Comentarios de Hoppe sobre James Buchanan y Gordon Tullock

Por Hans-Hermann Hoppe
Tomado de Mises Hispano

Desde Locke, los liberales han intentado resolver su contradicción interna improvisando constituciones, contratos o acuerdos «tácitos», «implícitos» o «de concepto». Pero estos intentos, característicamente tortuosos y confusos, tan sólo han contribuido a una misma y única conclusión inevitable: la imposibilidad de justificar el gobierno a partir de contratos explícitos entre propietarios particulares.

Sobre la visión lockeana del «consentimiento» véanse sus Dos ensayos sobre el Gobierno civil, libro Il, § 119-21. Reconociendo que el gobierno no está basado en el consentimiento «expreso», señala que «la dificultad estriba en qué es lo que se considera un consentimiento tácito y hasta dónde llega el compromiso que se adquiere de esta manera, en el caso de que no lo haya expresado. Respecto a esto, sostengo que cualquier hombre que tenga alguna posesión o usufructo de alguna parte de los dominios de cualquier gobierno, da por ello su consentimiento tácito y está obligado a la obediencia de las leyes de ese gobierno como uno más, mientras dure el disfrute de esa propiedad. Y esto es así, tanto si se trata de una propiedad suya para siempre y para sus herederos, o si sólo está en ella por una semana, o si se trata de alguien que está viajando libremente por los caminos: y, en efecto, eso afecta a cualquiera que se encuentre dentro de los territorios de ese gobierno». Locke, op. cit., p. 290.

En efecto, según Locke, una vez que el gobierno se ha constituido, su existencia es aceptada «tácitamente» por los ciudadanos desde el momento en que estos siguen viviendo en «su» territorio. Resulta indiferente, por tanto, si expresaron con antelación que aceptaban su imperio o no, y cual ha sido el proceder subsecuente del gobierno. Todo gobierno tiene, pues, el consentimiento unánime de quienes habitan en su jurisdicción y sólo la emigración —la «salida»— cuenta como un «no» y una retractación del consentimiento según Locke (§ 121).

Una tentativa moderna en esta misma línea, menos convincente (si no más absurda), puede verse en James M. Buchanan y Gordon Tullock, El cálculo del consenso. También James M, Buchanan, The Limits of Liberty: Between Anarchy and Leviathan. Chicago, University of Chicago Press, 1975 [trad. española: Los límites de la libertad: entre la Anarquía y el Leviatán. México, Premiá, 1981]. Igual que Locke, Buchanan y Tullock reconocen que ningún gobierno, en ningún lugar del mundo, está fundado en un consentimiento expreso o en algún tipo de contrato explícito. Pero no tiene importancia, nos aseguran, pues no por ello dejan los gobiernos de estar basados en el consentimiento unánime. Incluso si existen desacuerdos y personas que dicen «no» al gobierno, este detalle no podría ocultar que existe un acuerdo basal y más profundo, un consenso unánimemente compartido en el plano de la «elección constitucional» y de las decisiones verdaderamente sustantivas. Sin embargo, este acuerdo subyacente sobre las «reglas de juego», nos dicen Buchanan y Tullock, no es un acuerdo actual —de hecho, ninguna constitución ha sido nunca expresamente aceptada por todas y cada una de las personas concernidas—. Más bien, se trata de lo que ellos denominan un acuerdo «de concepto» y una unanimidad «de concepto».

Al convertir un «no» real en un «sí» conceptual, Buchanan y Tullock definen al Estado como una institución voluntaria, comparable a las empresas comerciales privadas: «tanto el mercado como el Estado son mecanismos a través de los cuales la cooperación se organiza y se hace posible. Los hombres cooperan a través del intercambio de bienes y servicios en mercados organizados, y tal cooperación implica beneficios recíprocos. El individuo entra en una relación de intercambio, en la cual él persigue su propio interés proporcionando algún producto o servicio que constituye un beneficio directo para el individuo que se encuentra al otro lado de la transacción. Básicamente, la acción política o colectiva desde el punto de vista individualista del Estado es bastante semejante. Dos o más individuos encuentran mutuamente ventajoso unir sus fuerzas para lograr ciertos objetivos comunes. En realidad, ellos “intercambian” inputs con la seguridad de un output comúnmente compartido». J.M. Buchanan y G. Tullock, El cálculo del consenso, p. 44.

Del mismo modo, Buchanan pretende haber descubierto una justificación para el status quo, cualquiera que este sea. «Las instituciones del status quo» siempre expresan la «existencia de un contrato social implícito», «aunque nunca hubiese habido un contrato original, aunque los miembros actuales de la comunidad no se sintiesen ni moral ni éticamente obligados a adherirse a los términos en que está definido el status quo, o aunque semejante contrato … hubiese sido violado muchas veces … El status quo define lo que está vigente. Por tanto, con independencia de su historia, hay que considerarlo como si estuviese legitimado contractualmente». J.M. Buchanan, The Limits of Liberty, pp. 96, 84-85.

Afortunadamente, a pesar de la implacable propaganda difundida por los profesores de las escuelas creadas y controladas por el gobierno —del tipo «democracia significa autogobierno»— y por reconocidos intelectuales premiados con el Nobel como James Buchanan y su Escuela de la «elección pública» —«los gobiernos son, como las empresas, instituciones voluntarias» (véase James M. Buchanan y Gordon Tullock, El cálculo del consenso. Trad. Javier Salinas Sánchez. Barcelona, Planeta-De Agostini, 1993, p. 44)—, la Academia y el público conservan todavía el sentido común y no se dejan llevar por esta crítica.

Extraído de “Democracia, el dios que fracasó”

Posted in Blog | Leave a comment

Lo que un Berlín dividido sigue enseñándonos hoy

Por Hans-Hermann Hoppe
Tomado de Mises Hispano

[De A Theory of Socialism and Capitalism, publicado por primera vez en 1989, poco antes de la caída del Muro de Berlín]

El caso de Alemania Occidental y Oriental es particularmente instructivo. Aquí la historia nos ofrece un ejemplo que llega tan cerca de ese experimento social controlado como uno pueda esperar ver. Una población bastante homogénea, compartiendo en buena parte la misma historia, cultura, estructura de carácter, ética laboral, dividida después de la derrota de la Alemania de Hitler en la Segunda Guerra Mundial.

En Alemania Occidental, más debido a circunstancias afortunadas que a la presión de la opinión pública, se ha adoptado una notable economía de libre mercado, se abolió de un solo golpe el sistema previo de controles de todos los precios y se implantó una libertad casi completa de movimiento, comercio y ocupación. En Alemania Oriental, por el contrario, bajo el dominio de la Rusia soviética, se implantó la socialización de los medios de producción, es decir, una expropiación de los anteriores propietarios privados. Dos marcos institucionales diferentes, dos estructuras diferentes de incentivos han sido aplicados por tanto a la misma población. La diferencia en los resultados es impresionante. Aunque ambos países van bien en sus bloques respectivos, Alemania Occidental tiene el mayor nivel de vida entre las grandes naciones de Europa Occidental y Alemania Oriental se enorgullece de ser el país más rico del bloque oriental.

El nivel de vida en Occidente es tan superior y se ha hecho tan relativamente mayor con el tiempo que, a pesar de la transferencia de considerables cantidades de dinero de oeste a este por el gobierno, así como por ciudadanos privados y de las crecientes políticas socialistas en Occidente, que el visitante que va del oeste al este se ve sencillamente impactado al entrar en un mundo empobrecido casi completamente diferente. Por cierto, que mientras que todos los países de Europa Oriental tienen el problema de la emigración de gente que quiere mudarse al Occidente capitalista más próspero con sus mayores oportunidades y aunque todos hayan establecido gradualmente controles fronterizos más estrictos, convirtiendo a estos países en una especie de gigantescos campos de prisioneros para impedir este salida, el caso de Alemania es el más chocante. Con diferencias idiomáticas, tradicionalmente la barrera natural más importante para los emigrantes, inexistentes, la diferencia en los niveles de vida entre las dos Alemanias resultaba ser tan grande y la emigración del este al oeste tomó tales proporciones, que en 1961 el régimen socialista en Alemania Oriental, en un paso desesperado, finalmente tuvo que cerrar completamente sus fronteras con Alemania Occidental. Para mantener dentro la población, tuvo que construir un sistema nunca visto en el mundo de muros, alambre de espino, vallas electrificadas, campos de minas, armas automáticas, torres de vigilancia, etc., de casi 900 millas de largo, para el único fin de impedir que su gente huyera de las consecuencias del socialismo al estilo ruso.

Aparte de servir de ejemplo, el caso de las dos Alemanias, debido a su carácter similar a un experimento, resulta ser particularmente útil en ilustrar la verdad del resto de las conclusiones deducidas teóricamente. Mirando posiciones sociales comparables, en casi ningún lugar de Alemania occidental se encontrará gente trabajando tan poco, tan lentamente o tan negligentemente (¡aunque las horas de trabajo, más altas en el este, están por supuesto reguladas!) como sus equivalentes orientales. Es verdad que no es debido a ninguna supuesta diferencia en mentalidad o ética laboral, ya que ambas son prácticamente lo mismo históricamente, sino debido a que el incentivo para trabajar se ve reducido considerablemente por un esquema político que cierra en la práctica todos o la mayoría de los espacios a la inversión privada. El trabajo efectivo en Alemania Oriental es más probable que se encuentre en la economía clandestina. Y en respuesta a los diversos desincentivos para trabajar, y en particular para trabajar en la economía “oficialmente” controlada, hay también una tendencia entre los alemanes orientales a alejarse de la vida pública y destacar la importancia de la privacidad, la familia, parientes y amigos y relaciones personales, excediendo significativamente lo que se ve en Occidente.

Hay asimismo amplias evidencias de malas asignaciones, tal y como la teoría llevaría a esperar. Mientras que el fenómeno de factores productivos que no se usan (al menos no continuamente) sino que están simplemente inactivos porque faltan factores complementarios puede observarse por supuesto en Alemania Occidental, en la Oriental (y, repito, en el caso alemán no es indudablemente debido a diferencia en talentos organizativos) se observa en todas partes como una característica permanente de la vida. Y mientras que normalmente en el oeste resulta bastante difícil y requiere un talento empresarial especial, el apuntar cambios en el uso de ciertos medios de producción para que generen una mejora general en la producción de bienes de consumo, esto es relativamente fácil en los países del bloque del este. Casi todos los que trabajan en Alemania Oriental conocen muchas formas de disponer los medios de producción para usos más urgentes de los que se están apuntando, donde evidentemente se están desperdiciando y causan escasez de otros bienes mucho más demandados. Pero como no son capaces de conseguirlos y deben en su lugar seguir tediosos procedimientos políticos para iniciar cualquier cambio, no puede en realidad hacerse mucho ni se hace.

La experiencia también corrobora lo que se ha dicho acerca de la otra cara de la moneda: la sobreutilización de medios de producción de propiedad pública. En Alemania Occidental esos bienes públicos también existen y, como cabría esperar, están en un relativo mal estado. Pero en Alemania Oriental, no de forma diferente o de hecho incluso peor en otros países de dominio soviético, donde todos los factores de producción de propiedad social, se mantienen insuficientemente, se deterioran, quedan sin reparar, se oxidan, incluso factores de producción, maquinaria y edificios vandalizados están verdaderamente incontrolados. Además, la crisis ecológica es mucho más acusada en el este, a pesar del estado relativamente subdesarrollado de la economía en general, que en el oeste (y todo esto no es, como demuestra claramente el caso de Alemania, porque haya diferencias en la inclinación “natural” de la gente a preocuparse y tener cuidado.

Finalmente, con respecto a los cambios predichos teóricamente en la estructura social y personal, las quejas sobre los superiores son, por supuesto, un fenómeno muy común en todas partes. Pero en los países de socialismo del estilo ruso, donde la asignación de cargos en la jerarquía de encargados es y debe ser un asunto completamente político, es quejas sobre superiores completamente incompetentes, no cualificados y ridículos, aunque no se voceen más alto, sonmás frecuentes, más graves y mejor fundadas y la gente decente se ve arrastrada más a menudo a la desesperación o el cinismo como consecuencia. Y como alguna gente de Alemania Oriental sigue yendo a Alemania Occidental en una edad en la que sigue siendo fuerza laboral, algunos escapando, pero más frecuentemente debido a una especie de rescate que se paga por ellos, existe también suficiente material para ilustrar la conclusión de que a largo plazo una economía socializada reducirá las capacidades productivas de la gente. Entre quienes van al oeste hay un número importante de quienes llevaban vidas productivas normales en el este, pero que, a pesar de la ausencia de cualquier barrera idiomática o cultural, resultan ser incapaces o tienen las mayores dificultades para adaptarse a la sociedad occidental con su mayor demanda de habilidades y espíritus productivos y competitivos.

Publicado el 13 de noviembre de 2014. Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.

Posted in Blog | Leave a comment

La Ética del Emprendimiento y el Beneficio

Por Hans-Hermann Hoppe
Tomado de Mises Hispano

I
En su sentido más fundamental, todos somos, en cada una de nuestras acciones, siempre invariablemente emprendedores con ánimo de lucro.

Cada vez que actuamos, empleamos algunos medios físicos (cosas valoradas como bienes), como mínimo nuestro cuerpo y el espacio que ocupa, pero en la mayoría de los casos también diversas otras cosas “externas”, para cambiar el curso “natural” de los acontecimientos (el curso de los acontecimientos que esperamos que ocurran su actuáramos de manera distinta) para lograr en su lugar algún futuro estado de cosas anticipado más altamente valorado. Con toda acción buscamos sustituir con un futuro estado de cosas más favorable a uno menos favorable que resultaría si fuéramos a actuar de otra forma distinta. En este sentido, con cada acción buscamos aumentar nuestra satisfacción y conseguir un beneficio psíquico. “Tener beneficios es invariablemente el objetivo buscado por cada acción”, como decía Ludwig von Mises (Mises, 1966, p. 289).

Pero toda acción está amenazada asimismo por la posibilidad de pérdida. Pues toda acción se refiere al futuro y el futuro es incierto o en el mejor de los casos se conoce solo parcialmente. Todo actor, al decidir un curso de acción, compara el valor de dos estados de cosas anticipados: el estado que quiere conseguir con su acción, pero aún no se ha apreciado y otro estado que resultaría si actuara de forma distinta pero no puede llegar a existir, porque actúa como lo hace. Esto hace de toda acción una empresa arriesgada. Un actor puede siempre fracasar y sufrir una pérdida. Puede no ser capaz de conseguir el futuro estado de cosas anticipado, es decir, el conocimiento técnico del actor, su “know how” puede ser deficiente o puede verse “superado”, debido a algunas contingencias externas imprevistas. O también, incluso si ha conseguido con éxito el estado deseado de asuntos físicos, puede seguir considerando su acción un fracaso y sufrir una pérdida, si este estado de cosas le produce menos satisfacción de la que habría obtenido si hubiera elegido otra cosa (algún curso de acción anterior alternativo rechazado antes), es decir, el conocimiento especulativo del actor, su conocimiento del cambio temporal y de la fluctuación de valore sy valoraciones, puede ser deficiente.

Como todas nuestras acciones muestran emprendimiento y buscan tener éxito y generar un beneficio al actor, no puede haber nado malo con el emprendimiento y el beneficio. Malos, en el sentido correcto del término, son solo el fracaso y la pérdida y por tanto, en todas nuestras acciones, siempre tratamos de evitarlos.

La cuestión de la justicia, es decir, si una acción concreta y el beneficio o pérdida resultante de ella es éticamente bueno o malo, aparece solo en relación con los conflictos.

Como cada acción requiere el empleo de medio físicos concretos (un cuerpo, espacio, objetos externos), debe aparecer un conflicto entre diversos actores siempre que dos actores traten de usar los mismos medios físicos para alcanzar fines distintos. La fuente del conflicto es siempre invariablemente la misma: la escasez de medios físicos. Dos actores no pueden al mismo tiempo usar los mismos medios físicos (los mismos cuerpos, espacios y objetos) para fines alternativos. Si tratan de hacerlo, deben chocar. Por tanto, para evitar el conflicto o resolverlo si se produce, hace falta un principio y criterio de justica factible, es decir, un principio que regule el uso y control (propiedad) de los medios físicos escasos que sea justo o “adecuado” frente al injusto o “inadecuado”.

Lógicamente, lo que hace falta para evitar todo conflicto está claro: Solo hace falta que todo bien sea siempre y en todo momento de propiedad privada, es decir, esté controlado exclusivamente por un individuo concreto (o una sociedad o asociación individual) y así será siempre reconocible qué bien tiene dueño y de quién es y cuál no. Los planes y propósitos de diversos actores-emprendedores con ánimo de lucro pueden por tanto ser tan distintos como sea posible y aun así no aparecerá ningún conflicto mientras sus acciones respectivas impliquen solo y exclusivamente el uso de su propia propiedad privada.

¿Pero cómo puede lograrse en la práctica este estado de cosas: la completa y clara privatización sin ambages de todos los bienes? ¿Cómo pueden en primer lugar las cosas físicas convertirse en propiedad privada y cómo puede evitarse el conflicto desde el principio de la humanidad?

Exista una sola solución (praxeológica) a este problema y ha sido conocida esencialmente por la humanidad desde su inicio, aunque solo se haya desarrollado y reconstruido lógicamente lenta y gradualmente. Para evitar el conflicto desde el principio, es necesario que la propiedad privada se funde en actos de apropiación original. La propiedad debe establecerse mediante actos (en lugar de meras palabras o declaraciones), porque solo mediante acciones, que tengan lugar en el tiempo y el espacio, puede establecerse una relación objetiva (discernible intersubjetivamente) entre una persona concreta y una cosa concreta. Y solo quien se apropie por primera vez de una cosa previamente no apropiada puede adquirir esa cosa como su propiedad sin conflicto. Pues, por definición, como el primer propietario no puede haber entrado en conflicto con nadie a la hora de apropiarse del bien en cuestión, ya que todos aparecieron en escena más tarde.

Esto tiene la implicación importante de que mientras que cada persona es la propietaria exclusiva de su propio cuerpo físico como medio primario de acción, ninguna persona puede ser nunca el propietario del cuerpo de otra persona. Pues solo podemos usar el cuerpo de otra persona indirectamente, es decir, usando primero nuestro propio cuerpo directamente apropiado y controlado. Así, la apropiación directa precede temporal y lógicamente a la apropiación indirecta y por tanto cualquier uso no consensuado del cuerpo de otra persona es una apropiación injusta de algo que ya es propiedad directa de otro.

Así que toda propiedad justa se remonta, directa o indirectamente, mediante una cadena de trasferencias de títulos de propiedad mutuamente beneficiosa (y por tanto libre de conflictos) a los que se apropiaron originalmente y a los actos de apropiación original. Mutatis mutandis, son injustos todos los derechos y usos sobre la cosas por una persona que o no se haya apropiado o la haya producido ni adquirido mediante un intercambio libre de conflicto al propietario anterior.

Y por deducción: Todos los beneficios ganados o pérdidas sufridas por un actor-empresario con medios adquiridos justamente son beneficios (o pérdidas) justos y todas las pérdidas y ganancias que le produzca el uso de medios injustamente adquiridos son injustos.

II
Este análisis se aplica en su totalidad también al caso del empresario en la definición más estrecha del término, como capitalista-emprendedor.

El capitalista emprendedor actúa con un objetivo concreto en mente: obtener un beneficio monetario. Ahorra o toma prestado dinero ahorrado, contrata mano de obra y compra y alquila materias primas, bienes de capital y tierra. Luego procede a producir su producto o servicio, sea el que sea, y espera vender esta producto con un beneficio monetario. Para el capitalista, “el beneficio parece un dinero extraordinario recibido por dinero gastado y una pérdida un gasto extraordinario de dinero sobre dinero recibido. Ganancia y pérdida pueden expresarse en cantidades concretas de dinero” (Mises 1966, p. 289).

Como toda acción, la empresa capitalista tiene un riesgo. El coste de producción (el dinero gastado) no determina el ingreso recibido. De hecho, si el coste de producción determinara el precio y el ingreso ningún capitalista quebraría nunca. Más bien son los precios e ingresos previstos los que determinan qué costes de producción puede afrontar el capitalista.

Aun así, el capitalista no conoce qué precios futuros se pagarán o qué cantidad de su producto se comprará a esos precios. Esto depende exclusivamente de los compradores de su producto y el capitalista no tienen ningún control sobre ellos. El capitalista debe especular cuál será la demanda futura. Si tiene razón y los precios futuros esperados se corresponden con los precios fijados posteriormente por el mercado, ganará un beneficio. Por otro lado, aunque ningún capitalista busca tener pérdidas (porque las pérdidas implican que al final renunciará a su función como capitalista y se convertirá o en un empleado contratado por otro capitalista o en un productor-consumidor autosuficiente) todo capitalista puede errar en su especulación y los precio que aparecen en la realidad caigan por debajo de sus expectativas y su coste de producción consecuentemente asumido, en cuyo caso no gana un beneficio, sino que incurre en una pérdida.

Aunque es imposible determinar exactamente cuánto dinero ha ganado o perdido un capitalista a lo largo del tiempo, no ganancia o pérdida monetaria no implica mucho, si es que implica algo, en el estado de felicidad del capitalista, es decir, en su beneficios o pérdida psíquica. Para el capitalista, el dinero es pocas veces o ninguna el objetivo final (salvo, quizá el tío Gilito y solo bajo un patrón oro). En prácticamente todos los casos, el dinero es un medio para acciones posteriores, motivadas por objetivos más distantes y últimos. El capitalista puede querer usarlo para continuar o expandir su papel como capitalista con ánimo de lucro. Puede usarlo como efectivo a guardar para usos aún indeterminados. Puede querer gastarlo en bienes de consumo y consumo personal. O puede querer usarlo para causas filantrópicas, etc.

Lo que puede decirse sin duda acerca del beneficio o pérdida del capitalista es esto: Sus pérdidas y ganancias son la expresión cualitativa del tamaño de sus contribuciones al bienestar de sus congéneres, es decir, los compradores y consumidores de sus productos, que han entregado su dinero a cambio de su producto más altamente valorado (por los compradores). El beneficio del capitalista indica que ha transformado con éxito medios de acción socialmente menos valorados en otros más socialmente valorados e incrementado y mejorado así el bienestar social. Mutatis mutandis, la pérdida del capitalista indica que ha usado algunas entradas valiosas para la producción de una salida menos valiosa y por tanto ha desperdiciado medios físicos escasos y empobrecido a la sociedad.

Así que los beneficios monetarios no son solo buenos para el capitalista, también son buenos para sus congéneres. Cuanto mayor es el beneficio de un capitalista, mayor ha sido su contribución al bienestar social. Igualmente, las pérdidas monetarias son malas, no solo para el capitalista, sino también para sus congéneres, cuyo bienestar se ha visto perjudicado por su error.

La cuestión de la justicia: de la “bondad” o “maldad” ética de la las acciones de un capitalista-emprendedor, aparece, como en todas las acciones, de nuevo una sola relación con los conflictos, es decir, con diversas reclamaciones y disputas rivales de propiedad respecto de medios físicos concretos de acción. Y la respuesta para el capitalista es aquí la misma que para todos, en cualquiera de sus acciones.

Las acciones y beneficios del capitalista son justos, si se ha apropiado originalmente o producido sus factores de producción o los ha adquirido (comprados o alquilados) en un intercambio mutuamente beneficioso a un propietario anterior, si todos sus empleados son contratados libremente en términos acordados mutuamente y si no daña físicamente la propiedad de otros en el proceso de producción. En caso contrario, si algunos o todos los factores de producción del capitalista no son apropiados o producidor por él, ni comprados o alquilados por él a un propietario anterior (sino derivados por el contrario de la expropiación de la propiedad previa de otra persona), si emplea mano de obra “forzada”, sin acuerdo, en su producción o si causa daño físico a la propiedad de otros durante la producción, sus acciones y beneficios resultantes son injustos.

En ese caso, la persona injustamente dañada, el esclavo o cualquier persona en posesión de prueba de su propio título más antiguo no entregado de parte o todos los medios de producción del capitalista, tiene justo derecho contra él y puede instar su restitución, exactamente como se juzgaría y manejaría el asunto fuera del mundo empresarial, en todos los asuntos civiles.

III
Las complicaciones en este `paisaje fundamentalmente claro solo aparecen ante la presencia de un Estado.

El estado se define convencionalmente como una agencia que ejercita un monopolio territorial de toma de decisiones últimas en todos los casos de conflicto, incluyendo conflictos que le impliquen a sí mismo y a sus agentes. Es decir, el estado puede legislar, puede crear e incumplir la ley unilateralmente y, en consecuencia, el estado tiene el privilegio exclusivo de gravar con impuestos, es decir, de determinar unilateralmente el precio que sus súbditos deben pagar por realizar la tarea de la toma de decisiones últimas.

Lógicamente, la institución del estado tiene una doble implicación. Primero, con un estado en existencia, toda la propiedad privada se convierte esencialmente en propiedad fiduciaria, es decir, propiedad concedida por el estado y, por la misma razón, también propiedad de la que se puede desposeer vía legislación o impuestos. En último término, toda la propiedad privada se convierte en propiedad del estado. Segundo, nada de las tierras y propiedades “propias” del estado (lo que se llama equívocamente propiedad pública) y nada de su renta monetaria deriva de apropiación original, producción o intercambio voluntario. Por el contrario, toda la propiedad y rentas del estado es resultado de previas expropiaciones de dueños de propiedad privada.

Por tanto, el estado, al contrario de sus interesas proclamaciones, no es el origen ni garantía de la propiedad privada. Más bien es el conquistador de la propiedad privada. Tampoco el estado es el origen ni garantía de la justicia. Por el contrario, es el destructor de la justicia y la encarnación de la injusticia.

¿Cómo va un empresario-capitalista (o cualquiera, en este sentido) a actuar justamente en un mundo fundamentalmente injusto y estatista, es decir, enfrentado y rodeado por una institución éticamente indefendible (el estado), cuyos agentes viven y se sustentan no con la producción y el intercambio, sino con las expropiaciones: tomando, redistribuyendo y regulando la propiedad privada del capitalista y de otros?

Como la propiedad privada es justa, toda acción en defensa de la propiedad privada también es justa (siempre que en su defensa el defensor no viole los derechos de propiedad de otros). El capitalista tiene éticamente derecho a usar todos los medios a su disposición para defenderse contra cualquier ataque o expropiación de su propiedad por el estado, exactamente igual que tiene derecho en el caso de cualquier delincuente común. Por otro lado, y de nuevo exactamente igual que en el caso de cualquier delincuente común, las acciones defensivas del capitalista son injustas si implican un ataque a la propiedad de cualquier tercero, es decir, tan pronto como el capitalista use sus medios para desempeñar un papel participativo en las expropiaciones del estado.

Más en concreto: Para el capitalista (o cualquiera), en defensa o a favor de su propiedad, puede no ser prudente o incluso ser peligroso evitar o eludir todas y cada una de las restricciones impuestas por el estado lo mejor que pueda. Así que es justo que el capitalista engañe y mienta a los agentes del estado acerca de sus propiedades y rentas. Es justo para él, evadir pagos de impuestos sobre su propiedad y renta e ignorar o sortear todas las restricciones legislativas o regulatorias impuestos sobre los usos que pueda hacer de sus factores de producción (tierra, trabajo y capital). Consecuentemente, un capitalista también actúa justamente si soborna o cabildea de otra manera a los agentes del estado para ayudar a que ignorar, eliminar o eludir esos impuestos y regulaciones que le imponen. Actúa justamente y se convierte en realidad en un defensor de la justicia si cabildea activamente para prohibir, por injustas, todas y cada una de las expropiaciones y por tanto todos los impuestos a la propiedad y las rentas y todas las restricciones legislativas sobre el uso de la propiedad (más allá del requisito de no causar daño físico a la propiedad de otro durante la producción).

También es justo que el capitalista compre propiedad estatal al precio más bajo posible, siempre que la propiedad en cuestión no puede retrotraerse a la expropiación de un tercero concreto que siga teniendo derecho a ella. E igualmente es justo que el capitalista venda su producción al estado al precio más alto posible, siempre que este producto no puede relacionarse directa y causalmente con un futuro acto de agresión contra algún tercero concreto (como puede ser el caso de ciertas ventas de armas).

Por otro lado, aparte de cualquier violación a las dos condiciones que acabo de mencionar, un capitalista actúa injustamente y se convierte en promotor de injusticia, si y en la medida en que emplee sus medios para el fin de mantener o incrementar cualquier nivel actual de confiscación o expropiación legal de la propiedad o renta de otros por el estado.

Así, por ejemplo, la compra de bonos públicos y en beneficio monetario derivado de ello resultan injustos, porque esa compra representa un esfuerzo de cabildeo a favor de continuar con el estado y de una constante injusticia, ya que los pagos de intereses y la devolución final del bono requieren impuestos futuros. Igualmente y aún más importante, cualquier medio empleado por un capitalista en trabajos de cabildeo para mantener o aumentar el nivel actual de impuestos (y por tanto de renta y gasto estatal) o de restricciones regulatorias a la propiedad, es injusto, y cualquier beneficio derivado de dichos esfuerzos está corrompido.

Enfrentado a una institución injusta, la tentación para un capitalista por actuar también injustamente aumenta sistemáticamente. Si se convierte en un cómplice del negocio del estado de gravar, redistribuir y legislar, pueden aparecer nuevas oportunidades de beneficio. La corrupción se convierte en atractiva, porque puede ofrecer grandes recompensas económicas.

Al gastar dinero y otros medios en partidos políticos, políticos y otros agentes del estado, el capitalista puede cabildear al estado para subvencionar su empresa con pérdidas o rescatarla de la insolvencia o la quiebra y así enriquecerse o salvarse a costa de otros. Mediante actividades y gastos de cabildeo, a un capitalista se le puede conceder un privilegio legal o monopolio respecto de la producción, la venta o la compra de ciertos productos o servicios y gana así beneficios de monopolio a costa de otros capitalistas en busca de lucro. O puede hacer que el estado aprueba legislación que aumente los costes de producción e sus competidores con respecto a él y conseguir así una ventaja competitiva a costa de otros.

Aunque sean tentadoras, todas estas actividades de cabildeo y sus beneficios resultantes son injustos. Todos implican que un capitalista pague a agentes del estado para que expropien a otros, terceros, esperando un mayor beneficio personal. El capitalista no emplea sus medios de producción exclusivamente para la producción de bienes a vender a consumidores que paguen voluntariamente. Por el contrario, el capitalista emplea una parte de sus medios para la producción de males: la expropiación involuntaria de otros. Y consiguientemente el beneficio ganado en su empresa, sea el que sea, ya no es una medición correcta del tamaño de su contribución al bienestar social. Sus beneficios están corrompidos y manchados moralmente. Habría terceros que tendrían un derecho justo contra su empresa y su beneficio, un derecho que puede que no sea aplicable contra el estado, pero que sería un derecho justo en todo caso.

Publicado el 13 de septiembre de 2014. Traducido del inglés por Mariano Bas Uribe. El artículo original se encuentra aquí.

Posted in Blog | Leave a comment

Nacionalismo y Secesionismo

Por Hans-Hermann Hoppe
Tomado de Mises Hispano

Con el colapso del comunismo por toda Europa del Este, los movimientos secesionistas se encuentran en un proceso de crecimiento vertiginoso. Hoy por hoy existen más de una docena de estados independientes en los territorios de la antigua Unión Soviética, y muchos de sus más de 100 grupos étnicos, religiosos y lingüísticos diferentes están luchando por ganar la independencia. Yugoslavia se ha disuelto en varias unidades nacionales. Eslovenia, Croacia, Serbia y Bosnia existen hoy como estados independientes. Los checos y eslovacos se han separado y formado países distintos. Hay alemanes en Polonia, húngaros en Eslovaquia, húngaros, macedonios y albanos en Serbia, alemanes y húngaros en Rumanía, turcos y macedonios en Bulgaria, y todos ellos quieren la independencia. Los sucesos de la Europa del Este también han dado un nuevo impulso secesionista a la Europa Occidental: a los escoceses e irlandeses en el Reino Unido, a los vascos y catalanes en España, a los flamencos en Bélgica, y a los tiroleses y padanos en Italia.

Desde un punto de vista global, sin embargo, la humanidad se ha acercado más que nunca al establecimiento de un gobierno mundial. Ya incluso antes de la disolución de la Unión Soviética, los EEUU han logrado un estado hegemónico sobre la Europa del Este (especialmente sobre Alemania del Este) y los países de la cuenca del Pacífico (especialmente sobre Japón), tal y como indica la presencia de tropas americanas y sus bases militares, la OTAN y los pactos de la SEATO, el papel jugado por el dólar americano como reserva mundial definitiva y el sistema de la Reserva Federal como “garante de la liquidez” y “prestamista de último recurso” de todo el sistema bancario occidental, e instituciones tales como el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial. Además, bajo la hegemonía americana la integración política de la Europa del Este ha avanzado con pie firme. Con el establecimiento de un Banco Central Europeo y el Euro, la Comunidad Europea estará completa antes de que acabe el siglo. En ausencia del Imperio Soviético y su amenaza militar, los EEUU han emergido como la única potencia militar indiscutible del mundo entero.

A través de una mirada a la historia todavía es posible poner en evidencia otros enfoques. A comienzos del milenio, Europa estaba formada por cientos de unidades territoriales independientes. Hoy, sólo quedan unas pocas docenas de tales unidades. No cabe duda de que también existían fuerzas descentralizadoras. Entonces se dio la progresiva desintegración del Imperio Otomano, desde el siglo XVI hasta la Primera Guerra Mundial, y el surgimiento de la moderna Turquía. El imperio diverso y discontinuo de los Habsburgo se encontraba en un periodo de desintegración paulatina desde tiempos de su mayor expansión bajo Carlos V hasta su desaparición y sustitución por la moderna Austria en 1918. Sin embargo, la tendencia dominante iba por un camino opuesto. Por ejemplo, durante la segunda mitad del siglo XVII, Alemania consistía en unos 234 países, 51 ciudades y 1500 territorios señoriales independientes. Rondando el comienzo del siglo XIX, el número total de entre todos estos dominios cayó por debajo de 50, y para 1871 la unificación ya fue un hecho. El panorama en Italia es muy similar. Los estados pequeños también tienen una historia de expansión y centralización. Suiza surgió en 1291 como una confederación de tres estados cantonales independientes. Para 1848 esta asociación era un país (federal) único con unas dos docenas de provincias o cantones.

¿Cómo debería uno interpretar esos fenómenos? De acuerdo con la visión ortodoxa del asunto, la centralización representa generalmente un movimiento “positivo” y de progreso, mientras que la desintegración y secesión, incluso cuando ésta es inevitable, constituye un anacronismo. Se asume que las unidades políticas más grandes (y en última instancia un único gobierno mundial) implica mayores mercados y, por ende, una mayor riqueza. Como evidencia de esto, se señala que la prosperidad económica ha aumentado dramáticamente con el aumento de la centralización. Sin embargo, más que representar ninguna verdad, esta visión ortodoxa es más ilustrativa del hecho de que la historia siempre la escriban los vencedores. Las coincidencias o correlaciones temporales no prueban causación alguna. De hecho, las relaciones entre la prosperidad económica y la centralización es de hecho muy diferente de lo que postula la ortodoxia.

La integración política (centralización) y la integración económica (mercado) son dos fenómenos completamente diferentes. La integración política afecta a la expansión territorial del poder del gobierno sobre los impuestos y la regulación de la propiedad privada (expropiación). La integración económica depende de la extensión regional de la división del trabajo y la participación de mercado. En principio, al regular y fiscalizar (expropiando) la propiedad privada e ingresos de sus titulares, todos los gobiernos son contraproductivos. Estos reducen la participación de mercado y la formación de riqueza. Una vez asumida la existencia de un gobierno, sin embargo, no existe una relación directa entre su extensión territorial e integración económica. Tanto Suiza como Albania son países pequeños, pero el primero exhibe una gran riqueza y el segundo no. Los EEUU y la antigua Unión Soviética son países grandes. Sin embargo, mientras que en los EEUU se da una gran participación de mercado y división del trabajo, en la Unión Soviética, donde prácticamente no existía la propiedad privada del capital, prácticamente no había integración económica alguna. La centralización, por lo tanto, puede ir de la mano tanto con procesos económicos progresivos como regresivos. El progreso ocurre cuando los gobiernos más laxos en el cobro de impuestos y la regulación del mercado se expanden a costa de los más impositivos. En los casos en que se dé un proceso contrario, la centralización conlleva la desintegración y el retroceso.

Sin embargo, existe una relación indirecta muy importante entre el tamaño y la integración económica. A ningún gobierno central que gobierne sobre grandes territorios, y mucho menos un gobierno mundial, le resulta posible surgir por sí mismo. En su lugar, todas las instituciones con el poder de gravar y regular la propiedad privada deben empezar en pequeño. La pequeñez contribuye a la moderación , sin embargo. Un gobierno pequeño tiene muchos competidores, y si éste sobre-regulara y gravara de forma visible la propiedad privada de sus ciudadanos más que sus más cercanos competidores, se vería obligado a sufrir por la emigración y la pérdida de ingresos fiscales. Digamos por ejemplo que una casa o pueblo particular constituye un territorio independiente. ¿Podría un padre de familia hacer a su hijo, o un alcalde a su pueblo, lo mismo que el gobierno de la Unión Soviética hacía con sus ciudadanos (i.e., negarles todo derecho a la propiedad privada) o lo que los gobiernos europeos y los EEUU hacen con los suyos (i.e., expropiarles hasta el 50% de su output productivo)? Por supuesto que no. La gente, o bien se revelaría derrocando a su gobierno o bien emigrarían a otra localidad.

De forma contraria a lo que piensa la ortodoxia, es precisamente por causa de la alta descentralización europea compuesta de infinitas unidades oficiales independientes lo que explica el origen del capitalismo, la expansión de la participación de mercado y el crecimiento económico, en la civilización occidental. No constituye casualidad alguna que el capitalismo haya surgido en sus orígenes en tales entornos descentralizados: en las ciudades Estado del norte de Italia, en el sur de Alemania y en los Países Bajos secesionistas. La competición entre gobiernos pequeños por captar sujetos para gravarles los pone en conflicto entre sí. Como resultado del conflicto interestatal, unos pocos estados tuvieron éxito a la hora de expandir sus territorios, mientras que otros fueron eliminados o absorbidos por los más grandes. Por supuesto, qué países ganan y cuáles pierden en este proceso competitivo es algo que depende de muchos factores. Pero al final, el factor decisivo viene representado por la cantidad relativa de recursos económicos a disposición del gobierno. Al gravar y regular, los gobiernos no contribuyen a los procesos de creación de riqueza. Por el contrario, estos viven de forma parasitaria a partir de la riqueza ya creada. Sin embargo, los gobiernos tienen una influencia negativa sobre la cantidad total de riqueza.

Ceteris Paribus, cuanto menor sea la presión y regulación fiscal impuesta por el gobierno sobre su economía doméstica, tanto mayor será la tendencia a crecer por parte de la población (tanto por razones internas como por causa de la inmigración), y tanto mayor será también el PIB del que el gobierno podrá extraer sus impuestos en competición con otros estados. Es debido a esto que la centralización suele ser progresiva. Esos estados que tienden a regular y gravar sus pequeñas economías domésticas liberales suelen derrotar y expandir su territorio a expensas de los menos liberales. Esto es lo que explica el surgimiento de la “Revolución Industrial” en la Inglaterra y Francia de la centralización. Esto explica por qué en el transcurso del siglo XIX Europa Occidental acabó por dominar al resto del mundo (en lugar de lo contrario), y el por qué este colonialismo fue generalmente progresivo. Además, esto da cuenta del surgimiento de los EEUU con el rango de súper potencia mundial durante el siglo XX.

Sin embargo, en la medida en que los países más liberales derrotan a los menos liberales en este proceso (i.e., cuanto mayor sea el territorio, menores serán también los competidores y más lejos se encontrarán, lo que por turno afecta al poder inmigratorio del individuo), también se reduce el incentivo de contribuir al liberalismo por parte del gobierno. Y cuanto más cerca nos encontremos de un gobierno mundial, tanto más difícil será votar contra el gobierno con los pies. Se marche uno donde se marche, existirá el mismo tipo de regulaciones y estructura impositiva. Liberados así del problema de la emigración, desaparece también una de las riendas de contención frente al gobierno. Esto explica el curso de los acontecimientos durante el siglo XX: con la primera guerra mundial, y con más razón con la segunda guerra mundial, los EEUU lograron su estatuto hegemónico sobre Europa Occidental llegando a convertirse en el heredero económico de su vasto imperio colonial. Con el establecimiento de la Pax Americana, por lo tanto, se dio un paso decisivo en aras de un gobierno mundial. Y no cabe duda de que a lo largo de todo el periodo los EEUU, Europa Occidental y la mayor parte del mundo han sufrido de forma continua un dramático crecimiento por parte del poder del gobierno, los impuestos y las expropiaciones.

¿Cuál es, por lo tanto, el papel jugado por la secesión en este proceso? En principio, la secesión no es más que un cambio en el control del poder sobre la riqueza de la nación desde una unidad central más grande a otra más pequeña o regional. Si esto ha de llevar a una mayor o menor riqueza e integración económica dependerá de las políticas del nuevo gobierno. Sin embargo, la mera separación, ya tiene de por sí un impacto inmediato positivo sobre la producción, pues una de las razones más importantes de que se den movimientos secesionistas reside en el hecho de que la gente considere que ha sido explotada por otros. Los eslovacos creían que habían sido robados de forma sistemática por los Serbios y el gobierno serbio de la antigua Yugoslavia, y los ciudadanos bálticos se resintieron frente al hecho de que estos tuvieran que pagar tributos a los rusos en la época de la Unión Soviética. Gracias a la secesión, las relaciones domésticas hegemónicas fueron reemplazadas por relaciones contractuales mutuamente beneficiosas entre los países. En lugar de una integración forzosa, se da el efecto contrario de la separación voluntaria.

La integración forzosa, ejemplificada por el transporte, los controles sobre la renta, las leyes antidiscriminación y la “inmigración libre,” siempre crea tensiones, odio y conflicto. Frente a esto, la separación voluntaria lleva a la paz y harmonía social. Bajo una integración forzosa cualquier equivocación puede achacarse a grupos y culturas extranjeras mientras que los éxitos se reclaman como propios; y cuando esto pasa también se eliminan todos los incentivos que tienen la culturas de aprender entre sí. Bajo un régimen de “separación pero igualitario,” uno tiene que encararse frente a la realidad, no sólo en cuanto a la diversidad cultural, sino también de forma particular frente a los distintos grados de avance cultural. Si un movimiento secesionista deseara mejorar o mantener su posición cara a cara con sus competidores, sólo el aprendizaje selectivo nos podrá ayudar en este sentido. Éste debe imitar, asimilar y, en lo posible, mejorar la capacidad, carácter, prácticas y reglas características de los movimientos culturales más avanzados, pero también evitar sus rasgos menos avanzados. En lugar de promover una nivelación de las culturas hacia abajo bajo el yugo de la opresión, la secesión estimula procesos cooperativos en cuanto al avance y la selección cultural.

Además, aunque todo lo demás dependa de las políticas domésticas del nuevo gobierno regional, y aunque no exista una relación directa entre el tamaño y la integración económica, se da una relación indirecta importante. Justo en la medida en que la centralización política lleva en última instancia a la desintegración económica, los movimientos secesionistas tienden a promoverla. Primero, la secesión siempre conlleva una ruptura por parte de una población más pequeña en relación a otra mayor y, de esta manera, representa un voto contra los principios democráticos y la titularidad mayoritaria a favor de un sistema de propiedad privada descentralizado. Lo más importante es que la secesión siempre aumenta las posibilidades emigratorias interterritoriales de la población, y los gobiernos secesionistas siempre se verán amenazados por el espectro de la emigración. Para evitar la pérdida de sus ciudadanos más productivos, estos nuevos gobiernos siempre se encuentran bajo presión constante a la hora de adoptar políticas domésticas comparativamente más liberales que el resto permitiendo una mayor titularidad de la propiedad privada e imponiendo una menor presión fiscal o impositiva que sus vecinos. En última instancia, con tantos territorios como núcleos domésticos, pueblos y aldeas existen, las oportunidades de que se dé una emigración motivada por factores económicos se maximizaría, mientras que el poder del gobierno sobre la economía doméstica se reduciría.

De manera específica, cuanto menor sea un país, tanto mayor será la presión sentida para adoptar un sistema de libre empresa frente al proteccionismo. Toda interferencia del gobierno frente al mercado exterior limita de manera forzosa el rango de relaciones mutuamente beneficiosas en los intercambios interregionales y, de esta forma, lleva al empobrecimiento relativo, tanto en casa como de puertas afuera. Pero cuanto menor sea un territorio y su mercado interior, tanto mayor será el impacto sufrido. Un país con el tamaño de Rusia, por ejemplo, puede lograr de forma comparativa un alto nivel de vida incluso en el caso de que renunciase al comercio exterior si se pudiera garantizar un mercado interno sin restricciones para los movimientos de capital y productos de consumo. Frente a esto, si las ciudades o condados predominantemente serbios se secesionaran de la vecina Croacia, se acabaría en el desastre en caso de que estos persiguieran el mismo tipo de proteccionismo. Considérese el núcleo familiar como la mínima unidad de medida secesionista. Por medio de dedicarse al libre comercio no restringido, hasta el más pequeño de los territorios puede integrarse y disfrutar de las ventajas obtenidas a partir de la división del trabajo, pudiendo llegar incluso hasta convertirse en la gente más rica del planeta. La existencia de cualquier rico es una prueba palpable de este hecho. Por otro lado, si esa misma familia decidiera renunciar a toda forma de comercio con sus vecinos, de ahí surgiría una pobreza extrema o la muerte. De forma acorde, cuanto más pequeño es un territorio y su población, tanto más probabilidades habrá de que se promuevan los sistemas de libre empresa. El secesionismo, por lo tanto, y el crecimiento de movimientos regionales separatistas en Europa Occidental, no representan ningún anacronismo, sino que representa en potencia el más progresivo de los movimiento. La secesión aumenta la diversidad étnica, lingüística y cultural. Mientras que a lo largo de años de centralización cientos de culturas han sido erradicadas, ésta siempre acaba por eliminar la integración forzada surgida de la centralización, y en lugar de estimular una nivelación social y cultural, promueve la competición pacífica y cooperativa entre varios territorios y diferentes culturas. En particular, ello elimina los problemas relativos a la emigración que hoy día plagan a Europa Occidental y los EEUU. Hoy por hoy, siempre que un gobierno central permite la inmigración, se deja que los extranjeros puedan usar las vías públicas del Estado hasta llegar prácticamente a las puertas de casa de uno sin importar si se quiere o no vivir en tal proximidad. La “inmigración libre” se vuelve de esta manera una integración forzosa en gran medida. La secesión resuelve este problema dejando que territorios más pequeños tengan sus propias reglas de admisión y puedan determinar de forma independiente con quién quieren o no juntarse en su propio territorio, o con quién se prefiere cooperar desde la distancia.

En último lugar, la secesión promueve el desarrollo y la integración económica. El proceso de centralización ha resultado en la formación de un cartel internacional dominado por el gobierno americano que controla la inmigración, el comercio y la moneda FIAT, gobiernos que cada vez son más agobiantes y pesados, un estado global estatista de guerra/bienestar, y el estancamiento económico e incluso la disminución del nivel de vida. La secesión, si fuera los suficientemente grande, podría cambiar todo esto. Una Europa que consistiera en cientos de territorios y ciudades independientes (tal y como pasa hoy día con casos tan atípicos como San Marino, Mónaco o Andorra), con el aumento de las posibilidades migratorias motivadas por causas económicas, estaría gobernada por gobiernos pequeños pero integrados por medio de la cooperación económica, el libre comercio y un dinero de mercado internacional como el oro. Ésta sería una Europa que disfrutaría de un progreso económico y prosperidad sin parangón en la historia.

Traducido del inglés por Jorge A. Soler Sanz para El Austroliberal.

Posted in Blog | Leave a comment

La Centralización lleva a la Pobreza

Por Hans-Hermann Hoppe
Tomado de Mises Hispano

El 24 y 25 de mayo (2005), Hans-Hermman Hoppe, profesor de economía en la Universidad de Nevada, Las Vegas, y miembro distinguido del Instituto Mises de Auburn, Alabama visitó Amberes (Bélgica), lugar éste donde dio una conferencia sobre el valor económico que aportan los pequeños estados.

Usted tiene bastante simpatía por los movimientos secesionistas que se dan por todo el mundo. ¿Por qué?

De acuerdo con la postura de lo políticamente correcto, una integración política mayor es algo bueno, mientras que la desintegración y la secesión es algo malo. Se dice, por ejemplo a través de los burócratas de la Unión Europea que se encuentran en Bruselas, que la prosperidad económica ha aumentado dramáticamente a partir de la unificación política. En realidad, sin embargo, la integración política (centralización) y la integración económica (mercado) constituyen dos fenómenos totalmente distintos. La integración política implica la expansión de los poderes impositivos y regulación del Estado. La integración económica constituye la extensión de la división del trabajo, las relaciones interpersonales y la participación de mercado. En general, cuanto más pequeño sea un país y sus mercados internos, tanto más probable será que éste apruebe un sistema de libre empresa.

Creo que un mundo que consista en varios miles de países, regiones dadas y cantones integrado por cientos de ciudades libres e independientes, tal y como ocurre con lugares tan fuera de lo común como Mónaco, Andorra, San Marino, Liechtenstein, Hong Kong y Singapur, representaría un mundo de prosperidad económica y avance cultural sin parangón.

Uno de los países más prósperos económicamente hablando son los Estados Unidos de América, que es un gran país.

Si, de hecho no existe una relación directa entre el tamaño territorial y la prosperidad económica. Tanto Suiza como Albania son países pequeños, mientras que los EEUU y la antigua Unión Soviética son más bien grandes. Sin embargo, existe una relación indirecta e importante a destacar. La pequeñez contribuye a la moderación. En principio, todos los gobiernos son contra-productivos a la hora de cobrar impuestos y regular la propiedad privada de sus propietarios y esos que reciben ingresos de mercado. Un gobierno pequeño, sin embargo, tiene muchos vecinos. Si éste tasara y regulara de forma clara más a sus propios ciudadanos que el resto de gobiernos vecinos, la gente acabará votando con los pies yéndose a otro sitio: ésta acabará trabajando y viviendo en otro lugar. Y para eso no hará falta que se vayan muy lejos.

Esta es la situación que tuvimos con la Europa Medieval cuando los Países Bajos, de los cuales Flandes formaba parte, constituían una confederación de varias provincias independientes.

Claro que si, y esto explica por qué la Flandes medieval era tan próspera. De forma contraria a lo que postula la ortodoxia política de los eurócratas de hoy día, fue precisamente el hecho de que Europa poseyera un poder tan descentralizado a partir de varias unidades políticas independientes lo que explica el origen del capitalismo (la expansión de la participación de mercado y el crecimiento económico) en el mundo moderno. El hecho de que la libertad y la prosperidad floreciera primero bajo estas condiciones de descentralización política no constituye ninguna sorpresa: las ciudades-estado del norte de Italia, el sur de Alemania y los Países Bajos secesionistas.

Normalmente se asume que una unidad política grande (en en última instancia, un único gobierno mundial) implica un mayor mercado y salud económica. Cuanto más grande sea el territorio tanto menor será el incentivo del gobierno para querer seguir con su liberalismo doméstico, pues ello reduce la capacidad del individuo de votar con los pies. A lo largo y ancho del período de unificación europea y mundial hemos sido testigos de un crecimiento constante y alarmante del poder expropiatorio del gobierno a través de los impuestos y la regulación del mercado. A la luz de la teoría económica, social e histórica es posible realizar una defensa a favor de la secesión.

En Bélgica hemos sido testigos de cómo durante los 175 años de la existencia del país las tensiones entre flamencos y valones han ido creciendo. Lo que solía constituir un conflicto lingüístico y cultural se ha vuelto ahora un conflicto socio-económico también.

Y eso es algo de lo más natural. La integración forzada siempre crea tensiones, odios y conflictos. Cuando se está en desacuerdo, la separación voluntaria lleva a la paz y la armonía. A través de la secesión las relaciones domésticas hegemónicas son reemplazadas por relaciones contractuales entre países que son mutuamente beneficiosas. En lugar de promover una nivelación de las distintas culturas hacia abajo, la secesión estimula un proceso cooperativo de selección cultural y avance. Esta es una lección de lo más importante, no sólo para Flandes y Europa, sino para todo el mundo.

El artículo original se encuentra aquí. Traducción de Jorge A. Soler Sanz.

Posted in Blog | Leave a comment

Como luchar contra el Estado Moderno

Por Hans-Hermann Hoppe
Tomado de Mises Hispano

Para acabar, la explicación detallada del significado de este estrategia revolucionaria de abajo arriba. Para esto, volvamos a mis anteriores comentarios acerca del uso defensivo de la democracia. Es decir, el uso de medios democráticos para libertarios no democráticos a favor de la propiedad privada. He llegado ya aquí a dos ideas preliminares.

Primero, de la imposibilidad de una estrategia de arriba abajo, se deduce que se debería emplear poca o ninguna energía, tiempo y dinero en disputas políticas nacionales, como las elecciones presidenciales. Y tampoco en disputas por el gobierno central, en particular, menos esfuerzos en carreras senatoriales que al Congreso, por ejemplo.
Segundo, de la idea del papel de los intelectuales en la conservación del sistema actual, la presente trama de protección, se deduce que igualmente se debería emplear poca o ninguna energía, tiempo y dinero tratando de reformar la educación o la universidad desde el interior. Por ejemplo, dotando de cátedras de libre empresa o propiedad privada dentro del sistema universitario establecido, solo se ayuda a dar legitimidad a la misma idea a la que intentamos oponernos. La educación oficial y las instituciones de investigación deben dejar de financiarse y secarse sistemáticamente. Y para hacerlo, todo apoyo a la obra intelectual, como tarea esencial de esta tarea general que afrontamos, debería por tanto darse a instituciones y centros decididos a hacer precisamente esto.

Las razones para ambos consejos son claras: Ni la población en su conjunto ni todos los educadores e intelectuales en concreto son ideológicamente completamente homogéneos. Y aunque sea imposible conseguir una mayoría para un programa decididamente antidemocrático a escala nacional, no parece que sea una dificultad insuperable obtener dicha mayoría en distritos suficientemente pequeños o para funciones locales o regionales dentro de la estructura general del gobierno democrático. De hecho, no parece haber nada irrealista en suponer que esas mayorías existan en miles de ubicaciones. Es decir, ubicaciones dispersas en todo el país, pero no dispersas por igual. (…)

¿Pero qué pasa entonces? Todo lo demás resulta casi automáticamente del objetivo final, que debe mantenerse permanentemente en mente, en todas las actividades: la restauración de abajo arriba de la propiedad privada y el derecho a la protección de la propiedad; el derecho de autodefensa, a excluir e incluir y a la libertad de contratación. Y la respuesta puede dividirse en dos partes.

Primero, qué hacer dentro de estos muy pequeños distritos, en los que pueda ganar un candidato a favor de la propiedad privada y de personalidad antimayoritaria. Y segundo, qué hacer con los niveles superiores del gobierno y especialmente con el gobierno federal central. Primero, como paso inicial, me refiero ahora a lo que debería hacerse a nivel local, cuál debería ser el asunto esencial del programa: debe intentar restringir el derecho de voto en impuestos locales, en particular en impuestos y regulaciones de la propiedad, a los dueños de propiedades e inmuebles. Solo debe permitirse votar a los dueños de propiedades y su voto no ha de ser igual, sino de acuerdo con el valor de la propiedad y la cantidad de impuestos pagados.

Además, todos los funcionarios (maestros, jueces, policías) y todos los receptores de ayudas sociales deben quedar excluidos de votar sobre asuntos de impuestos y regulaciones locales. Esta gente está pagada con impuestos no debería tener nada que decir respecto de los altos que sean estos. Con este programa, por supuesto, uno no puede ganar en todas partes: no puedes ganar en Washington DC con un programa como este. Pero me atrevo a decir que en muchos lugares esto puede conseguirse fácilmente. Estas ubicaciones tienen que ser suficientemente pequeñas y tienen que tener un buen número de gente decente.

Por consiguiente, los impuestos locales, así como el ingreso fiscal local disminuirán inevitablemente. Los valores de las propiedades y la mayoría de las rentas locales aumentarían, mientras que la cifra y los emolumentos de los funcionarios bajarían. Ahora, y este es el paso más decisivo, deben hacerse las siguientes cosas y tener siempre en mente que estoy hablando de distritos territoriales y pueblos muy pequeños.

En esta crisis de financiación pública que se produzca una vez que el derecho de voto se haya quitado a la masa, para salir de esta crisis, todos los activos públicos locales deben privatizarse. Debería hacerse un inventario de todos los edificios públicos, y al nivel local no es mucho (escuelas, bomberos, comisarías de policía, tribunales, carreteras, etc.) y luego distribuirlo a los propietarios locales de acuerdo con los impuestos pagados toda su vida (impuestos a la propiedad) que hayan abonado. Después de todo, esto es suyo, pagaron esas cosas. (…)

Sin aplicación local por parte de autoridades locales cumplidoras, la voluntad del gobierno central es poco más que aire caliente. Pero este apoyo y cooperación locales son precisamente lo que tiene que faltar. Es verdad que mientras el número de comunidades liberadas sea menor, las cosas pueden parecer algo peligrosas. Sin embargo, incluso durante esta fase inicial en la lucha de liberación, se puede mantener la confianza.

Parecería prudente durante esta fase evitar una confrontación directa con el gobierno central y no denunciar abiertamente su autoridad o incluso abjurar del país. Más bien parece recomendable realizar una política de resistencia pasiva y no cooperación. Simplemente se deja de ayudar a la aplicación de todas y cada una de las normas federales. Se supone la siguiente actitud: “Esas son tus normas y tú las aplicas. No puedo impedírtelo, pero tampoco te ayudaré, ya que mi único compromiso es con mis electores locales”. (…)

Publicado el 16 de agosto de 2013. El artículo original se encuentra aquí.
[Extraído de What Must Be Done, conferencia dada en 1997]

Posted in Blog | Leave a comment

Lo que debe hacerse

Por Hans-Hermann Hoppe
Tomado de Mises Hispano

[Lección impartida en la conferencia “La bancarrota de la política norteamericana”, patrocinada por el Instituto Mises y que tuvo lugar en Newport Beach, California, los días 24 y 25 de enero de 1997].

Un título un poco más apropiado habría sido “Sociedad, Estado y Libertad: la estrategia austro-libertaria para la revolución social“. Así que voy a animar esto un poco, después del tono moderado de todas esas charlas que Ustedes han escuchado anteriormente. Quiero terminar dando lo que serían más bien unas recomendaciones acerca de cual ha de ser la concreta estrategia a seguir, pero para poder hacerlo, antes he de diagnosticar el problema porque sino la cura podría ser peor que la enfermedad. Y ese diagnóstico implica algún tipo de reconstrucción sistemática o explicación teórica de la Historia humana.

Sociedad y Cooperación
Déjenme empezar con unas pocas palabras acerca de la sociedad ¿Por qué existe la sociedad? ¿Por qué coopera la gente? ¿Por qué hay cooperación pacífica en vez de guerra permanente entre los hombres? Los austriacos, y en particular Von Mises y sus seguidores, enfatizan el hecho de que para explicarlo no necesitamos asumir que exista nada parecido a simpatía o amor por los demás. El concepto de egoísmo, el interés particular (es decir, preferir más a menos), basta enteramente para explicar ese fenómeno que es la cooperación. Los hombres cooperan porque son capaces de reconocer que la producción bajo el sistema de división del trabajo es superior al aislamiento auto-suficiente. Basta con que imaginemos lo mucho que obtenemos de la división del trabajo, para darnos enseguida cuenta de que sin ella seríamos desesperadamente pobres y la mayor parte de la raza humana moriría de forma inmediata.

Nótese una cosa de importancia en esto, sobre la que volveré después. Lo que esta explicación implica y lo que no implica: no implica por supuesto que no habrá siempre nada más que paz entre los hombres, sin excepción ni perturbación alguna. Siempre hay y habrá ladrones y asesinos y cada sociedad debe de alguna manera lidiar con esa clase de gente. Pero lo que sí implica es que la explicación, de la que da cuenta Hobbes, respecto de cómo surgió la cooperación pacífica es en lo fundamental errónea.

Thomas Hobbes asumió que los hombres estarían siempre tirándose a la yugular, los unos de los otros, de no haber un tercero independiente que los pacificase (ese tercero es, por supuesto, el Estado). Ahora bien, inmediatamente se da uno cuenta de lo curiosa que resulta semejante construcción. Presupone que el hombre es un lobo para el hombre y que solo puede convertirse en cordero si un tercer lobo lo somete. Si el tercero, es también un lobo, como debe obviamente serlo, entonces, aún cuando pueda imponer la paz a los otros dos lobos, obviamente implica que habría una permanente guerra entre el lobo dominante y los otros dos que se encuentran ahora cooperando pacíficamente entre ellos.

Lo que esto implica es algo de gran importancia. Para que pueda existir cooperación entre dos individuos, no puede haber Estado, es decir, no debe haber un tercero independiente. Esto es algo que puede inmediatamente observarse en la escena internacional. En ella no existe una entidad que puede calificarse de gobierno mundial (al menos, todavía no) pero aún así la gente de diferentes países coopera pacíficamente entre sí. Incluso aún en el mayor caos social, la cooperación siempre surge de nuevo.

Lo que esto significa es simplemente que la cooperación pacífica entre los seres humanos es perfectamente natural y un fenómeno que vuelve a surgir constantemente; y que, de esa cooperación (y también de forma natural y a impulsos del interés egoísta de los hombres) resulta la formación de capital y el uso del dinero, el medio de intercambio, lo que permite que se extienda la división del trabajo y que, en última instancia, se amplíe a todo el globo, y también que la mercancía empleada como dinero, se convierta en una mercancía utilizada a escala mundial. Los estándares materiales de vida mejoran de forma generalizada, y, a partir de unos niveles de vida más altos, se forma una super-estructura cada vez más elaborada de bienes no materiales; es decir, la civilización (la ciencia, las artes, la literatura, etc …) puede así desarrollarse y conservarse.

La protección y el Estado
Pero algo puede suceder y obviamente ha sucedido algo que interrumpe, distorsiona y que incluso puede hacer descarrilar este desarrollo normal que el egoísmo impulsa. Y se trata, por supuesto, del Estado, que definiré inicialmente, de forma más bien abstracta, como un monopolio territorial de la protección que es financiado de forma compulsoria. Esto es, se trata de un monopolio que se extiende al ámbito de la defensa y a la provisión de los servicios orientados a hacer cumplir la ley y mantener el orden.

¿De dónde surge el Estado? Aunque esto se confunde generalmente, y, creo, que intencionadamente, debe quedar claro desde el principio que la ley y el orden, la protección y la propiedad, la ley estatal, el orden del Estado y la protección estatal no son una única y una sola cosa; no son cosas idénticas. La propiedad y la cooperación social basada en la división del trabajo son algo natural, el deseo humano de que las propiedades de uno estén protegidas contra los desastres naturales y sociales, como el crimen, es un deseo completamente natural. Para satisfacer ese deseo existe, antes que nada y por encima de todo, la auto-protección. Ser precavido, los seguros (individuales o cooperativos o mutuos), la vigilancia, la auto-defensa y el castigo.

Y no hay ninguna duda en cuanto a la efectividad de un sistema de protección basado en el deseo de defenderse que tiene la gente. Esta es la forma mediante la cual la gran parte de la humanidad mantuvo la ley y el orden a lo largo de la historia. En cada pueblo, incluso hasta hoy en día, la ley y el orden se mantuvieron básicamente así. En el salvaje Oeste americano, que no fue precisamente “salvaje” si lo comparamos con la situación actual, es así como se impuso la ley y se mantuvo el orden, lo hizo la gente al estar dispuesta a defenderse.

Además la división del trabajo naturalmente afectará a la producción de los servicios de seguridad y protección. Cuanto más altos sean los niveles de vida y sin perjuicio de recurrir a a las medidas de auto-defensa, la gente querrá disfrutar de las ventajas de la división del trabajo y unirse a otros con el fin de procurarse más y mejor protección recurriendo a un protector especializado, o sea a alguien dispuesto y preparado a conseguir que la ley se respete y a que se mantenga el orden, a impartir justicia y a brindar protección. Y naturalmente, cada persona, para esa concreta tarea, buscará a personas o instituciones que tengan ellas mismas algo que proteger, que dispongan de los medios para asegurar una protección efectiva y que tengan la reputación de ser jueces justos e imparciales. En toda sociedad mínimamente compleja surgirán rápidamente determinados individuos, que por tener propiedades que defender, por tener una buena reputación y demás…, asumirán el papel de jueces, de pacificadores y protectores. Y, de nuevo, cada pueblo hasta nuestros días, cada pequeña comunidad e incluso el salvaje Oeste, por supuesto, ilustran o dan cuenta de la veracidad de esta conclusión.

La protección también es posible sin un Estado. Esto debe ser quedar absolutamente claro, pero en una era de ofuscación estatista y de confusión como la actual, es cada vez más necesario enfatizar esta visión elemental, que es, al mismo tiempo, y como luego veremos, muy peligrosa. El paso decisivo para desviar la Historia humana de su curso natural (el pecado original de la humanidad, por así llamarlo) se produce con la monopolización de la provisión de la protección, la defensa, la seguridad y el orden: la monopolización de esas tareas por un único protector, de los muchos que había originalmente, con exclusión de todos los demás. Un monopolio de la protección existe una vez que una única entidad o un solo sujeto particular pueden efectivamente obligar a todos los residentes en un determinado territorio a que recurran exclusivamente a él para obtener justicia y protección. Esto es, que nadie pueda recurrir única y exclusivamente a la auto-defensa o a pactar con otro para que le proteja. En cuanto se alcanza este monopolio, contribuir a su sostenimiento económico deja de ser un acto totalmente voluntario y se convierte, en parte, en algo compulsivo.

Y, como predice la Escuela Austriaca de pensamiento económico, una vez deja de haber libre acceso a la actividad que consiste en prestar servicios de protección a terceros, o a estos efectos, el libre acceso a cualquier otra actividad, el precio de esa protección o actividad aumentará y la calidad de la misma bajará. El monopolista será paulatinamente menos un protector de la propiedad ajena y actuará cada vez más como una mafia o incluso explotará de una forma sistemática a los dueños de las propiedades que estaba llamado a proteger. Se convertirá así en un agresor y en un agente destructor de las personas y de las propiedades que inicialmente se suponía que debía proteger.

Lo que se describe fácilmente en términos abstractos (monopolio) es en la práctica una tarea tediosa y lenta ¿Como puede alguien conseguir que todos los demás protectores se vean impedidos de entrar en competencia con uno ? ¿Y porqué consienten los demás que suceda algo así, que un solo individuo monopolice ese servicio (en especial todos los demás pacificadores y jueces potenciales que se vieron excluidos) ? La respuesta con respecto al origen del Estado es en sus detalles muy complicada pero en su estructura general es muy fácil de reconocer.

Primero, cada Estado, esto es cada agencia de protección monopolista, debe empezar, o solo se puede originar, en un ámbito territorial extremadamente pequeño, como por ejemplo en un pueblo. Es prácticamente inconcebible que pudiese haber un Estado mundial, o que un monopolio de la protección que abarcase toda la población mundial, pudiera llegar a formarse a partir de la nada.

La segunda cuestión que hemos de notar es que cualquiera no puede implantar un monopolio local de la protección. Sino que lo que sucede más bien es que son quienes forman parte inicialmente de la élite social quienes consiguen convertirse en monopolistas de los servicios de protección a nivel local. O lo que es lo mismo, inicialmente, los monopolistas son los miembros destacados y reconocidos de la sociedad. Además, antes de adquirir la condición de monopolista, fueron previamente elegidos como protectores voluntariamente. Solo pudieron dar ese paso decisivo hacia la monopolización e imponerla en la medida en que al pertenecer a las élites establecidas y reconocidas, su autoridad era en esencia voluntaria.

Esto equivale a decir que cualquier gobierno local o cualquier Estado se forma a partir del gobierno personal o privado de un Señor o de un Príncipe. Nadie confiaría la ley, el orden y la Justicia a cualquiera; más aún en el caso de que esa persona o entidad tuviese un monopolio para esa particular tarea. Por el contrario, la gente encomendaría su protección a alguien conocido, a quien considerase ser una persona instruida, y, solo una persona así, un noble o un aristócrata, podría inicialmente alcanzar una posición de monopolio.

Por cierto, históricamente, si uno examina la Historia antigua o moderna, los Estados son básicamente en todas partes, primero, Estados principescos, que solo más tarde se convierten en Estados democráticos. Y si bien es verdad que los Estados siempre surgieron a partir de un ámbito local con un origen principesco, tuvieron que transcurrir cientos de años antes de que llegara a existir algo parecido a un Estado moderno.

La imposibilidad de que exista un gobierno limitado
Una vez que se ha establecido el monopolio de la protección, adquiere una lógica propia. Todo monopolista se aprovecha de su posición. El precio de la protección subirá, y lo que es más importante, las prestaciones a realizar, esto es la calidad del producto, se verá alterada en provecho del monopolista y a expensas de los demás. La justicia será pervertida y el protector se convertirá paulatinamente en un explotador y en un expropiador. Más específicamente, como resultado de la monopolización territorial de la protección, se generan dos tendencias. La primera, es una tendencia hacia la extensión de la explotación y la segunda es una tendencia hacia la intensificación de la explotación.

En su origen, las instituciones locales, los Estados tienen una tendencia inherente, que viene impulsada por su propio interés egoísta, a querer tener más y no menos ingresos (hacia la expansión territorial). Cuantos más sujetos protege un Estado (o más bien explota) mejor para él. La competencia entre Estados (esto es, entre monopolistas territoriales) es una competencia de carácter excluyente: o yo soy el monopolista que despluma a la gente o lo eres tú.

Es más, cuando hay muchos Estados, la gente puede fácilmente votar con los pies. Sin embargo, una reducción de la población, desde el punto de vista del Estado, es un problema peliagudo. Por ello, los Estados casi automáticamente entran en conflicto unos con otros, y una forma de resolver ese conflicto, desde un punto de vista estatista, es la expansión territorial bien sea mediante la guerra, los matrimonios de conveniencia o, a veces, con una compraventa sin más . En última instancia, esta tendencia se detendrá únicamente cuando se instaure un único Estado mundial.

La segunda tendencia es la intensificación de la explotación. La extensión de la explotación (el saqueo de la gente) por parte de un monopolio estatista, implica en si mismo una intensificación, porque cuantos menos sean los Estados que entren en competencia (esto es, cuanto más grande se hace el territorio del Estado) menos oportunidades tienen los residentes de votar con los pies. Y en ese escenario de un único Estado mundial, donde quiera que uno vaya los impuestos y las normas son iguales. Así que, una vez eliminada la amenaza de la emigración, la explotación monopolista aumentará naturalmente (esto es tanto como decir que el precio de la protección subirá y su calidad disminuirá).

Monarquía frente a Democracia
Sin embargo, incluso dejando eso a un lado, tan pronto exista un monopolio de la protección, cualquiera que sea el tamaño del territorio considerado, el monopolista intentará intensificar su explotación e incrementar sus ingresos y su riqueza, a expensas de los sujetos protegidos, el máximo posible. Mientras el monopolio lo detente una sola persona, como un príncipe o un rey, y, especialmente, cuando es un monopolio hereditario, entonces al monopolista le interesa conservar el valor de su propiedad ya que es él el dueño del monopolio y de su valor capital. No explotará demasiado hoy con el fin de poder seguir explotando mañana.

La resistencia popular contra la expansión del poder del Estado será muy grande si hay una sola persona al mando porque no hay obviamente libre acceso al aparato del Estado, y los beneficios del monopolio los percibe un solo hombre y su familia extensa (esto es, la nobleza hereditaria). Consecuentemente, se agudizan el resentimiento y la vigilancia del público y los intentos de intensificar la explotación se enfrentan a rápidas y severas limitaciones. El pueblo odiaba al rey porque sabía que él era el gobernante y quien le gobernaba.

Como era predecible, el gran paso adelante en el deseo de los Estados por intensificar la explotación se produjo en conjunción con la reforma del Estado (perfilada durante siglos) cuando el Estado principesco se transforma en un Estado democrático. Con la democracia mayoritaria moderna (es decir, el tipo de Estado que floreció a escala mundial después de la primera gran guerra), el monopolio y la explotación no desaparecieron. La democracia mayoritaria no es un sistema de auto-gobierno y de auto-defensa. El Estado y el pueblo no son una sola y misma cosa. Con la sustitución de un Príncipe o Rey no electivos, por un Parlamento y por un Presidente, que sí que son elegidos, la protección continuó estando tan monopolizada como lo estuvo anteriormente.

Lo que ocurre es simplemente lo siguiente: la protección territorial del monopolio es ahora pública en vez de ser de titularidad privada. En vez de un príncipe que considera al territorio como su propiedad privada, un administrador temporal e intercambiable se pone al frente del entramado de protección. El administrador no es dueño del aparato de protección. En cambio, se le permite usar los recursos disponibles en su propio beneficio. Tiene el usufructo pero no es propietario del valor del capital. Esto no elimina la tendencia egoísta a incrementar la explotación. Por el contrario, solo hace que la explotación sea menos racional y menos calculada, más corta de vista y despilfarradora.

Es más, como el acceso a un gobierno democrático está abierto a todos (cualquiera puede ser presidente), la resistencia frente a las intromisiones estatales contra la propiedad se ve reducida. Esto conduce por doquier al mismo resultado: bajo condiciones democráticas en un entorno de libre competencia serán paulatinamente los peores quienes asciendan a la cúspide del Estado. La competencia no es siempre buena. La competencia en el campo de ver quien se convierte en el más encarnizado agresor de la propiedad privada no es algo que deba celebrarse. Y esto es precisamente lo que supone la democracia. Príncipes y reyes fueron gobernantes por devoción (“por la gracia de Dios“) y tuvieron normalmente un comedimiento natural, producto de su educación elitista y de su sistema de valores, que les llevó con bastante frecuencia a obrar simplemente como lo habría hecho un buen padre de familia. En cambio, los políticos de una democracia son, y han de ser, demagogos profesionales, que recurren constantemente incluso a lo más bajo (es decir, típicamente a los instintos igualitarios) ya que cada voto es obviamente tan bueno como cualquier otro. Y como a los políticos elegidos por el público nunca se les hace personalmente responsables de los actos que realizan en el desempeño oficial de su cargo público, son mucho más peligrosos desde el punto de vista de quienes desean sentirse seguros y ver protegidas sus propiedades de lo que lo haya podido ser nunca cualquier rey.

Si se combinan esas dos tendencias que mencioné y que son inherentes al Estado: intensificación (explotar a la población doméstica) y extensión; se llegará a un mundo en el que habrá un solo gobierno democrático provisto de un papel moneda mundial que emitirá un único Banco Central mundial.

Las condiciones hoy vigentes
Llegados a este punto, pasemos a estudiar la situación. Henos aquí a finales del siglo XX, más cerca que nunca al estadío último de un único gobierno mundial, al menos más cerca de lo que lo habíamos estado nunca antes en la Historia. Los Estados Unidos son la única superpotencia y el supremo policía del mundo. Al mismo tiempo, la democracia se ha convertido casi en un fenómeno universal y el mayor poder del mundo entero, los Estados Unidos de América, en el campeón mundial de la democracia.

Algunos neo-conservadores, como Francis Fukuyama, señalaron que ése debe ser el fin de la Historia. Una democracia mundial, que ya casi hemos alcanzado. Ahora bien, desde un punto de vista austro-libertario, las cosas parece que son algo distintas. Con una democracia muy centralizada o, mejor dicho, con un gobierno altamente centralizado que es ejercido por las masas, la seguridad del derecho a la propiedad privada casi ha desaparecido por completo. El coste de la protección es enorme y la calidad de la justicia impartida ha ido empeorando constantemente.

Se ha deteriorado hasta el punto que la idea de que las leyes han de ser justas e inmutables, de la ley natural, casi ha desaparecido por completo de la conciencia del público. El Derecho no es sino la ley del Estado, la ley positiva. El Derecho y la Justicia son lo que el gobierno dice que son. Aún existe nominalmente la propiedad privada pero en la práctica, los dueños de la propiedad privada han sido casi expropiados por completo. Más que proteger al pueblo de los invasores y de las agresiones a las personas y y a sus bienes, el Estado ha desarmado progresivamente a su propio pueblo y le ha privado de su más elemental derecho a la auto-defensa.

Además, los propietarios particulares ya no tienen libertad para incluir o excluir a su antojo a otros del disfrute de las facultades dominicales. El derecho a incluir, si uno así lo desea, o el de excluir a alguien, si así lo quiere, es un ingrediente esencial del derecho de propiedad privada. Presupone un mecanismo de defensa; es un método destinado a repeler la invasión y que te permite expulsar a otro de tu propiedad. Pero ese derecho a expulsar a otro de su propiedad, especialmente de la propiedad comercial, le ha sido hurtado por completo. Y una vez eliminado ese derecho (nadie puede hoy contratar o despedir, comprar o vender, incluir o excluir de su propiedad a voluntad) con ello también se ha perdido otro de los métodos de defensa de los que uno podía valerse para defenderse de una invasión.

El Estado, que se suponía que tenía que protegernos, de facto nos ha dejado completamente desamparados. Roba a sus súbditos más de la mitad de sus ingresos, para distribuirlos según sea el sentimiento del público en vez de con arreglo a criterios de justicia. Somete nuestra propiedad a miles de regulaciones invasivas y arbitrarias. Ya no podemos contratar ni despedir libremente a quien queramos, por cualquier razón que estimemos buena y necesaria. No podemos vender o comprar lo que queramos a quien queramos y cuando queramos. No podemos fijar libremente los precios como queramos, no podemos asociarnos con quien queramos; una vez asociados, no podemos separarnos de quien queramos hacerlo y no podemos decidir no asociarnos con quien no queramos hacerlo.

En vez de protegernos, el Estado nos ha entregado, a nosotros y a nuestras propiedades, a la chusma y a los instintos de la chusma. En vez de salvaguardarnos, nos empobrece, destruye a nuestras familias, a las organizaciones locales, a las fundaciones privadas, a los clubes y asociaciones, los atrae a todos progresivamente a su órbita. Y como consecuencia de todo ello, el Estado pervierte el sentido público de la Justicia y de la responsabilidad personal y alimenta y da vida a un cada vez mayor número de monstruos y monstruosidades, morales y económicos.

Estrategia: ¿cómo parar la enfermedad del estatismo?
¿ Cómo parar al Estado y a la enfermedad estatista? Ahora expondré mis consideraciones estratégicas. En primer lugar, deben reconocerse tres principios rectores o ideas fundamentales. Primero: que la protección de la propiedad privada, del Derecho y de la Justicia y el imperio de la ley son esenciales para cualquier sociedad humana. Pero no hay ninguna razón por la que esta tarea deba ser asumida por una única entidad, por un monopolista. De hecho, lo que precisamente sucede es que tan pronto tengamos a un monopolista encargado de esa tarea, atropellará necesariamente la justicia y nos dejará indefensos frente a los invasores y agresores, tanto exteriores como domésticos.

Ha de ser pues nuestro objetivo último, el que hemos de tener siempre presente, lograr la desmonopolización de los servicios de protección y de impartición de justicia. La protección, la seguridad, la defensa, la ley, el orden y el arbitraje de los conflictos pueden y deben ser proveídos en competencia (esto es, el acceso a la función jurisdiccional debe ser libre).

Segundo, como un monopolio de la protección es de raíz un mal, cualquier expansión territorial de semejante monopolio es per se mala también. Toda centralización política debe ser rechazada por principio. En cambio, se ha de apoyar todo intento de descentralización política (segregación, separación, secesión y demás).

La tercera idea básica es que un monopolio democrático de la protección debe ser rechazado, en particular, por ser una perversidad moral y económica. El gobierno de la mayoría y la protección de la propiedad privada son incompatibles. La idea de la democracia debe ser ridiculizada: no es más que el gobierno de la plebe con la pretensión de que se le tenga por justo ¡Que a uno le digan demócrata debería considerarse como el peor de todos los posibles elogios! Eso no significa que uno no pueda participar en políticas democráticas, volveré sobre ello un poco más adelante.

Pero uno debe utilizar medios democráticos tan solo con propósitos defensivos; esto es, uno puede utilizar una plataforma anti-democrática para ser elegido por unos votantes anti-democráticos con el fin de implementar políticas anti-democráticas, es decir, anti-igualitarias y de promoción y defensa de la propiedad privada. O, por decirlo de otra forma, una persona no es honorable por ser democráticamente elegida. En todo caso eso la convierte en sospechosa. A pesar del hecho de que una persona haya sido elegida democráticamente, aún puede ser un hombre decente y honorable; hemos oído hablar de alguno en el pasado.

Partiendo de esos principios llegamos ahora al problema de su aplicación. Aunque las ideas básicas (que son: que con un monopolio de la protección, un Estado se convertirá inevitablemente en agresor y nos llevará a que quedemos indefensos; que la centralización política y la democracia son medios para extender e intensificar la explotación y la agresión) nos proporcionen una orientación general hacia el objetivo que perseguimos, no son obviamente suficientes por si solas para definir nuestras acciones y para indicarnos la forma de alcanzarlo.

Cómo conseguir el objetivo de desmonopolizar la protección y la justicia, dadas las circunstancias actuales de existencia de una centralización democrática del poder que se extiende por casi todo el mundo, debe ser, al menos temporalmente, el punto de partida desde el que hemos de empezar. Permítanme desarrollar una respuesta a esa pregunta exponiendo en primer lugar en qué aspectos el problema, y también la solución al mismo, han cambiado a lo largo de los últimos 150 años (esto es, desde mediados del siglo XIX).

Reforma de arriba-abajo: convirtiendo al rey
El problema hasta 1914 era relativamente sencillo y la posible solución era comparativamente fácil entonces; hoy, como luego veremos, las cosas son más difíciles y la solución es mucho más complicada. A mediados del siglo XIX, en Europa así como en los Estados Unidos, no solo era el grado de centralización mucho menos pronunciado de lo que lo es hoy; la guerra de independencia de los Estados del sur (o sea la guerra civil americana o guerra de secesión) aún no había tenido lugar y ni Alemania ni Italia existían todavía como Estados unitarios.

Pero singularmente, en esa época la era de la democracia de masas aún no había comenzado. En Europa, tras la derrota de Napoleón, los países aún estaban regidos por reyes y príncipes, las elecciones y los parlamentos jugaban un papel modesto y estaban además restringidos a un número extremadamente pequeño de grandes propietarios. Del mismo modo, en los Estados Unidos el gobierno era desempeñado por unas pequeñas élites aristocráticas y el voto estaba restringido a quienes eran propietarios y estaba sujeto a severos requerimientos en este sentido. Después de todo, solo aquéllos que tienen algo que merezca la pena ser protegido deben ser quienes se ocupen de gobernar o regir a las entidades encargadas de su protección.

Hasta hace ciento cincuenta o incluso cien años, para resolver el problema habría en esencia bastado con obligar al rey a que declarase que en lo sucesivo, cada ciudadano sería libre de elegir a su propio protector y de prestar juramento de lealtad al gobierno que quisiera. Es decir, el rey ya no consideraría ser protector de nadie, de no ser porque esa persona se lo hubiera pedido expresamente y hubiese satisfecho lo exigido por el rey a cambio de semejante servicio.

Ahora bien ¿Qué habría pasado en ese caso? ¿Qué habría pasado si, pongamos que, el emperador de Austria hubiese hecho semejante declaración en 1900? Déjenme que les haga un breve esbozo o descripción de lo que creo que habría pasado en esa situación.

Primero, cualquiera, sobre la base de esa declaración, habría recuperado su irrestricto derecho a la auto-defensa y habría quedado en libertad de decidir si quería o no tener mayor y/o mejor protección que la proporcionada por el sistema de auto-defensa, y, en ese caso, de decidir cómo y de quién obtener esa protección. La mayoría de las personas, en una situación como ésa, habría también elegido aprovechar la división del trabajo recurriendo, además de a su auto-defensa, a los servicios especializados de empresas dedicadas a brindar protección a terceros.

Segundo, a la hora de buscar protectores, cualquiera escogería a personas o entidades que tuvieran o pudiesen tener los medios necesarios para asegurar la tarea de protección (esto es, que tuvieran ellas mismas unos intereses que proteger en el mismo territorio en forma de importantes bienes patrimoniales) y que poseyesen una reputación acreditada como personas fiables, prudentes, honorables y justas.

Es justo decir que nadie habría considerado a un parlamento para esa tarea. En cambio, casi todo el mundo habría pedido ayuda a una o más de estas tres instancias: bien al mismo rey, que ya no sería un monopolista; bien a un noble, magnate o aristócrata, regional o local; o bien a una compañía de seguros que operase a escala regional, nacional o incluso internacional.

Obviamente, el mismo rey cumpliría los requerimientos que acabo de mencionar y mucha gente le elegiría voluntariamente como protector. Al mismo tiempo, sin embargo, mucha gente también se distanciaría del rey; de ella, una buena parte recurriría probablemente a varios nobles o magnates de la región que serían ahora una nobleza natural en vez de hereditaria. Y a una escala territorial más pequeña, esos nobles locales podrían ofrecer las mismas ventajas como protectores que las que pudiera ofrecer el mismo rey. Y ese cambio traería consigo una considerable descentralización en la organización y estructura de la industria de la seguridad. Y esa descentralización sería solo un reflejo de, y sería coherente con, la existencia de intereses necesitados de protección de carácter privado o subjetivo (esto es, la tendencia centralizadora que mencioné antes también ha conducido a una excesiva centralización del negocio de la protección).

Por último, casi todos los demás, especialmente en las ciudades, habrían asegurado su protección con compañías de seguros como ocurre con los seguros de incendios. La protección de propiedades y la garantía de su aseguramiento son obviamente cuestiones muy íntimamente relacionadas. Una mejor protección de los bienes asegurados conlleva pagar primas de seguro más bajas. Y con la entrada de las aseguradoras en el negocio de la protección, serían pronto los contratos de seguros de protección, en vez de inespecíficas promesas, la fórmula estándar mediante la cual se ofrecerían los servicios de protección.

Más adelante, en virtud de la naturaleza de los seguros, la competencia y cooperación entre varias empresas aseguradoras de servicios de protección promovería el desarrollo de reglas universales respecto de los procedimientos, los medios de prueba, la resolución de conflictos y el arbitraje. También promovería la simultánea agrupación de la población en varias categorías o clases homogéneas de individuos adscribiéndolos en función de los riesgos y del grado de protección que prefiriesen, y, congruentemente con ello, se establecerían diferentes primas de seguros. Toda sistemática y predecible redistribución de ingresos y de riqueza entre distintos grupos dentro de una población, tal como existió en condiciones de monopolio, sería inmediatamente eliminada. Y esto por supuesto contribuiría a la paz.

Lo que es más importante, la naturaleza de la protección y de la defensa se verían fundamentalmente alteradas. Bajo condiciones de monopolio, solo existe un protector que, ya sea monárquico o democrático (no supone ninguna diferencia a este respecto), es un gobierno y éste se concibe invariablemente como una entidad que defiende y protege un territorio determinado y contiguo.

Pero ésta es una característica que es resultado de la existencia de un monopolio compulsorio de la protección. Con la abolición del monopolio, esta característica desaparecería inmediatamente por no ser en absoluto algo natural sino más bien artificial. Podría haber habido unos pocos protectores locales que solamente defendieran un territorio contiguo. Pero también podría haber otros protectores, como el rey o las compañías de seguros, cuya protección se extendiese a un territorio formado por un variado mosaico de trozos, parcelas y franjas discontinuas de terreno. Y las fronteras de cada gobierno estarían en continuo vaivén. En las ciudades en particular, no sería más inusual que dos vecinos tuvieran diferentes agencias de protección que que tuviesen seguros de incendios contratados con distintas compañías.

Esta estructura de protección y defensa en mosaico mejora la protección. En una situación de monopolio, una defensa contigua presupone que los intereses de seguridad de toda la población que vive en un territorio dado son de alguna manera homogéneos. Esto es, que toda la gente de un determinado territorio tiene la misma clase de intereses a defender. Pero ésa es una suposición muy poco realista y, en realidad, falsa. Por el contrario, las necesidades de seguridad de la gente son muy heterogéneas. La gente puede tener propiedades en un único lugar o puede tener propiedades muy dispersas o puede ser ampliamente auto-suficiente o depender de muy pocas personas en sus tratos económicos o, por el contrario, puede estar profundamente integrada en el mercado y depender económicamente de miles y miles de personas diseminadas a lo largo de extensos territorios.

La estructura en mosaico de la industria de la seguridad reflejaría meramente esta realidad: que distintas personas tienen unas necesidades de seguridad muy diferenciadas. Además, esta estructura a su vez estimularía el desarrollo del correspondiente arsenal de seguridad. En vez de producir y desarrollar armas e instrumentos de bombardeo a gran escala, se desarrollarían instrumentos para proteger territorios a pequeña escala sin causar daños colaterales.

Adicionalmente, como en un sistema competitivo se eliminaría toda redistribución de ingresos y de riqueza, la estructura en mosaico ofrecería también la mejor garantía para una paz interterritorial. La probabilidad de un conflicto interterritorial y la extensión del mismo, en caso de que lo hubiera, se verían reducidas con esa estructura en mosaico. Y como cada invasor extranjero, por así llamarlo, se encontraría casi instantáneamente, aún cuando solo invadiese una pequeña porción de terreno, con la oposición y los contra-ataques militares y económicos de varias agencias de protección independientes, el peligro de las invasiones extranjeras se vería reducido en la misma medida.

Indirectamente, ya ha quedado claro, al menos parcialmente, cómo y porqué se ha vuelto tanto más difícil alcanzar esta solución con la evolución seguida a lo largo de los últimos ciento cincuenta años. Déjenme que exponga algunos de los cambios fundamentales que han ocurrido y que hacen que todos esos problemas sean mucho mayores. Primero, ya no es posible realizar las reformas de arriba-abajo. Los liberales clásicos, durante los viejos tiempos de la monarquía, podían pensar (y, de hecho, lo pensaron con frecuencia) y podían realísticamente creer que con convencer al rey de sus puntos de vista y pedirle que abdicara de su poder, todo lo demás encajaría después casi automáticamente.

Hoy el monopolio de protección del Estado se considera que es de titularidad pública en vez de privada y las reglas del gobierno ya no le vinculan con ningún sujeto particular sino con funciones específicas, ejercidas por individuos sin nombre o anónimos en su condición de miembros de un gobierno democrático. Así pues, la estrategia consistente en convencer a una o varias personas ya no funciona. Ya no importa si uno convierte a unos pocos altos funcionarios del gobierno (al presidente y a un puñado de senadores) porque, conforme a las reglas a las que está sujeto un gobierno democrático, ningún individuo singular tiene el poder personal para renunciar al monopolio estatal de la protección. Los reyes tenían esa poder, los presidentes no. El presidente tan solo puede renunciar a su puesto, en cuyo caso lo asumiría otra persona. Pero no puede disolver el monopolio de protección estatal, porque se estima que es el pueblo quien es titular último del gobierno y no la persona del presidente. Entonces, bajo un régimen democrático, la abolición del monopolio estatal de la justicia y la protección requiere, bien que la mayoría del pueblo y de sus representantes electos decida y declare que queda abolido el monopolio de la protección ostentado por el gobierno, y, en concordancia la de todos los impuestos, o bien, lo que aún es más restrictivo, que literalmente nadie vote y el recuento de votos sea igual a cero. Solo en ese supuesto podría decirse que quedaba efectivamente abolido el monopolio estatal de la protección. Pero esto significaría esencialmente que sería imposible que pudiéramos nunca deshacernos de una perversión moral y económica. Porque en nuestros días, es un presupuesto dado, que todo el mundo, incluso la plebe, participa en política, y es inconcebible que la plebe, en su mayoría y menos aún en su totalidad, renuncie o se abstenga de ejercer su derecho al voto, lo que equivale a aprovechar la oportunidad de robar la propiedad de otros.

A mayor abundamiento, aún si uno asume que contra todo pronóstico esto pudiera conseguirse, los problemas no terminarían ahí. Porque otra verdad sociológica de la edad del igualitarismo moderno propio de la democracia de masas es la casi completa destrucción de las élites naturales. El rey podría haber abdicado de su monopolio y las necesidades de protección y seguridad del pueblo habrían sido en ese supuesto casi automáticamente satisfechas porque eran facultades atribuidas principalmente al propio rey pero también, en el ámbito regional y local, a nobles y a destacadas personalidades empresariales que formaban una élite claramente visible, establecida de forma natural, voluntariamente reconocida y una estructura jerárquica de varias capas y rangos de órdenes a los que la gente podía recurrir para satisfacer su deseo de ser protegido.

La desaparición de las élites naturales
Hoy, tras menos de un siglo de democracia de masas, no existen ya esas élites naturales y esas jerarquías sociales a las que uno podía inmediatamente recurrir cuando necesitaba protección. Las élites naturales y los órdenes y organizaciones que conforman la jerarquía social, es decir, las personas e instituciones provistas de una autoridad y respecto independientes del Estado, son aún más intolerables e inaceptables para un demócrata y más incompatibles con el espíritu democrático del igualitarismo y una amenaza mayor de lo que que lo fueron para cualquier rey o príncipe Por eso, bajo las reglas del juego democrático, todas las autoridades independientes, todas las instituciones independientes han sido sistemáticamente anuladas o reducidas a la insignificancia mediante medidas económicas. Hoy, ninguna persona o institución, fuera del gobierno mismo, posee una auténtica autoridad nacional, ni siquiera regional. En vez de personas investidas de una autoridad natural, hoy solo hay un gran número de personas prominentes: deportistas y estrellas de cine, estrellas del pop y por supuesto políticos. Pero esa gente, aún cuando pueda establecer tendencias y formalizar modas, no posee nada semejante a una autoridad natural de tipo personal en el entorno social.

Esto es especialmente cierto respecto de los políticos: pueden ser grandes estrellas, ahora salen en la televisión y protagonizan el debate público, pero esto es por completo debido al hecho de que son parte del aparato del actual Estado con sus poderes monopolísticos. Una vez se disuelto ese monopolio, esas “estrellas” de la política se convierten en unos don nadie, porque en la vida real son en su mayoría nulidades, trepas y medio estúpidos. Y solo la democracia les permite ascender a esos elevados puestos. Abandonados a su suerte, atendiendo solo a sus méritos personales, son, casi sin excepción, completos desconocidos. Dicho con rotundidad, una vez el gobierno democrático, o sea el Congreso, hubiese declarado que cualquiera podría elegir en adelante a su propio juez y protector, de forma que aún pudiera optar por la protección del gobierno, pero sin que estuviese ya obligado hacerlo, ¿Quién en sus cabales los elegiría jamás a ellos? Esto es, a los actuales miembros del Congreso y del gobierno federal: ¡¿Quién los elegiría voluntariamente para ser su juez y protector?! Plantear esta pregunta es contestarla. Los reyes y príncipes poseían verdadera autoridad; la coacción tuvo su importancia, eso no se discute, pero recibieron un considerable apoyo voluntario.

En contraste, los políticos democráticos son, por lo general, despreciados, incluso por la misma plebe que los eligió. Pero tampoco existe nadie a quien uno pueda recurrir para obtener protección. Los políticos locales y regionales plantean básicamente el mismo tipo de problema, y con la abolición de sus poderes monopolísticos, tampoco ofrecerían ninguna solución atractiva al problema. Y tampoco existe ninguna gran personalidad empresarial que pueda acudir al rescate ya que las compañías de seguros en particular, se han convertido casi por completo en criaturas del Estado democrático igualitario y por eso parecen ser tan poco dignas de confianza como cualquier otro sujeto a la hora de asumir tareas tan particularmente importantes como son la de brindar protección y la de impartir justicia.

Así pues, si uno hiciese hoy lo que el rey podría haber hecho hace cien años, existiría el riesgo inmediato de que hubiese, de hecho, una situación social de caos o de “anarquía”, entendida ésta en su acepción peyorativa. La gente sería, al menos temporalmente, muy vulnerable y estaría indefensa. Por ello la cuestión que en ese caso se suscita es: ¿No hay entonces salida? Déjenme adelantar someramente la respuesta. Sí la hay, pero en vez de la solución consistente en una reforma vertical, de la cúspide a la base, la estrategia que se debe seguir ahora ha de ser la de una revolución de la base hasta la cúspide. Y en vez de una única batalla, en un único frente, una revolución liberal-libertaria tendrá que librarse en numerosas batallas y en muchos frentes. Esto es, queremos una guerra de guerrillas más que una guerra convencional.

El papel de los intelectuales
Antes de extenderme en la explicación a esa cuestión, y como un paso más en la dirección de lograr ese objetivo, hay que examinar un segundo fenómeno sociológico: el cambio en el rol de los intelectuales, de la educación y de la ideología. En cuanto la agencia o entidad protectora se convierte en un monopolio territorial (esto es, el Estado) deja de ser un auténtico protector y pasa a convertirse en un extorsionador. Y para vencer la resistencia de las víctimas de sus extorsiones, un Estado necesita legitimidad, justificación intelectual para lo que hace. Cuanto menos protector y más extorsionador es un Estado (con cada nuevo aumento de los impuestos y de las regulaciones), más acuciante es esa necesidad de legitimación

Para asegurar una correcta ideología pro-estatista, un monopolista de la protección empleará su privilegiada posición como extorsionador para establecer rápidamente un monopolio de la educación. Incluso durante el siglo XIX, bajo condiciones decididamente monárquicas y claramente no democráticas, la educación, al menos en la escuela elemental y en la educación universitaria, estuvo ampliamente organizada sobre bases monopolísticas y financiada por medios compulsorios. Y fueron precisamente los maestros y profesores salidos de los rangos de gobiernos monárquicos, esto es, gentes que habían sido contratadas como garantes intelectuales de reyes y príncipes, quienes socavaron ideológicamente a las monarquías y los privilegios de reyes y nobles y quienes promovieron el ideal igualitario bajo la forma de democracia y socialismo.

Desde el punto de vista de los intelectuales era muy lógico que así fuera. La democracia y el socialismo de hecho multiplican el número de educadores e intelectuales, y esa expansión del sistema de gobierno a la educación pública a su vez ha llevado a un creciente caudal de podredumbre y polución intelectual. El precio de la educación, al igual que el precio de la protección y de la justicia, ha subido enormemente bajo un sistema de administración en régimen de monopolio, mientras que la calidad de la educación, al igual que la calidad de la justicia, ha caído contínuamente. Hoy, estamos tan desprotegidos como maleducados. Sin la prolongada existencia de un sistema democrático y de una educación e investigación financiadas con fondos públicos, sin embargo, la mayor parte de quienes son hoy profesores e intelectuales estaría desempleada o sus ingresos se verían reducidos a una pequeña fracción respecto de su nivel actual. En vez de investigar acerca de la sintaxis del inglés dialectal hablado por los afroamericanos, la vida amorosa de los mosquitos o la relación entre la pobreza y la delincuencia a razón de cien mil dólares anuales por estudio, los trabajos de investigación tendrían por objeto el cultivo de la patata o la tecnología a utilizar en la operatoria a seguir para la inyección de gases con un coste de veinte mil dólares al año.

El sistema de monopolio de la educación es hasta ahora tan problemático como la monopolización del sistema de protección y de justicia. De hecho, la educación pública y la investigación y desarrollo son los instrumentos principales mediante los cuales el Estado vence la resistencia del público. En la actualidad, desde el punto de vista del gobierno y a los efectos de preservar el statu quo, los intelectuales son tanto o más importantes que los jueces, los policías y los soldados,

Y del mismo modo que no se puede convertir el sistema político democrático de arriba-abajo, tampoco se puede esperar que esa conversión se lleve a cabo desde dentro del sistema público de educación y de las universidades públicas. Este sistema no puede ser reformado. Sería imposible que libertarios liberales se infiltraran y tomaran el control del sistema de educación pública como hicieron los demócratas y los socialistas cuando reemplazaron a los monárquicos.

Desde el punto de vista del liberalismo clásico, todo el sistema de educación pública, el financiado con impuestos, se debe eliminar, de las raíces hasta las ramas. Y con esa convicción, es obviamente imposible que cualquiera pueda hacer carrera en esas condiciones, ya que nunca podrá llegar a ser el rector de la universidad. Mis puntos de vista me impiden seguir una carrera como ésa. Ahora bien, eso no quiere decir que la educación y los intelectuales no tengamos que participar en llevar adelante la revolución libertaria. Por el contrario, como expliqué antes, en última instancia todo depende de que tangamos o no éxito en la tarea de deslegitimar la democracia y el monopolio democrático de la justicia y de la protección y a la hora de denunciar su perversidad económica y moral.

Esto no es obviamente más que una batalla ideológica. Pero sería un error asumir que el establecimiento académico oficial será de alguna ayuda en esa misión. Al depender de la nómina del gobierno, los educadores y los intelectuales tenderán a ser estatistas. La munición intelectual y la dirección y coordinación ideológicas solo pueden proceder del exterior al mundo académico, de los centros de resistencia intelectual (de una contra-cultura intelectual, externa e independiente de, y en fundamental oposición al monopolio gubernamental de la protección y de la educación, como es el Instituto Mises).

Una revolución de abajo-arriba
Por último explicaré en detalle el significado de esta estrategia revolucionaria de abajo hacia arriba. A tal fin déjenme que me remita a mis anteriores observaciones respecto de la utilización defensiva de la democracia, esto es, del empleo de los medios democráticos para conseguir objetivos no-democráticos de inspiración libertaria en defensa de la propiedad privada. Hay dos ideas preliminares que ya he expuesto a este respecto aquí.

Primero, dada la imposibilidad de seguir una estrategia de arriba a abajo, se deduce que uno debe gastar poca o ninguna energía, tiempo y dinero en la lucha para alcanzar puestos en el gobierno central, como por ejemplo en las elecciones presidenciales. Y aún debe dedicar menos esfuerzos a otras carreras distintas como, en particular, en la senatorial o en las elecciones al Congreso, por ejemplo.

Segundo, considerando el papel ejercido por los intelectuales en el mantenimiento del sistema vigente, de esta estafa de la protección, se deduce igualmente que uno debe dedicar poca o ninguna energía, tiempo o dinero a intentar reformar la educación y el mundo académico desde dentro. Que particulares o empresas doten o financien cátedras del sistema universitario vigente, por ejemplo, no hace sino contribuir a conferir legitimidad al propio sistema contra el que quiere oponerse. Hay que proceder sistemáticamente a privar de fondos y ahogar financieramente a la educación oficial y a las instituciones dedicadas a la investigación. Y para lograrlo, debe darse todo el apoyo intelectual, como tarea esencial de esa misión a la que hemos de enfrentarnos, a las instituciones y centros que tienen precisamente ese objetivo.

Las razones de esas dos recomendaciones es evidente. Ni la población en su conjunto, ni todos los educadores e intelectuales en particular, forman un todo completamente homogéneo. Y aunque es imposible conseguir una mayoría para crear una plataforma decididamente anti-democrática a escala nacional, no parece que haya dificultades insuperables para formar semejante mayoría en distritos electorales suficientemente pequeños y para funciones locales o regionales dentro del conjunto de la estructura del gobierno democrático. De hecho, no parece que pueda decirse que no es realista estimar que tales mayorías existen en muchísimos sitios. Esto es, en lugares dispersos por todo el país pero no están uniformemente distribuidas. De mismo modo, aún cuando la clase intelectual debe ser vista predominantemente como enemiga natural de la justicia y la protección, hay en distintas ubicaciones aisladas intelectuales que son anti-intelectuales, y como demuestra el Instituto Mises, es muy posible reunir a esas figuras aisladas alrededor de un centro intelectual y darles unidad y fuerza y una audiencia nacional e incluso internacional.

¿Pero entonces qué? Todo lo demás se deduce casi automáticamente del objetivo último, que debe tenerse permanentemente en mente, en todas las actividades que uno lleve a cabo: la restauración de abajo-arriba de la propiedad privada y del derecho a la protección de la propiedad; el derecho a la auto-defensa, a excluir o incluir, y a la libertad de pactos o libertad contractual. Y la respuesta se puede desglosar en dos partes.

Primero: ¿Qué hacer en esos muy estrechos distritos, para que un candidato defensor de la propiedad privada y una personalidad opuesta a la regla de la mayoría pueda salir ganando? Y segundo: ¿Cómo tratar con los niveles superiores del gobierno, y, en especial, con el gobierno federal central? En primer término, como un paso inicial, y me estoy refiriendo ahora a lo que debe hacerse a nivel local, la viga central de esa plataforma debe ser: que se debe intentar restringir el derecho de voto en lo tocante a los impuestos locales, en particular, a los impuestos sobre la propiedad, y en lo atinente a las regulaciones, a los propietarios y a quienes sean titulares de bienes raíces. Solo se debe permitir votar a los propietarios, y su voto no debe ser idéntico sino acorde al valor de la propiedad que tengan y al monto de los impuestos que paguen. Esto es algo similar a lo que Lew Rockwell ya ha explicado que ha sucedido en algunos sitios en California.

Además, todos los empleados públicos (profesores, jueces, policías) y todos los perceptores de subsidios y ayudas públicas, deben excluirse del voto sobre asuntos relativos a los impuestos y regulaciones locales. A esa gente se le paga con impuestos y no deben tener nada que decir respecto de cual ha de ser el monto de los mismos. Con esa plataforma no se puede por supuesto ganar en todas partes; no se puede ganar por ejemplo en Washington D.C. con una plataforma así, pero me atrevo a decir que en muchas localidades se puede lograr fácilmente. Las poblaciones deben ser lo bastante pequeñas y deben tener un buen número de personas decentes.

Consecuentemente, los impuestos locales, los tipos impositivos así como los ingresos impositivos locales se reducirán inevitablemente. El valor de las propiedades y la mayor parte de las rentas locales aumentarían mientras que el número de empleados públicos y el gasto de personal descenderían. A continuación, y éste es el paso más decisivo, debe hacerse lo siguiente, y tengan siempre presente que me refiero a distritos territoriales muy pequeños, a pueblos.

En la crisis financiera del gobierno que de ello resulte, una vez se haya privado a la plebe del derecho de voto, como medida para poder salir de dicha crisis, todos los activos de los gobiernos locales se deberían privatizar. Se habría de hacer un inventario de todos los edificios públicos, y al nivel local no serían muchos (escuelas, estaciones o cuarteles de bomberos, comisarías de policía, edificios de juzgados, carreteras, etc …), y se debería distribuir acciones o participaciones de esas propiedades a los particulares en proporción al importe total de impuestos (impuestos sobre la propiedad) que hubiesen pagado a lo largo de sus vidas. Después de todo, serían suyos (ellos pagaron todas esas cosas).

Esas acciones deberían ser libremente transmisibles, se venderían y comprarían, y con ello el gobierno local sería en lo esencial abolido. De no ser por la subsistencia de niveles superiores de gobierno, ese pueblo o ciudad sería ahora un territorio libre o liberado ¿Qué sucedería en ese caso a la educación? Y lo que es más importante: ¿Qué ocurriría con la protección del derecho de propiedad y con la justicia?

A una escala local y pequeña podemos estar tanto o aún más seguros (de lo que lo habríamos estado hace cien años respecto de lo que habría sucedido de haber abdicado el rey), de que lo que sucedería sería, más o menos, lo siguiente: que seguirían existiendo todos los recursos materiales que se destinaban previamente a esas funciones (escuelas, comisarías de policía, juzgados) al igual que los medios personales. La única diferencia es que ahora serían de titularidad privada o estarían temporalmente inutilizados en el caso de ser empleados públicos. Se puede asumir con realismo que seguiría habiendo una demanda local de servicios educativos, de protección y justicia y que las escuelas, las comisarías de policía y los juzgados aún se emplearían para los mismos fines. Y muchos profesores, policías y jueces, serían contratados de nuevo o retomarían sus anteriores puestos por su cuenta como empleados por cuenta propia con la sola salvedad de que las personas que operarían o gestionarían esos servicios localmente, por haber asumido su titularidad, serían todas ellas personalidades conocidas integrantes de las élites sociales. Ya fuera bajo la forma de empresas lucrativas o, lo que parece que sería más probable, bajo una mezcla de organización caritativa y a la vez económica, con frecuencia, las personalidades locales costearían bienes públicos de su propio bolsillo privado y tendrían obviamente el mayor interés en preservar la justicia y la paz en su localidad.

Esto puede verse que funciona en la práctica en el caso de las escuelas y los policías, pero ¿Qué hay de los jueces y de la Justicia? Recuerden que la raíz de todos los males es la existencia de un monopolio en la impartición de la justicia, es decir, que hay una sola persona que decide lo que es justo. Según esto, los jueces deben ser financiados libremente y debe asegurarse que el acceso a la profesión o al ejercicio de la función jurisdiccional sea libre. Los jueces no son elegidos mediante votaciones, sino que son elegidos por quienes quieren que haya una justicia que sea efectiva. Tampoco olviden Ustedes que al pequeño nivel local que estamos considerando, estamos en realidad tratando solamente de uno o de muy poco jueces. Tanto si ese juez o esos jueces fuesen entonces empleados por una asociación privada de juzgados o por una sociedad mercantil o ya fueran profesionales por cuenta propia que alquilasen los locales u oficinas, debe quedar claro que solo un puñado de gente de la localidad, y de entre ellos solo personalidades locales ampliamente conocidas y respetadas (esto es, miembros de la élite local) tendrían alguna posibilidad de ser elegidos como jueces encargados de asegurar la paz en la localidad.

Tan solo por su condición de miembros de la élite es por lo que sus decisiones poseerían alguna autoridad y serían respetadas y cumplidas. Y si dictasen resoluciones que se considerasen ridículas, serían inmediatamente desplazadas por otras autoridades locales que fuesen más dignas de ser respetadas. Si uno se ajustara a esas líneas de actuación a nivel local, por supuesto no se podría evitar que entrase en directo conflicto con los poderes del escalón superior y especialmente del gobierno federal ¿Cómo se podría resolver este problema? ¿No se limitarían los federales a aplastar cualquier intentona en este sentido?

Seguramente les gustaría, pero que pudieran o no hacerlo sería realmente una cuestión completamente distinta y para verlo basta con reconocer que los miembros del aparato del gobierno siempre representan, incluso en condiciones democráticas, meramente una tenue proporción del total de la población. Y es aún más pequeña la proporción de empleados del gobierno central.

Esto implica que un gobierno central posiblemente carecería de medios para hacer cumplir su voluntad legislativa e imponer sus pervertidas leyes sobre la totalidad de la población, a no ser que encontrase un amplio apoyo y cooperación local para hacerlo. Esto se convierte en algo especialmente obvio si pudiera llegar a haber un gran número de ciudades o pueblos libres como los descritos más arriba. Sería prácticamente imposible, no sería humanamente factible ni tampoco desde el punto de vista de las relaciones públicas, que el régimen federal fuera capaz de someter directamente a miles de localidades extensamente dispersas.

Para hacer cumplir las normas a nivel local es indispensable la colaboración de diligentes autoridades locales. Sin ella la voluntad de un gobierno central no es más que humo. Y esa ayuda y cooperación local es precisamente lo que se ha de suprimir. Mientras el número de localidades liberadas sea aún pequeño, puede parecer que hay cierto peligro. Sin embargo, incluso durante esa fase inicial de la lucha por la liberación, se puede tener bastante confianza en que tendremos éxito.

Durante esa fase, parece que sería prudente evitar una confrontación directa con el gobierno central y no denunciar abiertamente su autoridad o incluso abjurar de su imperio. Más bien, parece aconsejable involucrarse en una masiva política de resistencia pasiva y no cooperación. Uno simplemente dejaría de mostrarse dispuesto a colaborar a la hora de observar todas y cada una de las leyes federales. Uno adoptaría la siguiente actitud: “Esas son sus reglas y Ustedes nos exigen que las cumplamos. Yo no puedo impedirlo pero tampoco les voy a ayudar ya que sólo me debo a mis electores locales”.

Sin cooperación, aplicada de forma consistente, sin ninguna asistencia a ningún nivel, el poder del gobierno central se vería severamente disminuido o hasta se esfumaría. Y en vista de la opinión pública general, parecería altamente improbable que el gobierno federal se atreviese a ocupar un territorio cuyos habitantes no hicieron otra cosa que intentar ocuparse de sus propios asuntos. Waco, un grupúsculo de frikis, es una cosa. Pero someter o eliminar a un destacado e importante número de ciudadanos normales, exitosos y prominentes es otra muy distinta y bastante más difícil de hacer.

Una vez el número de territorios que se hubieran separado alcanzara una masa crítica, y como cada éxito en cada pequeña población promocionaría y serviría de punto de partida para el siguiente, inevitablemente ese movimiento ‘municipalizador’ se radicalizaría cada vez más y se extendería a toda la nación y conduciría a políticas locales explícitamente secesionistas y a una abierta y desafiante desobediencia a la autoridad federal.

Y es en esta situación cuando el gobierno central se vería forzado a abdicar de su monopolio de la protección y cuando la relación entre las autoridades locales, que reemergerían, y las autoridades centrales, que estarían a punto de perder su poder, podría establecerse sobre bases puramente contractuales y sería entonces cuando uno podría recuperar de nuevo el poder para defender su propiedad.

Descarga el libro en PDF

Traducido del inglés por Juan Gamón Robres.

Posted in Blog | Leave a comment

La esperanza se encuentra en la secesión

Por Hans-Hermann Hoppe
Tomado de Mises Hispano

P: ¿Cómo llegaste a ser libertario y qué pensadores fueron los más importantes en la formación de su pensamiento?

Hoppe: Cuando todavía era joven, estudiante alemán de secundaria, yo era un marxista. Más tarde, como estudiante en la Universidad de Frankfurt, me encontré con la crítica de Böhm-Bawerk a Marx, y aquello aniquiló la economía marxista para mí.

En consecuencia, después de eso, me hice un poco escéptico, atraído por la metodología positivista y especialmente falsacionista de Popper y por el programa gradual de ingeniería social de Popper. Como el propio Popper, en ese momento yo era un social-democrático de derecha.

Y luego las cosas comenzaron a cambiar rápidamente. En primer lugar, descubrí a Milton Friedman (muy bueno), entonces Hayek (mejor), entonces Mises (mucho mejor debido a su metodología explícitamente anti-positivista -a priori) y, por último, el sucesor teórico más importante de Mises, Murray N. Rothbard.

P: ¿En qué medida su educación formal coincidió con su transformación libertaria?

Hoppe: No aprendí nada de libertarismo o de mercado libre en la universidad. Mis profesores eran socialistas o intervencionistas. De vez en cuando (muy raramente), los nombres de algunos pro-mercado libre fueron mencionados: Bohm-Bawerk, Mises, Hayek, y también como un sociólogo Herbert Spencer. Sin embargo, eran descartados inmediatamente como anticuados y obsoletos apologistas del capitalismo, indignos de la atención de cualquier “intelectual serio”. Así que tuve que averiguar todo por mi cuenta, a través de mucha lectura. He leído casi todo lo relacionado con la economía -y hoy, mirando en retrospectiva, la mayor parte del material leído fue una pérdida de tiempo total.

P: En los primeros años del siglo XX, los economistas “capitalistas” estaban en posiciones más defensivas. Esto fue particularmente explícito antes de que Mises empezara a criticar el socialismo en sus obras. Los escritos de Mises fueron fundamentales en que los socialistas adoptaran su posición defensiva actual. Los escritos de Mises también allanaron el camino para una economía diferente, fuera del paradigma neoclásico.

Durante su educación formal, ¿su opinión de la economía austriaca era, o debería ser, distinta del pensamiento neoclásico? ¿Cómo fue el proceso de dejar de ser apenas crítica para convertirse en un enfoque alternativo?

Hoppe: Hasta la década de 1950, la mayoría de los economistas compartían la misma visión de Lionel Robbins acerca de la naturaleza de la economía. Robbins, quien había sido fuertemente influenciado por Mises, presentó en su famoso libro La naturaleza y significado de Ciencias Económicas (1932), la economía como una especie de lógica aplicada (la “praxeología” de Mises). El análisis económico debería basarse en algunas suposiciones simples y verdaderas evidentemente (axiomas) y llegar, a través de una deducción lógica, a varias conclusiones irrefutables (teoremas económicos).

Estas conclusiones o teoremas, a condición de que ningún error se hubiera cometido en el proceso de deducción, deben de ser lógicamente verdaderas, y sería un error si alguien quisiera “probar empíricamente” tales teoremas. (Nosotros tampoco probamos “empíricamente” verdades y argumentos lógicos, o incluso proposiciones matemáticas. Por ejemplo, no probamos empíricamente la ley de Pitágoras; podemos probarla deductivamente. Y el que quiera “probarla” empíricamente, midiendo ángulos y longitudes, no será considerado “científico”, sino alguien totalmente confundido). Hoy en día, sólo los austriacos todavía defienden este punto de vista (correcto) de la economía como una lógica aplicada.

Desde la década de 1950, debido en gran parte a la influencia de Milton Friedman, la mayoría de los economistas comenzaron a adoptar la visión “positivista” de que la economía debe tratar de emular los métodos utilizados en la física. Como resultado, la economía moderna fue transformada en unas simples matemáticas de bajo nivel, carente de cualquier significado empírico y de cualquier aplicación práctica. Los economistas de hoy en día se limitan a hacer dos cosas, ambas una pérdida de tiempo total: construir y probar “modelos” para (en la mejor de las hipótesis) probar lo que ya es obvio para cualquier ser humano mínimamente inteligente -como el hecho de que el el agua corre hacia abajo- y demostrar por medios empíricos lo que se puede comprobar a través de la lógica (como confirmar la ley de Pitágoras empíricamente).

Sin embargo, en muchos casos, y con los mismos métodos, ellos también se esfuerzan por “demostrar” empíricamente que, en algunos casos, el agua puede subir y la ley de Pitágoras puede que ya no sea válida. Esto sucede cuando los economistas defienden, por ejemplo, los controles de precios para combatir la hambruna o el aumento del gasto público para combatir la recesión, siempre bajo el argumento de que “esta vez será diferente”. Y nunca lo es. En resumen, la economía convencional moderna se encuentra en una situación de desastre total.

Cuando empecé a estudiar economía, me enseñaron una metodología positivista. Sin embargo, desde el principio, nunca me convenció. La ley de la utilidad marginal, o la teoría cuantitativa del dinero, o la afirmación de que un aumento en el salario mínimo de 1000 dólares cada daría lugar a un desempleo masivo no parecían ser suposiciones cuestionables que necesitaran algún tipo de prueba empírica, sino obvias verdades lógicas. Me tomó un tiempo darme cuenta de que este era en realidad el punto de vista clásico, más explícitamente defendido por Robbins y Mises. El descubrimiento de Mises y Robbins, por lo tanto, fue un gran alivio para mí intelectualmente, y eso es lo que me hizo tomar (y estudiar) la economía en serio.

La actual economía convencional, llamada mainstream, es totalmente irrelevante. Peor aún: está siempre abierta a la peligrosa idea de la experimentación y de la ingeniería social (¿qué otra forma hay para probar hipótesis?), una verdadera tentación para los políticos populistas. Por eso, el Estado intervencionista moderno se muestra siempre plenamente dispuesto a financiar toda una serie de economistas. El estado sabe que ellos crearán justificaciones para cualquier programa de intervención. Por otra parte, la economía austriaca no es de gran importancia práctica, y también se opone rigurosamente a cualquier tipo de intervencionismo por ser contraproducente. No es de extrañar, pues, que la Escuela Austríaca no reciba ninguna ayuda o apoyo financiero.

Sin embargo, soy optimista sobre el futuro de la economía convencional: creo que va a desaparecer por propia irrelevancia (los artículos académicos publicados en famosos periódicos prácticamente no tienen lectores) y será desplazada por la Escuela Austriaca. Una buena indicación de esto es la proliferación espontánea de Institutos Mises en todo el mundo, los cuales tienen más lectores que cualquier web de economía convencional.

P: En su versión moderna, la Escuela Austriaca, con su énfasis en los derechos de propiedad, el espíritu emprendedor y la libertad, tiene aliados naturales entre las diferentes escuelas de pensamiento económico. Por ejemplo, el enfoque de los derechos de propiedad desarrollados por Coase y Alchian es muy similar a las posiciones de los austriacos. ¿Cree usted que los escritos de Mises ejercieron alguna influencia en el énfasis en los derechos de propiedad y soluciones de mercado en las otras escuelas? ¿Hay algún vínculo visible entre Mises y algunas de estas personas?

Hoppe: Ignoro cualquier vínculo intelectual entre Mises y la Escuela de Chicago moderna, tanto económico como legal. Tampoco existe ninguna relación entre el pensamiento de Mises y las ideas de Coase y su sucesor, Richard Posner. Por otra parte, Hayek fue uno de los profesores de Coase en la Escuela de Economía de Londres.

La semejanza entre la visión austriaca y la visión de Chicago acerca de la economía y el derecho no es más que superficial. De hecho, estas dos tradiciones intelectuales son esencialmente opuestas entre sí. Es un error común, pero muy grave, pensar que la Escuela de Chicago es una defensora de los derechos de propiedad. De hecho, Coase y sus seguidores son los enemigos más peligrosos de los derechos de propiedad. Sé que esto puede sonar increíble para algunas personas. Así que permítanme explicar esta posición, usando uno de los ejemplos que ofrece Coase en su famoso artículo sobre “Costo Social”.

Un ferrocarril pasa junto a una granja. El tren motor emite chispas y las chispas dañan las cosechas de los agricultores. ¿Qué se debe hacer? Desde el punto de vista austriaco (y también clásico, y también de sentido común), lo que se debe establecer es quién estaba allí en primer lugar: ¿el agricultor o el ferrocarril? Si era el agricultor, entonces podría obligar al ferrocarril a suspender sus actividades (a través de una orden de cesión), o dejar que emitan chispas y entonces exigir compensación. Si el ferrocarril fue el que se asentó allí en primer lugar, entonces podría continuar emitiendo chispas, y el agricultor tendría que pagar al ferrocarril si quisiera estar libre de chispas.

Pero la respuesta de Coase y Posner es totalmente diferente. Según ellos, es un error pensar en el agricultor y el ferrocarril en términos de “correcto” o “incorrecto”, “agresor” y “víctima”. Permítanme citar el inicio del famoso artículo de Coase:

El problema se suele considerar como: “A causa daño a B”, y la decisión a tomar es “¿Cómo debemos restringir a A? “. Pero esto está mal enfocado. Se trata de un problema de carácter recíproco. Evitar el daño a B sería infligir daño a A. La verdadera cuestión que debe decidirse es: ¿debe permitirse que A dañe a B o sería B quien debería tener permiso para hacer daño a A? El problema es cómo evitar el daño más grave.

En otras palabras, el problema es el de maximizar el valor de la producción o “riqueza”. Según Posner, cualquier cosa que aumente la riqueza social es justa y cualquier cosa que no la aumente es injusta. La tarea de los tribunales, por lo tanto, sería la de determinar los derechos de propiedad (y responsabilidad legal) a los denunciantes para que la “riqueza” sea máxima.

Para el ejemplo anterior considerado, esto significa que, si el costo de evitar las chispas es menor que la pérdida de la cosecha, el tribunal debe proteger al agricultor y responsabilizar al ferrocarril. Por otro lado, si el costo de evitar las chispas es mayor que la pérdida de la cosecha, entonces el tribunal debe estar de lado con el ferrocarril y declarar al agricultor responsable. Posner ofrece otro ejemplo. Una fábrica emite humo y, por lo tanto, disminuye el valor de las propiedades en los barrios residenciales. Si el valor de propiedad de las casas cae 3 millones de dólares y el costo de reubicación de la fábrica es de 2 millones de dólares, la planta debe ser condenada y obligada a reubicarse. Sin embargo, si los números se invierten -el valor de la propiedad cae 2 millones y los gastos de traslado son de 3 millones- la fábrica que emite humo puede continuar allí.

Más importante aún, todo esto también significa que los derechos de propiedad (y responsabilidades civiles) ya no son estables, constantes y fijos; se han convertido en variables. Los tribunales designarían derechos de propiedad de acuerdo con los datos variables de mercado. Si los datos cambian, los tribunales pueden re-ordenar estos derechos. Es decir, las diferentes circunstancias conducen a una redistribución de los títulos de propiedad. En este escenario, nadie estaría jamás seguro de su propiedad. La inseguridad jurídica se convertiría en permanente.

Eso no parece justo ni eficiente. Además, ¿quién en su sano juicio usaría un tribunal que ha anunciado que, con el tiempo, puede reasignar los títulos de propiedad existentes en función de las condiciones variables del mercado? Esta forma de asignación de los derechos de propiedad ciertamente no conduce a la maximización de la riqueza en el largo plazo.

P: ¿Qué piensa usted sobre el papel del Estado en la sociedad? ¿El Estado es una necesidad práctica o es un mal necesario? ¿Cómo describiría la transición de un modelo estatista hacía una sociedad clásica liberal?

Hoppe: Antes es necesario definir rápidamente qué es el Estado. Puedo adoptar lo que podría llamarse la definición estándar: un estado es una agencia que tiene el monopolio de la toma última de decisiones jurídicas en todos los casos de conflicto, incluidos los conflictos relacionados con el Estado mismo. Por lo tanto, también tiene el derecho a gravar impuestos sin enfrentar resistencia.

En microeconomía aprendimos que los monopolios son malos desde el punto de vista de los consumidores. Monopolio, en su sentido clásico, se entiende que es un privilegio exclusivo concedido a un solo productor de un bien o servicio -es decir, es una prohibición de la libre entrada de la competencia en una determinada línea de producción. En otras palabras, sólo una agencia, A, puede producir un determinado bien, X. Todo monopolio de este tipo es malo para los consumidores, ya que, por el hecho de estar protegido contra la entrada de competidores potenciales en su área de producción, el precio del producto X del monopolista será mayor y la calidad de X será menor de lo que sería en un entorno competitivo.

¿Por qué este razonamiento debería ser diferente cuando se aplica al monopolio estatal de la jurisdicción obligatoria de su territorio? El estado tiene el monopolio de los servicios jurídicos y policiales. ¿Por qué esta ley económica no se aplicaría a él? Dado que el estado es un monopolio clásico, se espera que el precio de sus servicios (cuya aceptación es obligatoria) sean más altos y de menor calidad que lo serían en un entorno competitivo. Para empeorar las cosas, ya que el Estado es el juez incluso de los conflictos en el que él mismo está implicado, se espera que el Estado tenga un interés en provocar conflictos para que él “resuelva” de acuerdo a sus propios intereses. Esto no es justicia (un bien), sino que es injusticia (un mal).

Así que para responder a su pregunta: ¡No! Creo que el estado es un mal innecesario. En un orden natural, con una variedad de agencias de seguros y de intermediación, el precio de los servicios de justicia caería y la calidad de estos servicios aumentaría. Mi libro Democracia, el dios que falló y mi artículo La producción privada de servicios de seguridad explican en detalle cómo las sociedades sin Estado -sociedades autónomas, dirigidas por si mismas- funcionarían y generarían una prosperidad sin precedentes.

Ahora, sobre los objetivos para la transición a la libertad, la respuesta es la misma para cualquier país, ya sea Turquía o Alemania, Francia o China, Colombia o Brasil. La democracia no es la solución -como tampoco fue la solución para los países del antiguo imperio soviético. Ni la centralización -como ocurre en la Unión Europea- sería la respuesta.

Al contrario, la mayor esperanza de la libertad se produce justamente en los países pequeños: Mónaco, Andorra, Liechtenstein, e incluso Suiza, Hong Kong, Singapur, Bermuda, etc. Quien valora la libertad debería animar y hacer todo por la aparición de decenas de miles de estas pequeñas entidades independientes. ¿Por qué no una Estambul libre e independiente que mantenga relaciones cordiales con el gobierno central de Turquía, pero que no tenga que pagar impuestos ni recibir transferencias, y que no reconozca las leyes impuestas por el gobierno central, ya que tiene sus propias?

Al igual que sus predecesores clásicos, los nuevos liberales no buscan la toma del gobierno. Ellos lo ignoran y quieren que el gobierno les deje en paz. Por otra parte, quieren separarse de su jurisdicción a fin de organizar su propia protección. A diferencia de sus predecesores, que sólo trataron de sustituir un gobierno grande por uno pequeño, los nuevos liberales toman la lógica de la secesión a su extremo. Ofrecen secesión ilimitada, es decir, la proliferación sin restricción de territorios libres e independientes, hasta que el alcance de la jurisdicción del Estado se desvanezca. Para este fin -y en contraste con los proyectos estatistas como “Integración Europea”, ALCA, NAFTA, “Nuevo Orden Mundial”-, ellos promueven una visión de un mundo con decenas de miles de países, regiones y cantones libres, de cientos de miles de ciudades libres. O, para ser aún más libres, distritos y barrios completamente autónomos y económicamente integrados a través del libre comercio. Como se explicará más adelante, cuanto menor es el territorio, mayor es la presión económica para aceptar el libre comercio. Y cuanto menores son las unidades políticas, mayores serán las posibilidades de adoptar un patrón monetario basado en una materia prima, muy probablemente el oro.

Los defensores de un estado fuerte y centralizado alegan que tal proliferación de unidades políticas independientes conduciría a la desintegración económica y empobrecimiento. Sin embargo, no sólo la evidencia empírica contradice esta afirmación -todos los pequeños países antes mencionados son más ricos que sus vecinos-, así como un análisis teórico muestra que esta afirmación es un mito más estatista.

Los gobiernos tienen varios pequeños competidores geográficamente cercanos. Si un gobierno pasa a tributar y regular más que sus competidores, la población emigrará, y el país sufrirá una fuga de capitales y de mano de obra. El gobierno se quedará sin recursos y se verá obligado a revocar sus políticas confiscatorias. Cuanto más pequeño sea un país, mayor será la presión sobre él para adoptar un auténtico comercio libre y mayor la oposición a las medidas proteccionistas. Cualquier interferencia gubernamental sobre el comercio exterior conduce a un empobrecimiento relativo, tanto en el país como en el exterior. Sin embargo, cuanto menor es un territorio y su mercado interno, más dramático sería este efecto. Si los EE.UU. adoptasen un proteccionismo más fuerte, el nivel de vida medio de los estadounidenses caería, aunque nadie moriría de hambre. Si un pueblo pequeño, como Mónaco, hiciese lo mismo, habría un hambre generalizada casi inmediata.

Imagine una casa de familia como la unidad más pequeña concebible secesionista. Al practicar un comercio libre sin restricciones, incluso el más pequeño de los territorios podría integrarse plenamente en el mercado mundial y disfrutar de todas las ventajas de la división del trabajo. De hecho, sus propietarios pueden convertirse en los más rico de la tierra. Por otro lado, si la misma familia decide abstenerse de todo comercio inter-regional, el resultado sería la pobreza extrema o incluso la muerte. Por lo tanto, cuanto menor sea el territorio y su mercado interno, más probable es su adhesión al libre mercado.

Por último, sólo voy a mencionar, pero sin entrar en detalles explicativos por falta de espacio, que la secesión también promovería la integración monetaria y conduciría a la sustitución del actual sistema monetario basado en monedas fiduciarias nacionales -fluctuantes entre sí y que se devalúan todos los días- por un patrón monetario basado en un producto totalmente fuera del control de los gobiernos. En resumen, el mundo estaría formado por pequeños gobiernos liberales y estaría económicamente integrad a través del libre mercado y por una moneda internacional de materias primas como el oro. Sería un mundo de prosperidad, crecimiento económico y avances culturales sin precedentes.

P: ¿Qué tienes que decir sobre el pensamiento libertario en los países en desarrollo? ¿Pueden adoptar una economía de mercado más libre? El sentido común es que cuanto más pobre es un país, mayor es la necesidad de un gobierno fuerte y proveedor. ¿Es usted optimista sobre el futuro de estos países con respecto a los valores clásico-liberales?

Hoppe: La humanidad se ha dotado de esta espléndida facultad como es la razón. Por lo tanto, siempre se puede esperar que la verdad se impondrá al final. Ahora, si es posible ser optimista acerca de un determinado país, dependerá enteramente de la siguiente pregunta: ¿cuántos miembros (en proporción) de la elite intelectual de este país tienen un buen conocimiento acerca de los fundamentos económicos? Una de las tareas centrales de un instituto que promueve ideas económicas es producir y multiplicar el número de estas personas, y así crear motivos para el optimismo.

Lo que un país “en desarrollo” tiene que entender es lo siguiente: hay razones por los que algunos países son ricos y otros son pobres -y esas razones tienen poco que ver con la “explotación” de los pobres por los ricos (aunque tal cosa, sin duda, también ocurre). Sólo hay un camino a la prosperidad general: la división del trabajo, el ahorro y la inversión. Los países ricos son ricos porque, a través de sus ahorros y sus inversiones -ambos posibles gracias a la división del trabajo-, han acumulado una gran cantidad de bienes de capital per cápita. Los países pobres son pobres porque han acumulado poco capital. ¿Por qué hay una gran cantidad de ahorro, inversión y capital acumulado en algunos países y poco o nada en los demás? Debido a que en algunos países hay, o hubo en el pasado, un grado relativamente elevado de protección y garantías a la propiedad privada, mientras que en otros países, la propiedad privada está o ha estado bajo constantes ataques, ya sea a través de impuestos, regulaciones o confiscaciones directas. Donde la propiedad privada no esté protegida, habrá pocos ahorros e inversiones.

Además, es esencial que un país “en desarrollo” entienda que una moneda fuerte y un sistema monetario sólido son también una característica esencial de seguridad. Los países con un historial de alta inflación no atraen inversiones y no permiten la formación de riqueza. Por tanto, es de suma importancia entender la siguiente ley: un aumento en la cantidad del papel moneda creado por el gobierno no puede -nunca, jamás- aumentar la riqueza social. Eso es una imposibilidad física. Después de todo, la impresión de dinero sólo significa aumentar el número de hojas de papel impreso en la sociedad. Esta medida no crea un bien de capital o de consumo individual. Esta medida no aumenta el nivel de vida en su conjunto. Si fuera así de fácil, si más papel moneda pudiese producir más riqueza, simplemente ya no habría ni una persona pobre en todo el mundo.

Lo único que puede hacer la inflación -y de hecho lo hace- es una redistribución sistemática de la riqueza social ya existente, redistribución que se produce a favor del gobierno (que es el productor de dinero) y sus clientes más inmediatos (estatistas, funcionarios públicos y empresarios con buenas conexiones políticas), y a costa de los que reciben este dinero en último lugar -y que, al recibirlo, ya están con su poder de compra reducido, pues los precios de los bienes y servicios de la economía ya han aumentado como resultado de esta inflación monetaria. La inflación monetaria es el equivalente al robo y a la confiscación de los ingresos, y los gobiernos de estos países “en desarrollo” tienen fama de ser los peores agresores de la seguridad monetaria de ciudadanos e inversores.

Mi consejo a los países subdesarrollados: adquieran la reputación de ser un lugar que respeta la propiedad privada, un lugar donde se garantiza que la propiedad, incluyendo el dinero, está a salvo (piense en Suiza, por ejemplo). Así habrá una oportunidad de prosperar. De lo contrario, no hay nada que hacer.

La esperanza de la libertad se encuentra en la secesión. Entrevista a Hans-Hermann Hoppe concedida a la Association for Liberal Thinking, de Turquía. Traducción al español vía Enemigos del Estado. El artículo original está aquí.

Posted in Blog | Leave a comment

Una Sociedad de Leyes Estatales o Privadas?

¿Una sociedad de leyes estatales o privadas?
Por Hans-Hermann Hoppe
Tomado de Mises Hispano

Sólo en su isla, Robinson Crusoe puede hacer lo que se le antoje. Para él, la pregunta relativa a las reglas que conforman la conducta humana -la cooperación social- carece de sentido. Esta pregunta sólo puede surgir si aparece en escena otro ser humano, Viernes. Y sin embargo, incluso en este caso esta pregunta resulta del todo irrelevante siempre y cuando no exista escasez. Supongamos que la isla es el Jardín del Edén. Aquí todos los bienes externos se dan en superabundancia. Se trata de “bienes gratuitos,” tal y como también lo es el aire que respiramos. Sea lo que sea que Crusoe haga con estos bienes, sus acciones carecen de toda repercusión-con respecto a su futuro o presente suministro, tanto para Viernes como para él mismo (y vice versa). De ahí que sea del todo imposible que surja el conflicto entre Crusoe y Viernes en relación al uso de estas cosas. El conflicto sólo se hace posible cuando los bienes comienzan a escasear; y sólo entonces es que se hace necesario establecer reglas que garanticen el orden y permitan la cooperación en una sociedad exenta de problemas.

En el Jardín del Edén sólo existen dos tipos de bienes escasos: el cuerpo físico de la persona y el lugar en el que éste se halla. Crusoe y Viernes sólo disponen de un cuerpo y sólo pueden ocupar un espacio en cada momento. Es así que, incluso en el Jardín del Edén, puede surgir el conflicto entre Crusoe y Viernes: estos nunca podrán ocupar el mismo lugar al mismo tiempo sin entrar en conflicto mutuo. Es así que incluso en el Jardín del Edén deben existir normas sobre el orden social-reglas que determinen la posición y movimiento legítimo de los cuerpos. Fuera del Jardín del Edén, en el reino de la escasez perpetua, deben existir reglas que regulen, no sólo el uso del propio cuerpo, sino de todo lo demás que se considere escaso, de tal forma que se puedan evitar todos los conflictos posibles. Este es el problema del orden social.

La solución: la idea de propiedad privada
En la historia del pensamiento social y político, se han ofrecido miles de propuestas como solución a este problema del orden social, y esta multitud de propuestas mutuamente incompatibles ha contribuido a esparcir la creencia de que es del todo fútil e ilusorio el tratar de dar una respuesta “correcta” y única a este problema. Y sin embargo existe una respuesta correcta. No existe razón alguna para sucumbir al relativismo moral. En efecto, la solución al problema del orden social ha sido conocida durante cientos de años. Esta solución reside en la idea de propiedad privada.

Permítaseme formular primero la solución para el caso especial representado por el Jardín del Edén y luego para el caso general representado por el mundo real donde la escasez es constante.

En el Jardín del Edén, la solución viene dada por una regla simple que estipula que todo el mundo pueda moverse por donde quiera siempre que no exista ya alguien allí ocupando esa posición.

Fuera del Jardín del Edén, en el reino de la escasez constante, la solución viene dada por cuatro normas que se encuentran lógicamente relacionadas:

1. Cada persona es dueña (en exclusiva) de su propio cuerpo. En efecto, ¿quién sino Crusoe mismo debería de ser dueño de su propio cuerpo?¿Viernes? ¿O Crusoe y Viernes de forma conjunta? Sin embargo, esto no ayudaría a solucionarel conflicto. En su lugar, esta solución creará conflictos que se harán permanentes.

2. Cada cual es propietario de todos los bienes dados por la naturaleza que éste haya percibido como escasos y puesto a uso por medio de su cuerpo antes que nadie. De nuevo, ¿quién sino el primer usuario debería ser el dueño? ¿El segundo usuario? ¿O el primero y segundo usuario de forma conjunta? Sin embargo, tales resultados serían contrarios al propósito mismo de establecer normas: ayudar a evitar el conflicto en lugar de crearlo.

3. Toda persona que sea capaz de crear nuevos bienes con la ayuda de su cuerpo y sus bienes apropiados de forma originaria será así mismo dueño de los mismos, con la condición de que en ese proceso de producción no haya dañado los bienes de cualquier otra persona.

4. Una vez que un bien ha sido apropiado o producido su titularidad sólo podrá adquirirse a través de intercambios y contratos voluntarios, de los primeros dueños a los segundos.

Aquí puedo ahorrarme la tarea de proveer una justificación ética, así como económica, más detallada de estas normas. Esto ya lo he hecho en otro lugar. Sin embargo, resulta conveniente decir unas pocas cosas al respecto.

De forma contraria a eso que frecuentemente se escucha de que las instituciones privadas sólo son una convención, debe decirse de forma categórica que: una convención sirve a propósitos para los cuales existen otras alternativas. El alfabeto latino, por ejemplo, sirve al propósito de la comunicación escrita y existen casos alternativos para la misma, como el alfabeto cirílico. Esta es la razón de que nos refiramos a éste como una convención.

¿Cuál es el objetivo, sin embargo, de las normas de acción? Si no existiera ningún tipo de conflicto interpersonal-es decir: si, debido a la armonía preestablecida de todos los intereses, no surgiera situación alguna en la que dos o más personas quisieran usar el mismo bien de forma incompatible- no habría necesidad de normas. El propósito de las normas reside en el hecho de ayudar a evitar conflictos que de otra forma serían inevitables. Una norma que genere conflicto en lugar de ayudar a evitarlo es contraria al propósito mismo de la norma. Se trata de una perversión o norma disfuncional.

Con respecto al propósito de evitar el conflicto, sin embargo, la institución de la propiedad privada no constituye sólo una convención, pues no existe alternativa alguna a la misma. Sólo la propiedad privada (exclusiva) hace posible que todos los conflicto que de otro modo serían inevitables puedan ser evitados. Y sólo el principio relativo a la adquisición de propiedad por medio de la apropiación originaria, tarea que realizan individuos concretos en tiempos y lugares específicos, hace posible el evitar el conflicto desde los orígenes de la humanidad hasta nuestros días, pues sólo la primeraapropiación de algo que no haya sido reclamado previamente por nadie se haya libre de conflicto-simplemente, porque-por definición-nunca antes nadie tuvo relación alguna con la tal cosa.

La implantación del orden social y protección de la propiedad privada: el Estado
Aunque este conocimiento es importante-que la institución de la propiedad privada, que en última instancia se fundamenta en actos de apropiación originaria, carece de alternativas debido al deseo de evitar el conflicto (la paz)-no resulta por sí suficiente para establecer el orden social. Pues incluso si todo el mundo supiera cómo evitar el conflicto, resulta del todo posible que la gente prefiera simplemente no evitarlo si esperan beneficiarse del mismo.

De hecho, en la medida en que la humanidad siga siendo como es, siempre habrá asesinatos, robos, ladrones, gánsteres y timadores, i.e., gente que no actúa de acuerdo con los principios y reglas antes mencionados. De ahí que el orden social, si es que debe ser mantenido con éxito, requiere de instituciones y mecanismos diseñados para mantener a tales individuos a raya. ¿Cómo se ha de desarrollar esta tarea y por quién?

La típica respuesta que se da frente a esta pregunta consiste en decir que esta tarea, i.e., la aplicación de la ley y el orden, constituye la tarea principal-en verdad la razón última-del Estado. De forma particular, esta es la respuesta que también han ofrecido los liberales clásicos tal y como hizo mi maestro intelectual, Ludwig von Mises. El hecho de que esta sea o no la respuesta correcta depende de cómo se defina al “Estado.”

El Estado, de acuerdo con la definición estándar, no constituye una firma especializada normal. En su lugar, éste se define como una agencia caracterizada por dos rasgos únicos conectados de forma lógica. Primero, el Estado es una agencia que ejerce un monopolio territorial de la toma de decisiones. Es decir, el Estado representa el árbitro último en todo caso de conflicto, incluyendo conflictos que envuelvan al Estado mismo. Éste no permite proceso de apelación alguno a otras instancias más allá de sí mismo. Segundo, el Estado es una agencia que lleva a cabo un monopolio territorial sobre los impuestos. Es decir, se trata de una agencia que de forma unilateral fija los precios que los ciudadanos tienen que pagar por los servicios que provee el Estado como garante y juez último de la ley y el orden.

Los errores fundamentales del “estatismo”
Por más popular que sea el punto de vista relativo a la necesidad de la institución del Estado como garante de la ley y el orden, éste se halla en clara contradicción con los principios morales, legales y económicos más elementales.

En primer lugar, existen dos proposiciones universalmente aceptadas por todos los filósofos y economistas:

1. Todo “monopolio” es “malo” desde el punto de vista de los consumidores. El monopolio es aquí entendido en el sentido clásico del término como un privilegioexclusivo otorgado a un único productor de un bien o servicio, o como ausencia de “libre entrada” a una línea particular de la producción. Sólo una agencia A puede producir un bien o servicio dado X. Tal monopolio es “malo” para los consumidores, pues al prevenirse la entrada potencial de nuevos participantes en un área de la producción, el precio del producto subirá y su calidad será menor de la que hubiese tenido de otro modo en libre competición.

2. La producción de la ley y el orden, i.e., de la seguridad, representa la función primaria del Estado (tal y como se le ha definido). Seguridad se entiende aquí en el sentido amplio del término adoptado en la Declaración de Independencia Americana: como protección de la vida, la propiedad privada y la búsqueda de la felicidad frente a la violencia (crimen) y la agresión extranjera (guerra).

Ambas proposiciones son aparentemente incompatibles entre sí. Sin embargo, esto no ha causado prácticamente preocupación alguna entre filósofos y economistas, y en la medida en que lo haya hecho, la reacción típica ha sido la de hacer la vista gorda frente a la primera proposición y no con la segunda. Y a pesar de ello, existen razones teóricas de primer orden (y montañas de evidencia empírica) para pensar que en verdad la segunda proposición representa un error.

En tanto que monopolio territorial de toma última de decisiones y el dictado de la ley, el Estado no sólo representa un monopolio como los demás, tal y como lo pueda ser un monopolio de la leche o los coches que produzcan leche o fabriquen coches de calidad comparativamente inferior y precios más altos. En contraste con el resto de monopolios, el Estado no sólo produce bienes de menor calidad, sino que produce “malas” cargas. De hecho, éste debe producir primero las malas cargas (como los impuestos) antes de poder producir nada que pueda ser considerado como un bien (de menor calidad).

Si una agencia se constituye como juez de todo caso o conflicto, se sigue que la tal agencia también será juez en esos conflictos donde ella misma se vea afectada. De manera consecuente, en lugar de prevenir y resolver meramente el conflicto, un monopolio de la toma de decisiones también causará y provocará conflictos de manera que estos favorezcan sus propios intereses. Es decir, si uno sólo puede apelar al Estado para que se haga justicia, la justicia será pervertida a favor del Estado pese a las cortes supremas y la constitución.

Estas constituciones y cortes son constituciones y cortes estatales, y sean cuales sean las limitaciones que puedan imponer sobre el Estado, éstas son decididas por agentes que siempre pertenecen a la institución bajo escrutinio. De forma predecible, la definición de propiedad privada y protección será continuamente alterada y se expandirá el alcance jurisdiccional a favor del estado mismo. La idea de algún tipo de ley eterna e inmutable “dada” que tiene que ser descubierta desaparecerá para ser sustituida por la idea de ley como legislación-tan arbitraria como la ley de estado.

Más aún, en tanto que juez último el Estado también representa un monopolio sobre los impuestos, i.e., éste pude determinar de forma unilateral y sin el consentimiento de todo el mundo afectado el precio a pagar por los servicios (subvertidos) legales que provee el Estado. Sin embargo, una agencia encargada de la protección de la vida y la propiedad privada con cargo a los impuestos representa una contradicción en los términos: un protector expropiador. Motivado, tal y como el resto del mundo, por el interés propio y la utilidad de su trabajo, pero equipado con el poder único de cobrar impuestos, los agentes del Estado siempre se esforzarán para maximizar los gastos destinados a la protección-y prácticamente todo lo que se pueda concebir que una nación pueda producir puede ser consumido por los costes de protección-yminimizar al mismo tiempo la producción real de protección. Cuando más dinero se pueda gastar y menos haya que trabajar por ello, tanto mejor para uno.

El error doble: el Estado democrático
Aparte de los errores fundamentales del estatismo, generalmente existen errores adicionales relacionados con el caso especial de estado democrático. Un tratamiento detallado de este tema ha sido proporcionado en otro lugar, si bien se aconseja una breve mención al mismo.

La forma de Estado tradicional pre-moderna viene dada por la monarquía (absoluta). Sin embargo, la monarquía tenía sus fallos, también presentes de forma particular en los liberales, por ser incompatible con el principio básico de “equidad frente a la ley.” En su lugar, la monarquía descansaba en los privilegios personales. De esta forma, los críticos de la monarquía argumentaban que el orden monárquico debería ser sustituido por uno democrático. Al abrir la participación y entrada a todo el mundo al gobierno de estado, y no sólo a la clase hereditaria de nobles, se pensó que el principio de equidad frente a la ley se vería satisfecho.

Sin embargo, esta equidad democrática ante la ley es algo enteramente diferente, e incompatible, con la idea de una ley universal, aplicable por igual a todo el mundo, todo lugar y tiempo. De hecho, la escisión originaria puesta en tela de juicio y la inequidad de un sistema de ley de alto rango para los reyes y otra para los sujetos subordinados se sigue preservando bajo gobierno democrático en la separación de ley “pública” versus “privada” y la superioridad de la primera frente a la última.

Bajo la democracia, todo el mundo es igual en la medida en que la entrada al gobierno está abierta a todo el mundo en igualdad de condiciones. Todo el mundo puede convertirse en rey, por así decir, no sólo la gente privilegiada. De esta forma, en una democracia no existen los privilegios personales ni las personas privilegiadas. Sin embargo, los privilegios funcionales y las funciones privilegiadas existen. Los responsables públicos, siempre y cuando estos actúen en su capacidad profesional, están protegidos y gobernados por el derecho público y ocupan, por lo tanto, una posición de privilegio con respecto a esos que actúan bajo la mera autoridad del derecho privado.

En particular, a los responsables públicos se les permite financiar o subsidiar sus propias actividades a través de los impuestos. Es decir, ellos no adquieren sus ingresos, tal y como hace todo el mundo sujeto a la ley privada, a través de la producción y subsiguiente venta de productos y servicios a clientes que puedan o no comprar. En su lugar, en tanto que responsables públicos, a estos se les permite dedicarse a, y vivir de, lo que en el terreno de la ley privada se considera “robo” y “artículos robados.” De esta manera, no desaparecerán los privilegios y la discriminación legal-así como la distinción entre gobernantes y gobernados-bajo gobierno democrático. Todo lo contrario. En lugar de quedar restringidos a príncipes y nobles, bajo la democracia, los privilegios estarán disponibles para todo el mundo: todos podrán dedicarse al robo y vivir de productos robados si se hacen responsables públicos.

De forma predecible, pues, bajo condiciones democrática, la tendencia de cada monopolio relativo a la toma de decisiones a subir el precio de la justicia y bajar su calidad, y de sustituir la justicia por la injusticia, no se reduce sino que se aumenta. En tanto que monopolista hereditario, un rey o príncipe ve a la gente y tierras bajo su jurisdicción como posesiones personales y se dedica a la explotación monopolística de su “propiedad.”

Bajo la democracia, el monopolio y explotación monopolísticas no desaparecen. Por el contrario, lo que sucede con la democracia es esto: en lugar de que sea un príncipe o noble el que vea su país como su propiedad privada, se pone a un encargado temporal e intercambiable a la cabeza monopolístico del país. El encargado no es dueño del país, pero en la medida en que éste se mantenga en su puesto se le permitirá usarlo a favor suya y de sus protegidos. Éste es dueño de su uso presente-usufructo-pero no de su capital social. Esto no elimina la explotación. Por el contrario, ello hace que la explotación se dé de forma menos calculada y sin tener prácticamente en cuenta su capital social. La explotación se vuelve corta de miras y el consumo de capital será promovido de forma sistemática.

La solución: una sociedad de ley privada en lugar del Estado
Si está demostrado que el Estado, y especialmente el estado democrático, es del todo incapaz de crear y mantener el orden social; si, en lugar de ayudar a evitar el conflicto, el Estado es la fuente de todo conflicto permanente; y si, en lugar de garantizar la seguridad legal y confianza, el Estado en si genera de forma continua inseguridad y desconfianza a través de su legislación y el reemplazo de leyes inmutables por antojos “flexibles” y “arbitrarios,” entonces, de manera ineludible, surge la pregunta sobre la correcta solución-no estatista, sin lugar a dudas-al problema del orden social.

La solución es una sociedad de ley privada, i.e., una sociedad en la que cada individuo e institución se rija por el mismo conjunto de leyes y normas. En esta sociedad no existe ningún tipo de ley pública (ni propiedad pública) que otorgue privilegios específicos a individuo alguno y sus funciones. Aquí no se permite que nadie se apropie de nada que no haya sido adquirido a través de la apropiación originaria, la producción o el intercambio voluntario, y nadie posee el privilegio de cobrar impuestos o expropiar nada. Más aún, en una sociedad de leyes privadas no se permite que se prohíba a cualquiera usar su propiedad privada en la línea de producción que cada cual considere oportuna y que se compita contra quien se quiera.

De forma específica y relativa al problema entre manos: en una sociedad de ley privada la producción de seguridad-de la ley y el orden-será llevada a cabo por individuos financiados de manera privada y agencias que compitan por la clientela que pague (o no pague) de forma voluntaria, tal y como pasa con el resto de bienes y servicios.

Sería del todo presuntuoso predecir la el contorno y forma precisa de una industria de seguridad emergente en el seno de una sociedad de ley privada. Sin embargo, no se hace difícil de predecir unos pocos cambios que distinguirían de forma fundamental-y favorable-a la industria presente de seguridad y la ya conocida producción estatista de (in)justicia y (des)orden, de otra competitiva.

Primero, mientras que en una sociedad compleja basada en la división del trabajo y la defensa propia sólo jugará un papel secundario (por razones que quedan todavía por explicar), debería enfatizarse desde el principio que en una sociedad del ley privada el derecho a defenderse por uno mismo frente a la agresión contra la persona o su propiedad es algo que no se discute. En distintivo contraste con la práctica estatista presente que deja a la gente cada vez más desarmada frente a la agresión, en una sociedad de ley privada no habrá restricción alguna sobre la posesión de armas de fuego y otros tipos. El derecho básico que tiene todo el mundo de defenderse para proteger su vida y propiedad privada contra la invasión será sacrosanto, y tal y como ya sabemos por el No tan Salvaje Oeste, así como por recientes investigaciones empíricas relativas a la relación entre la frecuencia dada entre la posesión de armas y los índices de criminalidad, tener más armas implica padecer menos crímenes.

Tal y como pasa en la compleja economía de hoy día donde nadie se fabrica sus propios zapatos, trajes y teléfonos, sino que participa en las ventajas de la división del trabajo, también cabe esperar que se haga lo mismo con la producción de seguridad, especialmente, cuanto más rica sea una sociedad y el individuo en su conjunto. De esta manera, la mayoría de servicios de seguridad serán provistos sin lugar a dudas por agencias especializadas que compitan por una clientela voluntaria que esté dispuesta a pagar: por las distintas agencias mediadoras, de seguros y policía privada.

Si uno quisiera resumir en una palabra las ventajas y diferencias decisivas relativas a una industria competitiva de seguridad, en comparación con la práctica estatista presente, sería esta: contrato. El Estado, en tanto que juez último de la toma de decisiones, opera desde un vacio contractual legal. No existe contrato alguno entre el Estado y sus ciudadanos. Lo que cada cual debe a quién, no se fija de forma contractual, o lo que, de forma acorde, se debe proteger. No se fija que tipos de servicio debe de proveer el Estado, qué debe pasar si el éste no cumple con su obligación, ni qué precio debe el “cliente” pagar por esos servicios.

En su lugar, el Estado fija de forma unilateral las reglas de juego y puede cambiarlas, por medio de la legislación, durante el juego mismo. No cabe duda de que tal comportamiento es inconcebible para una empresa de seguridad privada. Sólo imaginar a una agencia privada de seguridad, tanto si se trata de la policía, las aseguradores o agencias de mediación, que tratara de presentar su oferta de servicios de la siguiente manera:

No hay nada que yo pueda garantizar por contrato. No le diré de forma específica qué tipo de cosas de entre todas sus pertenencias yo consideraré dignas de protección, ni le diré a lo que estoy obligado si, de acuerdo con su opinión, yo no cumpliera con el servicio que le doy-pero en cualquier caso, me reservo el derecho de determinar de forma unilateral el precio que usted debe pagarme por tal servicio indefinido.

Tal empresa de seguridad desaparecería inmediatamente del mercado debido a su falta total de clientes. Cada empresa de seguridad financiada de forma privada debe ofrecer en su lugar un contrato a sus futuros clientes. Y este contrato tiene que, para poder parecer aceptable frente al consumidor voluntario, contener descripciones claras sobre la propiedad a proteger así como definiciones precisas sobre el tipo de servicios y obligaciones mutuas. Más aún, cada partida contratante, en el tiempo que dure o hasta que finalice el contrato, habrá de comprometerse con las condiciones y términos del mismo; y todo cambio que se proponga en estas condiciones y términos requerirá del mutuo consentimiento de las partes implicadas.

De forma específica, para que estos parezcan aceptable a los compradores de seguridad, estos contratos deben contener provisiones sobre qué hacer en caso de conflicto o disputa entre el asegurador o protector y ese cliente al que protege o asegura. Y a este respecto sólo existe una solución que sea mutuamente satisfactoria: que las partes contratantes acepten de forma contractual la mediación de una tercera partida que disponga de la confianza de ambos.

Y en lo tocante a esta tercera partida, ésta también será financiada y se encontrará en libre competición con otras agencias mediadoras y de arbitraje. Sus clientes, i.e., los aseguradores y asegurados, esperarán de ella que salga con un veredicto que sea considerado justo y equitativo por ambas partes. Sólo las agencias mediadoras que sean capaces de formar tales juicios tendrán éxito en el mercado de la mediación. Los mediadores que sean incapaces de ello y no sean imparciales desparecerán del mercado.

A partir del avance que supone una sociedad de ley privada se siguen todos los demás.

Primero, la competición entre la policía, aseguradoras y mediadores por los clientes traerá consigo una tendencia a la baja continua de los precios de protección (por valor asegurado), haciendo de esta manera que los servicios de protección se vuelvan más económicos, mientras que bajo condiciones monopolísticas el precio de la protección seguirá subiendo de forma continua hasta que nadie se lo pueda permitir.

Además, tal y como ya se ha indicado, la protección y la seguridad son bienes y servicios que compiten con otros. Si se emplean más recursos para financiar la protección, se podrán emplear menos de los mismos en coches, vacaciones, comida, o bebida, por ejemplo. También pasa que los recursos destinados a la protección del grupo A (gente que vive a lo largo del Pacífico, por ejemplo), compiten con los recursos gastados en la protección del grupo B (gente que vive a lo largo de la costa atlántica).

El Estado, en tanto que productor monopolista que cobra impuestos, habrá de destinar con toda necesidad recursos de forma arbitraria. Aquí se dará una sobreproducción (o habrá un suministro insuficiente) de seguridad en comparación con otros bienes y servicios en competición, y se dará una sobreprotección de algunos individuos, grupos o regiones en conjunción con la protección insuficiente de otros.

En contraste, en un sistema de libre competencia entre las distintas agencias de seguridad toda arbitrariedad relativa a la designación de recursos desparecerá. La protección recibirá la importancia relativa que tenga a ojos del consumidor que pague las facturas, y ninguna persona, grupo o región recibirá protección a expensas de la otra. Cada persona recibirá protección de acuerdo con lo que se pague.

La ventaja principal de un sistema contractual privado relativo a la producción de seguridad y orden, sin embargo, es de naturaleza cualitativa.

Primero, se da la lucha contra el crimen. El Estado se hace notorio por su ineficacia en este respecto debido a que los responsables de gobierno encargados de esta tarea recibe sus ingresos de los impuestos, i.e., de forma independiente a su productividad. ¿Por qué debería uno trabajar más cuando se cobra igual por hacer nada?

De hecho, aquí puede esperarse que los responsables de gobierno tengan un interés en mantener unos índices de crimen relativamente altos, pues de esta manera pueden justificar la subida continua de sus ingresos. Peor aún, para los responsables de gobierno las víctimas de crimen y su indemnización y compensación juegan en el mejor de los casos un papel negligente. El Estado no indemniza las víctimas de crímenes. Por el contrario, la víctima así perjudicada es pisoteada de nuevo al obligarlas a que paguen, a través de los impuestos, por la estancia en prisión y “rehabilitación” del criminal (en caso de que se le capture).

La situación en una sociedad de ley privada sería totalmente diferente. Los proveedores de seguridad, las aseguradoras en particular, tendrán que indemnizar a sus clientes en caso de daño real (o de otro modo no encontrarán clientes), cosa esta que les obliga a actuar de forma eficaz. Estos deben de ser eficaces a la hora de prevenir el crimen, pues a menos que sean capaces de lograrlo, tendrán que pagar más. Además, incluso en el caso de que no se pueda prevenir el acto criminal, estos tendrán que ser eficaces a la hora de detectar y recuperar productos robados. En particular, estos deben de ser eficaces en la detección y captura del criminal, pues sólo si se aprehende al mismo se hará posible obligarle a compensar eso que se debe a la víctima y así reducir sus costes.

Además, una industria privada, contractual y competitiva de provisión de seguridad tiene un efecto apaciguador general. Los estados son agresivos por naturaleza, tal y como ya se ha explicado. Estos pueden causar o provocar conflictos para luego poder “resolverlos” a su favor.

O, para decirlo de otra forma, en tanto que monopolios de tomas de decisiones con cargo al erario público, los estados externalizan los costes asociados con la conducta agresiva en otros, i.e., el desamparado contribuyente, y de forma acorde, éste tenderá a ser más agresivo tanto de cara a su propia población como con los “extrangeros.”

En claro contraste, las aseguradoras privadas en competición siempre adoptan una posición de paz y de defensa por naturaleza. Por un lado, esto se debe al hecho de que iniciar la agresión sea costoso, y una compañía de seguros que desarrolle conductas agresivas requerirá primas de riesgo comparativamente más altas, lo que implica la pérdida de clientes a favor de una competencia menos agresiva.

Por otro lado, es imposible asegurarse contra todo “riesgo” posible. En su lugar, uno sólo puede asegurarse frente a los “accidentes,” i.e., riesgos frente a los cuales el asegurado carece de todo control y a los que no se contribuye. De esta manera, es posible asegurarse uno mismo contra el riesgo de muerte o fuego, por ejemplo, si bien es imposible asegurarse contra el riesgo de cometer suicidio mañana o prenderle uno fuego a la casa.

De manera similar, es imposible asegurarse contra el riesgo de quiebra, desempleo, o frente al hecho de que no nos gusten nuestros vecinos, pues en cada caso uno tiene control sobre el evento en cuestión. De manera más significativa, la no-asegurabilidad de la acción individual y sentimientos (por oposición a los accidentes) implica que también es imposible asegurarse contra el riego de daños derivado de haber uno iniciado la violencia contra alguien.

En su lugar, las compañías aseguradoras tienden más bien a restringir la acciones de sus clientes al objeto de excluir toda agresión o provocación por parte de los mismos. Es decir, todo seguro contra el desastre social, tal como el crimen, tiene que ser contingente para con el asegurado que debe someterse a normas específicas relativas a conductas no agresivas y civilizadas.

Además, debido a las mismas razones y preocupaciones financieras, las compañías de seguros tenderán a requerir que sus clientes se abstengan frente a toda forma de tomarse la justicia por su mano (a excepción, quizás, de que se den circunstancias especiales), pues este tipo de acciones, aunque estén justificadas, siempre causan incertidumbre y llaman a la intervención de terceras partidas. Por medio de obligar a sus clientes a que se sometan a procedimientos de divulgación regular cuando sea que se piense que estos han sido victimizados, se podrá evitar el costo asociado con este tipo de problemas.

Por último, merece la pena señalar que mientras que los estados, en tanto que agencias con cargo al erario público, pueden-y de hecho lo hacen-dedicarse a procesar a gran escala crímenes sin víctima tales como el uso “ilegal de drogas”, la prostitución, o el juego, este tipo de “crímenes” tenderán a preocupar poco o nada dentro de una sistema de agencias de protección financiadas voluntariamente. “La protección” frente a tales “crímenes” requiere el pago de unas primas más altas, pero como estos “crímenes”-a diferencia de los delitos de verdad cometidos contra la gente y la propiedad privada-no crean víctimas, muy poca gente estará dispuesta a gastarse el dinero en este tipo de “protección.”

Además: mientras los estados, tal y como se ha hecho notar, siempre están dispuestos a desarmar a sus ciudadanos y robarles así un medio esencial en el ejercicio de la autodefensa, las sociedades con leyes de tipo privado se caracterizan por un derecho absoluto frente a la defensa personal y, de esta manera, por la posesión privada a gran escala de armas de fuego. Sólo imaginar a un proveedor de seguridad que demandara de sus posibles clientes que estos primero se desarmaran como condición para poder defender la vida y propiedad de sus clientes. De forma correcta, la gente se lo tomaría a broma y rechazaría tal oferta.

Las compañías de seguros financiadas libremente que demandarán de sus clientes potenciales que entregaran todos sus medios de defensa como prerrequisito para la protección, levantaría inmediatamente las mayores sospechas sobre sus verdaderos motivos y ello las haría entrar rápidamente en bancarrota. Por su propio interés, las compañías de seguros premiarán al cliente armado, y en particular, a ese que pueda demostrar cierto nivel de destreza en el manejo de las armas, por medio de bajarle las primas y reflejar así el bajo riesgo que éste representa. En la misma medida que una compañía de seguros cobra menos a esos de sus clientes que disponen de una alarma o caja fuerte en el domicilio, un propietario de armas bien entrenado representa un riego menor a la hora de asegurar.

Por último y de manera más destacada, un sistema competitivo de agencias de seguridad tendrá un doble impacto en el desarrollo de la ley. Por un lado, éste permitirá una mayor variedad en cuanto a la ley. En lugar de imponer un conjunto dado patrones sobre todo el mundo (tal y como sucede bajo condiciones de estado), las agencias de protección podrían competir entre sí, no sólo mediante los precios, sino también por medio de la diversificación de la oferta. Por ejemplo, aquí podrían darse en un mismo plano, agencias de seguridad católicas o compañías de seguros que apliquen la ley canónica, agencias judías que apliquen la ley musaica, agencias musulmanas que apliquen la ley islámica, y agencias que apliquen una u otra variedad de la ley secular, todas ellas, financiadas con fondos privados. Aquí nadie tendrá que vivir con normas “de fuera.”

Por otro lado, el propio sistema de ley privada y producción del orden promoverá una tendencia hacia la unificación y armonización de la ley. La ley “doméstica”-católica, judía, romana, etc.-sólo se aplicaría a esas personas y posesiones de aquellos que así lo escogiesen. La ley canónica, por ejemplo, sólo se aplicaría a los católicos declarados y tratará de resolver en exclusividad los conflictos que se den entre católicos.

Sin embargo, también es posible, por supuesto, que un católico pueda entrar en conflicto con alguien que subscriba otro credo o ley, i.e., un musulmán. Si ambos códigos legales alcanzaran un resultado igual o similar, no se dará dificultad alguna. Sin embargo, si los códigos legales en competición llegaran a conclusiones distintas (tal y como lo harían al menos en algunos casos), surgirán los problemas.

En este caso, la ley “doméstica” (intragrupal) carecerá de uso total, si bien no hay duda de que cada asegurado deseará estar protegido también frente a las contingencias de este tipo de conflictos. En esta situación, no se puede esperar que la aseguradora y esos que se subscriben a su código legal decidan subordinar sus criterios a los de otra aseguradora y su ley. En su lugar, tal y como ya he explicado, en esta situación sólo existirá una forma creíble y aceptable que nos permita salir de este contratiempo: desde el principio, se tendrá que obligar contractualmente a toda aseguradora a que se someta al arbitrio de una tercera partida independiente. Esta partida no sólo será independiente, sino también de elección unánime para ambas partes.

Ésta tendrá que ser aceptada en conformidad con su habilidad percibida a la hora de buscar soluciones que sean del agrado de ambas partes (justas) en caso de que se dé algún tipo de desacuerdo intragrupal. Si una agencia mediadora fallara en esta tarea y llegara a conclusiones que fueran percibidas como “injustas” o “parciales” por cualquiera de las aseguradoras o sus clientes, con toda seguridad esta persona o agencia no será elegida de nuevo como mediadora en el futuro.

Como resultado derivado de la cooperación constante entre varias aseguradoras y agencias de mediación, pues, se pondrá en movimiento una tendencia encaminada a la unificación del derecho civil y la propiedad privada, y la armonización de las reglas del proceso, evidencia y resolución de conflictos. De esta manera, al adquirir la protección de un seguro, todas las aseguradoras y los asegurados pasan a formar parte de un sistema integral de resolución de conflictos y pacificación social. Todos los conflictos individuales y queja por daños, con independencia de quién la haya cometido y dónde, caerá bajo las competencias de una o varias agencias especializadas y será tratada, bien en base a la ley “doméstica” del asegurado, bien en función de provisiones “universales” o “internacionales” y procedimientos con los que todo el mundo esté de acuerdo de partida.

De ahí que, en lugar del conflicto permanente, la injusticia y la inseguridad legal-tal y como sucede bajo las actuales condiciones de estado-en una sociedad de ley privada, la paz, la justicia y la seguridad legal serán las notas dominantes.

A partir de una conferencia realizada en Brasil. Traducción de Jorge Antonio Soler Sanz.

Posted in Blog | Leave a comment

Falacias de la teoría de los bienes públicos y la producción de seguridad

Hans-Hermann Hoppe
Tomado de Mises Hispano

En 1849, cuando el liberalismo clásico era todavía la ideología predominante y los términos “economista” y “socialista” se consideraban (con razón) antónimos, Gustave de Molinari, prestigioso economista belga, escribió: “Si existe en economía política una verdad bien fundamentada, es ésta: En todos los casos, sean cuales fueren los bienes que satisfacen las necesidades materiales e inmateriales del consumidor, lo que más le conviene a este es que el trabajo y el comercio se desarrollen en libertad, porque esto tiene como consecuencia necesaria y permanente la máxima disminución del precio. Y ésta: Sea cual fuere el bien de que se trate, el interés del consumidor debe prevalecer siempre por sobre los intereses del productor. La observación de estos principios lleva a esta rigurosa conclusión: Que la producción de seguridad debe someterse a la ley de la libre competencia, en interés de los consumidores de este bien intangible. Por consiguiente: Ningún gobierno tiene el derecho de evitar que otro gobierno entre en competencia con él o de exigir a los consumidores de seguridad que acudan exclusivamente a él en procura de este bien”[1]. Y, con respecto a la totalidad de la argumentación, agrega: “Si esto no es lógico y verdadero, los principios sobre los cuales se basa la ciencia económica carecen de valide.”[2]

Aparentemente, sólo hay un modo de rehuir esta desagradable conclusión (así, por lo menos, la consideran todos los socialistas): sostener que existen determinados bienes a los cuales no se aplica este razonamiento general, por ciertas razones especiales. Y esto es lo que han decidido probar los denominados teóricos de los bienes públicos[3]. Sin embargo, demostraré que en realidad no existen bienes ni razones especiales, y que la producción de seguridad no plantea un problema diferente del de la producción de cualquier otro bien o servicio, ya se trate de casas, quesos o seguros. Toda la teoría de los bienes públicos, pese a sus numerosos seguidores, es defectuosa, plagada de razonamientos rimbombantes, incoherencias internas y falsas conclusiones, apela a los prejuicios populares y a las creencias aceptadas y se sirve de ellas, pero no posee ningún mérito científico.[4]

Entonces, ¿qué nos ofrece el camino que los economistas socialistas han hallado para escapar de las conclusiones de Molinari? Desde los tiempos de Molinari, la pregunta de si existen bienes a los que pueden aplicarse distintos análisis económicos ha recibido, con creciente frecuencia, una respuesta afirmativa. En realidad, es casi imposible encontrar un solo texto de economía contemporáneo que no destaque la importancia vital de distinguir entre bienes privados, para los cuales se acepta en general la superioridad del orden de producción capitalista, y bienes públicos, en cuyo caso se la niega.[5] Se afirma que ciertos bienes o servicios —entre los que se cuenta la seguridad— poseen la especial característica de que no están limitados a quienes realmente han pagado por ellos. Por el contrario, pueden disfrutarlos aun las personas que no han participado en su financiación. Se los denomina bienes o servicios públicos, en contraste con los bienes o servicios privados, que benefician exclusivamente a los que los han pagado. Y se aduce que esta característica especial de los bienes públicos es la que determina que los mercados no los produzcan, o por lo menos no en la cantidad o con la calidad suficientes, por lo cual se necesita la acción compensadora del estado.[6]

Los ejemplos que ofrecen diferentes autores acerca de los presuntos bienes públicos varían muchísimo. A menudo clasifican de manera diferente el mismo bien o servicio, lo que hace que ninguna clasificación de un bien particular sea irrefutable; esto prefigura claramente el carácter ilusorio de toda la diferenciación.[7] Hay, sin embargo, algunos ejemplos de bienes públicos que gozan de particular aceptación entre el público, como el cuerpo de bomberos, que al apagar un incendio evitan que la casa del vecino sea alcanzada por el fuego, con lo cual éste se beneficia aunque no haya contribuido en absoluto a financiarlo; o la policía, que patrulla las inmediaciones de mi casa e impide así que los ladrones entren en la de al lado, aunque su dueño no coopera para el mantenimiento de ese servicio; o el ejemplo del faro, uno de los preferidos por los economista,[8] que ayuda al barco a hallar su ruta aunque el dueño de éste no haya aportado nada para su construcción o conservación.

Antes de continuar con la presentación y el examen crítico de la teoría de los bienes públicos, investiguemos hasta qué punto resulta útil la distinción entre bienes privados y públicos para ayudar a decidir cuáles deben ser producidos en forma privada y cuáles por el estado, o con ayuda de éste. Ni siquiera el análisis más superficial podría dejar de señalar que si se utiliza el supuesto criterio de no exclusión, en lugar de encontrar una solución razonable, se originarían grandes dificultades. Por lo menos a primera vista parecería que algunos de los bienes y servicios provistos por el estado podrían calificarse verdaderamente como bienes públicos, pero no se ve con claridad cuántos de ellos, cuya producción está realmente a cargo de aquél, pueden incluirse en esa categoría. Los ferrocarriles, los servicios postales, los teléfonos, las calles y otros por el estilo, parecen ser bienes cuyo uso puede ser limitado a las personas que los financian, por lo cual se manifiestan como bienes privados. Lo mismo puede decirse sobre muchos aspectos de un bien tan polifacético como la “seguridad”: cualquier cosa pasible de ser asegurada puede calificarse como un bien privado. Con todo, esto no basta, ya que, así como hay un sinnúmero de bienes provistos por el estado que parecen ser en realidad privados, también existen muchos, producidos en forma privada, que podrían incluirse en la clase de los bienes públicos. Es obvio que mis vecinos pueden disfrutar contemplando los rosales de mi jardín, con lo cual se benefician sin haberme ayudado jamás a cuidarlos. Lo mismo puede decirse de todas las mejoras que yo haya hecho en mi propiedad, que al mismo tiempo han aumentado el valor de las aledañas. La actuación de un músico callejero proporciona placer incluso a aquellos que no depositan una moneda en su gorra. Los pasajeros que viajan conmigo en el ómnibus no me han ayudado a comprar mi desodorante. Y todos aquellos que se relacionan conmigo son beneficiarios de los esfuerzos que he realizado, sin su aporte económico, para convertirme en una persona digna de aprecio. Entonces, todos estos bienes que poseen evidentemente características de bienes públicos —los rosales de mi jardín, las mejoras en mi propiedad, la música callejera, el desodorante, el perfeccionamiento personal—, ¿deben ser provistos por el estado, o con ayuda de éste?

Todos estos ejemplos indican que hay un serio error en la teoría según la cual los bienes públicos no pueden ser producidos en forma privada sino que requieren la intervención del estado. Es obvio que el mercado puede producirlos. Más aun, la evidencia histórica demuestra que todos los denominados bienes públicos cuya producción está ahora a cargo del estado fueron en otros tiempos provistos por la empresa privada, y aún lo son hoy en día en algunos países. Por ejemplo, los servicios postales se financiaban en forma privada prácticamente en todas partes; las calles eran privadas (todavía siguen siéndolo en algunos lugares); hasta los famosos faros fueron antaño fmto de la iniciativa privada;[9] existen fuerzas de policía, detectives y árbitros privados, y tradicionalmente las organizaciones caritativas privadas han velado por los enfermos, los pobres, los ancianos, los huérfanos y las viudas. Por lo tanto, la experiencia desmiente una y cien veces que todas esas cosas no puedan producirse en un sistema de mercado.

Además, surgen otras dificultades cuando se utiliza la distinción entre bienes públicos y privados para decidir qué es lo que se deja librado al mercado. Por ejemplo, ¿qué pasaría si la producción de bienes públicos tuviera consecuencias negativas, y no positivas, para otras personas, o si las consecuencias fueran positivas para algunos y negativas para otros? ¿Qué pasaría si el vecino cuya casa se salvó del fuego por la intervención de los bomberos que yo contribuí a financiar hubiese deseado que se quemara (tal vez porque estaba asegurada en una suma importante); o si mis vecinos detestaran las rosas o los que viajan conmigo en el ómnibus encontraran desagradable el perfume de mi desodorante? Además, los cambios tecnológicos pueden modificar el carácter de un bien determinado. Es lo que ocurre, por ejemplo, con el desarrollo de la televisión por cable, que ha transformado en privado un bien que antes era (aparentemente) público. Las modificaciones en las leyes que rigen la propiedad —la asignación de la propiedad— pueden tener un efecto similar al cambiar el carácter de un bien público o privado. Por ejemplo, el faro sólo es un bien público en la medida en que el mar en el que se encuentra es de propiedad pública (y no privada). Pero si se permitiera la privatización de algunos sectores del océano, tal como sucedería en un sistema puramente capitalista, sin duda sería posible excluir de los beneficios que proporciona el faro a los que no pagaran por ellos, porque su luz tiene un alcance limitado.

Dejemos este nivel de análisis un tanto superficial y examinemos con más detalle la distinción entre bienes públicos y privados; descubriremos así que resulta ser totalmente ilusoria. La causa fundamental de que haya tanto desacuerdo en cuanto a la clasificación de un bien dado es que no existe una dicotomía inequívoca. Todos los bienes son más o menos privados o públicos, y el grado en que lo son puede cambiar —de hecho, lo hace constantemente— según se van modificando los valores y las evaluaciones de las personas y va cambiando la composición de la población. Para reconocer que los bienes no pueden ser incluidos de una vez y para siempre en una u otra categoría, sólo hay que recordar qué es lo que convierte a una cosa en un bien. Para que lo sea, alguien tiene que considerarlo escaso y tratarlo como tal. Esto significa que una cosa no es un bien en sí misma, sino que sólo lo es para alguien. Únicamente adquiere la condición de bien si una persona la evalúa subjetivamente como tal. De esto se desprende que, si las cosas nunca son bienes en sí mismas —si su condición de bienes económicos no puede determinarse por un análisis fisicoquímico—, es obvio que no existe un criterio invariable para clasificar un bien como privado o público. Los bienes nunca pueden ser una cosa u otra en sí mismos. Su carácter público o privado depende de cuántas o cuán pocas personas los consideren como bienes, y el grado en que son públicos o privados varía a medida que lo hacen las evaluaciones y va desde uno hasta el infinito. Aun aquellas cosas que, al parecer, son absolutamente privadas, como el interior de mi departamento o el color de mis prendas íntimas, pueden convertirse en bienes públicos si despiertan el interés de alguien.[10] Y a la inversa, bienes aparentemente públicos, como la fachada de mi casa o el color de mi overol, pueden llegar a ser muy privados apenas otras personas dejan de interesarse por ellos. Además, las características de un bien pueden cambiar una y otra vez; incluso puede dejar de ser un bien, público o privado, para convertirse en un mal, público o privado, o viceversa; esto sólo depende de cómo cambien las consideraciones acerca de él. Siendo así, no es posible basar ninguna decisión sobre la clasificación de un bien como público o privado.[11] En realidad, para hacerlo sería necesario preguntar virtualmente a cada persona si le interesa o no cada uno de los bienes en particular —en forma positiva o negativa, e incluso hasta qué punto—, para determinar quién se beneficiaría con qué y, en consecuencia, quién participaría en la financiación del bien. (¿Y cómo saber si dicen la verdad?) También sería necesario controlar permanentemente los cambios que se producen en las evaluaciones, con lo cual jamás se podría tomar una decisión definitiva con respecto a la producción de nada, y como resultado de esta teoría sin sentido estaríamos todos muertos desde hace mucho tiempo.[12]

Pero aun si pasáramos por alto todas estas dificultades y admitiéramos, en beneficio del argumento, que la distinción entre bienes públicos y privados es aplicable al agua, aquél no probaría lo que supuestamente debe probar. No proporciona razones concluyentes de por qué los bienes públicos —suponiendo que existan como una categoría separada de bienes— deberían ser producidos en modo alguno, ni de por qué debería producirlos el estado y no la empresa privada. La teoría de los bienes públicos, introduciendo la distinción conceptual referida, dice en esencia esto: El hecho de que los bienes públicos tengan efectos positivos para las personas que no contribuyen en absoluto a producirlos o financiarlos demuestra que dichos bienes son deseables. Pero es evidente que no serían producidos en un mercado libre y competitivo, o por lo menos no en cantidad y calidad suficientes, porque ninguno de los que se beneficiarían con su producción contribuiría económicamente a ella. Por lo tanto, para que sea posible producir esos bienes (que, aunque evidentemente deseables, no serían producidos de otro modo) el estado debe intervenir y prestar su ayuda. Un razonamiento como éste, que puede encontrarse en casi todos los textos de economía (incluso en los de algunos laureados con el premio Nobel)[13], es totalmente erróneo, y lo es en dos aspectos.

En primer lugar, para llegar a la conclusión de que el estado debe proveer bienes públicos que de otro modo no se producirían es preciso introducir una norma de contrabando en la cadena de razonamientos, porque si no, partiendo de la afirmación de que algunos bienes, por ciertas características especiales que poseen, no serían producidos, no podría inferirse jamás que deberían serlo. Pero al introducir esta norma para justificar su conclusión, los teóricos de los bienes públicos han traspasado los límites de la economía como ciencia positiva, wertfei, para entrar en el ámbito de la moral o de la ética; en consecuencia, podría esperarse que enunciaran una teoría de la ética como disciplina cognoscitiva, para legitimar lo que están haciendo y extraer su conclusión de manera justificada. Sin embargo, nunca se podrá destacar lo suficiente el hecho de que en toda la bibliografía existente acerca de los bienes públicos no hay una sola mención de algo que se parezca siquiera vagamente a una teoría cognoscitiva de la ética[14]. Por eso, es necesario aclarar desde el vamos que los teóricos de los bienes públicos están haciendo un mal uso del prestigio que podrían tener como economistas positivos por sus pronunciamientos respecto de temas en los cuales, como sus propios trabajos lo indican, carecen en absoluto de autoridad. ¿Es que, quizá, dieron accidentalmente con algo correcto, sin fundamentarlo en una teoría moral elaborada? Se hace evidente que nada podría estar más lejos de la verdad apenas se pronuncia en forma explícita la norma necesaria para llegar a la conclusión de que el estado debe ayudar a proveer bienes públicos. La norma es ésta: Toda vez que se demuestre de algún modo que la producción de un bien o servicio particular tiene un efecto positivo sobre alguien, pero no se lo puede producir en absoluto, o no se lo puede producir en una cantidad o con una calidad definida a menos que ciertas personas participen en su financiación, está permitido ejercer violencia contra ellas, sea en forma directa o indirectamente con la ayuda del estado, y esas personas deben ser compelidas a compartir las obligaciones financieras necesarias. No hace falta aclarar que la implementación de esta regla conduciría al caos, porque equivale a decir que cualquiera puede atacar a otro cuando le parezca. Más aun, como lo he demostrado en detalle en otro trabajo[15], esta norma nunca puede ser considerada como justa. Este tipo de razonamiento, en realidad todo razonamiento, en favor o en contra de cualquier posición, sea ésta moral o no, sea empírica o lógico–analítica, debe dar por sentado que, a la inversa de lo que dice realmente la norma, queda asegurada la integridad de cada individuo como una unidad físicamente independiente para la toma de decisiones. Sólo se puede afirmar algo, y después llegar a un posible acuerdo o desacuerdo al respecto, si cada uno está libre de agresión física por parte de otro. Por lo tanto, el principio de no agresión es la precondición necesaria para el debate y el posible acuerdo y por eso se lo debe defender racionalmente como una norma justa por medio de un raciocinio a priori.

Pero el razonamiento defectuoso que implica la teoría de los bienes públicos no es la única causa de su fracaso. Incluso el raciocinio utilitario, económico, contenido en el argumento es evidentemente erróneo. Bien podría ser que, como lo sostiene la teoría, fuera mejor tener bienes públicos que no tenerlos, aunque no debemos olvidar que no existe una razóna priori por la cual deba ser necesariamente así (en tal caso, el razonamiento de los teóricos de los bienes públicos terminaría aquí mismo). Es muy posible (en realidad es un hecho comprobado) que existan anarquistas cuyo rechazo por la acción estatal llegue a tal punto que prefieran no tener los denominados bienes públicos a tenerlos provistos por el estado.[16] Sea como fuere, aun si aceptamos el argumento hasta este punto, una cosa es afirmar que los bienes públicos son convenientes y otra muy distinta sostener que, por lo tanto, debe proveerlos el estado; esto no es convincente en absoluto, ya que la elección que se nos plantea no es ésta. En vista de que es preciso retirar dinero u otros recursos de posibles usos alternativos para financiar bienes públicos que supuestamente son convenientes, la única pregunta pertinente y apropiada es si estos usos alternativos que se habrían dado al dinero (es decir, los bienes privados que se habrían podido adquirir pero que ya no es posible comprar porque el dinero se gastó en bienes públicos) son más valiosos —más urgentes— que los bienes públicos. Y la respuesta a esta pregunta es bien clara. Desde el punto de vista del consumidor, por alto que sea el nivel absoluto de los bienes públicos, su valor es relativamente más bajo que el de los bienes privados que compiten con ellos, porque si los consumidores pudieran elegir libremente (en lugar de que se les imponga una alternativa), por supuesto habrían preferido gastar de otro modo su dinero (de lo contrario no habría sido necesario usar la fuerza). Esto demuestra, más allá de toda duda, que los recursos empleados en la provisión de bienes públicos se malgastan, porque lo que se provee a los consumidores es, a lo sumo, bienes y servicios de importancia secundaria. En resumen, aun asumiendo que existiesen bienes públicos claramente distinguibles de los privados, y si se pudiera garantizar la utilidad de determinado bien, los bienes públicos deberían competir con los privados. Existe un solo método para descubrir si son más necesarios —urgentes— o no, y hasta qué punto o, mutatis mutandis, si se los debe producir a expensas de no producir, o producir en menor cantidad, bienes privados más urgentes, y hasta qué punto: permitiendo que todas las cosas sean provistas mediante la libre competencia entre empresas privadas. De ahí que, contrariamente a lo que afirman los teóricos de los bienes públicos, la lógica nos obliga a aceptar la conclusión de que sólo un sistema de mercado libre puede salvaguardar la racionalidad, desde el punto de vista de los consumidores, de la decisión de producir un bien público. Y sólo en un orden puramente capitalista se puede asegurar que la decisión acerca de la cantidad que se debe producir (si es que se debe producir algo) será también racional.[17] Para que el resultado fuese diferente haría falta una revolución semántica de características verdaderamente onvellianas. Los teóricos de los bienes públicos sólo podrían “demostrar” lo que afirman si se interpretara que cuando alguien dice “no”, en realidad quiere decir “si”, que cuando una persona “no compra una cosa” es porque la prefiere a cualquier otra, que la “violencia” realmente significa “libertad”, que “no hacer un contrato” implica “contratar”, etcétera”[18]. Pero en este caso, ¿cómo podríamos estar seguros de que realmente quieren decir lo que parecen decir cuando dicen lo que dicen y no quieren significar exactamente lo contrario, o incluso dicen algo que tiene un sentido definido pero no hacen otra cosa que parlotear? El caso es que no podemos saberlo. En consecuencia, M. N. Rothbard está totalmente en lo cierto al hablar de los esfuerzos que hacen los ideólogos de los bienes públicos para probar la existencia de lo que denominan fallas del mercado debido a la falta de producción de bienes públicos, o a una producción cuantitativa o cualitativamente “deficiente” de éstos. Escribe que “un punto de vista como éste interpreta de manera incorrecta la aseveración de la ciencia económica de que la acción del mercado libre es siempre óptima. No lo es desde la perspectiva de la ética personal de un economista, sino desde la de las acciones libres, voluntarias, de todos los participantes, y porque satisface las necesidades libremente expresadas de los consumidores. Por ende, la interferencia gubernamental siempre, y de modo inevitable, alejará esa acción de su punto óptimo”.[19]

En realidad, los argumentos con los que se intenta probar las fallas del mercado son claramente absurdos. Si se prescinde de la jerga técnica, lo único que demuestran es esto: un mercado no es perfecto y se caracteriza por regirse por el principio de no agresión impuesto en condiciones signadas por la escasez; de este modo, aquellos bienes o servicios que sólo podrían producirse si la agresión estuviera permitida, simplemente no se producen. Muy cierto. Ningún teórico de la economía de mercado se atrevería a negarlo. Pero, y esto es fundamental, esta “imperfección” del mercado es defendible, tanto en el aspecto moral como en el económico, mientras que las supuestas “perfecciones” de los mercados que preconizan los teóricos de los bienes públicos no lo son.[20] También es cierto que si el estado abandonara la práctica coniente de proveer bienes públicos, se producirían algunos cambios en la estructura social existente y en la distribución de la riqueza, y no hay duda de que esta reorganización acarrearía privaciones a algunas personas. Precisamente a esto se debe la resistencia de gran parte del público a una política de privatización de las funciones estatales, aunque ésta incrementaría la riqueza total a largo plazo. Sin embargo, este hecho sin duda no puede aceptarse como argumento válido para demostrar el fracaso de los mercados. Si a un hombre se le permitía golpear a otros en la cabeza y a partir de cierto momento se le impide hacerlo, lógicamente se sentirá perjudicado, pero esto no puede aceptarse como excusa válida para mantener las antiguas reglas (que lo autorizaban a golpear). Si bien ha sido afectado, esto significa que se ha sustituido un sistema en el que algunos consumidores tienen el derecho de determinar en qué casos a otros no se les permite comprar en forma voluntaria lo que desean con medios legítimamente adquiridos y de los cuales disponen, por otro en el que todos tienen igual derecho a decidir qué bienes se deben producir y en qué cantidad. Por cierto, desde la perspectiva de todos, como consumidores voluntarios, esta sustitución es preferible y beneficiosa.

La fuerza del razonamiento lógico, pues, nos lleva a aceptar la conclusión de Molinari de que, para beneficio de los consumidores, todos los bienes y servicios deben ser producidos por los mercados[21]. Es falso que haya categorías de bienes claramente diferenciables cuya existencia haría necesaria una corrección especial a la tesis general sobre la superioridad económica del capitalismo; aun si existieran, no sería posible encontrar una razón específica por la cual esos bienes públicos, supuestamente especiales, no deberían ser producidos por empresas privadas, puesto que invariablemente entran en competencia con los bienes privados. En realidad, la mayor eficiencia de los mercados en comparación con el estado en lo que respecta a un número creciente de bienes presuntamente públicos es cada vez más evidente a pesar de la propaganda de los teóricos de los bienes públicos. Nadie que hiciera un estudio serio acerca de estos temas podría negar, ante la experiencia de todos los días, que los mercados pueden producir en la actualidad servicios postales, ferrocarriles, electricidad, teléfonos, educación, dinero, caminos, etcétera, con más eficiencia que el estado, es decir, satisfaciendo mejor las preferencias de los consumidores. Sin embargo, las personas rehuyen la intervención del mercado en un sector en el cual la lógica indica que se la debe aceptar: en la producción de seguridad. Por eso, me ocuparé a partir de ahora de explicar por qué la economía capitalista tiene un funcionamiento superior en esa área; la superioridad ha quedado ya demostrada desde el punto de vista lógico, pero será más evidente cuando veamosalgunos ejemplos que la experiencia aporta al análisis y consideremos este asunto como un problema por derecho propio.[22]

¿Cómo funciona un sistema de productores de seguridad no monopólicos, que compiten entre sí? Es preciso tener bien claro desde el principio que al responder a esta pregunta abandonamos la esfera del análisis puramente lógico, por lo cual las respuestas carecerán en forma inevitable del carácter apodíctico de los pronunciamientos sobre la validez de la teoría de los bienes públicos. El problema en este caso es análogo al que tendría que resolver un mercado que tuviese que dedicarse a producir hamburguesas, en especial si hasta ese momento su producción hubiera estado exclusivamente a cargo del estado y por lo tanto no hubiese experiencia previa al respecto. Sólo se pueden dar respuestas tentativas. Es posible que nadie pudiera conocer cómo es exactamente la industria de las hamburguesas: cuántas compañías competidoras debería haber, qué importancia tendría esta industria en comparación con otras, cómo serían las hamburguesas, cuántos tipos diferentes saldrían a la venta y quizá desaparecerían por falta de demanda, etcétera. Nadie conocería todas las circunstancias y los cambios que podrían influir sobre la estructura de esta industria: cambios en la demanda de los distintos grupos consumidores, en la tecnología, en los precios de los diversos bienes que la afectan en forma directa o indirecta, y así sucesivamente. Es preciso destacar que aunque la producción privada de seguridad plantea problemas similares, esto no significa que no se pueda decir nada concluyente. Partiendo de la base de que existen ciertas condiciones generales para la demanda de servicios de seguridad (y estas condiciones son el reflejo, más o menos realista, de cómo es el mundo en la actualidad), lo que podemos y debemos decir es que los diversos órdenes sociales de producción de seguridad caracterizados por tener que operar dentro de distintas limitaciones estructurales, responderán de maneras diferente.[23] Analicemos primero en detalle la producción de seguridad por el estado, de carácter monopólico, porque al menos en este caso disponemos de amplia evidencia con respecto a la validez de las conclusiones; después compararemos este sistema con el que existiría si este modo de producción fuera reemplazado por uno no monopolista. Aunque la seguridad se considere un bien público, debe competir con otros bienes en lo que respecta a la asignación de recursos. Lo que se gasta en seguridad ya no se puede gastar en otros bienes que también aumentan la satisfacción del consumidor. Además, la seguridad no es un bien único y homogéneo, sino que posee numerosos aspectos y componentes. No se limita a la prevención del crimen, al descubrimiento de los criminales y al cumplimiento forzoso de la ley, sino que también implica protección contra los rateros, los violadores, los que contaminan el ambiente, los desastres naturales, etcétera. Por otra parte, no se produce “en conjunto”, sino que se la puede proveer en unidades marginales. Por añadidura, cada uno asigna una importancia diferente a la seguridad, considerada en su conjunto, y también a sus diversos aspectos, y eso depende de sus características personales, de las experiencias que haya tenido con respecto a distintos factores de inseguridad, y del tiempo y el lugar en que le toca vivir.[24] Entonces, teniendo en cuenta sobre todo el problema económico fundamental que significa la asignación de recursos escasos a fines que compiten entre sí, ¿cómo puede el estado, una organización que no se financia sólo por las contribuciones voluntarias y por la venta de sus productos, sino parcial o totalmente por medio de impuestos, decidir cuánta seguridad debe producir, en cuántos de cada uno de sus innumerables aspectos, a quién proporcionar determinada cantidad de qué producto, y dónde? Y la única respuesta posible es que no hay una manera racional de resolver este problema. Si se la considera desde el punto de vista de los consumidores, la respuesta a sus demandas de seguridad debe considerarse arbitraria. ¿Necesitamos un solo policía, o un solo juez, o cien mil? ¿Hay que pagarles $100 por mes, o $10.000? Los policías, cualquiera que sea su número, ¿deben emplear más tiempo patrullando las calles, persiguiendo ladrones o recuperando objetos robados, o buscando a aquellos que cometen delitos tales como la prostitución, el abuso de drogas o el contrabando? Y los jueces, ¿deben emplear más tiempo y energía en atender casos de divorcio, contravenciones de tránsito, raterías en negocios, o en casos de asesinato y actos perpetrados contra los monopolios? Es obvio que hay que dar alguna respuesta a estas preguntas, porque como vivimos en condiciones de escasez y nuestro mundo no es un paraíso, el tiempo y el dinero que se gasten en una cosa ya no podrán dedicarse a otra. Si bien el estado también debe dar respuesta a estas preguntas, lo hace sin sujeción alguna al criterio que rige las pérdidas y las ganancias. Por eso, su acción es arbitraria e implica necesariamente enormes desperdicios de recursos, desde el punto de vista de los consumidores[25] Como todos sabemos, los productores de seguridad empleados por el estado producen lo que quieren, independientemente de las necesidades de los consumidores, que son muchas. En lugar de hacer lo que deben, prefieren holgazanear, y si tienen que trabajar se inclinan por las tareas más fáciles o por estar allí donde pueden sentirse poderosos, en lugar de servir a los consumidores. Los oficiales de policía se pasean en los coches patrulleros a la caza de pequeños infractores de tránsito, gastan enormes sumas de dinero en la investigación de delitos que no afectan a terceros y que si bien es cierto que desagradan a mucha gente (por ejemplo, a los que no los cometen), también lo es que pocos gastarían su dinero en combatirlos, en la medida en que no los perjudican en forma inmediata. Sin embargo, es notoria la ineficiencia de la policía, pese a los presupuestos cada vez mayores con que cuenta, con respecto a lo que los consumidores necesitan con más urgencia, a saber, la prevención de delitos graves (por ejemplo, los crímenes perpetrados contra las personas), la captura y el castigo efectivo de los criminales, la recuperación del dinero o los objetos robados y la garantía de que las víctimas serán compensadas por sus agresores.

Además, sea cual fuere el desempeño de la policía o de los jueces empleados por el estado, siempre será deficiente porque sus retribuciones son más o menos independientes de las evaluaciones de los consumidores respecto de sus servicios. La arbitrariedad y la brutalidad de la policia y la lentitud de los procesos judiciales son una consecuencia de esto. También es digno de destacarse el hecho de que ni la policia ni el sistema judicial ofrecen a los consumidores nada que se parezca a un contrato de servicio en el que conste en términos inequívocos el procedimiento que se pondrá en marcha en una situación específica. En cambio, ambos actúan en un vacío contractual que con el tiempo los lleva a cambiar en forma arbitraria sus reglas de procedimiento y que explica el hecho, verdaderamente ridículo, de que las controversias en las que participan policías y jueces, por un lado, y ciudadanos privados por el otro, no sean dirimidas por un árbitro independiente sino por otro policia u otro juez que es también parte interesada en la disputa por ser empleado del estado.

En tercer lugar, todo el que haya estado alguna vez en un departamento de policía o en un juzgado, para no hablar de las cárceles, sabe bien que los factores productivos empleados para proveer de seguridad al público están deteriorados por el uso excesivo, mal conservados y sucios. Como ninguno de los que usan esos factores productivos los posee realmente (nadie puede venderlos y apropiarse privadamente del producto de esa venta) y en consecuencia las pérdidas (y las ganancias) del valor incorporado en el capital utilizado quedan socializadas, todos tratarán de incrementar sus ingresos privados resultantes del uso de los factores a expensas de pérdidas en el valor del capital. Por eso, el costo marginal tenderá a sobrepasar cada vez más el valor del producto marginal, de lo que resultará un uso excesivo del capital. Y si se diera el caso excepcional de que esto no ocurriese y no se pusiera de manifiesto un exceso de uso del capital, esto sólo habría sido posible con costos comparativamente mucho más elevados que los de cualquier empresa privada similar.[26]

Es indudable que todos estos problemas inherentes a un sistema que tiene el monopolio de la producción de seguridad se resolverían con relativa rapidez si un mercado competitivo, con su estructura totalmente diferente concebida para incentivar a los productores, se hiciera cargo de una demanda determinada de servicios de seguridad. Esto no significa que se encontraría la solución “perfecta” al problema de la seguridad. Seguiría habiendo robos y asesinatos, y no todos los bienes robados podrían recuperarse ni sería posible capturar a todos los asesinos, pero en lo que respecta a las evaluaciones de los consumidores, la situación mejoraría en la medida en que puede mejorar siendo la naturaleza humana como es. En primer lugar, siempre que haya un sistema competitivo, es decir, siempre que los productores de servicios de seguridad dependan de las adquisiciones voluntarias (que en su gran mayoría tomarán la forma de contratos de servicio y seguro, concertados antes de que se produzca efectivamente un acto de agresión o que se manifieste una inseguridad), ningún productor podrá aumentar sus ingresos sin mejorar sus servicios o la calidad de su producto según la evaluación de los consumidores. Además, todos los productores de seguridad tomados en su conjunto no podrían afirmar la importancia de su industria particular a menos que, por cualquier razón, los consumidores empezaran a valorar la seguridad más que otros bienes, con lo cual asegurarían que la producción de seguridad no se llevaría a cabo nunca y en ningún lugar a expensas de la no producción (o de la producción reducida) de, por ejemplo, queso, como bien privado competitivo. Por añadidura, los productores de servicios de seguridad deberían diversificar sus ofrecimientos en un grado considerable, porque la demanda de sus productos por parte de millones de consumidores es muy variada. Como dependerían directamente del apoyo de éstos, si no respondieran del modo adecuado a sus necesidades, o a los cambios en esas necesidades, sufrirían inmediatamente un perjuicio financiero. Por lo tanto, cada consumidor ejercería una influencia directa, aunque pequeña, sobre la aparición o desaparición de productos en el mercado de la seguridad. Esto ofrecería un sinnúmero de servicios a cada uno, en lugar del “paquete de seguridad” uniforme que brinda el estado. Y esos servicios estarían adaptados a los distintos requerimientos de seguridad de los diferentes consumidores, según sus ocupaciones, su conducta más o menos arriesgada, sus necesidades de protección y seguros, y también sus circunstancias geográficas y la urgencia que manifiesten.

Por supuesto, esto no es todo. Los productos no sólo se diversificarían, sino que mejorarían en cuanto a cantidad y calidad. Estas empresas privadas brindarían a sus clientes una esmerada atención y desaparecerían la desidia, la arbitrariedad e incluso la brutalidad, la negligencia y la lentitud que caracterizan a la policía y al sistema judicial del estado. Los policías y los jueces dependerían del apoyo voluntario de los consumidores, por lo cual el maltrato, la descortesía y la ineptitud hacia éstos podrían costarles sus empleos. Casi seguramente se daría fin a la costumbre tan peculiar de que la conciliación de las controversias entre un cliente y una empresa se confíe invariablemente al dictamen de esta última, y los productores de seguridad encargarían la resolución a árbitros independientes. Lo que es más importante, los productores de esos servicios deberían ofrecer, con el fin de atraer y retener a los consumidores, contratos por los cuales estos pudieran saber con exactitud lo que están adquiriendo y que les permitieran plantear reclamaciones válidas, sujetas a comprobación intersubjetiva, si el desempeño real del productor de seguridad no se ajustara a lo especificado en el contrato. Más precisamente, como no se trataría de contratos de servicios individualizados en los cuales el consumidor paga para que se cubran sólo sus propios riesgos, sino más bien contratos de seguros propiamente dichos, mancomunados, a la inversa de lo que ocurre en la política estatal vigente, ya no contendrían ningún esquema redistributivo concebido adrede para favorecer a un grupo a expensas de otro. Si por otra parte, alguien considerara que el contrato que se le ofrece implica que debe pagar por los riesgos y necesidades de otras personas —por ejemplo, por factores de posible inseguridad que no estima aplicables a su caso personal—, simplemente podría rehusarse a firmarlo o dejar de pagar.

No obstante, después de todo lo dicho surge en forma inevitable un interrogante: “¿Un sistema competitivo de producción de seguridad tendría como consecuencia necesaria el conflicto social permanente, el caos y la anarquía?” Las respuestas pueden ser varias. En primer lugar, debe tenerse en cuenta que la evidencia histórica, empírica, no concuerda en absoluto con esta impresión. Antes del advenimiento del estado–nación hubo en diversos lugares sistemas judiciales competitivos (por ejemplo, en la antigua Irlanda o en los tiempos de la Liga Hanseática) y, por lo que sabemos, funcionaron bien”.[27] A juzgar por los índices de criminalidad existentes en la época (crímenes per capita), la policía privada en el Salvaje Oeste (que, entre paréntesis, no era tan salvaje como lo muestran algunas películas) era relativamente más eficaz que la policía estatal de nuestros[28]. Y si nos remitimos a la experiencia y a los ejemplos contemporáneos, incluso ahora existen millones de relaciones internacionales —comerciales y turísticas— y realmente sería una exageración decir, por ejemplo, que el fraude, el crimen y el incumplimiento de los contratos son mayores en esta esfera que en las relaciones internas de cada país. Y esto (es importante destacarlo) sin que haya un gran productor monopólico en materia de seguridad ni un legislador supremo. Por último, no debemos olvidar que en muchos países existen diversos productores de seguridad privados que actúan paralelamente al estado: investigadores privados, detectives de seguros y árbitros privados, cuyo trabajo demuestra que son más eficientes en lo que respecta a resolver los conflictos sociales que sus contrapartes públicas.

Toda esta evidencia histórica está, sin embargo, sujeta en gran medida a discusión, sobre todo respecto de si puede extraerse de ella alguna información general. Pero también existen razones sistemáticas por las cuales el temor que suscita esta cuestión carece de un fundamento válido. El establecimiento de un sistema competitivo de productores de seguridad implica, por paradójico que esto parezca, la construcción de una estructura de incentivos institucionalizada para producir un orden legal y de observancia forzosa de las leyes que entrañe el mayor grado de consenso posible con respecto a la resolución de las controversias. Esto generaría menos intranquilidad social y conflicto que las condiciones monopólicas imperantes.[29] Para entender esta paradoja es preciso considerar más a fondo la única cuestión típica que preocupa a los escépticos y los lleva a creer en la superioridad de un sistema monopólico de producción de seguridad: cuando surge un conflicto entre A y B, ambos están asegurados por compañías diferentes y éstas no pueden llegar a un acuerdo inmediato sobre la validez de las demandas opuestas que plantean sus respectivos clientes. (El problema no existiría si se alcanzara el acuerdo o si ambos clientes fueran asegurados por la misma compañía; por lo menos, esto no diferiría en absoluto de la situación emergente en condiciones de monopolio estatal.) ¿Una situación semejante tendría siempre un desenlace violento? Es muy improbable que así sea. Primero, cualquier lucha violenta entre empresas conllevaría un costo y un riesgo muy altos, sobre todo si han alcanzado un prestigio considerable (como deberían tenerlo para que sus futuros clientes puedan verlas en primer lugar como garantes efectivas de su seguridad). Lo que es más importante, en un sistema competitivo, los costos de cualquier conflicto entre compañías que dependen de la continuación de los pagos voluntarios de los consumidores tendrían que recaer forzosamente sobre todos y cada uno de los clientes de ambas. Bastaría que una sola persona dejara de pagar porque no está convencida de la necesidad de una confrontación violenta en el caso particular de que se trata para que hubiese una inmediata presión económica sobre la compañía que la obligaría a buscar una solución pacífica al conflicto.[30] De ahí que cualquier productor de seguridad en un sistema competitivo debería ser muy cauto en lo que respecta a tomar medidas violentas para resolver las controversias. En lugar de hacerlo, y puesto que lo que los consumidores desean es que los litigios se resuelvan en forma pacífica, todos y cada uno de los productores de seguridad harían cuanto pudiesen para ofrecer esto a sus clientes y para establecer por anticipado, de modo que no quedasen dudas, el proceso de arbitraje al que se someterían, ellos y sus clientes, en caso de desacuerdo acerca de la evaluación de demandas incompatibles. Los clientes de las distintas compañías considerarían que un esquema semejante sólo podría funcionar si todos ellos estuvieran de acuerdo con respecto a las medidas arbitrales, por lo cual se desarrollaría naturalmente un sistema legal que regiría las relaciones entre compañías y sería aceptable para los clientes de todas las firmas competitivas, sin excepciones. Por otra parte, así aumentaría más aun la posibilidad de que se produjeran presiones económicas que generasen reglas representativas del consenso acerca del modo de dirimir las controversias. En un sistema competitivo, los árbitros independientes encargados de encontrar soluciones pacíficas a los litigios estarían supeditados al apoyo continuado de las dos compañías en disputa, puesto que cualquiera de ellas podría recurrir a un juez diferente, y por supuesto lo haría si estuviera insatisfecha con la sentencia dictada. Por lo tanto, estos jueces se sentirían presionados para encontrar soluciones (en este caso, no con respecto al procedimiento sino al contenido de la ley) que fuesen aceptables para todos los clientes de las firmas en disputa.[31] Si no era así, una compañía, o todas, podrían perder clientes, lo que las llevaría a buscar otros árbitros la próxima vez que los necesitasen.[32]

Sin embargo, ¿no sería posible que en un sistema competitivo una compañía productora de seguridad se pusiera fuera de la ley, es decir que, con el apoyo de sus propios clientes, comenzara a agredir a otras? Por supuesto, no se puede negar que tal posibilidad existe, pero digamos nuevamente que nos encontramos en la esfera de la ciencia social empírica y nadie puede saber con certeza si es así. Y sin embargo, la sugerencia tácita de que la posibilidad de que esto ocurra indica de algún modo una grave deficiencia en los fundamentos filosóficos y económicos de un orden social puramente capitalista, es falsa.[33]

Ante todo, recordemos que la existencia continuada de cualquier sistema social, no menos de un orden estatista–socialista que de una pura economía de mercado, depende de la opinión pública, y que en todo momento un estado determinado de esa opinión pública delimita lo que puede y lo que no puede ocurrir, así como lo que es más o menos probable que ocurra. Por ejemplo, el estado actual de la opinión pública en Alemania occidental hace sumamente improbable, o aun imposible, que se pueda imponer allí un sistema estatista similar al soviético. La falta de apoyo público lo condenaría al fracaso y lo destruiría. Y sería aun más improbable que un sistema de ese tipo pudiera instituirse en los Estados Unidos, dadas las características de la opinión pública en ese país. Por lo tanto, si queremos comprender correctamente el problema de las compañías que podrían situarse al margen de la ley, tenemos que formular la cuestión en estos términos: ¿Qué probabilidad existe de que un hecho semejante pueda producirse en una sociedad dada, con un estado específico de la opinión pública? La respuesta a una pregunta expresada de esta manera será diferente según las distintas sociedades. En algunas, que se caracterizan por el profundo arraigo de ideas de corte socialista, la posibilidad de que surjan compañías que lleven a cabo políticas agresivas será mayor, y en otras será mucho menos probable que esto ocurra. Pero entonces, la perspectiva de un sistema competitivo de producción de seguridad en cualquier caso dado, ¿será mejor o peor que la continuación de un sistema estatista? Veamos, por ejemplo, el caso de los Estados Unidos en el presente. Supongamos que el estado aboliera su derecho de proporcionar seguridad a cambio del pago de impuestos e introdujera un sistema de seguridad competitivo. Dado el estado actual de la opinión pública, ¿qué probabilidad existiría de que surgieran proveedores al margen de la ley, y qué sucedería en ese caso? Como es obvio, la respuesta depende de las reacciones de la gente a este cambio en la situación. Por lo tanto, lo primero que habría que replicar a quienes objetan la idea de un mercado privado en lo que respecta a la seguridad, sería: “¿Y qué va a hacer usted? ¿Cuál va a ser su reacción? ¿Su temor a las compañías que se autoproscriben significa que entraría en tratos con un productor de seguridad que agrediera a otros y a su propiedad, y que usted seguiría apoyándolo si lo hiciera?” Por cierto, cualquier crítica sería acallada por un contraataque así. Pero más importante que esto es el desafio sistemático implícito en este contraataque personal. Es evidente que el cambio de situación descripto implicaría una transformación en la estructura de costo–beneficio que cada uno debería enfrentar una vez tomada su decisión. Antes de la introducción de un sistema competitivo de producción de seguridad, podía ser legal participar en un sistema agresivo y sustentarlo. Ahora, esa actividad se convierte en ilegal. Por lo tanto, dado que el hombre posee una conciencia que hace que las decisiones que toma sean más o menos costosas, es decir, estén más o menos en armonía con los principios personales respecto de lo que es una conducta correcta, el apoyo a una compañía que explota a aquellos que no desean secundar voluntariamente sus acciones puede ser más costoso ahora que antes. Dado que es así, se debe presumir que la cantidad de personas, entre ellas las que en otras circunstancias se habrían apresurado a apoyar al estado, dispuestas a gastar dinero para sustentar a una compañía que procede con honestidad sería cada vez mayor, e iría en aumento en todos los lugares en los que se llevara a cabo un experimento social semejante. Por el contrario, el número de aquellos que están de acuerdo con una política de explotación, en la cual unos ganan a expensas de otros, disminuiría. Por supuesto, el grado de rigurosidad de este efecto dependería del estado de la opinión pública. En el ejemplo que hemos tomado —el de los Estados Unidos, donde la teoría natural de la propiedad está ampliamente difundida y aceptada como una ética privada y la filosofía del libre albedrío es, esencialmente, la filosofía fundacional del país y la que lo ha llevado al lugar que ocupa en el mundo[34]—, el efecto es naturalmente muy acentuado. De acuerdo con esto, las compañías productoras de seguridad comprometidas con la filosofia de proteger y hacer valer la doctrina del libre albedrío atraerán la mayor parte del apoyo público y de la ayuda financiera. Y si bien es cierto que algunas personas, sobre todo las que se han beneficiado con el antiguo estado de cosas, pueden continuar respaldando una política de agresión, es muy improbable que su número y su poder financiero sean suficientes como para que lo hagan con éxito. En cambio, es casi seguro que las compañías honestas desarrollarán la fuerza necesaria —por si solas o en un esfuerzo conjunto que será apoyado por sus propios clientes voluntarios— para poner freno a la aparición de posibles productores rebeldes y destruirlos donde y cuando aparezcan.[35]

NOTAS:

[1] G. de Molinari, “Sobre la Producción de Seguridad“.

[2] Ibid., p. 4.

[3] Pueden verse varios enfoques de los teóricos de los bienes públicos: J. Buchanan y G. Tullock, The Calculus of Consent, University of Michigan Press, Ann Arbor, 1962; J. Buchanan, The Public Finances, Richard Irwin, 1970; idem, The Limits of Liberty, University of Chicago Press, Chicago, 1975; G. Tullock, Private Wants, Public Means,Basic Books, New York, 1970; M. Olson, The Logic of Collective Action, Harvard University Press, Cambride, 1965; W. Baumol, Welfare Economics and the Theory of the State, Harvard University Press, Cambridge, 1952.

[4] Véase M. N. Rothbard, Man, Economy and State, Nash, Los Angeles, 1979, pp. 883 SS.; idem, ‘The Myth of Neutral Taxation” [PDF], Cato Journal (1981); W. Block, “Free Market Transportation: Denationalizing the Roads” [PDF], Journal of Libertarian Studies (1979); idem, “Public Goods and Externalities: the Case of Roads” [PDF], Journal of Libertarian Studies (1983).

[5] Véase, por ejemplo, W. Baumol y A. Blinder, Economics. Principies and Policy, Harcourt, Brace, Jovanovich, New York, 1979, cap. 3 1.

[6] Otro criterio de uso frecuente en relación con los bienes públicos es el del “consumo no competitivo”. Por lo general, ambos criterios parecen coincidir: el consumo no competitivo es posible cuando no se puede excluir a los free–riders; cuando pueden ser excluidos, pasa a ser competitivo o, por lo menos, así lo parece. Pero, como argumentan los teóricos de los bienes públicos, esta coincidencia no es perfecta. Según afirman, si bien es posible excluir a los free–riders, su inclusión no puede relacionarse con ningún costo adicional (es decir que el costo marginal de la admisión de los free-riders es igual a cero), y el consumo del bien en cuestión por los free-riders, admitidos en forma adicional, no llevara necesariamente a una disminución en el consumo del bien que se encuentra a disposición de otros. Un bien de esta naturaleza será, asimismo, un bien público. Y puesto que el mercado libre practicaría la exclusión y el bien no estaría disponible para el consumo no competitivo de quienes, en otras circunstancias, dispondrían de él -aun cuando dicho bien no tenga costos adicionales-, esto, desde el punto de vista de la lógica estatista-socialista, demostraría una falla del mercado, es decir, un nivel de consumo subóptimo. De ahí que la provisión de esos bienes recaiga sobre el estado. (Por ejemplo, en un cine medio vacío, la admisión de espectadores adicionales sin pagar entrada podría estar libre de costos; el hecho de que miraran la película no afectaría a los que pagaron, por lo cual se podría considerar a ésta como un bien público. Pero como el dueño del cine seguramente practicaría la exclusión, en lugar de permitir que los free-riders disfrutaran gratis de la película, los cines deberían ser nacionalizados.) Acerca de las numerosas falacias que se derivan de la definición de los bienes públicos en términos de consumo no competitivo, véanse notas 12 a 17.

[7] Acerca de este tema, véase W. Block, “Public Goods and Externalities“.

[8] Véase, por ejemplo, J. Buchanan, The Public Finances, p. 23; P. Samuelson, Economics, McGraw Hill, New York, 1976, p. 160.

[9] Véase R. Coase, “The Lighthouse in Economics“, Journal of Law and Econornics (1974).

[10] Véase, por ejemplo, el único caso que presenta W. Block en “Public Goods and Externalities“, en el cual los zoquetes se consideran bienes públicos.

[11] Digamos, para evitar cualquier malentendido, que un productor único o una asociación de productores que actúen de consuno pueden decidir, en cualquier momento, producir o no un bien sobre la base de su evaluación como público o privado. En realidad, en una economía de mercado se toman constantemente este tipo de decisiones en cuanto a la producción privada de bienes públicos. Lo que es imposible es decidir si rechazar o no el resultado de la operación de un mercado libre basándose en la evaluación del grado en el cual un bien es público o privado.

[12] Por lo tanto, introducir una distinción entre bienes públicos y privados equivaldría a volver a la era pre-subjetivista de la economía. Desde la perspectiva de la economía subjetivista ningún bien puede ser categorizado objetivamente como privado o público. Ésa es, en esencia, la razón de que también fracase el segundo criterio propuesto en relación con los bienes públicos, a saber, que permiten un consumo no competitivo (véase nota 6). Porque, ¿cómo podría un observador desinteresado determinar si la admisión de un free-rider adicional en forma gratuita no implica realmente una disminución del consumo de un bien por parte de otros? Es obvio que no puede, objetivamente, hacerlo en modo alguno. Bien podría ser que si se admitiera a demasiadas personas en un cine o en una carretera se redujera en forma considerable el placer de mirar una película o de conducir un vehículo. Nuevamente, para descubrir si es así o no, sería necesario preguntar a cada uno, y no todos estarían de acuerdo (¿y qué ocurriría en ese caso?). Además, si incluso un bien que permite un consumo no competitivo no es un bien libre, la admisión de freeriders adicionales tendría como resultado, a la larga, una verdadera “aglomeración”, y por eso habría que preguntar a cada uno acerca del “margen” apropiado. Por añadidura, mi consumo del bien puede verse afectado o no según quién sea la persona admitida gratuitamente, de modo que también habría que interrogarme acerca de eso. Y por Último, cada uno podría cambiar de opinión sobre estos temas con el paso del tiempo. Por eso es tan imposible decidir si un bien es o no apropiado para su producción por parte del estado (en lugar de la empresa privada) basándose en el criterio del consumo no competitivo como sobre la base del criterio de no exclusión (véase también nota 17).

[13] Véase P. Samuelson, “The Pure Theory of Public Expenditure“, Review of Economics and Statistics (1954); idem, Economics, cap. 8; M. Friedman, Capitalism and Freedom, University of Chicago Press, Chicago, 1962, cap. 2; F. A. Hayek, Law, Legislation, and Liberty, vol. 3, University of Chicago, Chicago, 1979, cap. 14.

[14] En los últimos años, los economistas, sobre todo los de la Escuela de Chicago, han manifestado un interés creciente por los derechos de propiedad (H. Demsetz, “The Exchange and Enforcement of Property Rights“, Journal of Law and Economics [1964]; idem, “Toward a Theory of Property Rights“, American Economic Review [1967]; R. Coase, “The Problem of Social Cost” [PDF], Journal of Law and Economics [1960]; A. Alchian, Economic Forces at Work, Liberty Fund, Indianapolis, 1977, parte 2; R. Posner, Economic Analysis of the Law, Brown and Co., Boston, 1977). Sin embargo, estos análisis no tienen nada que ver con la ética. Por el contrario, intentan sustituir el establecimiento de principios éticos justificables por consideraciones de eficiencia económica (en relación con la critica de estas tentativas, véase M. N. Rothbard, La Ética de la Libertad, Humanities Press, Atlantic Highlands, 1982, cap. 26; W. Block, “Coase and Demsetz on Private Property Rights” [PDF], Journal of Libertarian Studies [1977]; R. Dworkin, “Is Wealth a Value“, Journal of Legal Studies [1980]; M. N. Rothbard, “The Myth of Effíciency” [Web], en M. Rizzo [comp.], Time, Uncertainty, and Disequilibrium, D. C. Heat, Lexington, 1979). En Última instancia, todos los argumentos sobre la eficiencia son inaplicables porque sencillamente no existe un modo que no sea arbitrario de calcular, pesar y agregar las utilidades o desutilidades que resultan de determinada asignación de derechos de propiedad. De ahí que cualquier intento de recomendar un sistema particular para asignar derechos de propiedad en función de su supuesta maximización del “bienestar social” no es más que un fraude seudocientífico (véase, en especial, M. N. Rothbard, Toward a Reconstruction of Utility and Welfare Economics [PDF], Center for Libertarian Studies, New York, Occasional Paper Series No 3, 1977; también L. Robbins, “Economics and Political Economy“, American Economic Review [1981]).

El “principio de la unanimidad”, que J. Buchanan y G. Tullock, siguiendo a K. Wicksell (FinanztheoretischeUntersuchungen, G. Fischer, Jena, 1896), han propuesto en forma reiterada como guía para la política económica, tampoco debe confundirse con un principio ético propiamente dicho. De acuerdo con este principio, sólo pueden ejecutarse aquellos cambios en la política para los cuales exista un consenso unánime; esto, con toda seguridad, parece muy atractivo; pero también determina, mutatis mutandis, que el statu quo debe ser preservado si el consenso respecto de cualquier propuesta de cambio no alcanza la unanimidad, y esto parece mucho menos atractivo porque implica que cualquier estado de cosas dado con respecto a la asignación de derechos de propiedad debe considerarse legítimo, sea como punto de partida o como situación que debe continuar de la misma manera. Sin embargo, los teóricos de los bienes públicos no ofrecen ninguna justificación de esta audaz exigencia, en términos de una teoría normativa de los derechos de propiedad, cuando se les solicita que lo hagan, por lo cual el principio de la unanimidad carece, en última instancia, de fundamentación ética. En realidad, el principio favorito de los seguidores de Buchanan resulta enteramente absurdo como criterio moral, porque reconoce legitimidad a cualquier statu quo posible (véase también, acerca de esto, M. N. Rothbard, La Ética de la Libertad, cap. 26; idem, “The Myth of Neutral Taxation” [PDF], p. 549 s.).

Buchanan y Tullock, de nuevo siguiendo a Wicksell, liquidan lo que pueda haber quedado del principio de unanimidad reduciéndolo, efectivamente, a un principio de unanimidad “relativa” o “cuasi-unanimidad”.

[15] H. H. Hoppe, “From the Economics of Laissez Faire to the Ethics of Libertarianism“. En: W. Block y L. Rockwell (comps.), Man, Economy and Liberty: Essays in Honor of Murray N. Rothbard, The Ludwig von Mises Institute, Aubum University, Aubum, Ala., 1988; infra, cap. 8.

[16] Acerca de este argumento véase M. N. Rothbard, “The Myth of Neutral Taxation“, p. 533. Entre paréntesis, la existencia de un solo anarquista también invalida todas las referencias al óptimo de Pareto como criterio para la acción estatal económicamente legítima.

[17] En esencia, el mismo razonamiento que nos lleva a rechazar la teoría socialista-estatista, cuyo fundamento es el carácter supuestamente Único de los bienes públicos de acuerdo con el criterio de no exclusión, se aplica también en el caso en el cual estos bienes se definen mediante el criterio de consumo no competitivo (véanse notas 6 y 12). En primer lugar, para inferir, a partir de la aseveración de que los bienes que permiten un consumo no competitivo no tendríanque ser ofrecidos en un mercado libre a tantos consumidores como fuese posible, el enunciado normativo de que deberían ser ofrecidos de ese modo, esta teoría enfrenta exactamente el mismo problema, a saber, necesita una ética que la justifique. Además, el razonamiento utilitario también es evidentemente absurdo. Los teóricos de los bienes públicos argumentan que la práctica del mercado libre, en el sentido de excluir a los free-riders del uso de aquellos bienes que permiten un consumo no competitivo con un costo marginal igual a cero, indica un nivel subóptimo de bienestar social y por lo tanto se requiere la acción compensatoria del estado; este razonamiento es defectuoso, en dos aspectos relacionados. En primer lugar, el costo es una categoría subjetiva y jamás puede ser calculado objetivamente por un observador externo. Por eso, es de todo punto inaceptable alegar que habría que admitir free-riders adicionales sin costo alguno. En realidad, si la admisión de más consumidores en forma gratuita tuviese verdaderamente un costo subjetivo igual a cero, el productor privado del bien en cuestión la permitiría. El hecho de que no lo haga revela que para él el costo no equivale a cero. Esto puede deberse a que él piensa que si los admitiera disminuiría la satisfacción que pueden obtener otros consumidores y así tendería a rebajar el precio de su producto; o, simplemente, a que le disgustan los free-riders; es lo que pasa, por ejemplo, cuando yo me opongo a admitir en mi living, que no está totalmente lleno de gente, a varias personas a quienes no he invitado para que hagan de él un consumo no competitivo. De todos modos, como no se puede presuponer que el costo es igual a cero, sea cual fuere la razón de ello, es ilógico hablar de una falla del mercado cuando ciertos bienes no se distribuyen sin cargo. Por otra parte, si se acepta la recomendación de los teóricos de los bienes públicos en el sentido de dejar que el estado provea en forma gratuita los bienes cuyo consumo es supuestamente no competitivo, las pérdidas de bienestar serán, sin duda, inevitables. El estado, que no depende de las adquisiciones voluntarias de los consumidores, además de cumplir la insuperable tarea de determinar qué bienes satisfacen este criterio, debe primero enfrentar y resolver el problema, también insoluble, de decidir racionalmente qué cantidad del bien público va a proveer. Es obvio que, como ni siquiera los bienes públicos son libres, sino que están sujetos a “aglomeración” en cierta etapa de su uso, no hay un punto en el cual el estado pueda detener su producción, porque cualquiera que sea el nivel de la oferta, habrá usuarios que quedarán excluidos y que, si la oferta fuera mayor, podrían convertirse en free-riders. Ahora bien, incluso si se pudiera resolver milagrosamente este problema, de todos modos el costo (necesariamente inflado) de producción y operación de los bienes públicos distribuidos en forma gratuita para un consumo no competitivo, tendría que pagarse por medio de impuestos. Y este hecho, es decir, que los consumidores han sido obligados a disfrutar de esos bienes como free-riders, demuestra nuevamente más allá de toda duda que el valor de estos bienes públicos también es inferior, desde la perspectiva de los consumidores, al de los bienes privados que compiten con ellos y que ya no es posible adquirir.

[18] Entre los modernos representantes del lenguaje ambiguo orwelliano los más importantes son J. Buchanan y G. Tullock (sus obras se citan en la nota 3). Afirman que el gobierno se basa en un “contrato constitucional” en el cual cada uno está “conceptualmente de acuerdo” en someterse a los poderes coercitivos de aquél con la condición de que todos los demás lo hagan también. Según esto, el gobierno, aparentemente coercitivo, en realidad sería voluntario. A este curioso argumento se le pueden oponer varias objeciones obvias. En primer lugar, no hay evidencia empírica de que alguna constitución haya sido aceptada en forma voluntaria por cada uno de los interesados. Peor aun, la sola idea de que todas las personas se obliguen voluntariamente es inconcebible, así como lo es negar el principio de contradicción. Porque si la coerción aceptada libremente es voluntaria, tendría que ser posible revocar la propia sujeción a la constitución, con lo cual el estado no seria muy diferente de un club al que uno se asocia espontáneamente. Pero si no se tiene “el derecho de no hacer caso del estado” -por supuesto, nadie lo tiene, y esto es lo que distingue al estado de un club-, entonces es lógicamente inadmisible pretender que la aceptación del poder coercitivo del estado es voluntaria. Además, incluso si lo fuera, el contrato constitucional no podría obligar a nadie, excepto a los signatarios originales de la constitución.

¿Cómo pueden Buchanan y Tullock manifestar ideas tan absurdas? Utilizando un truco semántica. Aquello que en el lenguaje pre-orwelliano era “inconcebible” o un “desacuerdo”, es para ellos “algo conceptualmente posible” o un “acuerdo conceptual”. En J. Buchanan, “A Contractarian Perspective of Anarchy“, en Freedom in Constitutional Contract, Texas A. & M. University Press, College Station, 1977, puede verse un breve ejercicio, muy instructivo, acerca de este tipo de razonamiento “a saltos”. Aquí nos enteramos (p. 17) de que incluso la aceptación de un límite de velocidad de 55 mph es posiblemente voluntaria (Buchanan no está totalmente seguro de ello), porque en ultima instancia depende de que todos nosotros aceptemos voluntariamente la constitución, y de que Buchanan no es un verdadero estatista sino, en realidad, un anarquista (p. 11).

[19] M. N. Rothbard, Man, Economy, and State, p. 887.

[20] Se debe tener esto en mente, ante todo, cuando hay que evaluar la validez de argumentos que defienden el estatismo-intewencionismo, como el siguiente, que pertenece a J. M. Keynes (“The End of Laissez Faire“, en Collected Writings, Macmillan, Londres, 1972, vol. IX, p. 291): “El asunto más importante que debe atender el estado no se relaciona con las actividades que desempeñan los individuos privadamente, sino con las funciones que caen fuera de la esfera individual, esas decisiones que nadie tomaría si el estado no lo hiciera. Lo importante no es que el gobierno haga, mejor o peor, las cosas que los individuos particulares ya hacen, sino que se ocupe de las que no se hacen”. Este razonamiento no sólo parece falso, sino que lo es.

[21] Algunos minarquistas partidarios del libre albedrío plantean la objeción de que la existencia de un mercado presupone el reconocimiento y puesta en vigor de un cuerpo de legislación y, en consecuencia, de un gobierno que debe tener el monopolio de la justicia y hacer cumplir las leyes. (Véase, por ejemplo, J. Hospers, Libertarianism, Nash, Los Angeles, 1971; T. Machan, Human Rights and Human Liberties, Nelson-Hall, Co., Chicago, 1975.) Por cierto, es correcto que el mercado presuponga el reconocimiento y la imposición de aquellas reglas que sustentan su operación, pero esto no significa que esa tarea deba ser confiada a un organismo monopólico. El mercado también presupone, de hecho, un lenguaje común; sin embargo, no se deduciría de ello que el gobierno debe asegurar la observancia de las normas lingüísticas. Las reglas que rigen la conducta del mercado, como el sistema del lenguaje, emergen en forma espontánea y lo que las hace cumplir es la “mano invisible” del interés personal. Si no se observan las reglas comunes del lenguaje, las personas no pueden disfrutar de las ventajas de la comunicación, y si no se obedecen las normas comunes que gobiernan la conducta, es imposible recoger los mitos de la mayor productividad de una economía de intercambio basada en la división del trabajo. Además, como ya lo he indicado, independientemente de cualquier gobierno, el principio de no agresión que es el fundamento del accionar de los mercados debe defenderse a priori como justo. Además, y sobre esto volveré al exponer mi conclusión, un sistema competitivo de administración y complimiento de la ley es precisamente el que genera la mayor presión posible para elaborar y poner en ejecución normas de conducta que entrañan el grado de consenso más elevado que pueda concebirse. Y éstas son, por supuesto, aquellas que un razonamiento a priori establece como el presupuesto lógicamente necesario de la argumentación y del acuerdo argumentativo.

[22] De paso, digamos que la misma lógica que nos obliga a aceptar la idea de que la producción de seguridad por parte de la empresa privada es la mejor solución, desde el punto de vista económico, para satisfacer las preferencias del consumidor, también nos lleva a abandonar, en lo que respecta a posiciones de carácter moral o ideológico, la teoría política del liberalismo clásico y dar (a partir de ella) un paso pequeño pero no obstante decisivo hacia la teoría del libre albedrío, o anarquismo de la propiedad privada. El liberalismo clásico, cuyo mayor representante en este siglo es Ludwig von Mises, aboga por un sistema social basado en el principio de no agresión. La doctrina del libre albedrío también lo hace. Pero para el liberalismo clásico ese principio debe estar respaldado por un ente monopólico (el gobierno, el estado), es decir, por una organización que no depende exclusivamente del apoyo voluntario, contractual, de los consumidores de los respectivos servicios, sino que tiene el derecho de determinar de manera unilateral sus propios ingresos, es decir, los tributos que impondrá a aquéllos para poder cumplir su tarea en el área de la producción de seguridad. Esto, por plausible que parezca, es evidentemente incoherente. O el principio de no agresión es válido, en cuyo caso el estado como ente monopólico es inmoral, o lo es el hecho de que las transacciones estén basadas sobre la agresión y giren en tomo a ella -la agresión implica el uso de la fuerza y de medios no contractuales para adquirir recursos-, y en este caso hay que descartar la primera teoría. Es imposible sostener ambos argumentos sin caer en la incoherencia, a menos que, por supuesto, se pueda enunciar un principio más fundamental que los otros dos y del cual ambos puedan derivarse lógicamente, con las respectivas limitaciones en lo que tiene que ver con sus ámbitos de validez. Pero el liberalismo nunca enunció un principio semejante y jamás podrá hacerlo, porque para argumentar en favor de algo es preciso estar libre de la agresión. Entonces, en vista del hecho de que no se puede sostener por vía de la argumentación la validez moral del principio de no agresión sin reconocer implícitamente esa validez, la lógica nos obliga a abandonar el liberalismo y adherir, en cambio, a su vástago más radical: la doctrina del libre albedrío, la filosofía del capitalismo puro, que exige que la producción de la seguridad también esté a cargo de la empresa privada.

[23] Acerca del problema de la producción competitiva de seguridad, véase G. de Molinari, Sobre la Producción de Seguridad; M. N. Rothbard, Power and Market, Sheed Andrews and McMeel, Kansas City, 1977, cap. 1; ídem, For a New Liberty [Web], Macmillan, New York, 1978, cap. 12; W. C. Wooldridge, Uncle Sam the Monopoly Man, Arlington House, New Rochelle, 1970, caps. 5-6; M. y L. Tannehill, The Market for Liberty, Laissez Faire Books, New York, 1984, parte 2.

[24] Véase F. Murck, Soziologie der Öffentlichen Sicherheit, Campus, Frankfurt, 1980.

[25] Sin embargo, el hecho de que el proceso de asignación de recursos se tome arbitrario si no existe un criterio respecto de las pérdidas y las ganancias, no significa que las decisiones que se deben tomar no estén sujetas a restricciones y respondan únicamente a la pura arbitrariedad. No es así, y el que las toma se mueve dentro de ciertos límites. Si, por ejemplo, la asignación de factores productivos se realiza democráticamente, es obvio que se debe apelar a la decisión de la mayoría. Pero, sea que la decisión se tome de esta manera o de otra, siempre será arbitraria desde el punto de vista de los consumidores que deciden comprar o no el producto. En lo que respecta a las asignaciones controladas de manera democrática, existen algunas deficiencias evidentes. Tal como lo dicen, por ejemplo, J. Buchanan y R. Wagner (The Consequences of Mr. Keynes, Institute of Economic Affairs, Londres, 1978, p. 19): “La competencia en el mercado es constante; para cada compra, un comprador puede elegir entre vendedores que compiten. La competencia política es intermitente; una decisión es obligatoria por un número determinado de años. La competencia del mercado permite que varios competidores puedan sobrevivir al mismo tiempo […] en la competencia política, el resultado es todo o nada […] en la competencia del mercado el comprador puede tener una razonable seguridad con respecto a lo que recibe a cambio. En la competencia política, en realidad compra los servicios de un agente al que no puede obligar de ninguna manera […l. Además, como un político necesita asegurarse la cooperación de la mayoría de sus pares, para él un voto tiene un significado mucho menos limpio que el que tiene el ‘voto’ que se le otorga a una firma privada”. (Véase también J. Buchanan, “Individual Choice in Voting and the Market“, ídem,Fiscal Theory and Political Economy, University of North Carolina Press, Chapel Hill, 1962; en J. Buchanan y G. Tullock, The Calculus of Consent, puede encontrarse un tratamiento más general del problema.)

Sin embargo, casi siempre se pasa por alto la deficiencia más importante (y lo hacen sobre todo quienes exaltan el hecho de que la democracia otorga el mismo valor a los votos de todos, mientras que el sistema en el cual el consumidor es el soberano permite “votos” desiguales): cuando impera la soberanía de los consumidores los votos pueden ser desiguales pero, en todo caso, aquéllos ejercen su control exclusivamente sobre las cosas que han adquirido a través de una apropiación original o de un contrato, y por lo tanto están obligados a adoptar una conducta moral. En un sistema de producción basado en la democracia, se supone que todos tienen algo que decir incluso acerca de las cosas que no han adquirido, con lo cual existe una invitación permanente no sólo a crear una inestabilidad legal, con todos sus efectos negativos sobre el proceso de formación de capital, sino, además, a actuar de manera inmoral. Acerca de esto, véase L. von Mises, Socialism [en castellano], Liberty Fund, Indianapolis, 198 1, cap. 31.

[26] Recapitulemos los conceptos de Molinari (Sobre la Producción de Seguridad, pp. 13-14): “Si […] el consumidor no tiene la libertad de comprar seguridad donde le parezca mejor, veremos de inmediato cómo se ponen en acción numerosos profesionales especializados en la arbitrariedad y en la mala administración. La justicia será cada vez más lenta y costosa, la policía, ofensiva, la libertad individual dejará de ser respetada, el precio de la seguridad se elevará en forma abusiva y se la impartirá injustamente, según el poder y la influencia de una u otra clase de consumidores”.

[27] Véanse las obras citadas en la nota 22; también, B. Leoni, Freedom and the Law [en castellano], Van Nostrand, Princeton, 1961; J. Peden, “Property Rights in Celtic Irish Law” [PDF], Journal of Libertarian Studies (1977).

[28] Véase T. Anderson y P. J. Hill, “The American Experiment in Anarcho-Capitalism: The Not So Wild, Wild West” [PDF], Journal of Libertarian Studies (1980).

[29] Con respecto a lo siguiente, véase H. H. Hoppe, Eigentum. Anarchie und Staat, Westdeutscher Verlag, Opladen, 1986, cap. 5.

[30] Esto ofrece un marcado contraste con la política estatal, por la cual se entablan conflictos violentos sin el apoyo voluntario de nadie, porque el estado tiene el derecho de imponer tributos; y pensemos si el riesgo de una guerra sería mayor o menor en el caso de que el ciudadano tuviera el derecho de dejar de pagar impuestos en el mismo momento en que considerara que la política estatal en materia de relaciones exteriores no es de su agrado.

[31] Nuevamente debemos hacer notar que las normas que tienen el mayor grado posible de consenso son, por supuesto, aquellas cuya validez se desprende del razonamiento y cuya aceptación, acerca de cualquier cosa que sea posible, es unánime, como ya lo hemos indicado.

[32] También en este caso puede observarse el contraste con los jueces empleados por el estado, cuyos sueldos se pagan con el producto de los impuestos y que, por lo tanto, son relativamente independientes de la satisfacción de los consumidores; por eso, pueden dictar sentencias que, como es obvio, no todos aceptan como justas; y preguntémonos si el riesgo de que no se descubriera la verdad en un caso determinado aumentaría o disminuiría si uno tuviese la posibilidad de ejercer presión económica toda vez que pensara que un juez que tal vez algún día tendría que juzgar nuestra propia causa no es lo suficientemente cuidadoso en la consideración de los hechos y en el dictamen acerca de ellos, o quizás es sencillamente un truhán.

[33] Acerca de lo que sigue, véase en particular M. N. Rothbard, For a New Liberty, pp. 233 SS.

[34] Véase B. Bailyn, The Ideological Origins of the American Revolution, Harvard University Press, Cambridge, 1967; J. T. Main, The Anti-Federalists: Critics of the Constitution, University of North Carolina Press, Chape1 Hill, 1961; M. N. Rothbard, Conceived in Liberty, Arlington House, New Rochelle, 1975-1979.

[35] Por supuesto, las compañías de seguros desempeñarán un papel especialmente importante en la tarea de poner un freno a la aparición de compañías infractoras de la ley. Véase M. y L. Tannehill, The Market of Liberty, pp. 11 0-1 1: “Las compañías de seguros, un sector decisivo en cualquier economía totalmente libre, tendrán un incentivo especial para disociarse de cualquier agresor y, además, para emplear toda su considerable influencia comercial para combatirlo. La violencia agresiva ocasiona pérdidas de valor, y la industria de los seguros soporta los mayores costos en estos casos. Un agresor al que no se le ponen límites es un riesgo ambulante, y ninguna compañia de seguros, por apartada que esté de su agresión original, desearía hacerse cargo del riesgo de que agrediese después a uno de sus propios clientes. Además, los agresores y quienes se asocian con ellos tienen más posibilidades de verse envueltos en situaciones de violencia y son, por lo tanto, clientes indeseables. Es probable que una compañía de seguros rehúse brindar cobertura a estas personas, por el prudente deseo de disminuir cualquier pérdida h r a que su agresión pudiese causar. Pero aunque su motivación no fuera ésta, se vería obligada a elevar drásticamente sus primas o a cancelar cualquier tipo de cobertura para evitar el riesgo adicional que implica su inclinación a la violencia. En una economía competitiva, ninguna compañia de seguros puede afrontar el riesgo de continuar cubriendo a individuos agresivos o a quienes tienen tratos con ellos, y hacer que sus clientes honestos carguen con los costos; pronto los perdería, porque preferirían firmas más honorables cuya cobertura representase un cargo menor”.

Traducido del inglés por Jorge Valin. Ensayo publicado originalmente con el nombre Fallacies of the Public Goods Theory and the Production of Security [PDF original], en el Journal of Libertarian Studies, Vol.9, 1, 1989.

Posted in Blog | Leave a comment