeos que, desde el punto de vista de Gran Bretaña, tenían escasez de capital y estaban retrasados en su desarrollo. Es un hecho bien conocido que los ferrocarriles de la mayoría de los países Europeos, y también los de EEUU, fueron construidos con la ayuda del capital Británico.

Como Uds. saben, lo mismo ocurrió en este país, Argentina.

Las compañías de gas en todas las ciudades de Europa también fueron británicas. A mediados de la década de los 1870s, un Británico, autor y poeta, criticó a sus conciudadanos. Dijo: ‘Los Británicos han perdido su antiguo vigor y no tienen más nuevas ideas. No son más una nación importante, con liderazgo en el mundo’. A lo cual Herbert Spencer, el gran sociólogo, contestó: ‘Mire el continente Europeo. Todas las capitales Europeas tienen luz porque una compañía de gas Británica les provee el gas’. Esto era, desde luego, en lo que nos parece la edad ‘remota’ de la iluminación a gas. Y siguiendo con la respuesta al crítico Británico, Herbert Spencer agregaba: ‘Dice Ud. que los Alemanes están muy por delante de Gran Bretaña. Pero mire a Alemania. Aún Berlín, la capital del Reich Alemán, la capital de Geist, estaría a oscuras si una compañía de gas Británica no hubiera invadido el país e iluminado las calles’ De la misma manera, el capital Británico desarrolló los ferrocarriles y muchas ramas de la industria en los EEUU. Y, desde luego, en la medida en que el país importa capitales, su balanza comercial se convierte en los que los no-economistas denominan ‘desfavorable’.

Eso significa que tiene un exceso de importaciones sobre las exportaciones. El motivo de la, para Gran Bretaña, ‘favorable balanza comercial’ era que las fábricas Británicas enviaban muchos tipos de equipamiento a los EEUU y este equipamiento no era pagado en dinero sino por las acciones en las empresas Norteamericanas. Este período de la historia de los EEUU se prolongó hasta los 1890s.

Pero cuando los EEUU, con la ayuda del capital Británico – y más tarde con la ayuda de sus propias políticas pro-capitalistas – desarrollaron su propio sistema económico de una forma sin precedentes, los americanos comenzaron a recomprar las acciones que en su momento habían vendido a los extranjeros. Entonces los EEUU tenían un excedente de exportaciones sobre importaciones. La diferencia fue cancelada con la importación – la repatriación, como alguien lo llamó – de las acciones de las empresas Norteamericanas Este período se prolongó hasta la Primera Guerra Mundial. Lo que ocurrió después es otra historia. Es la historia de los subsidios Norteamericanos otorgados entre y después de las dos guerras mundiales a los países beligerantes; los préstamos, las inversiones hechas por EEUU en Europa, además de los préstamos-y-arriendos, la ayuda extranjera, el Plan Marshall, alimentos que fueron enviados a ultramar y otros subsidios. Enfatizo esto porque la gente a veces cree que es vergonzoso o degradante tener capital extranjero trabajando en su propio país. Debe entenderse que, en todos los países excepto Inglaterra, la inversión de capital extranjero tuvo un rol importante en el desarrollo de las modernas industrias.

Si afirmamos que la inversión extranjera fue el mayor evento histórico del S. XIX, debe pensarse en todas las cosas que no habrían llegado a existir de no haber existido esa inversión extranjera. Todos los ferrocarriles, los puertos, las factorías y minas en Asia, el Canal de Suez y otras tantas cosas en el Hemisferio Occidental, no habrían sido construidos si no hubiera existido la inversión extranjera.

La inversión extranjera se realiza con la expectativa que no será expropiada. Nadie invertiría nada si supiera con anticipación que alguien expropiaría su inversión. En el momento en que se realizaron dichas inversiones extranjeras en el S. XIX, y a principios del S. XX, no existía la cuestión de la expropiación. Desde el principio, algunos países mostraron una cierta hostilidad hacia el capital extranjero, pero en su mayor parte se dieron buena cuenta que obtenían una enorme ventaja de estas inversiones extranjeras.

En algunos casos, estas inversiones extranjeras no fueron hechas directamente a capitalistas en el país de destino, sino indirectamente por medio de préstamos al respectivo gobierno. Y era entonces el gobierno quien usaba el dinero para las inversiones. Así fue, por ejemplo, el caso de Rusia. Por razones puramente políticas, los Franceses invirtieron en Rusia, en las dos décadas precedentes a la Primera Guerra Mundial, alrededor de veinte mil millones de francos oro, prestándolos principalmente al Gobierno Ruso. Todas las grandes empresas del Gobierno Ruso – por ejemplo el ferrocarril que conecta Rusia desde los Montes Urales, a través de la nieve y el hielo de Siberia, hasta el Pacífico – fueron realizadas, mayormente, con el capital extranjero prestado al Gobierno Ruso. Se darán cuenta que los franceses ni pensaron que un día habría un Gobierno Ruso comunista que simplemente declararía que no pagaba las deudas incurridas por su predecesor, el Gobierno Zarista.

Con la Primera Guerra Mundial, comenzó un período de una guerra universal, una guerra abierta contra las inversiones extranjeras. Dado que no existe remedio alguno para prevenir que un gobierno expropie el capital invertido, no existe, prácticamente, protección legal alguna para las inversiones extranjeras en el mundo de hoy en día. Los capitalistas no previeron esto. Si los capitalistas de los países exportadores de capital se hubieran dado cuenta de ello, todas las inversiones extranjeras habrían terminado hace cuarenta o cincuenta años atrás. Pero los capitalistas no podían creer que algún país fuera tan falto de ética como para incumplir una deuda o expropiar y confiscar la inversión extranjera.

Con estos hechos comenzó un nuevo capitulo de la historia económica del mundo. Y llegó al final un gran período del Siglo XIX cuando las inversiones extranjeras ayudaron a desarrollar, en todo el mundo, modernos métodos de transporte, manufactura, minería y agricultura. Llegó un nuevo período en el cual los gobiernos y los partidos políticos consideraban al inversor extranjero como un explotador que debía ser expulsado del país.

En esta actitud anticapitalista, los soviéticos no fueron los únicos pecadores. Recuérdese, por ejemplo, la expropiación de los campos petrolíferos en México, así como las cosas que ocurrieron en esta país (Argentina) que no considero necesario comentar.

La situación en el mundo hoy en día, creada por el sistema de expropiación del capital extranjero, consiste en: a) la expropiación directa y b) la expropiación indirecta a través de controles de cambio o de impuestos discriminatorios. Este es un problema, principalmente, de los países en desarrollo.

Tómese el ejemplo del más grande estos países, la India. Bajo el sistema Británico, el capital Británico (predominantemente capital Británico pero también de otras naciones europeas) fue invertido en la India. Y los Británicos exportaron a la India algo más que debe mencionarse al respecto: exportaron a la India modernos métodos para combatir las enfermedades infecciosas. El resultado fue un tremendo incremento de la población en la India y un correspondiente incremento en los problemas de ese país. Enfrentada a una situación que empeoraba, la India se volvió hacia la expropiación como un medio de solucionar sus problemas. Pero no siempre fue una expropiación directa; el Gobierno hostigó a los capitalistas extranjeros, obstaculizando sus negocios de tal manera que estos inversores extranjeros se vieron forzados a malvender sus empresas. La India pudo así, desde luego, acumular capital por otro método, la acumulación doméstica de capital. Sin embargo la India es tan hostil a la acumulación doméstica de capital como al capital extranjero. El Gobierno de la India dice que desea industrializar su país, pero lo que realmente tiene in mente es tener empresas socialistas. Hace unos pocos años, el estadista Jawaharlal Nehru publicó una colección de sus discursos. El libro fue lanzado con la intención de hacer más atractiva la inversión extranjera en la India. El Gobierno de la India no se opone al capital extranjero antes que sea invertido. La hostilidad comienza cuando el capital ya ha sido invertido. En este libro – cito literalmente – el Sr. Nehru dice: “Desde ya deseamos concretar el socialismo. Pero no estamos opuestos a la empresa privada. Deseamos alentar, de toda forma, la empresa privada. Deseamos prometer a los empresarios que inviertan en nuestro país que nos los expropiaremos ni los socializaremos por diez años, quizás por un período más largo” ¡Y él pensaba que esto era una invitación para venir a la India! El problema – como Uds. saben – es la acumulación doméstica de capital. En todos los países, hoy en día, hay muy altos impuestos sobre las empresas. De hecho existe una doble imposición sobre las sociedades. Primero, las utilidades de las empresas están sujetas a muy altos impuestos y, segundo, los dividendos que esas empresas pagan a sus accionistas están nuevamente sujetos a impuestos. Y esto se hace de una forma progresiva.

La imposición progresiva sobre las utilidades y los dividendos significa que precisamente esa parte de las utilidades que la gente podría haber ahorrado y volver a invertir, se elimina con los impuestos. Tómese el ejemplo de los Estados Unidos. Hace unos pocos años existía un impuesto sobre las “utilidades excesivas” el cual significaba que por cada dólar ganado la empresa retenía solamente dieciocho centavos. Cuando estos dieciocho centavos eran pagados como dividendos a los accionistas, aquellos que tenían una gran cantidad de acciones tenían que pagar otro sesenta ú ochenta ó aún un mayor porcentaje de los mismos como impuestos. Del dólar de utilidad podía guardarse solamente siete centavos y los otros noventa y tres centavos iban al Gobierno. De estos noventa y tres centavos, una gran parte podría haberse ahorrado o reinvertido. En cambio, el Gobierno lo usaba para gastos corrientes. Esta es la política de los Estados Unidos.

Creo que ha quedado claro que la política de los Estados Unidos no es un ejemplo para ser imitado por otros países. Esta política de los Estados Unidos es peor que mala, es insana. La única cosa que desearía agregar es que los países ricos pueden darse el lujo de tener más políticas erróneas que un país pobre. En los Estados Unidos, a pesos de estos sistemas impositivos, existe todavía acumulación de capital e inversiones adicionales, cada año, y – por lo tanto – existe todavía una tendencia hacia el mejoramiento del nivel de vida.

Peo en muchos otros países el problemas es muy crítico. No hay – o no hay suficiente – ahorro doméstico, y la inversión de capital desde el exterior se reduce considerablemente por el hecho que estos países son abiertamente hostiles a la inversión extranjera. ¿Cómo pueden hablar de industrialización, de la necesidad de desarrollar nuevas plantas, de mejorar condiciones, de elevar el nivel de vida, de tener mejores salarios, mejores medios de transporte, si hacen cosas que tienen precisamente el efecto contrario? Lo que sus políticas realmente logran es impedir la acumulación de capital doméstico, o reducir su tasa de crecimiento, y poner obstáculos para la llegada del capital extranjero.

El resultado final es, ciertamente, muy malo. Tal situación ocasiona una pérdida de confianza, y hoy en día hay cada vez más y más desconfianza por parte de la inversión extranjera. Aún si dichos países cambiaran inmediatamente sus políticas e hicieran todas las promesas posibles, es muy dudoso que pudieran una vez más inspirar a los capitalistas extranjeros que inviertan.

Existe, por supuesto, algunos métodos para evitar esta consecuencia. Uno podría ser establecer algún tipo de estatutos internacionales, no solamente acuerdos, que podrán sacar el tema de las inversiones de las jurisdicciones nacionales. Esto es algo que podrán hacer las Naciones Unidas. Pero las Naciones Unidas es simplemente un lugar de reunión para discusiones inútiles. Dándose cuenta de la enorme importancia de la inversión extranjera, comprendiendo que las inversiones extranjeras pueden producir un mejoramiento en las condiciones políticas y económicas mundiales, se podría tratar de hacer algo desde el ángulo de la legislación internacional.

Este es un problema técnico-legal, que solamente menciono, ya que la situación no es desesperada. Si el mundo realmente quisiera hacer posible a los países no desarrollados poder elevar su nivel de vida al nivel de los Estados Unidos, entonces podría hacerse.

Solamente es necesario entender cómo podría hacerse.

Lo que falta para hacer a los países no desarrollados tan prósperos como los Estados Unidos, es solamente una cosa, capital, y – por supuesto – la libertad para utilizarlo bajo la disciplina del mercado y no bajo la disciplina de los gobiernos. Estas naciones deben promover la acumulación de capital doméstico y hacer posible que los capitales extranjeros lleguen a sus países.

Para el desarrollo del ahorro doméstico se hace necesario mencionar otra vez que el ahorro doméstico, de las masas populares, presupone la existencia de una unidad monetaria estable. Esto implica la ausencia de cualquier clase de inflación.

Una gran parte del capital utilizado por las compañías Estadounidenses es propiedad de los mismos trabajadores y de otra gente de modestos recursos. Billones y billones de dólares en depósitos en cajas de ahorro, de bonos y de pólizas de seguro son el capital utilizado por estas empresas. En el mercado financiero de los Estados Unidos hoy en día, los grandes prestamistas de dinero no son más los bancos sino las compañías aseguradoras, cuyo dinero es propiedad – no técnicamente pero sí desde un punto de vista económico – de los asegurados. Y prácticamente cualquier persona en los Estados Unidos está asegurada, de una u otra forma. El prerrequisito para una mayor igualdad económica en el mundo es la industrialización. Y ésta es posible solamente a través de un incremento en la inversión de capital, una mayor acumulación de capital. Quizás Uds.

estén asombrados que no he mencionado una medida que se considera el método primordial para industrializar un país. Hablo del proteccionismo. Pero las tarifas y los controles de cambio son exactamente los medios para impedir la inversion de capital en un país y su industrialización. El único camino para incrementar la industrialización es tener más capital. El proteccionismo solamente desvía las inversiones de un sector de negocios a otro. El proteccionismo, por sí solo, no agrega nada al capital de un país. Paras instalar una nueva fábrica uno necesita capital. Para mejorar una fábrica ya existente uno necesita capital, no una tarifa.

No deseo explayarme sobre el problema de la libertad de comercio o sobre el proteccionismo. Espero que la mayor parte de sus libros de texto sobre economía, lo expliquen de una manera adecuada. La protección no mejora la situación económica de un país. Y lo que ciertamente no la mejora, es el sindicalismo. Si las condiciones son insatisfactorias, si los salarios son bajos, si el salariado de un país mira a los Estados Unidos y lee sobre lo que pasa allí, si ve en las películas como el hogar de un Estadounidense promedio estás equipado con todo el confort moderno, puede tener envidia. Tiene toda la razón en decir “Deberíamos tener lo mismo”. Pero la única manera de obtenerlo es el incremento del capital.

Los sindicatos usan de la violencia contra los empresarios y contra la gente a quien llaman “rompehuelgas”. A pesar de su poder y de su violencia, sin embargo, los sindicatos no pueden elevar los salarios, continuamente, para todos los asalariados. Igualmente inefectivos son los decretos gubernamentales fijando salarios mínimos. Lo que los sindicatos logran, si tienen éxito en elevar las escalas salariales, es un permanente, duradero desempleo.

Pero los sindicatos no pueden industrializar el país, no pueden elevar el nivel de vida de los trabajadores. Y éste es el punto crítico. Debe comprenderse que todas las políticas de un país, cuyo objetivo sea mejorar el nivel de vida, deben dirigirse hacia un incremento de la inversión de capital per cápita. Esta medida de inversión de capital per cápita todavía se está incrementando en los Estados Unidos, a pesar de todas sus malas políticas. Lo mismo es cierto respecto a Canadá y a algunos países de Europa Occidental. Pero, infortunadamente, se está reduciendo en países como la India.

Leemos todos los días en los periódicos que la población mundial se está volviendo cada vez más grande, quizás 45 millones de personas – ó aún más – por año. ¿Cómo terminará esto? ¿Cómo serán los resultados y las consecuencias? Recuerden lo que dije sobre Gran Bretaña. En 1750 los Británicos pensaban que seis millones de habitantes constituían una tremenda sobrepoblación para las Islas Británicas y que estaban encaminados hacia hambrunas y plagas. Pero al principio de la Segunda Guerra Mundial, en 1939, cincuenta millones de habitantes vivían en las Islas y con un nivel de vida incomparablemente superior al que habían tenido en 1750. Esto fue el efecto de lo que se denomina industrialización, una palabra algo inadecuada. El progreso de Gran Bretaña se originó en el incremento de la inversión de capital per cápita. Como mencioné antes, existe un solo camino para que una nación logre la prosperidad. Si se incrementa el capital, se incrementa la productividad marginal del trabajo, y el resultado será que los salarios reales se elevarán. En un mundo sin barreras a las migraciones, habría una tendencia mundial hacia el igualamiento de los noveles salariales. Si no existieran barreras a las migraciones hoy en día, probablemente veinte millones de personas, por año, tratarían de llegar los Estados Unidos, para conseguir mejores salarios. Ese influjo reduciría los salarios en los Estados Unidos y los aumentaría en otros países.

No dispongo del tiempo para analizar este problema de las barreras a las migraciones.

Pero deseo remarcar que existe otro método para el igualamiento de los noveles salariales en todo el mundo. Este otro método, que opera en ausencia de la libertad para migrar, es la migración de capital. Los capitalistas tienen la tendencia de mudarse hacia aquellos países donde exista una gran cantidad de fuerza laboral disponible y en los cuales los resultados del trabajo sean razonables. Y por el hecho que exportan capital a esos países dan lugar a un a tendencia hacia mayores niveles salariales. Esto ha funcionado así en el pasado y funcionará en el futuro de la misma manera.

Cuando el capital Británico fue invertido por primera vez en – digamos – Austria o Bolivia, los niveles salariales eran muy, muy inferiores a los prevalecientes en Gran Bretaña. Pero esta inversión adicional de capital dio lugar a una tendencia hacia mayores salarios en esos países. Y dicha tendencia prevaleció en todo el mundo. Es un hecho bien conocido, por ejemplo, que tan pronto la United Fruit Company se instaló en Guatemala, el resultado fue una tendencia general hacia mayores niveles salariales, comenzando con los salarios que pagaba la United Fruit Company, lo que hizo necesario que otros empleadores pagaran también salarios más altos. Por lo tanto, no existe razón alguna para ser pesimista respecto al futuro de los países “no desarrollados” Estoy totalmente de acuerdo con los comunistas y con los sindicatos cuando dicen “Lo que se necesita es elevar el nivel de vida”. Hace poco tiempo, en un libro publicado en los Estados Unidos, un profesor indicó: “Ahora tenemos suficiente de todo, ¿por qué la gente en el mundo trabaja tan duro todavía?” No dudo que este profesor tiene de todo. Pero existe otra gente en otros países, también mucha gente en los Estados Unidos, que desean y deberían tener un mejor novel de vida. Fuera de los Estados Unidos – en América Latina y, aún más, en Asia y en África – todos desean ver mejoradas las condiciones en su propio país. Un más alto nivel de vida trae aparejado u más alto de nivel de cultura y civilización.

Así es que estoy totalmente de acuerdo con la meta final de elevar el nivel de vida en todas partes. Pero estoy en desacuerdo con las medidas que deben adoptarse para llegar a esa meta. ¿Qué medidas nos permitirán llegar a ese fin? No la protección, no la interferencia del gobierno, no el socialismo, y – ciertamente – no la violencia de los sindicatos (eufemísticamente llamada negociación colectiva, de hecho, negociación a punta de pistola) Para llegar a esa meta, como yo lo veo, ¡hay solamente un camino! Es un método lento.

Alguna gente hasta podría decir: demasiado lento. Pero no hay atajos para llegar al paraíso terrenal. Lleva tiempo y se debe trabajar. Pero no toma tanto tiempo como la gente cree, y finalmente se llegará al objetivo buscado. En 1840, en la parte occidental de Alemania – en Swabia y Würtemberg que era de las áreas más industrializadas del mundo – se decía: “Nunca podremos alcanzar el nivel de los Británicos, tienen la ventaja de haber empezado antes y siempre nos llevarán la delantera” Treinta años más tarde los Británicos decían: “Esta competencia de Alemania no podemos aguantarla más, debemos hacer algo para eliminarla”. En ese momento el nivel de Alemania estaba subiendo muy rápidamente aproximándose al nivel Británico. Y al presente, el nivel de ingreso per cápita de Alemania no está, en absoluto, por detrás del Británico.

En el centro de Europa está Suiza, un pequeño país al que la naturaleza ha dotado muy pobremente. No tiene minas de carbón, no tiene minerales, no tiene recursos naturales.

Pero su gente, a través de los siglos, siguió continuamente una política capitalista. Han desarrollado el más alto nivel de vida en Europa Continental y su país se ubica entre los más grandes centros de civilización en el mundo. No veo porque Argentina – que es mucho más grande que Suiza, tanto en población como en superficie – no podría obtener el mismo alto nivel de vida después de algunos años de buenas políticas. Pero – como he señalado antes – las políticas deben ser buenas.

 

 

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Seis conferencias dictadas por el Profesor Ludwig von Mises en Buenos Aires, Argentina, en 1959 – Inflación

Estamos presentando el ciclo de 6 conferencias dictadas por el Profesor Ludwig von Mises en 1959 en Buenos Aires, Argentina. La cuarta conferencia:

Inflación

Si la provisión de caviar fuera tan abundante como la provisión de papas, el precio del caviar – esto es el tipo de intercambio entre el caviar y el dinero o entre el caviar y otros productos – cambiaría considerablemente. En este caso se podría obtener caviar a un sacrificio menor que el que se requiere actualmente. De la misma manera, si se incrementa la cantidad de dinero, el poder de compra de la unidad monetaria se reduce, y la cantidad de bienes que puede obtenerse por una unidad de esa moneda también se reduce.

Cuando, en el Siglo XVI, los depósitos de oro y plata en América fueron descubiertos y explotados, enormes cantidades de los metales preciosos fueron transportadas a Europa.

El resultado de este incremento en la cantidad de dinero fue una tendencia general a un movimiento hacia arriba de los precios en Europa. De la misma manera, en la actualidad, cuando un gobierno incrementa la cantidad de papel moneda, el resultado es que el poder de compra de la unidad de moneda comienza a caer, y los precios a subir. Esto es denominado inflación. Desgraciadamente, en los EEUU, como así también en otros países, la gente prefiere atribuir la causa de la inflación no al incremento de la cantidad de moneda sino, más bien, al incremento de los precios.

Sin embargo, nunca ha habido algún argumento serio contra la interpretación económica de la relación entre los precios y la cantidad de moneda, o el tipo de intercambio entre el dinero y otros bienes, productos y servicios. Bajo las actuales condiciones tecnológicas, nada hay más fácil que producir pedazos de papel sobre los cuales se imprimen ciertas cantidades monetarias. En los EEUU, donde todos los billetes son del mismo tamaño, no le cuesta más al gobierno imprimir un billete de mil dólares que imprimir un billete de un dólar. Se trata meramente de un procedimiento de impresión que requiere la misma cantidad de papel y tinta.

En el Siglo XVIII, cuando se hicieron los primeros intentos de emitir billetes de banco y de otorgar a estos billetes de banco la característica de curso legal – esto es, el derecho de ser aceptados en las transacciones de intercambio de la misma manera en que eran aceptadas las piezas de oro y de plata – los gobiernos y las naciones creyeron que los banqueros tenían algún conocimiento secreto que les permitía – de la nada – producir riqueza. Cuando los gobiernos del Siglo XVIII se encontraban en dificultades financieras, pensaban que lo único que necesitaban era un banquero inteligente a la cabeza de su administración financiera para deshacerse de las dificultades.

Algunos años antes de la Revolución Francesa, cuando la realeza de Francia estaba en problemas financieros, buscó un banquero así de inteligente y lo designó en una alta posición. Este hombre era, en todos los aspectos, lo opuesto de la gente que, hasta ese momento, había gobernado Francia. Primero que todo, no era un francés, era un extranjero – un suizo de Ginebra – Jacques Necker. Segundo, no era un miembro de la aristocracia, era un hombre del común. Y lo que era aún más importante en la Francia del Siglo XVIII, no era católico, era protestante. Y así, Monsieur Necker, el padre de la famosa Madame de Staël, se convirtió en el Ministro de Finanzas, y todos esperaban que él resolviera los problemas financieros de Francia. Pero a pesar del altísimo grado de confianza que disfrutaba Monsieur Necker, el tesoro real permanecía vacío; el mayor error de Monsieur Necker había sido su intento de financiar la ayuda a los colonos Norte Americanos en su guerra de independencia contra Inglaterra, sin aumentar los impuestos.

Este era ciertamente el camino equivocado para acometer la solución de las dificultades financieras de Francia.

No existe un camino secreto para la solución de los problemas financieros de un gobierno; si necesita dinero, tiene que obtener el dinero gravando con impuestos a sus ciudadanos (o, bajo condiciones especiales, tomando préstamos de la gente que tenga el dinero) Pero muchos gobiernos, podríamos decir casi todos los gobiernos, piensan que hay otro método para obtener el dinero que necesitan: simplemente imprimirlo.

Si el gobierno desea hacer algo beneficioso – si, por ejemplo, desea construir un hospital – la manera de encontrar el dinero que necesita para este proyecto es gravar con impuestos a los ciudadanos y construir el hospital con los ingresos provenientes de los impuestos. Y entonces no ocurrirá ninguna ‘revolución de precios’ ya que cuando el gobierno cobra el dinero para la construcción del hospital, los ciudadanos – habiendo pagado los impuestos – están forzados a reducir sus gastos. El contribuyente está forzado a reducir ya sea sus consumos, sus inversiones o sus ahorros. El gobierno, apareciendo en el mercado como un comprador, reemplaza al ciudadano: el individuo compra menos, pero el gobierno compra más. El gobierno, desde luego, no siempre compra los mismos bienes que los ciudadanos habrían comprado, pero en promedio no existe incremento alguno en los precios debido a que el gobierno construya un hospital. Elijo este ejemplo porque la gente a veces dice: ‘Hay una diferencia si el gobierno usa su dinero para buenos o malos fines’ Deseo suponer que el gobierno siempre usa el dinero que ha impreso con los mejores fines – fines con los cuales todos estamos de acuerdo. Pero no es la manera en que el dinero es utilizado, sino la forma en que el dinero es obtenido, lo que provoca esas consecuencias que llamamos inflación y que la mayor parte de la gente en el mundo actualmente no considera beneficiosa.

Por ejemplo, sin inflar la cantidad de dinero, el gobierno podría usar el dinero proveniente de impuestos para tomar nuevos empleados o para aumentar los sueldos de aquellos que ya están al servicio del gobierno. Entonces esta gente, cuyos salarios han sido incrementados, están en posición de comprar más- Cuando el gobierno grava con impuestos a los ciudadanos y usa ese dinero para aumentar los sueldos de los empleados del gobierno, los contribuyentes tienen menos para gastar, y los empleados públicos tienen más. Los precios, en general, no se incrementarán.

Pero si el gobierno no usa el dinero proveniente de impuestos para este objetivo, y si en cambio usa dinero recién impreso, significa que habrá gente que ahora tiene más dinero en tanto que otra gente tendrá la misma cantidad que tenía antes. Así, aquellos que recibieron el dinero recién impreso estarán compitiendo con aquella gente que ya antes era compradora. Y dado que no hay más productos que los que existían antes pero hay más dinero en el mercado – y dado que hay ahora gente que hoy puede comprar más que lo que podría haber comprado ayer – habrá una demanda adicional por la misma cantidad de bienes. Como consecuencia, los precios tenderán a subir. Esto no puede evitarse, no importa el uso que se le dé a este dinero recién emitido. Y más importante aún, esta tendencia de los precios de ir hacia arriba se desarrollará paso a paso; no es un movimiento general hacia arriba de lo que ha sido denominado ‘nivel de precios’. La expresión metafórica ‘nivel de precios’ nunca debe usarse. Cuando la gente habla de un ‘nivel de precios’ piensa en la imagen del nivel de un líquido que va hacia arriba o hacia debajo de acuerdo con el aumento o reducción de su cantidad, pero que, como el líquido en un tanque, siempre sube uniformemente. Pero en los precios no existe tal cosa como un ‘nivel’. Los precios no cambian con la misma amplitud y en el mismo momento. Siempre hay precios que cambian más rápidamente, subiendo o bajando más rápidamente que otros precios. Y existe una razón para ello.

Considere el ejemplo del empleado público que recibió ese nuevo dinero agregado al dinero circulante. La gente no compra hoy precisamente los mismos bienes y en las mismas cantidades en que lo hizo ayer. El dinero adicional que el gobierno imprimió e introdujo en el mercado no es utilizado para comprar todos los bienes y servicios. Es utilizado para la compra de ciertos bienes, cuyos precios subirán, mientras que otros productos se mantendrán en los mismos precios vigentes antes que el nuevo dinero fuera puesto en el mercado. Por ello, cuando la inflación comienza, diferentes grupos dentro de la población son afectados por esta inflación en forma diferente. Aquellos grupos que consiguen el nuevo dinero son los primeros en ganar un beneficio temporario.

Cuando el gobierno infla la cantidad de dinero para librar una guerra, tiene que comprar municiones, y los primeros en obtener el dinero adicional son los fabricantes de municiones y los trabajadores de esas industrias. Estos grupos están ahora en una posición muy favorable. Tienen mayores ganancias y mayores sueldos; su negocio se mueve. ¿Por qué? Porque ellos fueron los primeros en recibir el dinero adicional. Y teniendo ahora más dinero a su disposición, están comprando. Y están comprando a otra gente que está fabricando y vendiendo los productos que desean estos fabricantes de municiones. Esta otra gente forma un segundo grupo. Y este segundo grupo considera a la inflación como muy buena para los negocios. ¿Por qué no? ¿No es maravilloso vender más? Por ejemplo, dice el propietario de un pequeño restaurante en la vecindad de una fábrica de municiones: ‘¡Es realmente fabuloso! Los trabajadores de la fábrica de municiones tienen más dinero, hay muchos más trabajadores ahora que antes, todos vienen a mi restaurante. Estoy muy feliz por eso’. No ve razón alguna para pensar de otra manera.

Esta es la situación: aquella gente a quien el dinero llega primero ahora tiene un mayor ingreso y todavía pueden comprar muchos productos y servicios a precios que corresponden a la anterior situación del mercado, la situación que existía al comienzo de la inflación. Por consiguiente están en una posición favorable. Y así la inflación continúa paso a paso, de un grupo de la población a otro. Y todos aquellos a quienes el dinero adicional les llega al principio de la situación inflacionaria se benefician, porque están comprando algunas cosas a precios todavía correspondientes a la fase previa del tipo de intercambio entre el dinero y los bienes.

Pero existen otros grupos en la población a quienes este dinero adicional les llega mucho, mucho más tarde. Esta gente está en una posición desfavorable. Antes que ese dinero adicional les llegue, están forzados a pagar mayores precios que los que pagaban antes por algunos – o por prácticamente todos – los productos que desean comprar en tanto que su ingreso ha continuado siendo el mismo, o no se ha incrementado proporcionalmente con los precios Considere, por ejemplo, un país como los EEUU durante la Segunda Guerra Mundial; por un lado, la inflación de esa época favoreció a las industrias fabricantes de municiones, los fabricantes de armas, los trabajadores de esas empresas, mientras que por otro lado operó en contra de otros grupos de la población. Y los que sufrieron las mayores desventajas por la inflación fueron los maestros y los ministros religiosos.

Como saben, un ministro religioso es una persona muy modesta que sirve a Dios y no debe hablar demasiado sobre el dinero. Los maestros, asimismo, son personas muy dedicadas quienes se supone deben pensar más sobre la educación de los jóvenes que sobre sus salarios. Por consiguiente, los maestros y los ministros religiosos, estuvieron entre aquellos que fueron más penalizados por la inflación, ya que las diferentes escuelas e iglesias fueron los últimos en darse cuenta que debían subir los sueldos. Cuando los consejeros de las iglesias y las entidades escolares finalmente descubrieron que, después de todo, también debían aumentarse los salarios de esa gente tan dedicada, las pérdidas anteriores que habían sufrido quedaron sin solucionar.

Por un largo tiempo, tuvieron que comprar menos que lo que compraban antes, reducir su consumo de alimentos mejores y más costosos, restringir su compra de ropa, ya que los precios se habían ajustado hacia arriba, en tanto que sus ingresos, sus salarios, no habían sido todavía aumentados (Esta situación ha cambiado considerablemente en la actualidad, por lo menos para los maestros) Por lo tanto, existen siempre diferentes grupos en la población afectados en forma diferente por la inflación. Para algunos de ellos, la inflación no es tan mala; más aún, piden que continúe porque son los primeros en obtener provecho de ella. Veremos en la próxima conferencia cómo esta desigualdad en las consecuencias de la inflación afecta vitalmente las políticas que llevan hacia la misma.

Bajo estos cambios provocados por la inflación, tenemos grupos que son favorecidos por la misma y grupos de ‘especuladores’, que están directamente especulando. No uso el término ‘especulador’ como un reproche a esta gente, ya que si a alguien debe responsabilizarse, es al gobierno, que estableció la inflación. Y siempre hay grupos que favorecen la inflación, porque se dan cuenta de lo que sucede más rápidamente que el resto de la gente. Sus ganancias especiales se deben al hecho que necesariamente habrá desigualdad en el proceso inflacionario.

El gobierno puede pensar que la inflación – como método de allegar fondos – es mejor que gravar con impuestos que siempre es impopular y dificultoso. En muchas naciones ricas y grandes los legisladores han a menudo discutido, por meses y meses, las diferentes formas de nuevos impuestos que se volvían necesarios ya que el parlamento había decidido incrementar los gastos. Habiendo discutido diferentes métodos de obtener el dinero por medio de impuestos, finalmente decidían que quizás era mejor hacerlo por medio de la inflación.

Pero desde ya la palabra ‘inflación’ no era utilizada. El político en el poder que avanza hacia la inflación no anuncia: ‘Estoy avanzando hacia la inflación’ Los métodos técnicos para lograr la inflación son tan complicados que el ciudadano común no se da cuenta que la inflación ha empezado.

Una de las mayores inflaciones en la historia ocurrió en el Reich Alemán después de la Primera Guerra Mundial. La inflación no fue tan importante durante la guerra; fue la inflación después de la guerra lo que provocó la catástrofe. El gobierno no dijo: ‘Estamos avanzando hacia la inflación’ El gobierno simplemente tomó dinero prestado, muy indirectamente, del banco central. El gobierno no tenía que preguntar cómo el banco central encontraría y entregaría el dinero. El banco central simplemente lo imprimió.

En la actualidad las técnicas para realizar la inflación se complican por el hecho que existe el dinero de chequera. Supone otras técnicas, pero el resultado es el mismo. De un plumazo el gobierno crea dinero por decreto (fiat money), aumentando así la cantidad de dinero y crédito. Simplemente el gobierno emite una orden, y el dinero por decreto aparece.

Al gobierno no le preocupa, al principio, que algunas personas pierdan, no le preocupa que los precios se vayan para arriba. Los legisladores dicen: ‘¡Este es un sistema maravilloso!’ Pero este sistema maravilloso tiene una debilidad fundamental: no puede durar. Si la inflación pudiera seguir eternamente, no tendría sentido indicar a los gobiernos que no deben inflar la cantidad de dinero. Pero la verdad sobre la inflación es que, tarde o temprano, debe terminar. Es una política que no puede durar.

En el largo plazo la inflación termina destruyendo la moneda; se llega a una catástrofe, a una situación como la Alemania en 1923. El 1º de Agosto de 1914 el valor del dólar era de cuatro marcos y veinte pfennings. Nueve años y tres meses más tarde, en Noviembre de 1923, el valor del dólar era 4,2 trillones de marcos. En otras palabras, el marco no valía nada, nunca más tuvo algún valor.

Hace algunos años, un famoso autor, John Maynard Keynes, escribió: ‘En el largo plazo, estamos todos muertos’ Tengo el pesar de decirles que esto ciertamente es verdad. Pero la pregunta es ¿cuán corto o largo será el corto plazo? En el Siglo XVIII existió una famosa dama, Madame de Pompadour, a quien se le atribuye el dicho: ‘Après nous le déluge’ (‘Después de nosotros el diluvio’) Madame de Pompadour tuvo la suerte de morirse en el corto plazo. Pero su sucesora en el puesto, Madame du Barry, sobrevivió el corto plazo y fue guillotinada en el largo plazo. Para mucha gente el ‘largo plazo’ rápidamente se convierte en el ‘corto plazo’ – y el mayor tiempo que continúe la inflación, más rápido se cumplirá el ‘corto plazo’.

¿Cuánto puede durar el ‘corto plazo’? ¿Durante cuánto tiempo puede un banco central continuar con la inflación? Probablemente todo el tiempo que la gente continúe convencida que el gobierno, tarde o temprano, pero ciertamente no demasiado tarde, dejará de imprimir dinero y de ese modo detendrá la reducción del valor de la unidad de moneda.

Cuando la gente no crea más en ello, cuando se den cuenta que el gobierno seguirá y seguirá sin intención alguna de detenerse, entonces comenzarán a entender que mañana los precios serán más altos que hoy. Entonces comenzarán a comprar a cualquier precio, haciendo que los precios suban a tales alturas que el sistema monetario se destroza.

Me refiero al caso de Alemania, que el mundo entero estaba observando. Muchos libros han descrito los eventos de esa época (Aunque yo no soy alemán, sino austriaco, pude ver todo desde adentro: en Austria, las condiciones no eran muy diferentes de las de Alemania, ni eran muy diferentes en muchos otros países europeos) Por varios años el pueblo alemán creyó que su inflación era un asunto temporario, que pronto terminaría. Lo creyeron por casi nueve años, hasta el verano de 1923. Entonces, finalmente, empezaron a dudar. Como la inflación continuaba, la gente pensó que era más prudente comprar cualquier cosa disponible en lugar de guardar el dinero en sus bolsillos. Además razonaron que no se debía dar préstamos en dinero, sino que era una buena idea ser un deudor. Y así la inflación continuaba alimentándose a sí misma.

Y la inflación continuó en Alemania hasta, exactamente, el 20 de Noviembre de 1923. Las masas habían creído que el dinero inflacionario era dinero real, pero entonces hallaron que las condiciones habían cambiado. Hacia el final de la inflación alemana, en el otoño de 1923, las fábricas alemanas pagaban a sus trabajadores, cada mañana, por adelantado, el salario del día. Y el trabajador, que llegaba a la fábrica con su esposa, le entregaba inmediatamente su salario – todos los millones que le pagaban. Y la señora inmediatamente iba a una tienda a comprar alguna cosa, sin importar qué. Ella se daba cuenta lo que la mayor parte de la gente ya sabía en ese momento – que durante la noche, de un día para el otro, el marco perdía el 50% de su poder de compra. El dinero, como el chocolate en un horno caliente, se derretía en los bolsillos de la gente. Esta última fase de la inflación alemana no duró mucho tiempo; después de unos pocos días, toda la pesadilla se había terminado: el marco no tenía valor y debió crearse una nueva moneda.

Lord Keynes, el mismo que dijo que en el largo plazo todos estamos muertos, fue uno de una larga lista de autores inflacionistas del Siglo XX. Todos escribieron contra el valor oro (gold standard – equivalente de la moneda en oro) Cuando Keynes atacó el valor oro, lo llamó una ‘reliquia bárbara’. Y la mayor parte de la gente actualmente considera ridículo hablar de una vuelta al valor oro. En los EEUU, por ejemplo, se considera que uno es un soñador si dice: ‘Más tarde o más temprano los EEUU deberán retornar al gold standard’ Pero el gold standard tiene una virtud tremenda: la cantidad de dinero bajo el gold standard es independiente de las políticas de los gobiernos y de los partidos políticos. Ésta es su ventaja. Es una forma de protección contra los gobiernos despilfarradores. Si, bajo el gold standard, a un gobierno se le requiere gastar dinero para algo nuevo, el ministro de finanzas puede decir: ‘Y donde consigo el dinero? Dígame, primero, como haré para encontrar el dinero para este gasto adicional’ Bajo un sistema inflacionario, nada es más simple de hacer para los políticos que ordenar a la imprenta del gobierno proveerles cuanto dinero necesiten para sus proyectos. Bajo un gold standard, un gobierno sano tiene una mejor oportunidad; sus líderes pueden decirle al pueblo y a los políticos: ‘No podemos hacerlo a menos que subamos los impuestos’. Pero bajo condiciones inflacionarias, la gente adquiere el hábito de considerar al gobierno como una institución con medios ilimitados a su disposición: el estado, el gobierno, puede hacer cualquier cosa. Si, por ejemplo, la nación desea un nuevo sistema de carreteras, se espera que el gobierno lo construya. Pero ¿dónde obtendrá el dinero el gobierno? Uno podría decir que en los EEUU hoy – y aún en el pasado bajo McKinley – el partido Republicano estaba más o menos a favor del dinero sano y del gold standard, y el partido Demócrata estaba a favor de la inflación, desde ya no la inflación de papel, sino la inflación metálica, de la plata.

Fue, sin embargo un presidente Demócrata de los EEUU, el Presidente Cleveland, quien hacia fines de los 1880s vetó una decisión del Congreso de dar una pequeña suma – alrededor de u$s 10.000 – para ayudar a una comunidad que había sufrido un cierto desastre. Y el Presidente Cleveland justificó su veto escribiendo: ‘En tanto es el deber de los ciudadanos mantener al gobierno, no es el deber del gobierno mantener a los ciudadanos’ Esto es algo que cada estadista debería escribir en la pared de su oficina para mostrarle a la gente que llega pidiendo dinero.

Estoy algo avergonzado por la necesidad de simplificar estos problemas. Hay tantos problemas complejos en el sistema monetario, y yo no hubiera escrito volúmenes sobre ellos si fueran tan simples como estoy describiéndolos aquí. Pero los conceptos fundamentales son precisamente éstos: si incrementa la cantidad de moneda, provoca la reducción del poder de compra de la unidad monetaria. Esto es lo que no le gusta a la gente cuyos asuntos privados son desfavorablemente afectados. La gente que no se beneficia de la inflación, es la gente que se queja.

Si la inflación es perjudicial, y la gente se da cuenta de ello, ¿por qué se ha convertido casi en una forma de vida en todos los países? Aún algunos de los más ricos países sufren esta enfermedad. Los EEUU son, en la actualidad, el más rico país del mundo, con el más alto nivel de vida. Cuando se viaja por los EEUU, se descubre que hay una constante conversación sobre la inflación y la necesidad de detenerla. Pero solamente hablan, no actúan.

Para darles solamente algunos hechos: después de la Primera Guerra Mundial, Gran Bretaña retornó a la paridad de la libra en oro que tenía antes de la guerra. Esto es, revaluó la libra hacia arriba. Esto incrementó el poder de compra de los salarios de todos los trabajadores. En un mercado libre, sin trabas, el salario nominal en dinero debería haber caído para compensar esto, y el salario real de los trabajadores no habría sufrido.

No nos da el tiempo aquí para discutir las razones de este aserto. Pero los sindicatos en Gran Bretaña no estaban deseosos de aceptar un ajuste hacia abajo de los niveles en dinero de los salarios en razón del aumento del poder de compra. En consecuencia, los salarios reales aumentaron considerablemente por estas medidas monetarias. Esta fue una seria catástrofe para Gran Bretaña, ya que este país es predominantemente un país industrial, que debe importar sus materias primas, productos a medio elaborar y alimentos para poder vivir, y tiene que exportar productos manufacturados para poder pagar dichas importaciones. Con el incremento del valor internacional de la libra, los precios de las mercaderías británicas crecieron en los mercados extranjeros y las ventas y exportaciones declinaron. Gran Bretaña, en efecto, había establecido sus precios fuera del mercado mundial.

Los sindicatos no podían ser derrotados. Todos conocen el poder de un sindicato en la actualidad. Tiene el derecho, prácticamente el privilegio, de recurrir a la violencia. Y una orden del sindicato es, por lo tanto, digamos no menos importante que un decreto gubernamental. El decreto del gobierno es una orden para cuyo cumplimiento se encuentra disponible el aparato estatal, la policía. Deben obedecerse los decretos del gobierno, de lo contrario se tendrán dificultades con la policía. Lamentablemente, tenemos hoy – en casi todos los países del mundo – un segundo poder que tiene la posibilidad de ejercitar la fuerza: los sindicatos obreros. Los sindicatos establecen salarios y luego hacen una huelga para ponerlos en práctica en la misma manera en que el gobierno puede decretar un nivel de salario mínimo. No discutiré ahora la cuestión de los sindicatos, lo haré después. Sólo deseo dejar establecido que es la política de los sindicatos incrementar los salarios a niveles por encima de los niveles que tendrían en un mercado libre, sin trabas. Como resultado, una parte considerable de la potencial fuerza laboral puede ser empleada solamente por gente o industrias que estén dispuestas a sufrir pérdidas. Y, dado que los negocios no pueden mantenerse sufriendo pérdidas, cierran sus puertas y los empleados se convierten en desempleados. El establecer niveles de salarios por arriba del nivel que tendrían en un mercado libre y sin trabas resulta siempre en el desempleo de una parte considerable de la potencial fuerza laboral.

En Gran Bretaña, el resultado de los altos niveles de salarios, forzados por los sindicatos, fue un perdurable desempleo, prolongado año tras año. Millones de trabajadores estaban sin empleo, los volúmenes de producción caían. Inclusive los expertos estaban perplejos.

En esta situación el gobierno Británico tomó una decisión que consideró una medida indispensable, de emergencia: devaluó su moneda.

El resultado fue que el poder de compra de los salarios en dinero, sobre los cuales los sindicatos habían insistido, no era más el mismo. Los salarios reales, los salarios medidos en bienes, quedaron reducidos. Ahora al trabajador no le era posible comprar todo lo que le había sido posible comprar antes, aún cuando el salario nominal permanecía en el mismo nivel. De esta manera, se pensó, los salarios reales retornarían a los niveles de un mercado libre y el desempleo desaparecería.

Esta medida – la devaluación – por otros países como Francia, Holanda y Bélgica. Un país, inclusive, recurrió a esta medida dos veces en el período de un año y medio. Ese país era Checoslovaquia. Era un método subrepticio, digamos, para frustrar el poder de los sindicatos. Pero, sin embargo, no podría llamársele un éxito real.

Pocos años después, la gente, los trabajadores, aún los sindicatos, comenzaron a entender lo que estaba sucediendo. Llegaron a entender que la devaluación de la moneda había reducido sus salarios reales. Los sindicatos tenían el poder para oponerse a esto.

En muchos países insertaron una cláusula en los contratos laborales en el sentido que los salarios en dinero deben incrementarse automáticamente con el incremento registrado en los precios. A esto se lo denomina indexación. Los sindicatos se hicieron conscientes de los índices. Y así, este método de reducir el desempleo, que el gobierno de Gran Bretaña comenzó en 1931, y que fue luego adoptado por casi todos los gobiernos importantes, éste método de ‘resolver el desempleo’ hoy ya no funciona.

En 1936, en su Teoría General de Empleo, Interés y Dinero, Lord Keynes lamentablemente elevó este método – las medidas de emergencia del período entre 1929 y 1933 – a la categoría de principio, de un fundamental sistema de política. Y lo justificó, en efecto, diciendo: ‘El desempleo es malo. Si desea que el desempleo desaparezca, debe incrementar la cantidad de moneda’ Entendía muy bien que los niveles de los salarios pueden ser demasiado altos para el mercado, esto es, demasiado altos para hacer rentable a un empleador incrementar su fuerza laboral, por lo tanto demasiado altos desde el punto de vista del total de la población laboral, dado que con niveles de salarios por arriba del nivel de mercado impuestos por los sindicatos, solamente una parte de los que están ansiosos por ganar un sueldo, puedan obtener un trabajo.

Y Keynes, en efecto, dijo: ‘Ciertamente, el desempleo masivo, prolongado año tras año, es una muy insatisfactoria condición’ Pero en vez de sugerir que los niveles de los salarios podían y debían ser ajustados a las condiciones del mercado, en realidad dijo: ‘Si uno devalúa la moneda y los trabajadores no son suficientemente inteligentes para darse cuenta, no ofrecerán resistencia contra una caída en los niveles de los salarios reales, en tanto los niveles de salarios nominales permanezcan iguales’ En otras palabras, Lord Keynes decía que si una persona obtiene hoy el mismo monto en libras esterlinas que el que obtenía antes que la moneda fuera devaluada, no se daría cuenta que, de hecho, ahora está obteniendo menos.

En lenguaje un poco chapado a la antigua, Keynes proponía engañar a los trabajadores.

En vez de declarar abiertamente que los niveles de los salarios deben ser ajustados a las condiciones del mercado – porque, si no lo son, una parte de la fuerza laboral inevitablemente quedará desocupada – dijo en efecto: ‘El ‘pleno empleo’ sólo puede alcanzarse si tiene inflación. Engañe a los trabajadores’ El aspecto más interesante, sin embargo, es que cuando la Teoría General fue publicada, ya no era posible engañar, pues la gente se había vuelto consciente de los índices. Pero permanecía el objetivo de ‘pleno empleo’. ¿Qué significa ‘pleno empleo’? Tiene que ver con un mercado libre y sin trabas, que no sea manipulado por los sindicatos o por el gobierno. En este tipo de mercado, el nivel de salario para cada tipo de tarea tiende a llegar a un punto en el cual todo aquel que desea un trabajo puede obtenerlo y cada empleador puede contratar tantos trabajadores como necesite. Si hay un incremento en la demanda de trabajadores, el nivel de salarios tenderá a ser más alto, y si se necesitan menos trabajadores, el nivel del salario tenderá a caer.

El único método por el cual puede obtenerse una situación de ‘pleno empleo’ es a través del mantenimiento de un mercado laboral libre, sin trabas. Esto es válido tanto para todo tipo de trabajo como para todo tipo de mercadería.

Qué hace un empresario que desea vender cierta mercadería por cinco dólares la unidad? Cuando no puede venderla a ese precio, el término técnico de negocios en los EEUU es ‘el inventario no se mueve’ Pero debe moverse. No puede retener mercaderías porque debe comprar algo nuevo ya que la moda está cambiando. Entonces vende a un precio más bajo. Si no puede vender la mercadería por cinco dólares, debe venderla por cuatro. Si no puede venderla por cuatro, debe venderla por tres. No tiene otra alternativa en tanto permanezca en el negocio. Puede que sufra pérdidas pero estas pérdidas se deben al hecho que su previsión del mercado para su producto, era errónea.

Lo mismo sucede con miles y miles de jóvenes que cada día vienen de los distritos rurales y llegan a las ciudades con el ánimo de ganar dinero. Así sucede en todas las naciones industriales. En los EEUU vienen a la ciudad con la idea de ganar, digamos, cien dólares a la semana. Así, si un hombre no puede conseguir un trabajo por cien dólares a la semana, debe tratar de obtener un trabajo por noventa u ochenta dólares a la semana, o aún menos. Pero si dijera – como los sindicatos dicen – ‘cien dólares a la semana o nada’ probablemente permanezca desempleado. (A muchos no les preocupa estar desempleados dado que el gobierno les paga beneficios por desempleo – que salen de gravámenes especiales impuestos a los empleadores – que son a veces casi tan altos como los salarios que el hombre recibiría si estuviera empleado) Dado que un cierto grupo de gente cree que el ‘pleno empleo’ puede ser alcanzado solamente con inflación, la inflación es tolerada en los EEUU. Pero la gente empieza a discutir esta cuestión: deberíamos tener una moneda sólida con desempleo o inflación con ‘pleno empleo’? Este es – de hecho – un análisis malicioso.

Para enfrentar este problema debemos hacernos esta pregunta: ¿cómo puede uno mejorar la condición de los trabajadores y de todos los otros grupos de la población? La respuesta es: a través del mantenimiento de un mercado laboral libre, sin trabas y así alcanzar el ‘pleno empleo’. Nuestro dilema es, ¿será el mercado que determine el nivel de los salarios o serán determinados por la presión y la compulsión de los sindicatos? El dilema no es, ¿‘tendremos inflación o desempleo’? Este equivocado análisis del problema es usado como argumento en Inglaterra, en los países industrializados de Europa y aún en los EEUU. Y alguna gente dice: ‘Veamos, aún los EEUU están produciendo inflación. ¿Por qué no podemos también nosotros hacerlo’? A esta gente, antes que nada, debería responderle: ‘Uno de los privilegios del hombre rico es que puede permitirse el lujo de ser tonto por más tiempo que el hombre pobre’ Y esta es la situación en los EEUU. La política financiera de los EEUU es muy mala y se está volviendo peor. Quizás los EEUU pueden darse el lujo de ser tontos por un poco más de tiempo que otros países.

La cosa más importante para recordar es que la inflación no es un acto de Dios; la inflación no es una catástrofe de la naturaleza ni una enfermedad que llega como una plaga. La inflación es una política – una política deliberada de la gente que recurre a la inflación porque consideran que es un mal menor que el desempleo. Pero el hecho es que, en el no muy largo plazo, la inflación no cura el desempleo.

La inflación es una política. Y una política puede ser cambiada. Por lo tanto no hay razón alguna para rendirnos ante la inflación. Si uno considera que la inflación es un mal uno tiene que parar de provocarla. Se debe balancear el presupuesto del gobierno. Desde luego, la opinión pública debe dar soporte a esta acción; los intelectuales deben ayudar a la gente a entender el problema. Si se obtiene el soporte de la opinión pública, desde ya que es posible – para los representantes elegidos por el pueblo – abandonar las políticas inflacionarias. Debemos recordar que en el largo plazo puede que estemos todos muertos, y ciertamente lo estaremos. Pero debemos arreglar nuestros asuntos terrenales – para el corto plazo en que nos toca vivir – de la mejor manera posible. Y una de las medidas necesarias para ese objetivo es abandonar las políticas inflacionarias.

 

 

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Seis conferencias dictadas por el Profesor Ludwig von Mises en Buenos Aires, Argentina, en 1959 – Intervencionismo

Estamos presentando el ciclo de 6 conferencias dictadas por el Profesor Ludwig von Mises en 1959 en Buenos Aires, Argentina. La tercera conferencia:

Intervencionismo

Una frase famosa, citada muy a menudo, dice: ‘El mejor gobierno, es el que gobierna menos’ Yo no creo que esto sea una correcta descripción de las funciones de un buen gobierno. El Gobierno debiera hacer todas las cosas para las cuales se lo necesita y para las cuales fue establecido. El Gobierno debiera proteger a los habitantes del país contra los violentos e ilegales ataques de los bandidos y debiera defender el país contra los enemigos foráneos. Estas son las funciones del Gobierno dentro de un sistema de libertad, dentro del sistema de economía de mercado. Bajo el socialismo, desde luego, el Gobierno es totalitario, y no hay nada fuera de su esfera y de su jurisdicción. Pero en la economía de mercado la principal tarea del Gobierno es proteger el aceitado funcionamiento de la economía de mercado contra el fraude y la violencia que provengan de adentro o de fuera del país.

La gente que no esté de acuerdo con esta definición de las funciones del Gobierno podría decir: ‘Este hombre odia el Gobierno’ Nada estaría más lejos de la verdad. Si yo dijera que la gasolina es un líquido muy útil, útil para muchos propósitos, pero que nunca bebería gasolina porque creo que no sería un uso correcto, no soy un enemigo de la gasolina, y no odio la gasolina. Digo solamente que la gasolina es muy útil para ciertos propósitos, pero no es adecuada para otros. Si digo que es el deber del Gobierno arrestar a los asesinos y a otros criminales, pero que no es su deber manejar los ferrocarriles y dilapidar dinero en cosas inútiles, entonces no odio el gobierno porque declare que es adecuado para hacer ciertas cosas pero no es apropiado para hacer otras.

Se ha dicho que bajo las condiciones actuales ya no tenemos más una economía de libre mercado. Bajo las condiciones actuales tenemos algo llamado la ‘economía mixta’. Y como evidencia de nuestra ‘economía mixta’ la gente señala las muchas empresas que son propiedad del Gobierno, y por él son operadas. La economía es mixta, dice la gente, porque en muchos países hay ciertas entidades – como los teléfonos, el telégrafo, los ferrocarriles – que son propiedad del y son operadas por el Gobierno. Que algunas de estas entidades y empresas son operadas por el Gobierno, ciertamente es verdad. Pero este solo hecho no cambia el carácter de nuestro sistema económico. Ni siquiera significa que hay un ‘pequeño socialismo’ dentro de la que – de cualquier otra manera – es una economía no socialista, de mercado libre. Ya que el Gobierno, operando estas empresas, está sujeto a la supremacía del mercado, lo que significa que está sujeto a la supremacía de los consumidores. El Gobierno – si opera, digamos, el correo o los ferrocarriles – tiene que contratar gente para trabajar en cestas empresas. También debe comprar las materias primas y otros bienes que necesite para el manejo de estas empresas. Y, por otra parte, ‘vende’ estos servicios o bienes al público. Pero, aún cuando opera estas entidades utilizando los métodos del sistema económico libre, el resultado – como norma – es un déficit. El Gobierno, sin embargo, está en situación de financiar dicho déficit – al menos los miembros del Gobierno o del partido gobernante así lo creen.

Ciertamente, es diferente para un individuo. El poder del individuo para operar algo, con déficit, es limitado. Si el déficit no es rápidamente eliminado, y si la empresa no se convierte en rentable (o al menos muestra que no se incurrirá en pérdidas adicionales, debidas a un déficit), el individuo va a la quiebra y la empresa debe liquidarse. Pero para el Gobierno las condiciones son diferentes. El Gobierno puede tener permanentemente un déficit, porque tiene el poder de gravar con impuestos a la gente. Y si los contribuyentes están dispuestos a pagar más altos impuestos para hacer posible al Gobierno operar una empresa a pérdida – esto es, de una manera menos eficiente en que lo haría una institución privada – y si el público acepta esta pérdida, entonces desde luego la empresa continuará.

En los años recientes, los Gobiernos han incrementado la cantidad de entidades y empresas nacionalizadas en muchos países, de manera tal que los déficit han crecido más allá del monto de los impuestos que podrían cobrarse a los ciudadanos. Lo que ocurre entonces no es asunto de la charla de hoy. Es la inflación, y la trataremos en la próxima conferencia. He mencionado esto solamente porque la economía mixta no debe confundirse con el problema del intervencionismo, sobre el cual deseo hablar hoy.

¿Qué es el intervencionismo? Intervencionismo significa que el gobierno no restringe su actividad a la preservación del orden, o – como la gente solía decir un siglo atrás – a ‘la producción de seguridad’. Intervencionismo significa que el gobierno desea hacer más.

Desea interferir en los fenómenos del mercado.

Si uno objeta y dice que el gobierno no debería interferir en los negocios, la gente a menudo contesta: ‘Pero el gobierno necesariamente siempre interfiere. Si hay policías en la calle, el gobierno interfiere. Interfiere con un ladrón robando una tienda o cuando impide a un hombre robar un auto’. Pero cuando se considera el intervencionismo, y definiendo lo que significa el intervencionismo, estamos hablando sobre la interferencia del gobierno en el mercado. (Que se espere del gobierno y de la policía que protejan al ciudadano, lo cual incluye a los empresarios, y desde ya a sus empleados, contra los ataques de bandidos domésticos o extranjeros, es de hecho una expectativa normal, necesaria a tener de cualquier gobierno; dicha protección no es una intervención, ya que la única legítima función del gobierno es, precisamente producir seguridad) Lo que tenemos in mente cuando hablamos sobre intervencionismo es el deseo del gobierno de hacer más que prevenir los ataques y el fraude. El intervencionismo significa que el gobierno no sólo falla en proteger el aceitado funcionamiento de la economía de mercado, sino que interfiere en los distintos fenómenos del mercado; interfiere en los precios, en los salarios, en las tasas de interés, en las utilidades.

El gobierno desea interferir con el propósito de forzar a los empresarios a conducir sus asuntos de una manera diferente a la que hubieran elegido si hubieran obedecido solamente a los consumidores. Así, todas las medidas de intervencionismo que toma el gobierno están dirigidas a restringir la supremacía de los consumidores. El gobierno desea arrogarse el poder, o por lo menos una parte del poder, que en una economía de mercado libre, está en manos de los consumidores.

Consideremos un ejemplo de intervencionismo, muy popular en muchos países, intentado una y otra vez por muchos gobiernos, en especial en épocas de inflación. Me refiero al control de precios.

Los gobiernos usualmente recurren al control de precios cuando han inflado la oferta de dinero y la gente ha comenzado a quejarse del resultante incremento en los precios. Hay muchos ejemplos históricos famosos de métodos de control de precios que fracasaron, pero me referiré solamente a dos de ellos porque, en ambos de estos casos, los gobiernos fueron muy enérgicos en hacer espetar o en tratar de hacer respetar sus controles de precios.

El primer ejemplo famoso es el caso del Emperador Romano Diocleciano, muy conocido como el último de los emperadores romanos que persiguieron a los Cristianos. El emperador Romano en la segunda parte del Siglo III tenía un sólo método financiero, y éste era la degradación de la moneda. En esas épocas primitivas, antes de la invención de la imprenta, aún la inflación era, digamos, primitiva. Suponía la degradación de las monedas, en especial las de plata. El gobierno mezclaba más y más cobre en la plata hasta que el color de las monedas de plata cambió, y el peso de las mismas se redujo considerablemente. El resultado de esta degradación de las monedas fue un incremento en los precios, seguido de un edicto para controlar los precios. Y los emperadores romanos no eran demasiado benignos cuando hacían respetar una ley, y no consideraban la muerte como una pena demasiado benigna para un hombre que había requerido un precio más alto. Impusieron el control de precios pero fallaron en mantener unida la sociedad. La consecuencia fue la desintegración del Imperio Romano y del sistema de la división del trabajo.

Entonces, 1500 años más tarde, la misma degradación de la moneda tuvo lugar durante la Revolución Francesa. Pero esta vez se usó un método diferente. La tecnología para producir monedas había progresado considerablemente. No era ya necesario para los franceses recurrir a la degradación de las monedas metálicas: ya disponían de la imprenta.

Y la imprenta era muy eficiente. Otra vez, la consecuencia fue una suba de precios sin precedentes. Pero en la Revolución Francesa no se hacían respetar los precios máximos por el mismo método de la pena capital que el Emperador Diocleciano había usado. Había habido también un mejoramiento en la técnica de matar ciudadanos. Todos recordarán el famoso Doctor J.I.Guillotin (1738-1814) quien abogaba por el uso de la guillotina. A pesar de la guillotina, los franceses también fracasaron con sus leyes de precios máximos.

Cuando el propio Robespierre era acarreado hacia la guillotina, la gente gritaba: ‘Ahí va el roñoso Máximo’ Deseaba mencionar esto porque la gente a menudo dice: ‘Lo que se necesita para hacer un control de precios efectivo y eficiente es simplemente más brutalidad y más energía’.

Ciertamente, Diocleciano era bastante brutal tal como lo era la Revolución Francesa. Sin embargo, las medidas de control de precios, en ambas épocas, fracasaron por completo.

Analicemos ahora las razones de este fracaso. El Gobierno oye que la gente se queja que el precio de la leche se ha ido para arriba. Y la leche, ciertamente, es muy importante, especialmente para la generación en crecimiento, paras los niños. Por consiguiente, el gobierno establece un precio máximo para la leche, un precio máximo que es menor que lo que sería el potencial precio de mercado. Y dice ahora el gobierno: ‘Ciertamente hemos hecho todo lo necesario para hacer posible a los pobres padres comprar todas la leche que necesiten para alimentar a sus niños’ ¿Pero qué pasa? Por un lado, el menor precio de la leche incrementa la demanda por la leche; la gente para quien no era asequible comprar leche a un mayor precio, puede ahora comprarla al precio más bajo que el gobierno ha decretado. Y por el otro lado, algunos productores, aquellos que estaban produciendo a los más altos costos – esto es, los productores marginales – empiezan ahora a sufrir pérdidas ya que el precio que el gobierno ha decretado es menor que sus costos. Este es el punto importante en la economía de mercado. El empresario privado, el productor privado, no puede tener pérdidas por largo tiempo. Y como no puede tener pérdidas en la producción de leche, restringe la producción de la misma con destino al mercado. Puede vender algunas de sus vacas al matadero, o, en vez de leche, puede vender otros productos hechos con leche, por ejemplo yogurt, manteca o queso.

Así, la interferencia del gobierno en el precio de la leche resultará en una menor cantidad de leche que la que existía antes, y al mismo tiempo habrá una mayor demanda. Alguna gente que está dispuesta a pagar el precio decretado por el gobierno, no puede comprar la leche. Otra consecuencia será que la gente ansiosa se apresurará para estar entre los primeros en las tiendas. Tendrán que esperar afuera. Las largas colas de gente esperando en las tiendas siempre aparecen como un fenómeno familiar en una ciudad en la cual el gobierno ha decretado precios máximos para los productos que el gobierno considera importantes. Esto ocurrió en cualquier lugar donde el precio de la leche fue puesto bajo control. Esto fue siempre pronosticado por los economistas. Desde luego, solamente por economistas serios, cuyo número no es muy grande.

Pero, ¿cuál es el resultado del control de precios impuesto por el gobierno? El gobierno queda decepcionado. Deseaba aumentar la satisfacción de los bebedores de leche. Pero en realidad los ha dejado insatisfechos. Antes que el gobierno interfiriera la leche era cara, pero la gente podía comprarla. Ahora hay solamente una cantidad insuficiente de leche disponible. Por lo tanto, el consumo total de leche, cae. La siguiente medida a la que puede recurrir el gobierno, es el racionamiento. Pero el racionamiento significa sólo que cierta gente tiene privilegios y consigue leche mientras que otra gente no consigue leche en absoluto. Quién consigue leche y quién no, es algo determinado siempre de una manera muy arbitraria. Se puede determinar, por ejemplo, que los niños menores a cuatro años pueden obtener leche, y que los niños de más de cuatro años, o de entre cuatro y seis años de edad, pueden obtener solamente la mitad de la ración que reciben los niños de hasta cuatro años.

Haga lo que haga el gobierno, el hecho es que hay solamente una menor cantidad de leche disponible. Así la gente está aún más insatisfecha que lo que estaba antes.

Entonces el gobierno les pregunta a los productores de leche (porque el gobierno no tiene suficiente imaginación para averiguarlo por sí mismo): ‘¿Por qué no producen la misma cantidad de leche que producían antes?’ El gobierno recibe la respuesta: ‘No podemos hacerlo, dado que los costos de producción son mayores al precio de venta máximo que el gobierno ha establecido’. Entonces el gobierno estudia los costos de los diferentes bienes de producción y descubre que uno de los bienes es el forraje.

‘OH,’ dice el gobierno, ‘el mismo control que hemos aplicado a la leche lo aplicaremos ahora al forraje. Determinaremos un precio máximo al forraje y entonces podrán alimentar a sus vacas a un menor precio, con un gasto total menor. Todo estará bien, y podrán producir más leche y vender más leche’ Pero, ¿qué pasa ahora? La misma historia se repite con el forraje y, como pueden entender, por las mismas razones. La producción de forraje cae y el gobierno está otra vez enfrentado a un dilema. Así que el gobierno organiza nuevas reuniones para averiguar que está mal con la producción de forraje. Y obtiene una explicación de los productores de forraje precisamente igual a la que había recibido de los productores de leche. Así es que el gobierno debe avanzar otro paso, dado que no desea abandonar el principio de control de precios. Estable precios máximos para los productos que son necesarios para la producción de forraje. Y la historia se repite otra vez.

El gobierno, al mismo tiempo, comienza a controlar, no solamente la leche, pero también los huevos, la carne y otros productos de primera necesidad. Y en cada oportunidad, el gobierno obtiene el mismo resultado, en todos los casos la consecuencia es la misma.

Cada vez que el gobierno fija un precio máximo para los bienes de consumo, tiene que ir hacia atrás hacia los bienes de producción, y limitar los precios de los bienes de producción necesarios para producir los bienes de consumo sujetos a control de precios.

Así es que el gobierno, habiendo comenzado con unos pocos controles de precios, va más y más atrás en el proceso de producción, fijando precios máximos para todo tipo de bienes de producción incluyendo, desde luego, el precio del trabajo, porque sin control de salarios, el ‘control de costos’ del gobierno carecería de sentido.

Más aún, el gobierno no puede limitar su interferencia en el mercado, solamente en los bienes que considere de primera necesidad, como leche, manteca, huevos y carne.

Necesariamente debe incluir los artículos de lujo, porque si no limita estos precios, el capital y el trabajo abandonarían la producción de artículos de vital necesidad y se volcarían a producir esos bienes que el gobierno considera artículos lujosos innecesarios.

Y así, la aislada interferencia con uno o unos pocos precios de bienes de consumo, siempre provoca efectos – y es importante comprender esto – que son aún menos satisfactorios que las condiciones que predominaban antes. Antes que el gobierno interfiriera la leche y los huevos eran caros; después de la interferencia del gobierno, comenzaron a desaparecer del mercado. El gobierno consideraba estos bienes tan importantes que se decidió a intervenir; deseaba incrementar la cantidad y mejorar la provisión. El resultado fue totalmente opuesto: la aislada intervención provocó una situación que – desde el punto de vista del gobierno – es aún más indeseable que la situación previa que el gobierno deseaba modificar. Así que el gobierno vaya más y más allá, finalmente llegará a un punto en el cual todos los precios, todos los salarios, todas las tasas de interés, en pocas palabras todas las cosas en el sistema económico total, son fijadas por el gobierno. Y esto, claramente, es socialismo.

Lo que he dicho aquí, esta esquemática y teórica explicación, es precisamente lo que ocurrió en aquellos países que trataron de hacer respetar un control de precios máximos, donde los gobiernos fueron tan testarudos como para ir paso a paso hasta llegar al final.

Esto sucedió durante la Primera Guerra Mundial en Alemania e Inglaterra.

Analicemos la situación en ambos países. Ambos países experimentaron inflación. Los precios subieron, t los dos gobiernos impusieron controles de precios. Empezando con unos pocos precios, comenzando solamente con leche y huevos, tuvieron que seguir más y más allá. Cuanto más se alargaba la guerra, más inflación se generaba. Y después de tres años de guerra, los alemanes – en forma sistemática, como siempre – elaboraron un gran plan. Lo denominaron el Plan Hindenburg: a cualquier cosa en Alemania, considerada buena por el gobierno de ese momento, se le daba el nombre de Hindenburg.

El Plan Hindenburg significaba que todo el sistema económico alemán sería controlado por el gobierno: precios, salarios, utilidades….. todo. Y la burocracia inmediatamente comenzó a poner esto en funcionamiento. Pero antes que hubieran terminado, vino el descalabro: El Imperio Alemán se vino abajo, el aparato burocrático completo desapareció, la revolución trajo consecuencias sangrientas – todo se terminó.

En Inglaterra comenzaron de igual manera, pero después de un tiempo, en la primavera de 1917, los EEUU entraron en la guerra y suministraron a los Británicos suficientes cantidades de todo. Y por lo tanto el camino al socialismo, el camino de servidumbre, fue interrumpido.

Antes que Hitler llegara al poder, el Canciller Brüning nuevamente introdujo los controles de precios en Alemania por las razones habituales. Hitler los impuso, aún antes que la guerra comenzara. Por que en la Alemania de Hitler no había ninguna empresa privada o iniciativa privada. En la Alemania de Hitler existía un sistema de socialismo que difería del sistema de Rusia solamente en que todavía se mantenían la terminología y las etiquetas de un sistema de libertad económica. Existían todavía ‘empresas privadas’, tal como se las denominaba. Pero el propietario no era más un empresario, al propietario se le denominaba ‘gerente de negocio’ (Betriebsführer) Toda Alemania estaba organizada como una jerarquía de führers; estaba el Supremo Führer, Hitler desde ya, y había führers hacia abajo hasta las muchas jerarquías de pequeños führers. Y la cabeza de una empresa era el Betriebsführer. Y los trabajadores de una empresa eran designados por una palabra que, en la Edad Media, se usaba para designar la comitiva de un señor feudal: Gefolgschaft. Y toda esta gente debía obedecer las órdenes emitidas por una entidad que tenía un nombre terriblemente largo: Reichsführerwirtschaftsministerium 6 a cuya cabeza estaba el bien conocido gordo, llamado Goering, adornado con joyas y medallas.

Y de este cuerpo de ministros con el largo nombre venían todas las órdenes para cada empresa: qué producir, en qué cantidad, dónde obtener las materias primas, cuánto pagar por ellas, a quién vender los productos y a qué precios debían ser vendidos. Los trabajadores recibían órdenes de trabajar en una determinada fábrica y recibían los sueldos que el gobierno decretaba. Todo el sistema económico era ahora regulado en cada detalle por el gobierno.

El Betriebsführer no tenía derecho a quedarse con las ganancias; recibía lo que ascendía a un salario, y si deseaba obtener más debía, por ejemplo, decir: ‘Estoy muy enfermo, necesito una operación inmediatamente, y la operación costará 500 Marcos’ Entonces debía pedir al Führer del distrito (el Gauführer o Gauleiter) si tenía derecho a retirar más que el salario que se le daba. Los precios no eran más precios, los salarios no eran más salarios, todos eran términos cuantitativos en un sistema de socialismo.

Permítanme ahora decirles cómo este sistema se destrozó. Un día, después de años de guerrear, los ejércitos extranjeros llegaron a Alemania. Trataron de preservar este sistema económico dirigido por el gobierno, pero habría sido necesaria la brutalidad de Hitler para preservarlo, y sin ella no funcionaba.

Y mientras esto ocurría en Alemania, Gran Bretaña – durante la Segunda Guerra Mundial – hizo precisamente lo mismo que había hecho Alemania. Comenzando con el control de precios de solamente algunos productos, el gobierno Británico empezó paso a paso (de la misma manera en que Hitler lo había hecho durante el tiempo de paz, aún antes del comienzo de la guerra) a controlar más y más de la economía hasta que, en el momento en que la guerra terminó, habían llegado a algo que era casi puro socialismo.

Gran Bretaña no fue llevada al socialismo por el gobierno Laborista establecido en 1945.

Gran Bretaña se convirtió en socialista durante la guerra, por medio del gobierno del cual Sir Winston Churchill era el primer ministro. El gobierno Laborista solamente retuvo el sistema de socialismo que el gobierno de Sir Winston Churchill ya había introducido. Y esto, a pesar de la gran resistencia de la gente.

Las nacionalizaciones en Gran Bretaña no significaron mucho; la nacionalización del Banco de Inglaterra fue meramente nominal ya que el Banco se encontraba ya bajo el total control del gobierno. Y fue lo mismo con la nacionalización de los ferrocarriles de la industria del acero. El ‘socialismo de guerra’, como fue llamado – significando el sistema de intervencionismo que procedía paso a paso – ya había virtualmente nacionalizado el sistema.

La diferencia entre los sistemas de Alemania y de Gran Bretaña no era importante ya que la gente que los operaba había sido designada por el gobierno y en ambos casos debían obedecer las órdenes del gobierno en todos los aspectos. Como he dicho antes, el sistema de los nazis alemanes retuvieron las etiquetas y la terminología de una economía capitalista de libre mercado. Pero significaban algo bastante diferente: ahora eran solamente decretos del gobierno.

Esto era también cierto para el sistema Británico. Cuando el Partido Conservador retornó al poder en Gran Bretaña, algunos de dichos controles fueron eliminados. Tenemos ahora en Gran Bretaña intentos de un lado para retener esos controles, y del otro lado para abolirlos (No debe olvidarse que, en Inglaterra, las condiciones eran muy diferentes de las condiciones en Rusia) Lo mismo es cierto para otros países que dependen de la importación de alimentos y materias primas y por lo tanto deben exportar productos manufacturados. Para países que dependen marcadamente del comercio de exportación, un sistema de control gubernamental simplemente no funciona.

Así, en tanto exista un resto de libertad económica (y hay todavía una substancial libertad económica en algunos países, tal como Noruega, Inglaterra, Suecia), existe por la necesidad de mantener el comercio de exportación. Antes, elegí el ejemplo de la leche, no porque tenga una especial preferencia por ese alimento sino porque prácticamente todos los gobiernos – o un buen número de ellos – en las décadas recientes han regulado el precio de la leche, de los huevos o de la manteca.

Deseo referirme, en pocas palabras, a otro ejemplo que es el control de los alquileres. Si el gobierno controla los alquileres, una de las consecuencias es que la gente que, de otra forma, se hubiera mudado de departamentos más grandes a departamentos más pequeños cuando hubieran cambiado las condiciones familiares, ahora no lo hará. Por ejemplo, padres cuyos hijos dejaron el hogar cuando llegaron a los veinte y tantos años, porque se casaron o fueron a vivir a otra ciudad por trabajo. Dichos padres solían cambiar su departamento y tomar otra más pequeño o más barato. Esta necesidad desapareció cuando se impusieron controles a los alquileres.

En Viena, Austria, a principios de los años veinte, cuando el control de alquileres era muy firme, el monto de dinero que un propietario recibía como renta por un departamento promedio, equivalía a dos boletos de tranvía. Pueden imaginar que la gente no tenía incentivo alguno en cambiar sus departamentos. Y, por otra parte, no había construcción de casas nuevas. Condiciones similares prevalecían en los EEUU después de la Segunda Guerra Mundial y continúan en muchas ciudades aún hoy en día.

Una de las razones por la cual muchas ciudades en los EEUU están en tan graves dificultades financieras es que tienen control de alquileres y, como consecuencia, una escasez de viviendas. Así que el gobierno ha gastado billones en la construcción de nuevas casas. Pero, ¿por qué hay tal escasez de viviendas? La escasez de viviendas se desarrolló por las mismas razones que produjeron la escasez de leche cuando la misma tuvo controles de precio. Esto significa: cuando el gobierno interfiere en el mercado es más y más llevado hacia el socialismo.

Y esta es la respuesta a aquella gente que dice: ‘No somos socialistas, no queremos que el gobierno controle todo. Pero ¿por qué no debería el gobierno interferir un poquito en el mercado? ¿Por qué no debería el gobierno eliminar algunas cosas que nos gustan? Esta gente habla de la política de ‘mitad del camino’ Lo que no ven es que una interferencia aislada, que significa la interferencia con solamente una pequeña parte del sistema económico, provoca una situación que el propio gobierno – y la gente que pide una intervención gubernamental – se dan cuenta que es peor que las condiciones que deseaban abolir. La gente que pide por un control de los alquileres se enfurecen cuando se dan cuenta que hay escasez de departamentos, escasez de viviendas. Pero esta escasez de viviendas fue creada precisamente por la interferencia del gobierno, por la imposición de alquileres debajo del nivel que la gente debería haber pagado en un mercado libre.

La idea que existe un tercer sistema – entre el socialismo y el capitalismo – como sus sostenedores dicen, un sistema tan alejado del socialismo como lo está del capitalismo pero que retiene las ventajas y evita las desventajas de cada uno, es puro disparate. La gente que cree en tan mítico sistema puede convertirse en realmente poética cuando elogian la gloria del intervencionismo. Se puede decir, solamente, que están equivocados.

La interferencia del gobierno, que ellos elogian, provoca condiciones que a ellos mismos les disgustan. Uno de los problemas que trataré más adelante es el proteccionismo. El gobierno trata de aislar el mercado doméstico respecto al mercado mundial. Impone tarifas que elevan el precio doméstico de un producto por sobre el precio en el mercado mundial, haciendo posible a los productores domésticos formar cárteles. Los cárteles entonces son atacados por el gobierno declarando: ‘Bajo estas condiciones, es necesaria una legislación anti – cártel’ Esta es precisamente la situación con la mayoría de los gobiernos europeos. En los EEUU, hay además otras razones para la legislación anti – trust y la campaña del gobierno contra el fantasma del monopolio Es absurdo ver al gobierno – que crea por su propia intervención las condiciones que hacen posible la emergencia de cárteles domésticos – señalar con el dedo a las empresas, diciendo: ‘Hay cárteles, por lo tanto la interferencia del gobierno en los negocios es necesaria’. Sería mucho más simple evitar los cárteles terminando la interferencia del gobierno en el mercado – una interferencia que hace posibles estos cárteles.

La idea de la interferencia del gobierno como una ‘solución’ a los problemas económicos lleva, en cada país, a condiciones que, por lo menos, son bastante insatisfactorias y, a menudo, caóticas. Si el gobierno no se detiene a tiempo, fomentará el socialismo.

Sin embargo, la interferencia del gobierno en los negocios es todavía muy popular. Tan pronto como a alguien no le gusta algo que sucede en el mundo, dice: ‘El gobierno debería hacer algo al respecto. ¿Para qué tenemos un gobierno? El gobierno debería hacerlo.’ Y este es un resabio de pensamiento característico de épocas pasadas, de épocas que precedían a la libertad moderna, al moderno gobierno constitucional, antes del gobierno representativo o del republicanismo moderno.

Por siglos existió la doctrina – sostenida y aceptada por todos – que un rey, un rey ungido – era el mensajero de Dios; tenía más sabiduría que sus súbditos; y tenía poderes sobrenaturales. Tan recientemente como a principios del Siglo XIX, la gente que sufría de ciertas enfermedades esperaba ser curada por el toque real, por la mano del rey. Los doctores eran generalmente mejores; sin embargo, hacían que sus pacientes se trataran con el rey.

Esta doctrina de la superioridad del gobierno paternal, de los poderes sobrenaturales y sobrehumanos de los reyes hereditarios, ha desaparecido gradualmente – o por lo menos eso creíamos. Pero apareció nuevamente. Hubo un profesor alemán llamado Werner Sombart (lo conocí muy bien), que era conocido en todo el mundo; era doctor honorario de muchas universidades y miembro honorario de la American Economic Association. Ese profesor escribió un libro que se encuentra disponible en una traducción al inglés, publicada por la Princeton University Press; también existe una traducción al francés, y probablemente exista una versión en español. Y espero que exista porque deseo que verifiquen lo que estoy diciendo. En este libro – publicado en nuestro siglo y no en la Edad Media – Werner Sombart, profesor de Economía, simplemente dice: ‘ El Führer, nuestro Führer,’ – desde ya se refiere a Hitler – ‘recibe sus órdenes directamente de Dios, el Führer del Universo’ Antes ya mencioné esta jerarquía de Führers, y en esta jerarquía mencioné a Hitler como el ‘Supremo Führer’… Pero existe, de acuerdo con Werner Sombart, un más alto Führer: Dios, el Führer del Universo. Y Dios, escribió, le da Sus órdenes directamente a Hitler.

Desde ya, el Profesor Sombart dijo, bastante modestamente; ‘No sabemos cómo Dios se comunica con el Führer. Pero el hecho no puede negarse’ Ahora, si oyen que dicho libro puede ser publicado en idioma alemán, el idioma de una nación que una vez fue aclamada como ‘la nación de los filósofos y de los poetas’, y ven que puede ser traducido al inglés y al francés, no podrán asombrarse del hecho que un pequeño burócrata se considere a sí mismo mejor y más inteligente que los ciudadanos y desee interferir en todo, aunque sea solamente un pobre minúsculo burócrata, y no el famoso Profesor Werner Sombart, miembro honorario de lo que sea.

¿Existe un remedio contra estas cosas? Yo diría que sí, que hay un remedio. Y este remedio es el poder los ciudadanos; tienen que impedir que se establezca un régimen tan autocrático que se arroga una mayor sabiduría que la del ciudadano común. Esta es la diferencia fundamental entre la libertad y la servidumbre.

Las naciones socialistas han usurpado para sí mismas el término democracia. Los rusos llaman a su sistema Democracia Popular, probablemente sostienen que la gente está representada en la persona del dictador. Creo que a un dictador, Juan Perón aquí en la Argentina, se le dio una buena respuesta cuando se lo forzó al exilio en 1955. Esperemos que otros dictadores, en otras naciones, se les dé una respuesta similar.

 

6 Führer del Ministerio de Economía del Reich, esto es del Imperio

 

 

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Seis conferencias dictadas por el Profesor Ludwig von Mises en Buenos Aires, Argentina, en 1959 – Socialismo

Estamos presentando el ciclo de 6 conferencias dictadas por el Profesor Ludwig von Mises en 1959 en Buenos Aires, Argentina. La segunda conferencia:

Socialismo

Estoy aquí en Buenos Aires como invitado del Centro de Difusión de la Economía Libre 3 ¿Qué es la Economía Libre? 4 ¿Qué significa este sistema de libertad económica? La respuesta es simple: es la economía de mercado. Es el sistema en el cual la cooperación de los individuos en la división del trabajo en la sociedad es obtenida por el mercado. Este mercado no es un lugar; es un proceso, es la manera en la cual, comprando y vendiendo, produciendo y consumiendo, los individuos contribuyen al funcionamiento de la sociedad.

Cuando nos ocupamos de este sistema de organización económica – la economía de mercado – empleamos el término ‘libertad económica’. Muy a menudo, la gente malinterpreta lo que significa, creyendo que la libertad económica es algo que está muy separada de las otras libertades, y que estas otras libertades – que consideran son más importantes – pueden ser preservadas aún en ausencia de la libertad económica. El significado de la libertad económica es que el individuo esté en posición de elegir la manera en la cual desea integrarse en la totalidad de la sociedad. El individuo puede elegir su carrera, es libre de hacer lo que desea hacer.

Esto desde ya no significa, algún sentido de los que mucha gente adjunta a la palabra libertad en la actualidad; se la interpreta en el sentido que, a través de la libertad económica, el hombre es liberado de las condiciones naturales. En la naturaleza no hay nada que pueda ser identificado como libertad, existe solamente la regularidad de las leyes de la naturaleza que el hombre debe obedecer si desea alcanzar algo.

Usando el término libertad aplicado a los seres humanos, pensamos solamente en la libertad dentro de la sociedad. Sin embargo, en la actualidad, las libertades sociales son consideradas por mucha gente como independientes una de otra. Aquellos que hoy se llaman a sí mismos ‘liberales’ están reclamando políticas que son precisamente lo opuesto a aquellas políticas por las que los liberales del Siglo XIX abogaban en sus programas liberales. Los así llamados ‘liberales’ de hoy tienen la muy popular idea que la libertad de expresión, de pensamiento, de prensa, la libertad religiosa, la libertad para no estar prisionero sin juicio previo – que todas estas libertades pueden ser preservadas en ausencia de lo que se llama libertad económica. No se dan cuenta que en un sistema donde no existe el mercado, donde el gobierno dirige y ordena todo, todas las otras libertades son ilusorias, aún cuando hayan sido definidas por las leyes y se encuentren escritas en las constituciones.

Tomemos una libertad, la libertad de prensa. Si el gobierno es propietario de todas las imprentas, el gobierno determinará lo que debe imprimirse y lo que no debe imprimirse. Y si el gobierno es propietario de todas las imprentas y determina lo que puede y lo que no puede ser impreso, entonces la posibilidad de imprimir cualquier tipo de argumentos opuestos, es decir contrarios a las ideas del gobierno, se convierte prácticamente en inexistente. La libertad de prensa desaparece. Y lo mismo ocurre con todas las otras libertades.

En una economía de mercado, el individuo tiene la libertad de elegir cualquier carrera que desee seguir, elegir su propia forma de integrarse a la sociedad. Pero en un sistema socialista, esto no es así: su carrera es decidida por un decreto del gobierno. El gobierno puede ordenar a la gente que no le agrada, a la gente que no desea que viva en ciertas regiones, mudarse a otras regiones o a otros lugares. Y el gobierno siempre puede justificar y explicar dicho procedimiento declarando que los planes gubernamentales requieren la presencia de este eminente ciudadano a cinco mil millas del lugar en el cual no es agradable a los que están en el poder.

Es verdad que la libertad que un hombre puede tener en una economía de mercado, no es una libertad perfecta desde un punto de vista metafísico. Pero no existe tal cosa como la libertad perfecta. La libertad significa algo solamente dentro del marco de la sociedad. Los autores sobre la ‘ley natural’, del Siglo XVIII, – sobre todo Jean Jacques Rousseau – creían que alguna vez, en el remoto pasado, los hombres habían disfrutado de algo llamado libertad ‘natural’. Pero en ese tiempo remoto, los individuos no eran libres, estaban a la merced de cualquiera que fuera más fuerte que ellos. Las famosas palabras de Rousseau ‘El hombre nace libre pero en todos los lugares está encadenado’ pueden sonar muy lindas, pero el hombre – de hecho – no nace libre. Cuando nace el hombre es un lactante muy débil. Sin la protección de sus padres, sin la protección que la sociedad les da a sus padres, no podría preservar su vida.

La libertad en sociedad significa que un hombre depende tanto de la otra gente, como la otra gente depende de él. La sociedad bajo la economía de mercado, bajo las condiciones de ‘economía libre5 significa un estado de los asuntos sociales en los cuales cada uno sirve a sus conciudadanos y, en devolución, es servido por ellos. La gente cree que en la economía de mercado hay patrones que son independientes de la buena voluntad y el respaldo de otra gente. Creen que los capitanes de la industria, los empresarios son los patrones del sistema económico. Pero esto es una ilusión. Los verdaderos patrones en el sistema económico son los consumidores. Y si los consumidores dejan de ser clientes de una rama de negocios, estos empresarios son, ya sea forzados a abandonar su posición eminente en el sistema económico y ajustar sus acciones a los deseos y a las órdenes de los consumidores. Una de las más conocidas propagandistas del comunismo fue Lady Passfield, bajo su nombre de soltera Beatrice Potter, y bien conocida también a través de su esposo Sydney Webb. Esta dama era la hija de un rico empresario y, cuando era todavía una mujer joven, trabajó como secretaria de su padre. Escribe en sus memorias: ‘En el negocio de mi padre todos debían obedecer la órdenes que daba mi padre, el patrón. Sólo él podía dar órdenes, pero a él nadie podía darle orden alguna’ Esto era una visión muy corta de miras. Ordenes realmente eran realmente dadas a su padre por los consumidores, por los compradores. Lamentablemente, ella no podía ver estas órdenes, no podía ver lo que sucedía en una economía de mercado, porque estaba interesada solamente en las órdenes dadas en la oficina o en la fábrica de su padre.

En todos los problemas económicos, debemos tener in mente las palabras del gran economista francés Frédéric Bastiat quien tituló uno de sus brillantes ensayos: ‘Ce qu’on voit et ce qu’on ne voit pas’ (‘Lo que se ve y lo que no se ve’) Para comprender el funcionamiento de un sistema económico, no sólo debemos ocuparnos de las cosas que se pueden ver, pero también debemos prestar atención a las cosas que no pueden percibirse directamente. Por ejemplo, una orden dada por el patrón a un cadete de la oficina, puede ser oída por todos los que estén en la habitación. Lo que no puede oírse son las órdenes dadas al patrón por sus clientes. El hecho es que, bajo el sistema capitalista, los supremos patrones son los consumidores. El soberano no es el estado, es la gente. Y la prueba que el pueblo es el soberano es el hecho que tiene el derecho de ser estúpido. Este es un privilegio del soberano. Tiene el derecho a cometer errores, nadie puede impedir que los cometa, pero – desde luego – tiene que pagar por sus errores. Si decimos que el consumidor es supremo o que el consumidor es soberano, no decimos que el consumidor esté libre de fallas, que el consumidor sea un hombre que siempre sabe lo que es mejor para él. Los consumidores muy a menudo compran cosas o consumen cosas que no deberían compra o que no deberían consumir.

Pero la noción que una forma capitalista de gobierno pueda impedir que la gente se perjudique a sí misma, a través del control de su consumo, es falsa. La idea de un gobierno como una autoridad paternal, como un guardián para todos, es la idea de aquellos que favorecen el socialismo. En los EEUU, hace algunos años atrás, el gobierno intentó lo que fue llamado un ‘noble experimento’- Este noble experimento consistió en una disposición legal convirtiendo en ilegal comprar o vender bebidas alcohólicas. Es totalmente cierto que mucha gente bebe demasiado brandy y whiskey, y que pueden perjudicarse a sí mismos haciendo eso. Algunas autoridades en los EEUU se oponen al fumar. Es cierto que hay mucha gente que fuma demasiado y que fuma a pesar del hecho que sería mejor para ellos no hacerlo. Esto plantea el tema que va más allá de la discusión económica: muestra lo que la libertad significa realmente.

Concedido, es bueno impedir que la gente se perjudique a sí misma bebiendo o fumando demasiado. Pero una vez que Uds. hayan admitido esto, otra gente dirá: ¿Es el cuerpo lo único importante? ¿No es la mente del hombre mucho más importante? ¿No es la mente del hombre el verdadero atributo del hombre, la real calidad humana? Si se le otorga al gobierno el derecho a determinar el consumo del cuerpo humano, determinar si uno debiera fumar o no fumar, beber o no beber, no hay buenas respuestas que pueda dar a la gente que diga: ‘Más importante que el cuerpo es la mente y el alma, y el hombre se perjudica mucho más leyendo malos libros, escuchando fea música y mirando malas películas. Por lo tanto es el deber del gobierno impedir a la gente cometer estas faltas’.

Como saben, por muchos cientos de años los gobiernos y las autoridades creyeron que este era realmente su deber. Y esto no pasó solamente en las épocas remotas; no hace mucho tiempo hubo un gobierno en Alemania que consideraba un deber gubernamental distinguir entre las buenas y las malas pinturas, lo cual – desde ya – significaba bueno y malo desde el punto de vista de un hombre que, en su juventud, había fracasado en el examen de ingreso a la Academia de Arte, de Viena; bueno y malo desde el punto de vista de un dibujante de tarjetas postales, Adolf Hitler. Y se volvió ilegal que la gente emitiera otra opinión sobre arte y pintura que la de él, el Supremo Führer.

Una vez que comience a admitir que es un derecho del gobierno controlar su consumo de alcohol, ¿qué puede responder a aquellos que digan que el control de los libros y de las ideas es mucho más importante? La libertad significa la libertad de cometer errores. Esto es lo que tenemos que comprender. Podemos ser muy críticos con respecto a la manera en que nuestros conciudadanos gastan su dinero y viven sus vidas. Podemos estar convencidos que lo que están haciendo es totalmente insensato y malo pero, en una sociedad libre, hay muchas maneras para que la gente manifieste sus opiniones sobre cómo sus conciudadanos deberían cambiar su forma de vida. Pueden escribir libros; pueden escribir artículos; pueden hacer discursos; pueden hasta incluso predicar en las esquinas si así lo desean – y así lo hacen en muchos países. Pero no deben tratar hacer de policía con otra gente, para impedirles que hagan ciertas cosas, simplemente porque no desean que esta otra gente tenga la libertad de hacerlo.

Esta es la diferencia entre la esclavitud y la libertad. El esclavo debe hacer lo que su superior le ordena que deba hacer, pero el ciudadano libre – y esto es lo que la libertad significa – está en posición de elegir su propia forma de vida. Desde ya, en este sistema capitalista puede haber abusos – y en efecto los hay – que cometan ciertas personas. Es ciertamente posible hacer cosas que no deberían ser hechas. Pero si estas cosas reciben la aprobación de una mayoría de la gente, el que desapruebe siempre tiene una manera de intentar cambiar la mentalidad de sus conciudadanos. Puede tratar de persuadirlos, de convencerlos, pero no puede tratar de forzarlos usando su poder, el poder de la policía del gobierno.

En la economía de mercado, todos sirven a sus conciudadanos sirviéndose a sí mismos.

Esto es lo que tenían in mente los autores liberales del Siglo XVIII cuando hablaban sobre la armonía de los intereses, correctamente entendidos, de todos los grupos y de todos los individuos que componían la población. Y era esta doctrina de la armonía de los intereses a la que se oponían los socialistas. Hablaban de un ‘irreconciliable conflicto de intereses’ entre los diferentes grupos. ¿Qué significa esto? Cuando Karl Marx – en el primer capítulo de Manifiesto Comunista, ese pequeño panfleto que inauguró su movimiento socialista – aseguraba que existía irreconciliable conflicto de intereses, no pido ilustrar su tesis con ejemplo alguno, excepto los extraídos de las condiciones de la sociedad precapitalista. En las épocas precapitalistas, la sociedad estaba dividida en grupos de condición hereditaria, lo que en la India se denomina ‘castas’. En una sociedad dividida en grupos hereditarios, un hombre – por ejemplo – no nacía como francés, nacía como miembro de la aristocracia francesa, o de la burguesía francesa o del campesinado francés. En la mayor parte de la Edad Media, era simplemente un siervo. La servidumbre, en Francia, no desapareció totalmente hasta después de la Revolución Americana- En otras partes de Europa despareció aún más tarde.

Pero la peor forma en la que existía la servidumbre – y que continuó existiendo aún después de la abolición de la esclavitud – era en las colonias británicas. El individuo heredaba su ‘status’ de sus padres y lo retenía a lo largo de su vida. Lo transfería a sus hijos. Cada grupo tenía privilegios y desventajas. Los grupos más altos tenían solamente privilegios, los grupos más bajos solamente desventajas. Y no había hombre que pudiera deshacerse de las desventajas legales que le imponía su ‘status’ sino con una pelea política contra las otras clases. Bajo dichas condiciones, se podría decir que existía un ‘irreconciliable conflicto de intereses entre los propietarios de los esclavos y los mismos esclavos’, porque lo que los esclavos deseaban era liberarse de su esclavitud, de su calidad de esclavos. Esto representaba, sin embargo, una pérdida para los propietarios.

Por lo tanto, no hay duda alguna, que había este irreconciliable conflicto de intereses entre los miembros de las diferentes clases.

Uno debe recordar que en esos tiempos – en los cuales las sociedades de ‘status’ predominaban en Europa y en las colonias que los europeos fundaron más tarde en América – la gente no se consideraba relacionada de manera alguna en especial con las otras clases de su propia nación, se sentían mucho más identificados con los miembros de su propia clase de otros países. Un aristócrata francés no consideraba a los franceses de clases más bajas como sus conciudadanos; era la ‘chusma’, la plebe, que no le agradaba.

Consideraba solamente a los aristócratas de otros países – los de Italia, Inglaterra y Alemania, por ejemplo – como sus iguales. El más notable efecto de este estado de cosas era el hecho que los aristócratas de toda Europa usaban el mismo idioma. Y este idioma era el francés, una lengua que no era comprendida, afuera de Francia, por otros grupos de la población. Las clases medias – la burguesía – tenían su propia lengua, en tanto que las clases más bajas – el campesinado usaba dialectos locales que muy a menudo no eran comprendidos por otros grupos de la población. Lo mismo era cierto con respecto a la manera en que la gente se vestía. Cuando se viajaba en 1750 de un país a otro, podía verse que las clases superiores, los aristócratas, generalmente vestían de la misma manera en toda Europa, y que las clases bajas vestían de manera diferente. Cuando se encontraba alguien en la calle, podía darse cuenta inmediatamente – por la manera en que vestía – a qué clase, a qué ‘status’ pertenecía.

Es difícil imaginar cuán diferentes eran estas condiciones comparadas con las condiciones actuales. Cuando vengo de los EEUU a la Argentina y veo un hombre en la calle, no puedo saber cuál es su ‘status’. Solamente puedo suponer que es un ciudadano de la Argentina y que no es un miembro de algún grupo legalmente restringido. Esta es una cosa causada por el capitalismo. Desde ya, hay diferencias dentro del capitalismo. Hay diferencias en las riquezas, diferencias que los marxistas equivocadamente consideran equivalentes a las antiguas diferencias que existían entre los hombres en la sociedad de ‘status’.

Las diferencias dentro de una sociedad capitalista no son las mismas que existen en una sociedad socialista. En la Edad Media – y aún mucho más tarde en muchos países – una familia podía ser una familia aristocrática y poseer una gran riqueza, podía ser una familia de duques por centenares y centenares de años, cualquiera fueren sus calidades, sus talentos, su carácter o su moral. Pero, bajo las modernas condiciones capitalistas, existe lo que ha sido técnicamente descrito por los sociólogos como ‘movilidad social’. El principio básico del funcionamiento de esta movilidad social, de acuerdo con el sociólogo y economista italiano Vilfredo Pareto, es ‘la circulation des élites’ (la circulación de las elites) Esto significa que siempre hay gente que está al tope de la escala social, que son ricos, que son políticamente importantes, pero esta gente – estas elites – están cambiando continuamente.

Esto es completamente cierto en una sociedad capitalista. Y no era cierto para una sociedad de ‘status’, precapitalista. Las familias que eran consideradas las grandes familias aristocráticas de Europa, hoy todavía son las mismas familias o, digamos, son los descendientes de las familias que eran las más destacadas en Europa, 800 o 1000 años atrás. Los Capetos de Borbón – quienes por largo tiempo gobernaron aquí en la Argentina – eran una casa real ya en el Siglo X. Estos reyes gobernaron el territorio que es hoy conocido como Ile-de-France, extendiendo su reinado de generación en generación. Pero en una sociedad capitalista existe una permanente movilidad: pobres que se convierten en ricos y los descendientes de esa gente rica que pierden su riqueza y se convierten en pobres. Hoy vi, en una librería en una calle céntrica de Buenos Aires, una biografía de un hombre de negocios que fue tan eminente, tan importante, tan característico de los grandes negocios en el Siglo XIX en Europa, que aún en este país, tan lejos de Europa, la librería tenía copias de su biografía. Por coincidencia conozco al nieto de este hombre.

Tiene el mismo nombre que tenía su abuelo y todavía tiene el derecho a utilizar el título de nobleza que su abuelo – quien había comenzado como un herrero – había recibido ochenta años atrás. Hoy su nieto es un pobre fotógrafo en la ciudad de Nueva York.

Otra gente, que eran pobres en el momento en que el abuelo de este fotógrafo se convertía en uno de los más grandes empresarios industriales de Europa, son hoy capitanes de la industria. Cada uno tiene la libertad de cambiar su ‘status’. Esta es la diferencia entre el sistema de ‘status’ y el sistema capitalista de libertad económica, en el cual cada uno puede echarse la culpa sólo a sí mismo si no alcanza la posición a la que desea llegar.

El más famoso empresario industrial del Siglo XX, hasta ahora, es Henry Ford. Comenzó con unos pocos centenares de dólares que había tomado en préstamo de sus amigos, y en muy corto tiempo desarrolló una de las más importantes grandes empresas de negocio del mundo. Y pueden descubrirse cientos de estos casos todos los días.

Cotidianamente, el New York Times publica largos avisos de gente que ha muerto. Si se leen estas biografías, se puede encontrar el nombre de un eminente hombre de negocios que empezó vendiendo diarios en las esquinas de Nueva York. O empezó como un cadete de oficina, y en el momento de su muerte era el presidente de la misma empresa bancaria en la que comenzó en el nivel más bajo de la escala. Desde luego, no todas las personas pueden alcanzar estas posiciones. No toda la gente desea alcanzarlas. Hay gente que está más interesada en otros problemas y, para esta gente, se abren hoy otros caminos que no estaban abiertos en los días de la sociedad feudal, en los tiempos de la sociedad de ‘status’ El sistema socialista, sin embargo, prohíbe esta fundamental libertad de uno de elegir su propia carrera. Bajo las condiciones socialistas, hay una sola autoridad económica que tiene el derecho de determinar todos los asuntos concernientes a la producción. Una de las características salientes de nuestra época es que la gente usa muchos nombres para la misma cosa. Un sinónimo para socialismo y comunismo es ‘planificación’. Si la gente habla de ‘planificación’ quieren significar, desde luego, planificación centralizada, lo cual significa un plan hecho por el gobierno, un plan que impide la planificación hecha por alguien que no sea el gobierno.

Una Dama británica, que también es un miembro de la Cámara Alta, escribió un libro titulado Plan OR No Plan (Plan o ningún Plan), un libro que fue muy popular en el mundo.

¿Qué significa el título del libro? Cuando ella dice ‘plan’, significa solamente el tipo de plan previsto por Lenin y Stalin y sus sucesores, el tipo de plan que maneja todas las actividades de toda la gente de una nación. Así, lo que esta Dama quiere significar es una planificación central que excluya todos los planes que los individuos puedan tener. Su título Plan o Ningún Plan es una ilusión, un engaño; la alternativa no es una planificación central o ningún plan, la alternativa es la planificación total de una autoridad del gobierno central o la libertad para que los individuos puedan hacer sus propios planes, hacer su propia planificación. El individuo planifica su vida, cada día, cambiando sus planes diarios a voluntad. El hombre libre planifica diariamente sus necesidades; dice, por ejemplo: ‘Ayer planeaba trabajar toda mi vida en Córdoba’. Ahora se entera de mejores condiciones en Buenos Aires y cambia sus planes diciendo: ‘En vez de trabajar en Córdoba, deseo ir a Buenos Aires’. Y eso es lo que significa la libertad. Puede ser que esté equivocado. Puede ser que ir a Buenos Aires resulte un error. Las condiciones para él podrían haber sido mejores en Córdoba, pero él mismo hizo sus propios planes.

Bajo la planificación gubernamental, él es como un soldado en un ejército. El soldado no tiene el derecho de elegir su guarnición, el lugar donde hará el servicio militar. Debe obedecer órdenes. Y el sistema socialista – como Karl Marx, Lenin y todos los líderes socialistas lo sabían y lo admitían – edra la transferencia de las normas militares a todo el sistema de producción. Marx hablaba de los ‘ejércitos industriales’ y Lenin preconizaba ‘la organización de todo – el correo, la fábrica y otras industrias – de acuerdo con el modelo del ejército’ Por consiguiente, en el sistema socialista todo depende de la sabiduría, del talento, de las dotes de aquella gente que forma la autoridad suprema. Aquello que el supremo dictador – o su comité – no conoce, no se toma en cuenta. Pero el conocimiento que la humanidad ha acumulado en su larga historia no es absorbido por todos y cada uno; hemos acumulado a lo largo de los siglos una tan grande cantidad de conocimiento científico y técnico, que es humanamente imposible para un individuo conocer todas estas cosas, aunque sea el hombre con las mejores dotes.

Y la gente es diferente, son desiguales. Siempre lo serán. Hay ciertas personas que están más dotadas en un asunto y menos en otro. Y hay gente que tiene el talento de encontrar nuevos caminos, de cambiar las tendencias del conocimiento. En las sociedades capitalistas, el progreso tecnológico y el progreso económico, han adelantado mucho a raíz de esa gente. Si un hombre tiene una idea, tratará de encontrar unas pocas personas suficientemente inteligentes para darse cuenta del valor de su idea. Algunos capitalistas, que se atreven a mirar el futuro, que se dan cuenta de las posibles consecuencias de la tal idea, comenzarán a ponerla a trabajar. Otra gente, al principio, puede decir: ‘Son unos tontos’; pero dejarán de decirlo cuando descubran que esta empresa, que ellos llamaban tonta. Comienza a florecer, y que la gente está contenta comprando sus productos.

Bajo el sistema marxista, por lo contrario, el supremo ente gubernamental primero debe convencerse del valor de tal idea antes que se pueda continuar y desarrollarla. Esto puede ser una cosa bastante difícil de realizar, ya que solamente el grupo en el más alto nivel – o solamente el supremo dictador – tienen el poder de tomar decisiones. Y si esta gente – debido a la pereza o a su avanzada edad o porque son poco brillantes o poco instruidos – no es capaz de captar la importancia de la nueva idea, entonces el nuevo proyecto no será llevado a cabo.

Podemos pensar en ejemplos de la historia militar. Napoleón era ciertamente un genio en asuntos militares; tenía un serio problema, sin embargo, y su incapacidad en resolver ese problema culminó, finalmente, en su derrota y en su exilio en la soledad de Santa Elena. El problema de Napoleón era; ‘¿Cómo conquistar Inglaterra?’. Para hacerlo, necesitaba una armada para cruzar el Canal Inglés, y había gente que le decía que existía una manera de efectuar ese cruce, gente que – en una época de navegación a vela – habían traído la idea de buques a vapor. Pero Napoleón no entendió esa propuesta.

También existió el Generalstab de Alemania, el famoso Estado Mayor General alemán.

Antes de la Primera Guerra Mundial estaba universalmente considerado como insuperable en sabiduría militar. Una reputación similar disfrutaba el Estado Mayor del General Foch en Francia. Pero ni los alemanes, ni los franceses – quienes más tarde derrotaron a los alemanes bajo el liderazgo del General Foch – entendieron la importancia de la aviación para objetivos militares. El Estado Mayor alemán opinó: ‘La aviación es solamente para el placer, el volar bueno para la gente ociosa. Desde un punto de vista militar, sólo los Zeppelín sin importantes’. Y el Estado Mayor francés tenía la misma opinión.

Más tarde, durante el período entre la Primera y la Segunda Guerra Mundial, hubo un general en los EEUU que estaba convencido que la aviación sería muy importante en la próxima guerra. Pero todos los otros expertos en los EEUU estaban en su contra. El general no pudo convencerlos. Si se debe convencer a un grupo de gente que no depende directamente de la solución de un problema, nunca se tendrá éxito. Esto es así también en los problemas no económicos.

Ha habido pintores, poetas, escritores, compositores que se quejaron que el público no reconoció su obra lo cual fue la causa principal que permanecieran pobres. El público, ciertamente, puede haber tenido una pobre manera de juzgar, pero cuando estos artistas dijeron: ‘El gobierno debe sostener a los grandes artistas, pintores y escritores’ estaban muy equivocados. ¿A quién debería el gobierno confiar la tarea de decidir si un recién llegado es un gran pintor o no? Debería confiar en el criterio de los críticos, y de los profesores de historia del arte que permanecen mirando el pasado y rara vez han mostrado el talento para descubrir nuevos genios. Esta es la gran diferencia entre un sistema de ‘planificación’ y un sistema en el que cada uno puede planificar y actuar por sí mismo.

Es cierto, desde ya, que grandes pintores y grandes escritores a menudo han tenido que soportar dificultades muy grandes. Pueden haber tenido éxito en su arte pero no siempre en conseguir dinero. Van Gogh, ciertamente, fue un gran pintor. Tuvo que atravesar dificultades insoportables y, finalmente, cuando tenía treinta y siete años, se suicidó.

Durante toda su vida vendió solamente una pintura cuyo comprador era su primo. Aparte de esta única venta, vivió del dinero de su hermano, que no era un artista ni un pintor. Pero el hermano de Van Gogh entendía las necesidades de un pintor. Hoy no se puede comprar un Van Gogh por menos de cien o doscientos mil dólares.

Bajo un sistema socialista, el destino de Van Gogh podría haber sido diferente. Algún funcionario oficial habría preguntado a algunos pintores bien conocidos (a quienes Van Gogh ni siquiera los hubiera considerado artistas) si este joven, medio o totalmente loco, era realmente un pintor digno de sostener. Y ellos, sin ninguna duda, habrían contestado: ‘No, no es un pintor, no es un artista, es solamente un hombre que desperdicia pintura’ y lo habrían enviado a una usina láctea o a un asilo de locos. Por lo tanto todo este entusiasmo a favor del socialismo por una creciente generación de pintores, poetas, músicos, periodistas, actores, está basado sobre una ilusión. Menciono esto porque estos grupos están entre los más fanáticos sostenedores de la idea socialista.

Cuando se llega al momento de elegir entre el socialismo y el capitalismo como sistema económico, el problema es algo diferente. Los autores del socialismo nunca sospecharon que la industria moderna, y que todas las operaciones del negocio moderno, están basados sobre el cálculo. Los ingenieros no son, de ninguna manera, los únicos que hacen planes sobre la base de cálculos; los empresarios también deben hacerlos. Y los cálculos de los empresarios están basados sobre el hecho que, en la economía de mercado, los precios de las cosas, expresados en dinero, informan no sólo al consumidor, sino que también proveen al empresario de información vital sobre los factores de producción, siendo la principal función del mercado no meramente determinar el costo de la última parte del proceso de producción y transferencia de los bienes a las manos del consumidor, sino también el costo de los pasos previos que llevan a esa última etapa. Todo el sistema de mercado está ligado por el hecho que existe una división del trabajo, mentalmente calculada, entre los varios empresarios que compiten unos con otros pujando por los factores de producción – las materias primas, las maquinarias, los instrumentos – y por el factor humano de la producción, la remuneración pagada por el trabajo. Esta especie de cálculo hecho por el empresario. No puede efectuarse en ausencia de los precios provistos por el mercado. En el mismo momento en que se decide abolir el mercado – que es lo que los socialistas querrían hacer – se convierten en inútiles todas las computaciones y todos los cálculos de los ingenieros y de los técnicos. Los tecnólogos pueden producir una gran cantidad de proyectos los cuales, desde el punto de vista de las ciencias naturales, son todos igualmente factibles, pero se requiere disponer de los cálculos del empresario, basados sobre el mercado, para determinar con claridad cuál de los proyectos es más ventajoso desde un punto de vista económico.

El problema que tratamos aquí es el tema fundamental del cálculo económico capitalista en oposición al socialismo. El hecho es que el cálculo económico, y como consecuencia toda la planificación tecnológica, es posible solamente si hay precios expresados en dinero, no sólo de los bienes de consumo, sino también de los factores de producción.

Esto significa que debe existir un mercado para materias primas, uno para bienes semi terminados, otro para herramientas y maquinarias Así como para todo tipo de trabajos y servicios brindados por las personas.

Cuando este hecho fue descubierto, los socialistas no sabían como responder. Por 150 años habían dicho: ‘Todos los males en el mundo provienen del hecho que hay mercados y precios de mercado. Deseamos abolir el mercado y con él, desde luego, la economía de mercado, y substituirla por un sistema sin precios y sin mercados’ Deseaban abolir lo que Marx llamaba ‘característica de commodity’ de los precios y del trabajo.

Cuando enfrentaron este nuevo problema, los autores socialistas, no teniendo respuesta alguna, finalmente dijeron: ‘No aboliremos el mercado totalmente, fingiremos que existe un mercado, jugaremos al mercado como los niños juegan a la escuela’. Pero todos saben que cuando los niños juegan a la escuela no aprenden nada. Es sólo un ejercicio, un juego, y se puede ‘jugar’ a muchas cosas.

Este es un problema muy difícil y complicado y para tratarlo en forma completa se necesita más tiempo que el que aquí disponemos. Lo he explicado en detalle en mis escritos. En seis conferencias no puedo entrar en el análisis de todos sus aspectos. Por lo tanto les aconsejo, si están interesados en el problema fundamental de la imposibilidad del cálculo y del planeamiento bajo el socialismo, que lean mi libro Human Action, que está disponible en una excelente traducción al español.

Pero lean otros libros, también, como el libro del economista noruego Trigve Hoff, quién escribió sobre cálculo económico. Y si no desean mirar desde un solo lado, recomiendo que lean el muy respetado libro socialista sobre este asunto por el eminente economista polaco Oskar Lange, que en algún momento fue profesor de una universidad en EEUU, luego fue embajador de Polonia y más tarde volvió a Polonia.

Probablemente me pregunten ‘¿Qué hay de Rusia? ¿Cómo manejan los rusos este asunto?’ Esto cambia el problema. Los rusos operan su sistema socialista dentro de un mundo en el cual existen precios para todos los factores de producción, para materias primas, para todo. Por lo tanto, ellos pueden emplear, para su planificación, los precios en el exterior, en el mercado mundial. Y dado que existen ciertas diferencias entre las condiciones en Rusia y las mismas en EEUU, el resultado es que muy a menudo los rusos consideran algo como justificado y aconsejable – desde su punto de vista económico – que los americanos no lo considerarían económicamente justificable en absoluto.

El ‘experimento soviético’, como fue denominado, no nos prueba nada. No nos dice nada sobre el problema fundamental del socialismo, el problema del cálculo económico. Pero, ¿podemos hablar de ello como un experimento? No creo que exista cosa alguna como un experimento científico en el campo de la acción humana y de la economía. No pueden realizarse experimentos de laboratorio en el campo de la acción humana porque un experimento científico requiere que se haga la misma cosa bajo condiciones diferentes, o que se mantengan las mismas condiciones cambiando solamente un factor. Por ejemplo, si se inyecta una medicación experimental en un animal canceroso, el resultado puede ser que el cáncer desaparezca. Puede probarse esto con varios animales del mismo tipo, que sufran el mismo tumor maligno. Si se trata a algunos con el nuevo método y no se trata al resto, entonces pueden compararse los resultados. Esto no puede hacerse en el campo de la acción humana. No existen experimentos de laboratorio en la acción humana.

El así llamado ‘experimento soviético’ simplemente muestra que el nivel de vida es incomparablemente más bajo en la Rusia Soviética que en el país que es considerado, por todo el mundo, como la muestra del capitalismo: los EEUU.

Desde ya, si se le dice esto a un socialista, él dirá: ‘Las cosas son maravillosas en Rusia’ Y se le contesta: ‘Puede que sean maravillosas, pero el nivel de vida es mucho más bajo’ Y él responderá: ‘Sí, pero recuerde lo terrible que era para los Rusos vivir bajo los zares y la terrible guerra que tuvimos que soportar’ No deseo entrar en una discusión sobre si ésta es o no es una explicación correcta, pero si se niega que las condiciones sean las mismas, se niega que fuera un experimento. Lo que se le debe decir (que quizás sea mucho más correcto): ‘El socialismo en Rusia no provocó un mejoramiento en las condiciones del hombre promedio que pueda ser comparado con el mejoramiento de las condiciones, durante el mismo período, en los EEUU’ En los EEUU se escucha sobre algo nuevo, sobre alguna mejora, casi cada semana. Estas son mejoras generadas por los negocios, porque miles y miles de empresarios intentan día y noche encontrar algún producto nuevo que satisfaga al consumidor, mejor o más barato de producir, ó mejor y más barato de producir que los productos existentes. No hacen esto por altruismo, lo hace porque quieren ganar dinero. Y el efecto es que se tiene una mejora del nivel de vida en los EEUU que es casi milagroso, cuando se compara con las condiciones que existían cincuenta o cien años atrás. Pero en la Rusia Soviética, donde no se tiene ese sistema, no existe una mejora comparable. Así que aquella gente que nos dice que debemos adoptar el sistema soviético, están terriblemente equivocados.

Hay algo más que debe mencionarse. El consumidor americano, el individuo es tanto un comprador como in patrón. Cuando se sale de una tienda en los EEUU, se puede encontrar un cartel que dice: ‘Gracias por su visita. Por favor, vuelva’. Pero cuando entra en una tienda en un país totalitario – sea en la Rusia de hoy o en la Alemania bajo el régimen de Hitler – el tendero dice: ‘Debe agradecer al gran líder por darle esto’ En los países socialistas, no es el vendedor quien debe mostrarse agradecido, sino el comprador. El ciudadano no es el patrón; el patrón es el Comité Central, la Oficina Central.

Estos comités y líderes y dictadores socialistas son supremos, y la gente simplemente tiene que obedecerles.

 

3 Luego denominado CENTRO DE ESTUDIOS SOBRE LA LIBERTAD

4 En español en el original (N. del T.)

5 En español en el original (N. del T.)

 

 

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Seis conferencias dictadas por el Profesor Ludwig von Mises en Buenos Aires, Argentina, en 1959 – Capitalismo

Estamos presentando el ciclo de 6 conferencias dictadas por el Profesor Ludwig von Mises en 1959 en Buenos Aires, Argentina. La primera conferencia:

CAPITALISMO

Los términos descriptivos que la gente utiliza son a menudo muy engañosos. Hablando de los modernos capitanes de industria y de los líderes de los grandes negocios, por ejemplo, llaman a una persona el ‘rey del chocolate’ o el ‘rey del algodón’ o el ‘rey del automóvil’. Su utilización de dicha terminología implica que no ven prácticamente diferencia alguna entre los modernos líderes de la industria y aquellos reyes, duques o señores feudales del pasado. Pero la diferencia, de hecho, es muy grande, ya que un ‘rey del chocolate’ no gobierna de manera alguna, sino que sirve. No reina sobre un territorio conquistado, independiente del mercado, independiente de sus clientes. El ‘rey del chocolate’ – o el ‘rey del acero’ o el ‘rey del automóvil’ o cualquier otro rey de la moderna industria – depende de la industria en la que opera y de los clientes a los cuales sirve. Este ‘rey’ debe mantenerse en buenos términos con sus ‘súbditos’, los consumidores; pierde su ‘reino’ tan pronto no pueda dar a sus clientes un mejor servicio, y proveerlo a un menor costo, que los otros con quienes debe competir.
Hace doscientos años, antes de la llegada del capitalismo, la posición social de un hombre estaba fijada desde el comienzo hasta el final de su vida; la heredaba de sus ancestros y nunca cambiaba. Si nacía pobre, siempre permanecía siendo pobre; y si nacía rico – un lord, un duque – mantenía su ducado y las propiedades correspondientes por el resto de su vida.
En lo que respecta a la manufactura, las primitivas industrias procesadoras de esos tiempos existían casi exclusivamente para beneficio de los ricos. La mayor parte de la gente (noventa por ciento o más de la población europea) trabajaba la tierra y no entraba en contacto con las industrias procesadoras, orientadas hacia las ciudades. Este rígido sistema de sociedad feudal prevaleció en la mayor parte de las áreas desarrolladas de Europa por muchos cientos de años.
Sin embargo, como la población rural se expandía, se desarrolló un exceso de gente en la tierra. Este exceso de población, sin herencia de tierras o establecimientos rurales, no tenía mucho para hacer, ni le era posible trabajar en las industrias procesadoras; los reyes en las ciudades le negaban el acceso a las mismas. La cantidad de estos ‘marginados’ continuaba creciendo y todavía nadie sabía qué hacer con ellos. Eran – en el total sentido de la palabra – ‘proletarios’, a quienes el gobierno atinaba solamente a ponerlos en un asilo o casa para pobres. En algunos lugares de Europa, especialmente en Holanda y en Inglaterra, llegaron a ser tan numerosos que – para el siglo XVIII – eran una real amenaza para la preservación del sistema social prevaleciente.
Hoy en día, analizando condiciones similares en lugares como India y otros países en desarrollo, no debemos olvidar que – en la Inglaterra del Siglo XVIII – las condiciones eran mucho peores. En ese tiempo Inglaterra tenía una población de seis o siete millones de personas, pero de esos seis o siete millones de personas, más de un millón, probablemente dos millones eran simplemente pobres marginados para los cuales no hacía provisión alguna el sistema social entonces prevaleciente. Qué hacer con estos marginados era uno de los grandes problemas de la Inglaterra del Siglo XVIII.
Otro gran problema era la falta de materias primas. Los Británicos, con mucha seriedad, se hacían a sí mismos esta pregunta: ¿Qué vamos a hacer en el futuro cuando nuestros bosques no nos provean más la madera que necesitamos para nuestras industrias y para calentar nuestros hogares? Para las clases dirigentes era una situación desesperante. Los hombres de estado no sabían qué hacer y la aristocracia no tenía idea alguna sobre como mejorar las condiciones.
De esta preocupante situación social emergieron los comienzos del capitalismo moderno.
Hubo algunas personas entre estos marginados, entre esta gente pobre, que trató de organizar a otros para instalar pequeños talleres que pudieran producir algo. Esto fue una innovación. Estos innovadores no producían cosas caras apropiadas solamente para las clases altas; producían cosas más baratas para cubrir las necesidades de todos. Y esto fue el origen del capitalismo tal como opera hoy. Fue el comienzo de la producción masiva, el principio fundamental de la industria capitalista. En tanto las antiguas industrias procesadoras que servían a la gente rica en las ciudades habían existido casi exclusivamente para cubrir la demanda de las clases altas, las nuevas industrias capitalistas comenzaron a producir cosas que pudieran ser compradas por la población en general. Era producción masiva para satisfacer las necesidades de las masas.
Este es el principio fundamental del capitalismo tal como existe hoy en todos aquellos países en los cuales existe un altamente desarrollado sistema de producción masiva. Las Grandes Empresas, el objetivo de los más fanáticos ataques de los así llamados izquierdistas, producen casi exclusivamente para satisfacer las necesidades de las masas.
Las empresas que producen artículos de lujo solamente para los ricos nunca alcanzan la magnitud de las grandes empresas. Y hoy, son los trabajadores de las grandes fábricas los principales consumidores de los productos hechos en dichas fábricas. Esta es la diferencia fundamental entre los principios capitalistas de producción y los principios feudales de las épocas anteriores.
Cuando las personas suponen, o alegan, que hay una diferencia entre los productores y los consumidores de los productos de las grandes empresas, están gravemente equivocados. En las tiendas por departamento en los EEUU puede oírse la consigna ‘el cliente siempre tiene razón’ Y este cliente es la misma persona que produce en las fábricas esas cosas que son vendidas en la tienda por departamentos. Las personas que piensan que el poder de las grandes empresas es enorme, también están equivocadas, ya que las grandes empresas dependen totalmente de la voluntad de los que compran sus productos: la más grande de las empresas pierde su poder y su influencia cuando pierde sus clientes.
Cincuenta o sesenta años atrás se decía en casi todos los países capitalistas que los ferrocarriles eran demasiado grandes y demasiado poderosos; que tenían un monopolio; que era imposible competir con ellos. Se alegaba que, en el campo del transporte, el capitalismo ya había alcanzado una etapa en la que se había destruido a sí mismo, ya que había eliminado a los competidores. Lo que la gente pasaba por alto era el hecho que el poder de los ferrocarriles dependía de su habilidad en servir a la gente mejor que cualquier otro método de transporte. Desde ya habría sido ridículo competir con uno de estos grandes ferrocarriles construyendo otro ferrocarril paralelo a la antigua línea, ya que esta antigua línea era suficiente para dar servicio a las necesidades existentes. Pero muy pronto vinieron otros competidores. La libertad para competir no significa que se puede tener éxito simplemente imitando o copiando con exactitud lo que algún otro ha hecho. La libertad de prensa no significas que se tiene el derecho de copiar lo que otra persona ha escrito y así obtener el éxito que esta otra persona ha ganado merecidamente en razón de sus logros. Significa que se tiene el derecho de escribir algo diferente. La libertad para competir respecto a los ferrocarriles significa, por ejemplo, inventar algo, hacer algo, que sea un desafío a los ferrocarriles y los ponga en una precaria situación competitiva. En los EEUU la competencia a los ferrocarriles – en la forma de ómnibus, automóviles, camiones y aviones – causó grandes problemas a los ferrocarriles y los derrotó casi totalmente, en lo que a transporte de pasajeros se refiere. El desarrollo del capitalismo consiste en que cada uno tenga el derecho de servir a su cliente mejor y / o más barato. Y este método, este principio, en un comparativamente corto período de tiempo, ha transformado el mundo entero. Ha hecho posible un crecimiento – sin precedentes – en la población mundial, sin precedentes.
En la Inglaterra del Siglo XVIII, la tierra podía soportar solamente seis millones de personas en un nivel de vida muy bajo. Hoy más de cincuenta millones de personas disfrutan un nivel de vida mucho más alto, aún del que disfrutaban los ricos durante el siglo XVIII. Y el nivel de vida sería hoy probablemente más alto si una gran cantidad de energía de los Británicos no hubiera sido desperdiciada en lo que fueron, desde varios puntos de vista, evitables ‘aventuras’ políticas y militares.
Estos son los hechos sobre el capitalismo. Así si un inglés – o realmente cualquier otro hombre de cualquier otro país del mundo – dice hoy a sus amigos que se opone al capitalismo, hay una maravillosa forma de contestarle: ‘Tú sabes que la población de este planeta es ahora diez veces más grande que en las épocas que precedieron al capitalismo; tú sabes que todos los hombres hoy disfrutan de un mucho mejor nivel de vida que el que disfrutaron sus ancestros antes de la era del capitalismo. Pero, ¿cómo sabes que tú eres el uno entre diez que habría vivido en ausencia del capitalismo? El simple hecho que hoy estés vivo es la prueba que el capitalismo ha tenido éxito, así consideres o no que tu vida es valiosa’ A pesar de todos sus beneficios el capitalismo ha sido furiosamente atacado y criticado. Es preciso que comprendamos el origen de esta antipatía. Es un hecho que el odio hacia el capitalismo no se originó en las masas, ni entre los propios trabajadores, sino en la aristocracia terrateniente – la alta burguesía, la nobleza – de Inglaterra y del continente europeo. Ellos culparon al capitalismo por algo que no era para ellos demasiado agradable: a principios del Siglo XIX los más altos salarios pagados por la industria a sus trabajadores forzó a la burguesía terrateniente a pagar igualmente altos sueldos a los trabajadores agrícolas. La aristocracia atacó la industria enjuiciando el nivel de vida de las masas de trabajadores.
Desde luego – desde nuestro punto de vista – el nivel de vida de los trabajadores era extremadamente bajo; las condiciones bajo el capitalismo temprano eran totalmente espeluznantes, pero no porque las recientemente desarrolladas industrias capitalistas hubieran perjudicado a los trabajadores. La gente contratada para trabajar en las fábricas ya había estado viviendo en un nivel virtualmente sub-humano.
La famosa y antigua historia, repetida centenares de veces, que las fábricas empleaban mujeres y niños quienes, antes que estuvieran trabajando en las fábricas habían estado viviendo en condiciones satisfactorias, es una de las más grandes falsedades de la historia. Las madres que trabajaban en las fábricas no tenían con qué cocinar: ellas no habían dejado sus hogares y sus cocinas para ir a las fábricas porque no tenían cocina alguna, y si tenían una cocina, no tenían alimentos para cocinar en esas cocinas. Y los niños no venían de confortables guarderías. Estaban pasando hambre y se morían. Y toda la charla sobre el así denominado inenarrable horror del capitalismo temprano puede ser refutada por una simple estadística: precisamente en estos años en los cuales el capitalismo Británico se desarrolló, precisamente en la época llamada de la Revolución Industrial en Inglaterra en los años de 1760 a 1830, precisamente en esos años la población de Inglaterra se duplicó, lo que significa que centenares de miles de niños – que habrían muerto en los tiempos precedentes – sobrevivieron y crecieron para convertirse en hombres y mujeres. No hay dudas que las condiciones de los tiempos anteriores habían sido muy insatisfactorias. Fue el negocio capitalista que las mejoró. Fueron precisamente esas primeras fábricas que proveyeron a las necesidades de sus trabajadores, ya sea directamente o indirectamente, exportando productos e importando alimentos y materias primas desde otros países. Una y otra vez los primeros historiadores del capitalismo – uno difícilmente puede usar una palabra más suave – han falsificado la historia.
Una anécdota que solían contar – muy posiblemente inventada – involucra a Benjamín Franklin. De acuerdo con la historia, Franklin visitaba una fábrica algodonera en Inglaterra y el propietario de la fábrica, lleno de orgullo, le dice: ‘Vea, aquí hay artículos de algodón para Hungría’. Benjamín Franklin, mirando alrededor, viendo que los trabajadores estaban pobremente vestidos, dijo: ‘¿Por qué Ud. no produce también para sus propios trabajadores?’ Pero esas exportaciones de las cuales el propietario de la fábrica había hablado realmente significaban que él producía para sus propios trabajadores ya que Inglaterra debía importar todas las materias primas. No había algodón en Inglaterra o en la Europa continental. Había escasez de alimentos en Inglaterra, y los alimentos debían ser importados de Polonia, de Rusia, de Hungría. Esas exportaciones eran la manera de pagar las importaciones de alimentos que hacían posible la supervivencia de la población británica. Muchos ejemplos de la historia de esas épocas mostrarán la actitud de la burguesía y de la aristocracia hacia los trabajadores. Deseo citar sólo dos ejemplos. Uno es el famoso sistema Británico denominado ‘Speenhamland’. Por este sistema el gobierno Británico pagaba a todos los trabajadores que no tuvieran un salario mínimo (así determinado por el gobierno) la diferencia entre el salario que recibieran y este salario mínimo. Esto ahorraba a la aristocracia terrateniente el problema de pagar mayores salarios. La aristocracia pagaría los tradicionalmente bajos salarios agrícolas y el gobierno lo complementaría, evitando así que los trabajadores dejaran sus ocupaciones rurales para buscar empleo en una fábrica urbana. Ochenta años más tarde, después de la expansión del capitalismo desde Inglaterra a la Europa continental, la aristocracia terrateniente nuevamente reaccionó contra el nuevo sistema de producción. En Alemania, los Junkers prusianos, habiendo perdido muchos trabajadores a los mayores salarios pagados por las industrias capitalistas, inventaron un término especial para el problema: ‘huída del campo – Landflucht’. Y en el Parlamento alemán discutieron lo que podía hacerse contra este mal, como era considerado desde el punto de vista de la aristocracia terrateniente. El Príncipe Bismarck, el famoso Canciller del Reich Alemán, en un discurso, un día dijo: ‘Encontré un hombre en Berlin que una vez había trabajado en mi establecimiento de campo, y le pregunté: ‘¿Por qué dejo el establecimiento, por qué se fue del campo, por qué ahora vive en Berlin?’ Y de acuerdo con Bismarck este hombre contestó: ‘No tienen un Biergarten tan lindo en el pueblito del campo, como tenemos aquí en Berlin, donde uno puede sentarse, beber cerveza y escuchar música’ Esta es una historia, desde ya, contada desde el punto de vista del Príncipe Bismarck, el empleador. No era el punto de vista de sus empleados.
Ellos se iban a la industria porque la industria les pagaba más altos salarios y elevaba su nivel de vida de una manera que no tenía precedentes.
En la actualidad, en los países capitalistas, hay relativamente poca diferencia entre la vida básica de las así llamadas clases altas y bajas; ambas tienen comida, ropa y alojamiento.
Pero en el siglo XVIII – y antes – la diferencia entre el hombre de la clase media y el hombre de la clase baja era que el hombre de la clase media tenía zapatos y el hombre de la clase baja no tenía zapatos. En los EEUU hoy la diferencia entre un hombre rico y un hombre pobre significa, a menudo, solamente la diferencia entre un Cadillac y un Chevrolet. El Chevrolet puede haber sido comprado de segunda mano pero, básicamente, le da el mismo servicio a su propietario: él, también, puede manejar de un punto a otro.
Más del cincuenta por ciento de la gente en los EEUU vive en casas y departamentos de su propiedad.
Los ataques contra el capitalismo – especialmente en lo que respecta al mayor nivel salarial – comienzan del falso supuesto que dichos salarios son en última instancia pagados por gente que es diferente de quienes están empleados en las fábricas. Es correcto para los economistas y los estudiantes de teorías económicas distinguir entre el trabajador y el consumidor y establecer una diferencia entre ellos. Pero el hecho es que cada consumidor debe, de una u otra manera, ganar el dinero que gasta, y la inmensa mayoría de los consumidores son precisamente las mismas personas que trabajan como empleados en las empresas que producen las cosas que ellos consumen. El nivel de salarios – bajo el capitalismo – no está fijado por una clase de gente diferente de la clase de gente que gana los salarios; ellos son la misma gente. No es la empresa cinematográfica de Hollywood quien paga los salarios de una estrella del cine; es la gente que paga su entrada para ver las películas. Y no es el empresario de una pelea de boxeo quien paga las enormes sumas que demandan los boxeadores de cartel; es la gente que paga su boleto para ver la pelea. A través de la distinción entre empleador y empleado, una diferenciación se establece en la teoría económica, pero no hay una diferenciación en la vida real; en ésta, el empleador y el empleado son, en última instancia, una persona, la misma persona.
Hay gente en muchos países que considera muy injusto que un hombre, quien debe mantener una familia con varios hijos, reciba el mismo salario que un hombre quien solamente debe mantenerse a sí mismo. Pero la cuestión no es si el empleador debe tener una mayor responsabilidad por el tamaño de la familia de su trabajador. La pregunta que debemos hacernos en este caso es: ¿Está Ud. dispuesto – como un individuo – a pagar más por algo, por ejemplo, una hogaza de pan, si se le dice que el hombre que produjo este pan tiene seis hijos? La persona honesta ciertamente contestará por la negativa y dirá: ‘En principio sí, pero de hecho, si cuesta menos, mejor compraría el pan producido por un hombre sin hijos’ El hecho es que, si los compradores no le pagan al empleador lo suficiente para permitirle pagar a sus trabajadores, se tornará imposible para el empleador permanecer en el negocio.
El sistema capitalista fue denominado ‘capitalismo’ no por un amigo del sistema, sino por una persona que lo consideraba el peor de todos los sistemas en la historia, el más grande de los males que había caído sobre la humanidad. Este hombre era Karl Marx. Pero no hay razón para rechazar el término creado por Marx, ya que describe claramente la fuente de las grandes mejoras sociales traídas por el capitalismo. Esas mejoras son el resultado de la acumulación de capital; están basadas sobre el hecho que la gente, como norma, no consume todo lo que ha producido, que ahorran – e invierten – una parte. Hay muchos malentendidos sobre este problema y – en el curso de estas conferencias – tendré la oportunidad de enfrentar los más fundamentales errores que la gente tiene concernientes a la acumulación de capital, el uso del capital, y las universales ventajas que pueden ganarse con dicho uso. Trataré el capitalismo particularmente en mis conferencias sobre inversiones extranjeras y sobre el más crítico problema político de la actualidad, la inflación. Saben, por supuesto, que la inflación existe no solamente en este país. Hoy, es un problema en todo el mundo.
Un hecho sobre el capitalismo, a menudo no bien explorado, es éste: los ahorros significan beneficios para todos aquellos que ansían producir o ganar un salario. Cuando una persona ha ahorrado una cierta suma de dinero – digamos mil dólares – y, en vez de gastarlos, confía estos dólares a un banco o a una compañía de seguros, el dinero va a las manos de un empresario, de un hombre de negocios, permitiéndole embarcarse en un proyecto, en el cual no podría haberse embarcado ayer pues el capital requerido no estaba disponible. ¿Qué hará ahora el hombre de negocios con este capital adicional? La primera cosa que debe hacer, el primer uso que debe hacer de este capital adicional es salir a contratar trabajadores y comprar materias primas, lo cual causa una adicional demanda de trabajadores y materias primas así como una tendencia hacia más altos salarios y más altos precios de las materias primas. Mucho antes que el ahorrista o el empresario obtengan alguna ganancia de todo esto, el trabajador antes desempleado, el productor de las materias primas, el agricultor, el jornalero, están todos repartiéndose los beneficios del incremento en el ahorro.
El momento en el cual el empresario obtendrá algo de su proyecto, depende de las condiciones del mercado en el futuro y de su habilidad en anticipar correctamente esas futuras condiciones del mercado. Pero los trabajadores así como los productores de materias primas obtienen sus beneficios en forma inmediata. Mucho se habló, hace treinta o cuarenta años, sobre la así llamada ‘política de salarios’ de Henry Ford. Uno de los mayores logros del Sr. Ford fue pagar más altos salarios que los que pagaban otros industriales u otras fábricas. Su política de salarios fue descripta como una invención, pero no alcanza decir que esta nueva política ‘inventada’ era el resultado de la liberalidad del Sr. Ford. Un nuevo ramo de negocios, o una nueva fábrica en un ramo de negocios ya existente, tiene que atraer trabajadores de otros empleos, de otras partes del país, aún de otros países. Y la única manera de hacer esto es ofrecer a los trabajadores un mayor salario por su trabajo. Esto es lo que tuvo lugar en los primeros días del capitalismo, y tiene lugar aún hoy. Cuando los fabricantes en Gran Bretaña comenzaron a fabricar productos de algodón, pagaban a sus trabajadores más que lo que éstos ganaban antes.
Por supuesto, un gran porcentaje de estos nuevos trabajadores no habían ganado absolutamente nada antes de ello y estaban dispuestos a aceptar cualquier cosa que les ofrecieran. Pero después de un corto período de tiempo – cuando más y más capital se acumulaba y más y más nuevas empresas se desarrollaban – los niveles de salario crecieron, y el resultado fue el inaudito crecimiento en la población británica de lo cual ya hablamos antes.
La desdeñosa descripción del capitalismo por algunas personas como un sistema diseñado para hacer que los ricos se vuelvan más ricos y que los pobres se vuelvan más pobres es errónea del principio al fin. La tesis de Marx sobre la venida del socialismo estaba basada sobre el supuesto que los trabajadores estaban volviéndose más pobres, que las masas estaban convirtiéndose cada vez en más indigentes, y que finalmente toda la riqueza de un país se concentraría en unas pocas manos o en las manos de una sola persona. Y entonces, la masa de trabajadores empobrecidos finalmente se rebelaría y expropiaría los bienes de los ricos propietarios. De acuerdo con esta doctrina de Karl Marx, no puede existir oportunidad alguna, ninguna posibilidad dentro del sistema capitalista para mejora alguna de las condiciones de los trabajadores.
En 1864, hablando frente a la Asociación Internacional de Trabajadores, en Inglaterra, dijo que la creencia que los sindicatos pudieran mejorar las condiciones de la población trabajadora mera ‘absolutamente un error’. A la política de los sindicatos pidiendo salarios más altos y más cortas horas de trabajo la denominó conservadora – siendo el conservadorismo – desde luego – el término más duramente condenatorio que Karl Marx podía usar. Sugirió que los sindicatos se pusieran un nuevo, revolucionario objetivo: ‘eliminar totalmente el sistema de salarios ‘e instaurar el ‘socialismo’ – el gobierno propietario de los medios de producción – para reemplazar el sistema de propiedad privada.
Si estudiamos la historia del mundo, y especialmente la de Inglaterra desde 1865, nos daremos cuenta estaba totalmente equivocado. No existe un país capitalista, occidental, en donde las condiciones de las masas no hayan mejorado en una forma sin precedentes.
Todas estas mejoras de los últimos ochenta o noventa años se realizaron a pesar de los pronósticos de Karl Marx, ya que los socialistas marxistas creían que las condiciones de los trabajadores nunca podrían mejorarse. Eran seguidores de una falsa teoría, la famosa ‘ley de hierro de los salarios’ – la ley que establecía que el salario del trabajador, bajo el capitalismo, no podría exceder el monto que necesitaba como sustento de su vida para servir a la empresa.
Los marxistas formulaban su teoría de esta manera: si los niveles de salario de los trabajadores van hacia arriba, y los salarios suben por encima de los niveles de subsistencia, los trabajadores tendrán más hijos; y cuando estos hijos ingreses en la fuerza laboral, incrementarán la cantidad de trabajadores hasta el punto en que los niveles de salarios caigan llevando otra vez a los trabajadores hacia abajo a un nivel de subsistencia, el mínimo nivel de subsistencia que escasamente evitará que la población trabajadora se extinga. Pero esta idea de Marx, como las de muchos otros socialistas, en un concepto del hombre trabajador precisamente como aquel que usan los biólogos – correctamente – en el estudio de la vida de los animales. De los ratones por ejemplo.
Si se incrementa la cantidad de alimento disponible para los organismos animales o para los microbios, entonces una mayor cantidad de ellos sobrevivirá. Si se restringe su alimento, también se restringirá su cantidad. Pero el hombre es diferente. Aún el trabajador – a pesar del hecho que los marxistas no quieran reconocerlo – tiene requerimientos humanos diferentes al alimento y a la reproducción de su especie. Un incremento en los salarios reales resultará no solamente en un incremento de la población, resultará también, antes que nada, en un mejoramiento del nivel de vida promedio. Esa es la razón por la que tenemos un mejor nivel de vida en Europa Occidental y en los EEUU que en las naciones en desarrollo de, digamos, África.
Debemos entender, sin embargo, que este más alto nivel de vida depende del suministro de capital. Esto explica la diferencia entre las condiciones en los EEUU y las condiciones en la India; métodos modernos de combatir enfermedades contagiosas han sido instaurados en la India – en alguna forma por lo menos – y el efecto ha sido un crecimiento sin precedentes en la población; pero, dado que este crecimiento en la población no ha sido acompañado por un correspondiente incremento en el monto del capital invertido, el resultado ha sido un incremento en la pobreza. Un país se vuelve más próspero en proporción al incremento del capital invertido por habitante.
Espero que en las otras conferencias tenga la oportunidad de ocuparme con mayor detalle de estos problemas y que pueda clarificarlos, porque algunos términos – como ‘el capital invertido per capita’ – requieren una más detallada explicación.
Pero deben recordar que en políticas económicas no hay milagros. Han leído en muchos diarios y discursos sobre el así llamado ‘milagro económico’ alemán, la recuperación de Alemania después de su derrota y destrucción en la segunda guerra mundial. Pero esto no fue milagro alguno. Fue la aplicación de los principios de la economía de libre mercado, de los métodos del capitalismo, aún cuando no fueron totalmente aplicados en todos sus aspectos. Cualquier país puede experimentar el mismo ‘milagro’ de recuperación económica, aunque debo insistir que la recuperación económica no proviene de un ‘milagro’, viene de la adopción de – y es el resultado de – sanas políticas económicas.

 

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