El Mundo Alrevesado de John Maynard Keynes

El Artículo Diario del Instituto von Mises publicado el 4/23/2009 por Mark Thornton

John Maynard Keynes usaba con frecuencia un lenguaje florido con expresiones como “espíritus animales” y “la trampa de liquidez” para describir las cosas que no entendía.  Después de todo era más un burócrata que un economista.  De hecho, se le podría describir mejor como un anti-economista porque esquivando temas como la oferta y la demanda, lograba mantener la opinión de que el gobierno hacía funcionar la economía.

Así, por ejemplo, no podía entender por qué la gente invertía sus recursos en aventuras arriesgadas que pudieran ayudar a mantener la economía creciendo a pleno empleo.  Por tanto, sustituyó “espíritus animales” por “afán de lucro”.  Estos espíritus permiten a los empresarios proceder con ingenua confianza y dejar a un lado la preocupación por las pérdidas.  Del mismo modo, la caída de las inversiones era también un problema psicológico que denominó la “trampa de liquidez”.  Esta trampa ocurre cuando los inversores buscan liquidez en efectivo y cuando la política monetaria – en términos de reducir las tasas de interés – ya no produce un aumento de la inversión.

 El problema con Keynes es que pensaba que si los empresarios perdían su nervio colectivo, el Gobierno debía socializar la inversión, impulsar la demanda y el empleo, y crear un clima de seguridad para conducir de nuevo la economía al pleno empleo.  No entendió cómo funciona la economía ya que no pudo entender cómo la economía se auto-corrige cuando ocurre una contracción.

 Nuestro problema es que Bush, Obama, Geithner, y Summers están todos siguiendo el libreto keynesiano, mientras el premio Nobel Paul Krugman actúa como director del coro.  Si en vez de eso tan solo hubiéramos permitido al mercado libre hacer su trabajo, es probable que la economía ya hubiera tocado fondo, y empresas como AIG estarían saliendo de la bancarrota y la tasa de desempleo estaría disminuyendo en vez de continuar al alza.

 El proceso del mercado se redujo hace solo unos pocos meses hasta llegar a la actual contracción y – durante los últimos 15 meses – ha sido sustituido casi totalmente por la intervención del gobierno.  Muchas de las intervenciones han sido descritas como “sin precedentes” en el sentido de que nunca habían sido ensayadas anteriormente.  Esto significa que ni los participantes en el mercado, ni los encargados de formular las políticas, tienen experiencia en el asunto – y el hecho es evidente.

 Esta serie de intervenciones ha sido desordenada.  Muchas intervenciones, como la adquisición de AIG, fueron sorpresas totales, que han causado volatilidad en los mercados de valores.  Además, estas intervenciones han sido inmensamente grandes y de amplio alcance.  Medidas en términos de dólares, los recursos “asignados” ascienden a más de $ 12 billones según algunas cuentas.

 Irónicamente, al adoptar la posición keynesiana de perder nuestro “espíritu animal” y al sufrir el problema psicológico del pánico, el gobierno ha llevado a cabo cambios gigantescos en sus políticas los cuales han debilitado enormemente el “afán de lucro”.  Los empresarios ya no están buscando nuevas oportunidades de beneficio en la economía.  En cambio, es muy probable, que o bien estén tratando de preservar su capital o a la espera recibir fondos de rescate de parte del gobierno.

 Para preservar el capital se requiere su colocación en activos de bajo riesgo tales como bonos, dinero en efectivo, depósitos a término, u oro.  Así que estamos ahorrando más y pagando deudas para protegernos nosotros mismos, pero según la terminología keynesiana, hemos caído en la muy peligrosa “trampa de liquidez”.

 Para Keynes, la trampa de liquidez ocurre cuando los consumidores intentan ahorrar más y consumir menos.  Su reflexión era que el menor consumo podría hacer daño a las empresas y a la producción y, en consecuencia, ponía en riesgo las empresas y la mano de obra.  Estos más bajos ingresos, significarían, a su vez, que el intentar un mayor ahorro en realidad daría, como resultado, una economía bastante peor.

 La trampa de liquidez en realidad tiene relación con el acaparamiento y el ahorro.  Si bien el acaparamiento tiene mala fama entre los economistas, es en realidad algo muy bueno.  Normalmente, la gente no acapara recursos irracionalmente o sin razón alguna, acapara como una manera de protegerse de situaciones peligrosas.  Son la depresión, la inflación, la guerra, y otras calamidades las que normalmente hacen que la gente acapare.

 No sólo el aumento del ahorro ayuda a la economía, sino que además el acaparamiento es bueno porque ayuda a facilitar el proceso de deflación y la deflación contribuye a la recuperación.  Si la gente reduce el consumo (la demanda), entonces los precios caen, sobre todo en las primeras etapas de la producción.  Al estar cada vez más baratos todo tipo de bienes y recursos, incluyendo la mano de obra, aumenta el poder adquisitivo de cada dólar acaparado.  Los precios que subieron durante el período del auge económico – en particular los de la tierra, los del capital, y los de otras clases de activos – se restablecen entonces, a niveles más bajos.  Se liquida la deuda y los ahorros se restauran y resurgen las perspectivas de retorno a la prosperidad, en primer lugar entre los productores y luego entre los consumidores.  Por lo tanto el acaparamiento acelera la deflación y la deflación acelera el proceso de corrección.

 Pero los Keynesianos tienen miedo de este proceso porque no entienden la forma en que nos lleva de vuelta al pleno empleo y al crecimiento económico.  He dado a este temor el nombre de apoplithorismosphobia.  Joseph Salerno ha demostrado que no hay base teórica, y Greg Kaza ha demostrado que no hay base empírica, para este temor.  Irónicamente, son las políticas keynesianas, tales como los rescates, los paquetes de estímulo, y la inflación los que deben ser temidos, ya que pueden poner en peligro nuestro “espíritu animal” de “afán de lucro” y nos han tenido cautivos en la “trampa de liquidez” por varios años.

 El acaparamiento finalmente arregla la mayoría de los balances, pero en una economía dominada por los keynesianos, tarda un tiempo extremadamente largo.  Durante el intervalo, la gente puede quedar permanentemente hastiada del mercado y de la inversión.  Podrían convertirse en acaparadores permanentes.  Esto ocurrió a muchos estadounidenses durante la Gran Depresión.  La frugalidad y el ahorro, si bien admirables, se convirtieron en una especie de cicatriz psicológica que exhibieron por el resto de sus vidas.

 Las políticas de estilo keynesiano han dado lugar a catástrofes, como la Gran Depresión, el “estancamiento” de los Estados Unidos de 1970 a 1982, y las secuelas de la burbuja japonesa.  Cada una de ellas duró más de una década.  Sería mucho mejor permitir un proceso de corrección del mercado libre sin obstrucciones. Sin una red de seguridad del gobierno, o rescates, habría más acaparamiento, la deflación sería más expedita, habría más bancarrotas, y tendríamos un rápido retorno a la prosperidad.

 Si bien la bancarrota suena horrible, es realmente un proceso maravilloso y ordenado.  En primer lugar, corrige rápidamente los balances.  También proporciona una oportunidad para eliminar los actuales propietarios y administradores de empresa que operan de manera arriesgada.  Aquí no habría necesidad de preocuparse por cuestión de comisiones ni bonos laborales para los directivos!  Algunas empresas en quiebra tendrían que salir completamente del negocio y sus recursos serían subastados por otros empresarios a precios muy bajos.  Me imagino que decenas de empresas que apenas inician labores para llevar al mercado coches eléctricos estarían encantadas con la oportunidad de comprar una planta de automóviles en Michigan por peniques por dólar.  Otras empresas podrían mantenerse en el negocio conservando los puestos de trabajo de la mayoría de los trabajadores, pero la quiebra reduciría la deuda y los costos y brindaría la oportunidad de renegociar contratos y salarios.

 El ambiente resultante después de la quiebra es el de nuevos propietarios y operadores con mucho menor deuda quienes tampoco han sufrido el aplastamiento de su “espíritu animal”.  Las empresas tendrían una deuda menor y, por tanto, una estructura de costos más baja.  Algunos consumidores estarían llenos del efectivo acumulado y tendrían la oportunidad de comprar a precios mucho más bajos.  La economía entraría en modo de recuperación y podría rápidamente alcanzar pleno empleo y crecimiento económico.  Lo que es más importante, al no rescatar a los perdedores, desaparece el riesgo moral de que los empresarios confíen en que podrían volver a ser rescatados en el futuro.

 Porque no entienden cómo funciona el mercado, los keynesianos piensan que se trata de una fantasía.  Pero si se siguiera la receta Austríaca de liquidar deudas y empresas en quiebra, se permitiría el descenso de los precios al desaparecer la inflación monetaria, no habría necesidad de impulsar el empleo, ni de subsidiar el desempleo, ni de desalentar el acaparamiento, y se tendría como resultado final la recuperación más rápida posible y el mínimo dolor económico.

 Mark Thornton es miembro residente del Ludwig von Mises Institute de Auburn, Alabama, y Editor de la Reseña de Libros de la Revista Trimestral de Economía Austriaca.  Es autor de Economía de la prohibición y coautor de Tarifas, Bloqueos, e Inflación: Economía de la Guerra Civil.

 TRADUCCIÓN DE RODRIGO BETANCUR

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Seguidor del gran Filósofo Libertario el Dr Hans-Hermann Hoppe
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