Los gobiernos, causa de los peores males

Autor: Ciro Andrade

¿Qué tienen en común, estimado lector…
…la violencia en Siria, con sus sesenta mil muertos?
…las hambrunas en África y Corea del Norte?
…el feriado bancario?
…la pobreza y atraso en Latinoamérica?
…las crueles dictaduras de antaño, y las de hoy?
Déjeme darle más pistas. ¿Qué tienen en común…
…la esclavitud?
…las guerras de independencia, y sus muertos?
…las guerras mundiales?
…el Terror, luego de la revolución francesa?
…el genocidio en Ruanda, en los Balcanes?
…la creciente desigualdad entre ricos y pobres?
¿Adivinó?

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Tomado de misesec (Mises Ecuador) el Lunes 14 de Enero, 2013
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Una federación voluntaria

• Enero 21, 2013

[Parte 2 de “La tradición de la secesión en Estados Unidos”, un escrito presentado en la conferencia de 1995 del Instituto Mises “Secesión, estado y economía”]

La noción del americanismo de Hume, que reconoce el derecho de un pueblo autogobernado a secesionarse se recoge en la Declaración de Independencia. La Declaración es principalmente un documento que justifica la secesión, pero se ha corrompido completamente por la lectura de ésta por Lincoln y la repetición y expansión ritualista de esa lectura. La tradición de Lincoln lee la Declaración como afirmadora de una doctrina metafísica de los derechos individuales (todos los hombres son creados iguales) y hace de esto el símbolo fundamental del régimen estadounidense, por encima de todos los demás símbolos, incluyendo el símbolo de la excelencia moral propia de esas comunidades morales heredadas, protegida por los poderes reservados de los estados bajo la Décima Enmienda. De hecho, esta tradición sostiene que la Declaración de Independencia es superior a la propia Constitución, pues al ser una mera ley positiva, esta última siempre puede quedar por debajo de la “superior” ley metafísica de la igualdad.

La Constitución de los Estados Unidos se basó en un pacto federativo entre lo estados, delimitando la autoridad de un gobierno central, habiendo ennumerado los poderes a este delegados por estados soberanos que se reservaban el enorme dominio de los poderes no ennumerados. Por un acto de alquimia filosófica, la tradición de Lincoln ha transmutado este documento esencialmente federativo en un régimen nacionalista consolidado, teniendo como su telos la instanciación de una proposición metafísica abstracta acerca de la igualdad. Una proposición así, en la medida en que se tome en serio, debe dar lugar a interminables interpretaciones antinómicas y, al ser metafísica, estas interpretaciones deben reemplazar una oposición definitiva e implacable. Desde este punto de vista, se desvanecen los poderes reservados de los estados y los propios estados se transforman en recursos y unidades administrativas para un proyecto político nacionalista “dedicado a la proposición de que todos los hombres son creados iguales”. Tan bien establecida se ha hecho esta inversión que Mortimer Adler pudo escribir un libro sobre la Constitución utilizando para el título, no las palabras de la Constitución, sino de las de la Declaración lincolniana: “Sostenemos que estas verdades…”[1]

La visión de Lincoln de un nacionalismo consolidado en busca de una doctrina antinómica de la igualdad tenía sus raíces en la Revolución Francesa, que buscaba unificar el orden tradicional descentralizado de Francia en un nacionalismo consolidado en defensa de los derechos del hombre. Pero la visión de Lincoln miraba más allá. En la década de 1830, las fuerzas del nacionalismo y el industrialismo estaban extendiéndose por Europa y habían empezado a tener un impacto en el norte industrial demasiado ansioso por competir en el escenario mundial con los imperios de Europa. Para este proyecto, eran necesarias centralización y consolidación. La visión de Lincoln de consolidar los estados en un régimen nacionalista era similar a la de Garibaldi en Italia, Bismarck en Alemania, Lenin en Rusia y las fuerzas consolidadoras, industrializadoras e imperializadoras generales en marcha en los siglos XIX y XX.

Pero la Declaración se publicó antes de que hubieran aparecido las fuerzas del industrialismo y el nacionalismo. Retóricamente, el documento es un resumen jurídico pensado para justificar romper los “lazos” que habían ligado políticamente a un pueblo con otro. Y el pueblo en cuestión no era (como afirmarían Story, Webster y Lincoln) el pueblo americano en masa, sino los pueblos de las antiguas colonias ahora declaradas estados separados e independientes, pero unidos en su resolución de resistir a la coacción del imperio británico. En general, la Declaración es una argumentación pensada para justificar la secesión de los recién autoproclamados estados americanos del estado británico. Los derechos declarados no son los derechos de individuos en una sociedad política nacionalista continental, sino el derecho corporativo del pueblo de los estados independientes, ahora maduro, a ocupar su lugar entre las naciones del mundo; en una palabra, que los pueblos de Virginia, Massachusetts, Nueva York, etc. son iguales a los pueblos de Holanda o Francia o Gran Bretaña y han de ser reconocidos como tales.

Así que la Declaración es un documento justificando el desmembramiento territorial de un estado moderno en nombre del derecho moral de un pueblo a su autogobierno. No es esencialmente un argumento para los derechos individuales, sino más bien para los derechos corporativos de sociedades distinguibles moral y políticamente. Este tema de la libertad corporativa dio forma a la primera constitución que hicieron los estadounidenses, los Artículos de la Confederación, que se autocalificaba como una “liga de amistad” entre estados soberanos. No se hacía ninguna mención a los derechos individuales, ya que los Artículos no tenían autoridad para aplicarlos. Por supuesto, los derechos individuales eran muy importantes para los estadounidenses, pero cuáles eran y cómo iban a protegerse eran prerrogativas de los estados y estaban claramente especificadas en sus respectivas constituciones.

La nueva Constitución, ratificada en 1789, delegaba numerosos poderes a un gobierno central cuyas leyes serían supremas en asuntos de tratados extranjeros, defensa y regulación del comercio exterior e interestatal. La Declaración de Derechos se añadió, no como una concesión masiva de poder al gobierno central para aplicarla para vigilar supuestas violaciones de los derechos individuales por los estados (como se interpreta corruptamente hoy día), sino principalmente para proteger las sociedades morales y políticas de los estados de la inevitable tendencia del gobierno central a engrosar más poder que el que se le concedió. El remate y significado de la Declaración de Derechos es la Décima Enmienda, que afirma la soberanía de los estados al declarar que los poderes del gobierno centrales están enumerados y “delegados”.

El Oxford English Dictionary identifica el primer significado político de “secesión” en la secesión de los estados del sur de la Unión Americana. La Constitución de Australia se formó con la experiencia estadounidense de federación y secesión en mente.[2] Y los intentos contemporáneos de crear una teoría de la secesión a menudo vuelven a la secesión de los estados del sur como escenario primigenio en el que el concepto moderno aparece por primera vez y del que la teorización toma su orientación. Pero la palabra secesión en este sentido exclusivamente político y moderno se usó mucho antes. A lo largo del periodo prebélico, la secesión se uso, en el norte y el sur, para describir una acción moral y legal a disposición de un estado de Estados Unidos. En este discurso estadounidense, el concepto moderno del derecho de un pueblo a la autodeterminación y el derecho de secesión se teorizan e investigan públicamente por primera vez. Este acto, como hemos visto, fue espiritualizado por Hume en los que llamó el principio americano, que era el derecho de un pueblo “para gobernarse o malgobernarse ellos mismos como consideren apropiado”. Ni Hume ni los americanos, en ese momento, utilizaron el término secesión en su sentido moderno y exclusivamente político. Pero en el siglo XIX los estadounidenses describían la ruptura con Gran Bretaña como secesión y empezaban a plantear la pregunta de las condiciones bajo las que un estado estadounidense podía secesionarse legalmente. Pero las palabras y teoría acerca de la secesión como el último derecho moral y legal disponible para un estado estadounidense y la vibrante vida federal que hacía posible acabaron bruscamente con la derrota de la Confederación y el triunfo de una Unión nacionalista consolidada que empezó la aventura de la construcción imperial en competencia con los imperios europeos. Durante este periodo de “destino manifiesto”, “gran garrote” y construcción imperial, pocos en Estados Unidos o en Europa estarían interesados en pensar acerca de la autodeterminación de los pueblos o el derecho de secesión.

No se produjo de nuevo ningún pensamiento acerca de la secesión y la autodeterminación hasta que Woodrow Wilson planteó el asunto ante la Liga de Naciones. Los resultados no fueron siempre felices, pero el programa se mantuvo. Fue reavivado después de la Segunda Guerra Mundial en la Naciones Unidas y es la forma principal bajo la que se explica hoy en el mundo la autodeterminación de los pueblos. El concepto de secesión legítima, explicado e investigado inicialmente por los estadounidenses, está muy vivo y está poniendo en cuestión el consolidado Leviatán moderno. La política del gobierno de Estados Unidos, sin embargo, ha estado desgraciadamente del lado del status quo. El gobierno de Estados se ha resistido a todo movimiento de secesión en el mundo desde la Segunda Guerra Mundial y ha estado entre los últimos en reconocer los estados secesionados de la Unión Soviética.

Una razón por la que los estadounidenses tienen dificultades para siquiera pensar acerca de la secesión es que desde 1865 se les ha enseñado y han llegado a creer que teoría unionista triunfante de su propio orden constitucional. Según esa teoría, la ruptura con Inglaterra llevó a los colonos a un estado primigenio del que formaron espontáneamente la sociedad política del pueblo estadounidense unidos. Este cuerpo era soberano y creó un gobierno central. Este gobierno, a su vez, autorizó la formación de trece gobiernos estatales como unidades administrativas a través de las cuales la voluntad soberana podía expresarse mejor. En este punto de vista, un estado estadounidense nunca poseyó los atributos de soberanía y por tanto no pudo secesionarse legalmente de la Unión, igual que un condado no puede secesionarse de un estado. La formulación clásica de la teoría nacionalista la proporcionó el juez Story en la década de 1830, fue elocuentemente defendida por Webster y establecida en el mundo con una orden a sangre y fuego por Lincoln.[3] A pesar de su distinguido pedigrí, sin embargo, la teoría no solo es falsa, sino que lo es enormemente.

El principal error de la teoría unionista es la afirmación de que los estados nunca fueron soberanos. Sin embargo, cada estado declaró su soberanía e independencia de Gran Bretaña individualmente, y durante la guerra todos realizaron actos de soberanía. Después de la guerra, cada estado fue reconocido por su nombre como soberano por el gobierno británico. Estos estados soberanos crearon los Artículos de la Confederación en los que se declaraba y reconocía mutuamente de nuevo su soberanía. Aunque los Artículos de la Confederación se suponían perpetuos y no podían cambiarse sin consentimiento unánime, algunos estado pretendieron sin embargo disolver la Unión. Se acordó (aunque no unánimemente, ya que Rhode Island vetó la Convención) que si nueve estados se secesionaban y ratificaban la constitución propuesta, se produciría una nueva Unión entre los nueve estados secesionados. Se hizo esto y por un acto de secesión se disolvió la Unión dejando a Carolina del Norte, Virginia, Rhode Island y Nueva York formar una nueva unión o permanecer como estados independientes. Finalmente, aunque con reticencias, entraron los cuatro. Pero Virginia, Nueva York y Rhode Island declararon en sus ordenanzas de ratificación que, al ser estados soberanos, se reservaban individualmente el derecho de secesión y declaraban este derecho para los demás estados. Esto no tenía que declararse, ya que todos sabían que la ´secesión era una acción disponible para un estado americano.[4] Si se hubiera expresado la teoría de Lincoln en el momento de la ratificación y se hubiera decidido que una vez en la Unión un estado no podía abandonarla, no habría habido Unión.

Se ha dicho que la constitución de la Unión Soviética fue la primera en reconocer explícitamente el derecho legal de secesión en un estado moderno. En términos estrictos, así es. En Artículo 17 de la Constitución Soviética declara que “el derecho a secesionarme libremente de la URSS está reservado a todas la repúblicas de la Unión”. No hay un derecho de secesión escrito en la Constitución de EEUU, pero la autoridad de la Constitución consiste solamente en actos de ratificación de estados soberanos. Al escribir en las ordenanzas de ratificación el derecho de recuperar esos poderes delegados al gobierno central, Virginia, Nueva York y Rhode Island puede decirse que han creado un derecho de secesión en el pacto constitucional. Los juristas marxista de la antigua Unión Soviética y las naciones del Pacto de Varsovia tomaron la delantera en el foro internacional en argumentar a favor de la secesión como un derecho moral y legal.[5] Mucho es esto era hipocresía al servicio de la política soviética, pero no era más hipócrita que el Discurso de Gettysburg de Lincoln, que presentaba al conflicto de 1861-65 como una guerra que sacudiría la tierra para asegurar al mundo el autogobierno, cuando estaba realizando una guerra total contra la población civil del sur y pensada para suprimir sus esfuerzos de autogobierno. La ironía se completa cuando consideramos que los soviéticos sí acabaron permitiendo la secesión de los estados (algo que causó temblores nerviosos a la administración Bush). Tal vez con el tiempo, como ocurre a veces, los soviéticos se vieron parcialmente convencidos por su propia hipocresía.

Desde el principio, la secesión se concibió como el último control que tenía un estado estadounidense ante un abuso de esos poderes enumerados en los que había delegado su soberanía al gobierno central. Desde su inicio hasta 1865, se invocó la secesión en todas las secciones de la Unión. Y la sección que planeó primero y más veces la amenaza de secesión no fue el sur, sino Nueva Inglaterra. Se amenazó con la secesión por la compra de Louisiana en 803, el embargo de 1807-09, la guerra de 1812 y la Guerra Mexicana. Nueva Inglaterra se negó a enviar tropas en la segunda guerra con Inglaterra y consideró seriamente forma una Confederación de Nueva Inglaterra en la Convención de Hartford de 1815.[6] Desde la década de 1830 hasta 1861, los abolicionistas de Nueva Inglaterra argumentaron con fuerza a favor de la secesión de la Unión de los estados del norte. Las siguientes resoluciones fueron aprobadas por la Sociedad Antiesclavista Americana: “Resolvió que la secesión del Gobierno de Estados Unidos es el deber de todo abolicionista”. Y resolvió “Que los abolicionistas de este país deberían hacer de ello uno de los objetivos primario de este activismo el disolver la Unión Americana”.[7]

Uno de los primeros estudios de la Constitución fue A View of the Constitution, publicado en 1825 por William Rawle, un federalista líder los abogados de Pennsylvania y al que George Washington le oreció dos veces el puesto de fiscal del distrito, pero que renunció por razones personales. Rawle planteaba la cuestión de si un estado podía formar una monarquía hereditaria. Respondía que como el pueblo de un estado es soberano, podía hacerlo, pero el estado tenía que abandonar la Unión, ya que la Constitución garantiza a todos los estados una forma republicana de gobierno. Luego indicaba las condiciones formales bajo las que un estado podía bandonar unilateral y legalmente la Unión.[8] La obra de Rawle sobre la constitución fue respectada ampliamente y se usó como libro de texto en West Point desde 1825 a 1840.

En 1840, Abel Upshur, un ilustre jurista de Virginia y Secretario de Estado bajo Tyler, publicó A Brief Enquiry into the True Nature and Character of our Federal Government. Era una incuestionable crítica de la teoría del federalismo del juez Joseph Story en Commentaries on the Constitution of the United States (1833). Story invertía sistemáticamente la opinión recibida de que la Constitución es un pacto entre estados soberanos que crea un gobierno central y delega en él solo poderes enumerados. Story argumentaba que la soberanía se atribuye al pueblo estadounidense en su conjunto, que los estados nunca habían sido soberanos y que en realidad era el gobierno central el que había creado los estados. La inversión era imponente y fue esta teoría nacionalista agresiva la que Webster (que empezó su carrera como teórico del pacto y secesionista de Nueva Inglaterra) popularizaría con su elocuencia y que Lincoln trataría de establecer mediante la guerra. A Upshur no le costó demolerla como teoría histórica de la Constitución. Ve claramente a dónde acabaría llevando un régimen centralizado y consolidado en el vasto territorio americano, con sus intereses y culturas heterogéneos, a saber, a la destrucción de los estados como la única protección constitucional para esas comunidades sustancialmente morales, apegos locales y particularidades en las que tiene origen la virtud y donde solo podría probarse y vivirse. Al revertir la inversión de Story y restablecer la teoría tradicional de que la Constitución es un pacto entre estados, Upshur tuvo ocasión de argumentar que un estado estadounidense podía secesionarse legalmente de la Unión.

Los escritores extranjeros que habían estudiado la Constitución concluían que un estado podía abandonar el pacto. Tocqueville escribió:

La Unión se formó por el acuerdo voluntario de los Estados y al unirse no han renunciado a su nacionalidad no se han visto reducidos a la condición de uno y el mismo pueblo. Si uno de los Estados decide abandonar el pacto, sería difícil negarle su derecho a hacerlo y el Gobierno Federal no tendría medio de mantener sus reclamaciones directamente por fuerza ni derecho.[9]

Lord Brougham, en su magistral estudio de las constituciones en varios tomos, publicado en 1849, consideraba a la Constitución como un pacto del que un estado podía secesionarse:

Entre nosotros, no hay solo un gobierno y súbditos a considerar, sino una serie de gobiernos, de estados teniendo una existencia separada y sustantiva, e incluso independiente, que eran originalmente trece y ahora son veintiséis , teniendo cada uno un legislativo propio, con leyes que difieren de las de los demás estados. Es lisa y llanamente imposible considerar a la Constitución que ha de gobernar esta Unión, esta Federación de Estados, como algo distinto de un tratado.[10]

Por tanto se refiere a la Unión como la “Gran Liga”. Y el Dr. Mackay, otro investigador inglés de la Constitución, escribiendo a mediados del siglo XIX, observaba que

El Gobierno Federal existe solo tolerado. Cualquier estado puede en cualquier momento abandonar constitucionalmente la Unión y esto prácticamente la disolvería. Indudablemente no se creó con la idea de que los estados, o varios de ellos, desearan una separación, pero cuando decidan hacerlo, no tendrán un obstáculo en la Constitución.[11]

Durante la década de 1850, esta Gran Liga se estaba dividiendo y apareció un movimiento entre ilustres líderes nacionales y estatales en los estados Atlánticos medios para formar los que se llamó una “Confederación Central”. Esta nueva Unión estaría compuesta por estados como Virginia, Maryland, Delaware, Nueva Jersey, Nueva York, Ohio, Indiana, Pennsylvania, Kentucky, Tennessee y Arkansas. Esta sección constituía el centro conservador dela Unión, se argumentaba y tenía intereses distintos de los radicales de Nueva Inglaterra y los estados del Golfo. La formación de una Confederación Central podía impedir la guerra y servir como punto de partida dentro de la cual podrían los estados desafectos del sur profundo retornar si se independizaran.[12] Es interesante que los proponentes de la nueva Unión mostraran poco interés en incluir a los estados de Nueva Inglaterra. Tal vez una razón fuera su disgusto por la larga historia de movimientos secesionistas que habían aparecido en esa región.

El alcalde de Nueva York, Fernando Wood, y otros argumentaban que si se secesionara el estado de Nueva York, la ciudad debería secesionarse del estado y declararse ciudad libre. El alcalde declaraba:

Como ciudad libre, con solo un arancel nominal sobre importaciones, el gobierno local podría mantenerse sin impuestos sobre su pueblo. Así que podríamos vivir libres de impuestos y tener bienes baratos casi libres de impuestos.[13]

Hasta que se abrió fuego en Fort Sumter, muchos abolicionistas del norte que habían argumentado durante mucho tiempo la secesión del norte, estaban dispuestos a permitir que el sur se secesionara en paz. Era la postura en Nueva York del Douglass Monthly,[14] editado por Frederick Douglass, y de Horace Greeley, editor del republicano New York Tribune, que declaraba el 23 de febrero de 1861, después de que se formara la Confederación:

Hemos dicho repetidamente (…) que el gran principio encarnado por Jefferson en la Declaración de Independencia, de que el gobierno deriva sus poderes del consentimiento de los gobernaos, es sensato y justo y que si los estados esclavistas, los estados del algodón o solo los estados del golfo deciden formar una nación independiente, tienen un claro derecho moral a hacerlo. Siempre que quede claro que el gran cuerpo de los pueblos del sur se han separado concluyentemente de la Unión, y están ansiosos por abandonarla, haremos todo lo que podamos para promover sus opiniones.[15]

Y John Quincy Adams, aunque era un unionista declarado, declaraba en 1839, en un discurso celebrando el aniversario de la constitución:

El vínculo indisoluble de unión entre los pueblos de los diversos estados de esta nación confederada está, después de todo, no en el derecho sino en el corazón. Si llega un día (¡no lo quiera el cielo!) en que los afectos de los pueblos de estos estados se alejen unos de otros, en que el espíritu fraternal deje paso a la fría indiferencia o las colisiones de intereses se enconen en el odio los bandos de las asociaciones políticas no mantengan juntos partidos ya no atraídos por el magnetismo de intereses conciliados y simpatías amables, mucho mejor será para los pueblos de los estados desunidos separarse amistosamente unos de otros que mantenerse juntos por la fuerza. Sería el momento  de volver a los precedentes que se produjeron en la formación y adopción de la Constitución, para formar de nuevo una Unión más perfecta, disolviendo lo que ya no puede unir por más tiempo y dejando que las partes separadas se reúnan por la ley de la gravitación universal hacia el centro.[16]

Cuatro años después de este discurso, el antiguo presidente firmaría un documento con otros líderes de Nueva Inglaterra declarando que la anexión de Texas significaría la disolución de la Unión.

Ponderando los movimiento secesionistas en Nueva Inglaterra, Thomas Jefferson escribió en 1816 con su característica liberalidad: “Si algún estado de la Unión declarara que prefiere la separación (…) a una continuidad en la unión (…) no tengo reparos en decir: separémonos”.[17] En vísperas de la Guerra de Secesión, la mayoría de los norteños parece haber creído que, o bien que un estado podía secesionarse legalmente, o bien uno debería aceptar en paz la secesión de hecho.


[1] Mortimer Adler, We Hold These Truths: Understanding the Ideas and Ideals of the Constitution (Nueva York: MacMillan, 1987).

[2] Gregory Craven, Secession: The Ultimate States Right (Carlton, Vic.: Melbourne University Press, 1986).

[3] Joseph Story, Commentaries on the Constitution of the United States (Boston: Little, Brown, 1851), vol. 1, lib. 3, cap. 3. También, The Writings and Speeches of Daniel Webster (Boston: Little, Brown, 1903), vol. 6, pp. 196-221.

[4] La mejor defensa de la tesis de que los estados eran soberanos y que la secesión era un derecho a disposición de un estado estadounidense se encuentra en Albert Taylor Bledsoe Davis a Traitor, or Was Secession a Constitutional Right Previous to the War of 1861? (Charleston, S.C.: Fletcher and Fletcher, [1866] 1995). Fue reimpresa por Fletcher and Fletcher, Charleston, S.C., 1995. La primera refutación sistemática de la tesis de Story de que los estados nunca fueron soberanos la dio Abel Upshur, un ilustre jurista de Virginia y Secretario de Estado bajo Tyler, en A Brief Enquiry into the True Nature and Character of our Federal Government, Being a Review of Judge Story’s Commentaries (Petersburg, Va.: E. and J.C. Ruffin, 1840). Sobre la soberanía de los estados, ver también C.H. Van Tyne, “Sovereignty in the American Revolution: An Historical Study”, American Historical Review 12 (Abril de 1907): 529-545.

[5] Buchheit, Secession, The Legitimacy of Self-Determination, pp. 100 y ss.

[6] Ver Documents Relating to New-England Federalism, 1800–1815, Henry Adams, ed. (Nueva York: B. Franklin, 1905). Esta contiene la narración de John Quincy Adams de la Convención de Hartford y otros movimientos de secesión en Nueva Inglaterra.

[7] Citado en Bledsoe, Is Davis a Traitor? p. 149.

[8] William Rawle, A View of the Constitution (Philadelphia: H.C. Carey and I. Lea, 1825), ver especialmente el ultimo capítulo, “Of the Union”.

[9] Alexis de Tocqueville, Democracy in America, Henry Reeve, trans. (New Rochelle, N.Y.: Arlington House), vol. 1, cap. 18, p. 381. [En español, La democracia en América].

[10] Henry Lord Brougham, Political Philosophy, 2ª ed. (Londres, 1849), vol. 3, p. 336.

[11] Citado en Bledsoe, Is Davis a Traitor? p. 155.

[12] William C. Wright, The Secession Movement in the Middle Atlantic States (Rutherford, N.J.: Fairleigh Dickinson University Press, 1973).

[13] Citado en ibíd., pp. 177-178.

[14] Ibíd., p. 199.

[15] Citado en Bledsoe, Is Davis a Traitor? p. 146.

[16] John Quincy Adams, The Jubilee of the Constitution (Nueva York: Samuel Coleman, 1839), pp. 66-69.

[17] Thomas Jefferson, carta a W. Crawford, 20 de junio de 1816, en The Writings of Thomas Jefferson, Albert Bergh, ed. (Washington, D.C.: Thomas Jefferson Memorial Association of the United States, 1905), vol. 15, p. 27.


Publicado el 18 de enero de 2013. Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original en inglés se encuentra aquí.

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¿Es la secesión un derecho?

¿Es la secesión un derecho?

• Enero 21, 2013

Grant derrotó a Lee, la Confederación se derrumbó, y la idea de secesión desapareció para siempre, o al menos eso es lo que la sabiduría convencional dice. La secesión no es irrelevancia histórica. Muy por el contrario, el tema es integral al liberalismo clásico. En efecto, el derecho de secesión es consecuencia inmediata de los derechos fundamentales defendidos por el liberalismo clásico. Hasta un escolar sabe, el liberalismo clásico comienza con el principio de la propiedad de uno mismo: cada persona es el verdadero dueño de propio su cuerpo. Junto con este derecho, de acuerdo con los liberales clásicos desde Locke hasta Rothbard, va el derecho a apropiarse de las cosas sin dueño.

Desde esta perspectiva, el gobierno ocupa un rol estrictamente auxiliar. Existe para proteger los derechos que poseen los individuos independientemente – no es la fuente de estos derechos. En la Declaración de Independencia se dice, “para garantizar estos derechos [la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad], los gobiernos se instituyen entre los hombres, derivando sus justos poderes del consentimiento de los gobernados”.

Pero, ¿qué tiene todo esto que ver con la secesión? La conexión, sugiero, es obvia: si el gobierno no protege los derechos de los individuos, estos pueden terminar su relación con el gobierno. Y una forma que esta renuncia puede tomar es la secesión – un grupo puede renunciar a su lealtad a su gobierno y formar un nuevo gobierno. (No es, por supuesto, la única forma. Un grupo puede derrocar a su gobierno en conjunto, en lugar de limitarse a abjurar de su autoridad sobre ellos).

La Declaración de la Independencia sólo adopta esta posición: cuando un gobierno “se haga destructor de estos fines, es el derecho del pueblo a cambiarlo o abolirlo”. Pero los colonos americanos no intentaron abolir el gobierno británico, sino que “lo cambiaron” mediante la retirada de su autoridad a las colonias. En resumen, se separó de Gran Bretaña. Como tal, el derecho de secesión se encuentra en el corazón de la legitimidad de nuestro país. Niéguelo, y usted debe rechazar la fundación de Estados Unidos.

Alguien aquí podría interponer una objeción. Independientemente de la opinión de Jefferson y el Congreso Continental, ¿no es consistente aceptar los derechos naturales, como los concibieron los liberales clásicos y negarse a reconocer un derecho de secesión? En esta posición, las personas tienen derechos naturales, pero una vez que se elija un gobierno quedarán atrapadas por él. En respuesta a esta objeción, hay que distinguir dos casos.

En primer lugar, la posición podría sostener que, aun cuando el gobierno viola los derechos que fue establecido para asegurar, sus súbditos no pueden apartarse de él. Pero este es un argumento extraño: el gobierno existe para ciertos propósitos, pero puede continuar sin cesar incluso si actúa en contra de estos objetivos mismos.

Para ello, se podría responder que para proteger los derechos individuales, se puede recurrir a medios distintos de la secesión. Se debe reconocer a este punto de vista que las alternativas a secesión de hecho disminuyen la fuerza del imperativo en su favor. Después de todo, si un Estado puede interponer su autoridad para bloquear una ley del gobierno federal dentro de sus fronteras, ¿por qué también se concedería el derecho a salir del todo?

Este punto de vista, creo, es lógicamente coherente, pero tiene poco que recomendar. ¿Por qué la gente debería abandonar este medio muy potente de mantener a raya a su gobierno? Al hacerlo deja a sus derechos naturales, si son reconocidos en teoría, inoperantes en la práctica. Por lo menos podemos decir esto: los que niegan el derecho de secesión tienen la carga de promover una justificación de su postura. ¿Por qué los partidarios de los derechos naturales rechazan el derecho de secesión?

Quienes se oponen a la secesión pueden, sin embargo, tomar una posición menos extrema. Se puede conceder que la secesión se va a permitir si el gobierno viola los derechos individuales, pero por lo demás no. Un grupo no puede renunciar a su autoridad debidamente constituida sólo porque prefieren ser gobernados por otros. ¿No dice la propia Declaración que los gobiernos no deberían cambiarse por “motivos leves y transitorios”?

Esta posición, sin duda es más fuerte que el repudio total de la secesión, pero hay que preguntar una vez más: ¿Cuál es su justificación? A primera vista, parece que sostener que un grupo podría sustraerse de la autoridad de un gobierno cada vez que le plazca está más en línea con la opinión puramente funcional del gobierno que tiene el liberalismo clásico. Negar esto insinúa que el Estado es algo más que una herramienta para asegurar los derechos. Al igual que una persona no tiene que contratar los servicios de una empresa, sino que puede cambiar a otra ¿por qué no puede un grupo cambiar las agencias de protección?

Además, la Declaración de Independencia no necesita ser leída para respaldar sólo un derecho limitado de secesión. El pasaje que se refiere a motivos leves y transitorios forma parte de un debate sobre si el cambio de gobierno es prudente, pero el tema que nos ocupa no es la prudencia, sino los derechos. Muchos de los ejercicios de los propios derechos son imprudentes – podría tener el “derecho” a caminar hacia el tráfico, si la señal está en mi favor – pero tengo estos derechos a pesar de todo. Así, un grupo puede separarse imprudentemente, pero actúa dentro de sus derechos. Una vez más: si no, ¿por qué no?

El argumento puede seguir un paso más. Supongamos que un grupo que desee separarse es culpable de violar los derechos individuales. ¿Todavía tiene el derecho a la secesión? No veo por qué no. Por supuesto, no debe violar los derechos individuales, pero ¿por qué debería el hecho de que el grupo lo haga, obligarlos a someterse a un gobierno al que ya no desean obedecer?

Allen Buchanan, cuyo libro Secesión es la discusión más influyente de nuestro tema en la filosofía americana contemporánea, rechaza la legitimidad de la secesión del Sur en 1861 por los motivos sugeridos.[1] Desde la violación de los derechos de esclavitud, ningún estado esclavista tenía derecho a abandonar la Unión. Pero ¿por qué esta conclusión? (Por cierto, Buchanan sostiene que la secesión del Sur, restando la esclavitud, habría sido justificable). Claramente, la discusión de Buchanan del caso Sureño habría obtenido cercana atención a los argumentos actuales de los secesionistas del sur.

Debemos distinguir un caso aún más difícil. Supongamos que un grupo que viola los derechos individuales se separa. ¿Puede el ex gobierno intervenir sólo en la medida necesaria para garantizar los derechos de las personas en riesgo por la secesión?

Incluso en este caso, necesitamos una nota de cautela. El intento de resistir a la secesión en sí puede dar lugar a violaciones de derechos, y los beneficios de la intervención deben sopesarse con cuidado con respecto a sus costos. Incluso si uno está de acuerdo con Locke en que existe un derecho general a hacer cumplir la ley de la naturaleza, esto no genera ninguna obligación de hacerlo.

Robert Barro, un distinguido economista asociado con la teoría de las “expectativas racionales”, ha abordado esta cuestión con discernimiento. Por supuesto, durante la Guerra Civil, el gobierno de Lincoln no actuó sólo para garantizar los derechos de los esclavos. Pero supongamos que lo hizo. ¿Hubiera estado justificado en el uso de la fuerza para resistir la secesión?

Barro sugiere que no, dado el costo de hacerlo:

La Guerra Civil de Estados Unidos, con mucho, el conflicto más costoso para los Estados Unidos… causó más de 600.000 fatalidades militares y un número desconocido de civiles muertos, y dañó severamente la economía del sur. El ingreso per cápita pasó de aproximadamente el 80 por ciento del nivel del norte antes de la guerra… a un 40 por ciento después de la guerra… Tomó más de un siglo después del fin de la guerra en 1865, para que los ingresos per cápita del sur volvieran a alcanzar el 80 por ciento del nivel del norte.[2]

Sin embargo, puede replicarse que esta cita de Barro no aborda el punto en cuestión. Nadie niega los costos de la guerra civil, pero nuestra pregunta tiene que ver con la justificación: ¿Uno tiene el derecho de interferir con un grupo secesionista que viola derechos?

Por supuesto que el punto planteado por Barro es relevante. Los costes de una acción no pueden ser descartados como irrelevantes para la moral. Esto es aún más cierto si se tiene en cuenta otra cuestión que plantea Barro. La afirmación, una vez más, es que la Guerra Civil ilustra (o más bien, habría ilustrado, si se hubiera llevado a cabo de otra manera) la tesis de que la secesión se puede bloquear para proteger los derechos individuales.

Barro hace aquí un típico punto de economista. El objetivo de la defensa de los derechos individuales probablemente podría haber sido asegurado a través de medios menos costosos.

Todo habría sido mejor si la eliminación de la esclavitud se hubiese logrado mediante la compra a los dueños de los esclavos – como hicieron los ingleses con los esclavos de las Antillas durante la década de 1830 – en lugar de luchar la guerra.[3]

¿Y si esta propuesta es rechazada como poco realista? ¿Qué habría pasado con la esclavitud si se hubiese permitido a los estados del sur separarse de forma pacífica? Barro sugiere que la esclavitud pronto habría llegado a su fin de todos modos. Aquí una explicación más detallada por el historiador Jeffrey Hummel presta apoyo a la postura de Barro:

Ninguna abolición fue completamente pacífica, pero Estados Unidos y Haití son sólo dos entre las veintitantas sociedades esclavistas donde la violencia predominaba. El hecho de que la emancipación abrumaba a esas arraigadas economías agrícolas como Cuba y Brasil sugieren que la esclavitud estaba muriendo políticamente de todos modos…. especulaciones históricas acerca de una Confederación independiente deteniendo o revertiendo este impulso abrumador son difíciles de dar crédito.[4]

Pero, ¿no hemos abordado la pregunta en un frente demasiado estrecho? No obstante la desacertada política del Norte durante la Guerra Civil, esto no es suficiente para demostrar que cualquier resistencia a la separación que tenga como objetivo la defensa de los derechos individuales no pueda justificarse. Aquí, por una vez, concedo la objeción, pero los que desean restringir la secesión en casos como este, necesitan mostrar cómo sus intervenciones preferidas pueden evitar los costos que nuestro ejemplo ilustra.

En un momento determinado, me temo, este análisis de la secesión se encuentra abierto a malentendidos. La secesión surge de derechos individuales: No he intentado defenderla como un derecho de grupo irreductible a los derechos individuales. Por lo tanto, de ninguna manera se desprende que la mayoría de los habitantes de un territorio puede obligar a la separarse a los residentes que no desean hacerlo. La cuestión no es una de mayorías o minorías, sino de individuos. Por lo tanto, el argumento que aquí se ofrece de ninguna manera depende de suposiciones “democráticas”.

El tema ha sido abordado con claridad sin igual por uno de los más destacados de todos los liberales clásicos, Ludwig von Mises.

El derecho a la libre determinación… significa por lo tanto: cada vez que los habitantes de un territorio determinado, ya sea en un solo pueblo, un barrio entero, o una serie de distritos adyacentes, dan a conocer, mediante un plebiscito realizado libremente, que ya no desean permanecer unidos al estado al que pertenecen en ese momento… sus deseos deben ser respetados y cumplidos.[5]

Mises hace hincapié en que este derecho.

Se extiende a los habitantes de cada territorio lo suficientemente grande como para formar una unidad administrativa independiente. Si fuese de cualquier forma posible conceder este derecho a la libre determinación para cada persona individual, tendría que hacerse.[6]

Una vez que se ha comprendido el punto de Mises, la falacia de un argumento que a menudo se escucha es evidente. Algunos han sostenido que los estados del sur actuaron de “forma no democrática” al negarse a aceptar los resultados de las elecciones de 1860. Lincoln, después de todo, recibió una mayoría del voto popular del país.

Para un ‘Misesiano’, la respuesta es obvia: ¿y qué? Una mayoría (y mucho menos una pluralidad) no tiene derecho de coaccionar a los disidentes. Además, el argumento falla en sus propios términos. No fue antidemocrática la secesión. Los estados del Sur no negaban que Lincoln era en realidad el presidente legítimamente electo. Más bien, querían separarse justamente porque él lo era. La democracia sólo les obligaría a reconocer la autoridad de Lincoln si hubieran decidido permanecer en la Unión.

Pero ahora surge un problema. Me he esforzado por defender la secesión de una perspectiva de derechos individuales. Notoriamente, Mises no reconocía los derechos naturales. Me temo que, como Jeremy Bentham, consideraba las declaraciones de derechos como “un disparate en zancos”. ¿Por qué, entonces, Mises acepta la autodeterminación?

El razonamiento de Mises es característicamente incisivo. Si las personas se ven obligadas a permanecer bajo un gobierno que no eligen, entonces la lucha es el resultado más probable. El reconocimiento del derecho a la secesión “es la única forma viable y efectiva de prevenir revoluciones y guerras civiles e internacionales”.[7] El argumento de Mises no se basa en los derechos naturales, pero por supuesto es consistente con el enfoque que he esbozado. Independientemente de la teoría moral, sin duda es un punto fuerte a favor de una visión que tiene consecuencias beneficiosas.

Escuchen la charla de David Gordon, “La falacia del Anti-Secesionismo”, de la conferencia del Instituto Mises de 1995, “Secesión, Estado y Economía”


[1] Allen Buchanan, Secession: The Morality of Political Divorce from Fort Sumter to Lithuania and Quebec (Boulder, Colo.: Westview, 1991).

[2] Robert J. Barro, Getting It Right: Markets and Choices (Cambridge, Mass.: MIT Press, 1996), pp. 26–27.

[3]  Ibid., p. 28. Several of my remarks have been adapted from David Gordon, “In Defense of Secession,” review of Getting It Right: Markets and Choices, by Robert J. Barro, The Mises Review 3, no. 1 (Spring 1997): 1–5.

[4] Jeffrey Rogers Hummel, Emancipating Slaves, Enslaving Free Men (Peru, III.: Open Court, 1996), p. 352.

[5] Ludwig von Mises, Liberalism: In the Classical Tradition (Irvington-on-Hudson, N.Y.: Foundation for Economic Education, 1985), p. 109.

[5] Ludwig von Mises, Liberalism: In the Classical Tradition (Irvington-on-Hudson, N.Y.: Foundation for Economic Education, 1985), p. 109.

[6]  Ibid., pp. 109–10.

[7]  Ibid., p. 109.


Traducido del inglés por Andrés Minchalo G. El artículo original en inglés se encuentra aquí.

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El equilibrio sin estado

El equilibrio sin estado

• Enero 22, 2013

La sociedad de mercado sin estado (un acuerdo social pacífico basado en relaciones voluntarias entre individuos en el que no está presente el estado) no es una idea popular. Mucha gente cree que a esta sociedad le faltaría la capacidad de definir y aplicar derechos de propiedad y esto llevaría al caos, la tiranía de los ricos o la vuelta a un estado. Esta creencia ha llevado a un rechazo extendido del paradigma de la sociedad sin estado.

Murray Rothbard es considerado por muchos el defensor de la doctrina de la sociedad sin estado. Sin embargo, incluso Rothbard concedía que “no puede haber ninguna garantía absoluta de que una sociedad puramente de mercado no caiga presa de la criminalidad organizada”.[1]

Aunque es verdad que las garantías absolutas de cualquier resultado social son generalmente inapropiadas, creo que hay buenas razones para creer que son improbables, en ausencia de un estado, resultados como el caos, la tiranía de los ricos o incluso la “criminalidad organizada”.

Para demostrarlo, evaluaré las fuerzas económicas principales que gobiernan el desarrollo de cualquier sociedad y en último término la mantienen unida. Esto mostrará cómo las características económicas internas de una sociedad sin estado proporcionan incentivos para la no violencia y la cooperación y desincentivos para la violencia, el robo y la extorsión. Este trayecto analítico también nos llevará a darnos cuenta de que el pegamento que mantiene unidas las sociedades con estado en su forma actual puede no ser otra cosas que el miedo a un enemigo imaginario. En la medida en que los humanos puedan superar este temor, pueden abrir el camino a una sociedad sin estado.

Ni caos ni tiranía

La historia típica que oye uno cuando se cuestiona la necesidad del estado es que, en ausencia de este, supuestamente todos nos enfrentaríamos unos a otros y empezaríamos a tomar los recursos de otros y, como no habría estado para “regular” esta toma, se llegaría al caos. Supuestamente, todos nos convertiríamos en ladrones. Sin embargo, este resultado es improbable por dos razones.

Primero, como cualquier otra actividad económica, tomar de otros requiere el uso de recursos escasos. Los recursos pueden obtenerse por descubrimiento, producción, intercambio, regalo o tomarlos de otros por fuerza. Quienes quieran tomar de otros necesitan primero adquirir recursos que usarían en el proceso subsiguiente de robo. Esto significa que los recursos iniciales para tomar de otros tendrían que obtenerse por algún método distinto del robo: descubrimiento, producción, intercambio o regalo.

Así que una situación en la que todos adquieren solo recursos tomándolos de otros no puede ser la etapa inicial de ninguna sociedad. Alguien necesita primero encontrar o producir bienes antes de que le puedan quitar estos. Cualquier sociedad basada exclusivamente en tomar de otros es ilógica. Por el contrario, una sociedad en la que alguna gente toma mientras otra produce sería algo que esperaríamos ver en la realidad. Tampoco se excluye que los mismos individuos puedan producir unas veces y tomar otras.[2]

La segunda razón por la que no todos nos convertiríamos en tomadores es que los individuos no especializados son menos productivos que los que se especializan en varias actividades o solo en una. La ley de la ventaja comparativa, o ley de la asociación, fuerza a la gente a especializarse en actividades al tiempo que obtiene la mayoría de los productos y servicios de otros individuos especializados. De esta manera, todos disfrutan de más bienes y servicios de lo que tendrían si fueran autosuficientes. Por esto, en una sociedad sin estado, como en cualquier otra sociedad diferentes personas se especializarían en diferentes actividades. Solo algunos se especializarían en tomar de otros.

Sin embargo, la actividad de tomar no sería tan atractiva como parece a primera vista. Primero, en una sociedad sin estado pobre en capital, sería bastante duro convertirse en tomador efectivo debido al requisito inicial de recursos necesarios para empezar una operación de toma con éxito. Si uno empieza tomando de otros en una etapa en la que solo adquirió un nivel bajo de riqueza inicial (digamos una cueva y un palo), este tomador no será capaz de defenderse eficazmente de aquellos a quienes tomó recursos. Así que el proceso de toma debe verse precedido de un proceso de acumulación de capital.

¿Qué pasa entonces con la ausencia de estado en una sociedad rica en capital como la que vivimos? Algunos argumentan que si se aboliera l estado, lo ricos utilizarían sus amplios recursos para obligar a los pobres a la sumisión. Supuestamente convertirían el sistema actual en un sistema de trabajo forzado con mínimas compensaciones. Los dueños de negocios supuestamente proporcionarían a los trabajadores solo recursos suficientes para conseguir alimento, alojamiento y ropa.

Sin embargo no está claro en absoluto por qué los dueños de negocios querrían esclavizar a sus empleados y clientes. Como los humanos han llegado a aprender a lo largo de la historia, la libertad beneficia a todos, a largo plazo, porque la cooperación voluntaria es más productiva que el trabajo forzado. La fuerza reprime la motivación y la creatividad, que son necesarias para el descubrimiento de actividades nuevas y más productivas. Por eso las sociedades más libres tienden a superar a largo plazo a las menos libres, tanto económica como militarmente. Es el aumento en la productividad del trabajo, obtenido mediante la acumulación de capital y la cooperación voluntaria lo que forzó a la gente a abolir la esclavitud.

Planteemos una quiebra total de los estados en una sociedad. Un posible resultado de este acontecimiento, como han argumentado muchos antes, es la aparición de nuevos estados, quizá peores que los anteriores. Otro posible resultado es lo que llamo un equilibrio sin estado.[3] Como demostrarán las dos secciones siguientes, aunque haya fuertes incentivos para la cooperación voluntaria en tal equilibrio, estos incentivos puede nublarse por la más antigua de las emociones: el miedo.

Un equilibrio sin estado

Supongamos que tras la quiebra del estado, hay una extensión salvaje de “tomas” mutuas. Cuanto más salvaje sea la lucha, antes algunos o la mayoría de los que pelean se quedarán sin recursos para luchar y sostener su propia vida.

En este punto, algunos tienen que recurrir a la producción para sostener su propia vida. Otros, que no se han quedado sin recursos, pueden tratar de tomar recurso de quienes han recurrido a la producción. En este caso, los productores tendría que hacer un esfuerzo doble: producir y luchar para proteger lo producido. Los productores de más éxito sobrevivirán y los de menos, no. Igualmente, solo los tomadores de más éxito sobrevivirían. Estos tomadores pueden organizarse en bandas que ser más eficaces en la toma. Los productores pueden asimismo organizarse para defender mejor sus bienes.

Algunos de los especializados en la violencia y el robo acabarían dándose cuenta de que pueden obtener más recursos protegiendo a los productores de otros tomadores, a cambio de dinero o bienes y servicios. Esto es lo que implica la ley de la ventaja comparativa o ley de asociación. Los luchadores especializados son más eficaces en la lucha que la gente que es al tiempo productora y luchadora. Los productores especializados son más eficaces en producir que los que han dedicado parte de su tiempo a luchar. Así que un luchador puede obtener más recursos mediante el intercambio voluntario con un productor especializado que tomando de un productor que es también un luchador. Igualmente, los productores especializados, incluso después de pagar por los servicios de protección, son capaces de consumir más comparado con cuando tienen que dedicar una parte de su tiempo y recursos a luchar contra los ladrones.

L objeción que se plantea habitualmente contra esto es que estos protectores se volverán contra los productores y usarán la fuerza para conseguir bienes y servicios. Es verdad que los que miren menos al horizonte podrían recurrir a la extorsión. Pero los más inteligentes se darían cuenta de que la violencia, o la amenaza de violencia, debilitaría la capacidad productiva de los productores y consecuentemente su propia capacidad de proporcionar los recursos necesarios para la defensa contra los tomadores, fortaleciendo al tiempo los incentivos de los productores para requerir los servicios de otros protectores potenciales. Así que aquellos protectores que se dediquen a las transacciones voluntarias con los productores están en mejor disposición para evitar la agresión.

Al final, algunos se especializan en tomar, mientras otros se especializan o en producir o el proteger a los productores contra los tomadores. Como los tomadores confían solo en tomar para adquirir recursos, no disfrutan directamente de los beneficios del descubrimiento emprendedor. El descubrimiento emprendedor es una característica de los productores y de quienes realizan intercambios voluntarios con ellos. Los tomadores son siempre los usuarios secundarios del trabajo creativo de los productores. Siempre son secundarios.

El hecho de que los tomadores no realicen actividad productiva o cooperación voluntaria con los productores que bastante estrecho el tamaño y ámbito de las organizaciones de tomadores. El hecho de que los protectores y productores tengan relaciones voluntarias permite a los protectores conseguir un mejor acceso a una oferta abundante de bienes y servicios.

Esto implica que los tomadores, a pesar de los beneficios de productividad de una relación de intercambios voluntarios con los productores, siguen prefiriendo una relación violenta. Así que los tomadores son individuos que prefieren la violencia.

¿Qué pasa con la resolución de conflictos entre los productores? Sería ingenuo creer que todos los productores siempre estarán de acuerdo en quién es dueño de qué y cuáles son los límites de esa propiedad. Así que deberíamos esperar que algunos productores entraran a veces en conflicto sobre el uso apropiado de recursos (incluyendo el uso de recursos para pagar a los protectores). ¿Cómo se resolvería este conflicto sin el estado?

Primero, sabemos que, como todo, estar en conflicto con alguien, incluso en un conflicto no violento, no es gratis. Como el conflicto requiere tiempo y esfuerzos, reduce los poderes productivos de los productores afectados, así que todos preferirían algún tipo de resolución de conflictos. Es improbable que los productores recurran a la violencia (que puede incluir contratar a un protector para iniciar violencia), porque las ganancias a corto plazo de dicha resolución tendrían que sopesarse frente a las implicaciones a largo plazo de ser calificados como poco fiables y violentos entre los demás productores. Y el protector contratado debe evaluar los beneficios frente a los costes de ser calificado de matón entre los productores. Esto no significa que algunos individuos poco inteligentes no recurran a la violencia. Simplemente significa que, para productores y protectores, la violencia contra otros productores es generalmente menos ventajosa que la cooperación.

Esto sugiere que, a pesar de haber un desacuerdo sobre el uso de un recurso en un momento u otro, las partes implicadas en un conflicto seguirían estando de acuerdo en que la resolución no violenta de conflictos es mejor que la violenta o un conflicto prolongado indefinidamente. La técnica de resolución de conflictos reales que estas partes puedan elegir depende de sus preferencias. Pueden negociar directamente o pueden acordar un mediador que, basándose en los argumentos presentados por cada parte, juzgaría cómo debería resolverse el conflicto. En último término, la técnica de resolución de conflictos depende de las preferencias de las partes afectadas. Y el curso de acción de resolución de conflictos propuesta generalmente obliga, no porque esté respaldado por una amenaza de violencia del estado (es decir, la prisión), sino porque no cumplirlo implica la perspectiva de un conflicto prolongado (y de todos los costes que implica).

Repito que esto no significa que toda solución propuesta a un conflicto será aceptada por todas las partes afectadas. Sencillamente significa que, después de algún tiempo en conflicto, todas las partes llegarán a un punto en el que una resolución sea mejor que prolongar el conflicto. Y como estar en conflicto requiere el uso de recursos sin un beneficio futuro claro, los productores por lo general buscarán evitar conflictos prolongados. Quienes tomen parte continuamente en conflictos serán rehuidos y evitados e incluso pueden ser percibidos como tomadores, en cuyo caso no serían capaces de cooperar con quienes los perciban de esa manera.

El estado: Un equilibrio de temor

Solo cuando un gran número de productores empieza a creer que puede usar la fuerza de sus protectores para tomar recursos de otros productores, pueden aparecer conflictos violentos organizados a gran escala. ¿Pero por qué querrían los productores hacer eso cuando pueden, a largo plazo, beneficiarse más realizando intercambios voluntarios con otros productores y protectores?

Introduzcamos en este momento un viejo instinto: el miedo.[4] Los productores pueden temer la potencial agresión por otros grupos de productores. Este temor puede impulsar a los productores a apoyar la agresión de sus protectores a otros, creyendo que dicha agresión es la única manera de prevenir una futura agresión de otros. Este miedo también motivaría que los productores abandonaran la idea de requerir servicios de otros grupos de protectores. Después de todo, ¿quién quiere los servicios de quienes parecen ansiosos por agredirte?

En esta situación, los protectores podrían sencillamente tomar tanto de los productores como consideren “óptimo” o “justo”. Los productores no objetarían a esto por miedo a que los protectores no fueran en otro caso incapaces o no estuvieran dispuestos a protegerles de “agresores” potenciales. Los productores pueden también temer que los protectores usen la fuerza a arrebatarles bienes y servicios si rechazan pagar su porción “justa”. Así que hay fuertes incentivos para los protectores para crear y mantener una situación en la que los productores teman a otros productores y, potencialmente, a sus propios protectores.

Pero si solo algunos protectores consiguen hacer que sus socios productores teman a otros, esto seguiría sin llevar a la eliminación las relaciones voluntarias entre todos los productores y todos los protectores. Estos productores que están libres de temores, son, a largo plazo, más productivos y por tanto más capaces de protegerse a sí mismos. Los que tienen miedo es más probable que se den cuenta de que su temor no tiene fundamento y es contraproducente si ven que hay otros grupos no agresivos de productores  más prósperos y mejor protegidos.

Así que el escenario en que hay una relación universal entre protectores y productores basada en el miedo de los productores a otros productores solo puede existir si el origen de este miedo no lo perciben completamente la mayoría de los productores, si el miedo existe en una forma latente, inarticulada y no identificada.

Si ahora remplazamos la palabra protectores con la palabra estados, la palabra productores con contribuyentes y la palabra toma con impuestos, obtendremos algo que se parece mucho al mundo en que vivimos. Los protectores que mantienen el miedo latente a la agresión exterior o interior son los estados-nación con sus fuerzas militares y policiales que adquieren recursos gravando a los contribuyentes, mientras que los contribuyentes[5] son todos los que en estos estados-nación obtienen sus recursos mediante actividades productivas e intercambios voluntarios con otros.

Si preguntáis a cualquiera de ambos bandos de una guerra, generalmente oiréis la misma historia. La gente de cada bando cree profundamente que está librando una guerra defensiva. Incluso cuando inician una guerra, esta iniciación se justifica afirmando que era la única forma de evitar una agresión futura por el otro bando. Cuando se refiere a la agresión dentro de los países, la mayoría de la gente afirmaría que una policía estatal es la única defensa posible en la práctica contra agresiones de individuos y bandas.

El elemento que mantiene este equilibrio es el miedo latente de los productores a que otros productores (con la ayuda de los ejércitos y fuerzas policiales estatales de sus protectores) o grupos de bandas especializadas de tomadores se apropien de sus recursos por la fuerza.

En el primer caso, la agresión potencial se estimula por el miedo de los productores y no por el deseo de los recursos de otros. Esto es cierto porque un productor siempre puede beneficiarse más a largo plazo mediante el intercambio voluntario con otros. En el segundo caso, las bandas de tomadores pueden ser detenidas eficazmente contratando protectores, es decir, servicios de seguridad privada. Si esto es verdad, uno tiene que concluir que el miedo que no hace correr a las garras del estado, en realidad no tiene justificación en absoluto.

Conclusión

A pesar de la creencia común de que una sociedad sin estado es una utopía, hay buenas razones para creer que este sociedad no solo es económicamente viable, sino que proporciona incentivos continuos para la no violencia. La inevitabilidad percibida del estado, así como la inviabilidad percibida de una sociedad sin estado, se basan en el razonamiento económico defectuoso y el miedo irracional.


[1] Man, Economy, and State, p. 1055. [El hombre, la economía y el estado]

[2] Hay quien argumentaría incluso que somos todos al mismo tiempo tomadores y productores, porque, gracias a la existencia del estado, extraemos dinero de otros mediante impuestos pero también los pagamos. En una sociedad con estado, podemos realmente ser productores y tomadores porque la toma se realiza indirectamente a través del estado y se usa la fuerza del estado para impedir que los individuos utilicen su propia fuerza física con este tipo de robo (impuestos).

[3] Advertir que equilibrio es aquí una metáfora para la formación de estructuras y relaciones sociales (es decir, industrias especializadas, mercados, intercambios voluntarios) en lugar de un estado constante inactivo del mundo. En este equilibrio, siempre hay cambios, pero dentro del marco general de las estructuras sociales existentes.

[4] Aunque una descripción detallada del origen de este miedo queda fuera del ámbito de este artículo, algunos autores conjeturan que es una adaptación evolucionaria biológica que fue útil durante cientos de miles de años cuando los humanos vivían en pequeños grupos. Hayek y otros argumentan que, durante este largo periodo, los beneficios de la cooperación mediante la división del trabajo estaban limitados por la estructura primitiva del capital. Esto mantenía pequeños a los grupos y posteriormente a las tribus. Por el contrario, los beneficios de una adquisición violenta ocasional de recursos de otros grupos y tribus eran mayores que los beneficios perdidos por mezclar dos o más tribus mediante la división del trabajo y la cooperación pacífica. Aplicado en el contexto hayekiano de la evolución social, la animosidad resultante hacia otras tribus era una tradición útil como estrategia de defensa. El miedo a otros grupos como adaptación evolucionaria que fue útil durante la mayor parte de la historia humana ya no es necesario. Sin embargo, aunque nuestra evolución social se haya adelantado a nuestra evolución biológica en el sentido de que abandonar la tradición de animosidad lleva a sociedades de mayor éxito, permanece el miedo instintivo a otros.

[5] Advirtamos que aunque los empleados del estado pagan “impuestos”, sus salarios vienen de los ingresos fiscales, no del intercambio voluntario con los productores. Así que los empleados del estado son receptores de impuestos en lugar de contribuyentes.


Publicado el 17 de enero de 2013. Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.

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El Bienestar y el Estado Asistencialista

 Publicado el 14 Enero, 2013 por el Instituto Mises Hispano

¿Por Qué Hay una Crisis de Asistencialismo?

Casi todos, sea cual fuere su ideología, están de acuerdo en que hay algo terriblemente erróneo en el acelerado, desbocado sistema asistencialista en los Estados Unidos, un sistema en el cual una proporción cada vez mayor de la población vive como demandante ociosa, compulsiva, de lo que produce el resto de la sociedad. Algunos números y comparaciones ayudarán a ilustrar las variadas dimensiones de este problema galopante. En 1934, en medio de la mayor depresión en la historia estadounidense, cuando la vida económica había llegado a su punto más bajo, el gasto total del gobierno en asistencia social era de u$s 5.800 millones, de los cuales los pagos directamente relacionados con el asistencialismo (“asistencia pública”) alcanzaban los u$s 2.500 millones. En 1976, después de cuatro décadas del mayor auge en la historia de los Estados Unidos, cuando se había alcanzado el nivel de vida más alto en la historia del mundo, con un porcentaje relativamente bajo de desempleo, el gasto del gobierno en asistencia social sumaba u$s 331.400 millones, de los cuales la asistencia directa llegaba a u$s 48.900 millones. En resumen, el gasto total en asistencia trepó en un enorme porcentaje, el 5.614 por ciento en estas cuatro décadas, y la asistencia directa aumentó 1.856 por ciento. O, dicho de otro modo, el gasto en bienestar social se incrementó, en promedio, 133,7 por ciento por año durante el período 1934-1976, mientras la asistencia directa en beneficencia subió 44,2 por ciento por año. Si nos concentramos más en el asistencialismo directo, encontramos que ese gasto se mantuvo casi igual desde 1934 hasta 1950, y luego subió a la estratósfera junto con el auge de la segunda posguerra. Entre 1950 y 1976, de hecho, la asistencia del Estado aumentó la enorme suma de 84,4 por ciento anual.

Claro que parte de estos enormes incrementos puede adjudicarse a la inflación, que diluyó el valor y el poder de compra del dólar. Si, teniendo en cuenta la inflación, corregimos todas las cifras y las expresamos en términos de “dólares constantes de 1958” (es decir, considerando que cada dólar tiene aproximadamente el mismo poder de compra que en 1958), entonces las cifras relevantes se transforman de la siguiente manera: en 1934 –gasto total en asistencia social, u$s 13.700 millones; asistencia directa en beneficencia, u$s 5.900 millones; en 1976– gasto total en asistencia social, u$s 247.700 millones; asistencia directa, u$s 36.500 millones.

Por lo tanto, aun corrigiendo las cifras debido a la inflación, el gasto del gobierno en asistencia social alcanza la altísima suma de 1.798 por ciento, o 42,8 por ciento por año durante estos 42 años, mientras que la asistencia directa sube 519 por ciento, o 12,4 por ciento por año. Más aun, si observamos las cifras de asistencia directa en beneficencia, de 1950 y de 1976, corregidas por la inflación, hallamos que el gasto en asistencia social aumentó, durante los años del auge en cuestión, alrededor de un 1.077 por ciento, o 41,4 por ciento anuales.

Si ajustamos aun más las cifras teniendo en cuenta el crecimiento de la población (la cantidad total de habitantes de los Estados Unidos era de 126 millones en 1934 y de 215 millones en 1976), todavía obtendremos un aumento de casi diez veces el gasto total en asistencia social (de u$s 108 a u$s 1.152 per cápita en dólares constantes de 1958), y más del triple de asistencia pública directa (de u$s 47 en 1934 a u$s 170 per cápita en 1976).

Veamos otras comparaciones: de 1955 a 1976 –años de gran prosperidad– el número total de personas que recibieron asistencia social se quintuplicó, de 2,2 a 11,2 millones. De 1952 a 1970, la población de jóvenes de dieciocho años y menos aumentó alrededor de 42 por ciento; sin embargo, la cantidad de los que fueron beneficiados con asistencia social creció un 400 por ciento. La población total se mantuvo estática, pero el número de receptores de asistencia en la ciudad de Nueva York saltó de 330.000 en 1960 a 1,2 millones en 1971. Obviamente, estamos ante una crisis del asistencialismo.[1]

Se demuestra que la crisis es aun mayor si incluimos en los “pagos de beneficencia” toda la asistencia social a los pobres. Así, la “asistencia federal a los pobres” casi se triplicó de 1960 a 1969, puesto que saltó de u$s 9.500 millones a u$s 27.700 millones. Los gastos estatales y locales en bienestar social treparon de u$s 3.300 millones en 1935 a u$s 46.000 millones, ¡un aumento de 1.300 por ciento! El gasto total en bienestar social para 1969, a nivel federal, estatal y local, aumentó a la impresionante cifra de u$s 73.700 millones.

La mayoría de las personas ve al hecho de recibir asistencia como un proceso externo respecto de los beneficiarios, casi como un desastre natural (como un maremoto o una erupción volcánica) que está más allá de ellos y ocurre a pesar de su voluntad. Suele afirmarse que la “pobreza” es la causa de que los individuos o las familias reciban asistencia. Pero, sea cual fuere el criterio que se use para definir la pobreza, sea cual fuere el nivel de ingreso elegido, es innegable que el número de personas o familias que se hallan por debajo de esa “línea de pobreza” ha venido experimentando una constante reducción desde la década de 1930, y no a la inversa. Por lo tanto, la magnitud de la pobreza no puede explicar el espectacular crecimiento de la clientela del asistencialismo.

El enigma se aclara una vez que uno se da cuenta de que el número de beneficiarios de la asistencia gubernamental tiene lo que en economía se llama una “función positiva de la oferta”; en otras palabras, que cuando los incentivos para recibir asistencia aumentan, las nóminas de la beneficencia crecen, y se produce un resultado similar si los desincentivos disminuyen. Resulta extraño que nadie ponga a prueba este hallazgo en ninguna otra área de la economía. Supongamos, por ejemplo, que alguien (sea el gobierno o un multimillonario excéntrico, para el caso es lo mismo) ofrece un adicional de u$s 10.000 a todos los que trabajen en una fábrica de zapatos. Como es obvio, la oferta de trabajadores en la industria de los zapatos se multiplicará. Lo mismo sucederá si se reducen los desincentivos, es decir, si el gobierno promete eximir a todos los trabajadores de esa industria del pago del impuesto a las ganancias. Si comenzamos a aplicar a la clientela del asistencialismo el mismo análisis que a todas las otras áreas de la vida económica, la respuesta a la incógnita se hace clara como el agua.

¿Cuáles son, entonces, los incentivos/desincentivos importantes para recibir asistencia social, y cómo han ido cambiando? Por supuesto, un factor extremadamente importante es la relación entre el ingreso que se obtendrá del bienestar social, en comparación con el que se ganará haciendo un trabajo productivo. Pongamos un ejemplo sencillo: el salario “promedio” o corriente (el que está al alcance de un obrero “promedio”) en cierta área es u$s 7.000 por año, y el ingreso que se obtendrá del bienestar social es de u$s 3.000 por año. Esto significa que la ganancia neta promedio del trabajo (antes de deducir los impuestos) es u$s 4.000 anuales. Supongamos ahora que los pagos de asistencia social se incrementan a u$s 5.000 (o, en forma alternativa, que el salario promedio se reduce a u$s 5.000). La diferencia –la ganancia neta que se obtiene del trabajo– ha bajado ahora a la mitad, reducida de u$s 4.000 a u$s 2.000 por año. Lógicamente, el resultado será un enorme aumento de las nóminas de la asistencia (que será aun mayor si consideramos que los obreros que ganan u$s 7.000 tendrán que pagar mayores impuestos para poder mantener a una clientela aumentada y virtualmente no contribuyente del asistencialismo).

Entonces, puede esperarse que si –como, por supuesto, ha sucedido– los niveles de pagos de asistencialismo se han venido elevando con mayor rapidez que los salarios promedio, habrá cada vez más personas que se inscriban en las nóminas de la asistencia social. Este efecto será aun más acentuado si tenemos en cuenta que, como es obvio, no todos ganan el “promedio”; serán los trabajadores “marginales”, aquellos que ganan menos del promedio, quienes acudirán masivamente a solicitar asistencia social. Retomando nuestro ejemplo, si los pagos por asistencialismo aumentan a u$s 5.000 por año, ¿qué podemos esperar que suceda con los trabajadores que ganan u$s 4.000?, ¿o incluso u$s 6.000? El hombre que gana u$s 5.000 por año, que antes tenía una ganancia neta de u$s 2.000 más que el beneficiario de la asistencia social encuentra ahora que esa diferencia se ha reducido a cero, que no está ganando más –¡incluso gana menos una vez deducidos los impuestos!– que aquél, que vive ociosamente a expensas del Estado. ¿Puede resultar extraño que empiece a dedicarse a vivir del lucrativo negocio de la beneficencia?

Específicamente, durante el período 1952-1970, cuando las nóminas de la asistencia social se quintuplicaron, de 2 a 10 millones, la asistencia mensual promedio de una familia beneficiaria ascendió a más del doble, de u$s 82 a u$s 187, o sea un incremento de casi 130 por ciento en una época en que los precios al consumidor estaban aumentando sólo 50 por ciento. Además, en 1968, la Citizens Budget Commission de la ciudad de Nueva York comparó a los diez estados de la Unión cuyas nóminas de asistencia social crecían con mayor rapidez con los diez estados que disfrutaban de la tasa de crecimiento más baja. La Comisión halló que el beneficio mensual promedio de la asistencia social en los diez primeros estados era el doble que en los diez últimos. (Los pagos mensuales de asistencia social por persona promediaban u$s 177 en el primer grupo de estados, y sólo u$s 88 en el último.)[2]

Otro ejemplo del impacto de los altos pagos de asistencia social y de su relación con los salarios ganados mediante el trabajo fue citado por la McCone Commission, que investigaba los disturbios de Watts en 1965. La Comisión halló que en un empleo con salario mínimo se pagaban alrededor de u$s 220 por mes, de los cuales había que deducir los gastos relacionados con el trabajo, como vestimenta y transporte. En contraste, la familia promedio que recibía asistencia social en el área obtenía entre u$s 177 y u$s 238 por mes, de los cuales no había que deducir gastos relacionados con el trabajo.[3]

Otro factor poderoso en el aumento de las nóminas de asistencia social es la creciente desaparición de varios fuertes desincentivos para acogerse a ese régimen. El más importante de ellos ha sido siempre el estigma que significaba para toda persona el subsidio a la desocupación, que la hacía sentir que vivía parasitariamente a expensas de la producción en lugar de contribuir a ella. Este estigma fue eliminado por valores que han penetrado en el moderno populismo socialdemócrata; además, los organismos gubernamentales y los propios asistentes sociales cada vez instan más a la gente a recibir lo antes posible beneficencia por parte del Estado. La idea “clásica” del asistente social era la de alguien que ayudaba a las personas a ayudarse a sí mismas, que las impulsaba a lograr y mantener su independencia y a valerse por sus propios medios. El propósito de los asistentes sociales era ayudar a los que vivían de la beneficencia del gobierno a salir de esa situación tan pronto como fuera posible. Pero ahora tienen el objetivo opuesto: tratar de que la mayor cantidad de gente posible reciba asistencia social, promocionar y proclamar sus “derechos”.

El resultado ha sido una continua simplificación de los requerimientos de elegibilidad, una reducción de los trámites burocráticos y la desaparición de los requisitos (de residencia, trabajo, e incluso ingresos) para obtener un subsidio por desempleo. A cualquiera que se anime siquiera a sugerir que a los beneficiarios del asistencialismo debería requerírseles que acepten un empleo y abandonen el sistema se lo considera un reaccionario, un leproso moral. Y como ya casi ha desaparecido el antiguo estigma, la gente tiende cada vez más a pasar rápidamente al régimen asistencial en lugar de salir de él. Irving Kristol escribió cáusticamente acerca de la “explosión del asistencialismo” de la década de 1960:

Esta “explosión” fue creada, en parte de manera intencional, y en una mayor parte en forma inconsciente por funcionarios y empleados públicos que llevaban a cabo políticas públicas en relación con una “Guerra contra la Pobreza”. Y estas políticas fueron defendidas y promulgadas por muchas de las mismas personas que luego se mostraron perplejas ante la “explosión del asistencialismo”. No es sorprendente que tardaran en darse cuenta de que el problema que intentaban resolver era el mismo que  habían creado.

He aquí […] las razones que hay detrás de la “explosión del asistencialismo” en la década del 60:

1. El número de pobres que son elegibles para la asistencia social aumenta a medida que se amplía el alcance de las definiciones oficiales de “pobreza” y “necesidad”. Esto fue lo que hizo la Guerra contra la Pobreza; la consecuencia fue, automáticamente, un aumento en el número de “personas elegibles”.

2. El número de personas pobres elegibles que actualmente solicitan asistencia social crecerá a medida que aumenten los beneficios de la asistencia –como lo hicieron a lo largo de la década de 1960–. Cuando los pagos de beneficencia (y los beneficios asociados, como Medicaid y los vales para alimentos) compiten con los salarios bajos, muchas personas pobres preferirán, racionalmente, recibir la beneficencia. Hoy en día, en la ciudad de Nueva York, como en muchas otras grandes ciudades, los beneficios del asistencialismo no sólo compiten con los salarios bajos, sino que los superan.

3. El rechazo de aquellos realmente elegibles para recibir asistencia social –un rechazo basado en el orgullo, la ignorancia o el temor– disminuirá si se instituye cualquier campaña organizada para “reclutarlos”. En la década del 60 fue lanzada exitosamente una campaña semejante por a) varias organizaciones comunitarias auspiciadas y financiadas por la Oficina de Oportunidad Económica (Office of Economic Opportunity), b) el Movimiento de Derechos al Bienestar Público (Welfare Rights Movement) y c) la profesión del trabajo social, en la que ahora había numerosos graduados universitarios que consideraban un deber moral ayudar a la gente a recibir asistencia social, en lugar de ayudarla a abandonar el régimen de beneficencia. Además, las cortes de justicia cooperaron allanando varios obstáculos legales (por ejemplo, los requerimientos relativos a la residencia) […].

De alguna manera, el hecho de que cada vez haya más pobres que reciben asistencia social, con pagos más generosos, no parece haber hecho de este país un buen lugar para vivir –ni siquiera para los beneficiarios, cuya condición no parece perceptiblemente mejor que cuando eran pobres y no recibían ayuda.

Parece que algo salió mal; una política sensible a los problemas sociales por parte del populismo socialdemócrata engendró todo tipo de consecuencias inesperadas y perversas.[4]

El espíritu que antes animaba a la profesión de los asistentes sociales era muy diferente –y libertario–. Había dos principios básicos: a) que todo pago destinado a la beneficencia y al bienestar social debe ser voluntario, realizado por instituciones privadas, en lugar de constituir una acción coercitiva del gobierno; y b) que el objeto de dar debería ser ayudar al beneficiario a hacerse independiente y productivo tan pronto como fuera posible. Por supuesto, en última instancia, (b) surge de (a), puesto que ninguna agencia privada es capaz de reunir la cantidad de dinero virtualmente ilimitada que puede extraerse del sufrido contribuyente. Como los fondos de asistencia privados son estrictamente limitados, no hay lugar para la idea de “derechos” a la beneficencia pública como una exigencia permanente sobre la producción de otros. Como corolario de la restricción de fondos, los trabajadores sociales también se dan cuenta de que no existe la posibilidad de ayudar a los simuladores, a aquellos que se niegan a trabajar o que utilizan la asistencia de manera fraudulenta; de ahí el concepto de pobres “merecedores” en contraposición al de “no merecedores”. Así, la Organización de Caridad Social (Charity Organisation Society), una agencia inglesa del laissez-faire del siglo xix, incluyó entre los pobres no merecedores que no eran elegibles para la beneficencia a aquellos que no la necesitaban, a los impostores y a los hombres “cuya condición se debe a la imprevisión o al derroche, y no hay esperanzas de que se los pueda hacer independientes de la asistencia […] caritativa en el futuro”.[5]

El liberalismo del laissez-faire inglés, a pesar de que generalmente aceptaba la asistencia de la “Ley de Pobres”, promulgada por el gobierno, insistía en que hubiese un fuerte efecto desincentivador: no sólo imponer estrictas reglas de elegibilidad para la asistencia, sino también hacer que las condiciones del asilo fueran lo suficientemente desagradables como para que constituyera una fuerte disuasión, en lugar de una oportunidad atractiva. Debido a la existencia de los “pobres no merecedores”, aquellos que eran responsables de su propio destino, sólo se podía evitar el abuso del sistema de beneficencia “haciéndolo lo más desagradable posible para los postulantes; o sea, insistiendo (como regla general) en una prueba laboral o en la permanencia en un asilo”.[6]

Si bien una disuasión rigurosa es mucho mejor que una acogida abiertamente favorable y una prédica acerca de los “derechos” de los beneficiarios, la posición libertaria demanda la total abolición del asistencialismo gubernamental y de la dependencia de la caridad privada, sobre la base de que de este modo necesariamente se ayudará a los “pobres merecedores” a adquirir independencia lo más rápido posible. Después de todo, prácticamente no hubo asistencialismo gubernamental en los Estados Unidos hasta la Depresión de la década de 1930, y sin embargo –en una época en la que el nivel general de vida era mucho más bajo– no había hambre masiva en las calles. Un programa muy exitoso de asistencia privada es el que lleva a cabo en la actualidad la Iglesia Mormona, que tiene tres millones de miembros. En el siglo xix, estas personas realmente notables, acosadas por la pobreza y la persecución, emigraron a Utah y a los estados vecinos y a fuerza de austeridad y trabajo arduo lograron alcanzar un nivel general de prosperidad y riqueza. Muy pocos mormones reciben asistencia social; se les enseña a ser independientes, a confiar en sí mismos y a rehuir la ayuda a los desocupados. Los mormones son creyentes devotos, y por eso han internalizado con éxito estos valores admirables. Más aun, la Iglesia Mormona ha puesto en marcha un amplio plan de beneficencia privado para sus miembros, que se basa en el principio de ayudarlos a recuperar su independencia lo más pronto posible.

Veamos, por ejemplo, los siguientes principios del “Plan de Bienestar” de la Iglesia Mormona. “Desde su organización en 1830, la Iglesia ha estimulado a sus miembros hacia el logro y el mantenimiento de su independencia económica; ha incentivado la austeridad y fomentado el establecimiento de industrias generadoras de empleo; en todo momento ha estado preparada para ayudar a los creyentes que padecen necesidades.” En 1936, la Iglesia Mormona desarrolló un “Programa Eclesiástico de Bienestar, […] un sistema por el cual se eliminaría el azote del ocio, se abolirían los males del subsidio a la desocupación, y una vez más se establecerían entre nuestro pueblo la independencia, la industria, el trabajo lucrativo y el respeto por la propia persona. El objetivo de la Iglesia es ayudar a la gente a ayudarse a sí misma. El trabajo será entronizado como el principio rector de las vidas de los miembros de nuestra Iglesia”.[7] A los asistentes sociales mormones que trabajan en el programa se los instruye para que actúen de acuerdo con esto: “Fieles a este principio, los asistentes sociales enseñarán e impulsarán seriamente a los miembros de la Iglesia a sostenerse por sus propios medios, en la medida de sus capacidades. Ningún verdadero Santo del Último Día se sustraerá en forma voluntaria, mientras sea físicamente capaz, a la carga de su propia subsistencia. En tanto pueda, y bajo la inspiración del Todopoderoso y con su trabajo personal, proveerá a sus propias necesidades”.[8] Los objetivos inmediatos del Programa de Bienestar son: “1. Colocar en una ocupación provechosa a quienes son capaces de trabajar. 2. Proporcionar trabajo dentro del Programa de Bienestar, en la medida de lo posible, para aquellos que no pueden desempeñarse en empleos lucrativos. 3. Adquirir los medios para subvenir a las necesidades vitales de los pobres, por los cuales la Iglesia asume la responsabilidad”.[9] Dentro de lo posible, este programa se lleva a cabo en grupos rurales pequeños y descentralizados: “Las familias, los vecinos, los cuerpos selectos y otras unidades organizacionales de la Iglesia considerarán como algo prudente y deseable formar pequeños grupos para extender la ayuda mutua. Esos grupos pueden sembrar y cosechar, procesar alimentos, almacenar comida, vestimenta y combustible, y llevar adelante proyectos para su beneficio recíproco”.[10]

Específicamente, a los obispos y a los sacerdotes mormones se les ordena ayudar a sus hermanos a ayudarse a sí mismos: “En sus administraciones temporales, los obispos toman en consideración a cada persona necesitada, pero con capacidad física, como un problema puramente temporal, y la tienen a su cuidado hasta que pueda ayudarse sola. Los obispos y sacerdotes deben mirar a ese miembro necesitado como un problema permanente, no sólo hasta que sean satisfechas sus necesidades temporales, sino también las espirituales. Como ejemplo concreto: un obispo presta ayuda al artesano o al operario mientras está desempleado y busca trabajo; los obispos y sacerdotes lo ayudan a establecerse en un empleo y tratan de lograr que sea completamente autosuficiente y activo en sus deberes religiosos”. Las actividades concretas de rehabilitación para los miembros necesitados que deben realizar los cuerpos selectos incluyen: “1. Conseguir trabajos permanentes para los miembros del cuerpo selecto y los integrantes de sus familias. En algunos casos, a través de escuelas de comercio, aprendizajes, y de otras maneras, los cuerpos selectos han ayudado a sus miembros a calificarse para mejores trabajos. 2. Ayudar a los miembros del cuerpo selecto y a sus familias a establecerse en negocios propios […]”.[11]

El objetivo principal de la Iglesia Mormona es encontrar trabajos para sus miembros necesitados. Para este propósito: “Encontrar empleos convenientes, bajo el Programa de Bienestar, es una gran responsabilidad de los integrantes de los cuerpos selectos del sacerdocio. Ellos y los miembros de la Sociedad de Socorro (Relief Society) deben estar constantemente alerta acerca de oportunidades de empleo. Si todo miembro del comité de defensa del bienestar hace bien su trabajo en este aspecto, la mayoría de los desempleados serán instalados en puestos remunerados en el nivel del grupo o del comité”.[12] Otros miembros son rehabilitados como trabajadores por cuenta propia, la Iglesia puede contribuir con un pequeño préstamo y los miembros del cuerpo selecto del sacerdocio pueden garantizar la restitución de sus fondos. Aquellos mormones que no pueden ser establecidos en empleos o rehabilitados como trabajadores por cuenta propia “deben recibir, dentro de lo posible, un trabajo productivo en las propiedades de la Iglesia […]”. La Iglesia insiste en que, en lo posible, aquellos que reciben ayuda trabajen: “Resulta imperativo que las personas sostenidas a través del Programa de Bienestar de los obispos trabajen en la medida de su capacidad, ganando así lo que reciben […]. El trabajo que realiza una persona incluida en proyectos de beneficencia tendría que considerarse un empleo más temporario que permanente. De todos modos, debería continuar mientras el individuo recibe ayuda mediante el programa de los obispos. De esta manera se cuida el bienestar espiritual de la gente mientras se provee a sus necesidades temporales. Es preciso eliminar los sentimientos de inseguridad […]”.[13] Si no se dispone de otro empleo, el obispo puede asignar a los beneficiarios de la asistencia a trabajar para miembros individuales que necesitan trabajadores, y éstos reembolsarán a la Iglesia según los salarios prevalecientes. En general, se espera que, a cambio de la ayuda recibida, los beneficiarios del bienestar realicen cualquier contribución que puedan para el Programa de Bienestar de la Iglesia, sea con fondos, producción o trabajo.[14]

En forma complementaria a este amplio sistema de asistencia privada basado en el principio de impulsar la independencia, la Iglesia Mormona desalienta firmemente a sus miembros a solicitar asistencia pública. “Se insta a las autoridades de la Iglesia local a que pongan de relieve la importancia de que cada individuo, cada familia y cada comunidad eclesiástica se mantengan por sí mismos y no dependan de la beneficencia pública.” Y: “Buscar y aceptar con demasiada frecuencia el subsidio público directo invita a la maldición del ocio y fomenta los otros males del socorro a los desocupados. Destruye la independencia, la laboriosidad, la austeridad y el respeto por uno mismo”.[15]

No hay mejor modelo que el de la Iglesia Mormona para un programa de bienestar privado, voluntario, racional e individualista. Si la ayuda gubernamental es abolida, puede esperarse que surjan numerosos programas similares para la asistencia racional mutua en todo el país.

El ejemplo inspirador de la Iglesia Mormona es una demostración de que el principal factor determinante de quiénes o cuántas personas reciben asistencia social pública depende de sus valores culturales y morales más que de su nivel de ingresos. Otro ejemplo es el grupo de albano-americanos en la ciudad de Nueva York.

Los albano-americanos constituyen un grupo extremadamente necesitado, y en Nueva York son de modo casi invariable moradores de barrios pobres. Si bien las estadísticas son escasas, su ingreso promedio es indudablemente más bajo que el de los grupos más publicitados, los negros y los portorriqueños. Sin embargo, ni uno solo de ellos recibe beneficencia social. ¿Por qué? Se debe a su orgullo e independencia. Tal como lo señaló uno de sus líderes: “Los albanos no mendigan, y para ellos, recibir beneficencia pública es como pedir limosna en la calle”.[16]

Un caso similar es la comunidad, compuesta en su mayoría por polaco-americanos, casi todos católicos, de Northside, en Brooklyn; estas personas viven en una gran pobreza, pero a pesar de su infortunio, sus bajos ingresos y sus viviendas antiguas y deterioradas, prácticamente no hay beneficiarios de la asistencia pública en esta comunidad de 15.000 habitantes. ¿Por qué? Rudolph J. Stobierski, presidente del Consejo de Desarrollo de la Comunidad de Northside (Northside Community Development Council), dio la respuesta: “Consideran a la asistencia pública como un insulto”.[17]

Además del impacto de las diferencias religiosas y étnicas sobre los valores, el profesor Banfield demostró, en su brillante obra The Unheavenly City, la importancia de lo que él llama la cultura de “clase alta” o de “clase baja” en cuanto a la influencia de los valores sobre sus integrantes. Para Banfield las definiciones de “clase” no hacen referencia estricta a niveles de ingreso o estatus, sino que tienden a superponerse fuertemente con estas definiciones más comunes. Las suyas se centran en las diferentes actitudes hacia el presente y el futuro: los miembros de las clases alta y media tienden a estar orientados hacia el futuro, tienen propósitos concretos, son racionales y disciplinados. Las personas de clase baja, por su parte, tienden a tener una fuerte orientación hacia el presente, son caprichosas, hedonistas, carecen de propósitos definidos y, por ende, están poco dispuestas a buscar un empleo o seguir una carrera con cierta coherencia. En consecuencia, la gente que posee los valores expresados en primer término tiende a tener mayores ingresos y mejores trabajos, y los otros, que carecen de ellos, tienden a ser pobres, desempleados, o a recibir asistencia social.

En resumen, la situación económica de las personas tiende a ser, en el largo plazo, fruto de su propia responsabilidad interna, más que a estar determinada –como los (seudo) progresistas socialdemócratas insisten en afirmar– por factores externos. Así, Banfield cita los hallazgos de Daniel Rosenblatt acerca de la falta de interés en el cuidado médico debido a la “carencia general de orientación hacia el futuro” entre los pobres urbanos:

Por ejemplo, las revisiones regulares de los automóviles para detectar fallas incipientes no se encuentran dentro del sistema de valores generales de los habitantes pobres de las ciudades. De manera similar, los electrodomésticos por lo general están deteriorados y se los descarta, en lugar de repararlos cuando todavía están en buenas condiciones de uso. Es común realizar compras en cuotas sin tomar en cuenta la extensión de los pagos.

El cuerpo puede verse sencillamente como otra clase de objeto que se puede gastar, pero no reparar. Por ejemplo, los dientes no reciben cuidado odontológico, y tampoco se manifiesta después demasiado interés en las dentaduras postizas, sean gratuitas o no. De todas maneras, se las usa muy poco. En cuanto a los exámenes oftalmológicos, por lo común no se les da importancia, cualesquiera que sean las facilidades clínicas para realizarlos, y esto lo hacen incluso quienes usan anteojos. Es como si para la clase media el cuerpo fuera una máquina que debe ser preservada y mantenida en perfecto funcionamiento, sea mediante prótesis, rehabilitación, cirugía estética o tratamiento permanente, mientras que los pobres piensan en él como en algo que tiene una vida útil limitada; algo que se debe disfrutar durante la juventud y que luego, con la edad y la vejez, hay que sufrir y soportar estoicamente.[18]

Banfield señala además que las tasas de mortalidad de la clase baja son, y han sido durante generaciones, mucho más altas que las de las personas de clase alta. En gran parte esta diferencia no se debe a la pobreza ni a los bajos ingresos per se, sino más bien a los valores o a la cultura de los ciudadanos de clase baja. Así, las causas de muerte más importantes son el alcoholismo, la drogadicción, el homicidio y las enfermedades de transmisión sexual. La mortalidad infantil también ha sido mucho más elevada entre la gente de clase baja, entre dos o tres veces mayor que en los grupos de nivel más alto. Esto se debe a valores culturales más que a niveles de ingreso, tal como se puede ver en la comparación que realiza Banfield entre los inmigrantes irlandeses y los judíos rusos de fines del siglo xix en la ciudad de Nueva York. En aquellos días, los inmigrantes irlandeses generalmente se preocupaban por el presente y tenían actitudes de “clase baja”, mientras que los judíos rusos, si bien vivían en casas de vecindad superpobladas y su nivel de ingresos era tal vez menor que el de los irlandeses, eran extraordinariamente conscientes del futuro, tenían propósitos definidos y valores y actitudes de “clase alta”. En los últimos años del siglo, la expectativa de vida de un inmigrante irlandés a la edad de diez años era sólo de 38 años, mientras que la de un judío ruso era de más de 50 años. Más aun, mientras que en 1911-1916, según un estudio efectuado en siete ciudades, la mortalidad infantil era tres veces mayor para los grupos más pobres que para aquellos cuyo nivel de ingresos era más elevado, la mortalidad infantil entre los judíos era extremadamente baja.[19]

Con el desempleo –que obviamente tiene una cercana relación tanto con la pobreza como con el asistencialismo– sucede lo mismo que con la enfermedad y la mortalidad. Banfield cita los descubrimientos del profesor Michael J. Piore sobre la “desempleabilidad” esencial de muchos o de la mayoría de las personas de bajos ingresos persistentemente desempleadas. Según Piore, su dificultad no consiste tanto en encontrar empleos estables y bien remunerados o en adquirir las habilidades necesarias para desempeñarlos sino en la falta de condiciones personales para mantenerse en esos puestos. Estas personas manifiestan tendencia al alto ausentismo, a dejar sus empleos sin previo aviso, a ser insubordinadas, y a veces a robar a sus empleadores.[20] Además, en su estudio sobre el mercado laboral del “gueto” de Boston en 1968, Peter Doeringer descubrió que alrededor del 70 por ciento de las personas que solicitaban trabajo, remitidas por los centros de empleo vecinales, recibieron ofertas laborales, pero que más de la mitad de esas ofertas fueron rechazadas; y en cuanto a las aceptadas, sólo un 40 por ciento, aproximadamente, de los nuevos trabajadores conservaron sus empleos por el término de un mes. Doeringer concluyó: “Gran parte de la desocupación del gueto parece ser resultado de la inestabilidad en el trabajo más que de la escasez de trabajo”.[21]

Resulta muy ilustrativo comparar las descripciones de este común rechazo por parte de los desempleados de clase baja a comprometerse en trabajos estables realizadas por el profesor Banfield, quien manifiesta una fría desaprobación, y por el sociólogo izquierdista Alvin Gouldner, que por el contrario lo aprueba calurosamente. Dice Banfield: “Los hombres acostumbrados a callejear, a vivir de las mujeres y de la asistencia social, y a maltratar a los demás rara vez están dispuestos a aceptar las aburridas rutinas del ‘buen’ trabajo”.[22] Gouldner reflexiona sobre la falta de éxito de los asistentes sociales que tratan de alejar a estos hombres “de una vida de irresponsabilidad, sensualidad y desenfrenada agresión”, y declara que consideran poco atractiva esta oferta: “Abandona el sexo promiscuo, deja de expresar libremente la agresión, reprime tu  espontaneidad […] y es posible que tú, y tus hijos, sean admitidos en el mundo de las tres satisfactorias comidas diarias, en una escuela secundaria o quizás incluso en la educación universitaria, en el mundo de las cuentas de crédito, de los empleos seguros y de la respetabilidad”.[23]

El punto interesante es que desde los dos extremos del espectro ideológico tanto Banfield como Gouldner concuerdan, a pesar de sus juicios de valor contrastantes al respecto en la naturaleza esencial de este proceso: que gran parte del persistente desempleo de la clase baja, y por ende de la pobreza, es consecuencia de una decisión voluntaria de los mismos desempleados.

La actitud de Gouldner es típica de los (seudo) progresistas socialdemócratas y de los izquierdistas actuales: es vergonzoso tratar de hacer encajar los valores “burgueses” o “de clase media”, incluso en forma no coercitiva, en la cultura gloriosamente espontánea y “natural” de la clase baja. Quizás eso sea bastante justo; pero entonces no deben esperar –o reclamar– que esos mismos trabajadores burgueses sean obligados a mantener y subsidiar los valores parasitarios del ocio y la irresponsabilidad que aborrecen, y que son indudablemente disfuncionales para la supervivencia de cualquier sociedad. Si las personas desean ser “espontáneas”, que lo sean con su propio tiempo y sus propios recursos, y que entonces asuman las consecuencias de esa decisión y no utilicen la coerción del Estado para forzar a los trabajadores y a los que “no son tan espontáneos” a cargar con  ellas. En pocas palabras, hay que derogar el sistema asistencialista.

Si el principal problema con los pobres de clase baja es que son irresponsables y sólo les interesa el presente, y si es preciso inculcarles los valores “burgueses” de preocupación por el futuro para lograr que salgan de la beneficencia y de la dependencia (sigamos en esto a los mormones), entonces en última instancia estos valores deberían ser incentivados y no desalentados en la sociedad. Las actitudes izquierdistas y populistas socialdemócratas de los asistentes sociales hacen precisamente eso: directamente desalientan a los pobres al fomentar la idea de la beneficencia como un “derecho” y como una demanda moral sobre la producción. Además, la fácil disponibilidad del cheque de la asistencia social obviamente promueve en los beneficiarios la actitud de pensar sólo en el presente, la renuencia a trabajar y la irresponsabilidad, perpetuando así un círculo vicioso de pobreza-beneficencia. Tal como lo expresa Banfield, “quizá no haya mejor manera de lograr que prospere la mentalidad de preocuparse por el presente que darles a todos generosos cheques de beneficencia”.[24]

Por lo general, en sus ataques al sistema asistencialista los conservadores se han centrado en los males éticos y morales de multar compulsivamente a los contribuyentes para mantener a los desocupados, mientras que los izquierdistas focalizan su crítica en el hecho de que los “clientes” del asistencialismo se sienten desmoralizados por su dependencia de la dadivosidad del Estado y su burocracia. En realidad, ambas críticas son válidas y no existe contradicción entre ellas. Hemos visto que los programas voluntarios, como el de la Iglesia Mormona, están claramente atentos a este problema.

Y, de hecho, a los primeros críticos del laissez-faire que se pronunciaron contra el subsidio a los desocupados les preocupaban por igual la desmoralización de los que lo recibían y la coerción ejercida sobre aquellos forzados a pagar por él. En este sentido, Thomas Mackay, el defensor inglés del laissez-faire del siglo xix, declaró que la reforma del asistencialismo “consiste en la recreación y el desarrollo de las artes de la independencia”. Abogaba “no por más filantropía, sino por un mayor respeto por la dignidad de la vida humana, y por más fe en su capacidad para alcanzar su propia salvación”. Y expresó el desprecio que le inspiraban aquellos que apoyaban un mayor asistencialismo, “los filántropos que, vicariamente, en una temeraria búsqueda de popularidad fácil, utilizan la tasa [impuesto] arrancada a sus vecinos para multiplicar las ocasiones de afirmar su inestable posición ante la […] muchedumbre que está demasiado dispuesta a caer en la dependencia […]”.[25] Mackay agregó que la “dotación legal de la indigencia” que implica el sistema de beneficencia pública “introduce una influencia más peligrosa y a veces desmoralizante en nuestro entramado social. No se ha probado de ninguna manera que sea verdaderamente necesaria. Su aparente necesidad surge sobre todo del hecho de que el sistema ha creado su propia población dependiente”.[26] Refiriéndose al problema de la dependencia, Mackay observó que “lo que torna más amargo el infortunio de los pobres no es la mera pobreza, sino el sentimiento de dependencia que es un componente necesario de cualquier programa de beneficencia pública. Las medidas liberales en favor de estos programas no eliminan este sentimiento, sino que lo intensifican”.[27]

Mackay concluyó que “la única manera en la cual el legislador o administrador puede promover la disminución de la miseria es derogando o restringiendo las creaciones legales previstas para ese fin. El país puede tener, sin duda, exactamente tantos pobres como quiera pagar. Si se deroga o restringe esa dotación […] entrarán en actividad nuevas instancias, la natural capacidad de independencia del hombre, los lazos naturales de relación y amistad, y en lugar preferencial incluiría a la caridad privada, como diferenciada de la caridad pública […]”.[28]

La Organización de Caridad Social, la organización privada de beneficencia más importante de Inglaterra a fines del siglo xix, operaba precisamente de acuerdo con este principio, fomentando la autoayuda. Como destaca Mowat, historiador de la Organización: “La COS representaba una idea de caridad que suponía reconciliar las divisiones en la sociedad, para eliminar la pobreza y producir una comunidad feliz y plena de confianza en sí misma. Creía que el aspecto más grave de la pobreza era la degradación del carácter del hombre y la mujer pobres. La caridad indiscriminada no hizo más que empeorar las cosas, porque fue desmoralizadora. La verdadera caridad exigía amistad, ideas, el tipo de ayuda que restituiría al hombre su propio respeto y su capacidad para mantenerse a sí mismo y a su familia”.[29]

Quizás una de las consecuencias más siniestras del asistencialismo es que desalienta activamente la autoayuda, debilitando el incentivo financiero para la rehabilitación. Se ha estimado que, en promedio, todo dólar que las personas discapacitadas invierten para su rehabilitación les rinde entre 10 y 17 dólares de mayores ganancias futuras a valor presente. Pero este incentivo queda neutralizado por el hecho de que, al ser rehabilitadas, pierden sus ingresos provenientes de los programas de asistencia pública, los pagos por discapacidad de la Seguridad Social y la compensación laboral. Como resultado de todo esto, la mayoría de los discapacitados deciden no invertir en su propia rehabilitación.[30] Muchas personas, además, ahora están familiarizadas con los efectos desalentadores del sistema de Seguridad Social, que –en claro contraste con todos los fondos de seguro privado– suspende los pagos si el receptor tiene la audacia suficiente como para trabajar y obtener un ingreso después de los 62 años.

En estos días, cuando la mayoría de las personas observa con desconfianza el crecimiento de la población, algunos opositores al aumento demográfico se han centrado en otro efecto indeseable del sistema asistencialista: dado que a las familias que reciben asistencia social se les paga proporcionalmente según el número de hijos, el sistema proporciona un importante subsidio al nacimiento de más niños. Además, las personas a quienes se induce a tener más hijos son precisamente aquellas que menos pueden permitírselo; el único resultado posible es perpetuar su dependencia de la ayuda pública y, de hecho, también sus descendientes estarán permanentemente en la misma situación. En los últimos años ha habido bastante agitación tendiente a que el gobierno provea guarderías para cuidar a los niños de las madres que trabajan, servicio que, según se dice, no ha sido provisto por el mercado pese a ser muy necesario. Sin embargo, como la función del mercado consiste en responder a las urgentes demandas del consumidor, habría que preguntarse por qué parece haber fracasado en este caso en particular. La respuesta es que el gobierno limitó la apertura de guarderías infantiles con una red de complicadas y costosas restricciones legales. En resumen: si bien es perfectamente legal dejar a un hijo con un amigo o con un pariente, sea quien fuere esa persona o la condición en que se encuentre su vivienda, o contratar a un vecino para que cuide a uno o dos niños, si ese amigo o ese vecino convierte ese pequeño negocio en una guardería, el Estado caerá sobre él con todo su peso. Así, el Estado por lo general insistirá en que esos establecimientos tengan licencia y se negará a otorgarla a menos que haya permanentemente cuidadores especializados, lugares adecuados para la recreación, y que el espacio ocupado por las instalaciones se ajuste a un tamaño mínimo. Habrá muchas otras restricciones absurdas y onerosas que el gobierno no impone a los amigos, familiares y vecinos –o, de hecho, a las madres mismas–. Si se las elimina, el mercado operará para satisfacer la demanda.

Durante los últimos trece años el poeta Ned O’Gorman ha dirigido una exitosa guardería privada en Harlem, con muy escasos recursos, pero corre el riesgo de verse obligado a cerrarla debido a las restricciones burocráticas impuestas por el gobierno de la ciudad de Nueva York. Si bien la ciudad admite la “dedicación y eficiencia” de la guardería de O’Gorman, lo amenaza con multas y, en última instancia, con el cierre compulsivo del establecimiento a menos que esté presente un asistente social con matrícula siempre que hay cinco o más niños que atender. Tal como señala O’Gorman indignado:

¿Por qué diablos debería yo estar obligado a contratar a alguien que tiene un papel donde dice que estudió trabajo social y está calificado para dirigir una guardería? Si yo no estoy calificado después de trabajar trece años en Harlem, ¿quién lo está?[31]

El ejemplo de las guarderías infantiles demuestra una importante verdad acerca del mercado: si parece haber escasez de oferta para satisfacer lo que es una demanda evidente, mire al gobierno como causa del problema. Si se permite actuar al mercado no habrá ninguna escasez de guarderías, como no hay escasez de moteles, lavarropas, televisores o cualquier otro equipamiento de la vida diaria.

Cargas y Subsidios del Estado Asistencialista

El Estado Asistencialista moderno ¿realmente ayuda a los pobres? La noción generalizada, la idea que impulsó al Estado Asistencialista y lo mantuvo vigente es que, en esencia, redistribuye ingresos y riqueza de los ricos hacia los pobres: el sistema de impuestos progresivos recauda dinero de los ricos mientras que numerosas agencias y otros servicios lo canalizan hacia los pobres. Pero incluso los (seudo) progresistas socialdemócratas, los grandes defensores e impulsores del Estado Asistencialista, están comenzando a darse cuenta de que cada parte y cada aspecto de esta idea no es más que un mito. Los contratos gubernamentales, en particular los militares, encauzan los fondos tributarios hacia las corporaciones favorecidas y los trabajadores industriales, que reciben sueldos sustanciosos.

Las leyes de salario mínimo fatalmente generan desempleo, sobre todo entre los trabajadores más pobres y menos capacitados o educados –en el Sur, entre los negros adolescentes de los guetos y entre aquellos que están en desventaja desde el punto de vista profesional–. La causa de esto es que un salario mínimo, por supuesto, no garantiza el empleo a ningún trabajador; sólo prohíbe, por fuerza de ley, que una persona sea contratada por el salario que el empleador está dispuesto a pagar. En consecuencia, impone el desempleo. Los economistas han demostrado que los aumentos en el salario mínimo dictados por el gobierno federal crearon la conocida brecha entre el empleo de los adolescentes negros y el de los blancos, y aumentaron la tasa de desempleo de los varones adolescentes negros de aproximadamente un 8 por ciento a principios de la posguerra hasta el nivel actual, superior al 35 por ciento; la tasa de desempleo en este grupo social es mucho más catastrófica que el nivel general de desempleo masivo de la década de 1930 (20-25 por ciento).[32]

Ya hemos visto cómo la educación estatal superior redistribuye el ingreso de los ciudadanos pobres hacia los más adinerados. Un sinnúmero de restricciones gubernamentales para el otorgamiento de permisos, que afecta a una ocupación tras otra, excluye de esos puestos a los trabajadores más pobres y menos capacitados. En la actualidad es un hecho reconocido que los programas urbanos de renovación, supuestamente diseñados para mejorar los barrios bajos de los suburbios, en realidad conducen a la demolición de las casas de los pobres y los obligan a vivir en alojamientos donde el hacinamiento es mayor, y cuya disponibilidad es escasa, todo lo cual beneficia a los arrendatarios más pudientes, que son subsidiados, a los sindicatos de la construcción, a las empresas inmobiliarias favorecidas y a los intereses comerciales del centro de la ciudad. Por lo general se considera que los sindicatos, que alguna vez fueron los favoritos de los socialdemócratas, utilizan los privilegios que les otorga el gobierno para excluir a los obreros más pobres y pertenecientes a las minorías. La subvención a los precios agrícolas, que el gobierno federal eleva cada vez más, utiliza el dinero de los contribuyentes para incrementar los precios de los alimentos, con lo cual perjudica sobre todo a los consumidores de menores recursos, y ayuda, no a los granjeros pobres sino a los ricos agricultores que poseen mayores extensiones de tierras. (Como a los granjeros se les paga por kilo de productos, el programa de apoyo beneficia en gran medida a los agricultores ricos; en realidad, con frecuencia se les paga para que no produzcan, y como consecuencia, la existencia de tierras ociosas origina un grave desempleo en el segmento más pobre de la población rural, los arrendatarios agrícolas y sus trabajadores.) Las leyes de zonificación en los suburbios florecientes de los Estados Unidos sirven para excluir de ellos mediante la coerción legal a los ciudadanos más pobres, muchas veces a los negros que intentan mudarse del centro de las ciudades para aprovechar el aumento de oportunidades laborales en los suburbios.

El Servicio Postal de los Estados Unidos cobra altas tarifas monopólicas por el correo de primera clase utilizado por el público en general para subsidiar la distribución de diarios y revistas. La FHA (Administración Federal de Viviendas) subsidia los préstamos hipotecarios de propietarios pudientes. El Federal Bureau of Reclamation subvenciona el agua de regadío a los agricultores adinerados en el oeste, privando así de agua a los pobres urbanos y obligándolos a pagar más por el agua que consumen. La Rural Electrification Administration y la Tennessee Valley Authority subsidian el servicio eléctrico de agricultores adinerados, residentes de los suburbios y corporaciones. El profesor Brozen observa irónicamente: “La electricidad para las corporaciones abrumadas por la pobreza, como la Corporación Estadounidense del Aluminio y la Compañía DuPont, es subsidiada por la Tennessee Valley Authority, que las declara libres de impuestos (el 27 por ciento del precio de la electricidad se destina al pago de impuestos de los cuales se aprovechan empresas operadas en forma privada)”.[33] Y la regulación gubernamental monopoliza y carteliza gran parte de la industria, elevando así los precios al consumidor y restringiendo la producción, las alternativas competitivas o las mejoras en los productos (por ejemplo, la regulación ferroviaria, la regulación de las empresas de servicios públicos, la regulación aerocomercial, las leyes de prorrateo de combustibles). Así, la Civil Aeronautics Board asigna rutas aéreas a compañías favorecidas y excluye de ellas e incluso lleva a la quiebra a los pequeños competidores. Las leyes estatales o federales de prorrateo de combustibles determinan límites máximos absolutos para la producción de crudo, con lo cual elevan los precios del petróleo, que además se mantienen altos por las restricciones a la importación. Y el gobierno concede en todo el país un monopolio absoluto en cada área a compañías de gas, electricidad y teléfonos, protegiéndolas de la competencia, y establece sus tarifas para poder garantizarles un ingreso fijo. En todas partes y en todas las áreas ocurre lo mismo: el despojo sistemático de la mayoría de la población por parte del “Estado Asistencialista”.[34]

La mayoría de las personas cree que el sistema de impuestos de los Estados Unidos básicamente grava a los ricos mucho más que a los pobres, y por eso es un método de redistribución del ingreso de las clases más pudientes a las que lo son menos. (Existen, por supuesto, muchas otras formas de redistribución, por ejemplo, de los contribuyentes a Lockheed o General Dynamics.) Pero incluso el impuesto federal a la renta, que para todos es un gravamen “progresivo” (que cobra más a los ricos que a los pobres, con las clases medias en el medio), realmente no funciona de esa manera cuando tomamos en cuenta otros aspectos de este impuesto.

Por ejemplo, el impuesto de la Seguridad Social es flagrante y rigurosamente “regresivo”, dado que exprime a las clases media y baja: una persona con un ingreso básico (u$s 8.000) paga tanto de impuesto de Seguridad Social –y el monto crece todos los años– como alguien que gana u$s 1.000.000 por año. Las ganancias de capital, normalmente crecientes para los accionistas adinerados y propietarios de inmuebles, pagan menos que los impuestos sobre las rentas; los fondos privados y las fundaciones están exentos de impuestos, y los intereses ganados en bonos estatales y municipales también están eximidos del impuesto federal a las rentas. Finalizamos con la siguiente estimación de qué porcentaje del ingreso se paga, en general, por cada “clase de ingreso” en impuestos federales:

1965
Clases de ingreso Porcentaje de ingreso pagado
en impuestos federales
Menos de u$s 2.000 19
U$s 2.000 – u$s 4.000 16
U$s 4.000 – u$s 6.000 17
U$s 6.000 – u$s 8.000 17
U$s 8.000 – u$s 10.000 18
U$s 10.000 – u$s 15.000 19
Más de u$s 15.000 32
Promedio 22

Si los impuestos federales son escasamente “progresivos”, el impacto de los impuestos estatales y locales es casi ferozmente regresivo. Los impuestos a la propiedad a) son proporcionales, b) afectan sólo a los propietarios de inmuebles y c) dependen de los caprichos políticos de los asesores locales. Los impuestos a las ventas y al consumo gravitan especialmente sobre los pobres. Lo siguiente es el porcentaje estimado de ingreso extraído, en conjunto, por los impuestos estatales y locales:

1965
Clases de ingreso Porcentaje de ingreso pagado
en impuestos estatales y locales
Menos de u$s 2.000 25
U$s 2.000 – u$s 4.000 11
U$s 4.000 – u$s 6.000 10
U$s 6.000 – u$s 8.000 9
U$s 8.000 – u$s 10.000 9
U$s10.000 – u$s 15.000 9
Más de u$s 15.000 7
Promedio 9

Las siguientes son las estimaciones combinadas para el impacto total de los impuestos –federal, estatal y local– sobre las clases de ingresos:

1965
Clases de ingreso Porcentaje de ingreso pagado
en todos los impuestos[35]
Menos de u$s 2.000 44
U$s 2.000 – u$s 4.000 27
U$s 4.000 – u$s 6.000 27
U$s 6.000 – u$s 8.000 26
U$s 8.000 – u$s 10.000 27
U$s 10.000 – u$s 15.000 27
Más de u$s 15.000 38
Promedio 31

Estimaciones aun más recientes (1968) del impacto total de los impuestos de todos los niveles del gobierno confirman ampliamente lo anterior, y también muestran un aumento relativo mucho mayor de la carga impositiva en tres años sobre los grupos de menores ingresos:

1968
Clases de ingreso Porcentaje de ingreso pagado
en todos los impuestos[36]
Menos de u$s 2.000 50
U$s 2.000 – u$s 4.000 35
U$s 4.000 – u$s 6.000 31
U$s 6.000 – u$s 8.000 30
U$s 8.000 – u$s 10.000 29
U$s 10.000 – u$s 15.000 30
U$s 15.000 – u$s 25.000 30
U$s 25.000 – u$s 50.000 33
U$s 50.000 y más 45

Muchos economistas intentan mitigar el impacto de estas cifras reveladoras diciendo que las personas que están en la categoría “Menos de u$s 2.000”, por ejemplo, reciben más por asistencia social y otros pagos de “transferencia” que lo que pagan en concepto de impuestos; pero naturalmente, esto pasa por alto el hecho vital de que cada categoría incluye tanto a los beneficiarios de la asistencia social como a los contribuyentes, y que éstos no son necesariamente los mismos.

Al último grupo se lo grava fuertemente para subsidiar al primero. En resumen, los pobres (y la clase media) pagan con sus impuestos las viviendas públicamente subvencionadas de otros pobres, y de los grupos de ingresos medios. Y son los pobres que trabajan los que se ven obligados a aportar una enorme cantidad para pagar por los subsidios de los pobres que reciben beneficencia pública.

En los Estados Unidos hay mucha redistribución del ingreso: a Lockheed, a los beneficiarios del asistencialismo, y a muchos otros…, pero a los “ricos” no se les impone gravámenes en beneficio de los “pobres”. La redistribución se lleva a cabo entre las categorías de ingresos; a algunos pobres se les obliga a pagar por otros pobres.

Otras estimaciones tributarias confirman este cuadro escalofriante. La Tax Foundation, por ejemplo, calcula que los impuestos federales, estatales y locales extraen el 34 por ciento del ingreso general de aquellos que ganan menos de u$s 3.000 por año.[37]

El objetivo de este análisis no es, por supuesto, propugnar una estructura de impuesto a las ganancias “realmente” progresiva, una verdadera presión sobre los ricos, sino señalar que el moderno Estado Asistencialista, tan aclamado por hacer pagar a los ricos impuestos exorbitantes para subsidiar a los pobres, no hace tal cosa. De hecho, si lo hiciera los efectos serían desastrosos, no precisamente para los ricos sino para las clases pobre y media, dado que son los ricos quienes proveen, proporcionalmente, una mayor cantidad de ahorro, inversión de capital, previsión emprendedora y financiamiento de las innovaciones tecnológicas, y esto es lo que ha llevado al pueblo de los Estados Unidos a tener un nivel de vida mayor que el de cualquier otro país en la historia. Exprimir a los ricos no sólo sería profundamente inmoral; equivaldría a una drástica condena de las mismas virtudes –economía, previsión comercial e inversión– que han sido los basamentos del destacable nivel de vida del país. En otras palabras, sería matar a la gallina de los huevos de oro.

¿Qué Puede Hacer el Gobierno?

Entonces, ¿qué puede hacer el gobierno para ayudar a los pobres? La única respuesta correcta es la respuesta libertaria: apartarse. Si el gobierno deja el camino libre a las energías productivas de todos los grupos de la población, los ricos, la clase media y los pobres por igual, el resultado será un enorme aumento del bienestar y del nivel de vida de todos, y en particular de los pobres, a quienes supuestamente ayuda el mal llamado “Estado Asistencialista”.

El gobierno puede dejar el camino libre al pueblo de los Estados Unidos de cuatro maneras principales. Primero, puede derogar –o al menos reducir drásticamente– todos los impuestos, que paralizan las energías productivas, el ahorro, la inversión y el avance tecnológico. De hecho, la creación de empleos y el aumento de los salarios resultante de la eliminación de estos gravámenes beneficiaría sobre todo a los grupos de menores ingresos. Como señala el profesor Brozen: “Cuanto menos se esfuerce el Estado en utilizar su poder para reducir la desigualdad en la distribución del ingreso, más pronto disminuirá ésta. Las bajas retribuciones salariales subirían más rápidamente con una mayor tasa de ahorro y formación de capital, y la desigualdad disminuiría debido al aumento en el ingreso de los asalariados”.[38] La mejor manera de ayudar a los pobres es reducir los impuestos y permitir que el ahorro, la inversión y la creación de puestos de trabajo evolucionen sin trabas. Tal como señaló el Dr. F. A. Harper algunos años atrás, la inversión productiva es la “mayor caridad económica”. Harper escribió:

Según el punto de vista de algunos, la caridad es compartir un trozo de pan. Para otros, la mayor caridad económica consiste en el ahorro y en hacer las herramientas para producir una mayor cantidad de pan.

Las dos posturas están en conflicto porque ambos métodos son mutuamente excluyentes, en la medida en que ocupan el tiempo y los medios propios en todas las decisiones que se toman día a día […].

De hecho, la razón para la diferencia en los puntos de vista proviene de conceptos distintos acerca de la naturaleza del mundo económico. La primera postura se basa en la creencia de que el total de los bienes económicos es una constante. La segunda se fundamenta en que no hay límites necesarios para la expansión de la producción.

La diferencia entre las dos posiciones es como la diferencia entre una perspectiva bidimensional y una tridimensional de la producción. En la perspectiva bidimensional la cantidad es fija en cualquier momento dado, pero no es así en la tridimensional, y en ella el tamaño del todo puede expandirse sin límites mediante el ahorro y las herramientas […].

Toda la historia de la humanidad niega que haya una cantidad fija de bienes económicos. Más aun, revela que el ahorro y la expansión de las herramientas constituye la única manera válida para lograr cualquier aumento apreciable.[39]

La autora libertaria Isabel Paterson planteó la cuestión en forma elocuente:

Consideremos el caso de un filántropo privado y un capitalista privado que actúan en función de tales, y un hombre verdaderamente necesitado, no incapacitado; y supongamos que el filántropo le da comida, ropa y alojamiento; cuando el necesitado los ha utilizado, se encuentra en la misma situación que antes, excepto que pudo haber adquirido el hábito de la dependencia.

Pero supongamos que alguien que no actuara con benevolencia, que simplemente quisiera que el trabajo se hiciese por su propio interés, contratara al necesitado a cambio de un salario. El empleador no ha hecho una obra bondadosa. Sin embargo, la condición del hombre empleado ha experimentado un cambio real. ¿Cuál es la diferencia vital entre las dos acciones?

Ésta consiste en que el empleador ha llevado al hombre que empleó de regreso a la línea de producción, dentro del gran circuito de energía, mientras que el filántropo sólo puede desviar la energía de manera tal que no hay un retorno dentro de la producción, y por lo tanto la probabilidad de que el objeto de su beneficencia encuentre trabajo es menor […].

Si se considerara el rol que han desempeñado los filántropos sinceros, desde el comienzo de los tiempos, se hallaría que todos juntos, mediante su actividad estrictamente filantrópica, nunca proporcionaron a la humanidad una décima parte de los beneficios derivados de los esfuerzos normalmente egoístas de Thomas Alva Edison, para no mencionar a las grandes mentes que desarrollaron los principios científicos que Edison aplicó. Innumerables pensadores, inventores y organizadores, pensando especulativamente, han contribuido a la comodidad, la salud y la felicidad de su prójimo –porque su objetivo no era ése.[40]

En segundo lugar, y como corolario de una drástica reducción o derogación de los impuestos, habría una reducción equivalente en el gasto gubernamental. Los escasos recursos económicos ya no serían derrochados en gastos improductivos: en el multimillonario programa espacial, en obras públicas, en el complejo militar industrial, o en lo que fuere. En cambio, estarían disponibles para producir los bienes y servicios que desea la masa de los consumidores. El flujo de bienes y servicios proveería nuevos y mejores bienes a los consumidores a precios mucho menores. Ya no sufriríamos las ineficiencias y los perjuicios que los subsidios gubernamentales y los contratos del Estado representan para la productividad. Además, la mayoría de los científicos e ingenieros de la nación dejarían de realizar inútiles investigaciones militares y otras que interesan al gobierno y los fondos se liberarían para dedicarlos a actividades pacíficas y productivas, e inventos beneficiosos para los consumidores.[41]

Tercero, si el gobierno también pusiera fin a los numerosos gravámenes con los cuales abruma a los más pobres para subsidiar a los más adinerados, tal como lo hemos mencionado (la educación superior, los subsidios agrícolas, la irrigación, Lockheed, etc.), esto en sí mismo detendría las deliberadas exacciones gubernamentales sobre los pobres.

El gobierno ayudaría a los más pobres si dejara de gravarlos para subsidiar a los más ricos, ya que de este modo eliminaría la carga que pesa sobre su actividad productiva.

Por último, una de las formas más importantes en las cuales el gobierno podría ayudar a los pobres sería eliminando los obstáculos directos sobre sus energías productivas. Así, las leyes de salario mínimo dejan sin empleo a los miembros más necesitados y menos productivos de la población. Los privilegios gubernamentales a los sindicatos les permiten impedir a los obreros más pobres y pertenecientes a minorías que ejerzan empleos productivos y ganen salarios altos. Y las reglamentaciones sobre el otorgamiento de licencias, la prohibición de los juegos de azar y otras restricciones gubernamentales no permiten a los pobres abrir pequeños negocios y crear empleos para sí mismos. Así, en todas partes el gobierno ha dictado onerosas restricciones a la venta ambulante, que van de la prohibición directa a las licencias opresivas. La venta ambulante era la actividad clásica mediante la cual los inmigrantes, pobres y carentes de capital, podían convertirse en emprendedores y, con el tiempo, transformarse en grandes hombres de negocios. Pero ahora este camino está cerrado –principalmente para brindar privilegios monopólicos a los negocios minoristas de cada ciudad, que temen perder ganancias si tienen que enfrentar la competencia altamente móvil de los vendedores ambulantes.

Un caso que ejemplifica el modo en que el gobierno ha frustrado las actividades productivas de los pobres es el de un neurocirujano, el Dr. Thomas Matthew, fundador de la organización de autoayuda para negros NEGRO, que emite bonos para financiar sus operaciones. A mediados de la década del sesenta, el Dr. Matthew, enfrentando la oposición del gobierno de la ciudad de Nueva York, estableció un exitoso hospital interracial en la sección negra de Jamaica, Queens. Pronto descubrió, sin embargo, que el transporte público de Jamaica era pésimo, a tal punto que resultaba totalmente inadecuado para los pacientes y el personal del hospital. Ante esa situación, el Dr. Matthew compró algunos ómnibus y estableció un servicio regular en Jamaica, que era eficiente y exitoso. Pero el problema consistía en que no tenía una licencia de la ciudad para operar una línea de ómnibus –ese privilegio está reservado para los monopolios ineficientes pero protegidos–. El ingenioso Dr. Matthew, al descubrir que la ciudad no permitiría que ningún ómnibus sin licencia cobrara boletos, hizo que su servicio de transporte fuera gratuito, salvo que cualquiera de los pasajeros que así lo deseara comprara 250 bonos de la compañía para viajar siempre por ese medio. Tan exitoso resultó el servicio de ómnibus que estableció otra línea en Harlem; pero fue en este punto, a principios de 1968, cuando el gobierno de la ciudad de Nueva York, alarmado, decidió tomar medidas enérgicas, recurrió a los tribunales y logró que las dos líneas dejaran de funcionar por operar sin licencias.

Unos años más tarde, el Dr. Matthew y sus colegas tomaron un edificio abandonado en Harlem, que era propiedad del gobierno de la ciudad. (El gobierno de la ciudad de Nueva York es el mayor propietario de viviendas pobres con alquileres excesivamente altos, y posee una enorme cantidad de edificios abandonados debido a la falta de pago de los altos impuestos a la propiedad, que por lo tanto se deterioran hasta el punto de hacerse inhabitables.) En este edificio, el Dr. Matthew estableció un hospital de bajo costo, en una época en la cual los costos hospitalarios eran altísimos y había escasez de camas. La ciudad también logró el cierre de este hospital, con el pretexto de “violación a las reglamentaciones contra incendios”. Una y otra vez, en distintas áreas, el gobierno ha frustrado las actividades económicas de los pobres. No es extraño que cuando un funcionario blanco del gobierno de la ciudad de Nueva York le preguntó al Dr. Matthew cómo podía ayudar mejor a los proyectos de autoayuda de NEGRO, Matthew le respondiera: “Salgan de nuestro camino y dejen que tratemos de hacer algo”.

Otro ejemplo de cómo funciona el gobierno fue un episodio ocurrido hace algunos años, cuando los gobiernos federal y de la ciudad de Nueva York proclamaron ruidosamente que rehabilitarían un grupo de 37 edificios en Harlem. Pero en lugar de seguir la práctica usual de dárselos a la industria privada y otorgar los contratos de reacondicionamiento sobre cada casa en forma individual, el gobierno otorgó un contrato sobre la totalidad de los 37 edificios. Al hacerlo, se aseguró de que las pequeñas empresas de construcción cuyos propietarios eran negros no pudieran entrar en la licitación, y por lo tanto ésta fue ganada por una gran compañía dirigida por blancos. Veamos otro ejemplo: en 1966, la Small Business Administration del gobierno federal anunció orgullosamente un programa para incentivar la apertura de pequeñas empresas cuyos propietarios fueran negros. No obstante, el otorgamiento de créditos tenía algunas restricciones clave. Primero, decidió que cualquier prestatario tenía que estar “en el nivel de pobreza”. Ahora bien, dado que los muy pobres no están en condiciones de establecer sus propias empresas, esta restricción inhabilitó a muchos pequeños negocios cuyos dueños tenían ingresos moderadamente bajos –precisamente los indicados para ser pequeños emprendedores–. Y como culminación, la Small Business Administration de Nueva York agregó otra restricción: Todos los negros que aspiraran a obtener el crédito debían “probar una verdadera necesidad en su comunidad” para llenar un “vacío económico” reconocible; la necesidad y el vacío debían probarse a satisfacción de remotos burócratas alejados de la verdadera escena económica.[42]   

Un estudio del Institute for Policy Studies de Washington, D.C. proporciona un indicador fascinante acerca de si el “Estado Asistencialista” ayuda o perjudica a los pobres, y en qué medida lo hace. Se realizó una investigación acerca del flujo estimado de dinero gubernamental (federal y de distrito) que entra en el gueto negro de bajos ingresos de Shaw-Cardozo, en Washington, D.C., en comparación con el monto que paga el área al gobierno en concepto de impuestos. En el año fiscal de 1967, el área de Shaw-Cardozo tenía una población de 84.000 personas (de las cuales 79.000 eran negros), con un ingreso familiar medio de u$s 5.600 por año. El ingreso personal total de los residentes para ese año sumaba u$s 126,5 millones. El valor de los beneficios totales del gobierno que fluían hacia el distrito (desde subsidios por desempleo hasta el gasto estimado en las escuelas públicas) durante el año fiscal de 1967 se calculó en u$s 45,7 millones. ¿Es un generoso subsidio lo que ascendía a casi el 40% del total del ingreso de Shaw-Cardozo? Tal vez, pero como contrapartida se encuentra la cantidad total de impuestos de Shaw-Cardozo, estimada en u$s 50,0 millones –¡una salida neta de 4,3 millones de dólares de este gueto de bajos ingresos!–. ¿Se puede seguir alegando que la derogación de toda la estructura improductiva del Estado Asistencialista perjudicaría a los pobres?[43]

El gobierno podría ayudar mejor a los pobres –y al resto de la sociedad– haciéndose a un lado: eliminando su vasta y paralizante red de impuestos, subsidios, ineficiencias y privilegios monopólicos. El profesor Brozen resumió así su análisis del “Estado Asistencialista”:

Típicamente, el Estado ha sido un aparato que produce riqueza para unos pocos a expensas de muchos. El mercado produce riqueza para muchos con un pequeño costo para unos pocos. El Estado no ha cambiado su estilo desde los días en que los romanos ofrecían pan y circo a las masas, si bien ahora finge proveer educación y medicina, como también leche gratuita y artes interpretativas. Sigue siendo la fuente del privilegio monopólico y del poder para unos pocos mientras aparenta proveer bienestar para muchos –bienestar que sería más abundante si los políticos no expropiaran los medios que utilizan para dar la ilusión de que se preocupan por sus electores.[44]

El Impuesto Negativo a la Renta

Lamentablemente, la tendencia reciente –que cuenta con un amplio espectro de defensores (con modificaciones mínimas), desde el presidente Nixon hasta Milton Friedman en la derecha, hasta un gran número de personajes en la izquierda– consiste en derogar el actual Estado Asistencialista no en la dirección de la libertad sino hacia el extremo opuesto. Esta nueva tendencia es el llamado “ingreso anual garantizado”, o el “impuesto sobre ingresos negativos”, o el “Plan de Asistencia Familiar” del presidente Nixon.

Al referirse a las ineficiencias, inequidades y trámites burocráticos del sistema actual, se afirma que el ingreso anual garantizado haría que el subsidio fuera sencillo, “eficiente” y automático: cada año las autoridades del impuesto a la renta deberían pagar dinero a las familias que no alcanzaran a percibir un cierto ingreso básico; este reparto automático sería financiado, por supuesto, gravando a aquellas familias trabajadoras que ganan una cantidad mayor que la básica. Se estima que los costos de este esquema aparentemente prolijo y sencillo serían sólo de dos mil millones de dólares por año.

Pero aquí hay una trampa muy importante: los costos están estimados sobre el supuesto de que todos –tanto la gente que recibe el subsidio universal como aquellos que lo financian– continuarán trabajando en la misma medida que antes. Ahora bien, esto se basa en algo que aún no ha sido comprobado, ya que el problema principal es el enorme y paralizante desincentivo que representará el ingreso anual garantizado, tanto para el contribuyente como para el beneficiario.

El único elemento que impide que el actual Estado Asistencialista sea un absoluto desastre es precisamente la burocracia y el estigma que conlleva el recibir asistencia social. El beneficiario de la asistencia social aún se siente psíquicamente agraviado, a pesar de que esto ha disminuido en los últimos años, y tiene que enfrentar a una burocracia típicamente ineficiente, impersonal y complicada. Pero el ingreso anual garantizado, precisamente al hacer que el reparto sea eficiente, sencillo y automático, eliminará los principales obstáculos, los mayores incentivos negativos para la “función proveedora” de la beneficencia, y hará que la gente adhiera en forma masiva al reparto garantizado. Además, ahora todos considerarán al nuevo subsidio como un “derecho” automático más que como un privilegio o regalo, y todo estigma será eliminado.

Supongamos, por ejemplo, que la cantidad de u$s 4.000 se considera la “línea de pobreza”, y que todos los que tengan un ingreso menor reciben automáticamente la diferencia por parte del Tío Sam después de haber completado su formulario de impuesto a la renta. Aquellos que no tengan ingreso alguno recibirán u$s 4.000 del gobierno, los que ganen u$s 3.000 recibirán u$s 1.000, y así sucesivamente. Parece obvio que no habrá en realidad razón alguna para que cualquiera que gane menos de u$s 4.000 por año siga trabajando. ¿Para qué hacerlo, cuando su vecino que no trabaja recibirá el mismo ingreso que él? En resumen, el ingreso neto del trabajo será entonces igual a cero, y toda la población trabajadora que está por debajo de la mágica línea de u$s 4.000 renunciará a su empleo y se acogerá al reparto “justo”.

Pero esto no es todo; ¿qué pasa con aquellos que ganan u$s 4.000, o un poco más? El hombre que gana u$s 4.500 por año pronto se dará cuenta de que el holgazán de la casa vecina que se niega a trabajar estará recibiendo u$s 4.000 por año del gobierno federal; su propio ingreso neto por cuarenta horas semanales de arduo trabajo será sólo de u$s 500 por año. Por lo tanto, renunciará a su empleo y se acogerá al reparto del impuesto negativo. Sin duda, lo mismo sucederá con quienes ganen u$s 5.000 por año, etcétera.

El nocivo proceso no termina allí. Como todos los que ganen menos de u$s 4.000 e incluso estén considerablemente por encima de u$s 4.000 dejarán su trabajo y se pasarán al reparto, el pago total de la asistencia subirá hasta las nubes, y sólo podrá ser financiado gravando más fuertemente a los que reciben ingresos mayores y que continúen trabajando. Pero su ingreso neto luego de impuestos caerá en forma brusca, lo que tendrá como consecuencia que también ellos dejarán de trabajar y se pasarán al reparto. Veamos al hombre que gana u$s 6.000 por año. Él recibe, al inicio, un ingreso neto por su trabajo de sólo u$s 2.000, y si tiene que pagar, digamos, 500 dólares para financiar el reparto a los que no trabajan, su ingreso neto luego de impuestos será sólo de u$s 1.500 anuales. Si entonces tiene que pagar otros u$s 1.000 para financiar la rápida expansión de los que se suman al subsidio, su ingreso neto caerá a u$s 500 y se pasará al reparto. Por lo tanto, la conclusión indiscutible del ingreso anual garantizado será un círculo vicioso hacia el desastre, hacia el objetivo lógico e imposible de que casi nadie trabaje, y todos estén en el subsidio por desempleo.

A todo esto se suman algunas otras consideraciones importantes. En la práctica, por supuesto, el nivel básico, una vez establecido en u$s 4.000, no se mantendrá en esa cantidad; la irresistible presión de los clientes del asistencialismo y de otros grupos de presión lo aumentará de modo inexorable todos los años, con lo cual el círculo vicioso y el desastre económico cada vez estarán más cerca. En la práctica, el ingreso anual garantizado noreemplazará, como lo esperan sus defensores conservadores, al actual Estado Asistencialista; sencillamente se agregará a los programas existentes. Esto, por ejemplo, es precisamente lo que ocurrió con los programas estatales de ayuda a la tercera edad. El principal caballo de batalla del programa de Seguridad Social del New Deal era que reemplazaría eficientemente a los programas estatales de ayuda a la tercera edad que estaban en vigencia. En la práctica, por supuesto, no hizo tal cosa, y la ayuda a la tercera edad es mucho mayor ahora que en la década del treinta. Simplemente se agregó a los programas existentes una estructura de seguridad social en constante crecimiento. En la práctica, finalmente, la promesa del presidente Nixon a los conservadores de que los beneficiarios del nuevo reparto que estuvieran en condiciones físicas serían obligados a trabajar es una farsa evidente. En primer lugar, tendrían que encontrar un trabajo “apropiado”, y la experiencia universal de las agencias estatales de empleo para los desocupados es que casi nunca se encuentran los empleos “apropiados”.[45]

Los diversos proyectos para lograr un ingreso anual garantizado no constituyen una solución genuina para los males universalmente conocidos del sistema del Estado Asistencialista; todo cuanto harán será profundizar más aun esos males. La única solución viable es la libertaria: la derogación del subsidio estatal que hará posible la libertad y la acción voluntaria de todas las personas, ricas y pobres por igual.


[1] El Statistical Abstract of the United States, en sus varias ediciones anuales, tiene los datos básicos para la nación. Para cifras locales y algunos análisis iniciales, véase Hazlitt, Henry. Man vs. the Welfare State. New Rochelle, N.Y., Arlington House, 1969, pp. 59-60.

[2] Véase Freeman, Roger A. “The Wayward Welfare State.” Modern Age (otoño de 1971), pp. 401-402. En un detallado estudio realizado estado por estado, los profesores Brehm y Saving estimaron que en 1951 el nivel de pagos de beneficencia en cada estado daba razón de más del 60 por ciento de los clientes del asistencialismo en ese estado; hacia fines de la década del 50, el porcentaje había aumentado a más de 80 por ciento. Brehm, C. T. y Saving, T. R. “The Demand for General Assistance Payments.” American Economic Review (diciembre de 1964), pp. 1002-1018.

[3] Comisión del Gobernador con respecto a los disturbios de Los Angeles. Violence in the City -An End or a Beginning? 2 de diciembre de 1965, p. 72; citado en Banfield, Edward C. The Unheavenly City. Boston, Little, Brown & Co., 1970, p. 288.

[4] Kristol, Irving. “Welfare: The best of intentions, the worst of results.” Atlantic Monthly (agosto de 1971), p. 47.

[5] Charity Organisation Society, 15th Annual Report, 1883, p. 54; citado en Charles Loch Mowat. The Charity Organisation Society, 1869-1913. Londres, Methuen & Co., 1961, p. 35.

[6] Charity Organisation Society, 2nd Annual Report, 1870, p. 5; citado en Mowat, ibíd., p. 36.

[7] Welfare Plan of the Church of Jesus Christ of Latter-Day Saints. The General Church Welfare Committee, 1960, p. 1.

[8] Ibíd., p. 4.

[9] Ibíd., p. 4.

[10] Ibíd., p. 5.

[11] Ibíd., p. 19.

[12] Ibíd., p. 22.

[13] Ibíd., p. 25.

[14] Ibíd., pp. 25, 46.

[15] Ibíd., pp. 46, 48.

[16] New York Times, 13 de abril de 1970.

[17] Brozan, Nadine, en New York Times, 14 de febrero de 1972.

[18] Rosenblatt, Daniel. “Barriers to Medical Care for the Urban Poor.” En: Shostak, A. y Gomberg, W. (eds.). New Perspectives on Poverty. Englewood Cliffs, N.J., Prentice-Hall, 1965, pp. 72-73; citado en Banfield, The Unheavenly City, pp. 286-87.

[19] Véase Banfield, op. cit., pp. 210-16, 303. Pueden hallarse comparaciones de mortalidad infantil en Anderson, O. W. “Infant Mortality and Social and Cultural Factors: Historical Trends and Current Patterns.” En: Jaco, E. G. (ed.). Patients, Physicians, and Illness. Nueva York, The Free Press, 1958, pp. 10-22; el estudio de las siete ciudades se encuentra en Woodbury, R. M. Causal Factors in Infant Mortality: A Statistical Study Based on Investigation in Eight Cities,U.S. Children’s Bureau Publication #142, Washington, D.C.: U.S. Government Printing Office, 1925, p. 157. Acerca de la expectativa de vida de irlandeses y judíos, véase Walsh, James J. “Irish Mortality in New York and Pennsylvania.” Studies: An Irish Quarterly Review (diciembre de 1921), p. 632. Sobre la necesidad de cambiar los valores y estilos de vida para reducir la mortalidad infantil, véase Willie, C. V. y Rothney, W. B. “Racial, Ethnic and Income Factors in the Epidemiology of Neonatal Mortality.” American Sociological Review (agosto de 1962), p. 526.

[20] Piore, Michael J. “Public and Private Responsibilities in On-the-Job Training of Disad­vantaged Workers.” M.I.T. Dept. of Economics Working Paper #23, junio de 1968. Citado en Banfield, op. cit., pp. 105, 285

[21] Doeringer, Peter B. Ghetto Labor Markets—Problems and Programs. Harvard Institute of Economic Research, Discussion Paper #33, junio de 1968, p. 9; citado en Banfield, op. cit., pp. 112, 285-86.

[22] Banfield, ibíd., p. 105. También p. 112.

[23] Gouldner, Alvin W. “The Secrets of Organizations.” En: The Social Welfare Forum,Proceedings of the National Conference on Social Welfare. Nueva York, Columbia Univer­sity Press, 1963, p. 175; citado en Banfield, op. cit., pp. 221-22, 305.

[24] Banfield, op. cit., p. 221.

[25] Mackay, Thomas. Methods of Social Reform. Londres, John Murray, 1896, p. 13.

[26] Ibíd., pp. 38-39

[27] Ibíd., pp. 259-60.

[28] Ibíd., pp. 268-69.

[29] Mowat, op. cit., pp. 1-2.

[30] James, Estelle. “Review of The Economics of Vocational Rehabilitation.” American Economic Review (junio de 1966), p. 642; véase también Brozen, Yale. “Welfare Without the Welfare State.” The Freeman (diciembre de 1966), pp. 50-51.

[31] “Poet and Agency at Odds Over His Day-Care Center.” New York Times (17 de abril de 1978), p. B2.

[32] Entre numerosos estudios, véase Brozen, Yale y Friedman, Milton. The Minimum Wage: Who Pays? Washington, D.C., Free Society Association, abril de 1966; también Peterson, John M. y Stewart, Charles T., Jr. Employment Effects of Minimum Wage Rates. Washington, D.C., American Enterprise Institute, agosto de 1969.

[33] Brozen,Yale. “Welfare Without the Welfare State”, pp. 48-49.

[34] Además de Brozen, op. cit., véase Brozen, Yale. “The Untruth of the Obvious”, The Freeman (junio de 1968), pp. 328-40. Véase también Brozen, Yale. “The Revival of Traditional Liberalism.” New Individualist Review (primavera de 1965), pp. 3-12; Peltzman, Sam. “CAB: Freedom from Competition.” New Individualist Review (primavera de 1963), pp. 16-23; Anderson, Martin. The Federal Bulldozer. Cambridge, MIT Press, 1964. Puede verse una introducción a la historia del precio del petróleo en Houthakker, Hendrik S. “No Use for Controls.” Barrons (8 de noviembre de 1971), pp. 7-8.

[35] Para más estimaciones, véase Pechman, Joseph A. “The Rich, the Poor, and the Taxes They Pay.” Public Interest (otoño de 1969), p. 33.

[36] Herriot, R.A. y Miller, H. P. “The Taxes We Pay.” The Conference Board Record (mayo de 1971), p. 40.

[37] Véase Chapman, William. “Study Shows Taxes Hit Poor.” New York Post (10 de febrero de 1971), p. 46; U.S. News (9 de diciembre de 1968); Manis, Rod. Poverty: A Libertarian View. Los Angeles, Rampart College, s/f); Brozen, Yale. “Welfare Without the Welfare State”, op. cit.

[38] Brozen. “Welfare Without the Welfare State”, p. 47.

[39] Harper, F.A. “The Greatest Economic Charity.” En: Sennholz, M., ed. On Freedom and Free Enterprise. Princeton, N.J., D. Van Nostrand, 1956, p. 106.

[40] Paterson, Isabel. The God of the Machine. Nueva York, G. P. Putnams Sons, 1943, pp. 248-50.

[41] Acerca de la desviación masiva de científicos e ingenieros hacia actividades gubernamentales durante los últimos años, véase Nieburg, H. L. In the Name of Science. Chicago, Quadrangle, 1966; sobre las ineficiencias y la mala asignación del complejo militar industrial, véase Melman, Seymour, ed. The War Economy of  the United States. Nueva York, St. Martins Press, 1971.

[42] Acerca de Matthew y de los casos de la Small Business Administration, véase Jacobs, Jane. The Economy of Cities. Nueva York, Random House, 1969, pp. 225-28.

[43] Información adaptada de un estudio inédito de Mellor, Earl F. “Public Goods and Ser­vices: Costs and Benefits. A Study of the Shaw-Cardozo Area of Washington, D.C.” (pre­sentado al Institute for Policy Studies, Washington, D.C., 31 de octubre de 1969).

[44] Brozen, “Welfare Without the Welfare State”, p. 52.

[45] Una brillante crítica teórica al ingreso anual garantizado, al impuesto negativo a la renta y a los esquemas de Nixon puede verse en Hazlitt. Man vs.Welfare State, pp. 62-100. Para una crítica empírica definitiva y actualizada de todos los planes y experimentos de ingreso anual garantizado, incluyendo el esquema de reforma del sistema asistencialista del presidente Carter, véase Anderson, Martin. Welfare: the Political Economy of Welfare Reform in the United States. Stanford, Calif., Hoover Institution, 1978.

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Obsesionados por la megalomanía

14 Enero, 2013

Autor: Hans-Hermann Hoppe

[La siguiente entrevista con Hans-Hermann Hoppe apareció originalmente en el semanario alemánJunge Freiheit el 2 de noviembre de 2012 y fue realizada por Moritz Schwarz]

¿Los impuestos no son sino dinero para protección? ¿Es el estado una especie de mafia? ¿La democracia un fraude? El filósofo HansHermannHoppe no solo es considerado uno de los intelectuales pioneros más importantes del movimiento libertario, sino asimismo tal vez sea el crítico más agudo del sistema político occidental.

Profesor Hoppe, en su colección de ensayos “Der Wettbewerb der Gauner” (“La competencia de los ladrones”), escribe que “al 99% de los ciudadanos, si se les pregunta si es estado es necesario, responderían que sí”. ¡Yo también! ¿Por qué me equivoco?

Hoppe: Todos, desde la infancia, hemos sido moldeados por el estado o por instituciones con licencia estatal: parvularios, escuelas, universidades. Así que el resultado que cita no es sorprendente. Sin embargo, si le pregunto si diría que sí a una institución que tenga la última palabra en cada conflicto, incluso en los que se ve envuelta, indudablemente diría que no, salvo que espere estar usted al mando de esta institución.

Em… Correcto.

Hoppe: Por supuesto, porque sabe que una institución así no solo no puede mediar en conflictos sino también causarlos, puede darse cuenta de que puede resolverlos en provecho propio. A la vista de esto, yo, al menos, viviría temiendo por mi vida y mi propiedad. Sin embargo, es precisamente esto, el poder último de toma de decisiones judiciales, la característica específica de la institución conocida como el estado.

Correcto, pero por otro lado el estado se basa en un contrato social, que proporciona al individuo protección y espacio para la realización personal, que no tendría sin el estado, en una lucha de todos contra todos.

Hoppe: No, ¡el estado es cualquier cosa menos el resultado de un contrato! Nadie con un mínimo de sentido común aceptaría un contrato así. Tengo un montón de contratos en mis archivos, pero no hay en ninguna parte ninguno como este. El estado es el resultado de la fuerza agresiva y la subyugación. Ha evolucionado sin fundamentos contractuales, igual que una banda de gánsteres de protección. Y respecto de la lucha de todos contra todos: es un mito. Por supuesto, el gánster protege a sus víctimas en “su” territorio ante otros gánsteres, pero porque así puede llevar su “negocio” con más éxito. Además, son los estados los responsables de las muertes de centenares de millones de personas y una destrucción inconmensurable solo en el siglo XX. Comparado con eso, las víctimas de los delitos privados son casi desdeñables. ¿Y cree usted seriamente que los conflictos entre los habitantes de la región de las tres fronteras [de Francia, Alemania y Suiza] cerca de Basilea, que viven juntas en una condición de anarquía, son más numerosos que los conflictos entre los habitantes de Dortmund y Düsseldorf, que son ciudadanos del mismo estado [Alemania]? No es así, por lo que sé.

¿Por qué en su opinión la democracia es solo una “competencia de ladrones”?

Hoppe: Todas las formas altamente desarrolladas de religión prohíben codiciar la propiedad e otros. Esta prohibición es la base de la cooperación pacífica. En una democracia, por el contrario, todos pueden codiciar la propiedad de otros y actuar de acuerdo con su deseo, siendo la única condición que pueda conseguir acceso a los pasillos del poder. Así, bajo condiciones democráticas, todos se convierten en una amenaza potencial. Y durante elecciones masivas lo que tiende a ocurrir es que los miembros de la sociedad que intentan acceder a los pasillos del poder y ascienden a los cargos más elevados son los que no tienen inhibiciones morales respecto de apropiarse injustamente de la propiedad de otros: amorales habituales que tienen un talento particular para forjar mayorías en una multitud de reclamaciones desbocadas y mutuamente excluyentes.

“Políticos: ¡vagos y gorrones!” ¿No teme que se le pueda reprochar de quejarse al estilo del tabloide “Bild”?

Hoppe: ¿Y qué? Hasta el siglo XX apenas había algún pensador político importante que no hablara con desdén de la democracia. Su expresión clave era “la muchedumbre manda”. La crítica populista de la democracia, como puede encontrarse en Bild o tomando el café, está muy bien. Pero no es suficientemente esencial, ni va lo suficientemente lejos (tampoco hasta ahora Bild me ha pedido una entrevista). Por supuesto, los políticos son gorrones: viven de dinero obtenido de otra gente con la amenaza de violencia, a lo que llaman “impuestos”. Pero, por desgracia, los políticos no son vagos. Sería bueno si todo lo que hicieran fuera malgastar su botín. Por el contrario, son benefactores megalomaníacos obsesivos, que además hacen difícil la vida de sus víctimas con miles de leyes y regulaciones.

La democracia es solo una posible variedad de formas de estado. ¿Sería para usted más aceptable una forma de estado diferente?

Hoppe: En un estado monárquico todos saben quién es el gobernante y quiénes los gobernados y por tanto hay cualquier resistencia a cualquier intento de aumentar el poder del estado. En un estado democrático esta distinción se hace difusa y hace más sencillo expandir el poder del estado.

Un momento. Para eso están tribunales, leyes y constitución, para limitar y controlar el estado: tanto el gobierno como el parlamento.

Hoppe: También la mafia tiene poderes “ejecutivo”, “legislativo” y “judicial”. ¡Vea de nuevo “El padrino”!

Otra objeción: ¿qué pasa con los nuevos detractores del estado basados en Internet, como “Ocupa” o los “piratas”, que reclaman transparencia y participación, sin condenar inmediatamente el estado y la democracia por completo?

Hoppe: El movimiento “Ocupa” está compuestos por ignorantes en economía que no entienden que los trucos sucios de los bancos, que deploran correctamente, solo son posibles porque hay un banco central licenciado por el estado que actúa como “prestamista de último recurso” y que la actual crisis financiera por tanto no es una crisis del capitalismo sino del estatismo. Los “piratas”, que su reclamación de una renta básica sin condiciones, están vías de convertirse en otro partido de “barra libre para todos”. Tienen un solo tema: criticar los “derechos de propiedad intelectual” (derechos PI), lo que podrían hacerles muy populares y enemistarles en particular con los sectores musical, cinematográfico y farmacéutico. Pero también ellos son peleles despistados. Solo tienen que buscar a Stephan Kinsella en Google. Así verían que la PI no tiene nada que ver con la propiedad, sino más bien con privilegios estatales. La PI permite al inventor (I) o “primer fabricante” de un producto (un texto, una imagen, una canción o lo que sea) prohibir a todos los demás replicar su producto o cobrarles tasas de licencia, incluso aunque el replicador ® utilice solo su propiedad (y no se lleve nada de la propiedad de I). De esta forma, I es elevado al estatus de copropietario de los bienes de R. Esto demuestra: Los derechos de PI no son propiedad, sino, por el contrario, son un ataque a la propiedad y por tanto son completamente ilegítimos.

En “La competencia de los ladrones” explica como alternativa el modelo de una “sociedad de derecho privado” ¿Cómo funciona?

Hoppe: El concepto básico es sencillo. La idea de un protector monopolístico de la propiedad y guardián de la ley es contradictoria. Este monopolista, ya sea rey o presidente, será siempre un protector expropiador de propiedades y un guardián de la ley que viola la ley, que calificará sus acciones como “de interés público”. Para garantizar la protección de la propiedad y salvaguardar la ley, tiene que haber libre competencia también en el área del derecho. Debe permitirse a otras instituciones distintas del estado proporcionar servicios de protección de la propiedad y la ley. Así, el estado se convierte un sujeto normal del derecho privado sobre una base igual que el resto de la gente. No puede aumentar más los impuestos o aplicar leyes unilateralmente. Sus empleados tendrán que financiarse de la misma forma que todos los demás: produciendo y ofreciendo algo que los clientes consideren libremente que tiene un valor a cambio de su dinero.

¿No llevaría eso rápidamente a una guerra entre estos “proveedores”?

Hoppe: La guerra y la agresión son caras. Los estados van a la guerra porque pueden, mediante impuestos, pasar el coste a terceros que no están afectados directamente. Por el contrario, para empresas financiadas voluntariamente, la guerra es un suicidio económico. Como sujeto de derecho privado, el estado, como todos los demás proveedores de seguridad, tendrá que ofrecer a sus clientes contratos que solo puedan cambia por acuerdo mutuo y que regularán en concreto lo que ha de hacerse en caso de un conflicto entre él y sus clientes o entre él y los clientes de otros proveedores de seguridad en competencia. Y para eso solo hay una solución aceptable para todos: que este tipo de conflictos sentencie, no el estado, sino un tercero independiente: árbitros y jueces que a su vez compitan entre sí, cuyo activo más importante sea su reputación como guardianes de la ley y cuyas acciones y juicios puedan discutirse y, si es necesario, revisarse, igual que las de cualquier otro.

¿Quién debería ser ese “tercero”? ¿Y con qué instrumentos de poder debería declarar los intereses de un ciudadano individual contra su socio contractual: el estado privado, que por supuesto es mucho más poderoso?

Hoppe: En conflictos locales, en una villa o pueblo pequeño, serían muy a menudo los “aristócratas naturales” respetados universalmente. O si no, organizaciones de arbitraje y tribunales de apelación que aseguradoras y asegurados hayan acordado contractualmente desde el principio. Quien no acate los juicios no solo estará incumpliendo, sino que será un paria en el mundo de los negocios. Nadie querrá tener nada que ver con él y e inmediatamente perderá todos sus clientes. No es una idea utópica. Ya es hoy la práctica habitual en transacciones empresariales internacionales (anárquicas).  Y otra pregunta para usted: ¿Cómo debería el ciudadano individual declarar sus intereses ante un estado fiscal monopolístico? Es mucho más poderoso ¡y siempre tiene la última palabra!

¿Entiende el continuo escepticismo con respecto a su propuesta?

Hoppe: Por supuesto, ya que mucha gente nunca ha oído esta idea, ni menos la ha pensado seriamente. Solo me molestan quienes dan alaridos cuando escuchan esta idea y reclaman la condena de sus defensores, sin tener  el más mínimo conocimiento de la economía y la filosofía política.

Es bastante difícil que una mayoría de ciudadanos apoye nunca un modelo con el que esté tan poco familiarizada. ¿Pero qué partes de este podrían adoptarse al menos para alcanzar al menos mejoras parciales en nuestro sistema actual sin un completo abandono del estado y la democracia?

Hoppe: Hay una solución provisional. Se llama secesión y descentralización política. Los estados pequeños deben ser libertarios o la gente productiva huirá de ellos. Por tanto es deseable un mundo compuesto por miles de  Liechtensteins, Singapures and Hong Kongs. Por el contrario, un gobierno central europeo (e incluso más un gobierno mundial) con una política “armonizada” fiscal y regulatoria es peor amenaza para la libertad.

Tampoco para eso encontraría probablemente una mayoría. Por tanto, ¿Cómo evolucionarán estado y democracia en el futuro? ¿Dónde acabarán?

Hoppe: El “modelo del estado del bienestar” occidental, el “socialismo light”, se derrumbará igual que el socialismo “clásico” (por supuesto, no puedo decir si en cinco, diez o quince años). Las palabras clave son. Quiebra del estado, hiperinflación, reforma de la divisa y batallas violentas por la distribución. Entonces aparecerá o bien un “hombre fuerte” o (ojalá) un movimiento masivo de secesión.


Publicado el 10 de enero de 2013. Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.

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Análisis de clase: Perspectivas marxista y austriaca

16 Noviembre, 2012

[Este artículo se remitió originalmente a la Austrian Economics Newsletter, pero no se ha publicado anteriormente.]

Aunque hoy día el socialismo y el comunismo están completamente desacreditados, muchos siguen manteniendo que al menos las teorías sociales de Karl Marx siguen siendo relevantes. Aunque acepten a regañadientes que la economía marxista, en especial la teoría del valor trabajo, no es original ni correcta, los defensores de Marx afirman que su análisis social (en particular su teoría de la lucha de clases) sigue siendo una contribución científica real.

Las famosas y dramáticas primeras palabras del Manifiesto comunista dicen claramente que

“Toda la historia de la sociedad humana, hasta la actualidad, es una historia de luchas de clases.

Libres y esclavos, patricios y plebeyos, barones y siervos de la gleba, maestros y oficiales; en una palabra, opresores y oprimidos, frente a frente siempre, empeñados en una lucha ininterrumpida, velada unas veces, y otras franca y abierta.”

La “característica distintiva” del capitalismo, dicen, es que, en contraste con “la complicada disposición de la sociedad en distintos órdenes”, la “múltiple gradación del espectro social” que caracterizaba a todas las “épocas anteriores de la historia”, la

“época de la burguesía [ha] simplificado estos antagonismos de clase.  Hoy, toda la sociedad tiende a separarse, cada vez más abiertamente, en dos grandes campos enemigos, en dos grandes clases antagónicas: la burguesía y el proletariado”.

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Ética Rothbardiana

Este es uno de los primeros artículos del Profesor Hoppe traducidos al Español . Excelente trabajo de Hernán Alberro en la página de PoderLimitado.org

por Hans-Hermann Hoppe

El problema del orden social

Robinson Crusoe, solo en su isla, puede hacer lo que le plazca. Para él, la cuestión concerniente a las reglas de la conducta humana ordenada – cooperación social – sencillamente no surge. Naturalmente, esta cuestión sólo puede surgir cuando una segunda persona, Viernes, llega a la isla. Incluso entonces, la cuestión sigue siendo largamente irrelevante hasta tanto no haya escasez. Supongamos que la isla es el Jardín del Edén. Todos los bienes materiales están al alcance con sobreabundancia. Son “ bienes gratuitos, ” como el aire que respiramos que, por lo general, es un bien “ gratuito ” . Sea lo que fuere que Crusoe haga con esos bienes, sus acciones no tienen repercusión con respecto a su propia provisión de esos bienes, ni con respecto a la provisión actual o futura de los mismos bienes de Viernes (y viceversa). Por lo tanto, es imposible que pudiese haber un conflicto entre Crusoe y Viernes en lo concerniente al uso de esos recursos. El conflicto se hace posible sólo si los bienes son escasos, y sólo entonces puede surgir un problema de formulación de reglas que hacen posible a una cooperación social ordenada – libre de conflicto.

En el Jardín del Edén existen solamente dos bienes escasos: el cuerpo físico de una persona y el lugar que ocupa. Crusoe y Viernes tienen cada uno un solo cuerpo y pueden parase en el mismo lugar, sólo de a uno por vez. Entonces, incluso en el Jardín del Edén pueden surgir conflictos entre Crusoe y Viernes: Crusoe y Viernes no pueden querer ocupar simultáneamente el mismo lugar sin entrar en conflicto físico, entre sí. Por lo tanto, incluso en el Jardín del Edén deben existir reglas de conducta social ordenada – reglas referentes a la ubicación y el movimiento apropiados de los cuerpos humanos. Y fuera del Jardín del Edén, en el reino de la escasez, debe haber reglas que regulen no sólo el uso de los cuerpos humanos, sino de todo lo escaso para que todo conflicto posible pueda ser eliminado. Este es el problema del orden social.

La solución al problema:

La idea de la apropiación originaria y la propiedad privada En la historia del pensamiento político y social se han realizado muchas propuestas como supuestas soluciones al problema del orden social, y esta variedad de propuestas alternativamente inconsistentes contribuyó al hecho de que hoy, la búsqueda por la única solución correcta a un problema, es frecuentemente vista como ilusoria. Sin embargo, tal como intentaré demostrar, existe una solución correcta; y por lo tanto no hay razón para sucumbir al relativismo moral. Yo no descubrí esta solución, ni tampoco lo hizo Murray Rothbard. En realidad, hace cientos de años, si no es que más aún, que la solución se conoce en esencia. El salto a la fama de Murray Rothbard fue “ simplemente ” por redescubrir esta solución tan antigua como sencilla y formularla en forma más clara y convincente que nadie antes que él.

Permítaseme comenzar formulando la solución – primero para el caso especial representado por el Jardín del Edén y luego para el caso general representado por el mundo “ real ” de escasez circundante – y luego proceder a la explicación de por qué esta solución, y ninguna otra, es la correcta.

En el Jardín del Edén, la solución es provista por la sencilla regla que estipula que cada uno puede poner y mover su propio cuerpo donde lo desee, con la única condición de que nadie más ya esté parado allí y ocupando el mismo espacio. Y fuera del Jardín del Edén, en el reino de la escasez circundante, la solución es dada por esta regla: Cada uno es el dueño adecuado de su propio cuerpo físico como así también de todos los lugares y bienes naturales que ocupe y ponga en uso mediante su cuerpo, con la única condición de que nadie más ya haya ocupado o utilizado los mismos lugares y bienes antes que él. Esta pertenencia de los lugares y los bienes “ apropiados originariamente ” por una persona implica su derecho a utilizar y transformar esos lugares y bienes de cualquier manera que considere posible, con la única condición de que no modifique sin permiso, la integridad física de lugares y bienes originariamente apropiados por otra persona. En particular, una vez que un lugar o un bien fue apropiado por primera vez mediante, en palabras de John Locke, “ mezclar el propio trabajo ” con él, la propiedad sobre esos lugares y bienes sólo puede ser adquirida mediante una transferencia voluntaria – contractual – del título de propiedad del propietario originario al otro.

A la luz del ampliamente difundido relativismo moral, vale la pena destacar que esta idea de apropiación originaria y propiedad privada como solución al problema del orden social concuerda completamente con nuestra “ intuición ” moral. ¿No es sencillamente absurdo sostener que una persona no debería ser el dueño indicado de su propio cuerpo y de los lugares y bienes que él originariamente, es decir, antes que nadie más, se apropió, utiliza y/o produce mediante su cuerpo? Dado que ¿quién más, si no él, debería ser el dueño? ¿Y no es también obvio que la abrumadora mayoría de las personas – incluyendo a los niños y a los primitivos – actúan de hecho según esta regla, y lo hacen sin cuestionamiento y en forma natural?

Sin embargo, una intuición moral, más allá de su importancia, no es una prueba. Pero también hay prueba de que nuestra intuición moral es correcta.

La prueba puede ser provista de dos maneras. Por un lado, describiendo las consecuencias de que uno niegue la validez de la institución de la apropiación originaria y la propiedad privada: si una persona A no fuera dueña de su propio cuerpo y de los lugares y bienes originariamente apropiados y/o producidos con su cuerpo, como así también de los bienes voluntariamente (contractualmente) adquiridos a otro propietario anterior, entonces existen dos alternativas. Otra persona B tiene que ser reconocida como dueña del cuerpo de A, como así también de los lugares y bienes apropiados, producidos y adquiridos por A. O sino todas las personas, A y B, deben ser consideradas copropietarias iguales de todos los cuerpos, lugares y bienes.

En el primer caso, A quedaría reducido al nivel de esclavo de B y objeto de explotación. B es el dueño del cuerpo de A y de todos los lugares y bienes apropiados, producidos y adquiridos por A, pero A, por su parte, no es dueño del cuerpo de B y de los lugares y bienes apropiados, producidos y adquiridos por B. Entonces, bajo esta regla se constituyen dos clases de personas categóricamente distintas – Untermenschen (Subhombres) como A y Übermenschen (Superhombres) como B – a las cuales se aplican “ leyes ” diferentes. Por lo tanto, ese tipo de reglas debe ser descartado como ética humana igualmente aplicable a todos qua seres humanos (animal racional). Desde el mismísimo comienzo, cualquier reglamentación similar puede ser reconocida como no aplicable universalmente y por ende, no puede sostener representar al derecho. Porque para que una regla aspire al nivel de derecho – una regla justa – es necesario que dicha regla se aplique igual y universalmente a todos.

En forma alternativa, en el segundo caso de propiedad universal y copropietaria, se cumple el requisito de igual derecho para todos. Sin embargo, esta alternativa sufre de otra deficiencia, incluso más severa, porque de aplicarse toda la humanidad perecería instantáneamente. (Y dado que toda ética humana debe permitir la supervivencia de la humanidad, esta alternativa también debe ser rechazada.) Toda acción de una persona requiere la utilización de un medio escaso (al menos el cuerpo de la persona y el lugar en que está parada). Pero si todos los bienes fueran copropiedades de todos, entonces ninguno, en ningún momento y ningún lugar, tendría permiso para hacer nada salvo que haya asegurado previamente el consentimiento de todos los demás copropietarios; y aún así, ¿cómo podría alguien brindar dicho consentimiento si no fuera el dueño exclusivo de su propio cuerpo (incluyendo sus cuerdas vocales) mediante las cuales debe expresar su consentimiento? En realidad, primero necesitaría el consentimiento de otros para poder expresarse, pero estos otros no pueden dar su consentimiento sin antes tener el de él, etc.

Esta mirada a la imposibilidad praxeológica del “ comunismo universal, ” tal como Rothbard se refirió a esta propuesta, me lleva de inmediato a una segunda forma alternativa de demostrar la idea de la apropiación originaria y la propiedad privada como la única solución correcta al problema del orden social. Si una persona tiene o no algún derecho y, si los tiene, cuáles son, sólo puede ser decidido mediante la argumentación (intercambio lógico). La justificación – prueba, conjetura, refutación – es una justificación argumentativa Quien quisiera negar esta proposición quedaría envuelto en una contradicción en términos, porque su negación constituiría en sí misma un argumento. Incluso un relativista ético, por lo tanto, debe aceptar esta primera proposición, a la cual acordadamente se la denomina a priori de la argumentación.

De la innegable aceptación – el nivel axiomático – de este a priori de la argumentación, surgen, por lo tanto, dos conclusiones igualmente necesarias. Primero, se sigue del a priori de la argumentación cuando no hay solución racional al problema del conflicto que surge de la existencia de la escasez. En mi anterior escenario de Crusoe y Viernes, supongamos que Viernes no era el nombre de un hombre sino el de un gorila. Obviamente, de la misma forma en que Crusoe puede entrar en conflicto respecto de su cuerpo y el lugar que ocupa con Viernes, el hombre, también puede suceder con Viernes, el gorila. El gorila puede que quiera ocupar el mismo espacio que Crusoe está ocupando. En este caso, al menos si el gorila es la clase de entidad que conocemos como gorilas, no hay, de hecho una solución racional a su conflicto. O gana el gorila, y devora, destruye, o empuja a Crusoe a un lado – esto es la solución del gorila al problema – o Crusoe gana, y mata, golpea, ahuyenta o domestica al gorila – esto es la solución de Crusoe. En esta situación, uno podría hablar, de hecho, de relativismo moral. Uno podría concordar con Alasdair MacIntyre, un prominente filósofo de la persuasión relativista, preguntando lo mismo que el título de uno de sus libros, ¿La justicia de quién? ¿Cuál racionalidad? (Whose Justice? Which Rationality?) – la de Crusoe o la del gorila. Dependiendo del lado de cual uno elija estar, la respuesta será diferente. Sin embargo, es más apropiado referirse a esta situación como una en la cual la cuestión de la justicia y la racionalidad simplemente no surge: es decir, como una situación extra-moral. La existencia de Viernes, el gorila, le impone a Crusoe, sencillamente un problema técnico, no moral. Crusoe no tiene otra opción que aprender a manejar y controlar exitosamente los movimientos del gorila de la misma forma en que debe aprender a manejar y controlar a los objetos inanimados de su entorno.

Por implicancia, sólo si las dos partes del conflicto son capaces de presentarse argumentos mutuamente, se puede hablar de un problema moral y surge la cuestión de si existe o no una solución significativa. Sólo si Viernes, más allá de su apariencia física (es decir, sin importar si se ve como un hombre o como un gorila) es capaz de argumentar (aún si se ha mostrado capaz de hacerlo una sola vez) puede ser considerado racional y tiene sentido la cuestión de si existe una solución correcta al problema del orden social o no. No se puede esperar que nadie dé una respuesta – realmente ninguna respuesta – a alguien que nunca ha hecho una pregunta o, más puntualmente, que nunca ha declarado su propia postura relativista en forma de un argumento. En ese caso, este “ otro ” no puede ser visto y tratado como otra cosa que no sea un animal o una planta, es decir, como una entidad extra-moral. Sólo si esta otra entidad puede en principio detener su actividad, cualquiera que sea, pararse para hablar y decir “ sí ” o “ no ” a algo que uno ha dicho, le debemos a esta entidad una respuesta y por lo tanto, podemos sostener que nuestra respuesta es la correcta para las dos partes involucradas en el conflicto.

Más aún, en segundo lugar y positivamente se sigue del a priori de la argumentación que todo lo que debe ser presupuesto en el curso de una argumentación – como precondición lógica o praxeológica de la argumentación – no puede ser discutido argumentativamente respecto de su validez sin caer, así, en una contradicción interna (en términos).

Ahora, los intercambios lógicos no están hechos de proposiciones aisladas, sino que constituyen una actividad humana específica. La argumentación entre Crusoe y Viernes requiere que ambos posean, y se reconozcan mutuamente como poseedores de, control exclusivo sobre sus respectivos cuerpos (sus cerebros, cuerdas vocales, etc.) como así también del lugar que ocupan sus cuerpos. Nadie podríaproponer nada y esperar que la otra parte se convenza de la validez de esa proposición o la niegue y proponga algo diferente, a menos que se presupongan y asuman como válidos el control de uno y otro sobre sus respectivos cuerpos y lugares que ocupan. De hecho, es precisamente este reconocimiento mutuo de la propiedad del propio cuerpo y del lugar que ocupa, por parte del proponente al igual que del oponente, lo que constituye el characteristicum specificum de toda disputa proposicional: que mientras uno puede no estar de acuerdo respecto de la validez de alguna proposición, uno puede acordar de todas formas en el hecho de que uno está en desacuerdo. Además, este derecho a la propiedad del propio cuerpo y el lugar que ocupa debe ser considerado a priori (o indiscutible), justificado tanto por el proponente como por el oponente. Dado que quien quisiera sostener cualquier proposición como válida vis-à-vis con un oponente ya estaría presuponiendo el control exclusivo de él y el de su oponente sobre sus respectivos cuerpos y lugares que ocupan, simplemente para decir: “ Considero que tal y tal cosa son ciertas, y te desafío a que me demuestres lo contrario. ”

[Suficiente para el reclamo de John Rawls, en su celebrada Una Teoría de la Justicia (Theory of Justice), respecto de que no podemos más que “ reconocer como primer principio de justicia el que requiere una distribución igualitaria (de todos los recursos), ” y de su comentario de que “ este principio es tan obvio que sería de esperar que se le ocurra a inmediatamente cualquiera. ” Acabo de demostrar aquí que cualquier ética igualitaria tal como esta propuesta por Rawls no sólo no es obvia sino que también debe ser vista como absurda, es decir, un sin sentido contradictorio. Dado que si Rawls estuviese en lo correcto y todos los recursos estuvieran realmente distribuidos en forma igualitaria, entonces él literalmente no tendría piernas sobre las cuáles pararse y sostenerse para proponer la mismísima sonsera que manifiesta.] Es más, sería igualmente imposible involucrarse en una argumentación y descansar en la fuerza de los propios argumentos, si uno no pudiese poseer (controlar en forma exclusiva) otros medios escasos (más allá del propio cuerpo y del lugar que ocupa). Ya que si uno no tuviese ese derecho, entonces todos pereceríamos inmediatamente y el problema de justificar reglas – como así también cualquier otro problema humano – sencillamente no existiría. Ergo, por virtud del hecho de vivir, se deben presuponer como válidos también, derechos de propiedad sobre otras cosas. Nadie que esté vivo podría argumentar lo contrario. Y si a una persona no se le permitiera adquirir propiedad sobre estos bienes y espacios mediante el acto de la apropiación originaria, es decir, estableciendo un vínculo objetivo (comprobable intersubjetivamente) entre él y un bien o espacio particular anterior a cualquier otro, pero si, en su lugar, la propiedad sobre esos bienes y espacio estuviera garantizada para quienes llegan más tarde, entonces nadie tendría el permiso jamás para comenzar a utilizar ningún bien a menos que se asegure previamente el consentimiento de quienes llegan luego.

¿Pero cómo puede alguien que llegará más tarde, consentir las acciones de quien llegó antes? Más aún, todo el que llega más tarde necesitaría a su vez el consentimiento de otros que llegarán aún más tarde, y así sucesivamente. O sea que, ni nosotros, ni nuestros antepasados o nuestra descendencia seríamos, ni serían, capaces de sobrevivir si hubiese que seguir esta regla. Sin embargo, para que cualquier persona – pasada, presente o futura – argumente cualquier cosa debe serle obviamente posible sobrevivir, entonces y ahora; y para hacerlo simplemente estos derechos de propiedad no pueden concebirse como carentes de tiempo e inespecíficos respecto del número de personas involucradas. Más bien, los derechos de propiedad necesariamente deben concebirse como originados mediante la actuación en puntos definidos en tiempo y espacio para individuos definidos. De otra forma, sería imposible para cualquiera decir algo en un determinado punto en el tiempo y el espacio y para que alguien más sea capaz de responder. En otras palabras, entonces, que la regla del primer-usuario-primer-dueño de la ética de la propiedad privada pueda ser ignorada o sea injustificada, implica una contradicción en términos, ya que al ser uno capaz de decirlo se debe presuponer la propia existencia como unidad independiente tomadora de decisiones en un punto dado en tiempo y espacio.

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Solución sencilla, conclusión radical: Anarquía y Estado

Por más sencilla que sea la solución al problema del orden social y por más gente que en su vida diaria reconoce intuitivamente y actúa según la ética de la propiedad privada tal como se la ha explicado antes, esta solución sencilla y poco exigente implica algunas conclusiones sorprendentemente radicales. Dado que, además de dejar afuera como injustificadas actividades como el asesinato, el homicidio, la violación, el ingreso ilegal, el robo, el asalto, el hurto, y el fraude, la ética de la propiedad privada también es incompatible con la existencia de un Estado definido como una agencia que posee el monopolio territorial compulsivo de la toma definitiva de decisiones (jurisdicción) y/o el derecho a cobrar impuestos. La teoría política clásica, al menos desde Hobbes en adelante, ha visto al Estado como la institución responsable de la puesta en práctica de la ética de la propiedad privada. Al ver al Estado como injusto – en realidad, como “ una vasta organización criminal ” – y entonces llegar a conclusiones anarquistas, Rothbard por supuesto que no negaba la necesidad de poner en vigencia la ética de la propiedad privada. No compartía la visión de esos anarquistas, ridiculizados por su maestro y mentor Mises, que creían que todas las personas, si simplemente se las dejara solas, serían criaturas buenas y amantes de la paz. Al contrario, Rothbard concordaba profundamente con Mises en que siempre habría asesinos, ladrones, alborotadores, falsificadores, etc., y que la vida en sociedad sería imposible si no fueran castigados por la fuerza física.

Más bien, Rothbard negaba categóricamente la manifestación de que surgía del derecho y la necesidad de protección de la persona y la propiedad, que la protección debía legítimamente, o podía efectivamente, ser provista por un monopolio jurisdiccional e impositivo. La teoría política clásica, al sostener esto, tenía que presentar al Estado como el resultado de un acuerdo contractual entre propietarios. Sin embargo, Rothbard sostenía que esto era falso y un emprendimiento imposible. Ningún estado puede levantarse contractualmente, y por consiguiente se puede demostrar que ningún estado es compatible con la protección legítima y efectiva de la propiedad privada. La posesión de propiedad privada, como resultado de actos de apropiación originaria, producción o intercambio de dueños anteriores a posteriores, implica el derecho del dueño a la jurisdicción exclusiva sobre su propiedad; y ningún propietario puede renunciar a su derecho de jurisdicción definitiva sobre, y defensa física de, su propiedad a otro – a menos que haya vendido o transferido su propiedad (en cuyo caso alguien más tendrá jurisdicción exclusiva sobre ella). Se puede estar seguro de que todo propietario puede compartir las ventajas de la división del trabajo y buscar mayor omejor protección de su propiedad mediante la cooperación con otros propietarios y sus propiedades. Es decir, todo propietario puede comprar de, vender a, o acordar con, alguien más en lo que respecta a más o mejor protección de su propiedad. Pero todo propietario también puede, en cualquier momento, discontinuar unilateralmente cualquier cooperación semejante con otros o cambiar su filiaciones respectivas.

Por tanto, para poder satisfacer la demanda de protección sería legítimamente posible y económicamente probable que surjan individuos especializados y agencias que provean servicios de protección, seguro, y arbitraje por un honorario pagado voluntariamente por los clientes. Sin embargo, si bien es fácil concebir el origen contractual de un sistema competitivo de proveedores de seguridad, es inconcebible cómo los propietarios entrarían en un contrato que le asignara a otro agente en forma irrevocable (una vez y para siempre) el poder definitivo de toma de decisiones respecto de su propia persona y propiedad y/o el poder de cobrar impuestos. O sea que es inconcebible cómo alguien podría estar de acuerdo con un contrato que le permitiera a otra persona determinar en forma permanente lo que podría o no hacer con su propiedad; dado que al hacerlo, esta persona estaría rindiéndose efectivamente indefenso de cara a semejante tomador definitivo de decisiones. Y asimismo es inconcebible cómo alguien podría estar de acuerdo con un contrato que permitiera que el propio protector determinara unilateralmente, sin consentimiento del protegido, la suma que debe pagar el protegido por su protección.

Ortodoxos, es decir, estatistas, politólogos, desde John Locke hasta James Buchanan y John Rawls, han intentado resolver esta dificultad sacando partido de acuerdos, contratos, o constituciones estatales, “ tácitos ” , “ implícitos ” o “ conceptuales ” . Sin embargo, todos estos intentos característicamente tortuosos y confusos sólo se han sumado a la misma conclusión inevitable a la que llegó Rothbard: que es imposible extraer una justificación del gobierno de contratos explícitos entre propietarios, y por ende, que la institución del estado debe ser considerada injusta, es decir, el resultado de un error moral.

La consecuencia del error moral: el estatismo y la destrucción de la libertad y la propiedad

Todos los errores cuestan. Esto resulta más evidente con las leyes de la naturaleza. Si una persona yerra con respecto a las leyes de la naturaleza, esa persona no será capaz de alcanzar sus propios objetivos. Sin embargo, dado que el fracaso de lograrlo tiene que cargarlo cada individuo que se equivoca, prevalece en este mundo un deseo universal de aprender y corregir los propios errores. Los errores morales también cuestan. No obstante, a diferencia del caso anterior, su costo no debe, al menos no necesariamente, ser pagado por cada una y todas las personas que cometieron el error. En realidad, este sería el caso sólo si el error involucrado fuera el de creer que todos tienen el derecho a cobrar impuestos y a la toma definitiva de decisiones referentes a la persona y la propiedad de todos los demás. Una sociedad cuyos miembros crean esto estaría condenada. El precio a pagar por este error sería la muerte universal y la extinción.

Sin embargo, la cuestión es claramente diferente si el error involucrado es el de creer que una agencia – el estado – sola tiene el derecho de cobrar impuestos y de la toma definitiva de decisiones (en lugar de todos, o, correctamente, ninguno). Una sociedad cuyos miembros creyeran esto – o sea, que debe haber leyes diferentes que se apliquen en forma desigual a amos y siervos, cobradores y pagadores de impuestos, legisladores y legislados – puede de hecho existir y perdurar. También hay que pagar por este error. Pero no todos los que sostienen este error deben pagar por él de igual manera. En su lugar, algunas personas tendrán que pagar por él, mientras otras – los funcionarios del Estado – realmente se benefician del mismo error. Por ende, en este caso sería erróneo asumir un deseo universal por aprender y corregir los propios errores. Al contrario, en este caso habría que asumir que algunas personas, en lugar de conocer y promover la verdad, tienen un motivo constante para mentir, es decir, para mantener y promover falsedades aún si ellos mismos las reconocen como tales. En cualquier caso, entonces, ¿cuáles son las consecuencias “ mixtas ” de, y cuál es el precio desigual a pagar por, el error y/o la mentira de creer en la justicia de la institución del Estado?

Toda vez que el principio del Gobierno – monopolio judicial y poder de cobrar impuestos – es admitido incorrectamente como justo, cualquier noción de restringir el poder gubernamental y salvaguardar la libertad individual y la propiedad es ilusoria. Más bien, bajo auspicios monopólicos el precio de la justicia y la protección aumentará continuamente y la calidad de la justicia y la protección caerá. Una agencia financiada mediante impuestos es una contradicción en términos – un expropiador protector de la propiedad – y llevará inevitablemente a más impuestos y menos protección. Aún si, como algunos estatistas – liberales clásicos – han propuesto, un gobierno con sus actividades limitadas exclusivamente a la protección de derechos de propiedad preexistentes, surgiría la cuestión de cuánta seguridad producir. Motivado (como todos) por el interés personal y la fatiga del trabajo, pero con el único poder de cobrar impuestos, la respuesta de un funcionario del Gobierno será invariablemente la misma: Maximizar los gastos en protección – y casi toda la riqueza de la nación puede ser concebida como consumible por el costo de la protección – y al mismo tiempominimizar la producción de la protección. Cuanto mayor dinero uno pueda gastar y menos se deba trabar para producir, se saldrá más ganador.

Además, un monopolio judicial llevará inevitablemente a un constante deterioro de la calidad de la justicia y la protección. Si nadie puede apelar a la justicia excepto la del Gobierno, la justicia será pervertida a favor del Gobierno, incluyendo las constituciones y las cortes supremas. Las constituciones y las cortes supremas son constituciones y agencias estatales, y cualesquiera que sean las limitaciones a la acción estatal que puedan tener o encontrar, es invariablemente decidido por agentes de la misma institución en cuestión. Presumiblemente, la definición de la propiedad y la protección serán continuamente alterados y el espacio de jurisdicción será expandido en ventaja del Gobierno hasta que, finalmente, la noción de derechos humanos universales e inmutables – y especialmente de derechos de propiedad – desaparecerán y serán reemplazados por los de la ley como legislación gubernamental y los derechos como garantías brindadas por el Gobierno. Los resultados, todos predichos por Rothbard, están ante sus ojos, para que todos los vean. La carga impositiva impuesta sobre los propietarios y los productores ha aumentado continuamente, haciendo que la carga económica de incluso esclavos y siervos parezca, en comparación, moderada. La deuda gubernamental – y por lo tanto, futuras obligaciones impositivas – han aumentado a niveles espasmódicos. Cada detalle de la vida privada, la propiedad, el comercio y el contrato es regulado por cada vez mayores montañas de leyes. De todas formas, la única tarea que se suponía que el Gobierno tenía que asumir – la de proteger nuestra vida y propiedad – no la realiza.

Por el contrario, los cada vez más altos gastos en seguridad social, pública y nacional hanaumentado, cuanto más se desgastan nuestros derechos de propiedad privada, más ha sido expropiada, confiscada, destruida y devaluada nuestra propiedad. Cuantas más leyes se producen, se crea mayor incertidumbre legal y daño moral, y la falta de derechos ha desplazado a la ley y al orden. En lugar de protegernos del crimen doméstico y la agresión externa, nuestro Gobierno, equipado con enormes cantidades de armas de destrucción masiva, ataca contra siempre nuevos Hitlers y supuestos simpatizantes de Hitler en cualquier parte fuera de “ su ” territorio. En resumen, mientras nos hemos convertido en cada vez más indefensos, empobrecidos, amenazados, e inseguros, nuestros gobernantes estatales se han hecho cada vez más corruptos, arrogantes y peligrosamente armados.

La restauración de la moral: Sobre la liberación ¿Qué hacer, entonces?

Rothbard no sólo ha reconstruido la ética de la libertad y explicado a la ciénaga actual como resultado del estatismo, también nos ha enseñado el camino hacia la restauración de la moral. Lo primero y más importante es que nos ha explicado que los Estados, por poderosos e invencibles que puedan parecer, en definitiva deben su existencia a ideas, y dado que las ideas pueden, en principio, cambiar instantáneamente, los estados pueden ser derribados y destruidos casi de la noche a la mañana. Los representantes del estado son siempre y en todas partes, sólo una pequeña minoría de la población sobre la cual gobiernan. La razón de esto es tan sencilla como fundamental: cien parásitos pueden vivir vidas confortables si chupan la sangre vital de miles de anfitriones productivos, pero miles de parásitos no pueden vivir confortablemente de una población anfitriona de sólo cien miembros.

Sin embargo, si los agentes gubernamentales son meramente una pequeña minoría de la población, ¿cómo pueden forzar su voluntad sobre esa población y salir airosos? La respuesta que da Rothbard al igual que de la Boetie, Hume, y Mises antes que él, es: sólo por virtud de la cooperación voluntaria de la mayoría de la población con el Estado. Pero aún ¿cómo puede el Estado asegurarse tal cooperación? La respuesta es: sólo debido a que, y en tanto que, la mayoría de la población crea en la legitimidad del Gobierno estatal. Esto no quiere decir que la mayoría de la población debe estar de acuerdo con cada medida estatal.

En realidad, bien puede considerar que muchas políticas estatales están equivocadas e incluso son despreciables. No obstante, la mayoría de la población debe creer en la justicia de la institución del Estado como tal, y por ende, que aún si un Gobierno particular se equivoca, estos errores son meros accidentes que deben ser aceptados y tolerados en miras a un bien mayor, provisto por la institución del Gobierno. Pero ¿cómo se hace para que la mayoría de la población crea esto? La respuesta es: con la ayuda de los intelectuales. En la antigüedad eso significaba intentar moldear una alianza entre el Estado y la iglesia. En la actualidad y en forma mucho más efectiva, esto implica la nacionalización (socialización) de la educación: a través de escuelas y universidades estatales o subsidiadas por el Estado. La demanda del mercado de servicio intelectuales, especialmente en el área de humanidades y ciencias sociales, no es precisamente alta, estable y segura. Los intelectuales estarían a la merced de los valores y las decisiones de las masas, y las masas generalmente no están interesadas en cuestiones filosófico-intelectuales.

El Estado, por otro lado, destaca Rothbard, acomoda su ego típicamente exacerbado y “ está gustoso de ofrecerle a los intelectuales, una cama cálida, segura y permanente en su aparato, un ingreso seguro, y la panoplia delprestigio ” . Y realmente, el estado democrático moderno en particular, creó una masiva sobreoferta de intelectuales. Su comodidad no garantiza un pensamiento “ correcto ” – estatista – por supuesto; y por bien y de más, que generalmente que estén pagados, los intelectuales continuarán quejándose de cuán poco aprecian los poderes su tan importante trabajo. Pero seguramente ayuda para llegar a las conclusiones “ correctas ” si uno se da cuenta de que sin el Estado – la institución del cobro de impuestos y la legislación – uno podría quedarse sin trabajo y tendría que probar las propias manos en la mecánica de los surtidores de combustible, en lugar de preocuparse con cuestiones tan estresantes como la alienación, la equidad, la explotación, la deconstrucción del género y los roles sexuales, o la cultura de los esquimales, de los hopis y de los zulúes. E incluso si uno se siente menospreciado por esto o eso incumbe al Gobierno, uno aún se da cuenta de que la ayuda sólo puede venir de otro Gobierno, y seguramente no de un asalto intelectual sobre la legitimidad de la institución gubernamental como tal. Entonces, no es de sorprender que, como hecho empírico, la abrumadora mayoría de los intelectuales contemporáneos sean directamente izquierdistas e incluso que los intelectuales más conservadores o de libre mercado, como Friedman o Hayek, por ejemplo, sean fundamental y filosóficamente estatistas.

De esta perspectiva de la importancia de las ideas y el rol de los intelectuales como guardaespaldas del Estado y del estatismo, entonces, resulta que el papel más decisivo en el proceso de liberación – la restauración de la justicia y la moral – debe recaer sobre los hombros de lo que se podría llamar intelectuales anti-intelectuales. Sin embargo, ¿cómo podrían tener éxito los intelectuales anti-intelectuales en deslegimitar al Estadoen la opinión pública, especialmente si la gran mayoría de sus colegas son estatistas y harán todo lo que esté a su alcance para aislarlos y desacreditarlos como extremistas y locos? El tiempo me permite sólo hacer unos pocos comentarios breves sobre esta pregunta.

Primero: Dado que uno debe contar con la viciosa oposición de los propios colegas, para poder enfrentarla, sacársela de encima, es de suma importancia no basar la propia postura en economía y utilitarismo, sino en argumentos éticos y morales. Esto es debido a que sólo las convicciones morales lo proveen a uno del coraje y la fuerza necesarios en la batalla ideológica. Pocos están inspirados y dispuestos a aceptar sacrificios si aquello a lo cual se oponen es simple error y derroche. Más inspiración y coraje pueden surgir de saber que uno está involucrado en la lucha contra el mal y las mentiras. (Volveré sobre esto en breve).

Segundo: Resulta importante reconocer que uno no necesita convertir a los colegas, es decir, persuadir a los principales intelectuales. Tal como Thomas Kuhn ha demostrado, esto ya es bastante raro en ciencias naturales. En ciencias sociales, las conversiones de visiones previamente sostenidas entre los intelectuales establecidos son casi inexistentes. En su lugar, uno debería concentrar los esfuerzos personales en los jóvenes que aún no están comprometidos intelectualmente, cuyo idealismo también los hace particularmente receptivos de los argumentos morales y del rigor moral. Y así, uno debería esquivar al mundo académico y llegar al público general (es decir, el hombre común educado), que sostiene algunos prejuicios anti-intelectuales generalmente saludables en los cuales se puede dar fácilmente.

Tercero (volviendo a la importancia de un ataque moral contra el Estado): Es esencial reconocer que no se puede ceder en el nivel teórico. Es cierto que uno no debería negarse a cooperar con personas cuyos puntos de vista estén definitivamenteequivocados y confundidos, en tanto y en cuanto sus objetivos puedan ser clasificados, claramente y sin ambigüedades, como un paso en la dirección correcta de la desestatización de la sociedad. Por ejemplo, uno no debería querer negarse a cooperar con personas que buscan introducir un impuesto a las rentas plano del 10 por ciento (aunque no deberíamos querer cooperar con aquellos que quieren combinar esta medida con un aumento del impuesto a las ventas para lograr neutralidad impositiva, por ejemplo). Sin embargo, bajo ninguna circunstancia dicha cooperación debe llevar a, o alcanzarse mediante, el sacrificio de los propios principios. El cobro de impuestos es justo o injusto. Y una vez que se lo admite como justo, ¿cómo se hará para oponerse a un aumento de impuestos? Por supuesto, la respuesta es que no se puede. Puesto de otra manera, negociar en el nivel de la teoría, como se encuentra, por ejemplo, entre los defensores moderados del libre mercado como Hayek o Friedman o incluso entre los llamados minarquistas, no sólo es filosóficamente insatisfactorio sino también ineficiente y contraproducente en la práctica. Sus ideas pueden ser – y de hecho lo son – fácilmente cooptadas e incorporadas por los gobernantes estatales y la ideología estatista.

Realmente, cuán a menudo oímos por parte de estatistas y en defensa de una agenda estatista, gritar cosas como “ incluso Hayek (Friedman) dice… ” o “ ¡ni siquiera Hayek (Friedman) niega que tal y tal cosa debe ser realizada por el Estado! ” Personalmente, pueden no estar contentos al respecto, pero es innegable que su trabajo se presta a este propósito, y por lo tanto, que ellos, de grado por fuerza, de hecho contribuyen al continuado e imbatible crecimiento del poder estatal. En otras palabras: negociar en la teoría o el incrementalismo sólo llevará a la perpetuación de las falsedades, males y mentiras del estatismo, y sólo el purismo en lateoría, el radicalismo, y la intransigencia pueden y deben llevar primero a la reforma práctica gradual, la mejora y la posible victoria final. Por ende, como intelectual anti- intelectuales en el sentido Rothbardiano uno nunca puede estar satisfecho con criticar varios locuras gubernamentales, aunque puede que haya que empezar con eso, pero uno siempre debe proceder de allí a un ataque fundamentalista sobre la institución del Estado como un ultraje moral y a sus representantes como fraudes morales y económicos, mentirosos e impostores – como emperadores sin ropa.

En particular, uno nunca debe dudar de atacar al mismo corazón de la legitimidad del Estado: su supuesto rol indispensable como productor de protección de la propiedad y la seguridad. Ya he demostrado cuán ridículo es este reclamo en términos teóricos: ¿cómo es posible que una agencia que puede expropiar la propiedad privada sostenga ser protectora de la propiedad privada? Pero dudosamente sea menos importante atacar la legitimidad del Estado sobre este aspecto en términos empíricos. Es decir, destacar y dar por descontada la cuestión de que, después de todo, los Estados, que son nuestros supuestos protectores, son la misma institución responsable por 170 millones de muertes aproximadas sólo en el siglo XX – más que las víctimas del crimen privado en toda la historia de la humanidad (y este número de víctimas de crímenes privados, de los cuales el Gobierno no nos protegió, hubiese sido aún mucho menor si los gobiernos en todas partes y en todos los tiempos no se hubieran esforzado constantemente en desarmar a sus propios ciudadanos para que los gobiernos por su parte ¡pudieran convertirse en máquinas asesinas cada vez más eficientes!) En lugar de tratar a los políticos con respeto, entonces, la crítica hacia ellos debería aumentar significativamente; no sólo son ladrones sino también asesinos en masa. Cómo se atreven a exigir nuestro respeto y lealtad. ¿Pero una radicalización ideológica categórica y distintiva traerá los resultados buscados? De hecho, sólo ideas radicales – y en realidad radicalmente sencillas – pueden movilizar los sentimientos de las masas oscuras y apáticas y deslegitimar al Gobierno ante sus ojos.

Me permito citar a Hayek sobre este aspecto (y al hacerlo, espero también dar a entender que mi crítica bastante fuerte hacia él más arriba, no debe ser malentendida en el sentido de que no se puede aprender nada de autores que están fundamentalmente equivocados y confundidos): “ Debemos construir una sociedad libre, una vez más, un emprendimiento intelectual, a acto de valentía. Carecemos de una Utopía liberal, un programa que no parezca una mera defensa de cosas como son, ni tampoco una suerte de socialismo diluido, sino un radicalismo verdaderamente liberal que no desperdicie las susceptibilidades del hábil…, que no sea demasiado severamente práctico y que no se confine a sí mismo a lo que hoy parece políticamente posible. Necesitamos líderes intelectuales que estén preparados a resistir las lisonjas del poder y la influencia, y que estén dispuestos a trabajar por un ideal, por más pequeñas que puedan ser las perspectivas de su temprana realización. Deben ser hombres dispuestos a aferrarse a principios y a luchar por su completa realización, por más remota que sea. El libre comercio y la libertad de oportunidades son ideas que aún pueden causar imaginaciones en muchas personas, pero una mera ‘ razonable libertad de comercio ’ ouna mera ‘ disminución de los controles ’ no es ni intelectualmente respetable ni es probable que inspire ningún entusiasmo…

A menos que podamos hacer que los fundamentos filosóficos de una sociedad libre sean una vez más una cuestión intelectual, y su implementación una tarea que desafíe la ingenuidad e imaginación de nuestras mentes más despiertas, las perspectivas de la libertad son realmente oscuras. Pero si podemos recuperar esa fe en el poder de las ideas que fue el logro del liberalismo en su mejor momento, la batalla no está perdida ” . Hayek por supuesto no siguió su propio consejo para proveernos de una teoría consistente e inspiradora. Su Utopía, desarrollada en su Constitución de la Libertad, es la visión bastante poco inspiradora del estado de bienestar sueco. En su lugar, fue Rothbard quien hizo lo que Hayek reconoció como necesario para una renovación del liberalismo clásico; y si hay algo que pueda revertir la marea aparentemente incontenible de estatismo y restituir la justicia y la libertad, es el ejemplo personal brindado por Murray Rothbard y la difusión del Rothbardianismo.

Originalmente publicado el 20 de mayo de 2002 en LewRockwell.com Hans-Hermann Hoppe es senior fellow del Ludwig von Mises Institute, profesor de Economía de la Universidad de Nevada, Las Vegas, y editor del The Journal of Libertarian Studies. Democracy: The God That Failed es su octavo libro. Este ensayo está basado en una conferencia del Profesor Hoppe en memoria de Murray N. Rothbard en el Mises Institute ’ s Austrian Scholars Conference en 1999. Su website es www.HansHoppe.com. Considere una donación de apoyo al trabajo de Lew Rockwell. Copyright 2002 by LewRockwell.com. Traducción con autorización de Hernán Alberro. ([email protected])

 

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Entrevista sobre impuestos al Dr. Hans-Hermann Hoppe

por Hans-Hermann Hoppe

10 de marzo de 2011

Hace unos meses, un periodista francés, el Sr. Nicolas Cori, se me acercó con la solicitud de una entrevista sobre el tema de los impuestos, para ser publicada en la revista francesa mensual “Philosophie Magazine”, en el contexto del debate que actualmente tiene lugar sobre la “reforma fiscal”, en Francia.

Estuve de acuerdo con la entrevista, que se llevó a cabo por correo electrónico en Inglés; el Sr. Cori produjo una traducción al francés, que mi amigo el Dr. Nikolay Gertchev revisó y corrigió, y entonces envié la traducción, autorizada, al Sr. Cori. Desde entonces, hace ya más de un mes, y a pesar de intentos repetidos, nada he oído del Sr. Cori. Sólo puedo especular sobre las razones de su silencio. Lo más probable es que no obtuvo el permiso de sus superiores para publicar la entrevista, y no ha tenido la cortesía, ni la valentía, de decírmelo.

De todas maneras, aquí está la entrevista original. La versión francesa autorizada está disponible en la páginas de traducciones de mi sitio web, aquí.

NC: ¿Son consistentes los impuestos con la libertad y los derechos de propiedad del individuo? ¿Habría un cierto nivel de impuestos en el que dejan de ser consistentes?

Hoppe: Los impuestos nunca, a ningún nivel de imposición, serán consistentes con la libertad ni con los derechos de propiedad del individuo. Los impuestos son robo. Los ladrones – el Estado y sus agentes y aliados – por supuesto, hacen un gran esfuerzo para ocultar este hecho, pero simplemente no hay forma de ocultarlo. Obviamente, los impuestos no son pagos normales ni voluntarios, por bienes y servicios, porque a usted no se le permite abstenerse de pagar si no está satisfecho con el producto. Usted no será castigado si deja de comprar coches de Renault o perfumes de Chanel, pero será arrojado a la cárcel si deja de pagar los costos de escuelas públicas o universidades estatales, o los gastos pomposos del señor Sarkozy. Tampoco es posible interpretar los impuestos como pagos de alquiler normal, como aquellos hechos por el inquilino al dueño de un bien. Debido a que el Estado francés no es el dueño arrendador de toda Francia ni el de todos los franceses. Para ser el dueño arrendador, el Estado francés tendría que ser capaz de probar dos cosas: en primer lugar, que el Estado, y nadie más, es dueño de cada centímetro de Francia, y segundo, que tiene un contrato de arrendamiento con todos y cada uno de los franceses, relativo al uso, y al precio de dicho uso, de las propiedades. Ningún Estado – ni el francés, ni el alemán, ni estadounidense, ni cualquier otro estado – puede probar esto. No tienen los documentos necesarios para tal efecto, ni pueden presentar un contrato de alquiler. Por lo tanto, sólo hay una conclusión: los impuestos son el robo y la extorsión por los cuales un segmento de la población, la clase dominante, se enriquece a expensas de otra, la de los gobernados.

NC: ¿Es incorrecto no pagar impuestos?

Hoppe: No. Dado que los impuestos son un robo, es decir, un “mal” moral, no puede ser incorrecto el negarse a pagar a los ladrones o a mentirles sobre los activos, o los ingresos, en que se basan sus impuestos. Esto no quiere decir que sea prudente o conveniente no pagar impuestos – después de todo el estado es “más frío de todos los monstruos”, como ha dicho Nietzsche, y puede arruinar su vida, o incluso destruirla, si usted no obedece sus órdenes. Pero no puede haber duda alguna de que es justo no pagar impuestos.

NC: ¿Cómo sabemos que un impuesto es justo? ¿Hay algún criterio? Es un impuesto progresivo mejor que un impuesto de tasa única?

Hoppe: Sabemos que ningún impuesto es justo, ya sea de tasa progresiva o de tasa plana y proporcional. ¿Cómo pueden el robo y la extorsión ser justos?. El “mejor” impuesto es siempre el más bajo de los impuestos – sin embargo, incluso el impuesto más bajo sigue siendo impuesto. El “mejor”, por ser el más bajo, es un impuesto per cápita donde cada persona paga la misma cantidad absoluta de impuesto. Ya que incluso la persona más pobre debería ser capaz de pagar esta cantidad, tal impuesto tiene que ser bajo. Pero incluso un impuesto per cápita sigue siendo un robo, y no hay nada “justo” en él. Un impuesto per cápita no trata a todos por igual ni instala la “igualdad ante la ley.” Porque algo sucede con los ingresos fiscales. Por ejemplo, los sueldos de todos los empleados y dependientes estatales (tales como pensionados y recipientes del bienestar social) se pagan con los ingresos fiscales. En consecuencia, los empleados y los dependientes del Estado no pagan impuestos de ninguna clase. Por el contrario, la totalidad de su ingreso neto (después del pago de su impuesto per cápita) sale del pago de impuestos hecho por otros y son por lo tanto, netamente, meros consumidores de impuestos que viven de los ingresos y de la riqueza robada a otros: los productores de impuestos. ¿Qué hay de justo en un grupo de personas que vive parasitariamente, y a expensas, de otro grupo de personas?.

NC: ¿Están todos los filósofos de acuerdo?

Hoppe: No, no lo están. Pero esto es, difícilmente, sorprendente. Casi todos los filósofos profesionales de hoy en día son consumidores de impuestos. No producen bienes o servicios para que los consumidores de filosofía compren en el mercado, bien sea de forma voluntaria, o no. De hecho, a juzgar por la demanda real de los consumidores, el trabajo de la mayoría de los filósofos contemporáneos debe ser considerado como insignificante, sin valor. Mejor dicho: casi todos los filósofos de hoy se pagan con fondos provenientes de los impuestos. Viven de dinero robado o confiscado a los demás. Si su sustento dependiera de los impuestos es probable que, por razones fundamentales, usted no se opondría a la institución fiscal. Por supuesto, este no es necesariamente el caso. Nuestra “conciencia” no está determinada por nuestra “existencia” (Sein), como decía Marx. Sin embargo, tal oposición no es muy probable. En efecto, como la mayoría de los “intelectuales”, los filósofos suelen sufrir de un ego demasiado inflado. Creen que hacen un trabajo de gran importancia y se resienten con el hecho de que “la sociedad” no los compensa proporcionalmente. Por lo tanto, si los filósofos no ignoran simplemente el problema de los impuestos, si han estado a la vanguardia de tortuosos intentos por justificar los impuestos – tratando de enmascarar el robo como algo “bueno” – y, en particular, de justificar que sus propios salarios de filósofos se financien con impuestos.

NC: Deberían los filósofos considerar la eficiencia económica de los métodos impositivos, simultáneamente con los valores éticos de tales métodos?

Hoppe: Para describir una acción como “eficiente”, es necesario definir primero un propósito, es decir, una meta o un fin. Algo puede ser juzgado como eficiente o ineficiente sólo a la luz de un objetivo que se asume dado. Es tarea de los economistas, y de la llamada “economía positiva”, determinar qué medidas son eficaces (o ineficaces) en el logro de un fin determinado. Por ejemplo, si desea lograr un desempleo masivo, entonces la economía se dice que es eficaz para aumentar los salarios mínimos a, digamos, 100 euros por hora. Por otro lado, si su objetivo es reducir al mínimo el desempleo, entonces la economía le informa que todas las leyes de salario mínimo deben ser abolidas. Pero los economistas, qua economistas, no tienen nada que decir acerca de la licitud o conveniencia de los objetivos en cuestión. Esta es tarea del filósofo: determinar cuáles metas son justas y admisibles y cuales metas no lo son. (El economista entonces informa al filósofo cuales medios son eficientes o ineficientes, con el fin de alcanzar tales justificables objetivos.) Pero como ya he indicado: la profesión de la filosofía, simplemente no ha hecho su trabajo. Los filósofos, por supuesto, dan una serie de consejos sobre qué hacer o que no hacer, pero su consejo tiene poco o ningún peso intelectual. En casi todos los casos, es mera opinión: expresión de gustos personales, nada más. Si usted implora a los filósofos por una “teoría de la justicia” de la cual supuestamente emanen sus recomendaciones, no tienen tal teoría. Sólo pueden ofrecer una colección ad hoc de juicios de valor personales, que por lo general ni siquiera cumplen con el requisito de tener cierta coherencia interna.

Cualquier teoría de la justicia digna de acatamiento debe reconocer primero el hecho más fundamental de la vida humana: la escasez de bienes, es decir, la ausencia de superabundancia. Porque sólo debido a la escasez es posible que la gente pueda tener conflictos con los demás: yo quiero hacer tal cosa con un recurso escaso dado, y usted quiere hacer tal otra con el mismo recurso. Sin conflictos, no habría necesidad de reglas o normas, y el propósito de las normas es, entonces, evitar conflictos. En ausencia de una armonía pre-establecida entre todos los intereses, los conflictos sólo se pueden evitar, si todos los recursos escasos son de propiedad privada, es decir, de un propietario identificable, más bien que, ni con la exclusión de, otro. Y con el fin de evitar el conflicto desde el principio de la humanidad, por así decirlo, cualquier teoría de la justicia debe comenzar con una norma que regule y denomine como propiedad privada la primera apropiación original de un recurso escaso.

La mayoría de la filosofía (política) contemporánea parece no ser consciente de esto. De hecho, a menudo tengo la impresión de que ni siquiera el hecho de la escasez misma es reconocido o comprendido plenamente.

NC: ¿Cuál debería ser, entonces, el objetivo de una política de impuestos? La redistribución? La igualdad? La disminución de la pobreza?

Hoppe: Si los impuestos son robo, entonces, desde el punto de vista de la justicia, no debe haber, en absoluto, impuestos ni política fiscal. Toda discusión sobre el objetivo de políticas y reformas fiscales es una discusión entre ladrones o defensores del robo, a quienes nada importa la justicia. Su preocupación es solamente el robo. Hay debate y controversia entre ellos cuando se discute a quién deben gravar con impuestos y qué tanto, y qué se debe hacer con los ingresos fiscales, es decir, quién debe recibir, y cuanto, del botín robado.
Sin embargo, todos los ladrones y todos los beneficiarios del robo tienden a coincidir en una cosa: cuanto mayor sea la cantidad de botín y menor el coste de la recolección, las cosas son mejores para ellos. De hecho, esto es lo que todas las democracias occidentales practican hoy: elegir las tasas y el tipo de impuestos, de manera que el ingreso fiscal sea máximo. Todas las discusiones actuales sobre reforma fiscal, en Francia, en Alemania, en los EE.UU. y en otros lugares son discusiones acerca de si deben introducirse o suprimirse ciertas formas de impuestos, tales como el gravamen al patrimonio y/o a la herencia, si los ingresos se deben gravar progresiva o proporcionalmente, si las ganancias de capital deben gravarse como ingreso o no, si los impuestos indirectos como el IVA debe ser, o no, sustituidos por impuestos directos, etc., etc., y si las tasas de tales impuestos deben entonces subir o bajar – nunca son discusiones sobre justicia. No están motivados por una oposición, por principio, a los impuestos, sino por el deseo de hacer los impuestos más eficientes, es decir, maximizar los ingresos fiscales. Toda reforma fiscal que no es, como mínimo, “de ingreso neutro”, es considerada un fracaso. Y solo las reformas que aumentan los ingresos fiscales se considera un “éxito”.

Tengo que volver a preguntar: ¿Cómo puede alguien considerar esto “justo?.” Por supuesto, desde el punto de vista de los consumidores de impuestos todo esto es “bueno.”. Pero desde el punto de vista de los productores de impuestos, ciertamente no es “bueno”, sino más que malo, “peor.”

Una última observación sobre los efectos económicos de los impuestos: Todos los impuestos son una redistribución de riqueza y de ingresos. La riqueza y el ingreso es tomado a la fuerza de sus propietarios y productores y transferido a personas que no eran dueños de riqueza y a quienes no producen estos ingresos. Por tanto se desalienta la futura acumulación de riqueza y la producción de ingresos y estimulados la confiscación y el consumo, de la riqueza y el ingreso existentes. Como resultado, la sociedad será más pobre. Y en cuanto al efecto de la eternamente popular e igualitaria propuesta de gravar a los “ricos” para dar a los “pobres” en particular: es un régimen de no reduce ni alivia la pobreza, sino, muy al contrario, aumenta la pobreza. Reduce el incentivo de permanecer, o llegar a ser, rico y productivo, y aumenta el incentivo de permanecer, o llegar a ser, pobre y de ser improductivo.

NC: ¿Deberían las personas ricas recibir un trato diferente al de la gente pobre?

Hoppe: Cada persona, rica o pobre, debe recibir el mismo trato ante la ley. Hay gente rica, que es rica sin haber defraudado o robado a nadie. Son ricos, porque han trabajado duro, porque han ahorrado con diligencia, porque han sido productivos y porque han demostrado ingenio empresarial, a menudo por varias generaciones de familia. Estas personas no sólo deben ser dejados en paz, sino que deben ser elogiados como héroes. Y hay gente rica, sobre todo de la clase de los líderes políticos, en control del aparato estatal, y de las élites conectadas al estado, a la banca y a las grandes empresas, que son ricos, porque han estado directamente involucrados en, o indirectamente beneficiados de, la confiscación, el robo, el engaño y el fraude. Tales personas no deben dejarse tranquilas, sino que deben ser condenadas y despreciadas como gángsters. Lo mismo se aplica a las personas pobres. Hay personas pobres, que son gente honesta, y por lo tanto deben ser dejados en paz. Pueden no ser héroes, pero merecen nuestro respeto. Y hay gentes pobres que son ladrones, y que deben ser tratados como delincuentes, independientemente de su “pobreza”.

Hans-Hermann Hoppe es un miembro sénior del Instituto Ludwig von Mises, fundador y presidente de la Sociedad Propiedad y Libertad y coeditor de la revista Austrian Economy Review. Recibió su doctorado y realizó sus estudios posdoctorales en la Universidad Goethe en Frankfurt, Alemania. Es autor de, entre otras obras, Teoría del Socialismo y el Capitalismo y Economía y Ética de la Propiedad Privada y La Democracia, el Dios que falló.

TRADUCCIÓN DE RODRIGO BETANCUR

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Entrevista al Dr. Hans-Hermann Hoppe sobre la inviabilidad de un Gobierno Único Mundial y el fracaso de la democracia al estilo occidental.

Domingo, 27 de marzo de 2011 – con Antonio Wile

The Daily Bell se complace en presentar una entrevista exclusiva con el Dr. Hans-Hermann Hoppe.

Introducción: El Dr. Hans-Hermann Hoppe, nacido en 1949 en Peine, Alemania, estudió filosofía, sociología, economía, historia y estadísticas en la Universidad de Saarland, en Saarbrücken, en la Universidad Johann Wolfgang Goethe, de Francfort am Main, y en la Universidad de Michigan, en Ann Arbor. Recibió su doctorado (Filosofía, 1974, bajo la dirección de Jürgen Habermas) y obtuvo su grado de “habilitación” (Fundamentos de Sociología y Economía, 1981), ambos, en la Universidad Goethe en Frankfurt.

En 1985, Hoppe se trasladó a Nueva York para trabajar con Murray N. Rothbard (1926-1995), el estudiante estadounidense más prominente del economista austriaco Ludwig von Mises (1881-1973). En 1986, Hoppe siguió a Rothbard a la Universidad de Nevada, Las Vegas, donde se desempeñó como profesor de economía hasta su jubilación en 2008. Después de la muerte de Rothbard, Hoppe también sirvió durante muchos años como editor del Quarterly Journal of Austrian Economics y del interdisciplinario Diario de Estudios Libertarios. Hoppe es un miembro distinguido del Instituto Ludwig von Mises, en Auburn, Alabama, y fundador y presidente de la Sociedad “Propiedad y Libertad”. Actualmente vive con su esposa la Dra. Guelcin Imre, su colega economista, en Estambul, Turquía.

Hoppe es el autor de ocho libros – el más conocido de los cuales es La Democracia: el Dios que falló – y más de 150 artículos en libros, revistas académicas y revistas de opinión. Como prominente economista internacional de la Escuela austríaca y filósofo libertario, ha dado conferencias en todo el mundo y sus escritos han sido traducidos a más de veinte idiomas.

En 2006, Hoppe fue galardonado con el Premio a la Trayectoria por la Causa de la Libertad “Gary S. Schlarbaum”, y en 2009 recibió el Premio “Franz Cuhel Memorial” de la Universidad de Economía de Praga. En ocasión de su 60 cumpleaños, en 2009, se publicó un Festschrift en su honor: Jörg Guido Hülsmann y Stephan Kinsella (eds.), “La Sociedad “Propiedad y Libertad”. Ensayos en honor a Hans-Hermann Hoppe”. El sitio web personal de Hoppe es www.HansHoppe.com. Allí, el grueso de sus escritos académicos y populares, así como muchas grabaciones de conferencias públicas están disponibles en formato electrónico.

Diario Bell: Por favor, conteste estas preguntas como si nuestros lectores no estuviesen familiarizados con su gran obra ni con sus opiniones. Vayamos al grano ¿Porqué la democracia es “el Dios que falló?”

El Dr. Hans-Hermann Hoppe: La forma de estado tradicional, pre-moderna, es la de una monarquía (absoluta). El movimiento democrático fue dirigido contra los reyes y las clases hereditarias de la nobleza. La monarquía fue criticada por ser incompatible con el principio básico de “igualdad ante la ley”. Se basaba en privilegios y era injusta y explotadora. Se creyó que la democracia sería la solución a esta situación. Al permitir la participación y la libre entrada al gobierno estatal a todas las personas en igualdad de condiciones, proclamaban los defensores de la democracia, la igualdad ante la ley sería realidad y reinaría la verdadera libertad. Pero todo esto es una gran equivocación.

Es cierto que bajo la democracia cualquiera puede ser rey, por así decirlo, y no sólo un círculo privilegiado de personas. Así, en una democracia, teóricamente no existen privilegios personales. Sin embargo si existen privilegios funcionales y funciones privilegiadas. Los funcionarios públicos, si actúan en carácter oficial, son gobernados y protegidos por el derecho público “y por tanto ocupan una posición privilegiada vis-à-vis las personas que actúan bajo la mera autoridad del “derecho privado”. En particular, los funcionarios públicos están autorizados para financiar o subvencionar sus propias actividades por medio de impuestos. Es decir, están autorizados a practicar, y vivir a costa de lo que, en el ámbito privado, entre sujetos de derecho privado, está prohibido y se considera “robo” y “expoliación”. Así que el privilegio y la discriminación legal – y la distinción entre gobernantes y súbditos – no desaparecen en la democracia.

Peor aún: bajo la monarquía, la distinción entre gobernantes y gobernados es clara. Sé, por ejemplo, que nunca llegaré a ser rey, y debido a eso tenderé a resistir los intentos del rey de aumentar los impuestos. Bajo la democracia, la distinción entre gobernantes y gobernados se vuelve borrosa. Puede surgir la ilusión que “nos gobernamos a nosotros mismos”, haciendo que la resistencia contra el aumento de los impuestos sea disminuida en consecuencia. Yo podría terminar en el extremo receptor: como receptor de impuestos en lugar de alguien que paga impuestos, y en ese caso vería la tributación desde un punto de vista más favorable.

Y además: siendo un monopolista hereditario, el rey considera el territorio y las personas bajo su dominio como su propiedad personal. Consecuentemente irá a explotar monopolísticamente esa “propiedad”. Bajo la democracia, el monopolio y la explotación monopolística no desaparecen. Más bien, lo que pasa es esto: en vez de un rey y una nobleza, que consideran al país como su propiedad privada, se coloca un custodio, temporal e intercambiable, al mando monopólico del país. El custodio no es propietario del país, pero mientras esté en el poder podrá utilizarlo legalmente para beneficio suyo y de sus protegidos. Es dueño del uso corriente – del usufructo – pero no es dueño de la riqueza, del capital, del país. Esto no elimina la explotación. Por el contrario, hace que la explotación sea menos sopesada, menos medida y llevada a cabo con poca o ninguna consideración para con el capital del país. La explotación se vuelve más intensa y se promueve sistemáticamente el consumo del capital.  Diario Bell: Si la democracia ha fracasado qué pondría usted en su lugar? ¿Cuál es la sociedad ideal? El anarco-capitalismo?

El Dr. Hans-Hermann Hoppe: Yo prefiero el término “sociedad de derecho privado”. En una sociedad de derecho privado, toda persona e institución está sujeta al mismo conjunto de leyes. No existen leyes públicas que concedan privilegios a personas o a funciones específicas en este tipo de sociedad. Sólo existen el derecho y la propiedad privados, aplicables por igual a todas y cada una de las personas. Nadie podría adquirir propiedades por medios que no fuesen la producción, el intercambio voluntario, o la apropiación original de recursos sin dueño legítimo previo (baldíos), y además, nadie poseería el privilegio de cobrar impuestos ni de expropiar. Por otra parte, nadie podría prohibir a otra persona el utilizar su propiedad a fin de ingresar en cualquier sector de la economía que ella desease y competir en el mercado contra quien quisiese.

Diario Bell: ¿Cómo se ofrecerían los servicios de justicia y orden en esta sociedad? ¿Cómo funcionaría su sistema ideal de justicia?

El Dr. Hans-Hermann Hoppe: En una sociedad de derecho privado, la producción de ley y orden – protección – se llevaría a cabo por individuos y organismos que, financiados libremente, compitan entre sí por una clientela dispuesta a pagar (o a no-pagar) exactamente como ocurre con la producción de otros bienes y servicios. El funcionamiento de este sistema puede entenderse mejor al contrastarlo con el funcionamiento de nuestro actual, y muy conocido, sistema estatista. Si uno quisiera resumir en una palabra la diferencia decisiva – y la ventaja – de una industria de protección competitiva en comparación con la práctica estatista actual, la palabra sería: contrato.

El estado opera en un vacío legal. No existe ningún contrato entre el estado y sus ciudadanos. No se fija por contrato, qué bien es propiedad de quién, ni qué bien, en consecuencia, debe ser protegido. No se ha fijado que servicios debe proporcionar el estado, ni que va a suceder si el estado falla en sus deberes, ni cuál será el precio que el “consumidor” de tales “servicios” tendría que pagar. Por el contrario, el estado fija unilateralmente las reglas del juego y las puede cambiar, mediante legislación, en el transcurso del juego. Obviamente, este comportamiento es inconcebible para proveedores de servicios de protección financiados libremente. Imagínese un proveedor de protección, sea la policía, la compañía de seguros o un árbitro, cuya oferta consistiese en algo más o menos así: yo no voy a garantizar nada contractualmente. No voy a decirle lo que estoy obligado a hacer si, según su opinión, no cumplo a usted con mi servicio – pero en todo caso, me reservo el derecho de determinar unilateralmente el precio que usted tiene que pagar por tan indefinido servicio. Cualquier proveedor de servicios de protección de este tipo, desaparecería inmediatamente del mercado debido a la falta absoluta de clientela.

En vez de actuar así, cada productor privado de protección, libremente financiado, tendría que ofrecer a sus clientes potenciales un contrato. Y estos contratos, a fin de ser considerados aceptables para consumidores que están pagando voluntariamente por ellos, deben contener cláusulas y descripciones totalmente claras de la propiedad, así como también, claramente definidos los servicios y las obligaciones mutuas. Cada una de las partes de un contrato, a lo largo de su duración o hasta el cumplimiento del contrato, estarían vinculadas a él de acuerdo a sus términos y condiciones, y cualquier cambio en dichos términos o condiciones requeriría el consentimiento unánime de todas las partes interesadas.

En concreto, para ser tenidos como aceptables por sus potenciales compradores, estos contratos tendrían que contener cláusulas especificando lo que se haría en caso de un conflicto o controversia entre el protector o agencia aseguradora y sus asegurados, así como también en el caso de conflicto entre diferentes protectores o agencias aseguradoras y sus respectivos clientes. Y en este sentido sólo existe una solución mutuamente aceptable: en estos casos las partes en conflicto se comprometen contractualmente a someterse a un tribunal de arbitramento dirigido por un tercero que sea independiente y que goce de la confianza mutua de ambas partes. Y en cuanto a esta tercera persona: ella, también, debe estar libremente financiada y en posición de competir con otros árbitros u organismos de arbitraje. Sus clientes, es decir, las compañías de seguros y el asegurado, esperan de ella, que llegue a un veredicto que sea reconocido como justo y equitativo para todas las partes. Únicamente aquellos árbitros capaces de formar tales juicios tendrán éxito en el mercado del arbitraje. Árbitros incapaces de esto y percibidos como sesgados o parciales desaparecerán del mercado.

Diario Bell: ¿Está negando, pues, que necesitamos el estado para defendernos?

El Dr. Hans-Hermann Hoppe: En efecto, así es. El estado no nos defiende, al contrario, el estado nos agrede, confisca nuestras propiedades y las utiliza para defenderse a sí mismo. La definición típica de estado es la siguiente: el estado es una agencia caracterizada por dos funciones exclusivas y lógicamente conectadas. En primer lugar, el estado es una agencia que ejerce el monopolio territorial de la toma las decisiones de última instancia. Es decir, el estado es el árbitro y juez de última instancia en cada caso de conflicto, incluidos los conflictos que afectan al estado mismo y a sus agentes. No hay apelación posible por encima, ni por fuera, del estado. En segundo lugar, el estado es una agencia que ejerce un monopolio territorial de tributación. Es decir, es una agencia que puede fijar unilateralmente el precio que sus súbditos tienen que pagar por el servicio del estado como juez de última instancia. Sobre la base de este marco institucional se pueden predecir con seguridad las consecuencias. En primer lugar, en lugar de prevenir y resolver conflictos, un monopolio que toma decisiones de última instancia causa y provoca conflicto con el fin de que se resuelva en su propio beneficio. Es decir, el estado no reconoce ni protege la legislación vigente, más bien distorsiona y pervierte la ley por medio de legislación. Contradicción número uno: el estado es un protector de la ley que incumple la ley. En segundo lugar, en lugar de defender y proteger a alguien o algo, un monopolio de tributación siempre se esforzará por llevar sus gastos al máximo en materia de protección y, al mismo tiempo por reducir al mínimo la producción efectiva de protección. Cuanto más dinero pueda gastar el estado y menos tenga que trabajar por ese dinero, mejor será su situación. Contradicción número dos: el estado es un expropiador protector de la propiedad.

Diario Bell: ¿Hay algunas leyes y regulaciones buenas?

El Dr. Hans-Hermann Hoppe: Sí. Hay, unas pocas leyes, simples y buenas, que casi todo el mundo reconoce y acepta intuitivamente y que además se puede demostrar que son leyes “verdaderas” y “buenas”:* Primera: Si no hubiera conflictos interpersonales y todos viviéramos en perfecta armonía no habría necesidad de ley o norma alguna. El propósito de las leyes o normas es ayudar a evitar conflictos que de otro modo serían inevitables. Sólo las leyes que alcanzan ese objetivo pueden ser llamadas leyes buenas. Una ley que genera conflictos en lugar de ayudar a evitarlos es contraria a la finalidad de las leyes, es decir, es una ley mala, disfuncional o perversa.

Segunda: Los conflictos son posibles sólo en la medida que los bienes sean escasos. Las personas tienen enfrentamientos debido a que quieren utilizar el mismo bien de maneras diferentes e incompatibles. O bien yo gano y hago lo que quiero o usted gana y hace lo que quiere. Ambos no podemos ser “ganadores”. En el caso de bienes escasos, entonces, necesitamos reglas o leyes que nos ayuden a decidir entre argumentos antagónicos y conflictivos. Por el contrario, bienes que son “gratis”, es decir, bienes que existen en superabundancia, que se vuelven inagotables o infinitamente reproducibles, no son, y no pueden ser, una fuente de conflicto. Cada vez que uso un bien no-escaso no se reduce para usted, ni en lo más mínimo, la disponibilidad de este bien. Puedo hacer con él lo que quiero y usted puede hacer con él lo que quiera, al mismo tiempo. No hay perdedores. Ambos somos ganadores, y por lo tanto, en la medida en que los bienes en cuestión no sean escasos, nunca habrá necesidad de leyes.

Tercera: Entonces todos los conflictos relacionados con bienes escasos sólo se pueden evitar si cada bien es de propiedad privada, es decir, exclusivamente bajo el control de un individuo (o grupo de individuos) específico, y no por varios individuos no especificados, y siempre está en claro cuál cosa es la propiedad, y a quién pertenece, y cuál no es. Y para evitar todos los posibles conflictos desde el principio de la humanidad, por así decirlo, solamente es necesario tener una norma que determine que la primera, la apropiación original de un recurso escaso, dado por la naturaleza, sin previo dueño, la convierte en propiedad privada. En suma, entonces, son esencialmente tres las “buenas leyes” que garantizan una interacción libre de conflicto o “de paz eterna:” a) el primero que se apropia de algo previamente sin dueño se convierte en su propietario exclusivo (en condición de primer propietario no podría haber entrado en conflicto con nadie porque las otras personas sólo aparecerán en escena más tarde), b) aquel que produce algo, utilizando tanto su cuerpo como los bienes apropiados originalmente, se convierte en dueño único y legítimo del producto de su trabajo, siempre que en ese proceso no dañe la integridad física de la propiedad de terceros, y c) que quien adquiera algo de un propietario anterior, o anteriores, por medio de intercambio voluntario, es decir, un intercambio considerado de beneficio mutuo, se convierte en el nuevo propietario de ese bien.

Diario Bell: ¿Cómo, entonces, puede uno definir la libertad? Como la ausencia de coerción estatal?

El Dr. Hans-Hermann Hoppe: Una sociedad es libre, cuando cada persona es reconocida como dueña exclusiva de su propio (escaso) cuerpo físico; cuando los individuos son dueños exclusivos del fruto de su propio trabajo; cuando las personas son libres de convertirse en propietarios de recursos, previamente sin dueños definidos, convirtiéndolos en su propiedad privada; cuando las personas son libres de utilizar su cuerpo y sus bienes apropiados originalmente para producir lo que quieran producir (sin que en el proceso dañen la integridad física de la propiedad de terceros); y cuando cada uno es libre de hacer contratos mutuamente benéficos con otros individuos, incluyendo en ello sus respectivas propiedades. * Cualquier interferencia con estos contratos constituye un acto de agresión, y el grado de libertad de una sociedad puede medirse por la intensidad con que practica tales agresiones.

Diario Bell: ¿Cuál es su posición sobre los derechos de autor? ¿Cree usted que la propiedad intelectual no existe, como Kinsella ha propuesto?

El Dr. Hans-Hermann Hoppe: Estoy de acuerdo con mi amigo Kinsella, la idea de los derechos de propiedad intelectual no sólo es equivocada y confusa sino, además, peligrosa. Y ya he comentado porqué es así. Las ideas – recetas, fórmulas, declaraciones, argumentos, algoritmos, teoremas, melodías, patrones, modelos, ritmos, imágenes, etc. – son sin duda bienes (en la medida en que son buenas y útiles, no que sean malas, las recetas, etc.), pero no son bienes escasos. Una vez pensadas y expresadas, son bienes libres, inagotables. Silbo una melodía o escribo un poema, usted oye la melodía o lee el poema y lo reproduce o lo copia. Al hacerlo, usted no me ha quitado nada. Puedo silbar y escribir como antes. De hecho, todo el mundo me puede copiar y aún así, nada han tomado de mí. (Si yo quisiera que nadie copie mis ideas sólo tendría que guardarlas para mí mismo y no expresarlas nunca. )

Ahora imagine que he obtenido un derecho de propiedad sobre mi melodía o sobre mi poesía, de tal manera que puedo prohibir a usted que la copie, o exigir, de usted mismo, una regalía si la copia. En primer lugar: ¿No implica esto, que yo, absurdamente, a mi vez, tenga que pagar regalías a la persona (o a sus herederos) que inventaron el “silbar” y la escritura, y más adelante a aquellos que compusieron el lenguaje y la reproducción de sonidos, y así sucesivamente?. Segundo: Al impedir que usted silbe mi melodía o recite mi poema o al obligarlo a pagar, en caso de que lo haga, me he transformado en realidad en propietario (parcial) de usted: propietario parcial de su cuerpo, de sus cuerdas vocales, de su papel, de su lápiz, etc., porque usted no utilizó nada, excepto sus propios recursos, cuando me copió. Si usted ya no puede copiarme, entonces esto significa que yo, el dueño de la propiedad intelectual, he expropiado a usted y a su propiedad “real”. Lo que demuestra que los derechos de propiedad intelectual y los derechos de propiedad real son incompatibles, y la promoción de la propiedad intelectual debe ser vista como uno de los más peligrosos ataques a la idea de la propiedad “real” (de bienes escasos). Diario Bell: Hemos sugerido que si alguien quiere hacer valer derechos de autor hereditarios que lo haga entonces por su propia cuenta, asumiendo los gastos, e intentando a través de diversos medios hacer frente a los violadores de los derechos de autor con sus propios recursos. Esto sitúa la carga de la coerción, y de la vigilancia, en el bolsillo del individuo. ¿Es ésta una solución viable – permitir que el mercado mismo decida estas cuestiones?

El Dr. Hans-Hermann Hoppe: Eso sería un gran avance en la dirección correcta. Mejor aún: más y más tribunales en más y más países, especialmente en países fuera de la órbita del cártel de los gobiernos occidentales, dominados por los EE UU, harían claro que ya no oyen casos de violación de derechos de autor, ni de patentes, y se refieren a tales quejas como a un truco de las grandes empresas occidentales – vinculadas a sus respectivos gobiernos, tales como las empresas farmacéuticas – para enriquecerse a costa de otras personas.

Diario Bell: ¿Qué piensa usted de Poder es Derecho de Ragnar Redbeard?

El Dr. Hans-Hermann Hoppe: Uno puede dar dos interpretaciones muy diferentes a esta declaración. No veo ninguna dificultad con la primera. Es así: Yo sé la diferencia entre “poder” y “derecho” y, por tratarse de un hecho empírico, el poder es, de hecho, con frecuencia el derecho. La mayoría, si no todo el “derecho público”, por ejemplo, es poder disfrazado de derecho. La segunda interpretación es la siguiente: No sé la diferencia entre “poder” y “derecho”, porque no hay diferencia. Poder es derecho y derecho es poder. Esta interpretación se contradice a sí misma. Porque si quisiera defender este argumento como una declaración verdadera en una discusión con otra persona, de hecho, usted estaría reconociendo el derecho de su oponente a la propiedad de su propio cuerpo. Usted no usa la violencia contra él para traerlo al enfoque correcto. Usted permite que él llegue a la verdad por sí mismo. Es decir, admite, al menos implícitamente, que usted conoce la diferencia entre el bien y el mal. De lo contrario no habría ningún propósito en discutir. Lo mismo, incidentalmente es cierto, con la famosa frase de Hobbes de que el hombre es lobo para el hombre. Cuando usted acepta que esta declaración es verdadera, en realidad está probando que es falsa.

Diario Bell: Se ha sugerido que la única manera de reorganizar la sociedad es a través de un retorno a los clanes y tribus que caracterizaron las comunidades del homo-sapiens por decenas de miles de años? ¿Es posible que como parte de esta des-evolución, se pueda volver a enfatizar el clan o la justicia tribal?

El Dr. Hans-Hermann Hoppe: No creo que nosotros, en el mundo occidental, pueda volver a los clanes y a las tribus. El estado moderno y democrático ha destruido los clanes y las tribus y sus estructuras jerárquicas, porque estaba en el camino del empuje estatista por el poder absoluto. Con los clanes y las tribus ausentes, tenemos que tratar con el modelo de sociedad de derecho privado que he descrito. Pero allí donde todavía existen las estructuras jerárquicas del clan y de la tribu tradicionales, deberían ser apoyadas y los intentos de “modernizar” los “arcaicos” sistemas de justicia al estilo occidental deberían ser vistos con la mayor suspicacia posible.

Diario Bell: También ha escrito mucho sobre dinero, moneda y asuntos monetarios. El Patrón Oro es necesario para una sociedad libre?

El Dr. Hans-Hermann Hoppe: en una sociedad libre, el mercado produciría dinero, como todos los demás bienes y servicios. En un mundo perfectamente cierto y previsible no existiría esa cosa que llamamos dinero. Pero como vivimos en un mundo de contingencias impredecibles las gentes llegan a apreciar también los bienes de acuerdo a su facilidad de comercialización o vendibilidad, o sea, como medio de trueque. Dado que un bien que sea más fácil y ampliamente vendible es preferible como medio de intercambio o de trueque a un bien que sea menos fácil y ampliamente vendible, hay una tendencia inevitable en el mercado para que surja finalmente un único material o producto, que se distinga de todos los otros, justamente por ser el más fácil y ampliamente vendible entre todos. Este material o producto es llamado dinero. Siendo el más vendible de todos los bienes, proporciona a su dueño y portador la mejor protección humanamente posible contra la incertidumbre – puede ser utilizado para satisfacción instantánea de una amplia gama de posibles necesidades. La teoría económica no tiene nada que decir en cuanto a cuál producto o material irá a adquirir el status de dinero. Históricamente tal material ha sido el oro. Pero si la constitución física de nuestro mundo fuese diferente o llegara a ser diferente de lo que es ahora, algún otro producto o material se convertirían o podrían convertirse en dinero. El mercado decidirá. En todo caso, no hay necesidad que el gobierno venga a inmiscuirse en nada de esto. El mercado ha surtido y surtirá algún tipo de dinero-mercancía, y la producción de ese material, cualquiera que sea, está sujeta a las mismas fuerzas de la oferta y la demanda que determinan la producción de todos los demás bienes y servicios del mercado.

Diario Bell: ¿Y qué dice del paradigma de la banca libre? La banca fraccionaria privada debe ser tolerada o es un delito? ¿Quién va a llevar gente a la cárcel por la banca privada fraccionaria?

El Dr. Hans-Hermann Hoppe: Suponga que el oro es dinero. En una sociedad libre, usted tiene la libre competencia en las minas de oro, tiene la libre competencia en la acuñación de oro, y tiene bancos compitiendo libremente. Los bancos ofrecen diversos servicios financieros: custodia de dinero, servicios de compensación, y la intermediación entre ahorradores y prestatarios inversionistas. Cada banco emite su propio tipo de “notas” o “certificados” que documentan las diversas operaciones y las resultantes relaciones contractuales entre el banco y el cliente. Tales “notas” o billetes son negociables libremente. Hasta aquí todo va bien. La polémica entre los banqueros libres es sólo el estatus de la banca de depósito de reserva fraccionaria y de los billetes bancarios. Digamos que A deposita 10 onzas de oro en un banco y recibe un billete (un sustituto del dinero) redimible por su valor a la presentación por el portador. Sobre la base de un depósito, entonces, el banco otorga un préstamo a C, por 9 onzas de oro y emite un billete en este sentido, una vez más redimible por su valor al portador.

Debería ser permitido esto? Creo que no. Porque ahora hay dos personas, A y C, que son propietarias exclusivas de la misma y única suma de dinero. Una imposibilidad lógica. O dicho de otro modo, sólo hay 10 onzas de oro, pero a A se le da un título por 10 onzas y C guarda uno por 9 onzas. Es decir, hay más títulos de propiedad que propiedad. Obviamente, esto constituye un fraude, y en todas las áreas, excepto en asuntos monetarios, los tribunales han considerado la práctica como fraude también y han castigado a quienes los cometen. Por otro lado, no habría problema alguno si el banco dijese a A que iría a pagarle intereses sobre sus depósitos, invirtiéndolos, por ejemplo, en un fondo mutuo del mercado monetario constituido por papeles financieros de alta liquidez y a corto plazo, y prometiendo hacer todos los esfuerzos posibles para restituir a A, una cantidad fija de dinero, al momento que éste exigiese de vuelta su inversión. Tales fondos de inversión bien podrían tornarse muy populares y mucha gente querría depositar su dinero en ellos en lugar de hacerlo en cuentas de depósito normales. Pero las acciones en fondos de inversión nunca podrán funcionar como dinero o medio de trueque. En esas condiciones tales acciones jamás podrían ser la mercancía, el material o producto, más fácil y ampliamente vendible de todos.

Diario Bell: ¿Cuál es su posición con respecto al paradigma actual de la banca central? ¿Es la banca central, como está constituida actualmente, el desastre principal de nuestro tiempo?

El Dr. Hans-Hermann Hoppe: La banca central es sin duda uno de los grandes causantes del desbarajuste de nuestra época. Los Bancos Centrales, y, en particular, el Banco de la Reserva Federal, la FED, fueron los responsables de la destrucción del patrón oro, el cual siempre fue obstáculo para las políticas inflacionarias, y de su sustitución, desde 1971, por un patrón monetario exclusivo de papel moneda (dinero fiduciario) y de curso legal forzoso. Desde entonces, los bancos centrales tienen la capacidad de crear dinero virtualmente de la nada. Una mayor cantidad de papel moneda no hace a una sociedad más rica, y es obvio, – se trata sólo de una mayor cantidad de papel impreso. De lo contrario, ¿porqué existen aún países pobres y gentes pobres en el mundo? Porque la creación de más dinero tiene una función primordial: enriquecer a su productor monopolístico (el banco central) y a todos los receptores iniciales de ese dinero (el gobierno y los grandes bancos y sus clientes principales, vinculados al gobierno) todo a costa del empobrecimiento de quienes reciben el nuevo dinero en el último momento, cuando todos los precios ya han aumentado.

Gracias al poder ilimitado de imprimir dinero del cual goza un banco emisor, los gobiernos pueden incurrir en déficit presupuestarios cada vez más altos y a acumular endeudamientos cada vez mayores para financiar guerras, frías o no, en el extranjero o en casa, y la participación en un flujo infinito de actividades inútiles, que de otro modo, sería imposible financiar. Gracias al banco central, varios “expertos monetarios” y “líderes de la macro-economía” pueden, al agregarlos a la nómina, convertirse en propagandistas del gobierno, con la función de “explicar”, como alquimistas, cómo la piedra (papel-moneda), puede ser transformada en pan (riqueza). Gracias al banco central, las tasas de interés pueden ser artificialmente reducidas a cero, canalizando crédito para proyectos y mano de obra insolventes al mismo tiempo que escasean el crédito genuino para proyectos y personas solventes, y realmente dignas de crédito, provocando inversiones cada vez mayores en burbujas insostenibles, las cuales, al estallar, generan colapsos cada vez más espectaculares. Y gracias al banco central, enfrentamos la dramáticamente creciente amenaza de una inminente hiperinflación cuando los pollos llegan por fin a casa a pernoctar y al flautista debemos pagar.

Diario Bell: Hemos señalado a menudo que las siete colinas de Roma fueron inicialmente sociedades independientes al igual que la ciudades-estado italianas durante el Renacimiento y las 13 colonias de la República de los EE. UU. Parece que los grandes imperios comienzan como comunidades individuales donde la gente puede abandonar una comunidad si son oprimidos y emigran a una comunidad cercana a comenzar de nuevo. ¿Cuál es la fuerza motriz detrás de este proceso de centralización? ¿Cuáles son los bloques de construcción del Imperio?

El Dr. Hans-Hermann Hoppe: Todos los estados tienen que comenzar en pequeño. Eso facilita que la gente huya, que escape. Sin embargo, los estados son por naturaleza agresivos, como ya he explicado. Pueden externalizar el costo de la agresión en los demás, es decir, en los desventurados contribuyentes. No les gusta ver huir a la gente productiva y tratan de capturarlos expandiendo su territorio. Mientras más gente productiva controle, mejor estará el estado. Este deseo de expansión, encuentra oposición en otros estados. Sólo puede haber un monopolio supremo de justicia y tributación en un territorio dado. Es decir, la competencia entre los diferentes estados es eliminatoria. O bien A gana y controla el territorio, o bien B. ¿Quién gana? Al menos en el largo plazo, el estado que irá a ganar – y a apoderarse del territorio de otro, o a establecer su hegemonía sobre él y obligarlo a rendir tributo – será aquel que pueda parasitar de la economía comparativamente más productiva. Es decir, todo lo demás constante, los estados cuyas economías son más liberales tenderán a conquistar los estados menos liberales (en el sentido clásico europeo de “liberal”), o sea, los estados más opresivos y más regulados económicamente.

Fijándonos sólo en la historia moderna, podemos de esa forma explicar primero la ascensión de la liberal Gran Bretaña a la categoría del Imperio más importante del mundo y, después, subsecuentemente, la de la liberal Unión Americana (los EE. UU.). Y podemos comprender una aparente paradoja: ¿por qué aquellos potencias imperiales internamente liberales como los EE. UU. tienden a ser más agresivos y beligerantes en su política exterior que aquellas potencias internamente opresivas, como la antigua Unión Soviética. El liberal imperio de los EE. UU. era el seguro ganador en sus guerras y las aventuras militares en el extranjero, mientras que la opresiva Unión Soviética temía que pudiera perder.

Pero la construcción del Imperio también lleva consigo las semillas de su propia destrucción. Cuanto más cerca llega el estado a su meta suprema – la dominación del mundo y la institución de un gobierno único mundial, menos motivos tienen para mantener su liberalismo interno y más razones tienen para hacer justamente aquello que todos los estados están propensos a hacer de todos modos, es decir, a adoptar una línea dura y aumentar su explotación sobre la gente productiva que aún queda. En consecuencia, sin tributarios adicionales disponibles y la productividad doméstica estancada o cayendo, las políticas internas imperiales de pan y circo ya no pueden mantenerse. La crisis económica golpea, y el colapso económico inminente comienza a estimular tendencias a la descentralización, a los movimientos separatistas y secesionistas, y finalmente conduce a la desintegración del Imperio. Ya vimos esto acontecer con Gran Bretaña, y estamos viendo ahora el mismo suceso con el Imperio de los EE. UU., aparentemente en su última etapa.

Hay también un aspecto importante en el lado monetario de este proceso. El Imperio dominante típicamente proporciona la moneda de reserva internacional, primero la Gran Bretaña con la Libra Esterlina y ahora los EE. UU. con el Dólar. Con el dólar usado como moneda de reserva por los bancos centrales extranjeros, los EE. UU. pueden incurrir en un “déficit sin lágrimas” permanente. Es decir, los EE. UU. no tienen que pagar por sus constantes excesos de importaciones en relación con las exportaciones, como sería normal entre socios “iguales”, teniendo que exportar una cuantía creciente de bienes al exterior (las exportaciones pagan por las importaciones). Más bien: Los gobiernos extranjeros y sus bancos centrales en lugar de utilizar sus ingresos por exportaciones para comprar productos estadounidenses de consumo interno, usan sus reservas en dólares de papel para comprar bonos del gobierno de EE. UU. como ayuda a los estadounidenses para que sigan consumiendo más allá del alcance de sus medios. Un típico signo de vasallaje ante el Imperio dominante.

No sé lo suficiente sobre China para entender por qué están utilizando sus enormes reservas en dólares para comprar bonos del gobierno de los EE. UU. Después de todo, se supone que China no forma parte del Imperio Americano. Tal vez sus gobernantes han leído demasiados libros de texto de economía americanos y ahora creen en la alquimia, también. Pero si solamente la China se deshiciera de sus bonos del Tesoro de los EE. UU. y en cambio acumulara reservas de oro, ese sería el fin del imperio de los EE. UU. y del dólar como hoy los conocemos.

Diario Bell: ¿Es posible que una sombra de familias imposiblemente ricas localizadas en la ciudad de Londres sea parcialmente responsable de todo esto? ¿ Buscan estas familias y sus facilitadores un gobierno mundial de élites? ¿Es una conspiración? ¿Ve usted el mundo en estos términos: como una lucha entre los impulsos de centralización de las élites y los impulsos más democráticos del resto de la sociedad?

El Dr. Hans-Hermann Hoppe: No estoy seguro de si la conspiración sigue siendo la palabra adecuada, porque mientras tanto, gracias a gente como Carroll Quigley, por ejemplo, se sabe mucho acerca de lo que está pasando. En cualquier caso, no cabe duda de que hay familias tan increíblemente ricas, asentadas en Londres, Nueva York, Tel Aviv y en otros lugares, que ya han percibido el inmenso potencial para el enriquecimiento personal en el proceso de construcción del Estado- y del Imperio. Los presidentes de las grandes casas bancarias jugaron un papel clave en la fundación de la FED, porque percibieron que la banca central permitía a sus propios bancos inflar y expandir el crédito adicionalmente al dinero y crédito creados por el banco central, y que un prestamista “de última instancia” jugaba un papel decisivo al permitirles cosechar ganancias privadas, siempre y cuando las cosas marcharan bien y a socializar los costos cuando las cosas comenzasen a marchar mal.

Percibieron que el patrón oro clásico se presentaba como un obstáculo natural a la inflación y a la expansión del crédito, así que primero ayudaron a establecer un patrón oro falso (el estándar de intercambio del oro) y, a continuación, después de 1971, un régimen de papel moneda puro. Comprendieron que un sistema de libre fluctuación del papel-moneda nacional era todavía imperfecto, en cuanto a sus deseos inflacionistas se refiere, porque la supremacía del dólar podría verse amenazada por otras monedas en competencia, tales como un marco alemán fuerte, por ejemplo; y con el fin de para reducir y debilitar esta competencia apoyaron los esquemas de “integración monetaria” tales como la creación de un Banco Central Europeo (BCE) y del Euro.

Y percibieron que el sueño supremo, un poder ilimitado de falsificación y creación de dinero, se haría realidad, con sólo tener éxito en la creación de un banco central mundial, dominado por los EE. UU., que emitiera un papel-moneda mundial, como el Bancor (nombre propuesto por Keynes) o el Fénix; y así, ayudaron a establecer y a financiar una multitud de organizaciones tales como el Consejo de Relaciones Exteriores, la Comisión Trilateral, el Grupo Bilderberg, etc., para promover este objetivo. Además, los líderes industriales reconocieron las tremendas oportunidades de beneficio creadas por los monopolios concedidos por el estado, por los subsidios del gobierno, y por los contratos exclusivos de margen fijo, liberándolos o protegiéndolos de la competencia, y por lo tanto, ellos también se aliaron, e “infiltraron”, al estado.

No hay “accidentes” en la historia, y si hay acciones cuidadosamente planificadas que dan lugar a consecuencias inesperadas, imprevistas, y no premeditadas. Pero la historia no es sólo una secuencia de accidentes y sorpresas. La mayor parte de ella ha sido concebida y diseñada intencionalmente. No por la gente común, por supuesto, sino por las élites del poder en el control del aparato estatal. Si quisiéremos evitar que la historia siga su actual y previsible curso rumbo a un desastre económico sin precedentes, entonces, es realmente imperativo provocar la indignación pública exponiendo, sin descanso, los perversos motivos y maquinaciones de las élites del poder, no sólo de quienes trabajan en el aparato estatal, sino, especialmente, de los que estando por fuera, detrás de las escenas, tiran de las cuerdas.

Diario Bell: Ha sido nuestra tesis que, al igual que la imprenta de Gutenberg hizo estallar las estructuras sociales existentes en su época, así también lo está haciendo la Internet hoy en día. Creemos que la Internet puede marcar el comienzo de un nuevo Renacimiento después de la Edad Oscura del siglo 20. ¿De acuerdo? No está de acuerdo?

El Dr. Hans-Hermann Hoppe: Es cierto que ambos inventos revolucionaron la sociedad y mejoraron enormemente nuestras vidas. Es difícil imaginar cómo sería regresar a la era pre-Internet, o la era pre-Gutenberg. Soy escéptico, sin embargo, en cuanto a la capacidad de las revoluciones tecnológicas, en sí y por sí mismas, de traer progreso moral y avance hacia una mayor libertad. Estoy más inclinado a pensar que la tecnología y los avances tecnológicos son “neutrales” en este sentido. La Internet puede ser utilizada para desenterrar y difundir la verdad tanto como para difundir mentiras y confusión. Se nos han dado posibilidades sin precedentes de eludir y socavar a nuestro enemigo el estado, pero también se han dado al estado posibilidades sin precedentes de espiarnos y arruinarnos. Somos más ricos hoy en día, con la Internet, de lo que éramos sin ella, digamos, en 1900, (y somos más ricos, no por el estado, sino a pesar de él). Pero tendría que negar enfáticamente que hoy somos más libres de lo que éramos en 1900. Todo lo contrario.

Diario Bell: ¿Algunas consideraciones finales? ¿Puede decirnos en que está trabajando ahora? Qué libros o sitios web le gustaría recomendar?

El Dr. Hans-Hermann Hoppe: Una vez me desvié de mi principio de no hablar acerca de mi trabajo hasta haberlo concluido. Me he arrepentido de esta desviación. Fue un error que no voy a repetir. En cuanto a los libros, recomiendo, sobre todo, la lectura de las obras principales de mis dos maestros, Ludwig von Mises y Murray Rothbard, no sólo una vez, sino repetidamente de vez en cuando. La obra de ambos sigue siendo incomparable y permanecerá insuperable por mucho tiempo. En cuanto a los sitios web, visito regularmente a mises.org y lewrockwell.com En cuanto a otros sitios: me han llamado un extremista, un reaccionario, un revisionista, un elitista, un supremacista, un racista, un homofóbico, un antisemita, un derechista, un teócrata, un ateo cínico, un fascista y, por supuesto, un mote obligado para todos los alemanes, un nazi. Por lo tanto, es de esperar que tenga una debilidad por sitios políticamente “incorrectos” que todo hombre “moderno”, “decente”, “civilizado”, “tolerante” y “iluminado” se supone que debe ignorar y evitar.

Diario Bell: Gracias por concedernos su tiempo para responder nuestras preguntas. Ha sido un honor especial abordarlo con ellas en el contexto de su extraordinaria obra.

El Dr. Hans-Hermann Hoppe: Fue un placer.

 

¡Qué gran entrevista. Decimos esto sin modestia, porque con algunas excepciones (siendo las más notables la banca libre y la competencia por el dinero), el Dr. Hans-Hermann Hoppe, uno de los mejores pensadores y educadores libertarios en el mundo de hoy, en realidad pareció estar de acuerdo con algo de lo que se ha se ha propuesto en estas modestas páginas durante varios años. No tome nuestra palabra por ella. Vuelva a leer la entrevista si lo desea. Para tener a alguien del calibre mental del doctor Hoppe de apoyar y profundizar en las percepciones fundamentales, que hemos sostenido en algunas ocasiones, es increíblemente afirmativo, e incluso, (no nos importa admitirlo), intelectualmente satisfactorio.

En un tono menos frívolo, lo que viene a través de la entrevista es que el Dr. Hoppe es uno de los individuos particulares que, al haber vislumbrado la verdad no disponible para la mayoría de la gente, es incapaz, por temperamento, de temporizar sobre su validez. Uno ve esta característica reflejada en la obra y en las narrativas de Murray Rothbard y de Ludwig von Mises, por nombrar dos pensadores brillantes que vienen a la mente. La incapacidad de evitar conclusiones (o de no cohibirse de expresarlas) desarrollada a partir del sistema de creencias de uno mismo, es un signo revelador de coraje intelectual, e incluso, creemos, de grandeza.

De hecho, es raro tener el privilegio de llevar a cabo un diálogo con una inteligencia verdaderamente clara, alguien, de hecho, con un marco de referencia que resuena con coraje. Si usted lee la entrevista con detenimiento, puede ver (o escuchar) el enfoque disciplinado con que el doctor Hoppe se acerca a los temas sobre los que comenta. Cada posición se desarrolla de forma racional y cada conclusión se desenvuelve sin cesar de la evidencia esbozada.

No vamos a escribir mucho más porque al igual que una gran composición musical, esta entrevista, en nuestra opinión, se aprecia mejor por sí misma. Nuestro comentario, torpe probablemente, sólo resta de su musculatura y de su elegante austeridad. Por supuesto, usted puede no apreciar nuestros esfuerzos, querido lector, pero por favor, reconozca la cortés elegancia, la sabiduría y la valentía intelectual de uno de los pensadores profundos del mundo del mercado libre, el Dr. Hans-Hermann Hoppe.

 

TRADUCCIÓN DE RODRIGO BETANCUR

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